sábado, 21 de noviembre de 2020

... casa de un desleído azul pastel

 







 

Desde hace algún tiempo Isaac ha insistido en invitarle a su casa, pero José, con los años, se ha ido haciendo remiso a los viajes, como si ya lo hubiese visto todo, como si solo los mundos encerrados en la letra impresa pudiesen ofrecerle algo realmente nuevo y distinto, algo capaz de sacarle del rutinario acomodo doméstico.

José camina por la calle bordeada por esos árboles tan urbanos que siempre se han llamado acacias, aunque parece ser que no lo son. Algunos mantienen aún hojas verdes; en otros solo queda el amarillo que en la mayoría ya tiñe el suelo. Son los árboles de esas arracimadas floraciones de conejillos blancos que los niños de antes llamaban pan y quesillo. De una reja escapa una rama de espino punteada de vibrantes rojos. A José le viene a la memoria aquella mujer que vendía las majuelas a la puerta del colegio, junto con el canuto de caña para lanzar los güitos. Le parece estar viendo la cesta con los rojos frutillos, el cubilete medidor de la mercancía, el manojo de canutos, el hatillo de palolú, la mano de la señora en el bolsillo del mandil de los cuartos, y el corro de colegiales contando sus céntimos.

 Son pocas las edificaciones que se dejan ver. La mayoría están retranqueadas y ocultas por vegetación y cerramientos. Rosados revocos patinados por ocres, portones claveteados, forjas que se retuercen en curvas modernistas hasta alcanzar el florón de hierro fundido que un día estuvo dorado. El jazmín y la hiedra, apenas contenidos, lo abrazan todo. Un tramo de tapia de tierra roja y cantos rodados apunta lejanos orígenes campesinos en este barrio de una burguesía adinerada ─quizá en las Américas─ por los finales del siglo XIX y primeros años del XX. Es un reducto urbano tintado de decadente nostalgia, una postal sepia extrañamente escapada a la furia devastadora de arquitectos e inmobiliarios. José lee el número diecisiete en el azul sobre amarillo de unos azulejos. Dos columnas berroqueñas, rematadas por jarrones con agaves, enmarcan la reja a la que se asoma.

Se conocieron en una librería de viejo en Burdeos, donde los dos se habían interesado por un mismo libro. De esto hará cosa de diez años, cuando José aún viajaba con relativa frecuencia. Después se han visto con cierta asiduidad en los lugares a que los llevan sus comunes aficiones, en Madrid, donde vive José y a donde Isaac, algo más joven, viaja con frecuencia. Y se han hecho amigos, quizá algo más amigos de lo que suelen hacerse los viejos.

Tras la reja, un camino asciende entre lo que debió de ser un cuidado jardín que ahora tiene el encanto del abandono. Como a unos treinta metros se ve la casa, de un desleído azul pastel, con tejados de faldones amansardados recubiertos de escamas de cinc. Los troncos de unas palmeras ascienden, delgados y sinuosos, hasta la pequeña explosión de verdes que se recorta en el cielo; son, seguramente, antigua añoranza de otras tierras.

─Pero si venías en el tren, a la tarde iba a ir a buscarte…

─Surgió que tenía que venir uno de mis nietos… me ha dejado aquí al lado… he venido dando un agradable paseo… luego vendrá a traerme la maleta…

La casa da la sensación de un orden inicial descompuesto por la acumulación de objetos de varias generaciones con gustos distintos.

─Hermosa casa, Isaac.

─La hizo mi bisabuela Elvira, en los primeros años del siglo pasado, sobre la que había construido su padre al volver de América con los cuartos ganados en sus negocios navieros. Ya te he hablado de eso. Pero vamos primero a tomar algo, estarás cansado, después te iré enseñando.

La enorme casa parece no tener paredes para albergar tantos cuadros, grabados, fotos, vitrinas y librerías. Los libros se acumulan sobre muebles, sillas, mesas, butacas y rincones. Un caos al que parecen poner cierto orden los carteles manuscritos sobre cada montón. Una anciana, con cofia y almidonado mandil, arrastra sus pies llevando una bandeja en precario equilibrio.

─Bien se ve, Isaac, que no has tenido a nadie que te constriña a un orden doméstico. Tienes la misma tendencia al amontonamiento que un servidor, pero a mí nunca me han dejado.

─Mis padres murieron jóvenes, en un accidente de aviación, te habré contado. Desde entonces he vivido solo, en esta casa. Siempre me ha cuidado Encarna, la anciana que has visto; desde tiempos de mis abuelos su familia siempre ha trabajado aquí, y aquí nació ella. Su marido también trabaja en casa, desde que se casaron; es quien ha compensado mi absoluta inutilidad para las cosas prácticas de la vida. Ahora somos tres carcamales. He vivido como un misántropo, José, como un egoísta dedicado a mis aficiones; sin más obligación que mis clases de griego en el instituto. Nunca he tenido que pensar en el dinero. Aún queda algo de lo que ganó en América mi tatarabuelo y han procurado mantener sus descendientes, menos yo, que no he hecho nada. Tampoco he gastado mucho, ciertamente, solo en los viajes y en mis libros y papelotes, que son poca cosa, tú sabes. Pero perdona, te estoy aburriendo, te enseñaré la casa…

Los dos viejos, flacos y estirados, recorren pasillos y salones. Isaac va contando, deteniéndose en los objetos que sabe interesan a su amigo.

─Bien, y ahora, si te parece, vamos a mi despacho. Tengo que enseñarte lo importante, eso por lo que he insistido tanto en que vinieses a verme.

Si la casa da un aspecto de caos, el despacho sobrepasaba toda medida. Solo con la guía de Isaac puede José penetrar semejante maremágnum y llegar hasta una silla frente a la mesa de trabajo de su amigo. Tras los apilamientos de libros y papeles pueden adivinarse buenos muebles y cuadros de interés.

─Le he dado muchas vueltas a esto que te voy a contar. En un principio tuve serias dudas sobre si debía o no debía hacerlo. Ahora creo que a nadie traiciono ya, es asunto viejo. Y supongo que a nadie hago daño. Verás, te contaré algo más de mi bisabuela Elvira, la constructora de esta casa. Fue hija única. Su padre apenas debía saber leer y escribir y quiso que su hija tuviese una educación exquisita. Siguiendo los criterios de la época consideró que lo adecuado era mandarla a un colegio a Francia. Debió de ser una mujer de buena formación y de fuerte carácter. En la oralidad familiar ha tenido una magnífica memoria, y los documentos que he podido estudiar lo acreditan.

