viernes, 25 de septiembre de 2020

Otoño del 2020

 


El otoño se ha presentado de golpe. Los árboles, sorprendidos, parecen acelerar los amarillos y los ocres. Los otoños se van haciendo más cortos cada año, y en este terrible 2020 asusta el anuncio de los fríos.

Dios los crea y ellos se juntan. Pero no se pueden juntar muchos, pues pocos son los de su condición en el medio en que viven. Un medio privilegiado, una colonia de veraneantes de la burguesía madrileña surgida en los inicios del siglo pasado en las estribaciones guadarrameñas. Ya no es sitio de veraneo. Los descendientes de aquellos primeros pobladores y los llegados después viven aquí todo el año. Digo que pocos son de la condición de los que se juntan porque este grupo de jubilados tiene formas de ver o interpretar el mundo no muy extendidas entre sus convecinos. Sus extracciones sociales de origen son variadas, así como la formación y la actividad que han desarrollado en su vida. Poniendo oído a su charla veremos lo que les une.

─Tarde llegas para lo que sueles.

─Chico, que me han pillado ahí, en la esquina, que no me dejaban marchar, oye. Es la esquina del adoctrinamiento.

─Esa esquina es la cátedra de franquismo.

─Eso parece. Antes eran gente de derechas, y punto. Pero de un tiempo a esta parte no se cortan un pelo y todo es añoranza y reivindicación franquista.

─Pues hoy están con el proyecto de la nueva Ley de Memoria Democrática, les sale humo por las orejas. Lo que más parece indignarles es la posible anulación de determinados títulos nobiliarios. Con eso estaban. Cuesta entender que les preocupe tanto a los no directamente involucrados.       

─Hombre, a poco que hurgues te das cuenta de que, a lo largo de la historia, aquí, siempre nos han manejado condes, duques, marqueses y demás titulería, heredada o comprada, con origen en reyes, pontífices o dictadores, que a los de abajo tanto nos da y nos ha dado el origen, el problema es sufrirlos.

─Y militares, que parece que te olvidas de los militares. Aunque muchos de estos tienen su origen en aquellos, en la titulería que dices, pues la milicia es oficio que siempre ha gustado a la preclara nobleza. En nuestros días no te costará encontrar casos de familias con abuelos de estrellas de cuatro puntas sublevados en la sanjurjada, padres con las mismas estrellas sublevados en la franquistada, e hijos con las mismas puntas sublevados el 23f. Se hace difícil no pensar que los nietos están a la espera de su momento, o fabricándolo.

─Tentémonos la ropa. Miedo da.

 ─Y en toda esta parafernalia la tramoya teatral la ha puesto siempre la Santa Madre; el dolor y el sufrimiento lo ha puesto el pueblo llano, que para eso está.

─Algo habrá que matizar, digo yo.

─Matiza, matiza. Pero tú sabes que el matiz de esta gente, a lo largo del tiempo, ha estado entre el paredón y el anatema. Aunque, para mayor seguridad, siempre han procurado que las dos cosas fuesen juntas. Al menos desde que la Santa Madre dejó la hoguera y confió estas engorrosas labores de limpieza a sus armados compañeros de camino.

─¿Y el capital? ¿Dónde dejáis el papel del capital?

─Históricamente el capital también ha estado en manos de la titulería. Qué duda cabe. Algún pelo de los señoríos se dejó esa gente en la gatera de las Cortes de Cádiz, pero los principales títulos no se dejaron allí las propiedades, las aumentaron.

─Algunos o bastantes ricos nuevos aparecieron en las bien intencionadas y fracasadas desamortizaciones principales, pero rápidamente se unieron e imitaron a los de siempre, incluso pudieron hacerse con títulos que los adornasen, para no desentonar.

─Oye, a mí, como bilbaíno que es uno, le interesa especialmente el tema de la industrialización del XIX. Quedó en poco, no vamos a engañarnos, poco más que los textiles catalanes y la industria vasca; y esta, al final, se concretó sobre todo en bancos y finanzas. No voy a poner nombres, pero ahí están. Mal que bien ahí están.

─Más mal que bien están tus ahorrillos en acciones del Banco de Bilbao ¿eh?

─No me mientes la bicha, coño.

─En el XIX los españoles se entretuvieron en defenderse de la invasión de Napoleón. Después, las peleas entre liberales y conservadores no los dejó tiempo para industrializaciones, que era cosa de ingleses.

─Pues como ahora, no les dejan tiempo para encargarse del virus.

 ─Por seguir en la historia apuntaré que el desarrollismo franquista enriqueció más a los de siempre, favoreció tapados y pagó servicios.  Acabó en la cultura del pelotazo, que tanto hemos sufrido, y en el desinfle de una economía basada en la mentira.

─Y después de los años de la bonanza que comienza con las perras llegadas de Europa tras el ingreso en la Unión, hoy estamos donde estamos, qué os voy a contar. Creo que esta pandemia nos está mostrando una terrible radiografía de nuestra situación económica, política y social. Es difícil ser optimista.

