jueves, 30 de abril de 2026

Niños de posguerra

 

 

 

 


 

 


los nacidos hacia la mitad del siglo pasado se les puso por nombre generación boomer. No creo que a los nacidos en España durante el terror y las hambrunas de la posguerra les sea aplicable esa denominación de base optimista.

Una parte significativa de los españolitos venidos al mundo en esos años hemos vivido el último medio siglo ufanos por lo conseguido tras la muerte del dictador, sintiéndonos algo protagonistas. Ahora vivimos entre sorprendidos y tristes por el renacer de virulencias que creíamos en lo profundo de las alcantarillas.

 Hace unos días, viendo una exposición de dibujos en la Casa de Cultura de este pueblo guadarrameño donde moro cada día más, me sorprendieron los efusivos saludos de un señor al que no reconocí. Por sus palabras y algún rasgo físico fui poniendo nombre e historia a mi amigo Paco el Triste, al que hacía más de cuarenta años que no veía, perdimos el contacto tras su lejana marcha a las Américas.

 Paco el Triste era el contrapunto a nuestras euforias juveniles, a nuestros afanes por cambiar el medio en el que habíamos nacido y vivíamos. Su absoluto pesimismo respecto a la condición humana era contradictorio con su natural bondad y la honradez de su actuar. Consideraba que cualquier esfuerzo por cambiar el mundo era vano, pues en cualquier forma de organización social y política siempre termina imponiéndose lo peor de los hombres: el egoísmo, la maldad, la estupidez. Aún me parece oír aquella cantinela suya de que las revoluciones solo traen más sufrimiento a los humildes.

La bonhomía de Paco nos hacia soportar su pesimismo, también ayudaban sus habilidades musicales, su guitarra animaba nuestras reuniones, los “guateques” que por entonces proliferaban. No podíamos entender su pasividad ante la injusticia o la tiranía, pero su persona se hacía querer.

Al rato de estar charlando con Paco en una tasca cercana, me di cuenta de que no solo mantenía sus postulados, sino que la experiencia vital los había consolidado.

A estas alturas del camino creo mantener intactas mis ideas sociopolíticas, pero sin embargo pienso que los años me han acercado algo al pesimismo de Paco respecto a la condición humana.






 

 

lunes, 9 de marzo de 2026

El inmediato museo de lo mínimo

 



     En las verjas, los rojos del orín del hierro luchan por salir a la superficie, empujan a los naranjas del minio de plomo, a las pinturas viejas que muestran los distintos tonos habidos a lo largo del tiempo. Completan la obra los blancos de cal aportados por las paredes, los hilos urdidos por las arañas, la mugre del tiempo…

     Los líquenes pueden dibujar, sobre muros y baldosines, paisajes con todos los verdes, encargándose los musgos de poner volumen a sus trabajos.

     Son alguno ejemplos de ese inmediato museo de lo mínimo que todos tenemos alrededor. Quizás sea necesario el tiempo de la vejez para pasearse por este museo. Las urgencias de la juventud necesitan de espacios más amplios, mirando al horizonte, para tratar de entender el mundo.