lunes, 26 de enero de 2015

Ya no necesito










M

ira, amigo, yo no quiero ser ni haber sido, ya no necesito pasados ni presentes, me basta formar parte de este paisaje nuevo en el que aún no siento la trivialidad de lo cotidiano, tu charla sin historia ni necesidad de futuro, el sol que nos alivia los huesos, el vino que nos acorta la noche y nos encoge la memoria, ser sombra apenas perceptible mirando un mundo, si no nuevo, distinto, con la curiosidad cortita y más cortos los anhelos, no necesito ya demostrar ser quien no soy, no necesito ya ni ser yo, si es que aún pudiese serlo, ni deseo finales ni me apasionan futuros, solo pediría un pasar sosegado, ahí es nada, estar aquí esperando la diaria postal del sol metiéndose en el mar, y dejarnos luego caer hacia la taberna, y alargar la tarde retrasando la noche de los fantasmas a la espera de esa primera luz en la rendija del frailero, a la espera del sol para bajar de nuevo a oír el mar y no escuchar al cuerpo sus dolores ni al cerebro sus murmullos viejos, oír el mar y oírte a ti que mañana se nubla o que pasado llueve, que el barco que atraca hace bien la maniobra o la hace mal, en este lugar tan bueno como cualquier otro para recalar en la última huida, y dejarse ir esperando la piedad de cierta desmemoria sin la prisión ni la vejación de la demencia, sintiendo olores y sabores de ese mundo que actúa ante nosotros, sus espectadores sin pasiones, tan sin pasiones que aceptamos el dejar de ser y punto, tan sin orgullos que no necesitamos trascendencias, con la sorpresa de volver a verse vivo cada día, con el agradecimiento al sol en este nuestro banco cotidiano… 






miércoles, 21 de enero de 2015

Excavan en el cerro


















N
o era previsible ese tiempo. Estábamos a finales de junio y el cielo parecía querer darnos el agua que nos había negado en invierno y primavera. Al principio, mientras trabajaron las máquinas, brilló el sol; la lluvia comenzó al aparecer las primeras señales entre la tierra roja y los cantos rodados, e iniciarse la excavación a mano en las cuadrículas que los arqueólogos delimitaron con sus cuerdas. La hoya no tardó en anegarse y el agua buscó su alivio ladera abajo, hacia La Pedregosa, esa tierra labrada por los hombres de mi familia desde que me alcanza la memoria propia y la recibida.
Para entonces, la niebla ya se había extendido por el pueblo. No era la temida niebla del invierno, la que penetra en las casas hasta el último recoveco sorteando esquinas y puertas cerradas, la niebla que moja las camas, pudre la matanza, anega los pulmones de los viejos. No. Era una niebla distinta, un hálito denso, un vaho invisible con olor a miedo añejo que emanaba de las heridas del cerro y que se iba posando sobre las gentes, haciéndolas huidizas, esquivas, prestas a trancar sus puertas.
Cesaron las coplas de Elvira durante el barrido cotidiano de su puerta;  la televisión de la señora Lina dejó de atronar la calle con programas mañaneros; no se oían ya los golpes de las fichas del dominó en la taberna del tío Juan, ni los cagoendiós de Manolo con  la cabeza dentro del motor que se resiste a funcionar, ni los buenosdías, ni las buenastardes, ni los condiós, ni los taluegos. Solamente en el molino de Saturio - en el que sus nietos hicieron la casa rural - se escuchaban las risas, los cánticos y la guitarra de los estudiantes que trabajaban con el arqueólogo en la herida del cerro, a la espera de que escampase, ajenos, inmunes, a los efectos de la niebla que descendía de su obra.
Al aminorar la lluvia las puertas se fueron abriendo a sombras furtivas que salían de las casas y subían al cerro. Bajo los paraguas, un corro de atónitos rodea la escara abierta ladera abajo del camino de los bacillares, en la pequeña explanada del almendral de Exiquio. El agua ha lavado el terreno descubriendo el escorzo tragicómico de la muerte. Silencio hondo del campo cruzado por el chillido del alcaraván. Un gemido leve, de dolor viejo y guardado: María, La Quilina, mínima en su ancianidad, toma del barro una abarca de neumático y la alza dirigiendo su brazo hacia la figura de la gabardina y el sombrero oscuro. El corro de atónitos se va separando despacio. Quedan la anciana y el hombre al que dirige su brazo, el hombre que va siendo arropado por el sargento y el alcalde, en ese ballet repetido a través de los siglos. 
    

