lunes, 1 de octubre de 2018

El recibo









D
oña Higinia era enorme en todas sus dimensiones físicas. Parecía definitivamente encajada en un sillón de mimbre, frente a una mesa camilla, junto a un balcón que asomaba a la calle Arganzuela, sobre La Fuentecilla. Bajo su vestido negro y sus perlas surgían, en manifiesta ostentación, las blondas y puntillas de sus enaguas. Se daba aire con tintineo de oros y en cada vaivén el abanico golpeaba su voluminosa espetera; de vez en cuando lo plegaba en enérgico raaasp, dejando caer la mano sobre la página de las esquelas del ABC que tenía en la mesa, para enseguida volver a alzarla y usar el aventador como puntero con que enfatizar sus palabras. Tan pronto consideraba que sus afirmaciones habían quedado debidamente claras volvía a desplegar el instrumento de viento, y se arrellanaba en el sillón echando atrás la cabeza, con los ojos cerrados, como en un he dicho, girando la papada a izquierda y derecha para repartir los aires.

 Toda su humanidad exhalaba un olor que llenaba la habitación. Un olor que se desparramaba en vaharadas a cada movimiento del abanico; era un olor con algo de indudable componente humano, pero yuxtapuesto a un perfume dulzón que obligaba al máximo ahorro respiratorio a sus visitas.

Doña Higinia aparentaba ser viuda de siempre, pero sus inquilinos más antiguos decían haber conocido al marido, como lechero de gorrilla y alpargatas primero y como orondo propietario con sombrero y zapatos de charol después. Honorio, que así se llamaba el hombre, terminó sus días en una taberna de la calle Calatrava, de sopetón, dejando sin terminar una frase mientras explicaba el sentido de la vida a un paciente parroquiano, al que dio un buen susto y al que predicó con el ejemplo sobre lo fútil de nuestra existencia.

Algún vecino, viejo y osado, decía haber conocido a una doña Higinia joven, pupila en un merendero para algo más que meriendas, allá por las Ventas del Espíritu Santo, en el camino del cementerio.

Entre los tres primeros días de cada mes los inquilinos de doña Higinia recibían la visita de Petra, la portera, seca y renegrida, que, con el codo en la cintura, adelantaba el papelito entre los dedos índice y medio, mientras que, con cara de resignación, ojos en blanco y voz agria les lanzaba: ¡el recibo!

Los recibos estaban esmeradamente caligrafiados con la ensortijada letra que doña Higinia hacía con plumilla de pata de gallo y tinta verde. Era una labor que le duraba todo el mes, pues no todos los recibos eran iguales; entre los más sencillos de los habitantes de las guardillas y el correspondiente a don Serafín, el magistrado que moraba en el principal, había un cumplido repertorio. Las diferencias consistían en el ancho y lo cuajado de las grecas con que la casera completaba y recercaba sus caligrafías, adornos que copiaba de un tratado inglés que había comprado, años ha, a un ropavejero de la calle del Amparo, y paro los que usaba una plumilla de letra gótica y tinta china.

Tras la presentación de los recibos comenzaban las visitas. Los impagados estaban sobre la mesa camilla, junto a las esquelas del ABC. Remedios, la uniformada sirvienta, con una cofia ladeada sobre sus greñas a modo de parpusa, abría la puerta e iba anunciando cada visitante a doña Higinia, entronada junto al balcón de la sala: la señora… el señor… ¡que pase! La ceremonia se repetía mes a mes, con pocas variaciones en el guion. Las mismas argumentaciones y las mismas contestaciones de la casera, que era capaz de llevar las cuentas de ingresos de cada inquilino. Fuese el opositor de la buhardilla: el día veintisiete te llegó el giro de tus padres, así que saca los cuartos y toma tu recibo, guapín. Fuese la Trini, la del tercero: pues este mes has tenido los clientes de siempre y ocho nuevos, más tres juergas de las que han protestado todos los vecinos, así que apoquina, nena, que no estamos para caridades. Fuese doña Luisa, la viuda del segundo, que tan pronto iniciaba su relato, a doña Higinia le entraban las prisas y agitaba la campanilla: Remedios, acompaña a doña Luisa, que se marcha, y dale un capacho con esas verduras que nos han llegado esta mañana. Mientras, la casera ya había colocado el recibo frente a la viuda, que lo recogía con disimulo.








   


jueves, 13 de septiembre de 2018

El rollo de Matilla de Arzón



















A
 Matilla de Arzón se llegaba desde Pobladura por una interminable cuesta que discurría hacia el este, entre bacillares con almendros en las lindes. Guardo en la memoria el paisaje de mi infancia y juventud, hoy alterado por la concentración parcelaria, el abandono de los cultivos y la construcción de dos autopistas que vuelan sobre el viejo camino, perpendiculares a él, indiferentes quizás al país que atraviesan, conectando otras realidades más propias de nuestro tiempo.

Matilla era un pueblo más en el Páramo leonés, de pesadas construcciones de tapia con brillo de paja en los trullados que cubrían los paramentos de las más humildes y calicostrados en las fachadas más pretenciosas. Sí, Matilla era un pueblo humilde, como todos en esa tierra escueta, de sopas de ajo y tocino. En sus campos mujeres tapadas, con tan solo los ojos al aire; y hombres enjutos, acecinados, vestidos con panas mil veces remendadas, con las manos, con aquellas manos hoy imposibles, sobre la mancera del arado romano, sobre el astil de la azada, sobre el yugo que unce a las vacas y en el que se apoya la aguijada que dirige el lento arrastrar de las carretas de parva.

Imagen de uno de aquellos labriegos es el dibujo con que el maestro Baltasar Lobo retrató a su tío Teodoro. Baltasar fue natural de Cerecinos, pueblo cercano a Matilla, en la inmediata Tierra de Campos, ya algo más Castilla que León; murió en París, en 1993, en la ciudad que le acogió como artista.

Pero Matilla tiene una singularidad que nos habla de pasadas importancias, y es su picota, su rollo jurisdiccional.

