…
Y
se me va llenando
de
nostalgia la vida,
como
un vaso colmado
de
un lento vino pálido
…
Meira
Delmar
…
Y
se me va llenando
de
nostalgia la vida,
como
un vaso colmado
de
un lento vino pálido
…
Meira
Delmar
l invierno se nos hace
largo a los viejos que estamos a la espera de que acabe, amagados al calor de
la estufa, a la espera de que vuelvan a ser hojas las yemas observadas día a
día, a la espera de los nuevos verdes, a la espera de esa propina que ya nos
parece el poder ver renacer el mundo un año más. No tenemos grandes fríos, eso
dicen los termómetros y eso alarma sobremanera a los científicos, pero en los
huesos de los viejos ese poco frío se cuela, se asienta y cuesta sacarlo. No
tenemos el horizonte lejano y prometedor que calienta el cuerpo de los jóvenes.
Invierno sin esperanza de
verdes es en el que nos están sumiendo a los viejos con las nuevas tecnologías.
El uso de tan magníficas herramientas, en muchos casos, es torpe, abusivo y
torticero. Al menos a mí me lo parece. Ya no son solo los bancos y demás
empresas privadas en busca de la reducción de plantilla, son también las
administraciones públicas complicando sobremanera trámites burocráticos al
forzar su realización por medios electrónicos. Los viejos solemos ser torpes en
la utilización de las últimas tecnologías informáticas, sí, qué duda cabe; tecnologías
que suelen manejar con soltura jóvenes sin formación específica y apenas
genérica. Y esto no ha hecho más que empezar. Quien sabe lo que cabe esperar
del uso de la IA por los actuales y oscuros poderes del mundo.
Invierno se nos hace el
asomarnos al mundo por los medios de comunicación. Los que pusimos juventud e
ilusión en la esperanza de un mundo más justo vemos con asombro derrumbarse lo
que creíamos conseguido en este último medio siglo. Vemos crecer la desigualdad
y la pobreza. Vemos hacerse asombrosamente más ricos a los que ya lo eran. Vemos
el derrumbe de lo público en favor de lo privado. Vemos hundirse la sanidad pública,
la enseñanza pública… Vemos crecer a los nostálgicos de la dictadura y sus
métodos, oímos el cacareo de sus voceros en todos los foros, y vemos,
preocupados, germinar su semilla entre jóvenes desalentados, desilusionados.
La izquierda europea en
general y la española en particular no supieron plantar cara al neoliberalismo,
pretendieron convivir con él, no supieron trasmitir a la gente el peligro, el
tremendo paso atrás que esas doctrinas socioeconómicas significaban para lo
conseguido en Europa tras la Segunda Guerra y en España tras la dictadura. Y
esos polvos trajeron estos lodos; algunos tan esperpénticos como los que
pretenden definir con una palabra tan absurda como anarcocapitalismo. Hoy por
hoy el gran enemigo sigue siendo el liberalismo económico trabajando para el
gran capital. Hoy por hoy me dan más miedo los emperejilados liberales que los
neonazis o neofascistas. Mañana no lo sé. El deterioro es muy rápido. Tenemos una
izquierda fraccionada en pequeños grupúsculos trabajando para conseguir su
pequeña parcela de poder; una derecha cautiva de sus extremos más
reaccionarios; y unos trasnochados nacionalismos, de todos los colores, que
usan y abusan de la situación. Tenemos una judicatura encastillada y escorada a
la banda por la que se escora. Tenemos un muestrario de las corruptelas más
variopintas y tenebrosas. Tenemos, por tener de todo, hasta un clero católico
levantado contra su jefe, un Papa argentino, un peligroso rojo, parece ser.
Pero lo más preocupante es
esa juventud desalentada y desilusionada a la que no se ha sabido ofrecer
futuro.
Aquellos de las melenas y
las trencas, a los que los Conesa y los Billy el Niño no llegaron a tirar por
la ventana, están un poco viejos, ya no están para carreras con los grises. Están,
en los mejores casos, amagados junto a la estufa, esperando que las yemas sean
nuevos verdes, escribiendo sus tonterías, reuniendo cosas de los que fueron para
los que son. Pasando el invierno. Asomando la nariz a un mundo en la frontera
de no se sabe qué, soportando arengas y monsergas que creían superadas. Pasando
el invierno.
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La ventana enmarca un cielo
de densas nubes, y bajo ellas el lejano azul del Teleno, la franja verde del
Órbigo y la paramera que llega hasta los pies del viejo mesón, junto a las vías
que ya son solo añoranza de baúles, maletas y movimiento de carros y
caballerías; que solo son ya ecos del esfuerzo de bielas entre resoplidos de
vapor alejándose, perdiéndose en la llanada.
─ Madre, ¿ya está usted
hablando con el abuelo Hermógenes?
