domingo, 13 de agosto de 2017

Aquel Restaurante Español de la rue du Helder, lugar de encuentro de los españoles en París











1889 fue el año de aquel arrebato de grandeur de la Francia que quedó simbolizado para siempre por la enormidad de la Torre Eiffel. La última Exposición Universal francesa del siglo XIX fue un descomunal esfuerzo de escaparate ante el mundo y especialmente ante la potencia que emergía al otro lado del Atlántico. Pero también se conmemoraba el centenario de aquel 14 de julio de 1789 en el que los revolucionarios franceses terminan con el Antiguo Régimen al tomar la Bastilla. Se proclama la Declaración de los Derechos del Hombre. Termina el feudalismo. Comienza la Edad Contemporánea.

Y en tan singular año, un valenciano decide abrir en París un restaurante, un restaurante español, y así lo llama: Restaurante Español. Encuentra un local bien situado, en el 14 de la rue du Helder, junto al Boulevard, a dos pasos de la plaza de La Ópera, una calle cortita que en esos tiempos tiene seis hoteles siempre llenos. El buen hacer del levantino y las habilidades de su señora en la cocina, bilbaína ella, van consolidando el negocio.

En estos últimos años del XIX, en los primeros del XX, y en el periodo de entreguerras, París es la capital del lujo y el refinamiento. Y a su goce viajan los poderosos del mundo. Pero la ciudad es también caldo de cultivo donde germina toda novedad artística. Y a ella acuden intelectuales y artistas, y en ella intercambian ideas, compiten, se esfuerzan, trabajan libres en un medio culto dispuesto a ver, oír, leer, analizar y juzgar cuanto sus talentos puedan ofrecer.

El restaurante de la rue du Helder va haciéndose centro de encuentro de los artistas españoles, entre los que abunda una bohemia con los estómagos tan vacíos como los bolsillos. Las paredes del comedor se van llenando de cuadros con los que se agradecen o pagan las calorías aportadas por los guisos de la señora del valenciano. Es el caso del pintor Domingo Muñoz Cuesta (1850-1935), del que cuelgan en la sala una Paella valenciana en la huerta, un Carmen de Granada, un Soldado español en traje de campaña, una Escena de los barrios bajos madrileños, etc. Esta acumulación de pintura de calidad termina por llamar la atención de la culta sociedad parisina, lo que unido a los guisos de la bilbaína termina de acreditar al establecimiento.

En pocos años el restaurante es obligado lugar de reunión de la colonia española y de la por entonces numerosa y rica colonia hispanoamericana. Comensales y amigos de la casa fueron intelectuales y escritores como Rafael Altamira y Crevea (1866-1951), Eusebio Blasco Soler (1844-1903) (El confesor me dice que no te quiera, y yo le digo: ¡Ay, padre, si usted la viera!), Rubén Darío (1867-1916), Manuel Machado Ruíz (1874-1947), José María Salaverría Ipenza (1873-1940), Antonio de Hoyos y Vinent (1884-1940) (un curioso marqués, homosexual y decadente), Enrique Gómez Carrillo (1873-1927) (escritor guatemalteco que estuvo casado con Raquel Meller), Ventura García Calderón (1886-1959); pintores como Santiago Rusiñol y Prats (1861-1931), José María Sert i Badra (1874-1945), Nestor Martín-Fernández de la Torre (1887-1938), José María López Mezquita (1883-1954), Fernando Álvarez Sotomayor (1875-1960), Ignacio Zuloaga Zabaleta (1870-1945), Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923), Federico Beltrán Masses (1885- 1949) (retratista de la alta sociedad, amigo de Rodolfo Valentino); músicos como Manuel de Falla (1876-1946), Joaquín Turina (1882-1949), Ricardo Viñes Roda (1875-1943, Joaquín Nin Castellanos (1879-1949), Reynaldo Hahn (1874-1947) Francisco Alonso López (1887-1948), Jacinto Guerrero (1895-1951); y actrices, cantantes y cupletistas como La Argentina (1890-1936), Raquel Meller (1888-1962), La Argentinita (1898-1945), Rosita Moreno (1907-1993), La Chelito (1885-1959), Teresina Negri (1879-1974) (bailarina, crea también una empresa de moda: Madame Grisina), Amalia Molina (1881-1956), La Fornarina (1884-1915), Laura de Santelmo (1897-1977) (bailaora retratada por Sorolla, quien le puso el nombre artístico); cantantes líricos como Matilde de Lerma (1875-?), Tito Ruffo (1877-1953), Elvira de Hidalgo (1891-1980) (soprano que fue maestra de María Callas), Andrés Perelló de Segurola (1874-1953), Marcos Redondo (1893-1976), Pepe Romeu (1900-1985) (tenor y actor en cine y teatro).