Me ha venido hoy a la memoria Matilla y su rollo al ver la última consecuencia de ese chiringuito dirigido desde 2001 por un natural de este pueblo, del que no parece que sus paisanos puedan sentirse muy orgullosos. Me refiero al denominado Instituto de Derecho Público, de la URJC, en manos, hasta su cese, del matillano Enrique Álvarez Conde. Derecho, derecho, no parecía el Instituto, no, menos derecho que el rollo del pueblo de su director, erecta imagen de viejas justicias, se supone. Todo parece indicar que esta institución pública era un mero negociete en que se vendían másteres a políticos emergentes, es decir, capaces de devolver favores en el futuro.

Y del prometedor ramillete de señoras ministras que nos ofreció Pedro Sánchez ya falta una flor. La señora ministra de Sanidad cayó también en la tentación de acudir al chiringuito del matillano a comprarse un máster. Vaya por dios. No es que esta señora tenga un currículo deslumbrante, no, sus méritos se circunscriben a la militancia en el partido, pero formaba parte de algo en lo que muchos hemos puesto la poca esperanza que ya somos capaces de poner en asuntos de este tipo.

Me pregunto cuánta caca puede aún emanar del tingladillo que se montó el matillano. Los periodistas que hurgan en esos basureros suelen espaciar la publicación de sus hallazgos, por aquello de vender los periódicos que les dan de comer.

Y oigo, ­­­­mientras escribo esto, que al fin venden las bombas a los saudíes. Sí, se las venden. La pela es la pela, que diría cualquier quintorra al uso. Qué mundo este.   
       






viernes, 31 de agosto de 2018

Yo zoy epañó, epañó, epañó










Supongo que me queda poco del dolorido pecho con forma de España del Blas de Otero de mi juventud. Supongo que mi pecho, con años y esfuerzo, ha ido tomando formas menos amplias, más constreñidas a mi inmediatez, más de andar por casa. Pero al fin y al cabo uno es de la generación siguiente a la de don Blas, lo que significa que fue “educado” por inmersión total en las rutas imperiales, caminando hacia Dios, con la mirada clara y firme y la frente levantada. El sufrido don Blas, con otros, fue parte del jabón con que tratamos de limpiarnos los pringues de tan tremendo baño. Hicimos lo que pudimos. Los que lo hicimos. Y quedamos como hemos quedado.

Digo esto porque ante determinadas noticias veraniegas me sorprendo a mí mismo con un sentimiento que podría calificar de algo parecido a “dolor patrio”, nada menos; quizá algún resto de pringue imperial. Son noticias a las que podría calificar de esperpénticas, pero me niego por respeto a don Ramón María, que puso el concepto a un nivel que no pueden alcanzar estos cutres asuntos.

Tenemos, por ejemplo, lo que han dado en llamar Tomatina de Buñol, un gigantesco absurdo que tiene lugar el último miércoles de cada agosto. En un pueblo de 9.000 habitantes se reúnen 20.000 personas para arrojarse mutuamente y refocilarse en el jugo de 145.000 kg de tomates. ¿Cabe mayor despropósito? ¿Cabe mayor insulto a los que tienen hambre?

Quiero creer, me apetece creer, que mi bisabuelo León, al que no conocí pero sé que nació en Buñol, no podría asimilar esta insensatez veraniega de su pueblo natal.

Y como toda necedad es superable, ahí tenemos el Bolaencierro del guadarrameño pueblo de Mataelpino. Hace unos años, la falta de presupuesto municipal impidió la adquisición de toros que soltar al mocerío por las calles del pueblo. Y ahí surge el ingenio patrio, en los momentos de auténtica necesidad. Un preclaro cerebro ideó la sustitución de las reses bravas por una bola de tres metros de diámetro y trescientos kg de peso que, descendiendo por las cuestas serranas y encauzada en las talanqueras que antaño conducían a los toros, aplastase en su caída a quienes no tuviesen la habilidad de esquivarla. Apasionante. Bueno, pues ahí llevan los mataelpileños siete u ocho años con la bolita, suministrando aplastados a las urgencias hospitalarias. Y nunca falta mocerío dispuesto a correr delante del canicón. Asombroso.

Y la guinda veraniega nos la ponen los de siempre, preocupados por si se nos olvida quiénes somos y dónde estamos, según ellos. Un grupo de militares nos lanza su Declaración de respeto y desagravio al general Francisco Franco Bahamonde. Así, sin más. Estos funcionarios, en distintos grados o escalas jubilares, pero todos cobrando del Estado, se han sentido en la obligación de contestar, con el valor y la gallardía que tienen tan acreditada, al nuevo ataque rojo. Se refieren al, bienintencionado pero balbuciente, propósito del gobierno socialista de poner fin a la exaltación de aquel militar que se sublevó hace ochenta y dos años contra el gobierno legítimo de este país, defendiendo intereses de clase y sumiéndolo en uno de los periodos más grises y crueles de su historia.

 En España, aún, es posible esta exaltación.

Y no sigo, que al final me dolerá el pecho, tenga la forma que tenga.










        

miércoles, 1 de agosto de 2018

Cabestreros













—¿Y cómo dice usted que se llama? 

—Dióscoro, me llamo Dióscoro. 

—Pues no tenía oído yo ese nombre, mire usted, y cuidado que en mi pueblo son dados a los nombres raros; pero ese no, ese no lo había oído. Mi gracia es Abundio, que tiene más inri que gracia, digo yo, pero así eran las cosas antes: el abuelo Abundio, el padre Abundio, pues el niño que se joda y Abundio se llame. Y usted… ¿también tiene el nombre heredado? 

—No señor, no, que servidor es hospiciano, y los hospicianos no heredamos ni nombre. No tenemos pasado más allá de lo que alcance nuestra memoria. Nací un 18 de mayo, según los papeles, y las monjas me bautizaron con el nombre del santo del día, me tocó Dióscoro, y Dióscoro he sido. 