─Pues menudo repaso estamos dando. A pesar de las mascarillas. Pero me parece que simplificamos demasiado.

─Claro, qué duda cabe. Pero nos entendemos. Tampoco vamos a hacer aquí y ahora una tesis doctoral. Digo yo.

Desde que esa nube nos ha tapado el sol siento fresco. Me voy a poner esta chaquetita que me he traído.

─Pues esta mañana servidor se ha puesto ya la camiseta. Hay que andar con cuidado.

─Regresando a las titulerías, creo recordar que Franco creó más de cuarenta títulos.

─Y su sucesor le ganó. Me parece que rondan los cincuenta.

─Me vais a dejar que haga un cuadro de honor al respecto, y es con las personas que se han permitido el lujo, o se han dado el gustazo, de rechazar uno de esos títulos. Si no recuerdo mal son: don Severo Ochoa, don Pedro Laín Entralgo y don Felipe González Márquez.

Loa a ellos.

─Loa.

─No es muy larga la lista, no. Mucho dice de nuestras inclinaciones.

─Pues oye, a mí esta maquinita de pedalear me va muy bien para la circulación de las piernas.

─A mí me estás poniendo de los nervios con el pedaleo y el cricrí de ese chisme.

─Queridos habitantes de este pedrusco a medio enfriar girando en torno al sol, queridos racionales, voy a ir levantando el campo, que hoy tengo que hacer arroz.

─Serio asunto. El del arroz, digo.

─Serio, sin duda. Mañana más. Podemos empezar con los habitantes del pedrusco a medio enfriar, con los racionales, esos disfrutadores o sufridores del desarrollo cerebral que los hizo conscientes de su contingencia y capaces de la maldad, la bondad…

─Uy, uy, que este no espera a mañana, me piro. Con dios, señores.




 

 




miércoles, 16 de septiembre de 2020

Plaza de Olavide













─No tengo pueblo, no. Nací en la casa en que vivo y mi familia es de aquí, de siempre, al menos que yo sepa. Parece ser que tenían una tejera o un alfar, con una casa baja en la que llegó a vivir mi abuelo. Vendieron el solar, y les pagaron con dos pisos en la calle Murillo, uno en el que vivo yo y otro en el que vives tú, Mariano, que se lo vendieron a tu abuelo o a tu padre, no sé.

─A mi abuelo, Javi, a mi abuelo. Se lo vendió tu abuelo a mi abuelo, al que no llegué a conocer. Fue panadero, tenía una tahona por aquí, no sé exactamente en dónde, por Alburquerque creo.

A media mañana las gentes llenan la madrileña plaza de Olavide aprovechando el día fresco de finales de agosto. Son gentes de los distintos estamentos sociales que hasta ahora han conformado el barrio. Vocinglería de niños. Colores oscuros en los corros de ancianas de clase media y multicolor aspaviento en los grupos de sus cuidadoras caribeñas. Mamás con las piernas a los últimos soles. Gorriones, que aún quedan, y palomas a las migas que les caen. Algún zángano en bicicleta poniendo en peligro frágiles caderas.

Los tres viejos están sentados en un banco, a la semisombra que ofrece el jardín. Son viejos de gorrilla y cachava, claros representantes de la parte menestral y original del barrio, ya minoritaria, pero que se resiste a desaparecer.

─Muy callado estás, Miguel.

─No es buena fecha para mí. Tal día como hoy, de hace treinta años, fue la policía a la obra a decirme que mi hijo estaba en el depósito de cadáveres. Hacía dos meses que le había comprado la moto. Era su capricho, y el mío que mi hijo tuviese su capricho. A mi mujer se le paró la vida, lleva treinta años recordándome a diario que yo maté a su hijo.  Pero dejemos eso. Hay que procurar vivir. Volviendo a los pueblos, yo sí tengo, o tuve, el de mi madre, en Segovia. Y guardo buenos recuerdos de veranos pasados allí. La familia de mi padre es, como las vuestras, de este barrio, que yo sepa al menos desde mi bisabuelo. Y todos albañiles, como yo, todos de este oficio hoy prácticamente desaparecido.

Las palabras de Miguel han puesto un silencio entre los viejos que Mariano trata de aliviar.

─Pues ya hace cuarenta y seis años que volaron el mercado. Parece mentira.

─Así es. Cuarenta y seis años discutiendo el asunto. Cansa, cansa. No me apetece nada volver al tema. Pero estaréis conmigo en que se está muy bien aquí, con todo este espacio abierto, sin mas ocupación que charlar y ver las redondeces de estas mozuelas que nos han llegado del otro lado del charco.

