sábado, 11 de enero de 2020

Toñín








l taller estaba en un suburbio madrileño, un barrio de menestrales, en una de esas vivaces callejuelas que se dejan caer hacia las rondas. El niño pegaba la nariz al cristal y contemplaba con arrobo el trabajo de aquellos hombres. Sobre la losa de mármol, ligeramente inclinada, extendían una pasta roja a la que se adaptaba la lámina de metal en la que iban apareciendo líneas y volúmenes con la acción del útil golpeado por el pequeño martillo; útil adecuado a cada función y elegido entre la ordenada diversidad que llenaba las mesas de los artesanos.

Por aquel tiempo el niño estaba entre los diez y los once años, y trabajaba de recadero en la tienda de ultramarinos de un conocido de su padre. Su día era arrastrar por calles, patios de vecindad y escaleras, una cesta con la que apenas podía, repartiendo la escasez de los años cincuenta del siglo pasado a cambio de los céntimos que venían a caer en su manita y que, cuidadosamente guardados en el hatillo del pañuelo, a diario llevaba a su madre. Siempre que encontraba un rato se acercaba a poner la nariz en la cristalera del orfebre, embelesado con las maravillas que veía salir de las manos de los oficiales. Aquellas fulgurantes obras eran el contrapunto que el niño encontraba a la sordidez del entorno.

―Chaval, parece que te gusta esto. Mejor estarías aquí que arrastrando esa cesta. Dile a tu padre que venga a hablar conmigo. Podrías aprender el oficio…

Aquellas palabras cambiaron su vida. En unos días estaba en el taller, todo ojos y oídos a los encargos del maestro. Enseguida aprendió a realizar las mezclas de pez rubia y almagra para las camas del cincelado y el repujado, dándoles la consistencia que cada tipo de trabajo requería. Limpiaba los útiles de los oficiales sin esperar a que se lo pidiesen. Manejaba las laminadoras. Barría y ordenaba. Pronto comenzó a calcar los dibujos y a pasarlos a las láminas metálicas, y en unos meses ya estaba golpeando los cinceles sobre las planchas de plata, bruñendo con las ágatas y ensayando con los buriles la imposible facilidad de las curvas que hendía el maestro.

Senén de Gaspar aprendió el oficio de su padre, trabajando desde niño en el taller de platería que su abuelo había fundado en una placeta del Albaicín granadino, allá por 1875. La memoria del artesano no dejó nunca de recorrer los tiznados recovecos de aquel taller, un mundo de hornos, crisoles, dibujos, plantillas, herramientas y maderas pulidas por los años, donde pasó la infancia y la juventud aprendiendo el oficio al que dedicó su vida. Senén llegó a Madrid en 1929, con su mujer Ascensión y su hija Teresita, de trece años. Unos contratos para la restauración de piezas de la Real Casa y Patrimonio le animaron a montar el taller madrileño, que siempre consideró provisional, pensando en el regreso a su por entonces decaída tierra natal. En Madrid le pilló la sublevación militar de 1936, y allí perdió a su mujer y a su hija, destrozadas por un obús mientras trataban de buscar algo comestible en las colas del estraperlo. Finalizada la guerra regresó a Granada, donde solo encontró el montón de escombros que había sido el taller familiar.

Senén supo ver que, en Toñín, el niño de la nariz en el cristal al que contrató como aprendiz, no había solo disposición e interés, había talento, esa escasa gracia que algunos poseen para superar la obra meramente artesanal y hacer algo nuevo y distinto. De forma más o menos consciente fue volcando en el niño las esperanzas que en él había frustrado la muerte de la hija.

―Toñín, voy a subirte el jornal, pero te propongo un trato: te lo pago en clases de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios y otras clases con Don Fidel, el profesor que vive en el piso de arriba. ¿Qué te parece?

El muchacho tenía habilidades más que suficientes para ser un buen artesano, pero el viejo maestro supo ver algo más en él. Las manoseadas trazas renacentistas y barrocas que servían de base para la producción del taller iban poco a poco cambiando al pasar por las manos de Toñín. El niño, sin formación aún para interpretar esos dibujos, iba instintivamente adaptándolos a un lenguaje distinto. Y el maestro observaba aquello con asombro, quizás con algo de regocijante satisfacción personal.

