miércoles, 15 de junio de 2022

Se empinan las cuestas

 
















e nos empinan las cuestas. Y cuesta, sí, cuesta agacharse hasta el suelo, ese suelo al que, sin embargo, nos vamos acercando. Asusta, por la aparente soberbia, que, en la cuesta, el prójimo nos parezca más necio cada día, o nos cueste más soportar las tonterías evidentes. Seguramente no es así, la gente no es más tonta, pero nos lo parece por los muchos que procuran evidenciarlo. Esperemos que no sea así, la estupidez no puede haber estallado de improviso.  Algunos amigos se nos van quedando a trasmano, también están en sus cuestas, los pobres; otros simplemente se han muerto; otros han decidido morirse. El periódico se nos pone insoportable, es mejor ir derecho al crucigrama, deprime menos y entretiene más. Hoy día son muchos los que intentan analizar en las publicaciones el mundo nuevo que se nos agolpa, que nos golpea, que se nos echa encima con las nuevas tecnologías y su uso torticero, sin legislaciones pertinentes, sin saber cómo y de qué defendernos. Esos analizadores sociales suelen utilizar un lenguaje bastante ininteligible, seguramente porque no terminan de entender la magnitud del problema, solo lo atisban y nos lo anuncian como pueden, tan asustados como el lector. No es poco. El Gran Hermano tiene ya setenta y tantos años, y se nos está haciendo realidad de una forma bastante más cutre que la definida por su ideador. Los científicos también nos acucian con la inmediatez de las consecuencias que para el planeta tiene nuestra forma de vida. Miro al prójimo de mi entorno, miro a la juventud, escucho a esos políticos de los preocupantes y rancios sistemas recientemente redivivos, no parece inquietar a muchos de ellos la realidad observable ni los temibles anuncios de los estudiosos. Son problemas para minorías, como siempre ha sido. Estamos en un mundo que camina renqueante en la frontera de algo amenazador y desconocido que preocupa a pocos.

Lo mismo es que estamos viejos.

Seguramente es que estamos viejos.

Quizás sea que buscamos demasiado refugio en letras e imágenes de otro tiempo. Quizás.

Y mientras anoto senilidades que me parecen comunes a los seniles, me doy cuenta de lo enervante que me resulta el sistemático fallo del sistema hidráulico de elevación. No, no, no. Me refiero al sistema hidráulico de elevación de mi silla de trabajo. Ya no sé cuantas llevo y todas terminan en esta repentina caída por desinfle que me saca de quicio. Y no hay obsolescencia programada que valga, ocurre desde el estreno, o casi. Y no hay arreglo posible. Ya no se arregla nada. Todo se tira.

Aún consciente de mi mayor o menor senilidad y situación de privilegio, el caso es que me cuesta vivir en un entorno con más perros que niños. Me entristece. Me cuesta soportar a los cada día más numerosos gatos asilvestrados, alimentados y protegidos por unas señoras (¿por qué suelen ser señoras?) que van colocando por las calles, parques y jardines, recipientes con comida gatuna. No me acostumbro a que esos gatos desentierren mis plantas para ocultar sus diarios regalos de heces. No me acostumbro a que esos gatos se coman los pollos de los pájaros que anidan en mi jardín. Es lamentable que esos gatos nos hayan dejado sin las ardillas que correteaban nuestros pinos. Supongo que, además, los problemas sanitarios tendrán su importancia, y no menor.

Quizás sea que uno está viejo.

Seguro que uno está viejo.

Y con peor carácter.

Y más intransigente.

Y en la formación de viejo, que cursamos por libre, es necesario aprender, entre tantas cosas, a soportar la cara que suele poner el jovencito al que tratamos de contestar a algo que nos ha preguntado. Esa cara de condescendiente paciencia e incredulidad ante las explicaciones que intentamos dar según nuestro saber y entender. Siempre habrá sido así, seguro, pero hay que aprender la asignatura. Sobre todo, tenemos que aprender a no caer en explicaciones generacionales para los problemas.

Que algunos la tendrán.






                   


sábado, 21 de mayo de 2022

Mujer, vida y esperanza

 
















n los basamentos mitológicos de la cultura de Occidente Aquiles mato a Pentesilea, la hermosa reina de las guerreras amazonas que habían acudido a defender Troya. Quizás pueda ser esto un símbolo iniciático del ancestral predominio masculino en nuestras sociedades. Predominio que siglos después consolidaría, con mano de hierro, la religión monoteísta que nos llegó de Palestina y se extendió como agua en llano.