─Estoy contigo, Javi, no sirve de nada seguir con esa discusión. Ya no estoy yo para cortar hierros con cuchillitos de luna lunera. Que no. Yo ya estoy solo para chatitos y mirar, eso, mirar; las redondeces o el mundo en general, como espectador, sin dar un palo al agua, y con los garbanzos seguros. Pero me has dejado intrigado, Miguel, con eso de que ya no hay albañiles…

─Pues parece evidente. Tú, como cerrajero, has estado por las obras, Mariano, recordarás lo que eran aquellos albañiles que sabían hacer de todo, y hacerlo bien si querían ser considerados y pagados como oficiales. ¿Te imaginas pretender hacer hoy una terraza a la catalana? Como no fuese un viejo que se liase la manta a la cabeza no lo veo posible, no. Hoy, cada uno aprende una cosa determinada, y que no le saquen de eso.

─Pero, en mayor o menor medida, ha pasado en todos los oficios. No me imagino hoy a un cerrajero joven que le quiten la soldadura y lo tenga que hacer todo remachando y roblonando. No me lo imagino.

─Pero si necesitas un herrero que sepa hacerte una restauración lo encuentras, te costará, pero lo encuentras; un albañil no. Hasta el nombre del oficio ha perdido categoría. Yo comencé a trabajar con mi padre a los catorce años, cuando dejé el colegio. Recuerdo su finura trabajando, replanteando, pasando niveles, lo que fuese. Me enseñó casi todo lo que sé. A los quince años ya le cortaba yo rasillas para tabicar la primera rosca de las bóvedas de una escalera de siete plantas que hizo en la calle Sagasta. La segunda rosca, a restregón y con mortero de cemento, ya la podía hacer cualquiera. A ver quién hace una escalera así hoy.

─Oye, dejad ya los oficios, que hay que empezar a pensar en cosas serias: ¿dónde nos tomamos el chato?

─¿Sabes dónde me lo tomaría yo hoy? En El Majuelo. Echo de menos esa tasca.

─Ahí me he tomado yo chatos junto a, no digo con, Marcial Lalanda, que vivía al lado.

─A las monjas de un poco más abajo he ido yo de parvulito. Las niñas de pago iban de uniforme y las gratuitas con guardapolvo blanco. Y no se mezclaban ni en el recreo. Manda huevos.

─Por andar un poco podemos ir a La Nueva, o a Sagasta, al Dos.

─Vamos a La Nueva, si os parece. Hace tiempo que no nos pasamos, y nos tratan bien.

Los viejos cruzan la plaza a su paso quedo, todo lo tiesos que pueden, al ritmo de sus garrotas, y suben por Trafalgar hacia Eloy Gonzalo.

─Creo que han cerrado la tienda de las gallinas, ahí enfrente. Siempre me he parado a verlas en el escaparate.

─Yo también. Siempre he pensado que me hubiese gustado tener una casa con gallinas…

─Esta es la iglesia de los protestantes. Tú has trabajado para ellos, ¿no, Miguel?

─Alguna cosa les he hecho. Es la Asamblea de los Hermanos, un aparte dentro de los protestantes, pero no me preguntes diferencias, no te sabría decir. Es buena gente. Tengo idea de que mi padre trabajó en la construcción de esta casa, la hicieron en los años cuarenta y tantos, cerca de los cincuenta debió de ser. Antes tenían una pequeña capilla y algo de colegio, creo.

En Eloy Gonzalo, caminando hacia Quevedo, los viejos pasan frente al remodelado Instituto Homeopático.

─El Hospitalillo de los Anises. Aquí me traía mi madre de niño, parece ser que tenía algo de reúma. Había un médico que no le cobraba mucho.

Los viejos entran en la taberna, a la que algo le queda del buen poso que dejan los años en las tabernas.

─A ver, ponnos tres chatos, hoy del caro, que creo que paga Mariano, y a ver si te luces con la tapa… 
  




   

      

sábado, 15 de agosto de 2020

Ahora los llaman residencias









─Y yo, ¿por qué no me muero?

El viejo se repite una y otra vez la pregunta que lleva haciéndose meses.

─Sí que es caprichoso el jodío virus este, sí, teniéndome tan a huevo. Creo que es la primera vez que se rifa una torta y no me toca… El premio, ahora, era que me tocase, seguro, y por eso no me toca.

Después de mucho tiempo han sacado a los internos sobrevivientes a la sala de la televisión. Los conscientes miran a su alrededor con ojos desorbitados, girando tan solo la vista en un intento de saber los que faltan. Siguen siendo mayoría los inconscientes, las caras de interrogación y pasmo, los ojos perdidos, las bocas abiertas, la baba escurriendo desde el labio, las almas atrancadas en quien sabe qué recovecos de sus vidas.

─No es justo hacernos pasar por tanta muerte ajena para llegar a la propia.

