jueves, 30 de abril de 2026

Niños de posguerra

 

 

 

 


 

 


los nacidos hacia la mitad del siglo pasado se les puso por nombre generación boomer. No creo que a los nacidos en España durante el terror y las hambrunas de la posguerra les sea aplicable esa denominación de base optimista.

Una parte significativa de los españolitos venidos al mundo en esos años hemos vivido el último medio siglo ufanos por lo conseguido tras la muerte del dictador, sintiéndonos algo protagonistas. Ahora vivimos entre sorprendidos y tristes por el renacer de virulencias que creíamos en lo profundo de las alcantarillas.

 Hace unos días, viendo una exposición de dibujos en la Casa de Cultura de este pueblo guadarrameño donde moro cada día más, me sorprendieron los efusivos saludos de un señor al que no reconocí. Por sus palabras y algún rasgo físico fui poniendo nombre e historia a mi amigo Paco el Triste, al que hacía más de cuarenta años que no veía, perdimos el contacto tras su lejana marcha a las Américas.

 Paco el Triste era el contrapunto a nuestras euforias juveniles, a nuestros afanes por cambiar el medio en el que habíamos nacido y vivíamos. Su absoluto pesimismo respecto a la condición humana era contradictorio con su natural bondad y la honradez de su actuar. Consideraba que cualquier esfuerzo por cambiar el mundo era vano, pues en cualquier forma de organización social y política siempre termina imponiéndose lo peor de los hombres: el egoísmo, la maldad, la estupidez. Aún me parece oír aquella cantinela suya de que las revoluciones solo traen más sufrimiento a los humildes.

La bonhomía de Paco nos hacia soportar su pesimismo, también ayudaban sus habilidades musicales, su guitarra animaba nuestras reuniones, los “guateques” que por entonces proliferaban. No podíamos entender su pasividad ante la injusticia o la tiranía, pero su persona se hacía querer.

Al rato de estar charlando con Paco en una tasca cercana, me di cuenta de que no solo mantenía sus postulados, sino que la experiencia vital los había consolidado.

A estas alturas del camino creo mantener intactas mis ideas sociopolíticas, pero sin embargo pienso que los años me han acercado algo al pesimismo de Paco respecto a la condición humana.






 

 

lunes, 9 de marzo de 2026

El inmediato museo de lo mínimo

 



     En las verjas, los rojos del orín del hierro luchan por salir a la superficie, empujan a los naranjas del minio de plomo, a las pinturas viejas que muestran los distintos tonos habidos a lo largo del tiempo. Completan la obra los blancos de cal aportados por las paredes, los hilos urdidos por las arañas, la mugre del tiempo…

     Los líquenes pueden dibujar, sobre muros y baldosines, paisajes con todos los verdes, encargándose los musgos de poner volumen a sus trabajos.

     Son alguno ejemplos de ese inmediato museo de lo mínimo que todos tenemos alrededor. Quizás sea necesario el tiempo de la vejez para pasearse por este museo. Las urgencias de la juventud necesitan de espacios más amplios, mirando al horizonte, para tratar de entender el mundo.

 



 










































martes, 11 de noviembre de 2025

Paseo por el antaño lejano

 








 

El trinado vuelo a saltos de los colorines entre el malva de los cardos marianos. Agrio lamento de la noria en contrapunto al alegre borbollar del agua derramándose camino de los surcos. Paciente giro del asno cegado. En las eras, las risas nerviosas de las tapadas mozas observadas por los mozos. Interjecciones de mando del yuntero en la maniobra de la carreta de parva que será pan bregado en el largo invierno, golpes de la aguijada sobre el yugo en que rechina el roce de las correas, y en el enorme esfuerzo los inquietos ojos de las vacas tras los flecos de las melenas de cuero. El acechante planeo del gavilán interrumpe el zureo que llega de un palomar. Croar de ranas entre los juncos del rosario de charcas que fue arroyo en invierno. Llega la cigüeña del campanario a pescar el almuerzo de sus cigüeñinos, interrumpiendo el canto de la charca. La algarabía de golondrinas y vencejos raya el cielo que se recorta en las cuadriculas verdes de los bacillares de los cerros. El trotecillo del borrico cano lleva al paisano al riego de su huerta. Torpeza del sapo que intenta cruzar las roderas del camino. Barbechos rojos, amarillo en las tierras segadas, verdes en las huertas y grises en las nubes densas sobre el fondo azul. Corrillo de viejos sentados en los restos de una tapia, observando la continuidad de la vida, manos como sarmientos sobre las cachavas, pellejos quemados por mil soles, panas mil veces remendadas. Buenos días. Buenos nos los dé Dios. Trinan los verderones en los ciruelos que maduran.