Es curioso que, en esas bases míticas, el modelo de matriarcado fuese un pueblo de guerreras. Doy por evidente que la única superioridad del varón sobre la mujer reside en la fuerza muscular, razón de su predominio tradicional. Por ello se me antoja curioso un matriarcado basado en esa inferioridad de la mujer: la fuerza del brazo.

Tiendo a pensar que, en esa hipótesis bélica, Pentesilea y sus amazonas, antes del enfrentamiento, hubiesen llegado al descubrimiento de la debilidad del talón que no mojó el agua del río Estigia. Sí, mi observación de los humanos me inclina al pesimismo sobre las posibilidades de la fuerza de Aquiles frente al cerebro, la constancia, la abnegación y la capacidad de sufrimiento de la mujer.

Y, sin embargo, en este siglo XXI, seguimos como estamos. La mujer, la mitad de la humanidad, sigue siendo una arrolladora potencia en segundo plano, oculta tras la absurda hegemonía masculina. Se sigue luchando por derechos de la mujer que avergüenza pensar que no existiesen. Vivimos en una sociedad donde se continúa discutiendo si hay que ilegalizar o no la industria de la prostitución.

Recuerdo la euforia que me produjo, hace pocos años, el primer gobierno de nuestro país con mayoría de mujeres. Sigo manteniendo esa esperanzada euforia.

Siempre habrá clientas para el Villarejo de turno. Siempre habrá aterrorizantes señoras Olona o Monasterio. Puede que hasta siga habiendo presidentas que nos hablen de una España de dos mil años de antigüedad. Es la condición humana. Pero estas mujeres retrasan el avance de lo femenino en la sociedad. Esperemos que nunca puedan llegar a detenerlo.

Sigamos luchando por tener la necesaria presencia femenina en todos los puestos de responsabilidad. Mientras paren y amamantan, que pueden hacerlo. Mientras dan a sus hijos esas primeras normas de comportamiento que son la base de la gente de bien. Mujeres que creen una esperanza de futuro en este mundo desesperanzado. Mujeres que pongan inteligencia ante la prepotencia del varón ignorante.    

  

 

 

 

  


domingo, 3 de abril de 2022

La fiesta del toro... hoy.

 




 

 


 


 




upongo que se me ha debido fundir, al menos deteriorar, el chip que me unía a la fiesta del toro. Pudiera ser un cortocircuito más de los muchos que uno va teniendo con la edad. Pudiera. Pero me gustaría saber si hay algo más. Nunca he sido un gran aficionado ni entendido, pero he disfrutado de la fiesta y he apreciado toda la potencia estética y la emoción que puede tener el toreo. El caso es que ahora veo los toros con indiferencia, sin entusiasmo, no digamos ya emoción. Me aburren. A veces pienso que hasta puedo entender la imagen de una corrida que me dibujó uno de mis nietos, de siete años, tras ver alguna imagen de toros por televisión en el país americano donde vive: mucha bandera española, muchos señores con bandas y entorchados, mucho oropel, mucha sangre y un animalejo en el suelo, acribillado de pinchos. El dibujo del niño era como una muda interrogación: ¿y esto? ¿por qué esto?

Quiero creer que no todo mi desinterés se deba a la edad. Quiero suponer que algo tendrán que ver los toreros de hoy en día y, sobre todo, el comportamiento de los animales que actualmente crían los ganaderos.

Una tarde, en Las Ventas, tiempo ha, tenía sentado a mi lado un turista argentino, todo curiosidad, que me atosigaba a preguntas. Tras un primer toro tan anodino como el torero, tres pinchazos y no sé cuántos descabellos, el argentino me dice: ¿y seis así? buenas tardes. Y se marchó. El problema no es de hoy.

Hace bastantes años un veterinario conocido, buen aficionado a la fiesta, me hablaba de la necesidad de recuperar los encastes del toro, ya perdidos, y proponía una selección genética desarrollando los óvulos fecundados en los úteros de vacas mansas para facilitar un adecuado control.

Yo me quedo en la suposición que apunto y dejo el análisis a los entendidos. Tan solo reseñar, como personal imagen de lo que los toreros fueron, un recuerdo de la infancia. Un año, en el colegio, por las fiestas de la patrona, a los frailes se les ocurrió organizar una becerrada. Supongo que la cosa fue inspirada y auspiciada por un vecino, nada más y nada menos que Domingo Ortega, que vivía cerca, en la casa que le hizo Secundino Zuazo, si no recuerdo mal, frente a la que años antes había construido para Sebastián Miranda. El caso es que la fiesta terminó como el rosario de la aurora. En un determinado momento un chaval, impotente ante la vaquilla, terminó poniéndole una banderilla por detrás, desde el rabo. Don Domingo no aguanto más, salió al improvisado ruedo, se acerco a la becerra, la cogió por el morro, apoyó el codo en la testuz, le giro la cabeza y la degolló como si fuese un pollo. Y se marchó. Aún le veo irse serio e indignado. Era don Domingo Ortega, tendría por entonces cincuenta y tantos años.        

