miércoles, 29 de julio de 2026

Lo que el fuego quema

 






 

n una esquina dorada, que sobresale de las cenizas, Teo reconoce el marco de la foto de los bisabuelos; una albúmina de tonos sepias que siempre ha presidido la cocina que luego fue cuarto de estar. Un retrato realizado, según le han contado, por aquel fotógrafo que acudía al pueblo por las fiestas, cuando aún estaban frescas las perras de vender la cosecha; instalaba su taller en un rincón que le cedía la boticaria, y allí retrató, circunspectos, a todos los habitantes allá por los finales del XIX. Teo tira con cuidado de la sobresaliente esquina y los restos de la foto caen a fundirse en el negro. El frente del hogar de la vieja cocina se mantiene en pie, y en su interior se acumulan los adobes caídos que formaban la salida de humos. Unas trébedes, dobladas por los golpes, asoman sus patas entre los escombros como pidiendo auxilio. Sobre la cornisa de remate del frente aún perduran algunos de los cacharros de barro en que han hervido las sopas de generaciones. En el blanco de la cal se dibuja el oscuro negativo de las llamas. Una parte de la librería, junto a lo que fue su escritorio, parece mantenerse en pie. Un grupo de libros, ennegrecidos, mantienen su volumen; reconoce la enciclopedia que usaba en la escuela del pueblo e intenta cogerla, todo se hace cenizas que quedan un momento flotando y luego se dispersan tiñendo sus manos, su ropa y lo poco que de su ánimo queda en pie. Los herrajes del arca, sobre las cenizas, definen la situación que ocupaba el viejo mueble que guardaba los ropajes de la tradición usados en las fiestas. Los cántaros han ido descendiendo hasta posarse sobre las cenizas de lo que fue su cantarera. Vajillas y cacharros del aparador de la abuela son multicolor catarata que desciende sobre los restos del mueble. Teo coge un trozo de unas hueveras de loza rotas, ve a su abuela colocando en ellas los huevos pasados por agua de la cena. En un rincón, un viejo cromo de perdices muertas ha resistido, protegido, quizás, por lo que queda del reloj de péndulo que cuelga inestable de una alcayata.

Teo cree que ha llegado al límite de su resistencia. Sale de la ruina quemada y se sienta en un poyo en el patio. Se siente viejo, muy viejo, incapaz de asumir lo que ve. Su vida entera está en esas cenizas, el recuerdo de sus anteriores, todo lo reunido para dejar la memoria familiar a hijos y nietos. Libros, fotos, escritos, documentos, cartas, cuadros…, todo son cenizas y él un viejo incapaz de asumir tanta desolación.





 


domingo, 28 de junio de 2026

sapiens

 


 





Dicen, los que saben y lo estudian, que eso que llamamos vida .es un fenómeno originado en el planeta tierra, hace algunos millones de años, por la química del carbono en circunstancias favorables. No somos conocedores, por el momento, de fenómeno similar en algún otro planeta. Los elementales organismos originarios fueron evolucionando hasta los actuales animales superiores y los mamíferos, que podemos suponer encabezan esta evolución. La continuidad de esta vida, animal y vegetal, se basa en comerse unos a otros sistemáticamente, lo que indudablemente pone una nota de dramatismo a la vida.

 En este proceso evolutivo se produjo, en determinado momento, un enorme salto con la aparición en África de determinados primates con un inusitado desarrollo cerebral. Nos dicen, los que de eso saben, que esto se produjo hace unos 300.000 años, aunque nos cambian la cifra de continuo pues los sabios siguen aprendiendo. De entonces para acá esa mezcla de primates bípedos, de los que a menudo nos dan noticia de algún nuevo abuelo, se han extendido por toda la superficie habitable del planeta, y hoy son unos 8000.000.000 de nada, a pesar de la sistemática dedicación en matarse unos a otros a través de los tiempos, y las avanzadas técnicas actuales dedicadas a esas labores.

El enorme salto evolutivo de la especie que conocemos como Homo sapiens se caracteriza, a mi modo de ver, por la aparición de capacidades para la abstracción, la bondad y la maldad, impensables en el resto de los animales. Estas capacidades han dado lugar a la fascinante obra humana que llena el mundo, las bibliotecas y los museos, y a todas las atrocidades que guarda la historia y que siempre han sido sistemáticamente justificadas por religiones o ideologías.