  


   










jueves, 15 de enero de 2015

Otra cama











Ganas me dan de ir a veros, pero me empereza pensar en otra cama y en otro retrete. Uno está hecho a lo suyo y no hay manera  más dulce de irse yendo que sobre el carro de la rutina.
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Francisco García Pavón
Las Hermanas Coloradas


Óleo de P.C. Juárez










sábado, 10 de enero de 2015

Pequeña divagación sobre lo bello, lo viejo, lo simbólico















E
l gusto por lo bello parece connatural a la especie humana, siempre con los amplios matices que la educación y la cultura han dado al concepto de belleza. Por muy zafio que pudiera ser un individuo quiero creer que siempre ha habido algo que le rascase el alma, algo que le pareciese hermoso o le emocionase. Sin embargo, el interés, la curiosidad por saber de sus ancestros, por la historia, no me parece tan común ni tan innato, y sí, más bien, producto cultural o educativo. Lo que no sé si calificar de fruto de la educación, cojera cultural o cortocircuito mental, es ese extraño gusto que, en mayor o menor grado, tienen, tenemos algunos por las cosas viejas. Y no me refiero ahora a objetos hermosos o de especial significado, sino a trastos apreciados por el mero hecho de ser viejos.
Supongo que coleccionar badilas, llaves de a medio kilo, candiles de hojalata, planchas, orinales, palmatorias, peponas, plumillas, palilleros, chisqueros, braseros, escriños, escaños o escudillas, tiene un significado paralelo a la obsesión por las reliquias religiosas. Como la que llevó a Felipe II a crear una demanda para El Escorial que se tradujo en una enorme oferta que llenó el monasterio de huesos, vaya usted a saber de quién. La diferencia entre estas dos manías por acumular símbolos está en que los coleccionistas de trastos no pretenden ningún acercamiento a lo Trascendente, sino dar alguna pequeña, asequible trascendencia a lo humano; una trascendencia liviana, cotidiana, al andar de nuestro corto paseo por el mundo. Es como si pretendiésemos que el tic-tac del reloj del bisabuelo, la presencia del pasado en nuestro día a día, nos diese una continuidad en el tiempo.
También podemos entender lo contrario, y es que la presencia en nuestra cotidianidad de las obras de nuestros ancestros es continua constatación de nuestra efímera condición. Ante la casa centenaria de Las Hermanas Coloradas - donde Plinio investiga -  el maestro García Pavón reflexiona:
Cada generación debía estrenar una ciudad, sin el polvo del fue, sin los bidés usados, sin el recuerdo de la muerte tan bien hecho y repetido, sin esa cuerda costosa de seda roja que sirve para librar los balcones de las cortinas. Que cada generación tuviese su ciudad sin cementerios, con todas las cosas flamantes, como chorros de oro; sin fotografías de bigotudos sonrientes, sin esos guardapelos de rubios cuya calavera es tiesto de raíces.
Por supuesto que no comparto esta entelequia que nos apunta D. Francisco en su juego intelectual, en unas páginas bellísimas que a todo el mundo recomiendo vivamente. Del talento de los hombres debemos esperar la conjugación adecuada entre las obras del pasado y del presente, para acomodar a cada momento nuestros espacios de vida. Y en ello están desde hace tiempo los que saben o deberían saber, con éxitos y también con fracasos debidos, evidentemente, a la estupidez, la ignorancia y sobre todo a la avaricia pecuniaria.
El interés por lo bello, lo representativo o lo antiguo, ha dado lugar a esas inmensas acumulaciones que son los grandes museos. Primero los europeos, llenos en buena parte con el botín de atroces saqueos; y después los estadunidenses, repletos de lo mucho que ha podido conseguir el dólar. Pero el concepto tradicional de museo parece hoy en entredicho y las mentes pensantes reflexionan sobre lo que deberá ser el Museo del Tercer Milenio. Aparecen conceptos como “museos educativos”, “museos lúdicos” o “museos didácticos”, que, en general, son menos universalistas que el gran museo tradicional.
Hace años que Umberto Eco reflexiona sobre este asunto. El concepto Museo del Tercer Milenio lo he tomado del título de la ponencia que en junio de 2001 presentó en Bilbao, defendiendo el museo de una sola obra, en el que las restantes salas se dediquen a su explicación.
Se me ocurren muchas obras que merezcan este trato, demasiadas. Supongo que la cuestión es qué hacer con el resto. Los museos podrán ser centros formativos, meros expositores o alguna solución mixta. Y podrán ser más o menos monográficos. Lo absurdo es que los tengamos atestados por multitudes que están allí solo porque les lleva la agencia o porque lo recomienda su guía. Incomprensible. Hoy en día los grandes museos son, fundamentalmente, captadores de divisas. Será difícil cambiarlo. En algunos casos, como la escultura, la réplica exacta puede aportar soluciones; una vez eliminado el mito del original. Pero mucho me temo que no se propicie el ir hacia soluciones de este tipo.
En el mundo en que vivimos los que más peligro corren son los pequeños museos provinciales o locales, como por ejemplo los dedicados a recrear una figura en el ambiente en que vivió o trabajó. Podrán tener o no tener obras de importancia, pero reconozco mi debilidad por muchos de estos refugios del pasado, donde se oficia la liturgia del recuerdo; en los que acurrucarse al socaire del tiempo detenido. 









