viernes, 13 de octubre de 2017

Se retrasa el otoño










Se retrasa el otoño. Vegetales y animales parecen desconcertados, no saben si toca parar o seguir. Las noches frescas parecen anunciarles el tiempo de reposo, pero el sol vuelve a inducirlos a la vida. Y no llueve. Desde los chaparrones de finales de agosto no ha vuelto a caer una gota.

Sin otoño los chinos no venden paraguas y hacen su agosto vendiendo banderas. Al facherío patrio rojigualda y señera; a los secesionistas sus distintas versiones esteladas; y al resto de los ciudadanos ya ni los chinos saben que vendernos. Supongo que no vamos a sentirnos muy necesitados.

Oigo a Faciolince, con ese apellido que parece avisar felinas astucias,  comentar el despropósito del separatismo catalán. Solo puede nacer, piensa, de la ignorancia, del desconocimiento del mundo en el que vivimos. También pienso.

Un suave como Enric Juliana lanza por televisión su dedo índice a los españoles: cuidado con humillar a la sociedad catalana. ¿Debo incluirme entre los amenazados? Dan miedo los suaves vanguardistas; han creado gran parte de este desastre. Dan bastante más miedo que los meros lanzadores de cansinas consignas, como doña Esther Vera y su ínclito Ara. Quizá tanto miedo como los españolistas de pro, que aparecen como setas en impensados tiestos.

 Y sin llover.







jueves, 12 de octubre de 2017

Sueño








—Es una vergüenza, esto no se lo merece un pueblo serio y trabajador como el nuestro. ¡Y se llaman socialistas!— sentencia don Fermín, el boticario, en la taberna de Colás, con una vehemencia inusitada para su reposado y sentencioso hablar cotidiano.
—¡Cuidao!— Es la voz de aguardiente de Andrés, el carnicero, trastabillante ya a esas horas de la tarde. —Queso lo ha hecho un so so socialista, no los so so socialistas. ¡Cuidao!—
—Lo mismo me da que me da lo mismo, Andrés, es el alcalde, es socialista y representa a los socialistas; y para desgracia nuestra al pueblo entero —apostilla don Fermín con firme acción de su mano derecha.
—Como caiga me descojono— dice, más para sí que para la concurrencia, Javierín, el Jipi.
Hace días que en el pueblo no se habla de otra cosa. Desde que los concejales del PP han filtrado la noticia los vecinos están soliviantados. El alcalde ha llegado a ser agredido por la oposición en un tumultuoso pleno y lleva cuatro días encerrado en su casa, sin atreverse a salir.
—¡Con las necesidades que tenemos! ¡Un gran pecado, una imperdonable frivolidad!— ha tonado en el púlpito el curilla que ha sustituido al anciano don Tomás.
—¡Un 1,8 por ciento de nuestro presupuesto!— afina Vicente, el atildado administrativo de la sucursal de La Caixa.
—Y yo sin cobrar la reforma de la plaza— dice Aniceto, el contratista.
—Como caiga, me meo de risa— piensa Javierín, tras el humo de su porro.
—No, si esto no queda así, no. Ya lo hemos denunciado. Se va a enterar el rojo este— avisa Paco, el exalcalde pepero.
Y fue precisamente Genoveva, la mujer de Paco el pepero, la primera en darse cuenta, escuchando la radio en la mañana del día veintidós, al oír el número que ya todo el pueblo conocía.
—Son doscientos mil euros por habitante— calcula Vicente, pálido.
—Son quinientos millones del pueblo ¡Cuidao!—objeta Andrés.
—No podemos dejar ese capital en manos iletradas e inexpertas— sentencia el boticario.
—Lo primero es la santa madre Iglesia, remediadora de necesidades— dice el curilla.
Y Javierín se descojona mientras se enciende otro porro.
 Y el alcalde, con el secretario y el cabo de la guardia civil, entre aplausos de vecinos, periodistas y fotógrafos,  se va a la capital a ingresar en la cuenta del Ayuntamiento los ciento sesenta billetes del primer premio de la lotería de navidad, ese número con el que había soñado su señora.  
    
          

       

miércoles, 4 de octubre de 2017

Demasiadas banderas












Mientras escribo,
una voz charnega
Mi pena es más grande, vidalita, porque va por dentro
con sabor de lejos y aroma flamenco…
y en ella te canto, vidalita, el dolor que siento.





En estos días surgen odios guardados de antiguo en almas viejas. Y odios nuevos, desconocidos, impensados, afloran como de la nada en  almas jóvenes. Las calles están llenas de banderas. Demasiadas banderas. Y tras las banderas, el odio que las levanta. Las banderas siempre se alzan contra algo o contra alguien.

Demasiadas banderas,


vidalita.