Con el paso de los años nuestro valenciano ha ganado dinero, y decide retirarse. Deja el negocio a su paisano y amigo León García Cortés, padre de la abuela materna de quien esto escribe con la ayuda de algún papel heredado y con la evanescente oralidad familiar. Don León, con un carácter simpático y bondadoso, se gana pronto a la clientela del restaurante. El antiguo dueño se lleva con él los cuadros por lo que se hace necesaria una redecoración del comedor. Parece ser que consistió en grandes arcadas árabes y suntuosos espejos que agrandaban el local y le conferían un carácter racial y de abolengo. (Según nota de Alfonso Mesa, yerno de don León y testigo presencial)
León García Cortés

Y sigue don Alfonso: protector de artistas, apasionado de las bellas artes, fue don León un español entusiasta, celoso siempre de dar a conocer los productos y los vinos de nuestra tierra, y al mismo tiempo fue para los jóvenes artistas, que con modestas pensiones llegaban a París, un generoso y espléndido anfitrión. Su casa fue un hogar para estos artistas.

Entre los amigos del Restaurante Español y de la familia de don León, que llegaron a lo más alto en sus carreras, podemos citar a los pianistas Julita Parody (1887-1973), José Cubiles (1894-1971), José Iturbi (1895-1980) y Carmen Pérez García (1897-1974); a la arpista Luisa de Menárguez Bonilla y a los violonchelistas Gaspar Cassadò i Moreu (1897-1966) y Antoni Sala i Julià (1893-1945.
Matlde Pérez

Un día, en el restaurante, escuchan una fabulosa voz procedente de la cocina, se asoman y ven al mozo que acaban de contratar cantando mientras friega los platos. Con el tiempo, Vicente Ballester (1887-1927), así se llamaba el mozo, hizo una importante carrera como barítono en los Estados Unidos.

El 13 de julio de 1913 don León da poderes a su hijo León García Pérez para la administración del establecimiento. En 1914 fallece.
León García Pérez

Las hijas del matrimonio casan, Pepita con un violonchelista canario frecuentador del restaurante, Matilde con un médico madrileño.

Vienen después los años dulces que llevan a París a su cenit como foco productor de arte, lujo y libertad. Son los mejores tiempos para el restaurante. Pero llega el año veintinueve y todo declina. Ese mundo se acaba. En 1932 muere Matilde Pérez, y el restaurante cierra.
 
 
 
 
 
        

jueves, 20 de julio de 2017

Oído en la taberna













Hora del aperitivo. Taberna madrileña de principios del pasado siglo. Azulejos, maderas rojas y esa mugre del tiempo que resiste todas las limpiezas. Me instalo en la barra con el periódico y un chato. En una mesa inmediata un corro de jubilados tiene su tertulia. Pronto no puedo más que atender a su charla:

—A ver, ¿qué vino es este que nos das hoy, Manuel?

—Me lo han traído nuevo, me parece que no está mal…

—A ver, a ver. Bodegas… Servidor no bebe esto. Esto está en mi “índice”.

—Este es un ejemplo claro de industrial acaparador.

—Y de peligro para el vino.

—Más que peligro de realidades constatadas.

—Me estoy acordando de un vinillo que no estaba mal. Lo hacían en una cooperativa que compró este señor, y ese vinillo es hoy una cosa sin interés ni carácter.
 
—Pues sí, tenéis razón. Es difícil defenderse de lo que están haciendo con lo que comemos y bebemos. Pero con el vino quizás sea más fácil. Al menos podemos rechazar determinadas marcas o bodegas, si es que podemos seguir llamando bodegas a esas fábricas de “vino”.

—Y hoy aún tenemos alternativas. Dentro de nada…

—Pero la nuestra solo puede ser una militancia pequeña, baratita, y seguramente inútil…

—Quizás, pero es lo único que podemos hacer. Si todos los que somos conscientes de la situación rechazásemos este vino, como acabamos de hacer, algo haríamos por la supervivencia de lo que hoy llamamos vino. En todo caso podemos y debemos dar nuestra opinión a quien se deje o quiera oírla.

—Yo, desde luego, voy a seguir sin beber esos vinos, al menos los que tengo localizados. Es más, en casa he dejado una lista con los nombres y marcas que no me hace gracia que se compren; por si me hacen caso.

El tabernero va y viene, atento a la conversación de sus clientes.

—Pero hombre, este no está malo. Y es baratito…

—Manuel, no voy a entrar en la discusión de si está mejor o peor. Pero te recuerdo tus frecuentes lloros, tu añoranza de aquellos claretes riojanos, que cada día se parecen más a los tintos de las tierras del Duero, que te gustan menos. Y ¿qué fue de aquel estupendo valdepeñas a granel que vendiste durante tantos años? ¿qué fue?