─Es agradable ver la admiración que pareces sentir por tu bisabuela, Isaac. Yo diría que hasta cariño…

─No sé si cariño, pero admiración sí. Hay una faceta de su vida en absoluta oscuridad; ninguno de mis antepasados la ha conocido. Yo, por una casualidad, la he conocido. Pero creo que voy a cambiar el orden de esta charla, a la que he dado muchas vueltas. Voy a empezar por el final, observaré tu reacción, y sigo contándote: Tu abuela materna y mi abuelo paterno eran hermanos, hermanos de padre.

Isaac calla y observa la reacción de José, que parece impasible. Después, sus ojos parecen abrirse algo, frunce el ceño y apunta un inicio de sonrisa escéptica.

─¿Qué me dices?

─Te contaré, pero antes quiero estar seguro de que me avisarás si en algún momento te sientes incómodo.

─Continúa, por favor, me has dejado en ascuas.

─Mi abuelo llevaba los dos apellidos de su madre, que nunca se casó. Todo parece indicar que el fuerte carácter de Elvira impuso un silencio al respecto que ha durado hasta el presente. Nunca quiso dar explicaciones y asumió su condición de madre soltera de una manera impensable en aquel tiempo. Veo en tu cara que esto comienza ya a sonarte a folletín televisivo y piensas en mi senilidad...

José hace gestos de disculpa.

─No, no, sigue. Estoy confuso, claro, pero intrigado también.

─Pues verás. Todo comenzó el día que fui a tu casa por primera vez. Me sorprendí al ver aquel cuadro. Recordarás que te pedí permiso para hacerle una foto con el teléfono, pues creía reconocer al pintor. Me dijiste que tenías alguna noticia descabalada sobre un amigo de tu bisabuelo, un profesor de dibujo.

─Sí, ahora que me lo dices lo recuerdo, pero en aquel momento no le di la menor importancia.

─Hace un momento has pasado por delante de varios cuadros de ese pintor. Paisajes muy academicistas, como lo es el retrato que tú tienes.

Isaac se levanta, abre la librería que tiene a su espalda y saca una carpeta. Extrae una lámina que muestra a José.

─¿Reconoces a este señor? Es un dibujo preparatorio para el retrato que tienes en tu despacho.

─Evidentemente es mi bisabuelo…

─Sí, José, es tu bisabuelo, y el pintor, como bien dices, era amigo suyo. Se llamaba Damián Feliz, era de aquí, y aquí fue muchos años profesor de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios. Vivió un tiempo la bohemia de París a finales del XIX. Allí conoció a tu bisabuelo, que debió de regresar a Madrid hacia 1890, para casarse.

─Algo he oído de esa estancia de mi bisabuelo en París, y algún papel tengo, pero no recuerdo detalles.

Isaac saca de la carpeta unos papeles que pone delante de José. Son unos retratos a lápiz, ligeramente coloreados, en un papel teñido por el tiempo. Todos corresponden a una misma persona, un hombre joven.

─Y a este joven ¿lo reconoces?

─Me parece también mi bisabuelo, por la misma época, pero parece de otra mano…

─Lee la firma, por favor.

─Elvira de la Huerga. París 1890. Pero esto me parecen solo coincidencias, Isaac.

─Sí, tienes razón, así lo interpreté en un principio. Pero comprenderás que esas coincidencias despertaran mi curiosidad y continuase indagando. De la amistad de mi bisabuela con Damián Feliz sí tenia conocimiento, se trataron durante años, aquí, en esta ciudad donde vivieron los dos. Los muchos cuadros de Damián que hay en la casa parecen confirmarlo. De su coincidencia en París solo tenía la evidencia que queramos dar a estos cuadros y dibujos, que no parece poca. Damián fue profesor de pintura de mi bisabuela, de eso tengo pocas dudas. Lo atestigua el formalismo de los cuadros de Elvira que quedan en la casa, en los que se leen las rigideces del maestro. Hay cuadros firmados hasta poco antes de nacer yo, mi bisabuela murió algo después, en 1943.

─Veamos, Isaac, tus indagaciones nos llevan, si no me he perdido, a que en el entorno de 1890 están en París tu bisabuela, su paisano Damián Feliz y mi bisabuelo, y que, con razonable probabilidad, podemos suponer que coinciden los tres en el estudio del pintor, o en donde quiera que fuese. No veo como das el siguiente paso.

─Yo tampoco sabía cómo darlo. Mi bisabuela regresa a España en 1891, para dar a luz a mi abuelo, que nace en el mes de febrero. Eso lo tengo documentado. Y ahí me quedé, en el terreno de las coincidencias, sin poder afirmar ni negar nada. Pero hace algo más de un año ocurrió algo. Un día vino a verme un señor, dijo ser el comisario de una exposición que sobre la obra de Damián Feliz preparaba la Escuela de Artes y Oficios ─ahora tiene otro nombre que no recuerdo─ y el Ayuntamiento. Sabían que yo tengo obra del pintor y deseaban que la prestase para la exposición.

En ese momento Encarna, la doncella, llama a la puerta.

─Que ha venido el nieto de don José a traerle la maleta, que le disculpen, que se ha tenido que ir, que tenía una reunión me parece que ha dicho, y que luego llamará.

─Estoy dándole vueltas a todo esto, Isaac, y lo que no me cuadra es que en mi familia no exista la menor memoria de ese hijo de mi bisabuelo.

─La primera persona de tu familia, incluido tu bisabuelo, que tiene noticia de ese hijo eres tú, José. Como la primera persona de mi familia que sabe quién fue el padre de mi abuelo soy yo. Tengo que seguir, para que entiendas algo, con el asunto de la exposición y una persona que conocí con ese motivo. Pero como tengo miedo de que te me rindas, creo que es el momento de prepararnos un aperitivo. Vamos a la cocina, que no quiero dar guerra a Encarna.

─A ver, Encarna, ¿qué te has preparado de comidita?

─He hecho un bacalao a la vizcaína que estará mejor que bueno. Y de primero una sopita de verduras con berzas de la huerta, que están estupendas. Y como los veo en busca de aperitivo, hay ahí unas croquetitas de gambas que hice ayer…

─Pues nos la vamos a comer con el primer clarete del año, que me trajeron el otro día. No sé si tú serás más de tintos con crianza, José, a mí es que me gusta el clarete, y cuanto más nuevo mejor.