La condición de viejo jubilado aumenta considerablemente el tiempo disponible para observar a nuestros congéneres, lo que no lleva, necesariamente, a un mayor aprecio de la naturaleza de los sapiens, ni a un menor aprecio de la bondad cuando se encuentra, que no es muy a menudo.

 Lo que llamamos arte, en sus distintas manifestaciones, me sigue pareciendo la más apreciable expresión humana. Abrir un libro -no todos, hay que tomar precauciones- nos reconcilia con lo humano; leer el periódico o escuchar las noticias, suele rebajar a mínimos el aprecio por nuestra especie. Tendremos que procurar continuar con el envejecimiento procurando asomarnos solo al lado correcto.






jueves, 30 de abril de 2026

Niños de posguerra

 

 

 

 


 

 


los nacidos hacia la mitad del siglo pasado se les puso por nombre generación boomer. No creo que a los nacidos en España durante el terror y las hambrunas de la posguerra les sea aplicable esa denominación de base optimista.

Una parte significativa de los españolitos venidos al mundo en esos años hemos vivido el último medio siglo ufanos por lo conseguido tras la muerte del dictador, sintiéndonos algo protagonistas. Ahora vivimos entre sorprendidos y tristes por el renacer de virulencias que creíamos en lo profundo de las alcantarillas.

 Hace unos días, viendo una exposición de dibujos en la Casa de Cultura de este pueblo guadarrameño donde moro cada día más, me sorprendieron los efusivos saludos de un señor al que no reconocí. Por sus palabras y algún rasgo físico fui poniendo nombre e historia a mi amigo Paco el Triste, al que hacía más de cuarenta años que no veía, perdimos el contacto tras su lejana marcha a las Américas.

 Paco el Triste era el contrapunto a nuestras euforias juveniles, a nuestros afanes por cambiar el medio en el que habíamos nacido y vivíamos. Su absoluto pesimismo respecto a la condición humana era contradictorio con su natural bondad y la honradez de su actuar. Consideraba que cualquier esfuerzo por cambiar el mundo era vano, pues en cualquier forma de organización social y política siempre termina imponiéndose lo peor de los hombres: el egoísmo, la maldad, la estupidez. Aún me parece oír aquella cantinela suya de que las revoluciones solo traen más sufrimiento a los humildes.

La bonhomía de Paco nos hacia soportar su pesimismo, también ayudaban sus habilidades musicales, su guitarra animaba nuestras reuniones, los “guateques” que por entonces proliferaban. No podíamos entender su pasividad ante la injusticia o la tiranía, pero su persona se hacía querer.

Al rato de estar charlando con Paco en una tasca cercana, me di cuenta de que no solo mantenía sus postulados, sino que la experiencia vital los había consolidado.

A estas alturas del camino creo mantener intactas mis ideas sociopolíticas, pero sin embargo pienso que los años me han acercado algo al pesimismo de Paco respecto a la condición humana.






 

 

lunes, 9 de marzo de 2026

El inmediato museo de lo mínimo

 



     En las verjas, los rojos del orín del hierro luchan por salir a la superficie, empujan a los naranjas del minio de plomo, a las pinturas viejas que muestran los distintos tonos habidos a lo largo del tiempo. Completan la obra los blancos de cal aportados por las paredes, los hilos urdidos por las arañas, la mugre del tiempo…

     Los líquenes pueden dibujar, sobre muros y baldosines, paisajes con todos los verdes, encargándose los musgos de poner volumen a sus trabajos.

     Son alguno ejemplos de ese inmediato museo de lo mínimo que todos tenemos alrededor. Quizás sea necesario el tiempo de la vejez para pasearse por este museo. Las urgencias de la juventud necesitan de espacios más amplios, mirando al horizonte, para tratar de entender el mundo.

