n una esquina dorada, que sobresale de las cenizas, Teo reconoce
el marco de la foto de los bisabuelos; una albúmina de tonos sepias que siempre
ha presidido la cocina que luego fue cuarto de estar. Un retrato realizado,
según le han contado, por aquel fotógrafo que acudía al pueblo por las fiestas,
cuando aún estaban frescas las perras de vender la cosecha; instalaba su taller
en un rincón que le cedía la boticaria, y allí retrató, circunspectos, a todos los
habitantes allá por los finales del XIX. Teo tira con cuidado de la
sobresaliente esquina y los restos de la foto caen a fundirse en el negro. El
frente del hogar de la vieja cocina se mantiene en pie, y en su interior se
acumulan los adobes caídos que formaban la salida de humos. Unas trébedes,
dobladas por los golpes, asoman sus patas entre los escombros como pidiendo
auxilio. Sobre la cornisa de remate del frente aún perduran algunos de los
cacharros de barro en que han hervido las sopas de generaciones. En el blanco
de la cal se dibuja el oscuro negativo de las llamas. Una parte de la librería,
junto a lo que fue su escritorio, parece mantenerse en pie. Un grupo de libros,
ennegrecidos, mantienen su volumen; reconoce la enciclopedia que usaba en la
escuela del pueblo e intenta cogerla, todo se hace cenizas que quedan un
momento flotando y luego se dispersan tiñendo sus manos, su ropa y lo poco que
de su ánimo queda en pie. Los herrajes del arca, sobre las cenizas, definen la
situación que ocupaba el viejo mueble que guardaba los ropajes de la tradición
usados en las fiestas. Los cántaros han ido descendiendo hasta posarse sobre
las cenizas de lo que fue su cantarera. Vajillas y cacharros del aparador de la
abuela son multicolor catarata que desciende sobre los restos del mueble. Teo
coge un trozo de unas hueveras de loza rotas, ve a su abuela colocando en ellas
los huevos pasados por agua de la cena. En un rincón, un viejo cromo de
perdices muertas ha resistido, protegido, quizás, por lo que queda del reloj de
péndulo que cuelga inestable de una alcayata.
Teo cree que ha llegado al límite de su resistencia. Sale
de la ruina quemada y se sienta en un poyo en el patio. Se siente viejo, muy
viejo, incapaz de asumir lo que ve. Su vida entera está en esas cenizas, el
recuerdo de sus anteriores, todo lo reunido para dejar la memoria familiar a hijos
y nietos. Libros, fotos, escritos, documentos, cartas, cuadros…, todo son
cenizas y él un viejo incapaz de asumir tanta desolación.