      

viernes, 29 de septiembre de 2017

Relevo














D
on Prudencio Cascaleja está convencido de que el tal Peter, el del principio de incompetencia, era demasiado biempensante para ser competente. Don Prudencio cree a pies juntillas en lo que podríamos llamar principio de Cascaleja. Y no es que don Prudencio haya pretendido formular principio alguno, no,  y menos en poner su nombre a algo tan universal. Pero para entendernos podemos llamar así a ese modus operandi que tan bien le ha funcionado a lo largo de la vida y que, con sus propias palabras, podríamos enunciar así: si asciendes a los listillos las cagao. Vamos que el competente, en su viaje hacia la incompetencia, te puede hacer una avería; por lo que hay que estar seguro de no elevar a nadie capaz de hurgarte la tierra bajo los zapatos.
En el acto de su relevo, a Cascaleja se le hacen presentes los muchos años de camino desde su puesto de botones en aquel banco hasta su acomodada situación actual y su cargo de Gobernador Civil, (en la intimidad ha seguido usando el antiguo título). No ha sido un paseo fácil. Han sido muchos gorrazos, muchos siseñor, muchas reverencias, mucho aguantar a imbéciles poderosos... El artero don Prudencio pasea su mirada cicatera por esas caras arrobadas que escuchan las palabras del petimetre que el Partido ha nombrado para sustituirle. —Todos estos cantamañanas de la boca abierta me deben sus carguillos y muchos favores—. Qué olvidadizos son los humanos.
Don Prudencio siempre ha hecho honor a su nombre. Jamás se ha ido de la lengua. Su mano izquierda ha ignorado, sistemáticamente, los trabajos de la derecha. Siempre ha seguido al evangelista Mateo en lo de imitar la ofídica prudencia. Sí, puede ser que se haya pasado un poco en el asunto ese, sí; pero en realidad nada fuera de lo habitual. Lo que ocurre es que en el Partido hay ahora mucho cobardón hipócrita. ¡Si don Prudencio olvidase su prudencia!
Su única equivocación ha sido el petimetre. Lo reconoce. Se equivocó. Le engañó esa cara de tonto. Y eso que nunca se ha fiado de marisabidillas como este. Pero sí, le engañó. Tampoco vigiló sus intrigas en el Partido, y eso que una voz agradecida le había avisado, pero no hizo caso, no le dio importancia. —Me hago viejo— piensa don Prudencio.
En cuanto a los asuntos judiciales Cascaleja está tranquilo. Todo quedará en nada. Ahora a descansar a la finca y a pergeñar algún negociete que ya da vueltas en su cabeza. Seguro que todavía podrá ajustar las cuentas a alguno. Sobre todo al mequetrefe de las manos juntas y el andar escorado que le ha sustituido en su puesto. Ese petimetre marisabidilla que ha escapado a su olfato. Todo se andará. Siempre que llueve escampa. Todos los veranos se ha trillado.









    

jueves, 28 de septiembre de 2017

¿Cambio climático?



















N
o sé si esto es cambio climático, consecuencias del Procés, o qué será. La cuestión es que hoy es 28 de septiembre y están floreciendo los lilos.

Servidor no lo había visto nunca.

Lo consultaré con el primo del Sr. Presidente.
















domingo, 17 de septiembre de 2017

Piensa Elías










E
l jueves, como en cualquier otro día, a Elías le saca de la cama el dolor de huesos, que no le deja estar tumbado. Abre un frailero y un día mortecino se esparce lento en la habitación. Abluciones mínimas que le despiertan algo, para qué más. Ropa más o menos limpia; hay que ahorrar los lavados que tanto le molestan. Café del día anterior y galletas con sabor a periódico. Pastillas. En la radio el rancio y cansino asunto catalán: cantinelas de ricos que no quieren pagar, pero que pueden y saben ilusionar a una juventud ansiosa de creer en algo, como toda la juventud; y junto a esto, esa incomprensible izquierda defendiendo los intereses de la burguesía más rancia y su nacionalismo palurdo y trasnochado; y enfrente, como siempre, la derechona españolista frotándose las manos y clamando por el rayo purificador; y en medio, como siempre, los demás, aguantando. Las grandes palabras suelen ser mentiras. Piensa Elías. En la ventana, el cotidiano rito de regar sus geranios, quitar las flores y hojas secas, mover la tierra, acariciarlos con, quizás, la única sonrisa del día. En el ordenador que le regalaron y enseñaron a usar los chicos, Elías mira el correo, ojea un par de periódicos y hurga algo en internet. Sigue asombrándole esta fabulosa posibilidad que la vida le ha dado en su vejez.  No son las diez y ya no le queda sino salir a la calle.

