sábado, 20 de abril de 2013

Ausencia


 

A la luz del recuerdo florecieron
las lilas
que marchitó la lluvia
de la ausencia.
En la esperanza
se abrieron las celindas
y blanqueó la tierra el desconsuelo.
 
 

Junio 2008

 

De mercados, turistas y negocios municipales



Exteriores del madrileño mercado de San Miguel en 1955. La vida bulle.
  
     Para conocer las ciudades, para llegar a captar su carácter, es imprescindible dejarse la guía turística en casa. Hay que vagar por las calles sin rumbo ni prisa, observando a la gente, viendo sus tiendas, sus cafés, sus tabernas, sus mercados. Los mercados son imprescindibles; de ningún sitio podemos sacar tanta información como de estos hervideros de vitalidad donde la gente compra, vende, negocia y se relaciona; donde sabremos lo que comen y beben y podremos deducir su situación económica y la general del país. También es en ellos donde el estado de ánimo de la población se manifiesta con más claridad; pongamos en ellos el oído y el ojo y conoceremos de la alegría o del desánimo de los ciudadanos.
     Los mercados de Madrid, los pocos que van quedando, son singulares por su viveza y lo son sus comerciantes por el gracejo y el buen hacer. No he visto en ningún sitio el oficio tradicional de los pescaderos madrileños limpiando y preparando el pescado; cuando sales de esta ciudad echas de menos el saber hacer de los descendientes de aquellos maragatos que abandonaron su tierra y su oficio cuando el tren terminó con la arriería; y que aquí se hicieron pescaderos, ramo que conocían por el trajín ancestral de la materia prima.
  
 


Plaza de la Puerta de Moros en 1929, con el antiguo mercado de La Cebada al fondo.

 
     Y a la salida, en los bancos del carasol, seguro que hay una reunión de viejos con los que es fácil pegar la hebra; tampoco es esta mala fuente de información, los viejos no tienen prisa y te pueden situar en la perspectiva del tiempo con el despego del que está de vuelta. Podrás comprobar que ninguno es de Madrid; todos tienen su pueblo, y te hablarán de él con un deje madrileño entreverado de cualquier acento. Aquí, todo el mundo es de donde es, pero madrileño.
     Después, puedes ejercer el rito del chato y la tapa. Procura el valdepeñas de frasca en la pila de estaño y entre paisanaje, azulejos y maderas rojas. Queda poco de esto y hay que aprovecharlo mientras dure.
     Esta es ciudad con carácter y propicia para el vagabundeo. La vitalidad de sus calles ameniza el paseo. Es fácil andar por Madrid, el espectáculo vital alivia el cansancio de las piernas. Alguien se preguntará si es posible hablar del carácter de una ciudad tan grande, con barrios tan dispares social y económicamente, con tantos pueblos anexionados y con emigrantes de todo el mundo. Yo creo que algo hay, al margen de la idea tópica del irreal madrileñismo decimonónico de sainete, chisperos y manolas, algo hay, algo que impregna al que llega y termina haciéndole madrileño.
     Decía que van quedando pocos mercados en Madrid, y así es; el capital y las Administraciones Públicas siempre a su servicio - al del capital digo - están empeñados en terminar con ellos y con el pequeño comercio en general. Nos imponen los grandes centros comerciales a la manera yanqui, en los que todo lo tienen controlado. Hace unos pocos años vivimos con alegría la restauración del madrileñísimo mercado de San Miguel, y con tristeza la constatación de su nuevo uso lejos del original: ahora es un centro donde sacar los cuartos al pijerío y al turista incauto o con posibles, donde los vecinos con cesta de la compra y los amantes de los mercados, como un servidor, nada tenemos que hacer. Siempre tuve a este mercado por municipal, pero resulta que era privado. Ya se había ensayado el asunto en Chueca, en el mercado de San Antón, una zona en la que se presumía un nuevo público con alto poder adquisitivo y donde los vecinos de siempre, viejos de escuetas pensiones, no interesaban y fueron ignorados.  Municipal es el de La Cebada y está sentenciado; va a ser demolido para construir un centro comercial privado; de momento solo se han derribado las instalaciones deportivas municipales anejas, construidas también sobre el solar que ocupaba el antiguo mercado decimonónico, derribado en los años cincuenta del siglo pasado.
     Son los signos de los tiempos, las Administraciones Públicas piensan en rentabilizar sus inmuebles e inversiones, y el servicio público, lo público en general, está demodé, como lo estamos los que lo echamos de menos y nos indignamos por su destrucción.