─Me gusta el clarete, y con croquetas más.

─Vamos a ello.

José disfruta con la comida, la bebida y la charla de su amigo, pero las noticias de la mañana le han dejado una cierta desazón, siente necesidad de aclarar las cosas. Isaac se da cuenta, y tan pronto están sentados con un café, regresa al tema.

─Creo que, en primer lugar, te debo dar una explicación sobre las razones que me han llevado a ponerte en este brete y alterar tu estado de ánimo. Espero que las entiendas, o al menos me concedas alguna indulgencia. La causa fundamental puede parecerte egoísta, pues al fin y al cabo se trata de satisfacer una necesidad personal. Sabes que yo no tengo familia, se me ha ido yendo la vida en mis manías, y cuando me he querido dar cuenta me he encontrado ante la dificultad de enfrentar la muerte sin dejar a nadie que venga detrás, nadie que dé continuidad a este flujo de vida que somos. No sé si es instinto o un mero rasgo de soberbia, no lo sé, pero te aseguro que pienso más en mis antecesores, en su obra, que en mí, que poco o nada he hecho. Al descubrir el secreto de mi bisabuela sentí que se me abría una espita: tú tienes hijos y nietos que descienden del padre de mi abuelo, es la única continuidad natural posible. Durante este proceso creo que he llegado a conocer a mi bisabuela Elvira, una mujer admirable que creo entendería lo que estoy haciendo. Solo me falta que tú también lo entiendas.

─Isaac, para poner un poco de orden en mi cabeza necesito que termines de argumentarme tus conclusiones…

─Sí, perdona, pero tenía que darte esta explicación. Ya sigo. Nos habíamos quedado en la visita que me hizo el comisario de la exposición sobre Damián Feliz. Desde el primer momento me involucré en el asunto, fundamentalmente porque quería saber sobre el pintor. Me enteré de la existencia de una bisnieta de Damián, doña Gertrudis Feliz, de la que procedía el más importante préstamo de obra. Me dijeron que vivía en Barcelona, y que tenía pensado acudir a la inauguración. No quise esperar, me fui a Barcelona y me planté en su casa. Era una anciana, funcionaria jubilada, algo más joven que nosotros. Cuando le dije mi nombre noté que sabía perfectamente quién era yo. Al poco rato de charla me di cuenta de que conocía bastante mejor que yo las andanzas de los tres amigos en París. «Mi familia ha sido meticulosa con los papeles, lo han guardado todo. Y yo, como soy curiosa, me los he leído.» Vino a decirme. «Doña Gertrudis, estoy seguro de que usted puede darme la información que le digo necesitar.» Le dije. «Usted pretende que yo le dé una información que, en caso de tenerla y dársela, estaría traicionando la voluntad de su bisabuela de usted.» Me contestó.

Insistí en mis argumentos, más o menos los que he utilizado contigo. Tras un buen rato de resistencia, a la anciana le cambió la cara, sus ojillos recercados de arrugas se encendieron, esbozó una sonrisa, me acercó la cara, y como en un pícaro susurro me dijo: «me parece usted un buen hombre, digno nieto de una mujer admirable, creo, con usted, que en las actuales circunstancias me puedo saltar el silencio que pidieron a mi bisabuelo. Me limitaré a dejarle leer una carta de Elvira, su bisabuela de usted, a Damián, mi bisabuelo. Tengo muchas cartas de Elvira, que estaban entre los papeles de mis abuelos, pero esta la encontré entre las páginas de un libro de mi bisabuelo. Tiene recortada la firma, pero conozco bien la letra, no tiene duda.» Mientras hablaba, doña Gertrudis rebuscaba en unos archivadores, al cabo de un momento me alargó la carta. Yo también reconocí la letra. Estaba fechada aquí, en enero de 1891, y efectivamente tenía recortada la firma. Elvira daba noticia a Damián de su llegada, con referencias a lo pesado del viaje por su estado. Le recordaba la importancia de cumplir su promesa de silencio respecto a la paternidad del hijo que esperaba. Le insistía en la particular importancia del silencio con tu bisabuelo, por la dificultad que implicaba la amistad que los unía. Decía saber que ya estaba casado, en Madrid. Ten, puedes leerla entera, doña Gertrudis tuvo la amabilidad de mandarme una copia.

─Pues no sé qué decirte, Isaac. Supongo que tendrás cosas pensadas…

─No, eso quisiera que lo hicieses tú, si aceptas mi ofrecimiento. Tenemos esta casa, la historia que hay detrás, y los restos del capital de mis ancestros. No tengo deuda ninguna, y mis únicas obligaciones son con Encarna y su marido. Me gustaría que cuadros, libros, papeles y documentos continuasen en manos de mi familia, y no sé de otros, solo de tus hijos y nietos. Eres abogado, sabrás cómo se puede hacer.   

 

 

 

 

 Dibujo de Cecilia Juárez 1946





domingo, 8 de noviembre de 2020

Verticalidad

 





T

engo en la terraza, colgando de una cuerda, una piedra de esas que rueda el mar socavando sus más íntimas partes solubles, como a los humanos el mundo. Esa continua verticalidad sobre el horizonte es constatación de permanencias que algo tranquilizan.



    

 

lunes, 2 de noviembre de 2020

Floración en noviembre

 





También este año, el año del virus, los ciruelos están floreciendo en noviembre en estas estribaciones guadarrameñas. Lo miro con estupor. Pienso en los nietos.








domingo, 25 de octubre de 2020

MÁS

 

 

 


L

eo en la prensa que, en lo que llevamos de año, cincuenta y una personas han muerto y quinientas cincuenta y cuatro han sido heridas por disparos de cazadores. Lo leo en ese periódico de oscuro trasfondo que es El Público, pero el dato es del Ministerio del Interior en respuesta a una pregunta en el Parlamento, digo yo que alguna credibilidad podría tener.  Los prejuicios ─ay los prejuicios─ enseguida, y sin aportación volitiva de servidor, me colocan a los seiscientos y pico entre los ojeadores, los contadores de pétalos de amapola y los miracielos en general. Ni un solo cayetano escopetero, oiga, ni uno solo. Qué malos son los prejuicios. Tan malos que en el subconsciente siempre me han puesto a una parte de los españoles, a una parte, alineados con las miras de los cañones eibarreses. Ay los prejuicios.