—Eso es cierto. Los vinos son cada día más parecidos, más uniformes.

—Esa, esa es la cuestión. Lo que está en peligro es el mismo concepto, lo que entendemos por vino. Nosotros asociamos cada vino a paisajes, pueblos, gentes, colores…

—Exactamente, el vino es cultura, y esta cultura existirá mientras existan los pequeños y medianos bodegueros que mantengan tradiciones, sabores, aromas y matices que definen cada vino. Sin trampas. En ese enorme muestrario de los vinos de España, donde siempre es posible la sorpresa, la novedad.

—Eso me gusta, me parece importante. La sorpresa. La posible sorpresa. La uniformidad de los vinos de la gran industria está terminando también con la posibilidad de sorpresa; está terminando con esa experiencia que todos hemos tenido de tropezarnos con un vino desconocido, distinto, lleno de vida y sugerencias. Un vino que nos alegra el día.

—Para la gran industria el vino tiene que ser un producto fácil de hacer, fácil de conservar y fácil de trasportar. Y lo más importante: con color, sabor y textura uniforme, según cánones que les garanticen las ventas a una clientela que ellos mismos se fabrican y hacen dependiente de su producto.

—Es decir que vino será lo que definan los grandes fabricantes de turno.

—Sin duda.

—Y para las oportunas y necesarias loas y bendiciones siempre habrá un Parker.

— Y si no ya se fabricarán uno, como hacen y harán. Nunca será el mayor coste del proceso.

—Ah, ya no existirá el buen año, ni la ladera soleada, ni la arcilla, la caliza o la pizarra; ya no existirá la casualidad que acumule factores y resulte en un vino inesperado.

—La gran industria no contempla la casualidad.

Un cliente de la barra, oyente como yo de la charla, decide intervenir.

—Perdonen ustedes que intervenga, pero les estoy oyendo con atención pues el asunto me interesa. Si me lo permiten yo introduciría en la charla otro aspecto: la indiscutible mejora de los vinos de España en los últimos años. ¿Tiene esto algo que ver con esa gran industria del vino, con esa fagocitación de pequeñas bodegas y cooperativas por el capital?

—Pues muchas gracias, amigo, por esta aportación, que parece oportuna. Le voy a dar mi opinión, y mis compañeros matizarán. El vino en España ha mejorado en los últimos veinte o treinta años; mucho, muchísimo. Como todo en el país. Los bodegueros han aprendido, los paisanos han aprendido y los de este lado del mostrador también hemos aprendido. Se hacen mejor los vinos de siempre. Mucho mejor. Pero esto nada tiene que ver con el fenómeno de la homogenización de los vinos por los grandes productores, ni con los vinos con trampa, ni con la eliminación de los pequeños bodegueros y cooperativas locales, engullidos por el gran capital del sector o por imposibilidad de resistir la competencia. Los mayores grupos económicos del ramo no han nacido precisamente del vino de calidad, más bien todo lo contrario. Han nacido de la cantidad, no de la calidad.

—La cuestión es si esos pequeños productores, que tanto han mejorado sus vinos tradicionales, resistirán o tendrán que subirse al carro de los vinos patrón, vendibles en China o en donde sea.

—Siempre nos quedará el recurso de los vinos del paisanete del pueblo. También están desapareciendo, pero a nosotros nos durarán, digo yo.

—Con los particulares el problema es la falta de control de tanto producto químico como se usa hoy. Productos comercializados libremente y con unas instrucciones de uso difíciles de intepretar.

—Ese problema existe con particulares, con profesionales y con la agricultura en general. Ahí sí que no se puede hacer nada; solo es posible poner esperanzas en la mejora de la acción de la Administración, hoy tan poco fiable.

—Pero estamos demasiado serios. Vamos a ver si le sacamos a Manuel alguna botellita del clarete que le trae su cuñado del pueblo, que se le va poner malo.

—Pues con unas patatitas guisadas de las que habrá hecho Herminia para el menú…

—Manuel…

       

martes, 25 de abril de 2017

Azul...












Hace unos días, en una librería de viejo, hurgaba yo entre los libros expuestos en tableros. Bruscamente, alguien depositó una caja de cartón sobre los títulos que intentaba leer. Sostenían la caja unas manos gordezuelas, llenas de anillos, y unos brazos de piel muy blanca repletos de tatuajes. Era una jovencita, apenas una niña. Orejas, labios, cejas y nariz perforados por pendientes. Las sienes rapadas y el resto del pelo teñido de un artificioso rosa sintético. Camiseta negra, pantalones-medias negras y botas militares, eran el atuendo de su figura rellenita.

