domingo, 19 de octubre de 2014

Esgrafiado segoviano















S
egovia tiene una caprichosa piel: el esgrafiado, que a modo de brocado pétreo ha cubierto sus edificios desde la Edad Media a nuestros días. La luz de cada hora, de cada estación del año, juega en estos dibujos y texturas contribuyendo a la singularidad de esta hermosa ciudad. La técnica, desde dios sabe dónde, seguramente llegó con los árabes, que gustaban de construir con la arcilla, el yeso, la cal y el color; pero ya en el Medievo estos morteros, arañados para formar figuras repetitivas, cubren también las fábricas pétreas de las gentes de herencia romana y religión trinitaria. Los modelos más antiguos pueden hacernos pensar que el origen sea una progresiva evolución hacia una geometría de repetición, tan del gusto mudéjar, en los rejuntados de las fábricas de mampuestos.
En Segovia se mantiene durante siglos este carácter geométrico y repetitivo del esgrafiado, que en otras zonas como Cataluña o Italia evolucionó de forma muy diferente.
Todo comienza con la rigidez del cuchillo que dibuja hendiendo en bisel el mortero fresco del último tendido, siguiendo la trepa o la línea de puntos del estarcido con almagra o negro de humo; la herramienta retira esta última capa en las zonas que van a ser los fondos que enmarquen el dibujo, dejando al descubierto el mortero de tono más oscuro del tendido anterior. Y después, el tiempo, el agua, el sol y el frio terminan la obra, suavizando las líneas y matizando los ocres y dorados de las tierras que tiñeron la cal. Ya solo hace falta la luz que haga vibrar estos paramentos, tan definitorios de la ciudad.
Los esgrafiados cubren las paredes de la vivienda del menestral, las del palacio, las de la torre fuerte y las del convento. Las grecas enmarcan el refinado ajimez, el tragaluz y el balcón humilde de persiana, geranio y gato. No son símbolo de distinción. Su presencia se ha generalizado en todos los estratos de la ciudad a través del tiempo. Hoy en día, tras unos años de abandono, se vuelve a utilizar tanto en la restauración como en los edificios de nueva planta, en los que sería de desear una mayor presencia de diseños contemporáneos.







Como siempre, Segovia, inagotable, se presta a entretener los pasos del caminante.

  









































domingo, 12 de octubre de 2014

Gabriel







Ayer sábado, once de octubre, fue un día lluvioso de otoño madrileño. Comienzan ya a imponerse los amarillos en el paisaje y las verjas se tiñen con el rojo de la parra virgen. Comimos fuera con unos amigos y pasamos la tarde en casa de uno de ellos, charlando de asuntos que hoy es difícil eludir: la asombrosa improvisación de nuestros gobernantes en algo tan serio como la importación del Évola y la repugnante compra de voluntades con las tarjetas opacas de Caja Madrid. Un querido contertulio, hombre sentado, progresista, de izquierdas, entre bromas y veras manifiesta una sorprendente reacción al fenómeno Podemos tras su lectura del libro Conversación con Pablo Iglesias, de Jacobo Rivero. Concreta su reacción en un – inaudito en él - apoyo al PSOE. Puede que sean muchas las personas que reaccionen así en un futuro cercano, al irse dando cuenta de la fuerza real, de las posibilidades reales de estos jóvenes políticos. La edad nos va haciendo temerosos de la novedad y el cambio. Pero la situación es tan alarmante que la catarsis se hace ineludible. Y con lo que ha llovido no es fácil poner esperanzas en el PSOE.
Mi manía de resistirme a la adopción de las nuevas tecnologías hasta no sentir la necesidad de las mismas, hace que siempre me coja el toro. No tengo más remedio que adoptar el dichoso wasap para comunicarme con mis hijos de las Américas, y lo tengo que hacer ya.

Resisto hasta las tres de la mañana esperando noticias, pero me acuesto sin ellas. El domingo amanece húmedo y fresco. En el ordenador tengo noticia, emoción y primera foto. Durante la madrugada -sábado en Bogotá - ha nacido mi nieto Gabriel. Tengo la tranquilizadora certeza de que sus padres sabrán hacer de él un niño feliz y un hombre honrado. Y tengo la esperanza de disfrutar algo de su infancia.