A esas horas, el subibaja de las calles de su barrio ya está lleno de turistas obedientes tras la banderita del guía. Se ha puesto de moda criticar el turismo; Elías no entra ni sale, pero de lo que está seguro es que estas masas de visitantes de hoy en día destruyen, precisamente, aquello que buscan y las agencias les venden, algo ya escaso y que el turista no encuentra nunca. Elías pasa frente a la tasca de Julián el Chato, que ya es solo un callado ancianito colocado en un rincón. ¡Cuántas pepitorias se han comido aquí Elías y sus amigos! En la acera, estorbando el paso y la civilización, los amenazantes diedros en que se anuncia eso que los hijos del Chato venden a los turistas: un repulsivo producto industrial al que llaman “paella.” Lo asombroso es que los turistas se lo comen, Elías lo ve a diario, ¡se lo comen! La realidad, piensa Elías, es que nosotros nos quedamos sin la tasca del Chato y los turistas se quedan sin saber lo que es una tasca y sin la más remota idea sobre lo que pueda ser una paella. Julián el Chato viajaba en tranvía y era un hombre prudente, un estupendo cocinero y un tabernero gracioso como él solo; sus hijos viajan en Audi, saben hasta de marketing, engañan a los turistas y maldita la gracia que tienen. Piensa Elías.

El patio es un amplio rectángulo al que, en tiempos, se abrían talleres de ebanistería, talla, pintura y dorado, dos imagineros, un broncista y un marmolista. Un grupo de extraordinarios artesanos que hoy día sería imposible reunir, piensa Elías. Todos los talleres están cerrados. Lo único vivo son dos tiendas de antigüedades en las que venden ilusiones de otro tiempo en forma de trastos viejos, junto a despojos más o menos auténticos de retablos barrocos e incongruentes objetos de derribo traídos de oriente. Elías entra en el taller donde ha pasado la vida. Lo fundó su abuelo, en 1912. Comenzó siendo carpintería y evolucionó hacia una ebanistería de extraordinaria calidad. Su padre introdujo la talla —para la que tuvo gran habilidad— y los complementos del dorado y el estofado. Se preocupó de que Elías fuese aprendiendo todos los oficios del taller, completando su formación con el dibujo, el modelado y la historia del arte en las Escuelas de Artes y Oficios. Consiguió que su hijo fuese un gran artesano, que intervino en las más importantes restauraciones monumentales de su tiempo.

Elías acude tres o cuatro días por semana al encuentro con sus fantasmas en el templo de nostalgias del taller, donde queda lo que no ha ido desapareciendo con los robos de los últimos años. Quedan aún herramientas, plantillas, trepas, máquinas, bancos y mesas de trabajo, restos de maderas hoy imposibles de encontrar, estanterías con carpetas repletas de láminas, dibujos, modelos… Un escenario de polvo y telarañas donde los viejos ecos rebotan estridentes en los objetos y las paredes. Elías se entretiene en tallar una greca, en el largo proceso de dorarla y jugar después con los mates y los bruñidos que el ágata y su vieja maestría dejan en el oro. Lo poco que ya le permiten sus manos doloridas por la artrosis. Regalos para los hijos, que Dios sabe si aprecian.

Desde hace años, desde que quedó viudo, Elías come cerca del taller, en una vieja casa de comidas en la que procuran respetar su manía, un menú que repite a diario, cree que es lo que mejor le sienta: sopas de ajo, sardinas, una manzana y dos vasos de vino. Después, toma café con unos amigos y marcha a su casa, donde pasa la tarde leyendo y viendo algo de televisión.

A Elías le parece que su oficio, todo lo que él aprendió de joven y fue perfeccionando a lo largo de la vida, ya no interesa a nadie, se está olvidando. Hoy todo tiene que ser rápido y barato. Su trabajo siempre fue lento y caro. No interesa. Este es otro mundo, y le gusta menos. Serán manías de viejo, pero le gusta menos.

 

       

martes, 29 de agosto de 2017

Llueve, al fin










E
s media mañana y parece de noche. Un cielo tonante arroja el agua que nos ha negado durante meses. Pero aún es agosto, queda verano. Paso la mañana disfrutando el repiqueteo del agua tras la ventana con el fondo orquestal de unos truenos que parecen caer rodando hasta ese límite en el que estallan poderosos, sublimes. En un alarde de originalidad me pongo a escuchar Stormy Weather, en una versión de Etta James, de 1960. La vieja música yanqui me sirve para el momento.

Busco un chubasquero y salgo a pasear el pueblo bajo la lluvia.

A Trini, la tendera, parece escapársele el alma en cada estallido, y con los ojos en blanco hace frenéticos ademanes de santiguarse una y otra vez mientras invoca, tartamudeante, la mediación adecuada: Santa Bárbara bendita que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita… Con los truenos Trini se olvida hasta de cobrar, que ya es olvidar en ella. Isidro, el marido de Trini, espera anhelante una tregua del cielo para escapar de su tienda y de su señora y salir a repartir los pedidos por los bares, tomarse sus cañitas y echar unas monedas en las máquinas esas de los ruidos gastroeléctricos y las lucecitas, esos trastos en los que a tantos divierte dejarse los cuartos.

