viernes, 25 de diciembre de 2020

Tierra en la que dominan los cielos VIII

 




                                                                                   

Las solanas y corredores habitualmente se abren a los patios interiores, que esta ha sido siempre gente de poco asomarse al mundo. Las barandas suelen tener balaustres torneados o de tabla recortada, y en algún caso barrotes metálicos entre la madera de peana y pasamanos.

                                                                                                                                














Pero paremos al remanso de esa chimenea que aún humea, imaginémonos frente al puchero de Jamuz sobre la trébede, con las sopas, a las brasas de las vides, teniendo a mano la jarra con el clarete del año recién traído de la bodega, espumoso, picante, vivo. Refugiémonos un momento ante esa ventana tras la que asoma la vida en las flores de unos geranios, en las jambas encaladas, en la tapia trullada. Oigo ya el silbo de la lechuza del mechinal del patio, el que oía en las noches de la infancia, en el patio de las malvas rojas.




















Tierra en la que dominan los cielos VII

 




Aún es posible ver, paseando esta tierra, muestras de los herrajes de puertas y ventanas hechos por el herrero del pueblo en épocas de casi total autarquía: pernios, aldabas, tiradores, trancas, quicios, bocallaves, cerraduras, llaves, pestillos, cerrojos…

  



                                                                                 



                                                                                     





















































































































































Tierra en la que dominan los cielos VI

 







Las casas elevan sus tapias en esviaje desde los alizares de lajas cuarcíticas hasta los aleros. Esta progresiva disminución del ancho del muro les da ese sólido y característico aspecto troncopiramidal. Hoy, los cantos rodados erizan esas tapias sin protección, la arcilla aglutinadora se diluye, va dejándolos libres y caen a su origen.






En los potentes aleros, entre los canes, asoman las cabezas de las vigas de aire ancladas con esas clavijas acuchilladas que garantizan arriostramientos. Vemos canes labrados, otros son simples troncos. En casos, la labra y la escuadría hacen de la cabeza de viga un can más. No abundan, pero también hay algún alero de tejavana en construcciones más modernas.







































 


Tierra en la que dominan los cielos V

    








En estas ventanas la ruina ha invertido su función, y desde fuera vemos que enmarcan grises de nubes, azules de cielos, maleza y ruina interior. No la mies ni el cobijo doméstico de antaño.










Tierra en la que dominan los cielos IV












 



En estas puertas y ventanas  podemos encontrar restos de colores viejos: rojos de almagra y azules de añil. Colores definitorios de un mundo ya lejano.

 





































































 







Tierra en la que dominan los cielos III

 





Frente a las puertas carretales crece la hierba. No se escucha gemido de cornales en la mañanera salida de la yunta al trabajo, ni la voz de mando, ni el golpe de la aguijada sobre el yugo. Solo algún tractor, pocos, muy pocos, algún coche de los nietos en el verano, pueden salir por esas puertas.













Tierra en la que dominan los cielos II

 



Las ruinas son un grito. Son el agónico adiós de ese mundo.










Los elementos constructivos parecen empeñados en el inútil esfuerzo de seguir cumpliendo su misión. Las vigas y dinteles flectan, con su vejez, al esfuerzo sobrevenido. Las tapias se van disolviendo lavadas por la lluvia, y la tierra regresa al suelo liberada del constreñimiento que le impuso el pisón entre las puertas de tapiar.




Las entramadas divisiones interiores se hacen resistentes, parecen querer participar en el desesperado intento de contener lo inevitable. 




Las tejas llegan al suelo, aún sobre sus camas de ramas y barro, ante la indiferencia de los hijos de aquellos a los que cobijaron.