domingo, 2 de noviembre de 2025

Algo de otoño


 



 

Parece que ya nos llega algo de otoño. Baja la temperatura y los árboles se deciden a tirar los sepias, los rojos, los amarillos que tiñen las hojas que se recortan sobre el cielo gris. Los crisantemos han cumplido, fieles, su florida cita con los que fueron. Observo a diario como se va coloreando, oscureciendo, el verde de las numerosas acebuchinas que, este año, tiene el acebuche que planté, hace tiempo, en un tiesto. Las hojas de los lilos se secaron en verano, no sé si es una plaga o respuesta a los inusitados calores de este cambio climático que para tantos no existe, a pesar de las tremendas evidencias solo son manías de los rojos, dicen. Los lilos que todo lo soportan, o soportaban. Los lilos que responden, o respondían, a los inviernos fríos con exuberantes floraciones primaverales. Los lilos de las fragancias al caer de la tarde. Sí, este verano se han secado las hojas de los lilos, y busco yemas que me den esperanza de primavera. He guardado los geranios en su rincón de invierno, he guardado lo que de los geranios ha dejado la mariposa africana que los revolotea grácil para que mueran comidos por sus larvas.

Las higueras tienen desconcertada mi ignorancia, pierden las hojas en verano y vuelven a abrir sus yemas en otoño, me causa tanto desconcierto como ver florecer los ciruelos en noviembre, lo he visto ya varios años. Tengo la impresión de que las plantas que mejor están resistiendo el cambio climático son las crasas. Cumplo mi diaria gimnasia de viejo barriendo hojas, las amontono a los pies de los arbustos o en la pila de lo que, espero, con el tiempo sea compost, alimento de floraciones. Los fríos harán menos apetecible esta gimnasia. Todos los días acudo a la cita con el espectáculo que el sol pueda ofrecernos al ponerse tras la cinta azul guadarrameña.

Dice mi hija que hoy ha venido un rabilargo a bañarse en un charco del jardín. Los madroños tienen un rojo radiante. Las varas de las malvas van dejando caer su prometedora semilla. Llueve. Hay una luz gris, de otoño. Sí, ya hay algo de otoño. Tranquiliza la sucesión estacional en estos días en que vivimos.













jueves, 18 de septiembre de 2025

Lógica

 





 

     En el pasado agosto, a uno de mis nietos, el gran Samu, de cinco años, se le calló su primer incisivo. Fue mucha su alegría por el paso a protagonista, tras haber sido testigo de las celebraciones por las caídas de dientes de su hermano. Conocedor de la liturgia a seguir con el ratón Pérez, me pidió un papel, hizo su dibujo, pegó el diente con celo, y a la noche lo colocó bajo la almohada. Al despertarse pudo comprobar que el asunto seguía funcionando, el ratón cumplía.

     Por la mañana estaba inquieto y lloroso, preguntando si alguien había visto una pluma de paloma que encontró en el jardín y se le había perdido. Hubo que buscarle otra pluma. Me pidió papel y celo y le vi dibujando y pegando la pluma sobre el papel. A la mañana siguiente solo encontró, bajo la almohada, una razonada explicación de la específica dedicación de Pérez a los dientes humanos. Explicación que hubo que traducirle no sé si con mucho éxito. Limitaciones al pensamiento lógico que la vida nos va imponiendo.