La cuestión es que, si realmente la fiesta ha perdido su fuerza, empieza a tener sentido el anacronismo de que hablan los antitaurinos. Incluso sería de considerar ese martirio gratuito de un animal que denuncian los animalistas.

¿Es la fiesta de los toros algo anacrónico en nuestro tiempo?

¿Es compatible con la mentalidad de las gentes del momento?

¿Tiene futuro el toreo?

¿Es ya tan solo un folclorismo para turistas?

¿Puede el ganado que ofrecen hoy los criadores ─con carácter general─ hacer sentir al aficionado las emociones de antaño?

No tengo respuestas, pero me gustaría oír a los que saben, me gustaría.

 

 

 

 

  

martes, 22 de marzo de 2022

Una primavera más

 



     Parece que nos es dada una primavera más. Habrá que tratar de disfrutarla todo lo que se pueda, si nos dejan las circunstancias. Los viejos que somos de generaciones de las posguerras española y europea ya pensábamos que nos íbamos a ir de rositas, sin haber conocido guerra en directo, pero nos lo quieren complicar.

     Si no son los alemanes son los rusos, los humanos somos como semos. Nunca falta un roto para un descosido. En ese sufrido país que tantos millones de muertos puso para eliminar a la bestia alemana, surge ahora esté sátrapa, fascistoide y megalómano, masacrando ucranianos. Y lo hace como siempre se ha hecho, en nombre de no sé qué nacionalismo y con el apoyo de la Iglesia ortodoxa. En el nombre de Dios y de la Patria, como siempre ha sido. De joven nunca lo hubiese dicho, pero ahora, de viejo, lamento decir: como siempre será.

     Somos viejos más jóvenes que la física cuántica o la teoría de la relatividad, pero los no especialistas moriremos en la ignorancia de la realidad que esas teorías definen. Nos moriremos apoyados en Newton, como hemos vivido, y en tanto llega el día, en el bastón. Son ignorancias que se llevan bien, no estorban al levantar el chato en la tertulia del bar del pueblo, en la taberna del barrio, en la peña. Se lleva peor ver declinar eso en lo que uno ha creído siempre. Ver resurgir de la alcantarilla lo que suponíamos sumido allí para siempre. Ingenuos. De nuevo la soflama en el parlamento, en los medios de comunicación y en la tertulia tabernaria de los viejos. Se lleva peor. Se nos había olvidado ese olor rancio del paisaje gris en el que tantos años hemos vivido.

     Habrá que disfrutar de este nuevo estallido vital que nos ha sido dado. Los durillos ya están blancos y los lilos, aunque no ha hecho el frio que les gusta, apuntan su floración. El jardín se despierta en rutilantes verdes.








      

sábado, 26 de febrero de 2022

Inusitado

 





No me ha parecido obra casual de simple abandono a la espera del chatarrero. Tampoco creo que sea obra espontánea de intención artística. Menos pienso en un nuevo servicio del alcalde mínimo para dotar al paisaje urbano de detalles inusitados. A uno, la vida le ha ido limando la fantasía, le ha hecho prosaico, y se inclina a pensar que el colega del trombón, el que sopla, ha acudido a aliviar urgencias en el bar de la esquina.

No sé si los modernos calificarían a la mesa como vintage, pero el insólito conjunto, en el alcorque de la calle madrileña, alegra la vista del paseante.





    


viernes, 25 de febrero de 2022

Parece que al fín llueve

 










Parece que al fin llueve algo, no mucho, pero se agradece por la falta que hace. Da gusto caminar bajo las escasas gotas que prometen vida. Humildes y escondidos han florecido algunos narcisos; su amarillo los delata.

El mundo sigue.

Al esperpento de esos personajillos de tercera fila de la derechona ─movidos desde las oscuras sombras─ haciéndose trizas por el poder,  le ha sucedido la invasión de Ucrania por la triste Rusia de Putin. La humanidad sigue siendo lo que siempre ha sido, aunque el tiempo ponga matices curiosos: oigo a un representante del más rancio abolengo del hispano fascio redentor, habitante de este pueblo, defender las razones y el derecho de Putin, el KGB Putin, para atacar al país hermano. Qué cosas…

La covid sigue matando gente, mucha gente.