Pues si a estos prejuicios, propios de uno mismo, unimos el desquicie de este no salir de casa, los frutos pueden ser tremendos. Me he pasado una nochecita toledana ─que se decía antes─, sudoroso y febril por una bronca que me echaba el señor alcalde de Madrid, apenas reconocible por la mascarilla que le cubría casi entero, y al que había cogido en brazos la vicealcaldesa señora Villacís. Me abroncaba el señor alcalde, arrebujado en el regazo, por haberme metido con la señora presidenta de la CAM, pobre de uno. Y el caso es que las palabras del señor alcalde no parecían salidas de su alma, más bien de su portavocía. Por detrás de la vice y su jefe en colo se contoneaba, rumbosa y guiñadora, la señora presidenta, me pareció que agitada por un palito que movía ese señor del lado oscuro que se llama Miguel Ángel Rodríguez, o algo así, mirando hacia Marbella. Pero no acaba ahí la cosa, cuando creía recuperarme, después de cumplir con requerimientos prostáticos, se me aparece la estremecedora imagen del ínclito pensador señor Monedero ─al final el apellido le va a encajar─, en animada charla, sobre cosas de ellos, con esa prototípica señora amiga suya de piel estirada que sale mucho por la tele y de la que no recuerdo el nombre. Ya fue demasiado. Me fui a la cocina a prepararme una tila de producción propia, sí, que servidor seca las flores y las enfrasca, que con algo hay que entretenerse en el mundo del virus.

Con eso y con contar rollos a los amigos.







  

 

     


viernes, 23 de octubre de 2020

MÁS DE LO MISMO


 

 

 

 




 


El otoño camina. Se terminan los días soleados del veranillo membrillero, este año algo retrasado. La pandemia también camina, aplanadora. El único escape para charlar que tienen los viejos es el ratillo del aperitivo en la terraza de algún bar, y solo algunos días. Lo de pasear será sano, pero hay que hablar.

 ─Pues sí, creo que me está cambiando el carácter, y no es para menos, digo yo. Me he tenido que contener para no mandar a hacer puñetas al tontolaba este. Menos mal que se ha ido. ¿Pues no nos ha dicho que el vino sabía a piedra? ¿Será posible?

─A esquistos cuarcíticos, ha dicho exactamente.

─Más, más, ha afinado más: esquistos cuarcíticos bercianos.

─Sí, eso después de leerse la etiqueta.

─ El gachó se ha pimplado la botella casi entera, él solito. Entre oler con los ojos cerrados y mirar al trasluz nos ha dejado sin vino.

─Sí, se ve que le costaba sacarle el regusto a mineral.

─Y se ha comido el jamón.

─Tú pretendes que te ilustren gratis. ¿Tú te habías dado cuenta de que el vino sabía a piedra? ¿Eh? Pues eso, este señor te abre los ojos a realidades a las que no llegas, y se te bebe el vino a cambio.

─Pero esto no es del virus, estos tontainas vínicos son anteriores, comenzaron hace tiempo con este rollo moderno. Lo que nos ha producido el virus es falta de paciencia para aguantarlos.

─Pues los aquí presentes bien callados nos hemos quedado, y con caras de tonto le hemos oído y hemos visto cómo se bebía el vino y nos dejaba sin tapa. Que no hemos dicho ni mu, vamos.

─Paco, por favor, tráenos otra botellita, que el contertulio ilustrado y volatinero este nos ha dejado secos. No sé si este vinillo sabrá a piedra, pero bueno está, desde luego.

─Siguiendo con los efectos del virus, veo con curiosidad lo que está ocurriendo en ese boletín oficial de la transición que ha sido para todos nosotros El País. No sé si habrá influido la pandemia o serán solo los intereses de los priseros, que todos sabemos en lo que han dado, pero en menos de cuatro meses las definiciones ideológicas que el periódico se atribuye en portada han pasado por:

-        Social Liberalismo

-        Izquierda

-        Liberalismo Progresista

─Que lo compre quien lo entienda. Yo hace tiempo que me rendí. Hoy tenemos alternativas muy dignas.

─Estoy de acuerdo. El problema es que servidor ya se había acostumbrado a leer el periódico en internet, y eso se me ha terminado.

─Hombre, es fácil de entender que los periódicos tienen que vivir de algo, y la publicidad no parece ser suficiente.

─Aun pagando, es un jeroglífico leer el periódico.

─Todo está cambiando muy deprisa.

─O nosotros nos hemos parado…

La charla de los viejos se va enredando en el amarillo de las moreras que enhebran el paseo; amarillo al que hace titilar algún rayo de sol que se escapa entre las nubes. Despacio. Sin prisas para el horror que les anuncian de nuevo.







   


sábado, 17 de octubre de 2020

La noche de la muerte de Luisa Valdueza

 



 

  


a noche de la muerte de Luisa Valdueza terminó en un amanecer, como cualquier otra noche, y el dolor de Adelina se hizo desconcierto. Habían sido muchos días velando la larga agonía de la anciana, y ahora su cerebro no podía asimilar la continuación del mundo al margen de Luisa; se resistía a admitir el absurdo de que todo continuase aparentemente igual, como si nada hubiese ocurrido. El amanecer era un absurdo.  Todo tenía su origen en Luisa, y toda esa potencia ya solo era el diminuto cadáver de una anciana consumida. Presionada por las circunstancias Adelina se atrevió a lo impensable: con mano temblorosa abrió el escritorio de Luisa. Todo estaba dispuesto. Como siempre había sido. Era una serie de sobres blancos, perfectamente colocados tras el teclado del ordenador, con su inconfundible caligrafía, en la tinta azul de su pluma. Las preguntas y las necesidades fueron surgiendo en el mismo orden en que estaban colocados los sobres. Todos tuvieron la instrucción precisa. Como siempre había sido.

Cuando cumplió los doce años, las monjas del hospicio pusieron a Luisa Valdueza a servir en la casa de una maestra jubilada. Al principio pasaba el día en casa de la anciana y regresaba al hospicio a dormir; mas tarde se quedó a vivir con la maestra, acudiendo al hospicio solo cuando era llamada por las monjas. Aquellas mujeres con tocas de enormes alas blancas le habían enseñado a leer y a escribir, a sufrir en silencio y a bordar. De la anciana aprendió los rudimentos que aquellos maestros podían enseñar, pero sobre todo aprendió que era posible la risa y la alegría, y supo de esos otros mundos guardados en los libros. Tenía dieciocho años cuando falleció la maestra. Hizo un hatillo con sus pocas pertenencias y guardó en el seno los escasos dineros que había podido juntar. Las monjas le entregaron una llave y un sobre con algún documento, la herencia de la madre que no conoció, y la encomendaron a Dios.