─ No Inés, no. A tu abuelo
no lo he visto hoy, ni a tu padre. Ese señor es el Juarongo, de una familia de
aquí de toda la vida, de ahí abajo, de la calle de las Cuevas. También le
llamaban el inglés, por su forma de vestir, que chocaba en el pueblo. Era
médico, vivía en Madrid, pero de viejo se quedó aquí, en el pueblo, con su
segunda mujer, y aquí murió, y aquí está enterrado. A la segunda mujer sí la
has conocido, le sobrevivió muchos años, era más joven, mucho más joven, murió allá por los sesenta. Al Juarongo le
llevaba las tierras el tío Atalo, al que no has conocido, pero sí a su hija Nisa,
y a sus nietas, hijas de esta.
─ No he conocido a ese
señor Juarongo, madre, pero sí a las familias de sus dos hijos, médicos también,
que venían al pueblo por el verano, aún viene alguno de los nietos, he jugado
con ellos de niña.
─ De eso hablaba el Juarongo con un señor que me ha parecido don Baltasar, el de San Adrián. Se quejaba de
que apenas ve últimamente a gente de su sangre por la casa. Se quejaba de unos
extraños a los que, por lo visto, ha dejado parte de la casa uno de sus nietos,
y que han hecho de su patio un ridículo decorado andaluz, eso decía.
─ Deje las visiones por un
rato, madre, y tómese estas sopitas, ande. Voy a ir fregando este suelo ahora
que no hay nadie.
─ Tomaré las sopas, hija,
pero déjame en mis recuerdos, que a nadie hacen mal. Me venían ahora a la
cabeza unas participaciones de lotería que guardaba tu padre y tengo ahí
arriba, regalo del Juarongo y dibujadas de su mano, preciosas, recuérdame que te
las enseñe.
─ Toda esa familia ha sido
gente de estudios.
─ Estos son los primeros
que estudiaron, Juarongo y sus hermanos; que su padre, José se llamaba si mal no
recuerdo, fue labrador. Uno de los hijos, Servando, puso un colegio en San Adrián que luego trasladó a la Bañeza, y allí fue también concejal o alcalde, algo
así, antes de la guerra…
Las presencias de la
anciana Nina, en su sillón de mimbre junto al fuego, se esparcen por el comedor
del viejo mesón, enredadas en su memoria y en las volutas del humo de las sopas
a las que ella trata de acercar una temblorosa cuchara. Al poco, ya gira la
cabeza hacia una mesa cercana y entabla de nuevo animada charla.
─ Pero madre, ¿otra vez de
cháchara? Coma las sopas que se le enfrían.
─ Es Angel, hija, ¿no te
acuerdas de Angel? Angel el Fino, el de la droguería de la plaza y el salón
de baile. Allí me hice yo novia de tu padre, no teníamos otro sitio al que ir…
─ Sí me acuerdo de Angel,
madre, sí me acuerdo, pero, por Dios, no remueva más el cementerio por hoy.
Coma las sopas.
─ Angel hizo perras en
américa, sí, allí hizo las perras…
─ Coma las sopas, madre,
coma las sopas.
─ No ha sido esta tierra
de mucha emigración. No ha sido tierra de grandes ricos ni de grandes pobres.
Ha sido tierra de un ir pasando, con mucho trabajo. No creo capaz de ese
trabajo a la gente de ahora.
─ Aquí ha habido ricos y
pobres, como en todas partes.
─ Yo he conocido otras
tierras, Inés, he ido con tu padre a segar lejos y he visto otra necesidad.
Aquí, el domingo, siempre ha hervido el cocido en todas las casas, con más o
menos matanza, con más o menos gallina, pero en todas ha hervido.
─ Ahora las cosas son
distintas, madre.
─ Tan distintas que no las
entiendo. Yo, aquí, solo he conocido a un rico, rico de verdad, fue Pancho, el
cubano aquel que trajo al pueblo uno de los hijos del Juarongo, y que aquí se
quedó, se hizo el inmenso casón de ahí abajo, junto a la carretera, y aquí se
quedó. Ese sí era rico, rico de verdad, aunque la revolución esa de Cuba le
dejó casi en pañales, y sus últimos años fueron miserables.
─ ¿No ha venido nunca a
visitarla Pancho, madre?
─ No era de tabernas ni
mesones, jamás le vi beberse un vaso de vino.
─ Me llevo las sopas, que
ya se le han quedado frías. ¿Quiere leche u otra cosa?
─ No hija, no quiero nada.
Poco gasto de energías tiene ya una.
─ Pues hoy ha charlado con
medio cementerio.
─ Apenas viene ya nadie, estamos en medio de la nada, hija, de la nada.