Entre la maleza han floreciendo los narcisos.

Y llueve, al fin llueve algo.





 


domingo, 23 de enero de 2022

Blog

 




Mi amigo don Prudencio parece un hombre escapado de otra época. Yo le pongo el don como él se lo pone a todo el mundo. Algo inusitado en este tiempo donde el tuteo se ha generalizado, y al usted suele dársele el uso torticero de marcar distancias con el inferior. Don Prudencio es hombre prudente, prudente y educado, pero no es hombre de otra época. Vive entre montañas de papeles y libros viejos, sí, pero maneja como un joven ─no como cualquier joven─ el ordenador que asoma en su mesa entre cataratas de papeles. También se ven hojas con anotaciones, muchas, muchas hojas, escritas con una caligrafía de letra española que yo solo he conocido en la generación anterior. Hay que haber hecho muchas planas, con plumilla y palillero, para escribir así. Pocos coetáneos escriben así.

Hago el habitual paseo con don Prudencio en este gris de enero, bajo la desnudez de las ramas que esperan la primavera, en la esperanza del sol de mediodía que penetre algo el gris y nos caldee el alma y la vejez.

─Mire usted, don P…, creo que ya se lo he dicho alguna otra vez, perdóneme, pero no entiendo por qué escribe usted en un blog informático que no está en los medios de comunicación. Sin este requisito su blog no existe.

─Lo sé, don Prudencio, lo sé. Es solo una disciplina que me impuse al jubilarme, una actividad más que, al llenar horas, me ayudase a mantener la mente activa. No me gustan esos medios, y creo que soy sincero al decir que, con que me lean los amigos, me es suficiente.

─Don P…, todos los que escribimos, escribimos para que nos lean.

─Qué duda cabe, don Prudencio. Al escribir contamos nuestro yo, pero supongo que hay niveles en esa vanidad. Este es asunto demasiado tratado, no nos conduce a nada nuevo.

─Pero sus cuartillas pueden llegar por otros medios para alegrarnos el alma a los amigos. Frescas, por el correo electrónico, sin utilizar medios que leen las máquinas, dios sabe para qué.

─Hoy todo lo leen las máquinas, don Prudencio, si a ese almacenar y clasificar se le puede llamar leer. Pero es seguro que tiene usted razón, he de considerar su opinión.

─También debe usted considerar la posibilidad de unir sus cuartillas en el viejo formato de libro, que tanto nos gusta a algunos. Pero no deje de escribir, es una buena gimnasia.

Y, al ritmo de sus bastones, los viejos continúan su andar bajo las horizontales ramas desnudas y esperantes.

 

        


 

 


martes, 11 de enero de 2022

Los que siempre han sido







Hace unos días ojeaba libros en la única librería de que disponemos en este guadarrameño pueblo donde servidor habita. Como no bajo a los madriles, por mor de la condenada pandemia, me agarro a lo que puedo, que muchas veces es un clavo ardiendo. Veo un libro de horrenda portada, escrito por aquel señor gallego con aspecto de encargado de pompas fúnebres y amenazante gancho por nariz que fue D. Wenceslao Fernández Flórez. Se publicó en Lisboa en 1938 bajo el título de O terror vermelho, y estaba hasta el momento inédito en español.

El tremendo dibujo de la cubierta y la traducción del título al castellano, lo hacen realmente amenazante: El terror rojo. Qué duda cabe de que el rojo es más terror que el vermelho. No obstante, vencen una vez más la curiosidad y la imprudencia, y me llevo el libro.

Don Wenceslao describe su particular visión de aquellos aciagos días, en el Madrid republicano, tras la sublevación de los militares en 1936, hasta que logra escapar a Portugal y encontrar refugio bajo el ala de Oliveira Salazar, …un hombre que tiene el don de conducir pueblos.