Con el paso de los años Toñín se fue haciendo un muchacho culto, con una buena formación artística. Bajo su influencia el taller dejó de ser un mero reproductor de modelos tradicionales, creando nuevas formas que encontraron mercado y abrieron nuevos caminos que siguieron los demás talleres del ramo. Pero poco a poco se fue inclinando hacia la pintura, y con el tiempo terminó haciéndola su oficio.

―Mira, Toñín, toda esta parte del taller ya no la necesitamos; lo que aquí hacíamos ahora lo compramos hecho. Se puede ampliar esta ventana, que da al sur, y tienes un buen taller para pintar, con buena luz…

Y el maestro Senén fue envejeciendo en paz, viendo pintar al que fue su discípulo, disfrutando de las tertulias de artistas e intelectuales amigos del cada día más afianzado pintor Don Antonio Mahide.











                

martes, 17 de diciembre de 2019

Fiebre

   



E
ste año no parece que a José le haya hecho mucho efecto la vacuna de la gripe. Lleva unos días baldado y febril, sin fuerzas, arrastrándose entre la cama y el sillón. Son días grises y fríos de noviembre, con una luz triste que apenas penetra las ventanas y colabora en su abatimiento. Hacía tiempo que no se encontraba tan mal. Los años se van llevando las fuerzas. La cuestión es que la fiebre le ha retrotraído, de alguna forma, a los lejanos años de su adolescencia; ha vuelto a experimentar aquellos despertares del espanto, bañado en sudor, aterrorizado por el horroroso final de la alucinación febril; desde el día aquel en que llevó a su padre la comida a la obra. Recuerda que, con anterioridad, en la niñez, el final de los sueños febriles era otro: fuese cual fuese el sueño el despertar se producía al caer al vacío; el final era siempre la absoluta angustia de la caída, hasta despertar y encontrar el alivio del contacto materno.

José cree que fue un día durante las vacaciones de Semana Santa. No puede determinar el año exacto, pero debió de ser en torno al año 1958, sí, debió de ser ese año; estaría en primero de bachillerato, sí, el primer año en que cada asignatura la daba un profesor distinto, recuerda. De lo que no tiene dudas es de que ese día nevaba. Por entonces en Madrid todos los inviernos nevaba varias veces, y todas las nevadas eran una fiesta infantil. Recuerda que ese día nevaba porque no le hizo ninguna gracia el encargo de su madre: tienes que llevar a tu padre la comida a la obra, se la ha dejado en la cocina. Su madre le hizo una puntillosa descripción del recorrido hasta el lugar en el que, en ese momento, trabajaba el padre, y se la repitió al menos ocho veces: … coges el tranvía… en… tres paradas… te bajas en… Pero al llegar a la parada José decidió que para tres paradas se iba andando, y así pisaba algo la nieve.

Por aquel entonces poco o nada sabía José del trabajo de su padre. Sabía que trabajaba en las obras, en una empresa de pocería, pero desconocía por completo en qué consistía su trabajo. Alguna vez le oyó decir que estaba en esa empresa desde que vinieron del pueblo, poco después de nacer él, y que se había cogido a lo que pudo, en la construcción que es lo que había, y dentro de esta en lo que nadie quería, pues su oficio siempre había sido el del campo.

―Soy el hijo de…, vengo a traerle la comida.

―Pero hombre, tu padre ya comió, a la una, a la hora que comemos en este oficio. Comió de lo de todos. Ven, te llevaré con él.

Era un sótano sin apenas iluminación; en el muro que debía corresponder a la calle, José vio un agujero a media altura del que salía una luz tenue; entre el nivel inferior del agujero y el piso había una escalerilla de cuatro o cinco peldaños desde la que un hombre, en la boca del boquete, tiraba de una cuerda y extraía una espuerta con tierra, la vaciaba en una carretilla y volvía a introducirla en el agujero; tras una interjección del operario la espuerta desaparecía traccionada por otra cuerda hacia el interior.

―Asómate y saluda a tu padre, está ahí dentro.

José subió los peldaños y se asomó al interior del boquete, le llegó un cálido y húmedo olor a tierra. Tras el grueso del muro comenzaba una excavación abovedada en el terreno. A unos cuatro o cinco metros la luz de una bombilla recortaba la figura de un hombre de rodillas que ocupaba toda la sección excavada; con una pequeña herramienta iba picando el terreno y rellenando la espuerta con la tierra extraída. Una angustia desconocida atenazó a José, que incapaz de decir palabra bajó los peldaños de la escalerilla.