El alcalde, el párroco, los directores de las cooperativas y hasta el presidente de la comunidad autónoma, se disputaron el cadáver; todos querían organizar y capitalizar el velatorio, y a cada uno paró el oportuno sobre aportado por Adelina. Jesús, el carpintero, llegó con el cajón de pino que tenía preparado. Las mujeres introdujeron el cuerpo envuelto en una sábana y Jesús clavó la tapa. A la mañana siguiente unos muchachos de la escuela de bordado llevaron a hombros el cajón al cementerio, les seguía el pueblo entero. Un pueblo vivo y próspero. Antolín, el sepulturero, tenía abierta la fosa. Con delicadeza, en medio del silencio, fue vertiendo la tierra con la pala.

Era un pueblo atónito, en un páramo desolado medianero con una fértil vega. A Luisa Valdueza no le hizo falta la llave que le habían dado las monjas. Lo que había sido la casa de sus abuelos maternos era una ruina cerrada con un viejo somier, en la que alguien tenía cabras encerradas. En pocos días se puso a la faena. Los vecinos cercanos, viendo el brutal esfuerzo de la mujer, se prestaron a ayudarla. En unos meses la casa era medianamente habitable y el huerto adjunto reverdecía.

Después, Luisa se puso a hacer lo que sabía, lo que le habían enseñado las monjas de las grandes alas: bordar. Comenzó a buscar mercado a sus artesanías en las ferias y tiendas de los pueblos cercanos, y se dio cuenta de que era más hábil en estas funciones que como artesana. Poco a poco, gran parte de las mujeres del pueblo le fueron trayendo sus bordados y encajes para que se los vendiese. Luisa buscó asesoramiento, preguntó, escuchó y llegó a la conclusión de que lo procedente era formar una cooperativa. La compusieron mujeres de los pueblos de un amplio entorno. Con el tiempo pudieron edificar su sede, con talleres, oficinas y una escuela de bordado en la que Luisa logró incorporar a los muchachos, que poco a poco se fueron igualando en número a las chicas. El aumento de la producción obligó a Luisa a buscar otros mercados, lo que la llevó a Francia. La progresiva complicación administrativa y técnica del proceso, con la incorporación de profesionales de muchas disciplinas, aconsejó a Luisa el nombramiento de un director general con formación adecuada, y así se lo propuso al Consejo Rector, que ella presidía. El elegido fue un muchacho del pueblo al que observaba desde hacia años, y al que se había permitido asesorar, tímidamente, en la elección de sus estudios de posgrado.

Al verse con tiempo libre, Luisa Valdueza comenzó a madurar ideas que le rondaban en la cabeza. La importante producción hortícola de la vega del pueblo, tanto en cantidad como en calidad, no dejaba en los labradores beneficio que les permitiese el menor desahogo. Leyó, preguntó, escuchó y llegó a la conclusión de que solo la trasformación de esas materias primas podía añadir valor a su producción. Luisa ya había puesto sus ojos en una joven ingeniera, de un pueblo cercano, que trabajaba de forma más bien precaria para el IRYDA. Habló con ella, le planteó sus ideas y comenzaron a trabajar. El predicamento que Luisa se había ganado con sus convecinos, su tesón y habilidad negociando con la Administración y la brillantez de los proyectos de la joven ingeniera, hicieron posible que un año después la cooperativa de agricultores estuviese construyendo su fábrica de conservas vegetales. Pequeña y humilde en un principio, pero que no dejó de crecer con el tiempo, absorbiendo la producción de una amplia zona.

Fueron años de desmesurado esfuerzo, pero llegó un momento en que las cosas parecían andar solas; las cooperativas crecían y se desarrollaban sin la voluntad de Luisa Valdueza. Ella era consciente de la necesidad de su presencia, pero comenzó a ocuparse un poco de sí misma. Ya no era joven, y estaba cansada. Arregló algo su casa, que estaba casi tal cual quedó en aquellas primeras reparaciones que hizo con sus manos y alguna ayuda de los vecinos. Y compró libros, que era algo que siempre había quedado pendiente, y se asomó a los mundos que le entreabrió la anciana maestra. Y fue envejeciendo en paz, siempre vigilante de su obra, atenta a su gente, sin dejarse tentar por vanidades.

Adelina se ha sentado en el sillón de mimbre de Luisa. Tiene en sus manos el último sobre, el suyo. Lee entre lágrimas las palabras de la anciana con la que ha vivido desde niña; le deja todas sus propiedades: la casa en la que ha muerto y el pequeño huerto anejo, lo que heredó de la madre a la que nunca conoció.  

     

 

 

viernes, 2 de octubre de 2020

...los cóndores llegan.

 

 




 

…los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria!

 

... Por el Imperio hacia Dios. Certifico y avalo la simpatía que desde el principio ha sentido por la Causa Nacional el antes mencionado, pudiendo pues tener confianza en él. Lo que firmo en el Año de la Victoria. El camarada abona la cuota, correspondiente al mes de la fecha, de Falange Española Tradicionalista y de las Jons. Saludo a Franco ¡Arriba España! El camarada estudiante abona la cuota semestral del Sindicato Español Universitario, por lo cual se le considera en posesión de sus derechos como afiliado. Por Dios, España y su Revolución Nacional Sindicalista. El Jefe de Prensa y Propaganda de Falange Española en el Distrito, con el visto bueno del Delegado de ese Distrito, certifica el encuadre del camarada referenciado. El Delegado Provincial de Falange Española Tradicionalista y de las Jons certifica que el camarada que se cita ha seguido el Plan Intensivo de Formación. El elector emitió su voto en el Referéndum de la Nación al proyecto de ley que fija las normas para la sucesión en la Jefatura del Estado. El elector emitió su voto en el Referéndum sobre la Ley Orgánica del Estado, según certificación expedida por la Mesa Electoral, que podrá ser requerida por la dependencia o empresa donde trabaje el elector. La Junta recaudadora de donativos al Tesoro certifica que el citado ha entregado en el Monte de Piedad y Caja de ahorros de Madrid, en concepto de donativo para la suscripción al Tesoro, las alhajas descritas. El Fondo de papel moneda puesto en circulación por el enemigo certifica que el nombrado, en cumplimiento del Decreto y Orden consignados, ha entregado la cantidad de pesetas nominales que se indica. Salvoconducto a favor del compareciente, para que, sin impedimento alguno, marche a Madrid con el fin de atender asuntos particulares. Suplico a las autoridades no sujetas a mi jurisdicción le den facilidades para la realización de este viaje. El gobernador Civil...