 Fueron tres días de agonía de su compañero de habitación, y él en la cama adjunta, sin poder moverse por la lumbalgia o lo que fuese aquello que le inmovilizaba, sin ser capaz de atender los últimos ruegos del moribundo. Después fueron horas junto al cadáver, con la sola visita de la monja gorda que al menos tapó con la sábana los ojos de espanto, y que dejó en la mesilla la virgen de plástico fosforescente que llenaba la oscuridad de una heladora luz verde. Después fue la náusea, durante días. Ahora es la desesperanza absoluta, y la tristeza que ahoga sin llegar a matar.

─Nada me ha sido fácil. Siempre he oído a los hombres recordar su infancia con alegría, como quien acude a refugio seguro. Yo he tenido mi infancia como medida de lo no deseable, como el modelo del que huir para lograr algo de felicidad. Nada ha sido fácil. Yo tampoco he dado más de mí. No me atrevo a decir que hice cuanto pude. Qué sé yo. Mucho daño al prójimo no creo haber hecho.

El viejo se acerca a una ventana. La residencia, como ahora llaman a los asilos, está entre los repetitivos bloques de viviendas que suben y bajan los cerros hasta el horizonte, en el paisaje que se creó en los años sesenta del siglo pasado. La pandemia tiene las calles vacías. Entre el enjambre de ventanitas hay una de la que cuelga una bandera nacional descolorida por el tiempo; raro guiño en este escenario piensa el viejo.

─Supongo que a mis hijos la vida les ha sido algo más fácil que a mí. Lo he intentado. Me hubiese gustado hacer de abuelo. Me hubiese gustado…  









  



domingo, 2 de agosto de 2020

Nuestras cosas













a memoria se une a las cosas, a esos objetos que se nos han ido haciendo símbolos de un tiempo pasado, de una gente que fue. Nuestras cosas. Unos somos más aficionados que otros a guardar trastos viejos, pero todos, en mayor o menor medida, vivimos rodeados de esos símbolos que nos unen al pasado y nos proyectan al futuro. En unos casos, pocos, esa memoria se materializa en retratos de antepasados, grandes muebles, casas, títulos y grandezas; pero para el común de los mortales serán unas fotos sepias, el pañuelo bordado por aquella abuela, la agenda con anotaciones del bisabuelo, las cartas de los padres, los versos cursis de aquella lejana tía que guardaba flores secas entre las páginas de los libros, las hueveras de loza en que la abuela mengana servía los huevos pasados por agua, los libros subrayados por el abuelo zutano, las estampitas de, el reloj de, las medallas de… Algunas de esas cosas las tenemos a la vista, en paredes o vitrinas, otras duermen el tiempo en el fondo de los cajones y aparecen de tarde en tarde, buscadas o por casualidad, para movernos el alma.

Guerras, incendios, robos, migraciones y demás avatares fuerzan a los hombres a una continua renovación de esa necesaria simbología, muchas veces reducida a un mínimo bagaje de memoria material con que prolongarse en los hijos. Pero hay un fenómeno en nuestro tiempo que me produce especial desazón: la ocupación de viviendas habitadas aprovechando la ausencia de sus moradores por vacaciones, un viaje o cualquier otra razón. No me refiero a ocupaciones de edificios abandonados, hablo de la irrupción violenta en la vivienda de unas personas, profanando su intimidad, destruyendo su mundo, su historia, sus símbolos.

Es el robo absoluto.

Como suele ocurrir, parece que el asunto está bastante profesionalizado. Cuervos engordados en la miseria del prójimo ocupan estas viviendas, poniéndolas luego, por unas perras, en el mercado de la necesidad.

El fenómeno ocupa (doy por hecho que el fenómeno okupa es otra cosa) tiene muchas facetas, pero esta de que hablo es bastante identificable, distinguible, distinta. La ciudadanía no puede entender el anquilosamiento de los jueces en estos casos. Es mucho dolor. Es incomprensible que no se actúe con inmediatez en estas ocupaciones.

 Y en tantas otras cosas. Me dirá alguno.  
  

  
  
  
  




  

  
 

jueves, 11 de junio de 2020

Atalo el Polaco








 
Pedro Criado Juárez.
Óleo sobre tabla.




Todos nós criamos o mundo à nossa medida. O mundo longo dos longevos e curto dos que partem prematuramente. O mundo simple dos simples e o complexo dos complicados.
Miguel Torga






─ Son asuntos viejos. No tiene sentido hablar de lo pasado cuando solo conduce al dolor. La única realidad es la que vivimos en cada momento, o la que imaginamos. Solo existe el pasado que se evoca, y es absurdo hacerlo cuando duele. Sí, en parte somos fruto de lo que hemos sido, no lo niego, sería absurdo negarlo, pero hemos sido lo que la casualidad y el azar han querido, y algo, poco, lo que ha querido nuestra voluntad, algo de nuestra voluntad también ha hecho nuestro yo. Y a eso me gusta agarrarme, al poco yo que debo a mí mismo.