No tarda el gallego en dejarnos clara su postura ante los sistemas políticos que tratan de implantarse en España:

…nunca creí en la democracia, que no es más que un sistema que desconoce absolutamente todas las verdades y entrega su desenvolvimiento al sufragio de las mayorías…

Tampoco tarda en hacernos saber su reflexionada opinión sobre los gobernantes de la República:

 Alrededor de ese enfermo de megalomanía que es Manuel Azaña se agrupaban fracasados que juzgaban llegado el momento propicio para saciar sus ansias de pillaje…

… Azaña, gordo, fofo, amarillo de pus…

Algo que parecía de fundamental importancia para Don Wenceslao, era definir, retratar y dejar claro el origen social de las hordas asesinas que aterrorizaban la ciudad:

Y, de repente, ese populacho típico de todas las revoluciones se extendió en Madrid: infrahombres sucios, de semblante asesino; mujeres-hiena, vociferantes y desgreñadas, que llevaban en los ojos la alegría de poder matar; jóvenes desaseados, orgullosos del revólver que habían conseguido robar, para quienes el mayor placer eran las llamas de los incendios; toda la gentuza que sufre de fealdad física o de fealdad espiritual; la que lleva las serpientes de la envidia en la debilidad de la impotencia; la que representa un salto atrás, el salto del aborigen bestial que da proporcionalmente cada generación, la que no debería haber nacido si la eugenesia fuese una cosa más que una aspiración humana…

Nada menos.

Hasta el decimonónico himno de Riego merece las apostillas del gallego:

…Ese abominable himno de Riego, compendio de grosería, ensucia el alma con su insoportable aire de polca…

Y la condición de judío, cómo no, tenía que aflorar.

…Las más feroces invitaciones al crimen partían de una mujer:  la judío alemana Margarita Nelken…

He llegado, esforzado, a la página cincuenta y cinco de las ciento ochenta y cuatro de esta edición, cuidada en lo formal. Me doy por vencido; no me siento con fuerzas para más; mando el librito a tomar viento y busco algo que me acerque más a la vida que los odios del gallego de la nariz de gancho. No está ya uno para estos trotes.

Don Wenceslao vivió un cuarto de siglo en el régimen de su admirado general. Tuvo tiempo de observarlo. No tengo noticia de que su odio al azul de los monos de los milicianos que mataban se extendiese al azul o al caqui de los que mataron durante mucho, mucho más tiempo y eficacia.

Se ha logrado bastante de lo defendido entonces por las pobres, marginales, atrabiliarias figuras y clases sociales retratadas por el gallego, pero preocupa ver, en nuestros días, la repetición del discurso del fúnebre personaje en españoles y europeos del momento.

No recomiendo a nadie la lectura de este disgusto biográfico. Atiendan a él, por oficio, los historiadores, si lo creen de interés, y respiremos los demás lo logrado al margen de los Wenceslaos que siempre han sido… y serán.







 

jueves, 6 de enero de 2022

Intonsos

 





   

Me han traído los reyes unos libros intonsos, y lo estoy pasando de perlas abriendo sus páginas con el cortaplumas. No recuerdo cuanto tiempo hacía que no cortaba las páginas de un libro. Oigo al papel, al rasgarse, susurrarme historias de tiempos que fueron.

Son libros de la Biblioteca Nueva, de los años cincuenta del siglo pasado. Esa editorial centenaria a la que, hace unos años, se comió el bicho que se come todo lo apreciable.

 

 

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Los toros hoy

 




Esta es la imagen de una corrida de toros que tiene uno de mis nietos. Lo dibuja en el país americano donde vive. Me dice que vio toros un día por la televisión.

El dibujo infantil se presta a interpretaciones sociológicas. Servidor, de momento, mira y escucha.



domingo, 5 de diciembre de 2021

Sopitas de ajo

 





s posible que la inmensa mayoría de los humanos que creemos comer bien, en esta parte del mundo donde vivimos los privilegiados que comemos bien, no tengamos ni idea de lo que es comer bien. Es posible que no tengamos ni idea de a qué sabe lo que sabe bien. Lo digo porque los que componemos esa inmensa mayoría nunca hemos comido ─ni pensamos comer─ en los restaurantes de esos grandes cocineros de los que tanto hablan los periódicos, esos restaurantes con menús de precios sobre los 250 €. Cabe suponer que estos cocineros sean los definidores y creadores de lo rico. Digo yo. Conocimiento negado a esa inmensa mayoría condenada a vivir en la ignorancia.

Me asombra que, en estos días, una noticia haya llenado páginas de periódicos en competencia, nada menos, que con la última boutade de la ínclita Sra. Ayuso. Y es que el restaurante Diverxo sube el precio de su menú a 365 €.

 ¿A quién interesa esta noticia?

Pudiera ser que los periodistas estén procurando inducir a los ciudadanos a un análisis sociológico de nuestro tiempo. Pudiera ser.

La realidad es que los sufridos componentes de esa mayoría de humanos ─de esta parte del mundo en que se come─ nos apañamos con los humildes saberes y sabores heredados de los ancestros, y lo vamos llevando bastante bien. Algunos, incluso, estamos convencidos de que si alguna aportación a esto del comer tiene autentica importancia, son las sopas de ajo. Su desconocida creadora ─qué duda cabe de que fue una mujer─ ya debería tener su monumento en algún rincón de las tierras de pan llevar. Y en las otras.