Mientras esquivo como puedo las bicicletas de dos zánganos veinteañeros que circulan por la acera con la potencia de su edad y la prepotencia de los tiempos, veo a Manuel sentado en el bar donde le ha pillado la tormenta. A Manuel no le impresionan los truenos; en realidad, a sus ochenta y tantos, ya no le impresiona nada, si es que algo le impresionó alguna vez. Manuel solo desea que escampe y continuar con su diario y exhaustivo recorrido de los bares del pueblo. A Manuel ya no le preocupa ni la muerte ni la vida; le da todo lo mismo. Como mínima autoafirmación, y por seguir siendo algo, aunque sin poner mucho empeño, Manuel continúa presumiendo de conquistador y campeón sexual, de leal a la gallina de su llavero y a la bandera de su pulsera, de fe en el eco lejano del Dios lejano de su lejana infancia, y de amor a una mujer fallecida hace años a la que, seguramente, no respetó mucho en vida y a la que ahora necesita idealizar. A Manuel le pesa una soledad ganada a pulso. Cada día se acorta su corto mundo. Pero, como él dice, que le quiten lo bailao. A Manuel, a pesar de todo, se le nota un poso de educación y colegio. También de abandono.  A ver si escampa.

Estas aguas, después de tantos meses de sequía, se han amalgamado con dios sabe qué suciedades depositadas en el suelo y han formado una espuma blanca, un manto poluto y sospechoso que cubre las calles. Aún así, hoy el mundo es más limpio y diáfano, qué duda cabe, un mundo que se ve, se huele y se respira.

En la tienda de los periódicos Matías compra su diaria dosis de Razón, y a los buenos días me contesta —golpeando su periódico— con una perorata sobre las medidas a tomar con los marroquíes del atropello en Las Ramblas, con los terroristas de la yihad y con todos los mahometanos que han llegado o lleguen a España: un pandemonio policial de venganzas, detenciones y deportaciones. No cuesta mucho hacerle cambiar de tema y llevarle a uno de sus favoritos: el origen africano de su fortuna familiar y los depurados sistemas que usaban para hacer trabajar a los aborígenes. Le gusta el asunto. El hombre se retrata con generosidad y se adorna con continuas alusiones a su condición de demócrata y católico practicante y militante. Sentado tal retrato, al que no se me ocurre apostillar, considero que las cosas quedan en su sitio y puedo irme.

Aprovecho que pasa por allí una amiga de mis hijos, guapa y risueña, entre la algarabía de su prole, a la que me uno.

 Se va haciendo la hora de comer y voy hacia casa.

Regreso al repiqueteo de la lluvia en mi ventana, con el fondo orquestal de los dioses precursores.

Asoma algo de sol por un resquicio de las nubes.

Huele bien. Las aguas han lavado todo lo que pueden lavar.






      

domingo, 13 de agosto de 2017

Aquel Restaurante Español de la rue du Helder, lugar de encuentro de los españoles en París











1889 fue el año de aquel arrebato de grandeur de la Francia que quedó simbolizado para siempre por la enormidad de la Torre Eiffel. La última Exposición Universal francesa del siglo XIX fue un descomunal esfuerzo de escaparate ante el mundo y especialmente ante la potencia que emergía al otro lado del Atlántico. Pero también se conmemoraba el centenario de aquel 14 de julio de 1789 en el que los revolucionarios franceses terminan con el Antiguo Régimen al tomar la Bastilla. Se proclama la Declaración de los Derechos del Hombre. Termina el feudalismo. Comienza la Edad Contemporánea.

Y en tan singular año, un valenciano decide abrir en París un restaurante, un restaurante español, y así lo llama: Restaurante Español. Encuentra un local bien situado, en el 14 de la rue du Helder, junto al Boulevard, a dos pasos de la plaza de La Ópera, una calle cortita que en esos tiempos tiene seis hoteles siempre llenos. El buen hacer del levantino y las habilidades de su señora en la cocina, bilbaína ella, van consolidando el negocio.

En estos últimos años del XIX, en los primeros del XX, y en el periodo de entreguerras, París es la capital del lujo y el refinamiento. Y a su goce viajan los poderosos del mundo. Pero la ciudad es también caldo de cultivo donde germina toda novedad artística. Y a ella acuden intelectuales y artistas, y en ella intercambian ideas, compiten, se esfuerzan, trabajan libres en un medio culto dispuesto a ver, oír, leer, analizar y juzgar cuanto sus talentos puedan ofrecer.

