Sombras de la
pequeña historia, mil veces escuchada, mil veces trasformada. Sombras corpóreas en la ropa de las perchas o de las arcas,
en las fotos de las paredes. Rumores, roces de esas sombras en las estancias del recuerdo y el ritual de permanencia. Rojo de la malva en el acero del abejorro azul.
Tarde lenta. Polvo de era. Canjilón de noria. Flor de sepias del jilguero
de vuelo sincopado. Regusto a barro en el eco del cántaro, en el agua de la
negra hondura. Olores de cocina, ritual
de las mujeres sabias que curan la soledad y el miedo. Humo que tiñe al barro y
asciende lento sobre las tejas cobijo de pardales, sobre el paisaje, sobre la
vida de los hombres. Humo de la vida de los hombres. Campanas. Campanas.
Sombras. Bisbiseos de mínimas ancianas, negros envoltorios de extenuados
nervios, cuentas de rosario. Titilante
sombra del chopo sobre la charca quieta. Sombra del niño entre los
juncos, al acecho, en el estridente silencio de la solanera. Lluvia
en la ventana del jazmín y la nostalgia. Rojo de la tierra que tiñe al
tiempo en las costras de cal, en los añiles y las almagras. Oro del resol en los
trullados. Solo sombras.
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos de la memoria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos de la memoria. Mostrar todas las entradas
lunes, 28 de enero de 2013
martes, 15 de enero de 2013
La chacra
La imagen de esa anciana está en la confusa niebla en que se mezclan los recuerdos de la infancia con la oralidad familiar. Es una imagen viva, con olor y color, táctil, que le ha acompañado toda la vida. Una habitación en penumbra; la anciana vestida de negro, sentada junto a una ventana por la que puede verse la explanada que se abre frente a la casa; un pañuelo, anudado bajo su barbilla, deja escapar algo de pelo blanco y enmarca un rostro de cuero; las manos deformadas descansan sobre la falda. Su mirada tiene una tristeza honda y está lejos del paisaje al que dirige sus ojos a través de la ventana. Su hija, ya también anciana, le atiende. Hay un olor ácido, a ancianidad, quizás a muerte, que se mezcla con el olor de la fruta y el del sudor de los caballos, de las sillas de montar y los arreos, de la alfalfa y del amanecer. Imágenes que se cruzan con el golpe seco, con la sangre en la cabeza de una mujer golpeada por el contrapeso que se escapa de una báscula; con el montón de agonías que aletean en el corral y la risa de la muchacha que mata pollos, en un rápido crujido que les rompe el cuello. Comida para la visita que se anunció en la polvareda del camino y que llega en estruendo de bocinas y risas. La guacha torda sigue al niño como un perrito por el mundo interminable de la chacra, donde los caminos se adentran sin fin, saliendo de las geometrías del agua y los frutales para entrar en paisajes enigmáticos a los que no se adivina término, entre caballos, vacas, bichos y enormes sapos. Un prometedor universo por descubrir donde todo le es nuevo y excitante. Hoy, quien fue aquel niño, desde aquí, sitúa la mirada de la anciana en la nostalgia de la tierra que había dejado setenta años antes, en la dura Somoza leonesa, la tierra del trajín, la recua y el hambre. Ella fue allí con su juventud y su marido a inventarse un país, a crear una lengua y un paisaje en ese Río Negro por hacer, en el camino del fin del mundo. Al final de su larga vida, después del brutal esfuerzo que ha creado cuanto le rodea, su alma tiene que guarecerse al rescoldo de la lejana lumbre de la infancia.
![]() |
Barco Salta |
La imagen de esa anciana está en la confusa niebla en que se mezclan los recuerdos de la infancia con la oralidad familiar. Es una imagen viva, con olor y color, táctil, que le ha acompañado toda la vida. Una habitación en penumbra; la anciana vestida de negro, sentada junto a una ventana por la que puede verse la explanada que se abre frente a la casa; un pañuelo, anudado bajo su barbilla, deja escapar algo de pelo blanco y enmarca un rostro de cuero; las manos deformadas descansan sobre la falda. Su mirada tiene una tristeza honda y está lejos del paisaje al que dirige sus ojos a través de la ventana. Su hija, ya también anciana, le atiende. Hay un olor ácido, a ancianidad, quizás a muerte, que se mezcla con el olor de la fruta y el del sudor de los caballos, de las sillas de montar y los arreos, de la alfalfa y del amanecer. Imágenes que se cruzan con el golpe seco, con la sangre en la cabeza de una mujer golpeada por el contrapeso que se escapa de una báscula; con el montón de agonías que aletean en el corral y la risa de la muchacha que mata pollos, en un rápido crujido que les rompe el cuello. Comida para la visita que se anunció en la polvareda del camino y que llega en estruendo de bocinas y risas. La guacha torda sigue al niño como un perrito por el mundo interminable de la chacra, donde los caminos se adentran sin fin, saliendo de las geometrías del agua y los frutales para entrar en paisajes enigmáticos a los que no se adivina término, entre caballos, vacas, bichos y enormes sapos. Un prometedor universo por descubrir donde todo le es nuevo y excitante. Hoy, quien fue aquel niño, desde aquí, sitúa la mirada de la anciana en la nostalgia de la tierra que había dejado setenta años antes, en la dura Somoza leonesa, la tierra del trajín, la recua y el hambre. Ella fue allí con su juventud y su marido a inventarse un país, a crear una lengua y un paisaje en ese Río Negro por hacer, en el camino del fin del mundo. Al final de su larga vida, después del brutal esfuerzo que ha creado cuanto le rodea, su alma tiene que guarecerse al rescoldo de la lejana lumbre de la infancia.
Después,
para el niño, son imágenes en el mar del regreso, cotidianidad en
aquel barco del humo lento, donde las gentes bailaban al pasar el ecuador.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