-A ver, jefe, ¿qué me da por to esto?

Mientras la muchacha enseñaba su mercancía al librero, lo vi. Lo reconocí de inmediato. Allí estaba, bajo la cuadrada cabeza, aquella ingenua firma en tinta verde, con el nombre recercado por la rúbrica en forma de corazón.

-¿Me dejas ver este, por favor? - Dije a la niña.

-Este era de mi abuela. Bueno, casi todos eran de ella. Murió el año pasado. Leía mucho. - Me contestó.

Cogí el librito con emoción. El humilde ejemplar, de los años cincuenta, estaba amarillento y sobado, pero entero. En su interior no vi las flores secas, pero allí estaba la cuartilla con el dibujo del guerrero, aquel Clark  Gable con plumas que yo había visto cincuenta y tantos años atrás.

En 1963 comencé mi primer trabajo. A él me llevaba una caminata, once estaciones de metro y un transbordo. Once estaciones en aquel metro, imagen condensada de la España triste, sucia y ruin de esos años. Siempre que me era posible lo eludía. Prefería andar durante horas antes de entrar en lo que me parecía subterránea red repartidora de miserias.

En aquel año solía ver por las mañanas a una modistilla que subía en la estación de Iglesia. Tendría más o menos mi edad, dieciséis años. Era una niña mínima, con unos ojos vivos que llenaban su carita.  Llevaba, colgando de su brazo con una correa, una de aquellas enormes cajas, como ataúdes, que se utilizaban para el reparto de la ropa confeccionada en los talleres. Era de ver lo que la chiquilla pasaba para lograr entrar en el vagón con aquel trasto.

Y la frágil modistilla, con su delgadez de siglos y su ropilla raída, con sus pelitos rubios y su carita mínima, se situaba en algún rincón del vagón y apoyaba en el suelo la enorme caja que usaba de muralla frente a la sordidez del entorno.  Y sacaba su libro, y se introducía en el azul de los sonetos áureos y las flamantes silvas, en esa niebla sutil de polvo de oro donde van los perfumes y los sueños, por los cálices muertos de las tardes volúbiles y los rosales trémulos; entre musas dulces, desdeñosas diosas, hadas amorosas y ninfas de pasiones vivas; entre flores frescas empapadas de olor, rumores, ecos, risas, murmullos misteriosos, aleteos, músicas nunca oídas… Y entre suspiros, sueños, tristezas, topacios, carbunclos, rubíes y amatistas, la niña llegaba a su estación, y de regreso a este mundo bajaba del vagón con su aparatosa carga colgando de un brazo que amenazaba romperse. Y aquellas piernecillas, en las holgadas medias colgantes del vestido, llevaban a la niña por la dura realidad de aquellos años hasta su próxima posibilidad de azul.

Y sucedió que un día, al llegar a su estación, en el trabajoso transporte de su carga, a la niña se le cayó el libro al salir del vagón. Acudí a recogerlo, pero se cerraron las puertas y no pude dárselo. Vi la desolación en su carita a través del cristal, y le hice gestos de que se lo guardaría.

No pude por menos de ojear aquel libro que tanto había visto en manos de la niña. El Azul… de Rubén. Entre las hojas había flores secas y una cuartilla en la que la mínima modistilla  había retratado a su héroe: una cabeza de Clark Gable, recortada de alguna revista, festoneada por ella con plumas dibujadas con lápices de colores; debajo, en letra redonda y tinta verde, podía leerse: … e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

Al día siguiente di a la niña su libro. Lo recibió con un muchas gracias, toda rubor, mirando al suelo. A partir de aquel día tuve su diaria sonrisa, en breve mirada antes de regresar al azul.








lunes, 3 de octubre de 2016

El cabo Morales













El cabo Morales se movía con aplomo de conocedor por las anchuras despejadas del Campamento, siempre con un coro de reclutas en redor acogidos a la seguridad que emanaba el gitano. Pollos apretándose a gallina en medio hostil.

El cabo Morales no tenía esa tendencia a la verticalidad y al estiramiento tan común en los varones de su raza; propendía más bien a la redondez; pero sus ojos, sus labios y su piel reclamaban la inclusión entre aquellos nómadas llegados aquí desde la India, tras dios sabe cuántas paradas, hace quinientos o seiscientos años. Hablaba un castellano con mil adobos fónicos, entreverado de poco catalán y algo de caló. Apenas sabía leer, y firmar era un esfuerzo lento con la lengua entre los dientes.