El restaurante de la rue du Helder va haciéndose centro de encuentro de los artistas españoles, entre los que abunda una bohemia con los estómagos tan vacíos como los bolsillos. Las paredes del comedor se van llenando de cuadros con los que se agradecen o pagan las calorías aportadas por los guisos de la señora del valenciano. Es el caso del pintor Domingo Muñoz Cuesta (1850-1935), del que cuelgan en la sala una Paella valenciana en la huerta, un Carmen de Granada, un Soldado español en traje de campaña, una Escena de los barrios bajos madrileños, etc. Esta acumulación de pintura de calidad termina por llamar la atención de la culta sociedad parisina, lo que unido a los guisos de la bilbaína termina de acreditar al establecimiento.

En pocos años el restaurante es obligado lugar de reunión de la colonia española y de la por entonces numerosa y rica colonia hispanoamericana. Comensales y amigos de la casa fueron intelectuales y escritores como Rafael Altamira y Crevea (1866-1951), Eusebio Blasco Soler (1844-1903) (El confesor me dice que no te quiera, y yo le digo: ¡Ay, padre, si usted la viera!), Rubén Darío (1867-1916), Manuel Machado Ruíz (1874-1947), José María Salaverría Ipenza (1873-1940), Antonio de Hoyos y Vinent (1884-1940) (un curioso marqués, homosexual y decadente), Enrique Gómez Carrillo (1873-1927) (escritor guatemalteco que estuvo casado con Raquel Meller), Ventura García Calderón (1886-1959); pintores como Santiago Rusiñol y Prats (1861-1931), José María Sert i Badra (1874-1945), Nestor Martín-Fernández de la Torre (1887-1938), José María López Mezquita (1883-1954), Fernando Álvarez Sotomayor (1875-1960), Ignacio Zuloaga Zabaleta (1870-1945), Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923), Federico Beltrán Masses (1885- 1949) (retratista de la alta sociedad, amigo de Rodolfo Valentino); músicos como Manuel de Falla (1876-1946), Joaquín Turina (1882-1949), Ricardo Viñes Roda (1875-1943, Joaquín Nin Castellanos (1879-1949), Reynaldo Hahn (1874-1947) Francisco Alonso López (1887-1948), Jacinto Guerrero (1895-1951); y actrices, cantantes y cupletistas como La Argentina (1890-1936), Raquel Meller (1888-1962), La Argentinita (1898-1945), Rosita Moreno (1907-1993), La Chelito (1885-1959), Teresina Negri (1879-1974) (bailarina, crea también una empresa de moda: Madame Grisina), Amalia Molina (1881-1956), La Fornarina (1884-1915), Laura de Santelmo (1897-1977) (bailaora retratada por Sorolla, quien le puso el nombre artístico); cantantes líricos como Matilde de Lerma (1875-?), Tito Ruffo (1877-1953), Elvira de Hidalgo (1891-1980) (soprano que fue maestra de María Callas), Andrés Perelló de Segurola (1874-1953), Marcos Redondo (1893-1976), Pepe Romeu (1900-1985) (tenor y actor en cine y teatro).

Con el paso de los años nuestro valenciano ha ganado dinero, y decide retirarse. Deja el negocio a su paisano y amigo León García Cortés, padre de la abuela materna de quien esto escribe con la ayuda de algún papel heredado y con la evanescente oralidad familiar. Don León, con un carácter simpático y bondadoso, se gana pronto a la clientela del restaurante. El antiguo dueño se lleva con él los cuadros por lo que se hace necesaria una redecoración del comedor. Parece ser que consistió en grandes arcadas árabes y suntuosos espejos que agrandaban el local y le conferían un carácter racial y de abolengo. (Según nota de Alfonso Mesa, yerno de don León y testigo presencial)
León García Cortés

Y sigue don Alfonso: protector de artistas, apasionado de las bellas artes, fue don León un español entusiasta, celoso siempre de dar a conocer los productos y los vinos de nuestra tierra, y al mismo tiempo fue para los jóvenes artistas, que con modestas pensiones llegaban a París, un generoso y espléndido anfitrión. Su casa fue un hogar para estos artistas.

Entre los amigos del Restaurante Español y de la familia de don León, que llegaron a lo más alto en sus carreras, podemos citar a los pianistas Julita Parody (1887-1973), José Cubiles (1894-1971), José Iturbi (1895-1980) y Carmen Pérez García (1897-1974); a la arpista Luisa de Menárguez Bonilla y a los violonchelistas Gaspar Cassadò i Moreu (1897-1966) y Antoni Sala i Julià (1893-1945.
Matlde Pérez

Un día, en el restaurante, escuchan una fabulosa voz procedente de la cocina, se asoman y ven al mozo que acaban de contratar cantando mientras friega los platos. Con el tiempo, Vicente Ballester (1887-1927), así se llamaba el mozo, hizo una importante carrera como barítono en los Estados Unidos.