― ¡Pepe! que está aquí tu chico…

Y vio a su padre salir, retrocediendo de rodillas, de aquella especie de tumba donde se ganaba la vida.

Desde aquel día sus sueños febriles terminan en el justo momento en que las tierras de la mina comienzan a desprenderse, abrazando su cuerpo arrodillado.










  

martes, 22 de octubre de 2019

No parece haber lluvia que nos lave









Al amanecer el olor era tan puro que daba lástima respirar.

Gabriel García Márquez

El mar del tiempo perdido
(1961)







l agua ha lavado lo que el agua puede lavar, y el mundo parece nuevo, casi reciente. Cuando escampa y se abre algo el cielo, José se decide a salir y encaminar sus pasos por la cuesta que a diario le lleva al mesón de Rojo. Ha llovido mucho, pero la tierra sedienta apenas deja regueras ni charcos; el páramo no tiene agua que no se beba él, ni que le sobre para mandar al Yebro seco.

Al entrar en el mesón el viejo maestro siente que la nitidez del mundo nuevo se queda a la puerta, dentro está el tufo rancio de la vieja España. José se sienta a su mesa de todos los días y observa, recortada en el contraluz de la ventana, una sombra de greñas coloradas que perora entre aspavientos; no tarda en reconocer al Rojo de Valderas. Agustín Alonso Rubio tenía pelo bermejo y era natural de ese pueblo, en la comarca por donde León se adentra en la Tierra de Campos; de ahí su sobrenombre. Durante el Trienio Liberal, entre 1820 y 1823, Agustín levantó una facción de cincuenta hombres que cabalgaron por León y Castilla al viejo grito de diospatriarey, defendiendo el absolutismo que amparaba la Iglesia. Para unos fue un ladrón faccioso, y para otros un héroe de ardiente amor a la religión y al rey. Los constitucionalistas lograron capturarle, y el doce de febrero de 1823 le dieron garrote en Valladolid, en el Alto de San Isidro, y allí mismo le sepultaron. Unos meses después, el trece de julio, la Iglesia rescató el cuerpo de su defensor, y en solemnísima ceremonia lo trasladó a la iglesia de San Andrés, donde fue nuevamente sepultado bajo pomposa lápida loadora de sus gestas. Lapida que fue destruida posteriormente, sin que en la actualidad se tenga noticia del paradero de los restos del bermejo faccioso.

Sentada a la mesa, junto a la ventana, otra sombra escucha la aspaventera perorata del pelirrojo, en silencio, con la sonrisa del que está de vuelta. El viejo maestro sabe de quien se trata, ha charlado con él en otras ocasiones. Victoriano López Rubio, del Partido Comunista, ganó las elecciones de 1933 y fue elegido alcalde de Valderas. Los intentos de poner en practica sus ideales sociales bajo el amparo de la legislación de la República, llevaron a que el pueblo fuese conocido en la región como Valderas la Roja. El veinticuatro de julio de 1936 una fuerza compuesta por trescientos individuos, entre los que había militares, falangistas, requetés y guardia civil, entra en Valderas. Tras los saqueos, registros y persecuciones se llevan a doscientas personas detenidas. Cien son fusiladas. Victoriano López muere apedreado tras atroces torturas, en las que no faltó grabarle a fuego un INRI en la frente.

José sale del mesón en busca de aire. Extiende la mirada por la amplitud del paisaje de nubes y páramo. Hincha sus pulmones en un intento de limpiarse el alma de los posos que hoy le han dejado las sombras visitantes. Seguimos igual ―piensa―, no parece haber lluvia que nos lave.

















jueves, 10 de octubre de 2019

La meditación del barrendero










uatro mil años llevan sonando en el mundo los cánticos del barrendero de este pueblo. Mantras védicos. Sánscrito, sánscrito védico. El idioma de los dioses. Y uno no es capaz de reconocerlo; no sabe nada al respecto.

la repetición de estrofas, de sonidos, el ritmo, ayudan a la mente en la liberación de lo material, facilitan la meditación. Es como ese cabeceo de los judíos al rezar, las letanías o la aparentemente absurda repetición de avemarías de los católicos. La meditación me ayuda mucho. Hago mi trabajo mientras entono las ancestrales salmodias que ponen mi espíritu lejos de la basura que recojo. Hasta que llega la hora de cambiar la escoba por los pinceles y mi otro yo del día se enfrenta al lienzo…

No he vivido nada que pueda acercarme a las experiencias del barrendero. Mientras me habla recuerdo aquellos rosarios del fin del día en el colegio; teníamos perfectamente cronometrado lo que duraban con cada fraile. Ninguno se acercó nunca a las marcas del pequeño de aquellos dos hermanos. Recuerdo que también se le daba bien el frontón. He oído que después de la frontera del 75 dejó los hábitos y se casó con la hija de un fabricante de pegamentos vecino del colegio.