—A mí, de niño, me pesó el nombrecito, no crea usted; no llevaba bien el tener nombre de tonto, me dolían las bromas de los compañeros, y no eran pocas, no. 

—Yo, de pequeño, incluso de joven, estaba convencido de que mi única propiedad y singularidad era el nombre, mi nombre, por lo que llevaba mal la manía de la gente de cambiármelo o abreviarlo en Dio, Coro, o en vaya usted a saber. Dióscoro, me llamo Dióscoro, era mi advertencia. 

―Eso también le pasa a un tabernero de ahí abajo, quizás usted le conozca, se llama Práxedes y parece que el nombre es el mayor bien que le ha dado el cielo. Pobre del que se permita una broma. 

—Buenos días tengan ustedes. 

—Hombre Pepe, buenos días. Aquí estoy, con este señor al que he tenido el gusto de conocer y que te presento, tiene un nombre bien sonoro: Dióscoro; Pepe es un viejo amigo, vecino del barrio, buen carpintero y mal jugador de mus, tenerle de compañero es perder seguro. Pues, Pepe, charlábamos este señor y yo sobre los nombres que nos han caído en suerte, y lo que esos nombres nos han supuesto en la vida. 

—En eso poco puedo yo aportar. Llamarse Pepe es apenas llamarse. Todo lo tiene que poner uno, es nombre que no da nada. 

—Ni quita, que no es poco. Durante toda mi vida he tenido la sensación de que, al decir mi nombre, la gente miraba a ver si tenía cara de tonto. 

—Y usted, Dióscoro, ¿vive en el barrio? 

—Estoy pasando una temporada en casa de una hija que vive aquí al lado, en Mesón de Paredes. Hace un mes que murió mi mujer y me he quedado algo desorientado. Vivo en Bilbao, allí he vivido muchos años, aunque soy de Palencia. Aprendí de casi niño el oficio de cajista de imprenta, un oficio que pronto se fue quedando caduco, pero la formación que me dieron me sirvió para irme adaptando bien a los cambios, a las nuevas tecnologías. El oficio me llevó a Bilbao, y del oficio he vivido hasta la jubilación, hace algunos años. 

Una repentina agitación en la plaza interrumpe la charla de los viejos. Se levanta el corro multicolor de senegaleses junto a la fuente de Cabestreros, se levantan los turistas de la inmediata terraza y los magrebíes de chilaba de los bancos cercanos a los viejos. Todos miran a la anciana del grito y el brazo alzado hacia los muchachos que corren calle arriba, con el bolso que le han arrancado. 

El colorido Lavapiés de nuestros días tarda unos momentos en regresar a su desquiciada cotidianidad. 


martes, 12 de junio de 2018

Doce de junio












E
s un doce de junio de jersey y algo más a la tarde, aquí, por este Guadarrama aún sin verano. Hoy hace un año que cumplí setenta, y a mis cincuentayveintiuno todo sigue igual, más o menos igual, en el constreñido ámbito de mis circunstancias. Sigo observando con atención crecer las plantas, barro hojas, corto ramitas, animo a los geranios y a las rosas en su floración, agradezco a las celindas la exuberancia de su blanca sencillez... Y cuando me canso viajo, viajo bastante, viajo a los mundos de esos hombres dados a inventarse mundos y que han tenido la deferencia de contárnoslo en sus libros. Menos mal que siempre ha habido individuos de este pelaje.

Y en estos días, para compensarnos de tristezas como la torpe xenofobia de Quintorra o la brutalidad de Matteo Salvini, los socialistas han sido capaces de darnos la alegría de orear este país. No sé cuánto podrán, pero ya han podido mucho. Siempre agradeceré ese ilustre ramillete de señoras prometiendo sus cargos de ministras. Hermoso. Esperanzador. Hacía falta. Gracias. Y estos aires —miel sobre hojuelas— también han ventilado algunos de los tufos que a tantos nos apartaron del socialismo hace muchos años. Esperemos que la ventilación continúe por la querida Andalucía.

Y anoche, a las doce y media, me llega un video de mi nieto Gabriel —en octubre hará cuatro años— cantándome con su guitarra la primera felicitación del día. Pues qué más quiero.












lunes, 4 de junio de 2018

La Doro










A vida é a hesitação entre uma exclamação e uma interrogação.
Bernardo Soares


…?


E
n su entorno inmediato fue la Doro; en el mercado, donde pagaba religiosamente, la señora Doro; y en el Registro Civil fue Dorotea de Miguel Cansino. Durante muchos años vivió en una buhardilla de la madrileña calle de Toledo, separada tan solo por la ripia y la teja del hielo de enero y el sol de agosto. Se ganaba la vida regentando un chiscón de madera habilitado en el portal de la misma finca. Chiscón y buhardilla fueron el pago que por toda su juventud le dio un tipo barrigón, entrador del matadero, traje a rayas, habano, palillo entre los labios, reloj de oro, dientes de oro, y uña larga en el meñique derecho.

En el cuchitril del portal, acunada en las coplas de Estrellita Castro que emanaba su Telefunken, la Doro vendía unos caramelos de azúcar y vinagre que ella misma hacía. También cambiaba sobadas novelas de amoryguerra a modistillas y aprendices que intentaban sacar la cabeza de su cotidiana miseria. Pero el fuerte de su comercio fueron los afamados cigarrillos de producción propia, liados con buen papel de arroz y la materia prima que unos colilleros —cosechadores en barrios selectos— le suministraban. Ella sabía clasificar por calidades y airear y secar el tabaco para lograr tan apreciado producto.