llévame por calles

de hiel y amargura,

y échame en los ojos

un puñao de arena,

mátame de pena,

pero quiéreme

 

 

¡saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha triunfal!…

 

 

 

 


viernes, 25 de septiembre de 2020

Otoño del 2020

 


El otoño se ha presentado de golpe. Los árboles, sorprendidos, parecen acelerar los amarillos y los ocres. Los otoños se van haciendo más cortos cada año, y en este terrible 2020 asusta el anuncio de los fríos.

Dios los crea y ellos se juntan. Pero no se pueden juntar muchos, pues pocos son los de su condición en el medio en que viven. Un medio privilegiado, una colonia de veraneantes de la burguesía madrileña surgida en los inicios del siglo pasado en las estribaciones guadarrameñas. Ya no es sitio de veraneo. Los descendientes de aquellos primeros pobladores y los llegados después viven aquí todo el año. Digo que pocos son de la condición de los que se juntan porque este grupo de jubilados tiene formas de ver o interpretar el mundo no muy extendidas entre sus convecinos. Sus extracciones sociales de origen son variadas, así como la formación y la actividad que han desarrollado en su vida. Poniendo oído a su charla veremos lo que les une.

─Tarde llegas para lo que sueles.

─Chico, que me han pillado ahí, en la esquina, que no me dejaban marchar, oye. Es la esquina del adoctrinamiento.

─Esa esquina es la cátedra de franquismo.

─Eso parece. Antes eran gente de derechas, y punto. Pero de un tiempo a esta parte no se cortan un pelo y todo es añoranza y reivindicación franquista.

─Pues hoy están con el proyecto de la nueva Ley de Memoria Democrática, les sale humo por las orejas. Lo que más parece indignarles es la posible anulación de determinados títulos nobiliarios. Con eso estaban. Cuesta entender que les preocupe tanto a los no directamente involucrados.       

─Hombre, a poco que hurgues te das cuenta de que, a lo largo de la historia, aquí, siempre nos han manejado condes, duques, marqueses y demás titulería, heredada o comprada, con origen en reyes, pontífices o dictadores, que a los de abajo tanto nos da y nos ha dado el origen, el problema es sufrirlos.

─Y militares, que parece que te olvidas de los militares. Aunque muchos de estos tienen su origen en aquellos, en la titulería que dices, pues la milicia es oficio que siempre ha gustado a la preclara nobleza. En nuestros días no te costará encontrar casos de familias con abuelos de estrellas de cuatro puntas sublevados en la sanjurjada, padres con las mismas estrellas sublevados en la franquistada, e hijos con las mismas puntas sublevados el 23f. Se hace difícil no pensar que los nietos están a la espera de su momento, o fabricándolo.

─Tentémonos la ropa. Miedo da.

 ─Y en toda esta parafernalia la tramoya teatral la ha puesto siempre la Santa Madre; el dolor y el sufrimiento lo ha puesto el pueblo llano, que para eso está.

─Algo habrá que matizar, digo yo.

─Matiza, matiza. Pero tú sabes que el matiz de esta gente, a lo largo del tiempo, ha estado entre el paredón y el anatema. Aunque, para mayor seguridad, siempre han procurado que las dos cosas fuesen juntas. Al menos desde que la Santa Madre dejó la hoguera y confió estas engorrosas labores de limpieza a sus armados compañeros de camino.

─¿Y el capital? ¿Dónde dejáis el papel del capital?

─Históricamente el capital también ha estado en manos de la titulería. Qué duda cabe. Algún pelo de los señoríos se dejó esa gente en la gatera de las Cortes de Cádiz, pero los principales títulos no se dejaron allí las propiedades, las aumentaron.

─Algunos o bastantes ricos nuevos aparecieron en las bien intencionadas y fracasadas desamortizaciones principales, pero rápidamente se unieron e imitaron a los de siempre, incluso pudieron hacerse con títulos que los adornasen, para no desentonar.

─Oye, a mí, como bilbaíno que es uno, le interesa especialmente el tema de la industrialización del XIX. Quedó en poco, no vamos a engañarnos, poco más que los textiles catalanes y la industria vasca; y esta, al final, se concretó sobre todo en bancos y finanzas. No voy a poner nombres, pero ahí están. Mal que bien ahí están.

─Más mal que bien están tus ahorrillos en acciones del Banco de Bilbao ¿eh?

─No me mientes la bicha, coño.

─En el XIX los españoles se entretuvieron en defenderse de la invasión de Napoleón. Después, las peleas entre liberales y conservadores no los dejó tiempo para industrializaciones, que era cosa de ingleses.

─Pues como ahora, no les dejan tiempo para encargarse del virus.

 ─Por seguir en la historia apuntaré que el desarrollismo franquista enriqueció más a los de siempre, favoreció tapados y pagó servicios.  Acabó en la cultura del pelotazo, que tanto hemos sufrido, y en el desinfle de una economía basada en la mentira.

─Y después de los años de la bonanza que comienza con las perras llegadas de Europa tras el ingreso en la Unión, hoy estamos donde estamos, qué os voy a contar. Creo que esta pandemia nos está mostrando una terrible radiografía de nuestra situación económica, política y social. Es difícil ser optimista.

─Pues menudo repaso estamos dando. A pesar de las mascarillas. Pero me parece que simplificamos demasiado.

─Claro, qué duda cabe. Pero nos entendemos. Tampoco vamos a hacer aquí y ahora una tesis doctoral. Digo yo.

Desde que esa nube nos ha tapado el sol siento fresco. Me voy a poner esta chaquetita que me he traído.

─Pues esta mañana servidor se ha puesto ya la camiseta. Hay que andar con cuidado.

─Regresando a las titulerías, creo recordar que Franco creó más de cuarenta títulos.

─Y su sucesor le ganó. Me parece que rondan los cincuenta.