Mercado de La Cebada en 1947. Fue construido en 1875 y derribado en 1956, siendo sustituido por el actual, también en proceso de demolición… pero ya no habrá mercado.



lunes, 8 de abril de 2013

No más demoliciones.

 
 
 
 
 

Hoy me entero de la demolición de esta casa y busco fotos en mi archivo. Estaba en la madrileña calle de Embajadores con vuelta a la de San Cayetano, frente a la iglesia de este santo.
Un triunfo más del capital especulador. Un fracaso más de los estultos munícipes. Una muestra más del arribismo de los colectivos profesionales a los que pertenecen  los técnicos que han firmado este despropósito.  Una pérdida más para la ciudad, para la historia, para la cultura.
 
 
 
 

Entre las urces


 

Los ancianos reconocieron, entre el barro de la fosa, los restos de su hermano Zósimo, por la hebilla de un cinturón, las suelas de unas abarcas…

 

Anochece entre las urces y el humo se remansa lento en las tejas lejanas. Zósimo bajará al asedio que se emboza en la noche y en los capotes; bajará negociando el silencio con los perros, negociando la sombra con la luna; bajará a compartir la muerte ya que no la vida. 
Entre las urces, Zósimo ve agonizar al viejo que llegó por el camino del fin de la tierra; el viejo al que ahora mata flecha de rey, soberbia de obispo, miedo de poderoso. <Maestro, no soy hombre de credos, tú sabes... solo sé la piedra, la labra en el camino que te trajo, donde supe de hombres y maldad…hasta ti, que das y no pides, lo que no perdona tu enemigo el clérigo>.
Zósimo, en la mugre urbana, duda, en el rito asambleario, en el trajín  joven, duda. No sabe si es su sitio, el de siempre, en la lucha de los tiempos. Por eso, sobre la mugre urbana, duda.
Zósimo, el proscrito, contempla entre las urces la enorme herida del monte, el sufrimiento que mantiene la lanza para que el oro engrase la Roma lejana. Ya solo le es posible el monte, el Tileno de los abuelos, donde es nada al Imperio pero es esperanza en la llaga roja de la sierra.
Zósimo, entre las urces, esconde su cuerpecillo y su miedo. Ayer vio robarmatarviolar. Hoy, desde el monte, ve la rabia quemando las casas, y tensa su alma en la honda de zagal, sobre el contraluz de las llamas donde sables borrachos persiguen gallinas, entre las urces.

 

 

Si fuese posible


 

Si fuese posible,
       antes,
el bálsamo de la tenue tristeza,
la leve melancolía que no hiere el alma.
Si fuese posible
ni añoranza ni anhelo,
ni risa ni llanto.
Si fuese posible
la postrera asunción del absurdo.
Si fuese posible
      el sosiego.
 

 
Abril 2008

 

viernes, 5 de abril de 2013

Prieto Picudo


 
 
Cuevas en Pobladura del Valle
 
 
En algún lugar tengo el apellido Prieto, pues mi tatarabuela Luisa – nacida en Saludes de Castroponce en 1840 – así se llamaba. Sé también de otra abuela, Josefa Prieto, que debió nacer a principios del siglo XVIII, supongo que en Barcial del Barco, al menos allí tuvo un hijo, Andrés, del que procedo. Hay quien piensa que también tengo un carácter algo picudo, y esta no es cosa que suela mejorar con los años.

Pero no es de mis ancestros ni de mi carácter de lo que quería hablar hoy, sino de una uva, la Prieto Picudo, y de los claretes que produce y que tradicionalmente han puesto alivio en la vida dura de las gentes de esta tierra. Prieta es esta uva por su color, y lo de picudo supongo que hace referencia a su forma, más tendente al óvalo y al poliedro que a la esfera. El aprecio por este vino hizo que su uva – injertada en pies americanos  -  sobreviviese a la filoxera que llegó a la zona hacia 1890. He oído hablar de pies autóctonos que se hicieron resistentes a la plaga, pero esto no es algo que me conste.

