miércoles, 22 de diciembre de 2021

Los toros hoy

 




Esta es la imagen de una corrida de toros que tiene uno de mis nietos. Lo dibuja en el país americano donde vive. Me dice que vio toros un día por la televisión.

El dibujo infantil se presta a interpretaciones sociológicas. Servidor, de momento, mira y escucha.



domingo, 5 de diciembre de 2021

Sopitas de ajo

 





s posible que la inmensa mayoría de los humanos que creemos comer bien, en esta parte del mundo donde vivimos los privilegiados que comemos bien, no tengamos ni idea de lo que es comer bien. Es posible que no tengamos ni idea de a qué sabe lo que sabe bien. Lo digo porque los que componemos esa inmensa mayoría nunca hemos comido ─ni pensamos comer─ en los restaurantes de esos grandes cocineros de los que tanto hablan los periódicos, esos restaurantes con menús de precios sobre los 250 €. Cabe suponer que estos cocineros sean los definidores y creadores de lo rico. Digo yo. Conocimiento negado a esa inmensa mayoría condenada a vivir en la ignorancia.

Me asombra que, en estos días, una noticia haya llenado páginas de periódicos en competencia, nada menos, que con la última boutade de la ínclita Sra. Ayuso. Y es que el restaurante Diverxo sube el precio de su menú a 365 €.

 ¿A quién interesa esta noticia?

Pudiera ser que los periodistas estén procurando inducir a los ciudadanos a un análisis sociológico de nuestro tiempo. Pudiera ser.

La realidad es que los sufridos componentes de esa mayoría de humanos ─de esta parte del mundo en que se come─ nos apañamos con los humildes saberes y sabores heredados de los ancestros, y lo vamos llevando bastante bien. Algunos, incluso, estamos convencidos de que si alguna aportación a esto del comer tiene autentica importancia, son las sopas de ajo. Su desconocida creadora ─qué duda cabe de que fue una mujer─ ya debería tener su monumento en algún rincón de las tierras de pan llevar. Y en las otras.

 

  


domingo, 21 de noviembre de 2021

Canto de otoño

 






 


 

 

 

Y aquel día llegó lo, quizás, intuido o temido. Esa noche, unas molestias indeterminadas le habían impedido dormir bien. Temprano, tras unas rutinas mecánicas de aseo y desayuno, se sentó en su mesa de trabajo, frente al ordenador, como todos los días. Alzó las manos sobre el teclado, fijó los ojos en la pantalla y no supo qué hacer. Movió sus dedos sobre las letras y signos amagando el inicio de algo cotidiano y elemental que no fue capaz de realizar. Se pasó la mano por la cara y se restregó los ojos, como tratando de descorrer su confusión. Después, sus dedos siguieron titubeantes sobre el teclado, incapaces de coordinar la labor de poner el aparato en marcha. Algo cercano a la náusea se le cruzó en la garganta.

Acariciar la piel en el lomo del libro que tenía sobre la mesa le tranquilizó algo. Fue pasando los dedos por las letras doradas, uniendo las sílabas, pronunciando los sonidos a media voz. Abrió el libro y pasando páginas le llamaron la atención las reproducciones de unos grabados. Supo ir poniendo nombre a las distintas técnicas de las láminas: punta seca, aguafuerte, buril… Reconoció su letra en las anotaciones de los numerosos folios intercalados en las páginas, pero no entendió su significado. Leía palabras, reconocía sustantivos, entendía adjetivos, pero no el sentido final cuando se unían a verbos para formar frases.

En sus ojos hay lejanía, y en su rostro una extraña mezcla de dolor, sonrisa y estupefacción. Está sentado en el parque junto a un joven que le cuida. Su mano derecha se alza titubeante, señalando cuanto le llama la atención en el entorno. Pronuncia los nombres con voz queda. Sus palabras, al ritmo pausado de su dedo índice, van componiendo un extraño poema, un canto elemental y primigenio:

 

Rojo

Rojo

Otoño

Rojo

Cielo

Cielo

Cielo

Nube gris

Azul

Amarillo

Hoja

Hoja

Niño

Herida

Frío

Frío

Columpio

Pena

Frío

.

.

.

.