El pie derecho mantiene su vertical
función en el entramado, el barniz moderno resalta las huellas viejas, los
limpios mordiscos del filo de la azuela que le dio forma. Las arcillas que se
secaron al sol de la era y luego se recocharon en el horno, continúan su
trabajo en la fábrica, unidas por las hiladas de mortero de arenas de las
terrazas del Manzanares aglomeradas por la cal, la cal que aglomeró a la
civilización.
Este viejo muro medianero, todo funcionalidad
para quedar oculto, se muestra hoy al aire, ungido por aceites de nuestros días
para mejor servir en su nueva tarea: ornar los paramentos de una vieja taberna
en el viejo Madrid, en el barrio viejo de palacio.
Bienvenida sea la nueva función. Y sea
también homenaje a los antiguos saberes y a los artesanos que izaron el muro.
Aún creo escuchar el roce de la paleta limpiando las rebabas del mortero.
Sea, por mi parte, homenaje también a un
señor que vivió en la casa contigua, y que, siendo yo un niño, me enseñó los
primeros rudimentos del oficio. Al hombre le gustaba ir a esta taberna, por
entonces con otro aspecto, y a mi ir con él
Por los cerramientos
protectores de viejas burguesías agotadas y divididas, se asoman los primeros
ocres y amarillos entre verdes gastados. Un sol tímido trata de penetrar
grises.
─ ¡Lino! cuanto
tiempo…pero ¿dónde te metes?
─ Buenos días, Andrés,
¿cómo estás?
─ Bien, más o menos bien.
Procurando mover las piernas y aprovechando este día de solecito otoñal, que
pocos nos quedaran ya este año. Y haciendo tiempo hasta la hora del chato del
aperitivo, que, por cierto, no apareces.
─ Tendría que haberte
llamado, sí, me he cogido unos días de asueto, de descanso. La escora por estribor de nuestros convecinos y tertulianos llega un momento que me ahoga,
necesito respirar, asomarme algo por la otra amura, que aquí donde vivimos está
poco concurrida, como sabes y también padeces.
─ Qué me vas a decir. La escora comienza a meter agua por la borda. Y no solo aquí, parece que el mal se
generaliza.
Los crisantemos ponen
color en los parterres del parquecillo donde los viejos apuran los últimos
soles.
─ Pues sí, Andrés, lo que
queda de los que fueron y tuvieron, junto a los que ahora quieren ser y tener y
parecerse a los que fueron y tuvieron, inclinan de forma clara este pueblo en
el que elegimos vivir o nos trajo la vida, y en donde parece que tú, yo y pocos
más somos disonancias.
─ Antes eran los que
tenían y los que les servían durante los largos veranos. A los descendientes y
aprendices de hoy les dan servicio emigrantes con pocos derechos. Los
servidores de antaño están liberados, o casi, algunos incluso en la banda de
estribor.
─ La elección de amura no
suele ser producto de la reflexión, no suele proceder de la materia gris, tiene
una procedencia gástrica. Es más, creo en una predisposición más que en una
elección volitiva. Se nace siendo de babor o se nace siendo de estribor.
─ Algo de eso hay, qué
duda cabe. Como explicar si no opciones tan diferentes en miembros de una misma
familia con educación similar. Pero permíteme partir una lanza por el babor,
estoy convencido de que en esa amura hay un mayor componente de opción
reflexiva.
─ No tengo la menor duda
sobre el mayor componente reflexivo de
esa opción. No queda bien hablar de superioridades éticas, pero uno cree en lo
que cree. Y los hados nos alejen de los poseedores de la verdad.
─ Pues caigamos hacia el
chato y la tapa, Lino, que es verdad evidente sin necesidad de demostración,
por más que sea en estribor, que no hay otra.
Y los viejos se van dejando caer hacia la querencia, bajo los grises, con lo poco rojo que logra poner el sol de otoño.
Los que tenemos ya alguna
edad hemos vivido la España en blanco y negro con fondo musical de quinteroleónyquiroga,
el cuchillito de luna lunera emanando de la telefunken comprada a plazos o colándose
por la ventana del patio vecinal. Antes de las apreturas matinales en la
alienación del metro madrileño había sido la casa del pueblo sin retrete y sin
grifos. Aún no era el tiempo de “meter el agua”. El agua. El agua de la negra
hondura del pozo. El agua traída de la fuente por las mujeres ─siempre el
trabajo de las mujeres─ en el cántaro del equilibrio sobre la cabeza y en los
apoyados en las caderas. El agua fresca del eco del barro. Fue aquel inmenso
trasvase humano del mundo rural, de las culturas rurales, a la agria
desculturización de los suburbios urbanos; en la construcción de los cuales
tantos se hicieron ricos.