 

sábado, 12 de julio de 2025

Algo se ha tenido que hacer mal

 

 

 


 

 











 

la sombra de un corro de tilos que tiran sus últimos frutos ya secos, en una mañana de un julio exacerbado por el cambio climático, charlan los viejos convocados por la querencia al sentimiento común. Hablan despacio, sin interrumpirse, en un paseo por lo que fue, en un ligero vuelo sobre lo que dio sentido a sus vidas. Apuntan girones de existencia que no esperan respuesta, que no necesitan respuesta, que conocen la respuesta de los afines que les rodean. Los viejos enhebran pespuntes de lo que fue frente a una actualidad que les aplana.

 

—Pues sí, qué duda cabe. La mayor parte de nosotros, los de nuestra edad, procedemos de familias religiosas, más o menos religiosas. Recibimos una educación católica y hemos tenido una experiencia en la fe durante la infancia, pero con el tiempo se nos fueron acumulando las preguntas sin respuesta y las incongruencias. Supongo que, en nuestra adolescencia y juventud, la mera observación del comportamiento del clero para con la dictadura, fue decisiva en la configuración de nuestro pensamiento.

—Lo curioso es que, en ese “despertar” por el que todos, o casi todos, hemos pasado, son pocos los que desembocaron en el ateísmo. A la mayoría el paulatino alejamiento de la religión les fue, o nos fue, llevando a posiciones agnósticas. Siempre me ha llamado la atención el proceso de adaptación o fusión de la primigenia moral cristiana que nos inculcaron, con los principios éticos adquiridos en nuestra “subterránea” formación posterior.

—El ateísmo requiere de una fe casi comparable con la religiosa.

—En los que procedemos de familias no religiosas y perseguidas por la dictadura el proceso fue distinto, claro está. En mi infancia una sotana, un tricornio o un uniforme eran el miedo, símbolos de todo mal. No he conocido esa fe de la que habláis, solo he conocido el miedo al cura, a la camisa azul, al señorito. Me costó trabajo llegar a entender y admitir vuestra indulgencia, esa cierta indulgencia de vuestras posturas para con una Iglesia tan integrada en la dictadura, en la feroz represión.

—quisiera poder explicarme cómo es posible que, entre personas educados en los mismos valores, crecidas en el mismo caldo de cultivo, incluso entre hermanos, puedan surgir tanto un agnóstico militante en la izquierda política como un fascista de rojigualda en la muñeca echando billetes en el cepillo de la misa del domingo.

—Pues no es nada lo que planteas. ¿Los rojos y los fachas nacen o se hacen?

—Creo poder afirmar, porque os conozco, que todos o casi todos nosotros optamos de jóvenes por situarnos al lado de los oprimidos de este mundo. Llegamos a la izquierda como opción tras el análisis del entorno social, no fueron las lecturas las que nos crearon una ideología, pocas lecturas no filtradas tuvimos de jóvenes, los libros, después, pusieron palabras y orden a los sentimientos. Cierto es que mucho nos ayudo la evidente necesidad ética de luchar contra la dictadura y situarse frente a su ideología.

—Pues yo me atrevería a decir que hay una cierta predisposición en los individuos, en su carácter, para situarse a un lado o al otro, pero no soy capaz de analizar el por qué.

—Parece que todos dais por hecho la dificultad o imposibilidad de ser religioso y de izquierda o progresista.

—Imposible no, supongo, difícil sí. De jóvenes conocimos a los curas obreros. En las sacristías ha nacido algún movimiento social progresista que todos conocemos. Pero de controlar y frenar estas aventuras siempre se ha encargado el Vaticano.

—Pues vaya mañana que llevamos. Estos asuntos ya no interesan ni a los arqueólogos.

—Lo que sí parece claro es que, si nos escuchase un jovencito de esos que, hoy en día, reivindican el franquismo, no entendería una palabra.

—Como nosotros no entendemos una palabra de lo que está ocurriendo. Hemos pasado unos años, tras la transición y el ingreso en la Comunidad Europea, convencidos de que han sido los mejores años por los que ha pasado este país. Y de alguna manera orgullosos de ser una generación clave en esos logros. En España es claro que estos logros se derrumban, pero en todo occidente se derrumba lo conseguido tras la Segunda Guerra. Algo se ha tenido que hacer mal.

