sábado, 6 de febrero de 2021
viernes, 15 de enero de 2021
Derribo
Las ruinas tienen la
tristeza cálida de la decadencia. Las demoliciones no, las demoliciones suelen dejarnos
un sabor agrio de desesperanza y abuso, entre ese olor que emana de los más oscuros
recovecos del alma.
En el muro ha quedado grabada
vida humana, el dibujo inciso de las escaleras por las que bajaron los últimos ataúdes
y por las que alguien hace hoy subir sus dineros. Colores de distintas épocas, gustos
diferentes, ecos de una lejana queja de parturienta, del primer llanto de un
bebé, de un bisbiseo de letanías entre las cuentas apoyadas en el frufrú de un mandil…
En nuestro tiempo, nada mejor suele
substituir a lo derribado.
domingo, 10 de enero de 2021
La gran nevada del encierro
Con más o menos base
científica claman hoy en el mundo los profetas del catastrofismo: plagas,
pandemias, deshielos, inundaciones, sequías, incendios, desertificación,
hundimientos del terreno, erupciones volcánicas, migraciones humanas, huracanes…
Todos los días tenemos en la prensa alguna nueva aportación a este caos global.
Creo que a estas alturas caben pocas dudas sobre las graves consecuencias de la
sobreexplotación del planeta, pero los ciudadanos de a pie, con tan solo el
sentido común, si existe, no somos capaces de poner esas alarmas en su justo
punto y medida.
Recuerdo a un profesor del
colegio que, por los años del bachillerato elemental de entonces, nos hablaba
del inminente agotamiento de los combustibles fósiles, y ponía la única
esperanza razonable en la energía nuclear de fusión. De esto hace más de
sesenta años y los humanos siguen quemando petróleo, cada día más, siguen
usando la fisión sin apenas dominio de sus peligros, mientras que poco han
debido avanzar en el control de la fusión. Esto sucedía por aquellos años en
que mi compañero de colegio Serafín Mendoza “inventó” el motor de agua.
Digo yo que alguna base hay
para un cierto y prudente escepticismo respecto a tan apocalípticos anuncios,
sin caer en absurdos negacionismos. Pero a servidor, como a tantos, esta
pandemia le tiene prácticamente encerrado desde el pasado mes de marzo. Tuvimos
después una primavera lluviosa como pocas, no hubo invierno, en noviembre vi
con inquietud ─no es la primera vez─ florecer los ciruelos en la sierra
madrileña, y hoy, a nueve de enero, me rodea la mayor nevada que he visto en mi
vida. Digo yo que también hay alguna base para la preocupación. Digo yo.
Vivo el encierro pandémico
con absoluta conciencia de mi condición de privilegiado, más que nada por poder
disfrutar de un trozo de mundo donde observar la vida. He trabajado desde niño
hasta el retiro, y ahora vivo cómodamente de mi pensión. Tengo la sensación de
que, en comparación con gran parte de mis conciudadanos, he recibido más de lo
aportado. Esta conciencia de injustos repartos supongo que es común a los que
están, estamos, en la izquierda política. Y digo esto por colocarme ante la
otra gran pandemia que nos acecha, y a esta sí que la conozco, esta es real,
seguro, la he, la hemos, vivido y sufrido los de mi edad durante la infancia y
juventud. De un tiempo a esta parte
tenemos que volver a escuchar las viejas estupideces, las viejas monsergas, las
viejas amenazas con el índice apuntando. Creíamos, ingenuos, que la bestia
estaba derrotada, y no, regresa para “salvar” de nuevo a la patria amenazada.
Lo preocupante es que, en épocas de aflicción, esta infección puede salir de los sectores sociales que le son propios, de sus caldos de cultivo habituales, y extenderse entre los humildes angustiados que ponen oído a las altisonantes falacias. Tenemos experiencia histórica del asunto. Pongamos la esperanza en el sentido común del pueblo llano. Y en la ciencia. Mientras disfrutamos con las interpretaciones del mundo que nos hacen los artistas. No hay otra.
jueves, 7 de enero de 2021
Día de frío y pandemia
En un momento todo está
nevado. Hace unos minutos miraba por la ventana a unos mirlos que rebuscaban
semillas en la hierba. Se veía un día gris y frío, pero paseable. Me he
entretenido un rato con la reciente luz blanda de Ezequías Blanco, y cuando he
decidido salir a caminar veo todo nevado. Ha sido en un momento.