No sé cómo llegó a alcanzar la condición de cabo primero. Vaya usted a saber. Lo mismo se debió al sentido común de alguien. Cosas más raras se han visto. Lo cierto es que el cabo Morales era un inhabitual remanso de seguridad para los reclutas que tenían la suerte de llegar a su Compañía, en aquel CIR catalán de las estribaciones pirenaicas, en los primeros años setenta del siglo pasado.

Lo procuré, pero no conseguí que Morales me hablase mucho de sí mismo. La marginalidad ancestral de su pueblo, el miedo al sistema y la poca seguridad que uno podía inspirar, no hacían fácil la comunicación. Al fin y al cabo uno era un superior, más o menos de verdad, de las Milicias Universitarias esas, pero más valía ser prudente. Supe que había formado una familia, cobijándola en una chabola que levantó en alguno de los poblados gitanos del entorno barcelonés. Y que vivía de alguna, no recuerdo cuál, de las actividades habituales entre los calés de la época.

Ya eran tres o cuatro los churumbeles que alborotaban la chabola cuando aquel cura joven llegó al poblado y se instaló entre ellos, y su honradez fue ganando voluntades entre gentes tan hechas a desconfiar del payo y de lo payo, y adquirió predicamento. El caso es que la María, la mujer de Morales, se hizo asidua a las liturgias y actividades del curilla en el chamizo que instaló a modo de parroquia entre basura y escombros; y andando el tiempo María fue convenciendo al marido de la necesidad de poner “orden” en sus vidas, según los criterios del sacerdote. No tardó mucho el futuro cabo en verse, traje a rayas, zapatos puntiagudos, mujer de negro al brazo, ante el cura que oficiaba su boda. Después fueron bulerías y vino. Y después un interminable papeleo, dirigido y acicateado por el curilla, hasta lograr la existencia administrativa de la familia.

Y llegó aquella carta, y Morales la llevó a que se la leyese el párroco.

- ¡Cagoendios! Por jugar a payos…

Y tras la indignación la marcha a la mili. Y la mujer y los hijos dejados al cuidado de padres, de hermanos, de la unión familiar de los gitanos.

Después conocí yo al cabo Morales, el que cobijaba asustados pollitos mientras pensaba en sus hijos y esperaba el regreso, en aquel CIR de los barracones verdes, en las laderas del Pirineo.





              

lunes, 25 de julio de 2016

Entre tinajas



















Tinajas de Colmenar, en sus vientres ecos de charlas repetidas, aromas de vino de otro tiempo, azulejos, maderas con pintura sobre pintura, penumbra, serrín, corro diario de viejos y sus chatos, yo creo que los años me van dejando en el mero sentimiento inicial del que nacieron mis ideas políticas, quizás la vejez sea eso, amigos, regreso, solo regreso, de joven tuve la necesidad, como tantos, de poner en palabras, en discurso político, el sentimiento, la opción por los débiles, por los pobres, y fue en los libros, y poniendo el oído a otros, donde encontré fabricadas las frases requeridas por la que creía necesaria militancia, necesaria beligerancia, necesaria denuncia, yo, que apenas hice párvulos, me comía los libros en busca de respuestas, en busca de orden y palabras para lo que en mí era solo sentimiento, impresión de la realidad, pero a estas alturas me apaño con el convencimiento de lo correcto de la elección, de lo inevitable de la elección, sé que sigue siendo justa y necesaria, aunque aparentemente las cosas sean distintas y las gentes sean distintas y nosotros seamos distintos debemos de pensar que los cambios se deben en gran parte a nuestra lucha, ah, Miguel, yo recuerdo el entusiasmo que sabías poner en aquellas reuniones del miedo, en el inicio, cuando en ello nos iba la vida, sí, Julio, amigo, sí, entonces todo era entusiasmo, ahora es otro mundo, pero los humanos siguen siendo lo que siempre han sido, y si se baja la guardia, si se deja de avanzar un solo día, perderemos lo conseguido, los jóvenes tendrán que poner nuevas palabras y formas al discurso, pero siguiendo en la lucha, solo los viejos podemos permitirnos regresar, refugiarnos en el mero sentimiento, qué mérito tengo, qué mérito, años y años oyendo a estos rojeras, palabrería, que solo sois palabrería vana, solo vosotros habéis dado a los obreros, Paco, nosotros no damos ni pedimos, tomamos lo nuestro, vamos que la derecha no ha hecho nada por el de abajo, tendríamos que volver a nuestra vieja discusión sobre qué es la derecha, yo soy de derechas, Julio, y no tengo poder ninguno, tú eres de esa derecha estética que se compra aguiluchos en la calle Mayor, pero eres sociológicamente de izquierdas y aquí estás, con nosotros, tomando chatos con quien y en donde te corresponde, y que esto sea posible también es un logro de la izquierda, más preocupantes son esos que llenan las urnas de la derecha, esos que creen en liberalismos productores de injusticia, los que loan el mérito de emprender lo que solo suele ser especulación y destrucción del planeta, bueno, bueno, yo creo que ya hemos tenido nuestra diaria ración de lo mismo que todos los días,  digo yo que como tenemos fresca la paga de julio, la del 18, que gustará a Paco, lo mismo podemos atizarnos unas gambitas, a ver si este tabernero, que todos los meses se queda con parte de nuestras pensiones, nos hace un buen precio, ya ves, los rojos comiendo gambas… 