─Me vais a dejar que haga un cuadro de honor al respecto, y es con las personas que se han permitido el lujo, o se han dado el gustazo, de rechazar uno de esos títulos. Si no recuerdo mal son: don Severo Ochoa, don Pedro Laín Entralgo y don Felipe González Márquez.

Loa a ellos.

─Loa.

─No es muy larga la lista, no. Mucho dice de nuestras inclinaciones.

─Pues oye, a mí esta maquinita de pedalear me va muy bien para la circulación de las piernas.

─A mí me estás poniendo de los nervios con el pedaleo y el cricrí de ese chisme.

─Queridos habitantes de este pedrusco a medio enfriar girando en torno al sol, queridos racionales, voy a ir levantando el campo, que hoy tengo que hacer arroz.

─Serio asunto. El del arroz, digo.

─Serio, sin duda. Mañana más. Podemos empezar con los habitantes del pedrusco a medio enfriar, con los racionales, esos disfrutadores o sufridores del desarrollo cerebral que los hizo conscientes de su contingencia y capaces de la maldad, la bondad…

─Uy, uy, que este no espera a mañana, me piro. Con dios, señores.




 

 




miércoles, 16 de septiembre de 2020

Plaza de Olavide













─No tengo pueblo, no. Nací en la casa en que vivo y mi familia es de aquí, de siempre, al menos que yo sepa. Parece ser que tenían una tejera o un alfar, con una casa baja en la que llegó a vivir mi abuelo. Vendieron el solar, y les pagaron con dos pisos en la calle Murillo, uno en el que vivo yo y otro en el que vives tú, Mariano, que se lo vendieron a tu abuelo o a tu padre, no sé.

─A mi abuelo, Javi, a mi abuelo. Se lo vendió tu abuelo a mi abuelo, al que no llegué a conocer. Fue panadero, tenía una tahona por aquí, no sé exactamente en dónde, por Alburquerque creo.

A media mañana las gentes llenan la madrileña plaza de Olavide aprovechando el día fresco de finales de agosto. Son gentes de los distintos estamentos sociales que hasta ahora han conformado el barrio. Vocinglería de niños. Colores oscuros en los corros de ancianas de clase media y multicolor aspaviento en los grupos de sus cuidadoras caribeñas. Mamás con las piernas a los últimos soles. Gorriones, que aún quedan, y palomas a las migas que les caen. Algún zángano en bicicleta poniendo en peligro frágiles caderas.

Los tres viejos están sentados en un banco, a la semisombra que ofrece el jardín. Son viejos de gorrilla y cachava, claros representantes de la parte menestral y original del barrio, ya minoritaria, pero que se resiste a desaparecer.

─Muy callado estás, Miguel.

─No es buena fecha para mí. Tal día como hoy, de hace treinta años, fue la policía a la obra a decirme que mi hijo estaba en el depósito de cadáveres. Hacía dos meses que le había comprado la moto. Era su capricho, y el mío que mi hijo tuviese su capricho. A mi mujer se le paró la vida, lleva treinta años recordándome a diario que yo maté a su hijo.  Pero dejemos eso. Hay que procurar vivir. Volviendo a los pueblos, yo sí tengo, o tuve, el de mi madre, en Segovia. Y guardo buenos recuerdos de veranos pasados allí. La familia de mi padre es, como las vuestras, de este barrio, que yo sepa al menos desde mi bisabuelo. Y todos albañiles, como yo, todos de este oficio hoy prácticamente desaparecido.

Las palabras de Miguel han puesto un silencio entre los viejos que Mariano trata de aliviar.

─Pues ya hace cuarenta y seis años que volaron el mercado. Parece mentira.

─Así es. Cuarenta y seis años discutiendo el asunto. Cansa, cansa. No me apetece nada volver al tema. Pero estaréis conmigo en que se está muy bien aquí, con todo este espacio abierto, sin mas ocupación que charlar y ver las redondeces de estas mozuelas que nos han llegado del otro lado del charco.

─Estoy contigo, Javi, no sirve de nada seguir con esa discusión. Ya no estoy yo para cortar hierros con cuchillitos de luna lunera. Que no. Yo ya estoy solo para chatitos y mirar, eso, mirar; las redondeces o el mundo en general, como espectador, sin dar un palo al agua, y con los garbanzos seguros. Pero me has dejado intrigado, Miguel, con eso de que ya no hay albañiles…

─Pues parece evidente. Tú, como cerrajero, has estado por las obras, Mariano, recordarás lo que eran aquellos albañiles que sabían hacer de todo, y hacerlo bien si querían ser considerados y pagados como oficiales. ¿Te imaginas pretender hacer hoy una terraza a la catalana? Como no fuese un viejo que se liase la manta a la cabeza no lo veo posible, no. Hoy, cada uno aprende una cosa determinada, y que no le saquen de eso.

─Pero, en mayor o menor medida, ha pasado en todos los oficios. No me imagino hoy a un cerrajero joven que le quiten la soldadura y lo tenga que hacer todo remachando y roblonando. No me lo imagino.

─Pero si necesitas un herrero que sepa hacerte una restauración lo encuentras, te costará, pero lo encuentras; un albañil no. Hasta el nombre del oficio ha perdido categoría. Yo comencé a trabajar con mi padre a los catorce años, cuando dejé el colegio. Recuerdo su finura trabajando, replanteando, pasando niveles, lo que fuese. Me enseñó casi todo lo que sé. A los quince años ya le cortaba yo rasillas para tabicar la primera rosca de las bóvedas de una escalera de siete plantas que hizo en la calle Sagasta. La segunda rosca, a restregón y con mortero de cemento, ya la podía hacer cualquiera. A ver quién hace una escalera así hoy.

─Oye, dejad ya los oficios, que hay que empezar a pensar en cosas serias: ¿dónde nos tomamos el chato?

─¿Sabes dónde me lo tomaría yo hoy? En El Majuelo. Echo de menos esa tasca.

─Ahí me he tomado yo chatos junto a, no digo con, Marcial Lalanda, que vivía al lado.

─A las monjas de un poco más abajo he ido yo de parvulito. Las niñas de pago iban de uniforme y las gratuitas con guardapolvo blanco. Y no se mezclaban ni en el recreo. Manda huevos.

─Por andar un poco podemos ir a La Nueva, o a Sagasta, al Dos.

─Vamos a La Nueva, si os parece. Hace tiempo que no nos pasamos, y nos tratan bien.