 

 


jueves, 18 de noviembre de 2021

Por Chamberí

 




El pasado martes bajé a Madrid cosa inhabitual en este tiempo pandémico─ desde el pueblo serrano donde moro. Anduve brujuleando por Chamberí, barrio en el que uno nació, a la busca de los reyes para los nietos. El barrio parece desperezarse, tímido, del letargo de la infección, pero el miedo y el recelo impiden el pleno renacer de su característica vitalidad. La gente, o parte de la gente, mantiene mascarilla y distancia. Los jóvenes menos.

Hay heridas.

El Hospitalillo de los Anises está cerrado con burdas y amenazantes cadenas en las rejas. Los azules y rojos de su reciente restauración se ajan, la madera carcomida asoma de nuevo. Ignoro la razón de este cierre. Puede que haya novedades en el viejo litigio sobre la propiedad. Puede que una resolución judicial vuelva a asombrarnos, como de un tiempo a esta parte suelen hacerlo las resoluciones judiciales. Puede.




Cuando niño, las oscuras puertas del Botón de Oro, en la calle Juan de Austria, me parecían las bocas de entrada a un mundo de rutilantes maravillas encerradas en decorados, multicolores cajones que apenas se entreveían en la penumbra de una atmósfera de misterio. Siempre me atrajo esa singular tienda. En ella me veo, de la mano de mi abuela, observando el entorno con religiosa unción durante la humilde compra, en susurros, de unos botones. Hoy es cierre metálico, abandono, suciedad, y cartel de se vende. En nuestros días el misterio suele terminar en un cartel de se vende.




La plaza de Olavide sigue viva, más o menos. Eso sí, tartamudeante por las obras, una más de esas obras que tanto parecen gustar al alcalde mínimo. Y no me refiero a sus dimensiones físicas.

Sigo viendo heridas.

Pero lo he pasado bien en el paseo, en el recuerdo sin melancolía, tan solo con una leve tristeza ante lo que desaparece. Y, además, he encontrado lo que buscaba, en ese afán de los viejos de dar a los nietos lo que no pudimos tener de niños. Quien sabe si es buen afán.




 

 



miércoles, 3 de noviembre de 2021

Ignorancia informática

 












onstatada una vez más mi ignorancia e inoperancia informática me rindo y acudo a un profesional para que me digitalice los negativos de fotografías familiares, en formatos antiguos, que he logrado rescatar de la vorágine del tiempo. Los chismes escaneadores al uso, como del que servidor dispone, no están preparados para estos tamaños de película ni para los cristales. No abundan los profesionales que sepan y quieran hacer este trabajo ─de poca demanda, digo yo─ pero creo que he dado con la persona adecuada.  Lo ha hecho bien, y además ha respetado escrupulosamente mis manías de orden en cuanto a mantener los negativos en sus envoltorios antiguos y en mis sobres clasificatorios. Lo que no es poco.

Después, he pasado unos días entretenido en ir tratando estos archivos con Photoshop, viendo como el pasado se revitaliza en volúmenes que surgen desde unos grises aparentemente desvanecidos. Utilizo este editor de fotografía de una forma primaria, y aun así me asombro de continuo con sus posibilidades. Compongo luego unos cuadernillos agrupando las fotos por tiempo, tema o lugar, los imprimo y encuaderno y ahí quedan, para quien sienta curiosidad. Si alguien la siente.

La mayoría de los viejos cojeamos a la hora de utilizar las tecnologías informáticas. Hemos aprendido tarde y mal. No ha sido nuestro idioma. No sé cómo será el mundo al que apunta esta digitalización global a la que espolea la pandemia. Un mundo que ─entre otras muchas acechanzas─ puede ser enterrado por los desechos que produce la rápida obsolescencia de los equipos, programada o surgida en el avance tecnológico.

Es mucha la tarea que queda a los jóvenes para fabricarse un futuro. Las amenazas son de dimensiones colosales. Algunas, supongo, inéditas en la historia de los humanos. En el tiempo que me quede de andar por este mundo en digitalización procuraré no cambiar de teléfono ni ordenador, mientras funcionen mal que bien. Lo prometo.