No voy a entrar a dirimir las confusas distinciones entre claretes y rosados, allá los entendidos. Para mí, y para muchos que estamos a este lado del mostrador, seguirán siendo claretes los que siempre lo han sido, con independencia de lo que regulaciones poco claras – al menos para los profanos - obliguen a poner en la botella. Cada paisano ha dado siempre a su vino el grado de color que le gustaba, regulando el tiempo de contacto de los hollejos con el mosto. Será el posterior madreo  -  la adicción de uva sin exprimir durante la fermentación  -  lo que termine de definir a este vino con la presencia sutil del anhídrido carbónico, fruto de segundas fermentaciones parciales en el fruto entero.

En el sabor de esta tierra hay, a mi criterio, dos pilares: el recio pimentón traído de La Vera y el picorcillo suave, alegre y chispeante del clarete de Prieto Picudo. En unas sopas de ajo y un vaso de vino recién traído de la cueva, están el sabor y el color del país de mis abuelos. El pimentón se ha ido dulcificando con el tiempo; los estómagos de nuestros días, no “enseñados,” no resistirían el picor de los chorizos de mi infancia. El vino ha mejorado muchísimo; y no solo en los procesos industriales, también el paisanaje ha ido introduciendo cambios en el método ancestral, y se ha producido una sorprendente mejora de los vinos artesanales. Es de resaltar la preocupante venta  libre de  compuestos químicos para la elaboración y conservación del vino; pero en este capítulo tendríamos que incluir también los herbicidas, insecticidas, fungicidas, abonos y demás productos que han multiplicado la producción de las cosechas, sí, pero que también nos envenenan, y  son vendidos sin control a personas incapaces de interpretar las dosis de aplicación. Esto se traduce, por ejemplo, en la contaminación de los acuíferos destinados al consumo humano, en lo que mucho se nos oculta. Cuántas veces he visto con horror a una anciana, que cuida su casa con primor, regando el patio con un herbicida que le han recomendado, “bien cargado,” para que no salgan las hierbas primaverales, que solo podrían eliminarse con jornales de azadón que su pensión no puede pagar, ni hay quien lo quiera hacer.

Los mostos producidos en los lagares por pisado y posterior prensado con la viga de negrillo, fermentados en lo profundo de las cuevas en barricas de madera apenas higienizadas con la quema del azufre, daban lugar a vinos inestables, ricos y vivaces para consumir en la bodega o inmediatamente en las casas, pero que era imposible transportar y por tanto comercializar.

Hoy en día el Prieto Picudo ha perdido presencia en la comarca que ahora llaman Benavente y los Valles. Me entristecí el primer día en que al pedir un vino en una taberna de Benavente  me preguntaron, con la misma cantinela tonta que se ha hecho común en Madrid: ¿Rioja o Ribera? Me salieron los picos del carácter y contesté que no, que no quería ninguno de los dos. Valdevimbre y Los Oteros se han hecho con la propiedad del Prieto Picudo. Lo han hecho bien y los demás se han callado, por lo que no tengo yo nada que decir. Y allí voy a comprar el que considero más parecido al tradicional, el Tres Palomares, de la bodega Nicolás Rey e Hijos, en el mismo Valdevimbre.

Desde hace unos años los bodegueros están empeñados en la tarea de promocionar el tinto de Prieto Picudo. Quizás sea porque en los grandes mercados sea más fácil la venta de tintos que de claretes. Los resultados cada día son mejores, pero no puedo por menos de pensar que este es un camino hacia algo que ya tenemos: el Tempranillo, Tinto Fino o Tinta Madrid, como también se le llama por estas tierras, ignoro por qué razón. A lo largo del tiempo el hombre ha dado con lo mejor que se podía hacer con el Prieto Picudo: los estupendos claretes de madreo.

Espero que por muchos años, en octubre, sigamos en estos pueblos escuchando la inquieta pregunta de los paisanos: ¿te hierve ya el vino? Y que el olor de los hollejos, al sacarlos de las cuevas, siga impregnando el aire en el entorno de las bodegas.

 

¡Salud!