Tan pronto como la Doro dejó de interesar al tipo barrigón, el Niano se le coló en la buhardilla y ya no hubo forma de echarle. Justiniano Trancoso dejó sus dos piernas por algún rincón del frente de Tarragona en agosto de 1938, se las llevó una granada de mortero “nacional” mientras se jugaba a los chinos un paquete de “caldo” con unos paisanos. Si la movilización le hubiese pillado en otro sitio la granada habría sido del bando opuesto, y el Niano podría haber sido don Justiniano, del Benemérito Cuerpo de Caballeros Mutilados por la Patria. Pero las cosas fueron como fueron y el Niano solo pudo ser un lisiado que se arrastraba sobre la plataforma de hule que reforzaba sus posaderas, y se servía del carrito que le fabricó su cuñado Demetrio, un manitas que también le hizo los tacos de madera que ajustaba a sus manos con correas y con los que se impulsaba a modo de remos. Era de ver la habilidad que llegó a desarrollar y la potencia con que sus brazos le proyectaban, en salto prodigioso, de su vehículo a la banqueta de la barra de un bar tan pronto le invitaban a un chato. Era igualmente de ver la velocidad con que ascendía los tramos de escalera hasta la buhardilla, al llegar la hora del pobre cocido que lograba hacer la Doro. Pero esa potencia no duró siempre, y llegó un momento en que la asunción y descenso del Niano requirió del artilugio que el bueno de Luisón, el pocero del segundo, instaló en el hueco de escalera. Mediante unos polipastos y un torno de los usados en su oficio construyó un ingenio que elevaba o bajaba al lisiado en su carrito, teatralmente iluminado por el cenital tragaluz, con el esfuerzo de los cada día más debilitados brazos de la Doro y la ayuda de algún vecino.

De la relación triste de la Doro y el Niano vinieron al mundo dos criaturas que solo duraron días. También llegó Luisillo, cuya vida fueron dieciocho años de sufrimiento. Todas las taras del hambre y la miseria de siglos quisieron concentrarse en aquel cuerpecito, que sin embargo albergó un espíritu bondadoso y sensible al que no corrompió la sordidez del entorno. Estudió algo, lo que su madre pudo pagar y su pobre naturaleza soportar, en el vecino colegio de La Paloma. Tenía una sorprendente facilidad para el dibujo, y en ello encontró el medio de ayudar a su madre: copiaba santos de un libro de estampas que le había regalado un profesor del colegio, y el ciego Tomás, vecino de la casa, los vendía en el mercado de La Cebada mostrados como pliegos de cordel. Las ganancias, repartidas al cincuenta por ciento, no daban para mucho, pero eran algo.

También llegó la hora del Niano, cuando tan solo era un peso muerto para la agotada Doro, que solo recibía ya manotazos e improperios.

Vinieron después unos años más tranquilos, en que la mujer fue adaptando a los tiempos la mercancía ofrecida en su zaquizamí. Poco obtenía, pero poco necesitaba.

Y sucedió que un día llegaron los hijos del ya casi olvidado entrador del matadero reclamando el desalojo de su propiedad. La Doro nunca había llegado a tener escrituras.

Después fueron años terribles de calle y limosneo hasta ser recogida por la beneficencia pública en situación de absoluta demencia.

Hoy, Dorotea de Miguel Cansino es unos ojos perdidos en inmensa interrogación, y un amasijo de hueso y pellejos colocado en un rincón del asilo sobre una silla de ruedas que los empleados cambian de sitio cuando estorba.

                 


martes, 13 de marzo de 2018

La Casa del Gallo


















A la inusitada llegada de Nicolás todos los muertos han querido asomarse, curiosos y fugaces, por las cristaleras que cierran el corredor de la planta alta. Unos le son conocidos, otros menos, otros nada, y más que reconocerlos los intuye. Unos son antiguos habitantes de la casa, connaturales a ella, otros son anteriores y se acogen a este recinto en el que aún se guarda algún jirón de su existencia. No le esperaban por estas fechas y su presencia ha alterado el manso resbalar de esas sombras sobre los muebles, los cuadros, los libros, las fotografías; ha trastornado su reposada cotidianidad al recorrer las habitaciones, abrir los armarios o leer documentos arrinconados. No es que él les moleste, todo lo contrario, es sorpresa y es esperanza lo que Nicolás adivina en la inquietud de las sombras. Demasiada esperanza. Y también hay, como no, rubor al sentirse observados en los retratos, en las cartas y papeles que sacan a la luz su humanidad sepia y olvidada.

No termina de tener claro qué es lo que le ha traído a la casa en esta época, en este invierno extraño en que a días de hielo con un viento que entra por todas las rendijas y se cuela hasta el alma, le siguen mañanas de sol primaveral en las que, desde el mirador del despacho, ve a los viejos apostarse en la solana de la plaza, a calentarse los huesos, juntos, en silencio, las manos en la cachava, los ojos y la memoria dios sabe dónde. A Nicolás le asusta relacionar su propia vejez con la llegada a la casa. La realidad es que cada día se siente más achacoso; le duele la espalda y el cuello y las manos; las manos le duelen dedo a dedo, a nada que haga, a nada que las use. Y últimamente ha creído sentir avisos de importancia, una presencia hasta ahora desconocida: ha sentido, siente, su corazón; y al acostarse esa presencia se hace más notable, es un desacompasado golpeteo que incluso le parece oír. Y hay otra dolencia quizás peor: hace tiempo que ve cómo se le va llenando el alma de indiferencia y apatía.

No tiene razones claras pero aquí está, en el que fue despacho de su padre y sus abuelos, hurgando entre papeles que nunca antes le habían interesado, recorriendo las habitaciones de la interminable casa, cada una con su pequeña historia recibida de la familia, de los empleados o del pueblo. Desde hace años solo pasaba aquí unos días entre los meses de septiembre y octubre, y escapaba a Madrid tan pronto sentía los primeros fríos.

Siempre fueron los Gallos, y algunos hicieron por justificar el apodo. Esta fue siempre la Casa del Gallo, y un gallo se ve en la clave del arco adintelado de la puerta, desde que su abuelo Quirce lo mandó esculpir al construir la casa en 1917.

