miércoles, 30 de octubre de 2013

Ascetas, moriscos y mudéjares












    

     Paseando los vericuetos mudéjares de un pulcro Arévalo que celebra Las Edades del Hombre me encuentro con este San Juan de la Cruz, de Venancio Blanco. En el rostro, de rasgos  apenas esbozados en el bronce, parece asomar la humildad del pequeño fraile y el espíritu del poeta enorme. Entre los ladrillos moriscos de los paramentos del entorno, en medio de esta Moraña abulense, me viene a la memoria esta estrofa del fraile rebelde:
  No quieras despreciarme,
que, si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.
     Las interpretaciones pueden ser muchas, pero aquí y ahora es la estrofa que me acude.
    Es fácil también rememorar los versos al Único, los cantos de los sufíes murcianos del siglo XIII, lanzados, disparados al cielo como las palmeras huertanas;  imágenes,  símbolos que tres siglos después utilizará San Juan.
  

   


martes, 15 de octubre de 2013

Paisaje con grúas

 
 
 
 
 
 
 
 


 

 
     Está detenido. En un calabozo. Preso. No puede entenderlo. Su cerebro es incapaz de pensar con orden y salta de una a otra idea, de un recuerdo a otro, fogonazos que van iluminando pasajes de su vida. Aquello no podía durar, no tiene sentido, él tiene amigos, sus jefes tienen poder, conocen gente, esto se solucionará, se tiene que solucionar. Es la envidia, solo puede ser la envidia, siempre le han envidiado. De aquel frío terrible de la casa de sus padres en Vallecas pasó a su chalet en Majadahonda, a su Audi, a sus buenos ahorritos en el banco, a sus viajes; y muchos no se lo perdonan. Es la envidia, sí, seguro que es la envidia, denuncias de los envidiosos, de los que no han podido lograr lo que él ha conseguido. Sí, él no es muy listo, siempre lo ha sospechado, bueno, lo ha sabido; de hecho no fue capaz de terminar la carrera en la que tanta ilusión y esfuerzo habían puesto sus padres; pero nadie puede decir que no sea trabajador, y servicial, y fiel a sus superiores. Él supo ganarse la confianza de sus jefes con su trabajo sin horarios, con su trato respetuoso, con su plena disposición. De todo esto no andarán muy lejos los sindicalistas, sus enemigos de siempre, los que tantas ganas le han tenido, esa gente cerril, incapaz de entender el valor del esfuerzo y del afán emprendedor para crear riqueza, para subir en la vida. Pasó años duros hasta que don Francisco le llamó un día y le habló de la confianza que la empresa tenía en su laboriosidad y en su honradez, por lo que el Consejo de Administración había decidido ofrecerle el puesto de jefe de personal  y apoderado de una de las sociedades. Fernández, estamos orgullosos de usted y agradecidos por su dedicación a la empresa, que es deudora de su esfuerzo; esas fueron sus palabras. Al día siguiente tenía un despacho en la planta de dirección y para don Francisco dejó de ser Fernández y pasó a ser amigo Luis. Y cambió su vida, y en poco tiempo aprendió a ver el mundo desde el otro lado. Lo que no consiguió fue que su mujer aceptase su nuevo estatus. Desde una vez que pasaron un fin de semana invitados en la finca de don Francisco, María le dejó claro que a ella no le interesaban sus nuevas amistades ni sus lujos, y que ella - según decía - no hacía de monaguillo de nadie. Siempre tuvo mucho orgullo. Ante el juez y los abogados todo ha sido confusión. Apenas ha podido balbucear, era un torrente de preguntas y documentos con su firma. No es que él pensase que todo en la empresa fuese claro, no, él ya sospechaba de algunas cosas, bueno, sabía de algunas, de muchas cosas; pero era lo normal, todos los del gremio lo hacían. Tú sigue firmando, gilipollas, que terminarás en la cárcel; fue lo que le dijo María antes de salir de casa cargada con sus maletas. Don Francisco no le dejará en la estacada, aclarará las cosas. Tiene poder. Siempre le ha respondido. Don Francisco le entiende, salió también de abajo, siempre se lo ha dicho: todo empezó con las bragas que vendía mi madre en su mercería. Hace ya cinco años que María le dejó. Luego vino el lío del divorcio, en el que tanto le ayudó el abogado de la empresa. Después compró el chalet y se fue a vivir con Dolores, la secretaria que le puso don Francisco. Por cierto, que no ha visto a Lola en el juzgado, es raro; tampoco ha visto a nadie de la oficina, claro que con los nervios no podía ver a nadie. El abogado le ha dicho que esté tranquilo, y se ha ido a su casa. Y a él le han encerrado en este calabozo. Que esté tranquilo, tiene gracia. Quizás debió hacer caso a María; siempre fue más lista que él, sí, ella las veía venir; pero con tanto orgullo no se sale de pobre. A sus padres tampoco les gustó nunca su prosperidad. No le recriminaron nada, pero era claro que no les gustaba. Su madre se limitaba a decir: hijo, abre el ojo y esparrama la vista. Después murieron, uno tras otro, en poco tiempo, en su casa de Vallecas, la de los fríos de la infancia. A él le hubiese gustado ayudarles, pero siempre se encontró con aquel: hijo, nosotros no necesitamos nada. Ahora no sabe ni qué hora es. Está sin reloj. Solo. En un calabozo. Preso.