 



 










































martes, 11 de noviembre de 2025

Paseo por el antaño lejano

 








 

El trinado vuelo a saltos de los colorines entre el malva de los cardos marianos. Agrio lamento de la noria en contrapunto al alegre borbollar del agua derramándose camino de los surcos. Paciente giro del asno cegado. En las eras, las risas nerviosas de las tapadas mozas observadas por los mozos. Interjecciones de mando del yuntero en la maniobra de la carreta de parva que será pan bregado en el largo invierno, golpes de la aguijada sobre el yugo en que rechina el roce de las correas, y en el enorme esfuerzo los inquietos ojos de las vacas tras los flecos de las melenas de cuero. El acechante planeo del gavilán interrumpe el zureo que llega de un palomar. Croar de ranas entre los juncos del rosario de charcas que fue arroyo en invierno. Llega la cigüeña del campanario a pescar el almuerzo de sus cigüeñinos, interrumpiendo el canto de la charca. La algarabía de golondrinas y vencejos raya el cielo que se recorta en las cuadriculas verdes de los bacillares de los cerros. El trotecillo del borrico cano lleva al paisano al riego de su huerta. Torpeza del sapo que intenta cruzar las roderas del camino. Barbechos rojos, amarillo en las tierras segadas, verdes en las huertas y grises en las nubes densas sobre el fondo azul. Corrillo de viejos sentados en los restos de una tapia, observando la continuidad de la vida, manos como sarmientos sobre las cachavas, pellejos quemados por mil soles, panas mil veces remendadas. Buenos días. Buenos nos los dé Dios. Trinan los verderones en los ciruelos que maduran.










domingo, 2 de noviembre de 2025

Algo de otoño


 



 

Parece que ya nos llega algo de otoño. Baja la temperatura y los árboles se deciden a tirar los sepias, los rojos, los amarillos que tiñen las hojas que se recortan sobre el cielo gris. Los crisantemos han cumplido, fieles, su florida cita con los que fueron. Observo a diario como se va coloreando, oscureciendo, el verde de las numerosas acebuchinas que, este año, tiene el acebuche que planté, hace tiempo, en un tiesto. Las hojas de los lilos se secaron en verano, no sé si es una plaga o respuesta a los inusitados calores de este cambio climático que para tantos no existe, a pesar de las tremendas evidencias solo son manías de los rojos, dicen. Los lilos que todo lo soportan, o soportaban. Los lilos que responden, o respondían, a los inviernos fríos con exuberantes floraciones primaverales. Los lilos de las fragancias al caer de la tarde. Sí, este verano se han secado las hojas de los lilos, y busco yemas que me den esperanza de primavera. He guardado los geranios en su rincón de invierno, he guardado lo que de los geranios ha dejado la mariposa africana que los revolotea grácil para que mueran comidos por sus larvas.

Las higueras tienen desconcertada mi ignorancia, pierden las hojas en verano y vuelven a abrir sus yemas en otoño, me causa tanto desconcierto como ver florecer los ciruelos en noviembre, lo he visto ya varios años. Tengo la impresión de que las plantas que mejor están resistiendo el cambio climático son las crasas. Cumplo mi diaria gimnasia de viejo barriendo hojas, las amontono a los pies de los arbustos o en la pila de lo que, espero, con el tiempo sea compost, alimento de floraciones. Los fríos harán menos apetecible esta gimnasia. Todos los días acudo a la cita con el espectáculo que el sol pueda ofrecernos al ponerse tras la cinta azul guadarrameña.

Dice mi hija que hoy ha venido un rabilargo a bañarse en un charco del jardín. Los madroños tienen un rojo radiante. Las varas de las malvas van dejando caer su prometedora semilla. Llueve. Hay una luz gris, de otoño. Sí, ya hay algo de otoño. Tranquiliza la sucesión estacional en estos días en que vivimos.













jueves, 18 de septiembre de 2025

Lógica

 





 

     En el pasado agosto, a uno de mis nietos, el gran Samu, de cinco años, se le calló su primer incisivo. Fue mucha su alegría por el paso a protagonista, tras haber sido testigo de las celebraciones por las caídas de dientes de su hermano. Conocedor de la liturgia a seguir con el ratón Pérez, me pidió un papel, hizo su dibujo, pegó el diente con celo, y a la noche lo colocó bajo la almohada. Al despertarse pudo comprobar que el asunto seguía funcionando, el ratón cumplía.

     Por la mañana estaba inquieto y lloroso, preguntando si alguien había visto una pluma de paloma que encontró en el jardín y se le había perdido. Hubo que buscarle otra pluma. Me pidió papel y celo y le vi dibujando y pegando la pluma sobre el papel. A la mañana siguiente solo encontró, bajo la almohada, una razonada explicación de la específica dedicación de Pérez a los dientes humanos. Explicación que hubo que traducirle no sé si con mucho éxito. Limitaciones al pensamiento lógico que la vida nos va imponiendo.