No sabe si fue el primero, pero quizás el gallo mayor fue su bisabuelo Dalmacio Valdueza, la sombra menos tímida y fugaz de cuantas ahora observan expectantes su presencia en la casa; un maragato que emigra a La Argentina con dieciocho años, en 1868, a la provincia de Río Negro, en la Patagonia, donde solía concentrarse la emigración leonesa. Allí comienza a trabajar en la pulpería de un paisano de Val de San Lorenzo, y pronto su  instinto trajinero le lleva a hacerse con un carromato con el que repartir mercaderías entre las aisladas chacras y haciendas. En unos años ya tiene varias pulperías propias y una red de distribución y venta por la comarca. En 1898 dispone de un capitalito que le permite pensar en la posibilidad de regresar a su tierra, lo que unido a un asunto del que a Nicolás solo le ha llegado confusa noticia, le hacen liquidar sus propiedades y embarcarse hacia España con su mujer y sus hijos. Se instala en León, donde abre una tienda de ultramarinos. De nuevo su sentido comercial y sobre todo su natural algo o mucho trapacero, le hacen ver la oportunidad de comprar por tres perras las viñas destruidas por la filoxera, que ya se ha extendido por la zona. Compra tierras en el Páramo y en el Bierzo, y con un locomóvil que trae de Inglaterra arranca las cepas de raíz y las replanta con pies americanos que injerta con las variedades locales. Nicolás llegó a ver lo que quedaba de aquel enorme trasto que despertaba sus fantasías infantiles, una montaña de hierro y telarañas que se oxidaba en un pajar. A su muerte en 1930 Dalmacio es uno de los mayores productores de vino de la región y tiene tiendas de ultramarinos en todos los pueblos importantes de la provincia.

Este es el origen de la fortuna de la familia, el origen del dinero de los Gallos, sobre el que la oralidad popular ha creado, como suele ocurrir, versiones bastante más interesantes que la siempre tozuda y repetitiva  realidad.


*****


Los viejos van subiendo la cuesta del cotarro hacia las ruinas del convento. Caminan bajo los entrelazados muñones de los plátanos que fueron sustituyendo a los negrillos vencidos por la grafiosis; aún queda alguno, enorme y poderoso, con el tronco encalado, empeñado en reverdecer cada primavera. La mañana está fría y húmeda. A José le ha costado salir de casa; hace ya tiempo que se le hace pesado este paseo de los jueves escuchando el monotema de Emilio, su salmodia sobre el anticlericalismo hispano; tiene ya dos libros sobre el asunto y sigue dándole vueltas. Pero a José ya se le hace pesado todo; es consciente de que no aguanta nada ni a nadie, de que su carácter se agria. También le retrae el saber que al llegar al convento les esperará algún nuevo disgusto: será el avance de la ruina, las plementerías que van cayendo dejando las nervaduras dibujadas en el cielo, o los continuos robos que nadie parece interesado en detener, o esas absurdas pintadas de los jovencitos sobre los más sutiles elementos constructivos, o los montones de escombros que van vertiendo los chapucistas. Hace más de medio siglo que José comenzó su lucha por conseguir algún grado de protección para estos restos conventuales que la desamortización llevó a manos privadas y a la ruina. Hoy, la protección existe sobre el papel. Sacaron a las ovejas que por entonces dormían en la iglesia y pusieron una valla cercando el conjunto, pero ya está caída y nadie se ha vuelto a preocupar por estas piedras medievales.

Pasa del mediodía cuando bajan la cuesta del cotarro. Parece que hace menos frío. Algún rayo de sol logra penetrar los grises poniendo algo de color a la mañana. Al fondo, humea la ciudad somnolienta.

Ambrosio les sale al encuentro. Es un anciano mínimo, con una barba incontrolada y unos disparados pelos blancos escapando de su sombrero. Fue profesor de latín en el Instituto y hoy entretiene su tiempo tratando de poner orden en algunos archivos olvidados y escribiendo en octavas reales interminables odas que nadie lee. Un osado aventurero por el mundo de los libros y habitual contertulio del Jardín de Epicuro, amante de ese mundo sin aspavientos. Ambrosio se acerca a sus amigos con pasos titubeantes, adelantando una mano trémula que parece querer hablar antes que su boca.

—Buenos, buenos días. Supongo que os acordáis de que hoy comemos con Nicolás, me ha llamado hace un rato para recordármelo.

—Buenos días, Ambrosio —dice José—. Sí, a mí también me ha llamado esta mañana temprano. He intentado convencerle de que comiésemos fuera, pero no, quiere que sea en su casa. Con lo poco que me gusta esa casa.


*****


Tras el dintel del gallo la penumbra del hall con arrimaderos de azulejos modernistas, damero en el suelo, oscuro artesonado, y aspidistras en tiestos de azules y amarillos talaveranos. A José se le encoge el ánimo, desearía encender luces y abrir ventanas que oreen los tufos a tiempo viejo que se enreda en la oscuridad de esos rincones. La luz sur del comedor alegra algo la solemnidad rancia de la casa. La doncella, anciana y temblorosa, cofia, bata negra y delantal de almidonados vuelos, amenaza verter la sopera sobre el hombro de cada comensal.

Los viejos comentan lo urdido por la fantasía popular sobre los  Gallos y sus dineros, les llama la atención el nuevo e inusitado interés que muestra Nicolás por sus ancestros.

  —Nunca había oído nada de esa relación que comentas entre vuestro capital y la compra de viñas filoxéricas. La plaga fue un asunto traumático, sobre todo en el Bierzo; dejó a muchos jornaleros sin trabajo y fue origen de bastante emigración. Es curioso que no se haya incorporado esa faceta al imaginario popular.— Dice Emilio.

—Ese imaginario —apunta José— de lo que más se ha nutrido es de las actividades de tu bisabuelo y de sus hijos como prestamistas. Esa es la base de todas las leyendas y sambenitos que os han adjudicado.

—Dalmacio tuvo alguna actividad de ese tipo, creo, pero quien más se dedicó a eso fue uno de sus hijos, Adrián, hermano de mi abuelo Quirce. Supongo que de él parte la fama de usureros generalizada a toda mi familia. Pero quizás quien más datos tenga sea Ambrosio, que ha hurgado más que yo en los archivos.