Pues habiendo vivido ese
mundo y los varios que después vinieron, ahora nos despertamos atónitos en
otro, nos despertamos por los golpes en la puerta con que anuncia su llegada la
Inteligencia Artificial. Creo, o quiero ingenuamente creer, que el calificativo
no termina de cuadrar con el sustantivo. Nos despertamos en un mundo
atemorizado por el más que posible uso torticero de tan poderosa herramienta
por el lado oscuro; sin que, por el momento, sepamos defendernos. Ya tenemos
noticias al respecto. Asusta imaginar posibles usos de la IA.
Habiendo caminado por
mundos tan diferentes, tan cambiantes, se podría suponer, en mis coetáneos, una
alta capacidad para asimilar cambios sociales. Sin embargo tengo que reconocer
mi doloroso asombro ante el rapidísimo proceso de trasformación de una amplia
zona del viejo Madrid, mi querido viejo
Madrid, en un decorado para turistas, uno más en la España turisteada. Esas
masas de visitantes que llenan las calles arrastrando sus maletas no necesitan
del comercio tradicional que da o daba servicio a los ciudadanos. Los turistas
quieren la tienda del absurdo souvenir
o los sitios donde comerse esas tremendas cosas que les dan por paella. El
comercio tradicional y el especializado desaparecen. Sus habitantes, los que
quedan, irán también desapareciendo. Las administraciones municipal y
autonómica no parecen interesadas en tratar de controlar o encauzar este
proceso. El viejo Madrid, parte de mi querido viejo Madrid, será un sitio para
no ir. La vieja ciudad simpática y vitalista, acogedora de todos, será un
decorado más para esas gentes que viajan obedientes a su agencia y a lo que
leen en sus absurdas guías redactadas por el lado oscuro. Gastando, eso sí,
ingentes cantidades de gasolina en sus traslados aéreos, terminando de matar a
este mundo agonizante, según nos dicen los que de eso saben.
En fin, quedemos los
viejos al socaire de lo que fue, en la fuente donde la moza se coloca el rodete
sobre el pelo atirantado hacia el moño, y alza el cántaro mientras contesta al
mozo lenguaraz que la requiebra. O quedemos junto a la ventana del patio por la
que entra la copla de los amores de metáfora rancia. Quede para los que vienen
la solución de lo que no sabemos si tiene solución.
Tras los chaparrones
veraniegos el mundo siempre tuvo aspecto y olor de nuevo, de recién lavado. Aún
respiro, huelo y oigo la torrentera que se hacía la calle en las tormentas de
finales de agosto en el pueblo de los ancestros y las querencias, en los
lejanos veranos de la infancia. Aún me llega aquella nitidez del aire, aquel
olor a tierra mojada, ese olor anunciante que es metáfora precisa y sugerente;
ese olor del que los científicos nos han dado tan variopintas explicaciones.
Vivimos tiempos de
desmesuras meteorológicas. Se nos ha quedado corto hasta el idioma, y los
técnicos nos van aportando vocablos con que denominar a lo que se nos cae
encima. Después de un verano desmesurado, en el que se han batido todos los
registros históricos de temperatura, llega esta DANA, dama bravía más o menos
dañina según zonas. En la que vivo solo ha sido algo más que una tradicional
tormenta veraniega, sin grandes daños.
Es un disfrute ver
responder a la naturaleza con esta agua tras las solaneras pasadas. Plantas
abatidas, con las hojas lacias, secas, o ya sin ellas, se han erguido, han
levantado sus ramas y estirado sus hojas en un reverdecer casi primaveral.
Arbustos que daba por muertos apuntan motas verdes anunciadoras de vida. Alguna
vara de malva, que parecía haber llegado al final de su floración, ha rebrotado
un giro verde en su cima, anunciando más libaciones al brillo azul acero de la
abeja carpintera. Ya oigo su zumbar expectante, entreteniéndose con lo poco que
deja en los geranios la mariposa africana.
Uno ya está demasiado
viejo para sentir plenamente, como en la infancia y la juventud, la sensación
de mundo nuevo tras la lluvia. Los años observando la condición humana no hacen
optimista a nadie. Hay que asirse a algo para seguir viviendo, y este
reverdecer no es mal asidero, de momento. Ahí fuera siguen, como siempre, los
poseedores de las verdades absolutas, dispuestos a machacar la vida de los
incrédulos humanos de a pie que se mantienen al margen de signos, banderas y
nacionalismos. Ahí fuera siguen, como siempre, los negadores de la evidencia en
nombre de la ideología.
Hay que asirse a algo para
seguir viviendo. A veces solo sirve el cobijo en los mundos paralelos que
algunos humanos han tenido la delicadeza y la capacidad de crear en sus libros,
dibujar en sus papeles, colorear en sus lienzos.
Hay que asirse a algo.
Seguiré, esperanzado, en
la ventana que se asoma al verde.