          



domingo, 17 de julio de 2016

Entramado














…entramados firmes pero no rígidos, con elasticidad suficiente para adaptarse a las solicitudes del medio. Y entre estos elementos de sustento, materiales de relleno que ya han servido a otras generaciones, materiales donde es posible leer otros tiempos, otros gustos, otras sensibilidades, mientras continúan satisfaciendo necesidades invariables…

Pero me parece que me he liado, no, no quería hablar de cómo formar a humanos ni nada por el estilo yo solo pretendía hablar de esas medianerías decimonónicas, entramadas y rellenas de cascote, que quedan al aire cuando se derriba una casa… otra...





jueves, 14 de julio de 2016

Entre Cascorro y Antón Martín




Orden en el caos



















Señales de tiempos






  
E
ntre Cascorro y Antón Martín, Madrid se deja caer hacia las Rondas por diez o doce calles que siguen, más o menos, las originales vaguadas, los escurrideros erosionados de esos arenales primigenios que los entendidos llaman terrazas cuaternarias del Manzanares. Las calles transversales suben y bajan los pequeños valles en humilde adaptación al terreno. Son los barrios bajos, barrios de menestrales, barrios que absorbieron las primeras migraciones con que se inició la gran ciudad. 
Hoy, sus edificios de viviendas son mayoritariamente del siglo XIX, los de tiempos anteriores han ido cayendo ante la especulación y la inoperancia municipal. Los tonos pastel de los revocos se han remozado con ese afán del Ayuntamiento en lavar la cara a Madrid durante los pasados años de bonanza económica. Por las aceras y las plazas  los colores intensos de los africanos del top manta, gitanos mercando mercancía de mercadillo, lentitud en árabes de tasbih y chilaba, caribeños imponiendo su música y su ruido, corros de desocupados, joven marginación ocuka, burguesitos de más al norte en busca de pasado y taberna, … y chinos, chinos a la luz verde, mortecina y sospechosa de sus tenducos siempre abiertos al calor o al frio, en su  provisionalidad, tras su mobiliario de cajas de cartón, tras sus maniquís cadavéricos, chinos a esa distancia del distinto a la que solo ellos saben ponerse. Y arriba, bajo el celeste madrileño, esa enrevesada geometría por donde viven los gorriones y escapan las coplas: tejas dislocadas, buhardillas desplomadas y geranios en latas de tomate.
Pero todo es circunstancia, salvo esas ancianas de carro de la compra y monedero en la mano que charlan frente al mercado, nietas de cigarreras de Embajadores, hijas de verduleras de la calle de la Ruda; salvo esos viejos de cachava y gorrilla, hijos de milicianos de la FAI, que comentan el mundo nuevo que ven desde los bancos de la plaza de Cabestreros. Todo es circunstancia menos ellos, y mientras ellos estén, Lavapiés no será un gueto ni será colonizado por burguesitos de más al norte. Tendrán que esperar... un poco.














domingo, 3 de julio de 2016

Simbiosis canibípeda













A diario pasean mi calle, unidos por una correa, un indudable ejemplar de perro (canis lupus familiaris) y otro ejemplar de lo que he supuesto, no sé si con demasiado margen de error, del género homo y de la especie sapiens. Tan simpática pareja tienen la cotidiana delicadeza de dejarnos a la puerta de casa, como presente, el producto final del tracto gastrointestinal del cuadrúpedo; depositado con la natural aquiescencia de quien, se supone, toma las decisiones en esa asociación, siempre que no sea errónea mi adjudicación taxonómica para el bípedo.
Suponiendo acertada esta calificación de humano para uno de los extremos de la correa, sorprende la absoluta falta de empatía para con sus semejantes, lo que hace pensar en el posible error.
Estas simbiosis de can y bípedo inclasificado están proliferando como plaga en el pueblo del norte de Madrid donde vivo. La pequeña ciudad se ha trasformado: los viandantes caminan de forma ridícula, de puntillas, titubeantes, esquivando los productos resultantes de estas asociaciones canibípedas, mientras una de sus manos aprieta un pañuelo en las narices. Tamaña ocupación les distrae de la debida atención al tráfico o a los ejemplares del otro sexo con los que se cruzan, por lo que el problema no es de mero confort, y a corto plazo tendrá efectos demográficos, entre otros.
En los últimos tiempos parecen ir en aumento los que se dicen defensores de los “derechos de los animales”. Mi razón es incapaz de asimilar como puede tener derechos un ser incapaz de defenderlos. Supongo que confunden nuestros deberes para con los animales con esos imposibles derechos. El tema es antiguo. Vaya usted a saber. Pero bueno, en todo caso, lo que sí parece procedente es estudiar, por quien corresponda y con la urgencia requerida, los posibles o imposibles derechos y deberes de esos inclasificados bípedos. Y actuar en consecuencia.