Nunca sentí los efectos de la repetición de avemarías.

El barrendero sigue adelante con su escoba, su pala, su carrito, su cántico y su meditación. Y yo me quedo con mis limitaciones, con la falta de esas experiencias.

Gracias, amigo barrendero, por tus ratitos de charla, por condimentar algo el gris de cada día.

















      

domingo, 29 de septiembre de 2019

En Barajas











E
spero, en la agitación de gentes, sonidos y colores del Barajas de nuestros días, un avión que trae de Bogotá a uno de mis hijos. Observo a las gentes que se mueven hoy por el aeropuerto y comparo con imágenes de ayer que me trae la memoria.

Cuando yo era niño, los madrileños de pocos posibles hacíamos excursiones a Barajas para ver los aviones. Nos asomábamos a los ventanales sobre las pistas en aquel edificio que aún perdura, y que substituyó al primero ―con aspecto de club privado para pudientes― que hizo Luis Gutiérrez Soto. Don Luis lo hacía casi todo en aquel tiempo, antes de la sublevación militar. También observábamos a aquellos seres distintos, de película, aquellos seres que viajaban en avión y circulaban por el aeropuerto seguidos por un mozo que transportaba sus maletas; aquellas maletas adornadas con pegatinas de hoteles que atestiguaban el andar por el mundo.

Hoy, Barajas es algo muy distinto. Veo pasar un multicolor río de rostros andinos o caribeños. Gentes que llegan a España, desde la desquiciada América Latina y su hiriente desigualdad, en busca  de una vida mejor. Poco que ver con las imágenes en blanco y negro de aquellos españoles que marcharon a América durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, huyendo del hambre y la miseria, en interminables travesías del Atlántico. Poco que ver también con los autobuses cargados de españoles de boina y maleta de madera, saliendo hacia la esperanza europea en los años sesenta del siglo pasado.

Sí, todo es muy distinto; y no está claro que mejor. El desenfrenado tráfico de aviones que hoy quema gasolina sobre nuestras cabezas apenas transporta ya privilegiados que peguen etiquetas de hoteles en sus maletas. Transporta masas de turistas movidos por los reclamos de la industria, gentes a las que suele importar un rábano lo que van a ver, y les basta con alguna autofoto para enseñar a los amigos y testificar su viaje. Y transporta emigrantes hacia la siempre hostil tierra ajena. Es el caos social de nuestro tiempo, la modalidad de turno, pero siempre el eterno caos social inherente a la condición de los hombres.

















sábado, 21 de septiembre de 2019

El canto del barrendero








n este mundo que se nos ha venido encima, una de las cosas que van desapareciendo son las peluquerías de caballeros, esas de toda la vida, aquellas barberías con su chisme giratorio de franjas rojas y azules. Algo creo recordar haber leído sobre el azul de las venas, el rojo de la sangre y la antigua ocupación adicional de los barberos: la de sangradores.

Pues resulta que el otro día acudí al establecimiento que ─en este pueblo en que moro─ más se aproxima a mi vieja idea de lo que es una peluquería para hombres. Es un lugar en el que te admiten aunque no tengas pinta de hipster al que sacarle los cuartos, y en el que no te preguntan si tienes cita previa, tan solo te informan de los clientes que tienes por delante. Ante la demora prevista, que suele ser poca, el cliente puede optar por leerse el periódico, participar en la charla genérica del local, o ir a tomarse un chato en la tasca de enfrente.

Servidor optó por salir a la acera y pegar la hebra con el barrendero municipal, que allí actuaba en ese momento. Es un señor al que saludo habitualmente, pero con el que nunca había charlado; un hombre que debe de estar al final de la cincuentena, delgado, con una amplia boina cuidadosamente colocada. Lo que más llama la atención en él es que acompaña de continuo su trabajo con el canto o recitado de una especie de salmodia repetitiva, en un idioma que no he logrado identificar; si es que se trata de un idioma.