El 13 de julio de 1913 don León da poderes a su hijo León García Pérez para la administración del establecimiento. En 1914 fallece.
León García Pérez

Las hijas del matrimonio casan, Pepita con un violonchelista canario frecuentador del restaurante, Matilde con un médico madrileño.

Vienen después los años dulces que llevan a París a su cenit como foco productor de arte, lujo y libertad. Son los mejores tiempos para el restaurante. Pero llega el año veintinueve y todo declina. Ese mundo se acaba. En 1932 muere Matilde Pérez, y el restaurante cierra.
 
 
 
 
 
        

jueves, 20 de julio de 2017

Oído en la taberna













Hora del aperitivo. Taberna madrileña de principios del pasado siglo. Azulejos, maderas rojas y esa mugre del tiempo que resiste todas las limpiezas. Me instalo en la barra con el periódico y un chato. En una mesa inmediata un corro de jubilados tiene su tertulia. Pronto no puedo más que atender a su charla:

—A ver, ¿qué vino es este que nos das hoy, Manuel?

—Me lo han traído nuevo, me parece que no está mal…

—A ver, a ver. Bodegas… Servidor no bebe esto. Esto está en mi “índice”.

—Este es un ejemplo claro de industrial acaparador.

—Y de peligro para el vino.

—Más que peligro de realidades constatadas.

—Me estoy acordando de un vinillo que no estaba mal. Lo hacían en una cooperativa que compró este señor, y ese vinillo es hoy una cosa sin interés ni carácter.
 
—Pues sí, tenéis razón. Es difícil defenderse de lo que están haciendo con lo que comemos y bebemos. Pero con el vino quizás sea más fácil. Al menos podemos rechazar determinadas marcas o bodegas, si es que podemos seguir llamando bodegas a esas fábricas de “vino”.

—Y hoy aún tenemos alternativas. Dentro de nada…

—Pero la nuestra solo puede ser una militancia pequeña, baratita, y seguramente inútil…

—Quizás, pero es lo único que podemos hacer. Si todos los que somos conscientes de la situación rechazásemos este vino, como acabamos de hacer, algo haríamos por la supervivencia de lo que hoy llamamos vino. En todo caso podemos y debemos dar nuestra opinión a quien se deje o quiera oírla.

—Yo, desde luego, voy a seguir sin beber esos vinos, al menos los que tengo localizados. Es más, en casa he dejado una lista con los nombres y marcas que no me hace gracia que se compren; por si me hacen caso.

El tabernero va y viene, atento a la conversación de sus clientes.

—Pero hombre, este no está malo. Y es baratito…

—Manuel, no voy a entrar en la discusión de si está mejor o peor. Pero te recuerdo tus frecuentes lloros, tu añoranza de aquellos claretes riojanos, que cada día se parecen más a los tintos de las tierras del Duero, que te gustan menos. Y ¿qué fue de aquel estupendo valdepeñas a granel que vendiste durante tantos años? ¿qué fue?

—Eso es cierto. Los vinos son cada día más parecidos, más uniformes.

—Esa, esa es la cuestión. Lo que está en peligro es el mismo concepto, lo que entendemos por vino. Nosotros asociamos cada vino a paisajes, pueblos, gentes, colores…

—Exactamente, el vino es cultura, y esta cultura existirá mientras existan los pequeños y medianos bodegueros que mantengan tradiciones, sabores, aromas y matices que definen cada vino. Sin trampas. En ese enorme muestrario de los vinos de España, donde siempre es posible la sorpresa, la novedad.

—Eso me gusta, me parece importante. La sorpresa. La posible sorpresa. La uniformidad de los vinos de la gran industria está terminando también con la posibilidad de sorpresa; está terminando con esa experiencia que todos hemos tenido de tropezarnos con un vino desconocido, distinto, lleno de vida y sugerencias. Un vino que nos alegra el día.

—Para la gran industria el vino tiene que ser un producto fácil de hacer, fácil de conservar y fácil de trasportar. Y lo más importante: con color, sabor y textura uniforme, según cánones que les garanticen las ventas a una clientela que ellos mismos se fabrican y hacen dependiente de su producto.

—Es decir que vino será lo que definan los grandes fabricantes de turno.

—Sin duda.

—Y para las oportunas y necesarias loas y bendiciones siempre habrá un Parker.

— Y si no ya se fabricarán uno, como hacen y harán. Nunca será el mayor coste del proceso.

—Ah, ya no existirá el buen año, ni la ladera soleada, ni la arcilla, la caliza o la pizarra; ya no existirá la casualidad que acumule factores y resulte en un vino inesperado.

—La gran industria no contempla la casualidad.

Un cliente de la barra, oyente como yo de la charla, decide intervenir.

