sábado, 22 de junio de 2019

La mercería de la tía Asunta









… pues sí, en mi pueblo también mandaban todos esos que usted cuenta de su pueblo de usted, como en toda España, pero había algo que quizás fuese una singularidad; le cuento y usted me dirá. Teníamos a doña Ascensión, que no era poco. No tomar precauciones con doña Ascensión era una imprudencia que siempre acarreaba malas consecuencias. Temible la señora. Su principal arma era poseer medio término municipal; y claro, también estaba lo del marido y los tres hijos falangistas caídos por Dios y por España, con sus nombres en el cartel encabezado por Primo de Rivera y rotulado en la fachada de la iglesia que da a la plaza. Completaban ese cartel unos cuantos desgraciados del pueblo, movilizados en aquellos años, que dejaron sus jóvenes huesos en algún lugar de la triste España, tiroteados por otros tan desgraciados como ellos. Y estaba el cura, claro, como en su pueblo de usted, como en todos los pueblos, pero me atrevo a asegurar que el de mi pueblo era más bruto. Llevaba la sotana desabrochada, para que se viese bien la camisa azul. Sus sermones, cuando no eran tonantes arengas políticas, solo trataban de un mandamiento, el sexto, no parecía saber de otro. Y estaba su señora madre, la del párroco digo, una señora tremenda, una bruja capaz de cualquier maldad. El alcalde era un fantasmón bastante parecido al que usted ha descrito. En las fiestas aparecía con camisa azul, condecoraciones, correajes, botas altas y fusta. Un cromo. Un miserable de pistola al cinto valiente solo con los indefensos. Un rufián obediente a quien debía el cargo. En el puesto de la Guardia Civil mandaba un sargento gordinflón y tranquilo, sin especial maldad, obsesionado con buscar comunistas, a los que consideraba compendio de todos los males de la patria. La realidad era que solo encontraba los que el cura o el alcalde designaban como tales y le ponían delante de su naranjero; y con esos pobres desgraciados justificaba el del tricornio su servicio a la patria.

La singularidad de que le hablo estaba en otro poder, paralelo, más difuso que los anteriores, pero real y capaz de contrarrestar algunas de las arbitrariedades de tan siniestros personajes. Era un poder oficioso del que nadie hablaba, pero al que todo el mundo se acogía en caso de necesidad. Tan evanescente autoridad tenía su sede en la mercería de la tía Asunta, por donde pasaban todas las mujeres del pueblo en busca de los materiales para sus labores, o para confiar el arreglo de las carreras de sus medias del domingo a las manos de Prudencia, que sabía hacer maravillas con su cilindro y su maquinilla en aquella minúscula mesita del rincón. Allí las mujeres hablaban, como suelen hacer, analizaban la realidad del pueblo, y allí se iba almacenando un corpus de conocimiento basado en privilegiadas informaciones de dormitorio, confesionario o lecho de muerte. Información que, según mi experiencia, fue utilizada en los momentos precisos, con esa prudencia y eficacia que suele acompañar más a las mujeres que a los hombres. El simple hecho de saber o sospechar del conocimiento allí almacenado, y el miedo a su difusión o uso, frenaba muchas arbitrariedades de los poderes oficiales. La eficacia tenía que basarse en la unión de las mujeres, lo que no era difícil de conseguir cuando se trataba de caprichos de doña Ascensión, intrigas del cura y su madre, o venganzas encargadas al alcalde por sus mandos provinciales.

Creo poder afirmar que, en mi pueblo, la crueldad de la posguerra se vio aliviada por el sentido común de las mujeres, de las vecinas, que supieron utilizar las armas de que disponían para hacer frente a la arbitrariedad de los vencedores. No sé si usted lo considerará singularidad.





  
           


sábado, 1 de junio de 2019

Best sellers y paseo diario











E
n España es y ha sido siempre difícil vivir de escribir libros. Es trabajo propio de diletantes que tienen su oficio y sustento en actividad distinta a la escritura. No obstante, en todas las épocas ha habido singularidades que lo han conseguido, incluso algunas han llegado a reunir fortunas de cierta importancia con los réditos proporcionados por sus escritos.

No parece que el hecho de que, en el mundo, se hayan vendido ochocientos cincuenta millones de ejemplares del Libro Rojo de Mao se deba a los valores de lo escrito ―sin entrar a juzgarlo― sino al hecho de que los chinos tuviesen que agitarlo sobre sus cabezas en aquellas inmensas concentraciones glorificadoras del mito. Los quinientos millones de Quijotes que ―dicen― se han vendido, hablan en favor de la humanidad. Pero que un estadounidense haga un libro dando instrucciones para hacerse rico y venda treinta millones de ejemplares, resulta incomprensible; como tantas cosas en esas listas de best sellers históricos.
  
A menudo, en mis paseos de jubilado, paso frente a una enorme casa, un aspaviento en piedra berroqueña, un gigantesco trasto que tengo a tiro de piedra de mi domicilio. Algo así tiene que responder a la mentalidad de quien lo ha hecho, y fue un escritor: Ricardo León (1877−1943), que debió de gastar un dineral en levantar semejante mole. Dineros que, supongo, salieron de los muchos libros que logró vender don Ricardo, y no de su sueldo como funcionario del Banco de España, su oficio. Dio a esta casa el nombre de uno de sus referentes: Santa Teresa, y en ella pasó los últimos veinte años de su vida, con excepción de los correspondientes a la guerra subsiguiente a la sublevación militar del treinta y seis, que los pasó refugiado en la embajada de un país caribeño. Fue don Ricardo un integrista ultramontano, de exacerbado españolismo, afiliado a Falange Española. Fue un recreador, a su manera, del siglo de oro español; y lo hizo con un lenguaje retórico y arcaizante que encontró público en su momento, llegando a vender un millón de ejemplares de una de sus moralizantes novelas: El amor de los amores. Tras su muerte, y a pesar de sus afinidades ideológicas con el poder, su memoria se borró con rapidez.

Un personaje, coetáneo de Ricardo León, diez años mayor, muy distinto en todos los sentidos, y que también supo sacar dinero a sus escritos, fue Vicente Blasco Ibáñez (1867―1928). Republicano y anticlerical, don Vicente fue durante muchos años a la cabeza del blasquismo ― el líder del progresismo en Valencia. Conoció el exilio y la cárcel, y compaginó la política con la escritura de novelas costumbristas que retrataron una Valencia del último tercio del XIX. En 1908 deja la política, y comienza una segunda vida de asombrosa actividad, promociona sus libros y la editorial Prometeo, que había creado en su tierra. Marcha a la Argentina, y allí, vendiendo libros y dando conferencias, gana el dinero suficiente para iniciar su más asombroso proyecto: las colonias agrícolas Nueva Valencia y Cervantes, en la Patagonia. Pretende trasladar, a las inmensas extensiones del sur de América, el buen hacer de los huertanos que retrató en sus primeras novelas. Todo termina en un fracaso que le arruina. Pero el valenciano se reinventa, y en 1914 marcha a Paris, donde le sorprende la Gran Guerra. Hace periodismo y escribe novelas inmersas en la realidad que le circunda. Una de ellas: Los cuatro jinetes del Apocalipsis, tiene un enorme éxito en los Estados Unidos, y allí marcha. Le espera el éxito, el cine, el dinero.

De Blasco Ibáñez queda más memoria que de Ricardo León, pero tampoco mucha. Hoy en día también tenemos unos cuantos best sellers en España. Creo que no he leído ninguno.