martes, 23 de diciembre de 2014

jueves, 11 de diciembre de 2014

La hoguera del solsticio














El
sol, de caída, se quiebra carmesí en el vidrio. El anciano habla despacio, abstraído, lejano; sus manos alzan o posan el vaso al ritmo lento de las palabras; y luego, con parsimonia, sus dedos extienden en dibujos el vino derramado sobre la mesa
-… lleva toda la vida… las propias limitaciones…

La luz horizontal realza las formas familiares, colorea la gris cotidianidad y  proyecta en la cal movimiento de hojas.
-… no es descubrimiento de un día, no… lleva su tiempo…. toda la vida… ir intuyendo poco a poco…  hemos dado en llamar arte… vamos encontrando en el genio ajeno…

Es un viejo de greñas blancas, barba descuidada y aspecto asilvestrado que habla a una concurrencia respetuosa y expectante.
-… dudas sobre la validez de la mera especulación artística… quizás solo pueda surgir en el ejercicio de un oficio…

Zarrapastro, gemido de arrastre de chanclas, luto y mandil sucio, una mujer gruesa sirve vino, parte chorizo, atiza la lumbre y sonríe.
-… quizás… de lo que he hecho, solo tenga algún valor… encargo… oficio… ganarme la vida…

Poco a poco la luz decae en los últimos arreboles y el fuego va cambiando de lugar las sombras. La zarrapastro enciende velas, muchas velas, por la estancia de la reunión y las adyacentes.
-… según vamos vislumbrando… realmente puede ser arte… según conceptualización… más o menos… aceptamos… vamos despreciando… nos parece que no lo es… pretende serlo…

Ya es noche cerrada. Ha corrido mucho el vino y la comida. La respetuosa y expectante concurrencia es ya alegre francachela que apostilla la interminable perorata del viejo. Luz de velas, cal, piedra y madera son marco al gaudeamus.
-… una obra puede ser útil o artística, o las dos cosas… ninguna de estas dos cualidades… absurdas obras humanas… propio de dementes… imposición al prójimo…

El vino ya es risas en las caras rojas, brindis y canciones que no acallan al anciano.
-… últimos años… me recluí entre estas paredes… mi obra… mera especulación… lo he pasado bien… única utilidad… sé de su escaso, de su nulo valor artístico…
-… maestro… aprendido de ti…
-… aprendisteis un oficio… no enseñé a hacer arte… no se puede… el que sea artista… no por mis enseñanzas…

Las palabras tensan un poco la reunión por lo que el anciano se pone en pie y alza su vaso.
-… os convoqué a una fiesta... brindo por este oficio… me ha hecho llevadera la vida… brindo… libertad… posibilidad… no imponer mi obra… librar al mundo… mediocridad…

Todos en pie alzan sus vasos hacia el maestro.
-… ya es medianoche…amigos… hora para mi pequeña liturgia… salgamos… luz de fuego al solsticio… nuevo año… quizás el último… libre de toda carga… como llegué al mundo…

……………………...

