Una parte significativa de los españolitos venidos al mundo en esos años hemos vivido el último medio siglo ufanos por lo conseguido tras la muerte del dictador, sintiéndonos algo protagonistas. Ahora vivimos entre sorprendidos y tristes por el renacer de virulencias que creíamos en lo profundo de las alcantarillas.
Hace unos días, viendo una exposición de dibujos en la
Casa de Cultura de este pueblo guadarrameño donde moro cada día más, me
sorprendieron los efusivos saludos de un señor al que no reconocí. Por sus
palabras y algún rasgo físico fui poniendo nombre e historia a mi amigo Paco el
Triste, al que hacía más de cuarenta años que no veía, perdimos el contacto
tras su lejana marcha a las Américas.
Paco el Triste era el contrapunto a nuestras euforias
juveniles, a nuestros afanes por cambiar el medio en el que habíamos nacido y
vivíamos. Su absoluto pesimismo respecto a la condición humana era
contradictorio con su natural bondad y la honradez de su actuar. Consideraba
que cualquier esfuerzo por cambiar el mundo era vano, pues en cualquier forma
de organización social y política siempre termina imponiéndose lo peor de los
hombres: el egoísmo, la maldad, la estupidez. Aún me parece oír aquella
cantinela suya de que las revoluciones solo traen más sufrimiento a los
humildes.
La bonhomía de Paco nos hacia soportar su pesimismo,
también ayudaban sus habilidades musicales, su guitarra animaba nuestras
reuniones, los “guateques” que por entonces proliferaban. No podíamos entender
su pasividad ante la injusticia o la tiranía, pero su persona se hacía querer.
Al rato de estar charlando con Paco en una tasca cercana,
me di cuenta de que no solo mantenía sus postulados, sino que la experiencia
vital los había consolidado.
A estas alturas del camino creo mantener intactas mis
ideas sociopolíticas, pero sin embargo pienso que los años me han acercado
algo al pesimismo de Paco respecto a la condición humana.