—Sí —dice Ambrosio—, Adrián ejerció de prestamista en toda la provincia, llegó a ser un pequeño banquero. Prestaba a los labradores que esperaban la cosecha que podía llegar o no llegar; y cuando no llegaba o llegaba escasa, los bienes en garantía cambiaban de amo. La historia de siempre. Yo conocí la casa que se hizo Adrián, a prueba de robos, un auténtico fortín lleno de artilugios para controlar entradas y salidas. En ese oficio es más fácil tener enemigos que amigos, y es de imaginar que por ahí anda la causa de su asesinato en agosto de 1936, y no como se ha dicho sus ideas políticas, que eran bastante cercanas a las de los sublevados.

La tarde cae lenta tras los visillos. Los ancianos siguen rebuscando en sus recuerdos y en lo recibido de la oralidad familiar y popular, contrastándolo con lo que escuchan al último representante de la saga de los Gallos, que disecciona su historia con total desapego.

—De mi abuelo Quirce, el constructor de esta casa, todos tendréis alguna memoria viva, pues murió en 1965. Si mi bisabuelo fue un mercachifle algo trapacero y muy trabajador, y su hijo Adrián un usurero, mi abuelo fue un vividor sin el menor interés por los negocios familiares, atento tan solo a gastarse los cuartos que producían las actividades de su padre y hermano. Pero el sino fue que se casase con mi abuela Remedios, que era todo lo contrario. Durante muchos años esta mujer administró la hacienda familiar y la amplió considerablemente con acertadas inversiones, mientras trataba de controlar a su incontinente marido. Recordaréis su imagen delgada, de negro, con velo y devocionario camino de la iglesia. Yo sigo viéndola en ese despacho gestionando sus negocios, con aquella mirada que hacía tartamudear a la gente. Me daba miedo. Nunca recibí el menor maltrato de ella, tampoco muchas caricias, esa es la verdad, pero su imagen y su adustez me asustaban. Fue hija de una familia humilde, de un carpintero gallego empeñado en que su niña progresase. La mandó a Madrid, a casa de una hermana, y allí estudió música y llegó hasta la Escuela Normal, mucho para su tiempo. Y allí también conoció a mi abuelo, un simpático juerguista que supo cautivarla. Quizás fue la sensatez de Remedios lo que llamó la atención de Quirce, puede que buscando inconscientemente aquello de lo que él carecía.

—Estoy viendo a tu abuela Remedios cuando visitaba el colegio. Era “la señora benefactora”, y todo eran reverencias y zalamas. Sí, era una presencia que daba miedo a los niños y a los no tan niños.— Recuerda José.

—Yo —dice Emilio— guardo la imagen de aquella figura negra que se levantaba en la iglesia imponiendo su presencia, y ascendía lenta hacia el ambón de las lecturas. No cabe imaginar mayor silencio. Allí desaparecían curas y monaguillos, solo existía la figura poderosa, la voz reposada y el levantar la mirada durante los amplios silencios que parecían depositarse sobre una concurrencia boquiabierta. Después era el descenso solemne hasta su reclinatorio en el lado de las mujeres. El mundo tardaba en volver a girar.

—Pues de Quirce, en cambio, todos los recuerdos son leves. Era todo alegría. Parecía vivir para hacer del mundo una fiesta, y la gente le quería. Creo que le quería incluso su mujer, a pesar de sus desmanes. Con él todo eran risas y regalos. Dos mundos muy distintos conviviendo en esta casa durante los periodos en que mi abuelo no estaba en alguno de sus continuos viajes.

—Tu abuelo también tuvo una hermana, creo… recuerdo alguna historia…

—No, mi abuelo solo tuvo un hermano, Adrián, del que os he hablado. Supongo que te refieres a mi tía Inés, la única hermana de mi padre. Desapareció a poco de nacer yo. Aún está arriba su cuarto tal y como ella lo dejó, después de casi ochenta años nadie lo ha usado, una especie de temor reverencial parece haber protegido esa habitación. He buscado entre los papeles de mi tía datos que me completasen su imagen. Poco he encontrado, es indudable que a su desaparición se destruyó lo que molestaba. Mirad, en esa foto está con su madre, debe de ser el año treinta y cuatro o treinta y cinco; como veis se parecían mucho. Inés aprendió piano y solfeo con don Elías Huerga, aquel organista de la catedral que quizá recordéis. Estudió letras en Salamanca y después pasó un tiempo en París, no sé bien por qué motivo. Parece ser que poco antes de la guerra mi abuelo contrató a un joven pintor que había venido a hacer restauraciones en la catedral, quería que diese clases de dibujo a su hija. Es de suponer que en el treinta y seis el joven fuese movilizado, pero no tengo la menor noticia. El caso es que Inés estuvo encerrada en esta casa desde el inicio de la guerra hasta su inexplicable desaparición el año cuarenta y uno. Tan solo he oído de alguien que dijo haberla visto subir a un tren. Ninguna noticia más. Simplemente desapareció. En ese cuarto de ahí arriba hay decenas de acuarelas y dibujos retratando a un joven con uniforme militar o con bata blanca, paleta y pinceles. También está retratado en los márgenes de algunas partituras, junto a fragmentos subrayados. A los empleados y al rumor popular he oído hablar del amor y de una inmensa pena en Inés. A nadie de la familia he escuchado nada al respecto.

—Mi madre conoció a tu tía, debieron de ser algo amigas, me contó la historia adobada con la cruel oposición de la madre a la relación con el pintor.— Dice Emilio.

—Nunca me habló de ello, pero creo que la desaparición de su hermana afectó mucho a mi padre; esto y la mala relación de mi madre con su suegra debieron ser las razones por las que pasamos tantos años alejados de esta casa.

— ¿Has indagado sobre lo que pudo ser de tu tía?— Pregunta José.

—Algo he hecho, pero nunca logré saber nada. Y en la familia todo ha sido silencio.

— ¿Y sobre el pintor, has investigado?