 

  


domingo, 21 de noviembre de 2021

Canto de otoño

 






 


 

 

 

Y aquel día llegó lo, quizás, intuido o temido. Esa noche, unas molestias indeterminadas le habían impedido dormir bien. Temprano, tras unas rutinas mecánicas de aseo y desayuno, se sentó en su mesa de trabajo, frente al ordenador, como todos los días. Alzó las manos sobre el teclado, fijó los ojos en la pantalla y no supo qué hacer. Movió sus dedos sobre las letras y signos amagando el inicio de algo cotidiano y elemental que no fue capaz de realizar. Se pasó la mano por la cara y se restregó los ojos, como tratando de descorrer su confusión. Después, sus dedos siguieron titubeantes sobre el teclado, incapaces de coordinar la labor de poner el aparato en marcha. Algo cercano a la náusea se le cruzó en la garganta.

Acariciar la piel en el lomo del libro que tenía sobre la mesa le tranquilizó algo. Fue pasando los dedos por las letras doradas, uniendo las sílabas, pronunciando los sonidos a media voz. Abrió el libro y pasando páginas le llamaron la atención las reproducciones de unos grabados. Supo ir poniendo nombre a las distintas técnicas de las láminas: punta seca, aguafuerte, buril… Reconoció su letra en las anotaciones de los numerosos folios intercalados en las páginas, pero no entendió su significado. Leía palabras, reconocía sustantivos, entendía adjetivos, pero no el sentido final cuando se unían a verbos para formar frases.

En sus ojos hay lejanía, y en su rostro una extraña mezcla de dolor, sonrisa y estupefacción. Está sentado en el parque junto a un joven que le cuida. Su mano derecha se alza titubeante, señalando cuanto le llama la atención en el entorno. Pronuncia los nombres con voz queda. Sus palabras, al ritmo pausado de su dedo índice, van componiendo un extraño poema, un canto elemental y primigenio:

 

Rojo

Rojo

Otoño

Rojo

Cielo

Cielo

Cielo

Nube gris

Azul

Amarillo

Hoja

Hoja

Niño

Herida

Frío

Frío

Columpio

Pena

Frío

.

.

.

.

 

 


jueves, 18 de noviembre de 2021

Por Chamberí

 




El pasado martes bajé a Madrid cosa inhabitual en este tiempo pandémico─ desde el pueblo serrano donde moro. Anduve brujuleando por Chamberí, barrio en el que uno nació, a la busca de los reyes para los nietos. El barrio parece desperezarse, tímido, del letargo de la infección, pero el miedo y el recelo impiden el pleno renacer de su característica vitalidad. La gente, o parte de la gente, mantiene mascarilla y distancia. Los jóvenes menos.

Hay heridas.

El Hospitalillo de los Anises está cerrado con burdas y amenazantes cadenas en las rejas. Los azules y rojos de su reciente restauración se ajan, la madera carcomida asoma de nuevo. Ignoro la razón de este cierre. Puede que haya novedades en el viejo litigio sobre la propiedad. Puede que una resolución judicial vuelva a asombrarnos, como de un tiempo a esta parte suelen hacerlo las resoluciones judiciales. Puede.




Cuando niño, las oscuras puertas del Botón de Oro, en la calle Juan de Austria, me parecían las bocas de entrada a un mundo de rutilantes maravillas encerradas en decorados, multicolores cajones que apenas se entreveían en la penumbra de una atmósfera de misterio. Siempre me atrajo esa singular tienda. En ella me veo, de la mano de mi abuela, observando el entorno con religiosa unción durante la humilde compra, en susurros, de unos botones. Hoy es cierre metálico, abandono, suciedad, y cartel de se vende. En nuestros días el misterio suele terminar en un cartel de se vende.




La plaza de Olavide sigue viva, más o menos. Eso sí, tartamudeante por las obras, una más de esas obras que tanto parecen gustar al alcalde mínimo. Y no me refiero a sus dimensiones físicas.

Sigo viendo heridas.

Pero lo he pasado bien en el paseo, en el recuerdo sin melancolía, tan solo con una leve tristeza ante lo que desaparece. Y, además, he encontrado lo que buscaba, en ese afán de los viejos de dar a los nietos lo que no pudimos tener de niños. Quien sabe si es buen afán.