—Es incomprensible el triunfo de tanto energúmeno. Las barbaridades que tenemos que oír. Es incompresible este tremendo paso atrás de la humanidad. Estoy contigo, algo se ha tenido que hacer mal.

—Pues para no incurrir en más errores propongo continuar con una charla más ligera y con unos chatos de vino delante, aquí mismo, en el kiosco de aquí al lado.

 

Los viejos no tardan en enjuagar con risas la tristeza que les produce la realidad que asoma en los medios de comunicación.






 

lunes, 14 de abril de 2025

Abril

 

 



Tengo de fondo el zureo de las torcaces y en primer plano el alboroto de los mirlos en sus persecuciones territoriales y amorosas. Ya están verdes los negrillos; los lilos anuncian su floración; los lirios han lanzado las varas que azulean espléndidas; las abejas liban en el amarillo de las sedum y en las violetas; las higueras y las moreras están a punto de abrir sus yemas y extender sus hojas; colorean la pradera los dientes de león que resisten la siega. Sí, ya hay primavera y servidor la observa. Sí, hay primavera un año más, a pesar del histriónico personaje de los pelos colocados con pegamin, el absurdo yanqui empeñado en complicar la vida a los humanos, en hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, el socio de la bestia israelí y del nuevo zar de las rusias. A pesar de todo hay primavera un año más, y nos ha sido dado el privilegio de observarla. En ello estoy.







 

                                                                                                      

Dorín

 

 

 

 

 

orín era un niño con descalabraduras en la rapada cabeza y costras perennes en las rodillas al aire. Según esto podríamos deducir que era un niño como todos los de aquel tiempo, pero no, a Dorín lo conocíamos del camino de casa al colegio y del colegio a casa, pero no del colegio, Dorín era un niño siempre en la calle. Sería por aquel entonces más o menos de mí misma edad, sobre los diez u once años, el tiempo del primero de bachillerato. Tenía Dorín una gran habilidad para redondear cristales para las chapas, se servía de la ranura de un tornillo que había en los faroles de aquel tiempo, ranura en la que iba pellizcando el cristal hasta lograr la redondez y el tamaño justo para albergarlo en la chapa. Con ese cristal, un aro metálico que no sé donde conseguía, masilla de fontanero y un cromo de ciclista o futbolista, fabricaba unas chapas que vendía a los colegiales capaces de reunir unos céntimos. El cromo había que facilitárselo. Recuerdo que, por el capital de dos reales, me hizo a mí una chapa con un cromo de Van Looy que costaba diez o doce repes.

Nosotros no lo vimos. Solo vimos el alboroto de la gente y el dibujo rojo del neumático sobre los adoquines, junto al farol. – ¡Lo ha matado, lo ha matado…! - decía la portera de la casa adjunta.







martes, 25 de febrero de 2025

No desesperar

 

 

 

 

 


Creo que el mundo, fundamentalmente occidente, está viviendo una auténtica locura. Todo lo creado por la humanidad aterrada tras la Segunda Guerra Mundial, está en peligro. Los fundamentos del occidente libre están en entredicho. Las viejas ideologías resurgen, nadie se acuerda de los sesenta millones de muertos. Los jóvenes maman, en las modernas redes sociales, las viejas consignas del odio, el dolor y el horror. Y ya no serán los yanquis los que salven a la vieja Europa, entre ellos también vemos el antiguo saludo romano de nazis y fascistas. No está fácil el optimismo en estos días.

Me refugio en un viejo compañero de viaje: Miguel Torga, el ibérico de nacionalidad elegida. Él sufrió las dictaduras franquista y salazarista, y pagó con cárcel. Vivió la sublevación militar en España y la guerra consiguiente. Vivió la Segunda Guerra Mundial, la victoria de los aliados y el doloroso olvido de los pueblos ibéricos por los vencedores. Y, mientras, escribió sus libros, cuidó a sus pacientes y enhebró unos diarios en los que, a pesar de todo, nos dejó constancia de su fe en los humanos. El 16 de junio de 1947 escribía en Coímbra:

Sobre todo, no desesperar. No incurrir en el odio, ni en la renuncia. Seguir siendo un hombre entre tantos borregos, conservar una lógica entre tantos sofismas, seguir amando al prójimo entre tanta falsa retórica.

