jueves, 22 de abril de 2021

Primera dosis

 






 

 

Hoy me han puesto la vacuna para la Covid, la Pfizer que nos ponen a los viejos. El día 17 de mayo me toca la segunda dosis. Bueno, pues ya, ya está, ha llegado. Es lo único en que podemos poner esperanza de un regreso a ese mundo anterior en el que vivíamos sin dar valor a lo perdido. Mi nieto de seis años ya me había dicho por WhatsApp que no tuviese miedo…

Esta mañana ojeaba una edición facsimilar del Beato de Liébana de la BN que  me regaló un querido amigo. Me he quedado mirando esa paloma con la rama de olivo en el pico, un monje la dibujó hace mil años llegando portadora de la esperanza al Arca de Noé. Son muchos siglos utilizando ese símbolo, muchos siglos de humanos necesitados de esperanza. No queda otra. Esperemos esperanzados.






sábado, 3 de abril de 2021

Segunda primavera

 








egunda primavera en este tiempo pandémico. Observo la tenacidad biológica en los negrillos: ya han tenido su humilde floración, esparcen los leves frutos y comienzan a desplegar las hojas, indiferentes a su propia peste que no los dejará llegar a viejos. El furibundo amarillo del jazmín de invierno resalta sobre el blanco de los durillos, sobre las lilas que se aprestan a esparcir su aroma, sobre el azul de los lirios, sobre los rutilantes verdes nuevos. Llegó a su fin el esplendor de los ciruelos, que ya forman sus frutos. Todo el jardín se esfuerza en superar la destrucción de Filomena, la enorme nevada de enero que desgajó las ramas de los piñoneros aplastando todo en su caída. Este año falta el color de los geranios. No resistieron los fríos. Habrá que incorporar alguno cuando el tiempo se asiente, si se asienta.

No es mal momento este para sobrellevar el encierro. Hay donde mirar la continuidad del mundo, procurando apartar vista y oídos de noticieros empeñados en demostrarnos la evidente estupidez de nuestros gobernantes. Salvo sea lo salvable. La humanidad está en manos de la industria farmacéutica. Malas manos. Entre esos dedos se quedan los muchos dineros y las muchas esperanzas que todos hemos puesto en la investigación científica. Ya oigo al tontaina de turno hablarme de la legitimidad de las patentes, ya. También me habla de las muchas veces que he contado este rollo primaveral. Y sí, es verdad, en algo tienen que tener razón los tontainas.

Siento un apego campesino por la tierra, soy consciente. También lo han sentido las cuatro generaciones que me separan de la reja del arado. Sí, ya hace cuatro generaciones que mis ancestros optaron por el libro frente al albur del campo. Todas han sentido ese apego. Al menos lo ha sentido alguno de los componentes de estas cuatro generaciones. 

Continuaré, mientras pueda, observando el espectacular estallido de las yemas primaverales. Aquí, en el refugio de mi retiro. Importante privilegio, qué duda cabe.