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domingo, 8 de septiembre de 2013

Paseando los alrededores del pueblo

 
 
 
 
 

Cecilia Juárez  Las Fontanillas

Oleo sobre cartón 9x6 cm. Años cincuenta del siglo XX
 
 
 
 A Longinos de la Huerga exprofesor de lengua y literatura en Madrid le sobrevino la vejez en una mañana de  abril mientras paseaba su jubilación recién estrenada por los alrededores de su pueblo natal disfrutando de paisajes añorados que ya solo existían en su memoria tendemos a ir postergando la vida dejando las cosas que más nos interesan para otro tiempo en que nos atosigue menos el día a día y así vamos llenando un baúl de asuntos pendientes que quizás sea el contenedor de la esperanza que nos mantiene y esperamos el momento en que poder hacer esto escribir eso investigar aquello o ir allí  y ese futuro nunca deja de serlo a Longinos en los escenarios de la infancia se le abren los ojos de repente y ve con claridad que ya no hará esto ni escribirá eso ni investigará aquello ni irá allí sencillamente porque ya no dispone del entusiasmo ni de las fuerzas necesarias que hasta el paseo diario le desasosiega si se prolonga demasiado y tiene que apresurarse al cobijo de su mujer y de su casa y sus ojos repentinamente abiertos ven un impensado paisaje nuevo un paisaje triste de tapias arruinadas que regresan a la tierra de muros de ladrillo sin revestir de uralitas escombros y cochambre un paisaje cruzado por muchachitos vociferantes de una grosería hiriente un paisaje inesperado sobrepuesto al siempre recordado  de la infancia Longinos no siente exactamente pena ni angustia ante la consciencia de la evidencia hasta entonces oculta siente solo una ligera desazón que le impulsa hacia su casa mientras piensa en el material cuidadosamente guardado clasificado recopilado durante años para trabajar cuando se jubilase y que ahora a nadie servirá a nadie interesará al llegar a casa Longinos se sienta en su sillón de mimbre frente a la mesa camilla junto a la ventana que se asoma al patio de la glicina al lado de su mujer que teje y le cuenta lo que ha preparado para comer Longinos recuerda a su padre anciano sentado en el sillón que ahora ocupa él le recuerda silente con la mirada en la ventana del patio y el pensamiento en las tierras abandonadas que él ya no puede trabajar y tampoco el hijo que eligió los libros Longinos siente ahora aquella mirada antigua y silenciosa de su padre Longinos tiene una sensación que no es tristeza pero está lejos de la alegría y piensa que en realidad ya solo le preocupa ese dolorcillo del costado y que le asusta la pérdida de memoria de su mujer y encontrarla a veces con la vista perdida y una enorme interrogación en el rostro.


martes, 29 de enero de 2013

Riberas del Órbigo


 

 

Cecilia Juárez ha pintado muchas veces las riberas del Órbigo en los cambiantes meandros por las tierras de Pobladura, Maire o Fresno. Este pequeño cuadrito (9x6 cm.), de los años cincuenta del siglo pasado, creo que puede ser adecuada imagen para rememorar  las del maestro Colinas, en este poema de juventud dedicado al río de su tierra.


 
 
 

Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, dejo también el corazón.
No pasará otra onda rumorosa del río,
no quedará este chopo envuelto en fuego verde,
no cantará otra vez el pájaro en su rama,
sin que deje en el aire todo el amor que siento.
Aquí, en estas riberas que llevan hasta el llano
la nieve de las cumbres, planto sueños hermosos.
Aquí también las piedras relucen: piedras mínimas,
miniadas piedras verdes que corroe el arroyo.
Hojas o llamas, fuegos diminutos, resol,
crisol del soto oscuro cuando amanece lento.
Qué fresca placidez, que lenta luz suave
pasa entonces al ojo, que dulzura decanta
el oro de la tarde en el cuerpo cansado.
Hojas o llamas verdes por donde va la brisa,
diminuto carmín, flor roja por el césped.
Y, entre tanta hermosura, rebosa el río, corre,
relumbra entre los troncos, abre su cuerpo al sol,
sus brazos cristalinos, sus gargantas sonoras.
Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, miro arder todas las tardes
las copas de los álamos, el perfil de los montes,
cada piedra minúscula, enjoyada del río,
del dios río que llena de frutos nuestros pechos.
Aquí, en estas riberas, donde atisbé la luz
por vez primera, dejo también el corazón.