domingo, 19 de enero de 2020

El modelo pavo real









on Efe sabe levantar la nariz por encima de lo humano y lo divino. Su pretensión de elegancia da en un atildamiento amanerado como los dibujos de una tragaperras de bar. Es un pavo real más en una profesión en la que suele darse esta especie. Una profesión ―por otra parte─ con un reconocimiento social grande y merecido, tanto por la delicada materia con la que tratan como por el silencioso y abnegado trabajo de la mayoría de sus miembros; pavos reales aparte.

 Es imposible ignorar la presencia o cercanía de Don Efe. Lo anuncian, como trompetería, su diario baño en colonia y el murmullo de la corte de pelotas que siempre lo rodea riéndole los chistes y agudezas. Digo que hay bastantes de estos pavos reales en este oficio, pero en realidad no sé cuántos hay, lo indudable es que se los ve, se hacen ver, procuran estar donde se los vea. Tampoco sé si todos los pavos reales de esta profesión unen a su fatuidad la ignorancia profesional y el atrevimiento ─por ser suave─ de Don Efe. Quiero creer que no. Don Efe, de joven, aprendió dos o tres técnicas ―hoy ya anticuadas― y enseguida pasó a dedicarse por entero a la creación de Don Efe y a conseguir los cargos y jefaturas que le diesen poder. Y se acabaron los libros y el estudio.

Lo difícil de entender es que personajes de este pelo, de los que Don Efe puede ser paradigma, tengan la influencia que suelen tener sobre determinados estamentos sociales. Lo cierto es que esta olorosa y quincallera apariencia, unida a un lenguaje con la pompa y la adjetivación de un crítico de vinos, produce efectos hipnóticos en determinadas personas. Tras semejante despliegue de cola pavera son muchos los que le suponen ciencia y no la evidente estupidez. Esto los mantiene.


Dejo a cada cual la colocación del prototipo Don Efe en una determinada profesión. Pero me atrevo a presumir de los muchos que coincidirán en situarle en el respetable oficio en que servidor piensa. Opinen. 









sábado, 11 de enero de 2020

Toñín








l taller estaba en un suburbio madrileño, un barrio de menestrales, en una de esas vivaces callejuelas que se dejan caer hacia las rondas. El niño pegaba la nariz al cristal y contemplaba con arrobo el trabajo de aquellos hombres. Sobre la losa de mármol, ligeramente inclinada, extendían una pasta roja a la que se adaptaba la lámina de metal en la que iban apareciendo líneas y volúmenes con la acción del útil golpeado por el pequeño martillo; útil adecuado a cada función y elegido entre la ordenada diversidad que llenaba las mesas de los artesanos.

Por aquel tiempo el niño estaba entre los diez y los once años, y trabajaba de recadero en la tienda de ultramarinos de un conocido de su padre. Su día era arrastrar por calles, patios de vecindad y escaleras, una cesta con la que apenas podía, repartiendo la escasez de los años cincuenta del siglo pasado a cambio de los céntimos que venían a caer en su manita y que, cuidadosamente guardados en el hatillo del pañuelo, a diario llevaba a su madre. Siempre que encontraba un rato se acercaba a poner la nariz en la cristalera del orfebre, embelesado con las maravillas que veía salir de las manos de los oficiales. Aquellas fulgurantes obras eran el contrapunto que el niño encontraba a la sordidez del entorno.

―Chaval, parece que te gusta esto. Mejor estarías aquí que arrastrando esa cesta. Dile a tu padre que venga a hablar conmigo. Podrías aprender el oficio…

Aquellas palabras cambiaron su vida. En unos días estaba en el taller, todo ojos y oídos a los encargos del maestro. Enseguida aprendió a realizar las mezclas de pez rubia y almagra para las camas del cincelado y el repujado, dándoles la consistencia que cada tipo de trabajo requería. Limpiaba los útiles de los oficiales sin esperar a que se lo pidiesen. Manejaba las laminadoras. Barría y ordenaba. Pronto comenzó a calcar los dibujos y a pasarlos a las láminas metálicas, y en unos meses ya estaba golpeando los cinceles sobre las planchas de plata, bruñendo con las ágatas y ensayando con los buriles la imposible facilidad de las curvas que hendía el maestro.

Senén de Gaspar aprendió el oficio de su padre, trabajando desde niño en el taller de platería que su abuelo había fundado en una placeta del Albaicín granadino, allá por 1875. La memoria del artesano no dejó nunca de recorrer los tiznados recovecos de aquel taller, un mundo de hornos, crisoles, dibujos, plantillas, herramientas y maderas pulidas por los años, donde pasó la infancia y la juventud aprendiendo el oficio al que dedicó su vida. Senén llegó a Madrid en 1929, con su mujer Ascensión y su hija Teresita, de trece años. Unos contratos para la restauración de piezas de la Real Casa y Patrimonio le animaron a montar el taller madrileño, que siempre consideró provisional, pensando en el regreso a su por entonces decaída tierra natal. En Madrid le pilló la sublevación militar de 1936, y allí perdió a su mujer y a su hija, destrozadas por un obús mientras trataban de buscar algo comestible en las colas del estraperlo. Finalizada la guerra regresó a Granada, donde solo encontró el montón de escombros que había sido el taller familiar.

Senén supo ver que, en Toñín, el niño de la nariz en el cristal al que contrató como aprendiz, no había solo disposición e interés, había talento, esa escasa gracia que algunos poseen para superar la obra meramente artesanal y hacer algo nuevo y distinto. De forma más o menos consciente fue volcando en el niño las esperanzas que en él había frustrado la muerte de la hija.

―Toñín, voy a subirte el jornal, pero te propongo un trato: te lo pago en clases de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios y otras clases con Don Fidel, el profesor que vive en el piso de arriba. ¿Qué te parece?

El muchacho tenía habilidades más que suficientes para ser un buen artesano, pero el viejo maestro supo ver algo más en él. Las manoseadas trazas renacentistas y barrocas que servían de base para la producción del taller iban poco a poco cambiando al pasar por las manos de Toñín. El niño, sin formación aún para interpretar esos dibujos, iba instintivamente adaptándolos a un lenguaje distinto. Y el maestro observaba aquello con asombro, quizás con algo de regocijante satisfacción personal.

Con el paso de los años Toñín se fue haciendo un muchacho culto, con una buena formación artística. Bajo su influencia el taller dejó de ser un mero reproductor de modelos tradicionales, creando nuevas formas que encontraron mercado y abrieron nuevos caminos que siguieron los demás talleres del ramo. Pero poco a poco se fue inclinando hacia la pintura, y con el tiempo terminó haciéndola su oficio.

―Mira, Toñín, toda esta parte del taller ya no la necesitamos; lo que aquí hacíamos ahora lo compramos hecho. Se puede ampliar esta ventana, que da al sur, y tienes un buen taller para pintar, con buena luz…

Y el maestro Senén fue envejeciendo en paz, viendo pintar al que fue su discípulo, disfrutando de las tertulias de artistas e intelectuales amigos del cada día más afianzado pintor Don Antonio Mahide.