—Sí, y también sin resultado. Es sorprendente, pero no ha quedado el menor rastro de esa persona. En realidad no conozco ni su nombre completo. Ambrosio ha buscado también en la catedral, donde parece ser que trabajó, y tampoco ha encontrado nada.

—Así es. En los archivos no hay el menor rastro de ese restaurador. Es algo extraño, desde luego.

—En el momento de la sublevación militar del treinta y seis mi padre vivía en Madrid, donde estudiaba Medicina. Fue movilizado y destinado a sanidad, pasando por distintos hospitales de sangre según el desarrollo de la guerra. En uno de estos hospitales conoció a mi madre, una enfermera galesa llegada con las Brigadas Internacionales. Como podéis imaginar, al finalizar la guerra ambos tuvieron serias dificultades. Mi madre, que ya conocía a mi padre, se negó a irse en la retirada de las Brigadas en el treinta y ocho, y en agosto del treinta y nueve fue encarcelada. Mi padre fue llamado de nuevo a filas para cumplir el servicio militar en el ejército victorioso. El abuelo Quirce, con su gracejo y sus buenas amistades entre los vencedores, movió los resortes que bien conocía y consiguió traerse a la pareja a la Casa del Gallo. Unos meses después nací yo, aquí, en esta casa que tanto le gusta al amigo José. Entre mi madre —marxista teórica— y mi abuela, la relación fue difícil. Debieron ser tiempos duros en la Casa del Gallo. La desaparición de mi tía terminó de enrarecer el ambiente, pues mi padre veía en la intransigencia de su madre buena parte de los motivos que condujeron a Inés a la decisión que tomó. A finales de 1945, tan pronto terminó la Guerra, mi familia partió hacia Gales, el país de mi madre. Vivimos unos años en casa de mis abuelos maternos, gente sencilla y cariñosa, mientras mi padre conseguía su título de licenciado en Medicina. Luego se establecieron en una población cercana, donde mis padres ejercieron sus oficios y yo pase una infancia que creo poder calificar de feliz. El recuerdo de aquellos años siempre me llega acompañado del fragor y  la espuma de las olas que rompían en las rocas por las que los niños saltábamos en una libertad que siempre he añorado.

—Recuerdo el regreso de tu familia. Tendríamos once o doce años, estábamos en segundo de bachillerato, creo. Tu acento y las historias que nos contabas supusieron una nota de exotismo en aquella infancia nuestra, tan provinciana.— Dice Emilio.

—Mi madre murió en 1952. Una breve enfermedad terminó con su vida y dejó a mi padre desarbolado, por lo que decidió regresar a su tierra. Creo que nunca llegó a recuperarse del todo. El resto de mi historia os es de sobra conocido, no voy a daros más la lata. De mi persona qué puedo deciros que no sepáis. Ahora os llama la atención mi repentino interés por esta casa y por mi familia, a mí también, os lo aseguro. Sabéis que no he sentido mucha pasión por los Gallos ni por esta casa. Es la verdad, nunca he tenido carácter de gallo, no creo que nadie me haya visto nunca gallear. Tampoco me he servido mucho del capital familiar. He hecho lo imprescindible para administrarlo y no causar problemas a las personas que de él han dependido. He vivido con mi oficio de enseñante, por el que tampoco he sentido excesiva afición, ni he tenido el talento suficiente para descollar como intelectual. Todo lo he hecho con trabajo y sentido del deber, sin mucha pasión.  La cuestión es que ya soy viejo y me siento viejo, no tengo descendencia ni familia ninguna y no sé qué hacer con este patrimonio heredado. Vosotros me conocéis desde niño y me inspiráis la suficiente confianza como para permitirme involucraros y pediros ayuda en este asunto. Quiero que me ayudéis a dar un destino adecuado a ese dinero de los Gallos, origen de tantas realidades y fantasías populares de este lugar del mundo donde hemos nacido. No, no me contestéis ahora. Ya supondréis las vueltas que le he dado al asunto. Pensadlo, y si lo consideráis oportuno me hacéis vuestras propuestas.

Los ancianos salen de la Casa del Gallo ya anochecido. En las calles, la suciedad antigua de los jueves de feria y la algarabía moderna que escapa de los garitos de la juventud.


*****


—Dices que te sientes viejo, pues ten en cuenta que algún pañal te he cambiado. Como tú, nací en esta casa, en esa habitación de la buhardilla donde siempre he vivido. Tú y yo fuimos los últimos niños que han corrido por estos pasillos. He pasado mi vida manteniendo esta vieja gallera de muertos; siempre esperando tu visita; limpiando el polvo de las acumulaciones de trastos que llenan las vitrinas y que tu abuelo traía de sus viajes; dando cera a maderas que conozco veta a veta; abrillantando metales a los que creo que he terminado dando forma. Tantos años me han dado para mucho; hasta he leído buena parte de los libros de tu padre y de tus abuelos. Dices que te sientes viejo y no sabes qué hacer con la vieja gallera. Supongo que es momento de hablar de lo no hablado.

Nicolás está sentado a la mesa del despacho. Tras él y sobre un papelero del XVII, un retrato de su abuelo Quirce, comprador de los magníficos muebles de la habitación, seguramente a alguno de sus muchos amigos tronados. Asunta, la anciana doncella, le habla de pie, frente a la mesa. Nicolás se levanta y la lleva del brazo a sentarse junto a él, en el inmediato tresillo.

—Mi querida Asun, desde hace muchos años tú has sido el espíritu de esta casa. Bien sé que sin ti esto que llamas la vieja gallera no existiría. Yo nunca habría tenido fuerzas para mantener vivo este… este almacén de sufrimientos.