 

 



miércoles, 3 de noviembre de 2021

Ignorancia informática

 












onstatada una vez más mi ignorancia e inoperancia informática me rindo y acudo a un profesional para que me digitalice los negativos de fotografías familiares, en formatos antiguos, que he logrado rescatar de la vorágine del tiempo. Los chismes escaneadores al uso, como del que servidor dispone, no están preparados para estos tamaños de película ni para los cristales. No abundan los profesionales que sepan y quieran hacer este trabajo ─de poca demanda, digo yo─ pero creo que he dado con la persona adecuada.  Lo ha hecho bien, y además ha respetado escrupulosamente mis manías de orden en cuanto a mantener los negativos en sus envoltorios antiguos y en mis sobres clasificatorios. Lo que no es poco.

Después, he pasado unos días entretenido en ir tratando estos archivos con Photoshop, viendo como el pasado se revitaliza en volúmenes que surgen desde unos grises aparentemente desvanecidos. Utilizo este editor de fotografía de una forma primaria, y aun así me asombro de continuo con sus posibilidades. Compongo luego unos cuadernillos agrupando las fotos por tiempo, tema o lugar, los imprimo y encuaderno y ahí quedan, para quien sienta curiosidad. Si alguien la siente.

La mayoría de los viejos cojeamos a la hora de utilizar las tecnologías informáticas. Hemos aprendido tarde y mal. No ha sido nuestro idioma. No sé cómo será el mundo al que apunta esta digitalización global a la que espolea la pandemia. Un mundo que ─entre otras muchas acechanzas─ puede ser enterrado por los desechos que produce la rápida obsolescencia de los equipos, programada o surgida en el avance tecnológico.

Es mucha la tarea que queda a los jóvenes para fabricarse un futuro. Las amenazas son de dimensiones colosales. Algunas, supongo, inéditas en la historia de los humanos. En el tiempo que me quede de andar por este mundo en digitalización procuraré no cambiar de teléfono ni ordenador, mientras funcionen mal que bien. Lo prometo.

Seguiré con la más o menos inofensiva liturgia de navegar ─informáticamente─ por el pasado, dejando constancia de él a los que vienen. Por si les interesa. Asuntos más graves tienen.





domingo, 26 de septiembre de 2021

Los días se acortan

 

 




 

n esta tierra de aficionados a las apoteosis de ruido y fuego se podría pensar que el horror de Cumbre Vieja es la traca final a este tiempo de desastres. Pero no, ese vómito del mundo que está sepultando la historia y el trabajo de los hombres de La Palma  no es el final de nada, es algo consuetudinario, consustancial a la naturaleza de esta bola a medio enfriar y achatada por los polos, este rincón del infinito donde vivimos, como podemos, los humanos. Algunos en tierras de volcanes.

A los cotidianos pesares de nuestros días se ha sumado la retrasmisión en directo de las imágenes del volcán lanzando su fuego entre desgarrados ronquidos cósmicos. Las lenguas de lava descienden, y sus negros frentes de alma ígnea sepultan la obra de las gentes. Llanto y dolor. Dentro de dos mil años, si la humanidad perdura, seguirá teniendo curiosidad, y esto podrán ser ruinas arqueológicas.

Mientras, los días se acortan. Las plantas responden con ocres y rojos. Como siempre ha sido. El verano se va disolviendo en la luz gris de los cielos de otoño. Las estaciones se suceden. El mundo sigue. Mientras, una parte de la juventud se subleva ante el virus. Siempre es bueno que la juventud se subleve ante lo establecido y traten de hacer su mundo, al menos de teñirlo algo. No sabemos si es posible sublevarse ante el virus abrazándolo. Pienso en otras revoluciones necesarias que siempre quedaron a medias, pendientes de los que vengan. Veremos en qué queda esto.

La realidad es el gris de los cielos. He puesto leña en el porche a la espera del invierno. Me entretengo con una preciosa edición de los Ejercicios Espirituales de D. Ramón María que me ha regalado mi hija. Poco más puede hacer ya uno.

 

 

 

 











 


viernes, 20 de agosto de 2021

Desesperanza









 

La desesperanza parece extenderse. Se deposita como el polvo del tiempo, como la ceniza del incendio, sobre los pueblos, las calles, las cosas, la gente. Una desesperanza que enturbia ojos y endereza sonrisas.

Los viejos están desesperanzados. Su mundo se ha visto reducido a la casa y cuatro calles en el mejor de los casos, o al horror de la residencia, reducto de muerte, quizás en uno de los peores. Los viejos sienten como, al difuminarse el horizonte, se les anquilosan las articulaciones y el alma; les duelen los huesos, la ausencia de los amigos y la pérdida de su mundo.

