sábado, 24 de agosto de 2019

La maestra no sabe...











ace unos días estaba un servidor frente a la televisión como acostumbra, es decir, como el que oye llover; vaya, no, no se ajusta a mi hábito el dicho tradicional: el ruido de la lluvia suele prender mí ya frágil atención bastante más que la televisión. Decía que estaba frente al televisor cuando, de pronto, una señora me conecta a sus palabras. Es una mujer de mediana edad, maestra, no sé en qué contexto, pero le escucho decir algo más o menos así:

nosotros, los maestros, hoy en día, somos incapaces de intuir el mundo que les espera a nuestros alumnos. No sabemos en qué puntos incidir para dotarles adecuadamente de lo que necesitarán...

Tremendo.

¿Pone esta maestra palabras a algo que a muchos aterroriza tanto que no se atreven ni a ponerlo en frases?

¿Ha ocurrido antes?

No sé mucha historia, pero me atrevo a pensar que esto es algo inédito. Supongo que la humanidad siempre ha tenido idea de hacia dónde caminar; siempre ha tenido idea de dónde estaba, más o menos, lo deseable, el progreso y el bienestar. Con todas las diferencias en métodos y beneficiarios que las ideologías han ido marcando.

¿Hemos perdido ese horizonte?

Las agoreras predicciones de los científicos sobre el futuro de nuestro mundo no parecen condicionar a los dirigentes políticos de los países ricos o poderosos. Lo inmediato del caos anunciado parece modificar poco la vida de los privilegiados.

¿O sí?

Europa se desencuaderna. Su hegemonía parece acabarse. Los logros sociales y políticos surgidos del pavor tras la Segunda Guerra Mundial están en entredicho, y resurgen fantasmas e ideologías que se creían muertas y enterradas.

El país más poderoso de la tierra está en manos de lo peor de su sociedad, que ha colocado al frente del Estado a un títere ridículo que avergüenza a la humanidad.

Y el sistémico caos del resto de América.

Y la incógnita de la China que se enriquece.

Y las gentes del África descabalada por los europeos pretendiendo huir de la miseria y la guerra.

Y la inmensa Rusia en manos de un iluminado que pretende regresar a situaciones anteriores. Un país que apenas produce para dar de comer a su gente.

Y…

Como siempre ha sido, me dirán muchos. Sí, como siempre ha sido; la diferencia es que, ahora, al planeta se le ha puesto fecha de caducidad. Eso es lo que, supongo, impide a la maestra intuir el mundo que les espera a sus alumnos.

El desencuadernado de Europa ha llegado a España, claro está. Lo que unido a nuestros males congénitos tiene a la maestra desconcertada.

Como desconcertada la tendrán esos jovencitos con músculos de gimnasio que proliferan en los medios sociales de la actual burguesía española. Esos muchachos que no saben dónde está Badajoz o quien fue Cervantes, con escasa capacidad de expresión oral y nula capacidad de expresión escrita, que no quisieron o no fueron capaces de estudiar, pero que tienen un currículo repleto de acrónimos, siglas y abreviaturas en inglés. Unos sucedáneos a la formación que sus papás les han podido ir comprando por el mundo.

La maestra no tiene acrónimos en inglés, y no entiende que haya que volver a discutir los derechos de la mujer y la necesidad de leyes que la protejan de abusos y maltratos por parte de los varones. No, la maestra no tiene siglas en inglés, pero sabe que los homosexuales existen, tienen derecho a la vida, no son fruto del vicio, y no fueron inducidos de niños por sus padres. La maestra no luce pulseras rojigualdas, pero tiene clara la necesidad de recoger del mar a los africanos que huyen del horror; y sabe que inmigrante suele ser sinónimo de pobre, de necesitado, pero no de delincuente. La maestra es consciente de la necesidad de que el Estado sea laico, y la religión un asunto privado.

La maestra es consciente de la necesidad de su oficio si al mundo le queda algún futuro. Aunque no sea capaz de intuir ese futuro.

      












sábado, 10 de agosto de 2019

Mi viejo oficio












Geometrías
dulcificadas por el tiempo. Ortogonales que ya no lo son tanto. Maderas que se deslizan a su ensamble o escapan de él, vencidas por los años. Fugas de añil delimitando espacios blancos de cal o de yeso. Y el rojo. El rojo fundamental del hierro. El rojo de la almagra omnipresente. Pasos quedos de monjas por los siglos, entre bisbiseos de letanías, pasos que han ido eliminando el vítreo esmalte del horno, dejando al aire el bizcocho, borracho de esperanzas de trascendencia.
Sea un leve guiño al viejo oficio con el que disfruté, me dio de comer, y con el que algún servicio hice al prójimo, supongo. Importante bendición esta. Supongo.