Seguiré con la más o menos inofensiva liturgia de navegar ─informáticamente─ por el pasado, dejando constancia de él a los que vienen. Por si les interesa. Asuntos más graves tienen.





domingo, 26 de septiembre de 2021

Los días se acortan

 

 




 

n esta tierra de aficionados a las apoteosis de ruido y fuego se podría pensar que el horror de Cumbre Vieja es la traca final a este tiempo de desastres. Pero no, ese vómito del mundo que está sepultando la historia y el trabajo de los hombres de La Palma  no es el final de nada, es algo consuetudinario, consustancial a la naturaleza de esta bola a medio enfriar y achatada por los polos, este rincón del infinito donde vivimos, como podemos, los humanos. Algunos en tierras de volcanes.

A los cotidianos pesares de nuestros días se ha sumado la retrasmisión en directo de las imágenes del volcán lanzando su fuego entre desgarrados ronquidos cósmicos. Las lenguas de lava descienden, y sus negros frentes de alma ígnea sepultan la obra de las gentes. Llanto y dolor. Dentro de dos mil años, si la humanidad perdura, seguirá teniendo curiosidad, y esto podrán ser ruinas arqueológicas.

Mientras, los días se acortan. Las plantas responden con ocres y rojos. Como siempre ha sido. El verano se va disolviendo en la luz gris de los cielos de otoño. Las estaciones se suceden. El mundo sigue. Mientras, una parte de la juventud se subleva ante el virus. Siempre es bueno que la juventud se subleve ante lo establecido y traten de hacer su mundo, al menos de teñirlo algo. No sabemos si es posible sublevarse ante el virus abrazándolo. Pienso en otras revoluciones necesarias que siempre quedaron a medias, pendientes de los que vengan. Veremos en qué queda esto.

La realidad es el gris de los cielos. He puesto leña en el porche a la espera del invierno. Me entretengo con una preciosa edición de los Ejercicios Espirituales de D. Ramón María que me ha regalado mi hija. Poco más puede hacer ya uno.

 

 

 

 











 


viernes, 20 de agosto de 2021

Desesperanza









 

La desesperanza parece extenderse. Se deposita como el polvo del tiempo, como la ceniza del incendio, sobre los pueblos, las calles, las cosas, la gente. Una desesperanza que enturbia ojos y endereza sonrisas.

Los viejos están desesperanzados. Su mundo se ha visto reducido a la casa y cuatro calles en el mejor de los casos, o al horror de la residencia, reducto de muerte, quizás en uno de los peores. Los viejos sienten como, al difuminarse el horizonte, se les anquilosan las articulaciones y el alma; les duelen los huesos, la ausencia de los amigos y la pérdida de su mundo.

Y yo debo de estar viejo.

De jóvenes, solo teníamos tiempo para pensar en los garbanzos, en salir adelante. Tristeza sí, claro, tristeza había, toda la que podía infundir un país triste, en blanco y negro, como era este, pero desesperanza no, no recuerdo haberla sentido. Creíamos posible un futuro. Creíamos posible vencer al tirano.

Hoy, me parece ver una juventud desesperanzada.  

Hay situaciones nuevas, en extremo inquietantes, qué duda cabe. La pandemia ha dejado una humanidad atónita en un mundo parado; y no parece nada claro que podamos regresar al que dejamos atrás. La historia de los hombres va unida a las pandemias, a todas las que han ido superando. Parece lógico pensar que esta sea una más, pero inquieta ver a los científicos titubeantes, a pesar de los evidentes logros con las vacunas.

Hace unos días veía desde mi casa un horizonte negro por el que trataba de filtrarse la bola roja de un sol de ocaso. Era humo de un incendio lejano, en Ávila, que hoy, seis días después, sigue activo. Apenas nada si lo comparamos con el mundo ardiendo, helado, inundado o destruido por huracanes de que nos hablan de continuo los medios de comunicación.

Con más o menos base científica se nos anuncian otras aterrorizantes consecuencias del cambio climático en un futuro que cada día nos colocan más próximo: pandemias por virus y bacterias redivivas surgidas del descongelado permafrost, migraciones masivas, hambre, guerra, muerte etc. etc.  

Los informes del IPCC, ese organismo de las Naciones Unidas que evalúa el cambio climático, dejan poca o ninguna alternativa a la desesperanza.

A todas estas situaciones nuevas tenemos que añadir las que podemos considerar consuetudinarias, de siempre, conocidas, repetidas en el tiempo. Pongamos por caso el reciente triunfo del mundo civilizado ─capitaneado por los yanquis─ abandonando Afganistán en medio de un absoluto caos. Asunto repetido y conocido en la historia reciente. Pero es incomprensible el inaudito ridículo de Biden, pocas horas antes de la entrada de los talibanes en Kabul, pronosticando el futuro inmediato de la zona.