El viejo habla con el agua por las rodillas, los pantalones remangados, en la sombra que unos alisos proyectan sobre el quieto meandro del río donde las truchas se cobijan entre las ovas. Habla mientras se mueve despacio, agachado, los brazos en el agua, los dedos índice y pulgar de las dos manos forman un círculo que va cerrando entre las algas. De vez en cuando endereza el cuerpo y alza los brazos con una trucha aleteando en la presa de sus dedos. La lanza a la hierba de la orilla, donde queda saltando, agonizante.

─ Échala al cubo, muchacho. Ya hay bastantes peces, voy a coger unos cangrejos, en este remanso los hay muy buenos.

Unos metros más abajo una mujer, tapada, solo los ojos al aire, la aguijada que manda posada en el yugo, introduce una carreta de vacas en la barca. Los animales rumian con su tranquila lentitud. El barquero, sin prisa, se apoya en la pértiga que impulsa la barca desde el Valle hacia la Polvorosa. El chirrido del cable es contrapunto al rumor del Órbigo, que baja lento hacia su cercano fin en el Esla. Agosto se remansa en las sombras de la rivera. Fuera de la franja verde el sol cae fiero sobre el campo.

El viejo va pasando las manos, bajo el agua, por el corte del terreno de la orilla, entre las raíces de los árboles rivereños. En unos minutos la cesta que cuelga de su cintura se llena de cangrejos que golpean sus colas y levantan sus pinzas amenazantes.

─ Hay que tener cuidado con las ratas, con este método de coger cangrejos te sueles llevar buenos mordiscos. Y mancan, vaya si mancan. Hay que desinfectarse bien, ¿sabes?

La imagen de aquel hombre ha llamado la atención del muchacho desde que lo vio por primera vez.
 
─ Yo soy algún año más joven que tu abuelo, pocos, pero fuimos juntos a la escuela. Después, nuestras vidas han sido muy distintas.

Le ha llamado la atención el enorme corpachón caminando solitario por el campo, recitando en alta voz, accionando con los poderosos brazos. Y detrás, con el morro pegado a su espalda, el borriquillo cano, sin ronzal, con unas ligeras alforjas.

─ Me gustaría saber qué es lo que usted recita.

─ Horacio, hijo, odas de Horacio es lo que me has oído esta mañana. Lo habrás estudiado en el bachillerato. Huye de inquirir lo que será del mañana, aprovecha bien los días que te concede el destino, y no desprecies las danzas y los tiernos amores; pues eres joven, y la tardía vejez aún no se atreve a marchitar tu lozano verdor. Pero mañana será otra cosa, lo que me venga a la memoria, me inspire el día, o me apetezca decir.

El hombre ha salido del agua, recoge sus cosas y las va metiendo en las alforjas. Silba con los dedos en los labios y el borrico, que pace en un prado cercano, acude en un trotecillo.

─ Toma muchacho, lleva a casa estas truchas y estos cangrejos. Y dale recuerdos a tu abuelo.

Carga las alforjas sobre el borriquillo y comienza el camino de regreso al pueblo. El joven, llevando su bicicleta, camina a su lado. Tras ellos, como un perrito, el asno cano.

─ Yo entiendo tu curiosidad sobre mi estrafalaria persona. Sé de las historias que sobre mí habrás oído y sé de las preguntas que se te agolpan. Ya te digo que hay cosas sobre las que no me gusta hablar, pero me parece que contigo voy a hacer excepciones. Te contaré, pero será otro día, ahora hay que ir a robar unas manzanas ácidas al huerto del tío Quico, son magníficas, no las conozco mejores en la zona.

Al llegar al pueblo toman caminos distintos, no sin antes hacer el viejo su anuncio:

─ Mañana, a eso de las nueve, iré a ver como está de maduración un bacillar que tengo en el camino de San Adrián. También pasaré por el palomar, a coger algún pichón.





Isaac Prieto, allá por 1896, salió del pueblo para ir a estudiar el bachillerato a León. Hizo la carrera en Madrid, y recorrió media España con los escalones de la carrera judicial. Hoy pasa sus días de jubilado en el pueblo que nunca olvidó.

─ Papá, me preocupa que Pablito ande con ese hombre, con Atalo el Polaco. La gente me lo cuenta escandalizada.

─ Nada malo le vendrá a mi nieto de ese hombre, a no ser que la desdicha y la mala suerte sean contagiosas. Más me preocuparía que anduviese con esos escandalizados de que me hablas, Teresa.

─ Pero ese viejo es…

Teresa detiene el sustantivo al ver levantarse las cejas de su padre.

Arcilla cruda en las tapias trulladas y cocida en las tejas, madera de negrillo, cal, almagra, añil y negro hollín, es la casa de los padres que Isaac ha mantenido con mínimas, imprescindibles incorporaciones. La familia de la hija ha puesto al día la parte que ellos habitan en los veranos.






Durante la noche ha ido amasándose una tormenta que no termina de hacerse agua, quedando solo en truenos y remolinos de viento que levantan polvaredas.