Los humanos sí tenemos derechos, además de deberes, y tendremos que ponernos a defenderlos. Si podemos. Digo yo.





sábado, 2 de julio de 2016

Cenar legumbres











De la cercana lejanía de Bogotá me llega esta cena de Marcos, para su inclusión en el blog. Servidor, todo euforia, se ha permitido añadir un punto de ajo y cebolla de cosecha propia (los reflejos también), por esa manía de añadir imágenes a los textos de estos Cuadernos, aunque no hagan falta ninguna, como es el caso. Servidor es de aquellos niños antiguos que teníamos que iluminar con grecas las caligrafías del cole.

¡Gracias! 




  
A
noche tuve una pesadilla: Estaba terminando de ponerme la camisa cuando entraron dos hombres y una mujer de bata blanca. “Enhorabuena, señor Criado” dijo ella “Es usted el aspirante que consigue los mejores resultados. No nos cabe duda de que es el ciudadano ideal para ser presidente del gobierno”.

Me encontraba en un lugar que se parecía sospechosamente a la cocina de una tía mía, así que traté de protestar: “Debe de haber algún error, porque yo no quiero…”.

“Ningún error, señor Criado”, dijo la mujer, “Hemos analizado separadamente todos los parámetros que pueden funcionar coyunturalmente como cualidades del presidente ideal, y usted tiene la mejor puntuación en el 87.4% de todos ellos”.

El sitio ahora se parecía más a la consulta de un dentista al que mis padres me llevaban de niño. Se llamaba Toñín y hacía daño desde el mismo momento en que uno le miraba.

“Pero eso es imposible. Mire: yo soy inestable, casi ciclotímico; ahogo mis frustraciones en alcohol: cada vez que decido algo, me cuestiono a mí mismo por dentro durante días hasta que decido ahogarlo en alcohol; siempre que sigo mi instinto, pierdo dinero; si me mira una señora fetén, le confieso hasta…”.

La mujer agitaba la cabeza arriba y abajo con una sonrisa sin dientes. Se parecía muchísimo a mi profesora de Plastilina II.  “Sabemos tooooodas esas cosas, señor Criado. Y precisamente porque las sabemos no nos cabe ninguna duda de que es usted el presidente del gobierno ideal”. Era capaz de hablar sin descomponer la sonrisa. Exactamente igual que todas mis profesoras de plastilina.

“Pero… ¿Toodas….?”.

“Toooooooooooodas”.

Volvía a agitar la cabeza de arriba hacia abajo como un gato chino de esos que dizque dan buena suerte. O pasta. Algo dan los gatos chinos esos. Yo ya había terminado de abrocharme la camisa y no sabía bien qué hacer con las manos así que me rasqué la cabeza.

“Entonces….”. “Entonces nada, señor Criado. Lo tenemos todo planeado. Usted solo tiene que firmar aquí y dejarse en nuestras manos. Póngase de pie, por favor…”. Uno de los hombres había sacado una cinta métrica del bolsillo y me medía el cuerpo.

“¿Usted para dónde carga, don Marcos?”.

Me desperté en ese momento. No me alcanzó a palpar el asunto porque me desperté con un grito y la mano entre las piernas. De eso estoy seguro. “¿Qué tanto escándalo? ¿Le pasó algo?” Mi mujer. “Nada. Unos científicos locos que decían que era el presidente del gobierno ideal”. La carcajada de mi mujer no se parecía a nada salvo a otras carcajadas igual de hirientes. “¿Usted?”. Mi mujer es colombiana y habla como los colombianos. “Pues sí. Yo. ¿Qué es lo que pasa?”. “No. Nada, mijo. No se altere que no pasa nada ¿Dice que eran científicos?”. Y otra vez la carcajada.

“Ves. Es por ti que no he llegado nunca a ser presidente”.  