—Es algo más, Nicolás, es algo más. Aunque tienes razón, el sufrimiento siempre ha sido fiel habitante de la gallera. Pero nunca faltaron las golondrinas; año tras año han anidado en los aleros del patio; hasta el año pasado, que no vinieron. Creo que tu abuelo las echó de menos, dejó de visitarme, no se le veía por la casa, hasta tu llegada, tu llegada ha alborotado a vivos y a muertos. No te queda familia, dices, pero yo sigo viendo los ojos, los inconfundibles ojos de tu padre y de tu abuelo en viejos y en jóvenes, vivos, muy vivos, en cuanto salgo a la calle. A veces tengo la sensación de que los veo y me ven, de que nos reconocemos. Remedios, ella sí sabía de sufrimientos; de los suyos y de los que imponía a los demás. Remedios. En esa habitación de la buhardilla, donde nací y he vivido siempre, murió mi madre, de pena, murió de pena, sin decirme una palabra sobre mi padre. Inés supo irse, supo romper con el sufrimiento, con Remedios. Le ayudó mi madre. Se fue con aquel hombre dulce que trajo tu abuelo, el de los lápices y los pinceles, el hombre de quien hablaba mi madre, aquel hombre niño incompatible con la gallera. Qué habrá sido de las golondrinas del alero del patio; siempre eran las mismas; yo ponía cintas de color en las patas de los pollos y al año siguiente los reconocía. Tan pronto salió de la cárcel, tras la guerra, la niña Inés se fue con él, se fue tras la alegría. Y todo lo hizo mi madre. Mira, mira esta foto, es el nieto, ya será hombre maduro. Allí, junto al mar, lejos de esta casa que mata la alegría…


*****


Es jueves, y Emilio, Ambrosio y José bajan la cuesta del cotarro a la sombra de las horizontales ramas de los plátanos. Bajan pronto, más tarde hace demasiado calor. Además tienen que ir a comer a la Casa del Gallo. Ya hace cinco meses de la muerte de Nicolás, y Quirce, el nieto de Inés, les ha citado como albaceas testamentarios.

Tras el dintel del gallo José siente el hall luminoso y aireado. En el patio bullen en alborotados círculos las golondrinas. Los vuelos del delantal de Asunta orlan su retrato en el comedor.









jueves, 4 de enero de 2018

León, luteranos, ancestros











A
l pasar por delante te decían en un susurro, la mirada de reojo y apurando el paso: —es la casa de los protestantes-. No recuerdo haberla visto abierta, en mi memoria ha sido siempre una casa cerrada, tampoco recuerdo haber visto a ninguno de sus habitantes.  Pero ese actuar de la gente del pueblo, unido a la capacidad de sugerir misterio y prohibición que por aquel entonces podía tener el sustantivo protestante, eran suficiente acicate para disparar la fantasía del niño, del niño urbano para el que las vacaciones en el pueblo eran continuo descubrimiento de otras realidades.

Puede que el poder sugeridor que ese sustantivo tenía para el niño haya mantenido en mí una curiosidad por la heroica, dura y poco fructífera aventura de los predicadores luteranos en España. Siempre me atrajo la figura de George Borrow, aquel don Jorgito el inglés, el colportor  que aprendió el caló en campamentos gitanos de su tierra y que llegó a España con sus biblias en 1835. Su visión de nuestro país ya había seducido a muchos, y en particular a don Manuel Azaña, que nos tradujo La Biblia en España.

Al rey desvelado le leyeron el Libro de las memorias de las cosas… y Jesús Fernández Santos ganó el premio Nadal de 1970 con su novela sobre la predicación protestante de la familia inglesa de Eduardo T. Turrall en el duro León de la posguerra. Entre los rojos de las tapias del Páramo y los de las arcillas cocidas por los alfareros de Jiménez de Jamuz, donde sitúa su relato, don Jesús nos trazó una historia urdida con creencias ultraterrenas y pasiones humanas; como suelen ser las historias de los hombres. Mi vinculación con esa tierra me acerca a la novela.  Quizás también me acerca el hecho de que el novelista fuese vecino del madrileño barrio de Chamberí, donde yo nací; y que utilizase como fuente de información la capilla de los Hermanos allí existente, en la calle de Trafalgar, cerca del Hospital de San José de la hoy calle de Eloy Gonzalo, donde mi bisabuelo Nicolás —enterrado en Pobladura del Valle— ejercía como médico cuarenta años antes.

Parece ser que el primer protestante de Pobladura fue Matías Cordero Juárez (1888—1978), convertido hacia 1932 por las prédicas en Benavente del misionero inglés Arturo Shallis. Matías fue hijo de Manuel Cordero Cano y María Juárez Valverde (1862—1950). Si como mi primo Miguel Ángel asegura —tras el pertinente análisis documental—todos los Juárez de Pobladura descendemos de Andrés Juárez, de Barcial del Barco, que a principios del siglo XVIII llegó a Pobladura para casarse con Isabel López, servidor es pariente de esta María Juárez Valverde y de todos sus descendientes.

Matías Cordero Juárez casa con Úrsula Maniega y tienen siete hijos. Uno de ellos es Nicolás Cordero Maniega (1896—1967), guardia civil, que casa con Asunción del Campillo Alonso. De este matrimonio es hijo Miguel Cordero del Campillo, nacido en 1925, reputado catedrático de veterinaria, senador independiente en el periodo constitucional, que se opuso a la inclusión de Dios en el texto de la Constitución alegando el segundo de los mandamientos, y enfrentándose a los aún poderosos representantes del nacionalcatolicismo.

Don Miguel Cordero del Campillo ha escrito una semblanza de otro veterinario: Audelino González Villa (1901—1984), personaje fundamental en la historia de los luteranos en León, que fue perseguido con saña por la dictadura. Don Audelino también se singularizó por la defensa de otro ilustre veterinario leonés: Félix Gordón Ordás (1885—1973), republicano, liberal, enemigo de socialistas y comunistas, creador de Unión Republicana, ministro de industria y comercio en 1933, diputado entre 1931 y 1933, embajador en Méjico en 1936 y presidente de la República en el exilio en 1951.

Entre el caserío de Jiménez de Jamuz aún se mantiene en pie lo que fue “El Culto". Es como un dado de paredes ocres, rematado por una pequeña cúpula deslucida por el tiempo.