─ Ves, el Albillo está maduro, se ha dorado, podemos coger una cesta para comérnoslas. El resto aguantará aquí, endulzándose, hasta que madure la Tinta Madrid. Las pisaré juntas. Le sienta bien el Albillo al tinto, aunque esté ya pasa.
… experimento un regocijo inmenso cuando caigo
en el gaznate de un hombre consumido por su labor,
y su cálido pecho es una dulce tumba
en la cual me siento mucho mejor que en mis frías bodegas.

─ ¿Horacio?

─ No, Pablo, no, Baudelaire. Un francés de algunos años después. También, aunque seas de ciencias, lo habrás estudiado en literatura del bachillerato. Digo yo.

─ ¿Dónde ha aprendido usted tanto?

─ Poco sé, hijo, poco sé. Más bien poco. Saben, las gentes que han pasado la vida estudiando, como tu abuelo. Ese poco lo aprendí, a salto de mata y de mala manera, donde he pasado muchos años, en la cárcel, como bien sabrás. Allí aprendí bueno y malo. Y esto último te aseguro que abunda más.

Un prolongado trueno desgarra el cielo de nubes que domina el paisaje. Gruesas gotas comienzan a mojar el suelo reseco de la viña.

─ Tengo una lona en las alforjas. Vamos a guarecernos o nos empapamos.

Bajo la lona, el joven y el viejo ven caer el agua que la tierra se bebe con ansia. Aspiran los aromas de la tormenta, mirando revivir los verdes de las huertas linderas al arroyo que discurre en el fondo del pequeño valle, y que a estas alturas del verano solo es rosario de charcas raneras.

─ Mal viene este aguacero a los que andan en la poca trilla que quede aún. Yo no siembro cereal. La tierra de secano que tengo se la dejo a unos vecinos. Me dan algún saco de trigo con el que tengo pan para todo el año, algo de paja para el borrico y cebada para las gallinas. Yo poco necesito. Cuando salí de la cárcel y regresé al pueblo, no tenía nada. Mi mujer ya había muerto hacía años, de pena, de soledad. Mi casa estaba ocupada y mis tierras labradas por otros. Lo recuperé todo, a tortas. No tenía otro medio. O recuperaba lo mío o volvía a la cárcel. Lo recuperé. Algunos me siguen teniendo miedo. Más vale. También encontré gente buena que me ayudó. Mira, parece que escampa, vamos a aprovechar para llegarnos al pueblo.





El cuarto donde pasa sus días Isaac Prieto es un caos de libros y papeles, donde hace años que nadie pone un orden distinto al existente en la cabeza del viejo juez. En realidad, toda la casa da un cierto aspecto de caos. Los muebles aldeanos que siempre han estado allí se ven ahora mezclados con los traídos de la vivienda madrileña, cuando Isaac, viudo y jubilado, quiso regresar al pueblo. La espetera con los platos de su abuela está ahora sobre un decimonónico mueble francés. Los cromos de faisanes muertos, los Sagrados Corazones de colorines y los santos de escayola se reparten espacio con la pintura moderna que el juez ha ido coleccionando durante su vida. Sin embargo, en lo que podría parecer un amontonamiento de almacén, se respira un tranquilo, buscado y ordenado desorden, en el que pueden leerse las distintas vidas de la gente que por allí ha pasado.        

─ Abuelo, Atalo me ha pedido que te trajese estas uvas. Te tiene mucho respeto. Pero yo no termino de enterarme de por qué estuvo en la cárcel.

─ Atalo tiene algún año menos que yo, coincidimos en el colegio hasta que, con nueve años, yo me fui a hacer el bachillerato a León. Le recuerdo como un niño avispado, hábil para todo lo práctico, y fuerte, muy fuerte. Don Servando, el maestro, le tenía aprecio; además era amigo de su padre, republicano y socialista, como él. Después, nos veíamos durante mis vacaciones de verano. Nunca llegamos a ser grandes amigos, pero siempre le respeté por su ganada fama de hombre honrado, al menos entre los más humildes del pueblo. Los años de la guerra subsiguiente a la sublevación militar del año 36 fueron muy duros para esa familia. Esta no es tierra de grandes latifundios ni poderosos señoritos, pero la gente del lado llamado nacional se lo hicieron pasar muy mal a las personas con alguna significación durante la República por ideas o cargos, o simplemente por tener un oficio sospechoso en sí mismo, como el de maestro. Los padres de Atalo murieron en esos años. A él no llegaron a movilizarle, por edad, como a mí. Cuando en el año 39 comenzaron las barbaridades con que los ganadores celebraban la victoria, Atalo temió por su vida. Dejó a la mujer con su familia y se fue al monte con las partidas formadas por resistentes, desertores del bando ganador, y temerosos de la represión, como era su caso.

─ Abuelo, me gustaría saber algo más sobre esta guerrilla, sobre el maquis. ¿Tienes algo que me puedas dejar para leer?