 Hacía dos años del final de la Guerra Mundial, nuestros días se parecen más a los preludios de esta, pero me agarro a la reflexión del viejo maestro ibérico.




 

lunes, 24 de febrero de 2025

Primera primavera










Esta mañana he visto alzarse entre las crasas los primeros narcisos, alzar su amarillo a esta primera primavera sin tu serena bondad, Luis, dulce amigo. Toda una vida en la consciencia, en la reconfortante seguridad de que ahí estabas siempre, por si hacías falta, por si era necesaria tu palabra. En tu recuerdo quedo, sobre el poso de bonhomía y honradez que en mí has dejado.








miércoles, 1 de enero de 2025

Culturas campesinas

 

 

 


 

 

Comienza el año con un día soleado, sin grandes fríos, como ya parece ser lo habitual en este Guadarrama donde habito. Después de mis cotidianas labores mañaneras de jubileta me siento un rato frente al ordenador, este chisme que tantos ratos entretiene. Como todos los días, me asalta una serie de anuncios de aparatos para sordos. ¿Cómo se han enterado que servidor se está quedando un poco bastante sordera? Nunca he buscado en internet nada al respecto, y es, creo, la primera vez que pongo el asunto en negro sobre blanco, luego no pueden ser las cookies; digo yo. Tiende uno a pensar que somos espiados por complejos y entrecruzados sistemas que desconocemos. Es el amenazante mundo al que vamos y en el que, en gran medida, ya estamos.

Lo que sí se debe a las galletitas, supongo, es la acumulación de anuncios de casas de pueblo a la venta que me aparecen en la pantalla; por las fotos de estos anuncios sí que paseo mi curiosidad. Han muerto los abuelos y los descendientes ponen a la venta la casa que no interesa, no pueden arreglar o mantener y es imagen de una situación que consideran superada. Solo me detengo en las casas que no han sido “puestas al día", casas que aún son reflejo de lo poco que queda de las culturas campesinas. Los humildes muebles, heredados de generaciones, a los que no se ha dado importancia y no han sido ofrecidos al chatarrero o al chamarilero que suele visitar el pueblo. Las fotos echas con el móvil, ese sí lo dominan, van recorriendo la casa; en un rincón la cachava del abuelo, donde la dejó por última vez; en la vieja cama de hierro y bronces, la colcha que quizás tapó el cadáver de la abuela, a la cabecera el cristo, en la mesilla la palmatoria, colgando de un clavo el rosario, en el suelo el orinal; descuadradas, indiferentemente inclinadas, sobre los yesos desconchados de las paredes, las fotos hieráticas de los ancestros, los cromos de las perdices muertas, el milagrero santo del que era tan devota aquella tía. Sobre la vieja cocina bilbaína, que tantos fríos quitó, el infiernillo de butano que trajo la hija de la capital para aliviar el trabajo de los viejos. En donde siempre estuvo, a la luz de la ventana y al calor de la lumbre, la vieja máquina Singer que a tantas panas puso remiendos. De una viga cuelga la jaula del reclamo que facilitaba al abuelo meriendas en la bodega. Sobre la trébede, con el fondo gris de la ceniza, queda una cazuela de desportillado rojo. Tras la puerta carretera las desvencijadas ruinas de una carreta; de las paredes cuelgan restos de collerones y arreos; detrás, escombros de lo que fueron cuadras y cochiqueras.

Cuando esta casa se venda será “puesta al día” con criterios urbanitas, introduciendo técnicas, materiales y colores ajenos a la cultura que la creó. Los muebles y objetos que no vayan a la basura pasarán a ser objetos de adorno, fetiches representativos de un mundo que fue.

A los amantes de esas periclitadas culturas campesinas nos queda el último recurso de visitar los restos de sus viviendas en los anuncios de las inmobiliarias.