Tras unos previos escarceos verbales, y cuando ya estaba dispuesto a preguntarle sobre su perenne cántico, el señor decidió tomar las riendas de la charla, y aprovechando un comentario mío sobre aquel dibujo de Mingote del barrendero que mira a lo alto esperando la caída de la última hoja que queda en el árbol, me dice:

Buen dibujante, Mingote; se le echa de menos. Hoy tenemos al gran Roto, el Ops de finales del franquismo en aquellas revistas en que empezamos a ver algo de luz… Buen dibujante El Roto, un dibujo eficaz. Yo es que soy licenciado en bellas artes ―¿sabe usted?― y cuando dejo la escoba cojo los pinceles. La cuestión es que yo soy todos mis heterónimos, que son muchos y con personalidades muy distintas, con conceptos de la pintura muy diferentes. Un día soy alguien con una visión del mundo que se expresa en un posimpresionismo, y ese alguien tiene nombre y firma sus obras. Otro día soy un estructuralista que mezcla materiales heterogéneos sobre una superficie, tratando de definir conceptos. Y de eso puedo pasar a la abstracción más inmaterial… Todos mis alter egos están en mí, pero yo no puedo influir en ellos, tienen su vida propia, solo soy su vehículo, un mero espectador de lo que hacen mis manos guiadas por la personalidad de ese momento.

Y ese es el momento en que el barbero se asoma a la puerta y anuncia mi turno. Me despido del barrendero, del señor licenciado, pidiéndole una postergación de la charla para otro día.

Un rato después, en la reunión del aperitivo de los jubilados, me toca una salmodia bien distinta. Hay un personaje que reitera machaconamente mantras como su condición de socialista, sus sapiencias en marketing y algún ing más, sus importantes cargos en distintas empresas, su condición de divorciado arruinado por se ex y un juez, su odio a podemitas y similares, etcétera, etcétera. Pero hoy toca, nada más y nada menos, que una encendida defensa de la pena de muerte.

―Y tú eres socialista…
― Socialdemócrata de toda la vida, y militante.
―Ya…

Y servidor se acuerda de la charla con el barrendero municipal. Hay que recuperarla.



















domingo, 8 de septiembre de 2019

El año de las dos primaveras










onde no hay mañana no tiene sentido la memoria, y en estos días el recordar es cosa de viejos lelos, como yo. Quedamos pocos con recuerdos del mundo anterior. Quedamos pocos con esta absurda manía de recordar.  Ya solo quedo yo de aquel grupo que llegamos juntos a refugiarnos en este rincón, donde quedaba gente y parecía posible la vida o algo parecido a la vida anterior.

Donde no hay esperanza no tiene sentido la ley ni acuerdo ninguno de organización social. Donde no se espera nada, justicia es un concepto vacío.

El año de las dos primaveras fue aquel en que se evidenció el tan anunciado caos. A partir de entonces todo se nos vino encima muy deprisa. Aquel fue un año de récords, de lo que entonces se consideraban récords: el invierno más seco y el verano más caluroso desde que había registros; también se quemaron más bosques que nunca antes y hubo más ciclones y más inundaciones.

Y sí, en realidad ese año hubo dos primaveras. A mediados de agosto las plantas caducifolias habían perdido sus hojas o las tenían ya secas. Finalizando el mes bajaron algo las temperaturas y las yemas del año siguiente comenzaron a abrirse. En septiembre estábamos en plena floración primaveral. Los insectos polinizadores no pudieron adaptarse al cambio, pero algunas plagas de chupadores y de hongos se desarrollaron con desusada violencia.

Fue la primera primavera sin algarabía pajaril.

Y el invierno no llegaba.

Después fue esta nada en espera de la muerte.














sábado, 24 de agosto de 2019

La maestra no sabe...











ace unos días estaba un servidor frente a la televisión como acostumbra, es decir, como el que oye llover; vaya, no, no se ajusta a mi hábito el dicho tradicional: el ruido de la lluvia suele prender mí ya frágil atención bastante más que la televisión. Decía que estaba frente al televisor cuando, de pronto, una señora me conecta a sus palabras. Es una mujer de mediana edad, maestra, no sé en qué contexto, pero le escucho decir algo más o menos así:

nosotros, los maestros, hoy en día, somos incapaces de intuir el mundo que les espera a nuestros alumnos. No sabemos en qué puntos incidir para dotarles adecuadamente de lo que necesitarán...