─ Como puedes comprender nada se ha publicado aquí que no sea mera propaganda del Régimen. Hoy día todo son pasquines. Ya te daré alguna información. Pero lo que debes tener en cuenta es lo que siempre te digo, Pablo: cuidado con quién, dónde y de qué hablas. Abre el ojo y esparrama la vista. Ya me entiendes. Te decía que Atalo marchó al monte con la guerrilla. Creo recordar que ya llevaba dos años allí cuando un día decidió llegarse al pueblo para ver a la mujer. Sabía de ella por algunos contactos y por medio de estos le aviso de su llegada. Por la razón que fuese la Guardia civil se enteró de la visita y le estaban esperando. Seguí su proceso, y quizás algo pude ayudar para evitar su fusilamiento. Cualquiera en el lugar de este hombre sería un loco o un resentido. Él no es ninguna de las dos cosas.





─ Buenos días, Pablico, ¿Cómo van tus estudios? Era para ingeniero lo que tu estudiabas ¿no?

─ Sí, señora Adelina, estudio ingeniería industrial.

Doña Adelina, vecina de los Prieto, es una enlutada y sonriente anciana de sonrosadas mejillas. Está sentada a la puerta de su casa, en su silla de enea, con su labor de bordado, que guarda en un escriño.

─ Todos los de tu familia han sido buenos para eso del estudio. Te veo que andas al campo con el Polaco. Es un buen hombre. Necesita compañía. Aprenderás cosas…

─ ¿Por qué le llaman el Polaco, doña Adelina?

─ Uy, hijo, eso es largo de contar. Si te sientas te cuento lo que yo sé. Saca una silla de casa o aquí, en el poyo, donde prefieras. Mira, cuando yo era niña aún íbamos al filandón, en invierno, cuando había poca tarea, en las casas que tenían cocinas grandes, hilábamos, oíamos a los viejos, y sobre todo mirábamos de reojo al mocerío, a ver cuál nos miraba o cuál nos gustaba. Pues por entonces aún se hablaba y se contaban historias de tiempos de la francesada. Cuentos de esos que van de generación en generación. Yo poco fui a la escuela, bueno, lo que todos los del pueblo. Para estudiar más había que salir, como hizo tu abuelo Isaac, y para eso hacían falta posibles, campo y yuntas para ararlo. Pero siempre he tenido curiosidad, y he leído lo que ha caído en mis manos. En casa hay libros, mi abuelo fue maestro, y los he leído todos. Ya sabes que ingleses y franceses anduvieron por aquí persiguiéndose, matando gente, violentando mujeres, robando y quemando casas y cosechas. Para las gentes de aquí ninguno fue bueno, y eso que los ingleses eran de los nuestros, dicen. Eso sucedió allá por 1808 y 1809, ahí es nada, siete generaciones, más o menos. Con los franceses vinieron polacos, de caballería creo que eran. Pues se cuenta que uno de esos polacos, herido, se refugió, aquí, en un corral del pueblo. Una mujer lo encontró, lo curo y escondió. Y aquí se quedó, amagado en las faldas de aquella mujer. Seguramente hastiado de guerras y barbaridades, y sin nadie que le esperase en su tierra lejana. Pues esa pareja tuvo hijos y nietos que siempre han sido los Polacos. El último es tu amigo Atalo, un hombre al que ha perseguido la desgracia. No sé de otro, con él se acaban los Polacos.





─ Pues sí, Pablo, sí, he conocido gente buena. En el penal del Dueso conocí a un hombre al que debo lo poco que sé. Mi querido don Prisciliano. Pasé muchos años a su lado. Murió, no sé cómo, unos meses antes de salir yo del penal. Un día no lo encontré en la biblioteca. Pregunté. Se limitaron a decirme que había muerto, sin darme explicaciones. Había sido profesor de filosofía, debió de ser su delito. Abrió mi mente a realidades que me hicieron posible soportar aquello. Y sobre todo me enseñó a saber vivir sin rencor. En casa tengo su retrato, como en un ara. No tengo objetos familiares, esas cosas que nos unen al pasado. Todo desapareció durante mi estancia en la cárcel y tras la muerte de mi mujer. Tengo solo la foto y los libros de don Prisciliano. Miento, tengo también la foto de mi mujer y la de mis padres, las que llevaba en la cartera y no me quitaron en la cárcel. Y tengo este reloj, mira, lo he llevado siempre encima. Me lo dio mi padre, me dijo que era del lejano abuelo polaco que nos puso mote para siempre. Es asombroso, tiene más de siglo y medio y sigue andando, mira. Yo soy el último Polaco que puede llevar el reloj.  Toma, he pensado que nadie mejor que tú para seguir llevándolo. Cuéntales a tus hijos esta historia.