Los viejos cruzan la plaza a su paso quedo, todo lo tiesos que pueden, al ritmo de sus garrotas, y suben por Trafalgar hacia Eloy Gonzalo.

─Creo que han cerrado la tienda de las gallinas, ahí enfrente. Siempre me he parado a verlas en el escaparate.

─Yo también. Siempre he pensado que me hubiese gustado tener una casa con gallinas…

─Esta es la iglesia de los protestantes. Tú has trabajado para ellos, ¿no, Miguel?

─Alguna cosa les he hecho. Es la Asamblea de los Hermanos, un aparte dentro de los protestantes, pero no me preguntes diferencias, no te sabría decir. Es buena gente. Tengo idea de que mi padre trabajó en la construcción de esta casa, la hicieron en los años cuarenta y tantos, cerca de los cincuenta debió de ser. Antes tenían una pequeña capilla y algo de colegio, creo.

En Eloy Gonzalo, caminando hacia Quevedo, los viejos pasan frente al remodelado Instituto Homeopático.

─El Hospitalillo de los Anises. Aquí me traía mi madre de niño, parece ser que tenía algo de reúma. Había un médico que no le cobraba mucho.

Los viejos entran en la taberna, a la que algo le queda del buen poso que dejan los años en las tabernas.

─A ver, ponnos tres chatos, hoy del caro, que creo que paga Mariano, y a ver si te luces con la tapa… 
  




   

      

sábado, 15 de agosto de 2020

Ahora los llaman residencias









─Y yo, ¿por qué no me muero?

El viejo se repite una y otra vez la pregunta que lleva haciéndose meses.

─Sí que es caprichoso el jodío virus este, sí, teniéndome tan a huevo. Creo que es la primera vez que se rifa una torta y no me toca… El premio, ahora, era que me tocase, seguro, y por eso no me toca.

Después de mucho tiempo han sacado a los internos sobrevivientes a la sala de la televisión. Los conscientes miran a su alrededor con ojos desorbitados, girando tan solo la vista en un intento de saber los que faltan. Siguen siendo mayoría los inconscientes, las caras de interrogación y pasmo, los ojos perdidos, las bocas abiertas, la baba escurriendo desde el labio, las almas atrancadas en quien sabe qué recovecos de sus vidas.

─No es justo hacernos pasar por tanta muerte ajena para llegar a la propia.

 Fueron tres días de agonía de su compañero de habitación, y él en la cama adjunta, sin poder moverse por la lumbalgia o lo que fuese aquello que le inmovilizaba, sin ser capaz de atender los últimos ruegos del moribundo. Después fueron horas junto al cadáver, con la sola visita de la monja gorda que al menos tapó con la sábana los ojos de espanto, y que dejó en la mesilla la virgen de plástico fosforescente que llenaba la oscuridad de una heladora luz verde. Después fue la náusea, durante días. Ahora es la desesperanza absoluta, y la tristeza que ahoga sin llegar a matar.

─Nada me ha sido fácil. Siempre he oído a los hombres recordar su infancia con alegría, como quien acude a refugio seguro. Yo he tenido mi infancia como medida de lo no deseable, como el modelo del que huir para lograr algo de felicidad. Nada ha sido fácil. Yo tampoco he dado más de mí. No me atrevo a decir que hice cuanto pude. Qué sé yo. Mucho daño al prójimo no creo haber hecho.

El viejo se acerca a una ventana. La residencia, como ahora llaman a los asilos, está entre los repetitivos bloques de viviendas que suben y bajan los cerros hasta el horizonte, en el paisaje que se creó en los años sesenta del siglo pasado. La pandemia tiene las calles vacías. Entre el enjambre de ventanitas hay una de la que cuelga una bandera nacional descolorida por el tiempo; raro guiño en este escenario piensa el viejo.

─Supongo que a mis hijos la vida les ha sido algo más fácil que a mí. Lo he intentado. Me hubiese gustado hacer de abuelo. Me hubiese gustado…  









  



domingo, 2 de agosto de 2020

Nuestras cosas













a memoria se une a las cosas, a esos objetos que se nos han ido haciendo símbolos de un tiempo pasado, de una gente que fue. Nuestras cosas. Unos somos más aficionados que otros a guardar trastos viejos, pero todos, en mayor o menor medida, vivimos rodeados de esos símbolos que nos unen al pasado y nos proyectan al futuro. En unos casos, pocos, esa memoria se materializa en retratos de antepasados, grandes muebles, casas, títulos y grandezas; pero para el común de los mortales serán unas fotos sepias, el pañuelo bordado por aquella abuela, la agenda con anotaciones del bisabuelo, las cartas de los padres, los versos cursis de aquella lejana tía que guardaba flores secas entre las páginas de los libros, las hueveras de loza en que la abuela mengana servía los huevos pasados por agua, los libros subrayados por el abuelo zutano, las estampitas de, el reloj de, las medallas de… Algunas de esas cosas las tenemos a la vista, en paredes o vitrinas, otras duermen el tiempo en el fondo de los cajones y aparecen de tarde en tarde, buscadas o por casualidad, para movernos el alma.

Guerras, incendios, robos, migraciones y demás avatares fuerzan a los hombres a una continua renovación de esa necesaria simbología, muchas veces reducida a un mínimo bagaje de memoria material con que prolongarse en los hijos. Pero hay un fenómeno en nuestro tiempo que me produce especial desazón: la ocupación de viviendas habitadas aprovechando la ausencia de sus moradores por vacaciones, un viaje o cualquier otra razón. No me refiero a ocupaciones de edificios abandonados, hablo de la irrupción violenta en la vivienda de unas personas, profanando su intimidad, destruyendo su mundo, su historia, sus símbolos.

Es el robo absoluto.

Como suele ocurrir, parece que el asunto está bastante profesionalizado. Cuervos engordados en la miseria del prójimo ocupan estas viviendas, poniéndolas luego, por unas perras, en el mercado de la necesidad.

El fenómeno ocupa (doy por hecho que el fenómeno okupa es otra cosa) tiene muchas facetas, pero esta de que hablo es bastante identificable, distinguible, distinta. La ciudadanía no puede entender el anquilosamiento de los jueces en estos casos. Es mucho dolor. Es incomprensible que no se actúe con inmediatez en estas ocupaciones.

 Y en tantas otras cosas. Me dirá alguno.