Al día siguiente, en el pueblo, solo se habla de la gran hoguera del pintor excéntrico que vino a vivir a la casa de sus abuelos. La gran pira de cuadros y esculturas elevó las llamas al cielo entre el olor de los barnices y las pinturas; mientras sus invitados danzaban la borrachera en redor del fuego.   




lunes, 10 de noviembre de 2014

Palermo






Barroco palermitano





Palermo Imagen parcial de un paseante




Decadencia
El Palermo viejo, junto al mar al que se debe, no se asoma demasiado a él. Sus callejuelas curvas cierran plazuelas en las que hierve la vida. Palacios junto a palacios y frente a palacios ruinosos, mugrientos, divididos en viviendas de vocerío y ropa tendida. Patios de arcadas renacentistas o barrocas donde crecen en desorden enormes ficus, plataneras, jazmines, buganvillas y se amontonan chiscones donde se urden pequeños negocios de todo tipo. Suciedad. Iglesias junto a iglesias y frente a iglesias de desmesura barroca o austeridad medieval. Suciedad. Mugre. Ruinas de abandono en las que se acumula la basura. Ruinas de terremotos. Ruinas, mellas, aún, de los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial. Capillas, imágenes iluminadas en los recovecos de las calles, presencia de una fe religiosa de la que los palermitanos necesitan hacer ostentación pública.


Plaza Garraffello, en la Vucciria

Palermo vive de la curiosidad por el poso de talento y de belleza mestiza que han ido dejando los siglos, los milenios; que ha ido dejando el paso de cruzados hacia Tierra Santa, el paso de musulmanes de Al Ándalus hacia La Meca, el paso de comerciantes de oriente hacia occidente. Poso de la convivencia – mejor o peor según la época -  de árabes, bereberes, judíos, eslavos, persas, turcos, bizantinos, normandos, calabreses, aragoneses, castellanos, venecianos, genoveses…


Fe popular en las calles
Palermo es el color y la vitalidad de sus mercados con la ruidosa cantinela siciliana de los pregones; es las terrazas en que sentarse a descansar la caminata, con un capuchino, un cornetto y el agobio de los esrilanqueses que te ofrecen conectadores USB. Palermo es también la insufrible – para los foráneos -  descortesía y agresividad en el caótico tráfico de coches y motorinos. En esta ciudad, quizás en todo Sicilia, parece haber una norma sobre todas las normas: el incumplimiento de la norma. Hay otro Palermo, naturalmente, el ortogonal y algo menos sucio que se fue creando con la huida de las gentes del centro; pero lo he pateado poco.



Un corazón en el abandono de la Vucciria



Quizás, para entender esta ciudad, para entender Sicilia, sea necesario tratar de conocer algo de su realidad social; saber algo, por ejemplo, del complejo concepto de “familia” como círculo de protección, como contexto de relaciones de consanguinidad, parentesco, alianza, clientelismo, compadraje etc. Estas extensas “familias” mantienen su vigencia en la actualidad paralelamente a otros grupos de “solidaridad”, como el barrio, que es el lugar donde “deben” de hacerse los amigos y los aliados. Cualquier intento de actuación política tiene que contar con la enorme dificultad que de entrada supone esta realidad social. Vivir en un barrio, en un pueblo, trae consigo estar inmerso en este sistema, con todas sus consecuencias.



Heridas de terremoto




Otra de las preguntas que nos hacemos al caminar por Palermo es la razón de tan evidentes esplendores pasados y el porqué de su posterior decadencia. Nos preguntamos de donde salieron los dineros para tanto palacio, tanta iglesia, tanto boato que nos habla del ancestral gusto por aparentar de los palermitanos. Las grandes “familias” comienzan a formarse en la antigüedad con el comercio de los abundantes excedentes agrícolas de la isla. Estos grupos van consolidando su poder económico en las ciudades, pues parece que en Sicilia nunca se ha querido vivir en el campo. Paralelamente a la acumulación de tierra van acaparando poder político y nuevos métodos de enriquecimiento mediante las concesiones y gabelas obtenidas de la realeza. Entre ellas estaba la Corsa, actividad rentabilísima y legal consistente en la leva de naves con “patente de corso,” es decir, el derecho de apresar y saquear cualquier barco considerado enemigo. Otro privilegio concedido a estas “familias” era la Tonnara, consistente en la explotación de las almadrabas y la comercialización del atún. Los derechos de aprovechamiento de las salinas fueron también importante fuente de caudales. Gabelas de menor importancia, y también de concesión real, fueron las de mataderos de animales, almacenes en puertos etc.