 

 

 

viernes, 6 de diciembre de 2024

Sin apenas invierno

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

vanza diciembre sin apenas invierno. Por la ventana entra un sol de mediodía que dibuja sombras recias en la habitación. Hay plantas que no se deciden a terminar de tirar sus hojas, no parecen convencidas de que sea el momento. Esta mañana, en mi diario ejercicio de barrer el jardín, más bien mirar y ver que barrer, el color de las florecidas violetas me ha retrotraído a olores almacenados en esas honduras que parecen emerger ahora, cuando viejo: el olor del ramito de violetas que mi abuelo llevaba a mi abuela, por su tiempo, cuando aún había floristas que las ofrecían por las calles de Madrid.

     Antes, temprano, ha sido el momento de ojear los periódicos: el cada día más doloroso encuentro con la realidad de nuestra época, con la zafiedad de nuestros políticos, con el brutal partidismo de los jueces, con el pesimismo de los científicos ante el porvenir de nuestro mundo. Es ya dura disciplina querer mantenerse más o menos informado, no atender a la vejez que pide alivios, que pide apartar la atención de la cruda realidad de nuestro tiempo.

     Parece que se anuncia invierno para la semana entrante. Tranquiliza que en invierno tengamos invierno.

     No queda otra que seguir haciendo de viejo, es decir, rememorando, perdiéndose en los recovecos menos agrios de un tiempo que fue. Planificar futuros es cosa de jóvenes, y duro lo tienen. El otro día, una conocida política, militante en una de las escisiones que en la izquierda han producido los egos y los personalismos, denominaba despectivamente como “progres” a la izquierda que situaba a su derecha, supongo que a socialistas y socialdemócratas. Cierto es el brutal, el inadmisible acoso de la derechona a la familia de esa señora, pero eso no puede derivar en el desprecio a esos “progres,” a los que se deben, en gran medida, las conquistas democráticas en nuestro país tras la dictadura.

     Mañana, si la espalda me lo permite, seguiré barriendo las hojas que hayan caído, rememorando, leyendo los periódicos, guardando cosas de los de ayer por si algún día interesan a los de mañana… Hay que seguir viviendo.





 

sábado, 2 de noviembre de 2024

Crisantemos

 






Los puntuales crisantemos han florecido un año más en su fecha exacta, en el momento de dar a los humanos servicio en la liturgia del recuerdo y la evocación de los que ya no están. Que este año sean humilde homenaje a los sepultados por esa inusitada riada de agua y lodo en el levante y sur español.

El cambio climático se adelanta, supera las previsiones temporales que los científicos hace ya muchos años nos llevan anunciando. Fue asunto discutido desde finales del siglo XIX hasta hace cuarenta o cincuenta años, pero hoy es unánime la opinión de la ciencia sobre la importancia determinante de la actividad humana en los cambios climatológicos. Sin embargo, determinadas ideologías políticas, a la diestra mano, tienden a negar o limitar los efectos de la actividad humana sobre el clima. La única explicación posible a estas actitudes de la derecha política es la defensa de la gran industria, por la repercusión que sobre ella tienen las medidas correctoras que se pretenden, es decir las inversiones necesarias.

La puntualidad de los crisantemos tranquiliza algo, en este mundo trastocado.

     





viernes, 20 de septiembre de 2024

Aquellos veranos de la infancia

 












  

Aquellos veranos de la infancia en la casa de los ancestros

Evocaciones sin orden desde la vejez

 

 

     En el tren, hacia el pueblo, de la cesta de mimbre regentada por la abuela emanan tortillas, filetes empanados, frutas, dulces y bebidas.

     La estación, en la paramera entre el valle del Órbigo y el valle de Santa María, donde está el pueblo, recibimientos y saludos, trajín de baúles y maletas que hay que subir al carro.

     La vía se pierde en interminable recta hacia el noroeste, adentrándose en el Páramo leonés. A él se dirige, entre resoplidos, la negra locomotora de bielas rojas.





     La casa está fresca, se han enjalbegado las paredes y tratado los suelos de tierra, recortando en el zócalo el ocre rojizo con el blanco de la cal.

     Hay agua en los cántaros, vides cortadas junto al hogar, camas hechas, todo está dispuesto.

     Primera salida a la libertad de la huerta.