Fueron sorprendentes también las declaraciones de un militar español valorando las previsibles dificultades de los talibanes ante la superior preparación y mejor dotación de armamento del “ejército afgano;” cuando las milicias debían de estar ya en la capital, o entrando con toda tranquilidad.

¿Cómo puede entenderse tanta ignorancia sobre la realidad del país que tienen ocupado? ¿Tenemos que creer que los servicios de información yanquis no pudieron prever lo sucedido?

Las religiones consuelan al hombre de su condición mortal y le elevan de su insignificancia en el universo, pero le dan la posesión de la verdad absoluta, lo que les suele hacer temible martillo de herejes. A lo largo de la historia no ha habido martillo más eficaz que el de los católicos. No es carrera que puedan igualar ya los islamistas ni su radicalismo afgano.

Nuestros particulares talibanes, los de andar por casa, tienen, de momento, el martillo en el armario, pero nunca debemos bajar la guardia. De continuo estiran el cuello y alzan la voz, para que sepamos que ahí están. Pongamos, por ejemplo, al ínclito cardenal Cañizares, a la sazón arzobispo de Valencia, pródigo como pocos en despropósitos que serían hilarantes si no conociésemos el horror de que pueden acompañarse. Y últimamente hemos tenido que escuchar al esperpéntico exministro Camuñas, en su partido político de turno, el PP, en un incompresible retorno a su añoranza, justificando, una vez más, la sublevación militar de 1936.

El PP, un partido que corre, como pollo sin cabeza, tras la conquista del poder, de su poder. Sin parar en licitudes o cuestiones de Estado. Un partido mediatizado por el muy preocupante crecimiento de esa vieja sinrazón hecha ideología que podríamos definir con la imagen de la sonrisa de Morticia Monasterio, esa sonrisa que de inmediato se hace afilado, amenazante filo de navaja.

Y enfrente, en el poder, un PSOE desnortado, con un cáncer interno y unos socios de gobierno empeñados en incomprensibles cambalaches con el palurdo e insolidario independentismo catalán.

Pues estamos listos, piensa el viejo en su constreñido mundo. No sabe si ir a tomarse un chato a la taberna, donde, de seguro, algún pepero le coloca las consabidas y profundas consignas al uso: moros de mierda y panchitos de los cojones. Estamos listos.

Servidor no puede por menos de pensar en los nietos.

 

 

 

 

  

 

 

 


domingo, 15 de agosto de 2021

Lo agrio de nuestro tiempo

 



Tratando de esquivar lo agrio de nuestro tiempo me encuentro en la red con el conocido retrato de Virginia Woolf que, en 1902, le hizo George Beresford. Me detengo a observarlo. Creo que en él me refugio. Tras la belleza que conmueve y la serenidad que emana, está ─entre el exquisito dibujo de los rasgos─ esa mirada hacia ninguna parte, esa interrogación que no espera respuesta. Una mirada, quizás, hacia el horror que ya conoce. El atisbo, tal vez, de la derrota del talento y la belleza por la enfermedad y el sufrimiento.

 



En este entretenimiento del tiempo pandémico que es hurgar en lo que fue revisando viejos papeles, he encontrado, entre los de un tío abuelo, una foto de Nadar, el fotógrafo de las celebridades en el París de finales del XIX. Ignoro quién es la dama fotografiada y la razón por la que mi pariente atesoró este retrato que ha llegado hasta mí y yo he regalado a uno de mis hijos. La belleza de la foto merece su conservación, sin duda, como la merece la austera elegancia de esa desconocida que me llega desde los lejanos tiempos de la Francia del imperio liberal.




















 

  

domingo, 25 de julio de 2021

Regreso al gris

 




Pues sí, parece, leyendo el periódico, que el mundo se quema, se congela, se inunda o se desertiza. Y mientras, el virus avanza en no sé ya qué ola, variante o mutación. La humanidad, joven o vieja, se empeña en salir de este pozo al que no se ve fondo, y en su agitar agónico lo ahonda. A los sobrevivientes, en catorce meses, se nos ha envejecido el cuerpo, mucho, qué duda cabe, y encallecido el alma, bastante. Se nos ha difuminado el horizonte y aparecen dudas fundamentales.