             
         
  

domingo, 24 de mayo de 2020

Juventud, oficios, pandemia, aburrimiento









M
ucho se habla en estos días de la “nueva normalidad,” y ya doctores en el asunto han llamado la atención sobre lo contradictorio del término, por lo que no pararé yo en disquisiciones terminológicas al respecto. No sé si esta pandemia tendrá el poder de cambiar sustancialmente rumbos a los humanos; lo que sí sé, o creo saber, es que los racionales son animales con mucha capacidad de olvidar. Lo que cada uno puede hacer, si le apetece, son elucubraciones sobre posibles cambios, tanto deseados como temidos o vislumbrados en el día a día y según van las cosas.

Ahora que tengo tiempo para todo, no tengo ganas de hacer nada. La anhelante espera de algo imposibilita bastante la acción; y por muchos cambios que deseemos, lo que realmente esperamos con anhelo es la cotidianidad perdida. Pues hace unos días, en esa desgana, no recuerdo si era con la radio o la televisión de fondo, me llamó la atención la reacción de un muchacho (me pareció de la alta burguesía) que se reía de un compañero que había manifestado su deseo de hacerse sastre. Para ese muchacho querer ser sastre era algo incomprensible, un exotismo, una rareza, algo que no podía clasificar en los cajones de su cerebro, supongo que repletos de esos vocablos en inglés que, para la mayoría de la gente, no terminan de definir actividades reconocibles.

Esto me hizo pensar en la posibilidad de que el caos económico subsiguiente a la pandemia trajese como consecuencia la desaparición de tanto seudooficio como entorpece la sociedad de nuestro tiempo. Tanta gente en actividades que nada ofrecen ni producen, salvo falsas y costosas necesidades. Gente apostada en los caminos que sigue el dinero, para que algo ─que suele ser mucho─ les caiga en el bolsillo.

Si hubiese sido en mi presencia, supongo que no me hubiese contenido de colocar al muchacho un rollo, de seguro mal recibido, que más o menos podría haber sido:



─ Muchacho, me da la impresión de que quieres generalizar a todos los oficios la trivialización que pareces hacer del que hablas. Apenas sé de ese trabajo en particular, pero lo he observado cuando he tenido ocasión, como me he fijado en tantos otros; siempre he admirado la maestría. Yo he visto al jaboncillo, en la mano enseñada, trazar las líneas definitorias de acuerdo con el modelo elegido y las medidas previamente tomadas; líneas que después siguen las tijeras y los hilvanes, componiendo esa primera armazón que, en la prueba, sabios pellizcos detenidos por alfileres terminarán de ajustar. Parece fácil, ¿verdad?, pues no, no lo es, hay que aprender, con tiempo, con interés y con paciencia. Hablamos de jaboncillos, alfileres y agujas, de las que ya digo que poco o nada sé, pero podríamos hablar de gubias, cinceles, lápices, pies de rey, trinchantes, buriles, teodolitos, martillos, telescopios, pinceles, azadones, fonendoscopios, tiralíneas, bisturíes, palas o microscopios. Son herramientas, útiles, símbolos del esfuerzo humano. De algunos algo sé, de la mayoría apenas nada, pero por todos siento reverencia. Todo lo que de interés hace el hombre necesita oficio, y el oficio es esfuerzo, aprendizaje, curiosidad, interés, inteligencia.


Y ya puestos a elucubrar imaginé este poco probable diálogo con el muchacho:



─ Pero mezcla usted actividades intelectuales con las meramente manuales.

─ No hay actividades humanas meramente manuales, muchacho. En el trabajo del hombre siempre interviene, en mayor o menor medida, el intelecto. No es como el trabajo de las bestias o de las máquinas, que solo es posible cuando, detrás, está el cerebro y la voluntad del hombre.

─ Pero estará usted conmigo que hay categorías, dentro del trabajo de los hombres.

─ Si te refieres a categorías en función de trabajos más o menos manuales, más o menos intelectuales, te diré que no creo en esas categorías. Si te refieres a categorías en función de la mayor o menor calidad de lo conseguido con el trabajo, sea este cual sea, te diré que sí, naturalmente, no todos tenemos las mismas capacidades, ni el mismo interés, ni las mismas ganas de trabajar, ni la misma sensibilidad. El fruto de nuestro trabajo está condicionado a eso, a nuestra condición, a nuestras posibilidades y capacidades.
 
─ Me admitirá usted que no todos los trabajos tienen la misma valoración social.

─ No me siento obligado a coincidir con la valoración que la sociedad de nuestro tiempo hace de cada trabajo. De hecho, disiento. Si medimos esa valoración por la contraprestación económica a cada actividad, podemos decir que nuestra sociedad lo que más valora es el fútbol, y lo que más premia la especulación financiera, inmobiliaria o del tipo que sea. Pero no todas las épocas han medido con el mismo rasero; gracias a eso tenemos frutos del trabajo de los hombres que dignifican y ensalzan nuestra condición.


Y si a estas alturas el muchachito me siguiese escuchando, mi idea del amueblamiento de su cerebro estaría ya remodelándose.