    Cobijo en la gruta de sombra, bajo los espinosos cascabelillos que comienzan a madurar a mediados de agosto para festín de la pajaril algarabía. En la boca el sabor agresivo del tallo de hinojo, que nunca se termina de saber si gusta o no gusta.

     Colorista y vocinglero revoloteo de los jilgueros, los colorines de vuelo sincopado, entre los cardos de penachos malvas.

     El reclamo de la cucullada de erecta cresta en los matorrales de los ribazos.

     Salidas a nidos con los chavales del pueblo, de los que siempre se aprende algo, como robar las manzanas ácidas de la huerta de Quico, o la cruel recogida de pajarillos en carnuchas para dárselos a los gatos.

   Brillo metálico de la abeja carpintera, en el baño de polen que le brinda la malva de espléndidos rojos o el azul de los racimos de la glicina.

     Y en la noche, el silbido sugerente y misterioso de la lechuza que anida en los huecos del alar en la casa del tío Nicolás, mientras los murciélagos inscriben su círculo en la cuadratura del patio, mientras el abuelo hace su ronda cerrando puertas con las enormes llaves.




     Espectáculo de vida en las charcas del agostado Reguero, en el camino de San Adrián: ranas, renacuajos, carpas y el sinfín de larvas e insectos nadadores o patinadores.

     El sabor del agua del cántaro de Jamuz. El olor que escapa de las brasas de vides, en el hogar bajo, sobre la piedra que fue rueda de molino, bajo las trébedes donde hierve lenta la comida en los barros de Pereruela. Sentados en el escaño, en el enorme y duro escaño de la cocina, donde se hace la vida.

     Aroma fresco que asciende de los suelos de tierra de la casa, regados antes de barrer.

     Perucos del peral de la huerta, junto a la fachada trasera de la casa.

   La busca de melucas para el anzuelo en la tierra húmeda. Arañas de larguísimas patas, acechantes en los rincones de la casa.

     Y las moscas, siempre las moscas, una continua lucha con las moscas: oscuridad, cortinas de palitos engarzados y el flit que se expande mediante el émbolo con el depósito delante.

     Aroma nocturno del jazmín que tapiza la pared de la cuadra, entrando por las ventanas protegidas con las mosquiteras que hace Jesús, el vecino carpintero.

     Jesús, en su minúsculo y sugerente taller atestado de maderas y serrín, pasando el listón por la máquina que amenaza sus dedos. Jesús, en su casa vecina a la nuestra, tras la huerta, tras los cascabelillos, trabajando su cuidado bacillar.



     Y las eras. Las enormes carretas de parvas, únicos refugios de sombra. Los trillos tirados por las lentas vacas que rumian, por los machos, por los caballos a los que no te dejan correr, por los burros de los más humildes. Mujeres tapadas, tan solo los ojos al aire. Cualquier brisa es aprovechada para aventar. Después fueron las aventadoras manuales de Ajuria, de enormes manubrios, en las que más tarde se instalaron motores. Y un año fue la primera trilladora, un enorme trasto de madera, también de Ajuria, de Vitoria, que costó sacar tras la campaña, sus ruedas de hierro se habían hundido en la tierra, donde la fuerza de las lentas vacas fue mas eficaz que los tractores.

     La visita a la bodega siempre tiene especial interés. Hay que adentrarse en la oscuridad de la cueva interminable, apenas rota por la llama del candil, tropezando con las telarañas hasta llegar a la enorme cuba. Una pluma de gallina tapona la perforación por la que mana el chorro de espumoso vino, llenando el recipiente dispuesto. Al rato de estar dentro ya se aprecia la tenue claridad que penetra desde los altos ventanos, distinguiéndose formas como la enorme viga de la prensa del lagar, el tornillo de madera y el contrapeso que la flexión de la viga levanta, prensando las uvas ya pisadas.

   Y las norias. La parsimonia de los borricos, cegados para evitar el mareo, girando en el círculo sin hierba ni fin en torno al pozo. Los cangilones vertiendo el agua, el labriego distribuyéndola, abriendo y cerrando surcos con la pala de largo mango. Después fue el ruido de los motores Piva los que llenaron el campo, substituyendo el ancestral gemido del roce metálico de las norias.