Vía Santa Teresa




Decadencia
Las “familias,” acaparado el poder político y el económico, compran los títulos nobiliarios que adornen sus apellidos y los blasones que enseñoreen sus palacios. La religión es parte sustancial de la vida cotidiana, y los poderosos hacen de ella un uso instrumental. La asistencia social es asunto privado, y hospitales, asilos y orfanatos dependen de las órdenes religiosas que son financiadas por las “familias.” La caridad, el agradecimiento, consolida el poder del grupo. El mismo afán de competir en la suntuosidad de sus palacios, lo ponen en sus fundaciones de iglesias, conventos y centros de caridad.


Gótico del periodo aragonés. Santa Maria della Catena


A mediados del siglo XIX el confuso Risorgimento cambia las cosas. En Sicilia no del todo. Ha cambiado algo el medio en el que actuar y las posibilidades de negocio, pero las formas de organización social y de acaparar poder y dinero perduran en gran manera y se adaptan a las nuevas circunstancias. Y el Estado choca con esos poderes paralelos que no controla.
Los palermitanos gustan de decir que sus defectos son los heredados del periodo español. Supongo banal entrar a considerar tamaña afirmación. Me limito a constatar la belleza, las líneas limpias de ese gótico precioso del periodo aragonés.



Pupi palermitano
Pupi palermitano


















Plaza Magione
 Palermo es el Mediterráneo. Es la fecundidad del mestizaje. Ahí están Monreale y la Capilla Palatina para seguir enseñando caminos a la humanidad. Yo paseo Palermo. Disfruto Palermo. Trato de entender esta ciudad que está entre la belleza de La Anunziata de Antonello da Messina y ese "museo" de los horrores de los frailes capuchinos (al que, por supuesto, no he ido). 




Líneas



Vucciria


















Decadencia




Herida de la Segunda Guerra Mundial




































domingo, 19 de octubre de 2014

Esgrafiado segoviano















S
egovia tiene una caprichosa piel: el esgrafiado, que a modo de brocado pétreo ha cubierto sus edificios desde la Edad Media a nuestros días. La luz de cada hora, de cada estación del año, juega en estos dibujos y texturas contribuyendo a la singularidad de esta hermosa ciudad. La técnica, desde dios sabe dónde, seguramente llegó con los árabes, que gustaban de construir con la arcilla, el yeso, la cal y el color; pero ya en el Medievo estos morteros, arañados para formar figuras repetitivas, cubren también las fábricas pétreas de las gentes de herencia romana y religión trinitaria. Los modelos más antiguos pueden hacernos pensar que el origen sea una progresiva evolución hacia una geometría de repetición, tan del gusto mudéjar, en los rejuntados de las fábricas de mampuestos.
En Segovia se mantiene durante siglos este carácter geométrico y repetitivo del esgrafiado, que en otras zonas como Cataluña o Italia evolucionó de forma muy diferente.
Todo comienza con la rigidez del cuchillo que dibuja hendiendo en bisel el mortero fresco del último tendido, siguiendo la trepa o la línea de puntos del estarcido con almagra o negro de humo; la herramienta retira esta última capa en las zonas que van a ser los fondos que enmarquen el dibujo, dejando al descubierto el mortero de tono más oscuro del tendido anterior. Y después, el tiempo, el agua, el sol y el frio terminan la obra, suavizando las líneas y matizando los ocres y dorados de las tierras que tiñeron la cal. Ya solo hace falta la luz que haga vibrar estos paramentos, tan definitorios de la ciudad.
Los esgrafiados cubren las paredes de la vivienda del menestral, las del palacio, las de la torre fuerte y las del convento. Las grecas enmarcan el refinado ajimez, el tragaluz y el balcón humilde de persiana, geranio y gato. No son símbolo de distinción. Su presencia se ha generalizado en todos los estratos de la ciudad a través del tiempo. Hoy en día, tras unos años de abandono, se vuelve a utilizar tanto en la restauración como en los edificios de nueva planta, en los que sería de desear una mayor presencia de diseños contemporáneos.







Como siempre, Segovia, inagotable, se presta a entretener los pasos del caminante.