Y en este caldo de cultivo algún iluminado considera que lo necesario es un regreso al gris de antaño: al azul, al correaje, a la boina roja, a las apreturas del metro mañanero, al parte, al brazo en alto, al silencio, a la mirada esquiva, al miedo, al frío, a la cuenta pendiente en la tienda de ultramarinos, a la venganza, a la ruindad, al Nodo, al taconazo, a la casa de empeños, al desfile, a la bula de carne… Y nos coloca otra vez, inmisericorde, después de tanto tiempo, lucha, esperanza, esfuerzo y sacrificio, la sempiterna justificación de la sublevación militar del treinta y seis y sus posteriores horrores.

Tiendo a creer más en la estupidez que en la maldad.

¿Acabará esto alguna vez?

Revive esa España zafia y mezquina, pero es preocupante ver cómo se extiende por el mundo una inusitada brutalidad de pensamiento. Quizás sea uno más de los espantos pandémicos.       

 











domingo, 11 de julio de 2021

Presencia









 

Ha sido una presencia continua, sin nombre, con una historia apenas esbozada, no sé cuan imaginada. Siempre estuvo sobre la cómoda, allí, en el cuarto de la tía soltera, junto a mil maravillas por descubrir, en la referencial casa de los abuelos. No recuerdo cuándo comenzó a llamarme la atención, seguro que fue por la finura del dibujo, y también, quizás, por la posibilidad o la necesidad de imaginar la historia del personaje sin historia.

Vinieron años en que se hacía difícil compaginar la estética de ese dibujo con los gustos de un adolescente de aquellos tiempos, pero la presencia y su leve misterio se mantuvo. Hoy, ochenta y cinco años después de que mi tía lo firmase, tengo el dibujo a mi lado, en mi casa, salvado de todos los naufragios.

Puede que algún nieto se interese por el diminuto retrato que una lejana tía hizo de un amor muerto en una lejana guerra. Puede.

 




domingo, 20 de junio de 2021

Bernardo Liérganes

 

 

 


 

 


estas alturas de junio es incomprensible este tiempo, hace frío. Los viejos se juntan en los bancos del parque, charlan, recuerdan.

─En mi juventud era corriente ver en la obra un grupo de hombres escafilando azulejos. Eran azulejos de principios del siglo pasado, para su reposición en nuevos alicatados en los que el precio del material nuevo justificaba la mano de obra de escafilar los viejos. También se escafilaban azulejos de tiempos anteriores por la calidad del propio azulejo, para su reposición en restauraciones. Supongo que hoy, los más inquietos, tendrían que ir a la RAE a buscar el verbo escafilar. … por favor, escantílleme usted pañeando desde los haces de afuera. Yo era un niño, un mero aprendiz, y se me trataba de usted y por favor. No tengo memoria de dificultad para entender ese vocabulario que he usado durante muchos años, hasta que la gente del oficio dejó de entenderlo, de utilizarlo. Tengo la sensación de haberlo conocido de siempre. Hoy no sé si hay alguien que lo use. Creo que no. Tampoco sé si se usa ya otro lenguaje que me fue imprescindible años y años: el dibujo de los detalles arquitectónicos sobre el yeso de la obra. Claro que para su uso hacía falta la inteligencia de aquel a quien se lo contabas, se lo dibujabas, aquella figura fundamental: el maestro de obras, el encargado que fue después. Tampoco sé si existe ya esa figura como la conocí, surgida siempre de una rigurosa selección de la inteligencia entre los obreros cualificados. Me temo, casi me atrevo a decir que esa figura no existe, no sé si hay cualificación de donde pueda salir.

─Este asunto de la falta de gente cualificada en la construcción me ha recordado a una persona que algunos de nosotros conocimos: Bernardo Liérganes.

─Ya lo creo que le conocí, le conocí y le aprecié, cuando ya era un hombre mayor que infundía respeto, que imponía.

─Aprendió el oficio con buenos maestros. Era trasmerano, de Liérganes, de donde se vino la familia a Madrid cuando él aún era niño. Supongo que por medio de algún conocido su padre había sido contratado para el mantenimiento de los palacios y posesiones de una gran casa, los duques de A…, una de esas familias que se reparten buena parte de España. Bernardo tenía una inteligencia despierta, y su sensibilidad permitió que se le fuese depositando ese poso que distingue a los capaces de crear y apreciar la belleza.