—Perdonen ustedes que intervenga, pero les estoy oyendo con atención pues el asunto me interesa. Si me lo permiten yo introduciría en la charla otro aspecto: la indiscutible mejora de los vinos de España en los últimos años. ¿Tiene esto algo que ver con esa gran industria del vino, con esa fagocitación de pequeñas bodegas y cooperativas por el capital?

—Pues muchas gracias, amigo, por esta aportación, que parece oportuna. Le voy a dar mi opinión, y mis compañeros matizarán. El vino en España ha mejorado en los últimos veinte o treinta años; mucho, muchísimo. Como todo en el país. Los bodegueros han aprendido, los paisanos han aprendido y los de este lado del mostrador también hemos aprendido. Se hacen mejor los vinos de siempre. Mucho mejor. Pero esto nada tiene que ver con el fenómeno de la homogenización de los vinos por los grandes productores, ni con los vinos con trampa, ni con la eliminación de los pequeños bodegueros y cooperativas locales, engullidos por el gran capital del sector o por imposibilidad de resistir la competencia. Los mayores grupos económicos del ramo no han nacido precisamente del vino de calidad, más bien todo lo contrario. Han nacido de la cantidad, no de la calidad.

—La cuestión es si esos pequeños productores, que tanto han mejorado sus vinos tradicionales, resistirán o tendrán que subirse al carro de los vinos patrón, vendibles en China o en donde sea.

—Siempre nos quedará el recurso de los vinos del paisanete del pueblo. También están desapareciendo, pero a nosotros nos durarán, digo yo.

—Con los particulares el problema es la falta de control de tanto producto químico como se usa hoy. Productos comercializados libremente y con unas instrucciones de uso difíciles de intepretar.

—Ese problema existe con particulares, con profesionales y con la agricultura en general. Ahí sí que no se puede hacer nada; solo es posible poner esperanzas en la mejora de la acción de la Administración, hoy tan poco fiable.

—Pero estamos demasiado serios. Vamos a ver si le sacamos a Manuel alguna botellita del clarete que le trae su cuñado del pueblo, que se le va poner malo.

—Pues con unas patatitas guisadas de las que habrá hecho Herminia para el menú…

—Manuel…

       

martes, 25 de abril de 2017

Azul...












Hace unos días, en una librería de viejo, hurgaba yo entre los libros expuestos en tableros. Bruscamente, alguien depositó una caja de cartón sobre los títulos que intentaba leer. Sostenían la caja unas manos gordezuelas, llenas de anillos, y unos brazos de piel muy blanca repletos de tatuajes. Era una jovencita, apenas una niña. Orejas, labios, cejas y nariz perforados por pendientes. Las sienes rapadas y el resto del pelo teñido de un artificioso rosa sintético. Camiseta negra, pantalones-medias negras y botas militares, eran el atuendo de su figura rellenita.

-A ver, jefe, ¿qué me da por to esto?

Mientras la muchacha enseñaba su mercancía al librero, lo vi. Lo reconocí de inmediato. Allí estaba, bajo la cuadrada cabeza, aquella ingenua firma en tinta verde, con el nombre recercado por la rúbrica en forma de corazón.

-¿Me dejas ver este, por favor? - Dije a la niña.

-Este era de mi abuela. Bueno, casi todos eran de ella. Murió el año pasado. Leía mucho. - Me contestó.

Cogí el librito con emoción. El humilde ejemplar, de los años cincuenta, estaba amarillento y sobado, pero entero. En su interior no vi las flores secas, pero allí estaba la cuartilla con el dibujo del guerrero, aquel Clark  Gable con plumas que yo había visto cincuenta y tantos años atrás.

En 1963 comencé mi primer trabajo. A él me llevaba una caminata, once estaciones de metro y un transbordo. Once estaciones en aquel metro, imagen condensada de la España triste, sucia y ruin de esos años. Siempre que me era posible lo eludía. Prefería andar durante horas antes de entrar en lo que me parecía subterránea red repartidora de miserias.

En aquel año solía ver por las mañanas a una modistilla que subía en la estación de Iglesia. Tendría más o menos mi edad, dieciséis años. Era una niña mínima, con unos ojos vivos que llenaban su carita.  Llevaba, colgando de su brazo con una correa, una de aquellas enormes cajas, como ataúdes, que se utilizaban para el reparto de la ropa confeccionada en los talleres. Era de ver lo que la chiquilla pasaba para lograr entrar en el vagón con aquel trasto.