Tremendo.

¿Pone esta maestra palabras a algo que a muchos aterroriza tanto que no se atreven ni a ponerlo en frases?

¿Ha ocurrido antes?

No sé mucha historia, pero me atrevo a pensar que esto es algo inédito. Supongo que la humanidad siempre ha tenido idea de hacia dónde caminar; siempre ha tenido idea de dónde estaba, más o menos, lo deseable, el progreso y el bienestar. Con todas las diferencias en métodos y beneficiarios que las ideologías han ido marcando.

¿Hemos perdido ese horizonte?

Las agoreras predicciones de los científicos sobre el futuro de nuestro mundo no parecen condicionar a los dirigentes políticos de los países ricos o poderosos. Lo inmediato del caos anunciado parece modificar poco la vida de los privilegiados.

¿O sí?

Europa se desencuaderna. Su hegemonía parece acabarse. Los logros sociales y políticos surgidos del pavor tras la Segunda Guerra Mundial están en entredicho, y resurgen fantasmas e ideologías que se creían muertas y enterradas.

El país más poderoso de la tierra está en manos de lo peor de su sociedad, que ha colocado al frente del Estado a un títere ridículo que avergüenza a la humanidad.

Y el sistémico caos del resto de América.

Y la incógnita de la China que se enriquece.

Y las gentes del África descabalada por los europeos pretendiendo huir de la miseria y la guerra.

Y la inmensa Rusia en manos de un iluminado que pretende regresar a situaciones anteriores. Un país que apenas produce para dar de comer a su gente.

Y…

Como siempre ha sido, me dirán muchos. Sí, como siempre ha sido; la diferencia es que, ahora, al planeta se le ha puesto fecha de caducidad. Eso es lo que, supongo, impide a la maestra intuir el mundo que les espera a sus alumnos.

El desencuadernado de Europa ha llegado a España, claro está. Lo que unido a nuestros males congénitos tiene a la maestra desconcertada.

Como desconcertada la tendrán esos jovencitos con músculos de gimnasio que proliferan en los medios sociales de la actual burguesía española. Esos muchachos que no saben dónde está Badajoz o quien fue Cervantes, con escasa capacidad de expresión oral y nula capacidad de expresión escrita, que no quisieron o no fueron capaces de estudiar, pero que tienen un currículo repleto de acrónimos, siglas y abreviaturas en inglés. Unos sucedáneos a la formación que sus papás les han podido ir comprando por el mundo.

La maestra no tiene acrónimos en inglés, y no entiende que haya que volver a discutir los derechos de la mujer y la necesidad de leyes que la protejan de abusos y maltratos por parte de los varones. No, la maestra no tiene siglas en inglés, pero sabe que los homosexuales existen, tienen derecho a la vida, no son fruto del vicio, y no fueron inducidos de niños por sus padres. La maestra no luce pulseras rojigualdas, pero tiene clara la necesidad de recoger del mar a los africanos que huyen del horror; y sabe que inmigrante suele ser sinónimo de pobre, de necesitado, pero no de delincuente. La maestra es consciente de la necesidad de que el Estado sea laico, y la religión un asunto privado.

La maestra es consciente de la necesidad de su oficio si al mundo le queda algún futuro. Aunque no sea capaz de intuir ese futuro.

      












sábado, 10 de agosto de 2019

Mi viejo oficio












Geometrías
dulcificadas por el tiempo. Ortogonales que ya no lo son tanto. Maderas que se deslizan a su ensamble o escapan de él, vencidas por los años. Fugas de añil delimitando espacios blancos de cal o de yeso. Y el rojo. El rojo fundamental del hierro. El rojo de la almagra omnipresente. Pasos quedos de monjas por los siglos, entre bisbiseos de letanías, pasos que han ido eliminando el vítreo esmalte del horno, dejando al aire el bizcocho, borracho de esperanzas de trascendencia.
Sea un leve guiño al viejo oficio con el que disfruté, me dio de comer, y con el que algún servicio hice al prójimo, supongo. Importante bendición esta. Supongo.








sábado, 13 de julio de 2019

Hoy











Hoy,

la ventana del mesón de Rojo ofrece el siempre extraordinario espectáculo de la tormenta veraniega. Ese redoble que termina en desgarro cósmico rejuvenece las arterias del viejo maestro de Valdurceda, que aspira con ansia los olores que preceden al aguacero y que le llevan al lejano mundo de su infancia.