“Ya deje de ser tan huevón, Marcos; mire que fue usted el que se empeñó en presentarse porque seguro que no me eligen, tranquila mi amor que es solo por probar y ya llevamos una semana solo tratando de hacerle el traje”.




  

martes, 24 de mayo de 2016

El caballo de cartón












La sorpresa nos paraliza. Ha desaparecido el cartel. En su lugar destella un genitivo sajón. La música que sale a la calle aturde y araña. Derrengado en una jamba de la entrada, capucha, pantalones ceñidos a los muslos, apurando una colilla que le quema los dedos, un joven ya anciano:
-Pos tíos que sa jubilao el viejo, y habrá que poner esto al día. Digo yo ¿no?
La calle Apartealguna fue cuesta desasosegante por lo pina y por la carencia de portales, tiendas y gentes que distrajesen la subida. La única vida provenía de las corralas que a ella se abrían y a las que se accedía por las calles paralelas; vida en olores, risas y coplas escapando entre las largas, multicolores cuerdas de la ropa tendida. La sorna popular puso nombre a la costanilla por lo inútil de ascenderla, pues a ningún sitio conducía que no fuese un portillo en la tapia de la huerta de Las Claras, que cerraba la calle. He dicho conducía porque todo cambió cuando Ezequiel Alonso (el Guapo de Apartealguna, cuando no estaba presente) instaló su taberna, El Caballo de Cartón, en un solar que tenían las monjas adosado a las tapias del convento, al final de la calle, donde quedaban los restos de una construcción con bóvedas medievales. Ezequiel llamó así a su taberna por su afición a fabricar estos juguetes; los hacía en unas dependencias que construyó tras la taberna, y que fueron creciendo según aumentó la demanda y él amplió la oferta con peponas, cabezas de gigantes y cabezudos, caretas y otras posibilidades del cartón. 
Ezequiel había nacido en la vecina calle del Ancla, al inicio de los años treinta del siglo XIX; era hijo de Josefa Laguna (Pepa la Bella para todo el mundo), planchadora, y de Melquiades Alonso, herrador en las caballerizas del Palacio de Oriente.

En las coplas del ciego de la ca del Agua -monocordes salmodias del pueblo llano- anda ya el nombre de la Bella Pepa.

Ezequiel fue un niño guapo y un joven siempre rodeado de mozuelas. Realizó sin dificultades los estudios primarios y continuó su formación con las clases de un capellán de las Claras, que contaba a los padres maravillas sobre las capacidades del muchacho.  Cuando entre las habituales polillas revoloteadoras el  padre vio alguna ya no tan moza, se preocupó, y decidió sacar al gallardo jovencito del escaparate de la calle, encauzándole en alguna actividad con la que pudiera ganarse la vida.

Las coplas del ciego de la ca del Agua hablan por tabernas y por los garitos del Guapo retoño de la Bella Pepa.

Las amistades de Melquiades en la Real Casa le permitieron acoplar al hijo en el Cuerpo de Alabarderos, lo que fue aceptado de buen grado por el mozo. Su cerebro despierto y su galanura -en oficio tan de ornato- le fueron facilitando el ascenso en el escalafón. A los veintipocos años ya era suboficial, estaba considerado y seguía subiendo peldaños.
El aguijón del ciego de la calle del Agua hirió a Melquiades antes de que le llegasen sospechas o noticias. Pocos días después tuvo ya que asentar su manaza en la cara de algún compañero imprudente.

Ni la más gallarda alabardería –dicen las coplas del ciego– remedia que el fruto del Real Vientre sea otra vez cadáver a los pocos días.

Los años siguientes son duros para Pepa y Melquiades. Llega un momento que no pueden soportar más coplas y regresan a su pueblo, en Asturias, donde Melquiades puede hacerse cargo de la fragua que deja su padre, ya anciano.
Ezequiel se casa con una doncella de Palacio; abre su taberna bajo las bóvedas, en las ruinas góticas del solar de las monjas; deja los alabarderos y entre chatos de vino y caballos de cartón pasa su vida. El problema de las habladurías lo resuelve el primer día en que el vino hace hablar de más a un paisano; el mozarrón lo levanta en vilo y lo cuelga por el cuello de la levita en un gancho de la pared, dejando al infeliz toda la tarde como pataleante cuadro al que la clientela brinda sus tragos entre risotadas; teniendo Ezequiel, eso sí, la caridad de atizarle una torta de vez en cuando para acallar los berridos.

Las coplas del ciego de la ca del Agua cantan el vinillo de la tasca el Guapo de ca Apartealguna.

Ya no hay Guapo en Apartealguna, ni Caballo de Cartón, ni donde tomar un chato, ni ciego en la calle del Agua que de esto nos haga copla.