Y la frágil modistilla, con su delgadez de siglos y su ropilla raída, con sus pelitos rubios y su carita mínima, se situaba en algún rincón del vagón y apoyaba en el suelo la enorme caja que usaba de muralla frente a la sordidez del entorno.  Y sacaba su libro, y se introducía en el azul de los sonetos áureos y las flamantes silvas, en esa niebla sutil de polvo de oro donde van los perfumes y los sueños, por los cálices muertos de las tardes volúbiles y los rosales trémulos; entre musas dulces, desdeñosas diosas, hadas amorosas y ninfas de pasiones vivas; entre flores frescas empapadas de olor, rumores, ecos, risas, murmullos misteriosos, aleteos, músicas nunca oídas… Y entre suspiros, sueños, tristezas, topacios, carbunclos, rubíes y amatistas, la niña llegaba a su estación, y de regreso a este mundo bajaba del vagón con su aparatosa carga colgando de un brazo que amenazaba romperse. Y aquellas piernecillas, en las holgadas medias colgantes del vestido, llevaban a la niña por la dura realidad de aquellos años hasta su próxima posibilidad de azul.

Y sucedió que un día, al llegar a su estación, en el trabajoso transporte de su carga, a la niña se le cayó el libro al salir del vagón. Acudí a recogerlo, pero se cerraron las puertas y no pude dárselo. Vi la desolación en su carita a través del cristal, y le hice gestos de que se lo guardaría.

No pude por menos de ojear aquel libro que tanto había visto en manos de la niña. El Azul… de Rubén. Entre las hojas había flores secas y una cuartilla en la que la mínima modistilla  había retratado a su héroe: una cabeza de Clark Gable, recortada de alguna revista, festoneada por ella con plumas dibujadas con lápices de colores; debajo, en letra redonda y tinta verde, podía leerse: … e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

Al día siguiente di a la niña su libro. Lo recibió con un muchas gracias, toda rubor, mirando al suelo. A partir de aquel día tuve su diaria sonrisa, en breve mirada antes de regresar al azul.








lunes, 3 de octubre de 2016

El cabo Morales













El cabo Morales se movía con aplomo de conocedor por las anchuras despejadas del Campamento, siempre con un coro de reclutas en redor acogidos a la seguridad que emanaba el gitano. Pollos apretándose a gallina en medio hostil.

El cabo Morales no tenía esa tendencia a la verticalidad y al estiramiento tan común en los varones de su raza; propendía más bien a la redondez; pero sus ojos, sus labios y su piel reclamaban la inclusión entre aquellos nómadas llegados aquí desde la India, tras dios sabe cuántas paradas, hace quinientos o seiscientos años. Hablaba un castellano con mil adobos fónicos, entreverado de poco catalán y algo de caló. Apenas sabía leer, y firmar era un esfuerzo lento con la lengua entre los dientes.

No sé cómo llegó a alcanzar la condición de cabo primero. Vaya usted a saber. Lo mismo se debió al sentido común de alguien. Cosas más raras se han visto. Lo cierto es que el cabo Morales era un inhabitual remanso de seguridad para los reclutas que tenían la suerte de llegar a su Compañía, en aquel CIR catalán de las estribaciones pirenaicas, en los primeros años setenta del siglo pasado.

Lo procuré, pero no conseguí que Morales me hablase mucho de sí mismo. La marginalidad ancestral de su pueblo, el miedo al sistema y la poca seguridad que uno podía inspirar, no hacían fácil la comunicación. Al fin y al cabo uno era un superior, más o menos de verdad, de las Milicias Universitarias esas, pero más valía ser prudente. Supe que había formado una familia, cobijándola en una chabola que levantó en alguno de los poblados gitanos del entorno barcelonés. Y que vivía de alguna, no recuerdo cuál, de las actividades habituales entre los calés de la época.

Ya eran tres o cuatro los churumbeles que alborotaban la chabola cuando aquel cura joven llegó al poblado y se instaló entre ellos, y su honradez fue ganando voluntades entre gentes tan hechas a desconfiar del payo y de lo payo, y adquirió predicamento. El caso es que la María, la mujer de Morales, se hizo asidua a las liturgias y actividades del curilla en el chamizo que instaló a modo de parroquia entre basura y escombros; y andando el tiempo María fue convenciendo al marido de la necesidad de poner “orden” en sus vidas, según los criterios del sacerdote. No tardó mucho el futuro cabo en verse, traje a rayas, zapatos puntiagudos, mujer de negro al brazo, ante el cura que oficiaba su boda. Después fueron bulerías y vino. Y después un interminable papeleo, dirigido y acicateado por el curilla, hasta lograr la existencia administrativa de la familia.

Y llegó aquella carta, y Morales la llevó a que se la leyese el párroco.

- ¡Cagoendios! Por jugar a payos…

Y tras la indignación la marcha a la mili. Y la mujer y los hijos dejados al cuidado de padres, de hermanos, de la unión familiar de los gitanos.

Después conocí yo al cabo Morales, el que cobijaba asustados pollitos mientras pensaba en sus hijos y esperaba el regreso, en aquel CIR de los barracones verdes, en las laderas del Pirineo.