   La tía Cecilia pintando en el campo, su destreza extendiendo el color con la espátula, logrando calidades y trasparencias para representar las tierras rojas, las tapias rojas, los blancos de cal teñidos por el rojo de la tierra, los amarillos de agosto, los verdes potentes de las vegas, los reflejos de todo ese mundo en las aguas del Órbigo. Y sus dibujos, sus dibujos de trazos limpios y precisos.

    El abuelo en la huerta, sentado en el sillón de mimbre o en una de las sillas de listones que hizo Jesús y alguien pintó de verde, leyendo el periódico atrasado que le mandan por correo. El abuelo, con su sahariana veraniega y su cachaba apoyada en la pierna.

     Paco Leirado sestea en el patio, en la puerta de la tía Cuca, que saca brillo a algún chisme.

    Alejandra, la segunda mujer del bisabuelo Nicolás, apareciendo al atardecer, misteriosa, por la puerta de la cocina que comunica con su casa. Ha encerrado ya sus gallinas en la cuadra.

    Los abuelos regresando de la misa dominical. La abuela con un saludo y unas palabras para todo el mundo. El abuelo, con sus prisas, tirándole de la mano —vamos, Matilde—. La abuela defendiéndose con un —Pepe, por Dios—.

    Visitas a Adelina, prima del abuelo, en su casa junto a la iglesia.

    Reuniones de las tardes en la huerta. La tía Cuca, Pepe, el hijo de Adelina, con la ramita de ailanto golpeándose la pierna, Adela, su mujer, y los vecinos y conocidos que responden a las protocolarias visitas de la abuela.




     Sopas de ajo del abuelo, en el puchero de Jamuz y con cuchara de palo.

     Olor de la naftalina del arca.

    Compras en la panadería de Vara, en la carnicería de la Cubera, en la droguería de Ángel Castellanos —Ángel el Fino—, en la tienda de todo de Paco Quintana, en la lechería de Horacio en el camino de la estación.

     Excursiones a La Bañeza y comidas en Casa Boño, en la calle de la Verdura, donde tuvo su colegio Servando, el hermano del bisabuelo Nicolás.

     Salidas a Benavente en los días de feria, con la plaza del Grano repleta de ganado.




     Escapadas al río los días en que las mujeres cargan en el burro la ropa que lavan de rodillas sobre sus tablas, en la orilla, junto a la barca que cruza hacia Fresno, ropa que luego extienden sobre las matas ribereñas para que la blanquee el sol.

     Las llamadas de teléfono a través de Marcelina, la telefonista.

     Risas de las mozas en la fuente, donde llenan los cántaros que trasportan sobre la cabeza y las caderas.

     Cuadernos y planas de vacaciones.

     Siestas obligatorias.




     Y en la huerta, las uvas de finales de agosto en las parras junto a la vecina casa de Leoncio; los intrincados bosquetes de ailantos, barnices del Japón decíamos; restos de vides y frutales de lo que fue la huerta cuando los bisabuelos; saltamontes marrones del secarral de arriba, a los que hay que coger con habilidad y dos dedos, el pulgar y el índice, inmovilizando sus patas y sus alas; el misterio de la bodega tapiada; los restos del palomar circular sugiriendo ruina de castillo; los almendros de fácil escalada en busca de almendrucos; el pozo, oscura sima de ecos, al que no podemos acercarnos; los sapos, a los que se puede ofrecer moscas sin alas, que se tragan de inmediato; las telarañas, a las que puedes arrojar las moscas sin necesidad de quitarles las alas, pues se quedan enredadas y salta de inmediato la araña acechante para terminar de enredarlas; la búsqueda del palo ideal con que hacer el arco de las películas de indios; las gallinas de Alejandra escarbando a la búsqueda de lo comestible; los inmensos racimos de sarmientos para la lumbre, como menhires, guardados en el portalón de la tartana.




     La vuelta a Madrid llegaba con el tiempo de la vendimia y el trabajo en las bodegas. La abuela tenía que despedirse de todo el mundo y dejar organizado el regreso al siguiente año.