Y yo debo de estar viejo.

De jóvenes, solo teníamos tiempo para pensar en los garbanzos, en salir adelante. Tristeza sí, claro, tristeza había, toda la que podía infundir un país triste, en blanco y negro, como era este, pero desesperanza no, no recuerdo haberla sentido. Creíamos posible un futuro. Creíamos posible vencer al tirano.

Hoy, me parece ver una juventud desesperanzada.  

Hay situaciones nuevas, en extremo inquietantes, qué duda cabe. La pandemia ha dejado una humanidad atónita en un mundo parado; y no parece nada claro que podamos regresar al que dejamos atrás. La historia de los hombres va unida a las pandemias, a todas las que han ido superando. Parece lógico pensar que esta sea una más, pero inquieta ver a los científicos titubeantes, a pesar de los evidentes logros con las vacunas.

Hace unos días veía desde mi casa un horizonte negro por el que trataba de filtrarse la bola roja de un sol de ocaso. Era humo de un incendio lejano, en Ávila, que hoy, seis días después, sigue activo. Apenas nada si lo comparamos con el mundo ardiendo, helado, inundado o destruido por huracanes de que nos hablan de continuo los medios de comunicación.

Con más o menos base científica se nos anuncian otras aterrorizantes consecuencias del cambio climático en un futuro que cada día nos colocan más próximo: pandemias por virus y bacterias redivivas surgidas del descongelado permafrost, migraciones masivas, hambre, guerra, muerte etc. etc.  

Los informes del IPCC, ese organismo de las Naciones Unidas que evalúa el cambio climático, dejan poca o ninguna alternativa a la desesperanza.

A todas estas situaciones nuevas tenemos que añadir las que podemos considerar consuetudinarias, de siempre, conocidas, repetidas en el tiempo. Pongamos por caso el reciente triunfo del mundo civilizado ─capitaneado por los yanquis─ abandonando Afganistán en medio de un absoluto caos. Asunto repetido y conocido en la historia reciente. Pero es incomprensible el inaudito ridículo de Biden, pocas horas antes de la entrada de los talibanes en Kabul, pronosticando el futuro inmediato de la zona.

Fueron sorprendentes también las declaraciones de un militar español valorando las previsibles dificultades de los talibanes ante la superior preparación y mejor dotación de armamento del “ejército afgano;” cuando las milicias debían de estar ya en la capital, o entrando con toda tranquilidad.

¿Cómo puede entenderse tanta ignorancia sobre la realidad del país que tienen ocupado? ¿Tenemos que creer que los servicios de información yanquis no pudieron prever lo sucedido?

Las religiones consuelan al hombre de su condición mortal y le elevan de su insignificancia en el universo, pero le dan la posesión de la verdad absoluta, lo que les suele hacer temible martillo de herejes. A lo largo de la historia no ha habido martillo más eficaz que el de los católicos. No es carrera que puedan igualar ya los islamistas ni su radicalismo afgano.

Nuestros particulares talibanes, los de andar por casa, tienen, de momento, el martillo en el armario, pero nunca debemos bajar la guardia. De continuo estiran el cuello y alzan la voz, para que sepamos que ahí están. Pongamos, por ejemplo, al ínclito cardenal Cañizares, a la sazón arzobispo de Valencia, pródigo como pocos en despropósitos que serían hilarantes si no conociésemos el horror de que pueden acompañarse. Y últimamente hemos tenido que escuchar al esperpéntico exministro Camuñas, en su partido político de turno, el PP, en un incompresible retorno a su añoranza, justificando, una vez más, la sublevación militar de 1936.

El PP, un partido que corre, como pollo sin cabeza, tras la conquista del poder, de su poder. Sin parar en licitudes o cuestiones de Estado. Un partido mediatizado por el muy preocupante crecimiento de esa vieja sinrazón hecha ideología que podríamos definir con la imagen de la sonrisa de Morticia Monasterio, esa sonrisa que de inmediato se hace afilado, amenazante filo de navaja.

Y enfrente, en el poder, un PSOE desnortado, con un cáncer interno y unos socios de gobierno empeñados en incomprensibles cambalaches con el palurdo e insolidario independentismo catalán.

Pues estamos listos, piensa el viejo en su constreñido mundo. No sabe si ir a tomarse un chato a la taberna, donde, de seguro, algún pepero le coloca las consabidas y profundas consignas al uso: moros de mierda y panchitos de los cojones. Estamos listos.

Servidor no puede por menos de pensar en los nietos.