─Así era, tenía ese poso, lo has definido bien.

─Algo le daría la tradición de su tierra.

─Es de suponer. Si existe ese poso es en la Trasmiera.

─Como sabéis, yo comencé muy joven a trabajar con él, y mucho me enseñó. Por entonces ya era un hombre mayor, y debió ver en mí un oído atento.  Entre cuestiones profesionales me fue dejando caer su historia. A principios de 1937 su quinta fue llamada a filas, pero él no llegó a incorporarse. El ambiente en el que se movía por entonces le acercaba emocionalmente a los sublevados, y a ese lado se pasó una noche por algún recoveco de la Ciudad Universitaria controlado por la quinta columna. Tras la guerra, Bernardo participó en la restauración de edificios de los aristócratas para los que trabajaba su padre. Su conocimiento práctico de los oficios se completó con el teórico, al ser incorporado a su oficina técnica por un aparejador que supo ver su valía. Recuerdo sus libretas taquimétricas, con una pulcritud y una caligrafía admirables. Tenía buena mano para el dibujo. Hablaba con el deje de los albañiles madrileños de entonces, aquellos albañiles de blanco, con gorrilla y alpargatas, mantenedores de la ya perdida tradición de la albañilería catalana.  Durante unos años Bernardo trabajó para distintas empresas especializadas, hasta formar la suya propia, a la que incorporó a bastantes de los mejores artesanos que conocía. Su buen hacer le hizo imprescindible en los organismos públicos que por entonces se encargaban de mantener el patrimonio arquitectónico.

─Yo le conocí en una posición política muy distinta a la que nos dices.

─Lo sé, lo sé. Con el tiempo, con sus lecturas, su inteligencia y el trato con personas de otros estratos sociales y culturales, se fue modelando su pensamiento sociopolítico. Ni el éxito profesional ni la prosperidad económica menoscabaron su natural humildad. Siempre fue hombre libre de toda afectación. Se consideraba un obrero y así se ofrecía al prójimo.

─Coincidí con él en 1974, cuando fue detenido por su activismo en las Comisiones Obreras. Salió libre tras la muerte del dictador y ya nunca abandonó su compromiso sociopolítico. Trabajó en la repatriación de los líderes históricos de la izquierda, en lo que colaboré con él.

─Lo que no supo Bernardo fue trasmitir esos valores a sus hijos. Como tantas veces suele ocurrir su empresa no resistió el cambio a la siguiente generación, a pesar de la exquisita formación que recibieron. Con Bernardo se fueron jubilando los artesanos de su equipo. La desaparición del tradicional sistema de aprendices y el fracaso de las alternativas de formación, crearon ese vacío en los oficios artesanales de la construcción del que tanto hemos hablado.

─Así fue. En la empresa de Bernardo dejó de hablarse de labras, trinchantes, cales y revocos y comenzó a hablarse de marketing y productividad. Bernardo murió, y su empresa al poco tiempo. Los hijos vivieron, mientras duró, del pequeño capital que juntó Bernardo. Hoy no sé nada de ellos.

La tormenta parece inminente, y los viejos se van dispersando con adioses de las manos alzadas. No parece junio.







 

sábado, 22 de mayo de 2021

Sarmiento

     






Enjuto, tenso músculo de tiempo, fibra reseca, agria, que serpenteas entre las anuales heridas de la poda. Fuiste promesa de vino alegre  y  eres esperanza  de brasas de invierno a las que arrimar el frío. Brasas lentas que hervirán las sopas del puchero sobre el resplandor de la trébede. Brasas leves del humo que ascienda a curar la matanza en el oscuro techo. Brasas grises a la espera del hálito del fuelle. Pámpano de ayer. Sarmiento. 