La física manda:
corta la piel
y deja al
descubierto lo perdido
por detrás de esta
tierra de luz blanda.
Hoy no hay paseo. Seguiré
con el poeta del entrañable Paladinos, un ratito, que hay mucho hospital en la
luz blanda. Me hace guiños la bohemia de Emilio Carrére desde esa preciosa Ruta
emocional de Madrid que ha editado La Felguera. Quizás sea mejor compañía
para este día de frío y pandemia.
Una jarra
pintada de Talavera,
-vino espeso y peleón-.
La guitarra,
errabunda y lastimera,
del mesón,
y una lágrima colgando
del bordón.
sábado, 2 de enero de 2021
Margarit
Joan Margarit
compagina momentos flectores y metáforas. Herramientas e interpretación del mundo. No parece que el esfuerzo cortante de esta pandemia le haya afectado mucho, parece incluso agradecer tan productivos confinamientos. Tendrá dispuestas las armaduras pertinentes en el lugar adecuado. Creo entenderle que también las tiene para hacer frente al paso que a su edad hay que considerar, y solo considera la trivialización del paso. Todos nos asimos a imágenes remotas que usamos como símbolos, él a la de su abuela meando junto al camino, de pie, con las piernas abiertas bajo la falda. Reconforta, algo, que una figura como Margarit fructifique en la escombrera de una profesión tan frecuentemente unida al poder, al dinero, a la corrupción y a las vanidades. Lávela el chorro de su abuela.
viernes, 25 de diciembre de 2020
Tierra en la que dominan los cielos VIII
Las solanas y corredores habitualmente se abren a los patios interiores, que esta ha sido siempre gente de poco asomarse al mundo. Las barandas suelen tener balaustres torneados o de tabla recortada, y en algún caso barrotes metálicos entre la madera de peana y pasamanos.
Pero paremos al remanso de
esa chimenea que aún humea, imaginémonos frente al puchero de Jamuz sobre la
trébede, con las sopas, a las brasas de las vides, teniendo a mano la jarra con
el clarete del año recién traído de la bodega, espumoso, picante, vivo.
Refugiémonos un momento ante esa ventana tras la que asoma la vida en las
flores de unos geranios, en las jambas encaladas, en la tapia trullada. Oigo ya
el silbo de la lechuza del mechinal del patio, el que oía en las noches de la
infancia, en el patio de las malvas rojas.
Tierra en la que dominan los cielos VII
Aún es posible ver, paseando
esta tierra, muestras de los herrajes de puertas y ventanas hechos por el
herrero del pueblo en épocas de casi total autarquía: pernios, aldabas,
tiradores, trancas, quicios, bocallaves, cerraduras, llaves, pestillos,
cerrojos…
Tierra en la que dominan los cielos VI
Las casas elevan sus tapias
en esviaje desde los alizares de lajas cuarcíticas hasta los aleros. Esta
progresiva disminución del ancho del muro les da ese sólido y característico
aspecto troncopiramidal. Hoy, los cantos rodados erizan esas tapias sin protección,
la arcilla aglutinadora se diluye, va dejándolos libres y caen a su origen.
En los potentes aleros, entre los canes, asoman las cabezas de las vigas de aire ancladas con esas clavijas acuchilladas que garantizan arriostramientos. Vemos canes labrados, otros son simples troncos. En casos, la labra y la escuadría hacen de la cabeza de viga un can más. No abundan, pero también hay algún alero de tejavana en construcciones más modernas.
Tierra en la que dominan los cielos V
En estas ventanas la ruina
ha invertido su función, y desde fuera vemos que enmarcan grises de nubes,
azules de cielos, maleza y ruina interior. No la mies ni el cobijo doméstico de
antaño.
Tierra en la que dominan los cielos IV
En estas puertas
y ventanas podemos encontrar restos de colores viejos: rojos de almagra y
azules de añil. Colores definitorios de un mundo ya lejano.

















