 


miércoles, 12 de mayo de 2021

Mayo

 




Florecen los azareros que plantaron los pájaros y yo dejé crecer, aboné y podé. Nada medra más que lo nacido espontáneo. Es el tiempo en que los pollos de los mirlos, que saltaron del nido antes de tiempo, te salen al paso, apenas emplumados, abriendo el enorme pico, pidiendo comida a cuanto se mueve. Las tretas de los padres para alejarte, para alimentarlos ocultos en la maleza, no impedirán su destino de ser cena de gato. Una pequeña tragedia, apenas nada comparado con la matanza que mi insecticida produce en las colonias de pulgones que medran en los brotes de la yedra pastoreados por las hormigas. Así es el mundo. Los grandes desequilibrios, algunos quizá irremediables, los producen esos extraños mamíferos, con un inusitado desarrollo cerebral, que somos los humanos. Un desarrollo cerebral que nos ha hecho capaces del arte, la ciencia, la bondad y la maldad. Capacidades no alcanzadas por ninguna otra especie animal.

Sigue habiendo mayo. Sol, nubes, chaparrones, calor y fresco: mayo. Esto tranquiliza. Intranquiliza un futuro que se va haciendo presente entre los pliegues de la pandemia. Un futuro tecnológico, diseñado por el dinero para hacer dinero, que aprovecha este momento de pasmo humano para ir aflorando. Un futuro que tendrá que ser remodelado por sus perjudicados en la medida que puedan, con mucho sufrimiento, como siempre ha sido.

Las que no medran son las tomateras, necesitan más sol.

 

 


                                       








 

 

jueves, 22 de abril de 2021

Primera dosis

 






 

 

Hoy me han puesto la vacuna para la Covid, la Pfizer que nos ponen a los viejos. El día 17 de mayo me toca la segunda dosis. Bueno, pues ya, ya está, ha llegado. Es lo único en que podemos poner esperanza de un regreso a ese mundo anterior en el que vivíamos sin dar valor a lo perdido. Mi nieto de seis años ya me había dicho por WhatsApp que no tuviese miedo…

Esta mañana ojeaba una edición facsimilar del Beato de Liébana de la BN que  me regaló un querido amigo. Me he quedado mirando esa paloma con la rama de olivo en el pico, un monje la dibujó hace mil años llegando portadora de la esperanza al Arca de Noé. Son muchos siglos utilizando ese símbolo, muchos siglos de humanos necesitados de esperanza. No queda otra. Esperemos esperanzados.






sábado, 3 de abril de 2021

Segunda primavera

 








egunda primavera en este tiempo pandémico. Observo la tenacidad biológica en los negrillos: ya han tenido su humilde floración, esparcen los leves frutos y comienzan a desplegar las hojas, indiferentes a su propia peste que no los dejará llegar a viejos. El furibundo amarillo del jazmín de invierno resalta sobre el blanco de los durillos, sobre las lilas que se aprestan a esparcir su aroma, sobre el azul de los lirios, sobre los rutilantes verdes nuevos. Llegó a su fin el esplendor de los ciruelos, que ya forman sus frutos. Todo el jardín se esfuerza en superar la destrucción de Filomena, la enorme nevada de enero que desgajó las ramas de los piñoneros aplastando todo en su caída. Este año falta el color de los geranios. No resistieron los fríos. Habrá que incorporar alguno cuando el tiempo se asiente, si se asienta.

No es mal momento este para sobrellevar el encierro. Hay donde mirar la continuidad del mundo, procurando apartar vista y oídos de noticieros empeñados en demostrarnos la evidente estupidez de nuestros gobernantes. Salvo sea lo salvable. La humanidad está en manos de la industria farmacéutica. Malas manos. Entre esos dedos se quedan los muchos dineros y las muchas esperanzas que todos hemos puesto en la investigación científica. Ya oigo al tontaina de turno hablarme de la legitimidad de las patentes, ya. También me habla de las muchas veces que he contado este rollo primaveral. Y sí, es verdad, en algo tienen que tener razón los tontainas.

Siento un apego campesino por la tierra, soy consciente. También lo han sentido las cuatro generaciones que me separan de la reja del arado. Sí, ya hace cuatro generaciones que mis ancestros optaron por el libro frente al albur del campo. Todas han sentido ese apego. Al menos lo ha sentido alguno de los componentes de estas cuatro generaciones. 

Continuaré, mientras pueda, observando el espectacular estallido de las yemas primaverales. Aquí, en el refugio de mi retiro. Importante privilegio, qué duda cabe.




 


jueves, 18 de marzo de 2021

Grito








 

Encuentro en el jardín una terracota desechada y abandonada hace más de veinte años. Ese rostro cubierto por el verdín, que asoma en una esquina del relieve, me ha parecido que, hoy, puede representar el grito desesperanzado de la humanidad ante la pandemia y las miserias que esta trae consigo. Los carroñeros están a la rebusca, y hasta en la radio hacen ya propaganda de sus vergonzosos negocios.

 

 


sábado, 6 de febrero de 2021

Lo nuevo de siempre

 







Rosalía de Castro
Hace unos ciento cuarenta años









viernes, 15 de enero de 2021

Derribo

    





Las ruinas tienen la tristeza cálida de la decadencia. Las demoliciones no, las demoliciones suelen dejarnos un sabor agrio de desesperanza y abuso, entre ese olor que emana de los más oscuros recovecos del alma.

En el muro ha quedado grabada vida humana, el dibujo inciso de las escaleras por las que bajaron los últimos ataúdes y por las que alguien hace hoy subir sus dineros. Colores de distintas épocas, gustos diferentes, ecos de una lejana queja de parturienta, del primer llanto de un bebé, de un bisbiseo de letanías entre las cuentas apoyadas en el frufrú de un mandil…

En nuestro tiempo, nada mejor suele substituir a lo derribado.  

 

 

 

 



domingo, 10 de enero de 2021

La gran nevada del encierro

 








 

Con más o menos base científica claman hoy en el mundo los profetas del catastrofismo: plagas, pandemias, deshielos, inundaciones, sequías, incendios, desertificación, hundimientos del terreno, erupciones volcánicas, migraciones humanas, huracanes… Todos los días tenemos en la prensa alguna nueva aportación a este caos global. Creo que a estas alturas caben pocas dudas sobre las graves consecuencias de la sobreexplotación del planeta, pero los ciudadanos de a pie, con tan solo el sentido común, si existe, no somos capaces de poner esas alarmas en su justo punto y medida.

Recuerdo a un profesor del colegio que, por los años del bachillerato elemental de entonces, nos hablaba del inminente agotamiento de los combustibles fósiles, y ponía la única esperanza razonable en la energía nuclear de fusión. De esto hace más de sesenta años y los humanos siguen quemando petróleo, cada día más, siguen usando la fisión sin apenas dominio de sus peligros, mientras que poco han debido avanzar en el control de la fusión. Esto sucedía por aquellos años en que mi compañero de colegio Serafín Mendoza “inventó” el motor de agua.

Digo yo que alguna base hay para un cierto y prudente escepticismo respecto a tan apocalípticos anuncios, sin caer en absurdos negacionismos. Pero a servidor, como a tantos, esta pandemia le tiene prácticamente encerrado desde el pasado mes de marzo. Tuvimos después una primavera lluviosa como pocas, no hubo invierno, en noviembre vi con inquietud ─no es la primera vez─ florecer los ciruelos en la sierra madrileña, y hoy, a nueve de enero, me rodea la mayor nevada que he visto en mi vida. Digo yo que también hay alguna base para la preocupación. Digo yo.

Vivo el encierro pandémico con absoluta conciencia de mi condición de privilegiado, más que nada por poder disfrutar de un trozo de mundo donde observar la vida. He trabajado desde niño hasta el retiro, y ahora vivo cómodamente de mi pensión. Tengo la sensación de que, en comparación con gran parte de mis conciudadanos, he recibido más de lo aportado. Esta conciencia de injustos repartos supongo que es común a los que están, estamos, en la izquierda política. Y digo esto por colocarme ante la otra gran pandemia que nos acecha, y a esta sí que la conozco, esta es real, seguro, la he, la hemos, vivido y sufrido los de mi edad durante la infancia y juventud.  De un tiempo a esta parte tenemos que volver a escuchar las viejas estupideces, las viejas monsergas, las viejas amenazas con el índice apuntando. Creíamos, ingenuos, que la bestia estaba derrotada, y no, regresa para “salvar” de nuevo a la patria amenazada.

Lo preocupante es que, en épocas de aflicción, esta infección puede salir de los sectores sociales que le son propios, de sus caldos de cultivo habituales, y extenderse entre los humildes angustiados que ponen oído a las altisonantes falacias. Tenemos experiencia histórica del asunto. Pongamos la esperanza en el sentido común del pueblo llano. Y en la ciencia. Mientras disfrutamos con las interpretaciones del mundo que nos hacen los artistas. No hay otra.