Antes de los primeros truenos, José charlaba con Claudio Rodríguez, tabernario sabio. Hablaban de Sirio, el perro de Vicente Aleixandre, atado por su amo en el jardín con cadena de aire:


No ladraste a los niños ni a los pobres
sino a los malos poetas, cuyo tufo
olías desde lejos, fino rastreador.


Hablaban de lo útil que hubiese sido ese animal, como asesor de nuestros actuales dirigentes, a la hora de nombrar algún cargo para llevar la lengua española por el mundo.

Pero la tormenta parece disiparse, alejarse al menos, y deja al paisaje sin la esperada redención del agua.

Otro día será.









viernes, 5 de julio de 2019

El aprendiz







Terraza de La Incognita en 1940
Fotofrafía de  Tomás  Prast






La fachada a poniente del Palacio de Oriente fue incomprensible blanco de la artillería de los insurgentes durante buena parte de los tres años de lucha armada subsiguientes a la sublevación militar de 1936. Parece un contrasentido que esos artilleros apuntasen sus armas a tan claro símbolo arquitectónico de lo que defendían aquellos que les mandaban. Vayan ustedes a saber por qué recovecos del subconsciente colectivo se enfilaron aquellos cañones. El caso es que los limpios volúmenes clasicistas que la dinastía francesa impuso para el exterior de sus edificios, quedaron seriamente dañados. Las cornisas, frisos y arquitrabes de caliza colmenareña perdieron sus volúmenes y alineaciones; las gráciles volutas de los capiteles eran muñones; las estrías de los enormes fustes tenían interrumpida su abombada verticalidad; los tímpanos y frontones rotos y las guarniciones melladas, enmarcaban huecos con carpinterías reventadas. Los obuses, al estallar y expandir su metralla, habían dibujado absurdas formas florales en los paramentos de piedra berroqueña del Guadarrama, rompiendo esquinas y almohadillados. En los rictus de los mascarones mutilados parecía leerse el asombro ante tan incomprensible destrucción.

Aquel aprendiz llegó a la oficina de arquitectura del palacio a principio de los años sesenta del siglo pasado. Tenía toda la curiosidad de los dieciséis años, una cierta habilidad para el dibujo, y la necesidad de aportar algo a la economía familiar. Ponerse al día en las labores del dibujo y la delineación le fue sencillo, y poco a poco fue aprendiendo a discernir de quién podía aprender.

En la denominada terraza de La Incógnita, al pie de la dañada fachada a poniente, estaba situado el taller de cantería en que se realizaban las labores de restauración. Allí, en su pequeña casamata, estaba Paco el cantero, un hombre de mono y lápiz en la oreja, heredero y trasmisor de los saberes que los hombres han ido desarrollando a través de los tiempos, desde que techaron su primer refugio fuera de la cueva. Un hombre que gobernaba aquel mundillo con fondo sonoro de maza y cincel que fascinó al joven aprendiz. El muchacho veía al maestro cantero trazar en el suelo, con el cordel impregnado en almagra, las monteas de los distintos elementos arquitectónicos. Y veía después a los oficiales labrar sus piezas utilizando los dibujos del maestro como plantilla. Puede ser que en los archivos del palacio quede alguno de los calcos que el aprendiz hizo de las monteas de Paco.

El joven observaba la facilidad con que aquellos hombres manejaban tan enormes pesos, y su seguridad para definir el lugar donde colocar la cuña que abriría el bloque. Le gustaba recorrer con Paco los andamios, mientras este tomaba datos y medidas y decidía qué elementos podían restaurarse y cuáles era necesario sustituir, bebiéndose las explicaciones que el maestro no le escatimaba.

En aquel santuario de la piedra oficiaba también otro personaje: Alonso, “el escultor.” Su labor consistía en realizar apretones con arcilla de los elementos menos geométricos, vaciarlos en yeso, y reproducirlos en piedra sacándolos por puntos. El aprendiz disfrutaba viendo la herramienta de Alonso hendir la piedra como si fuese cera; dejando la huella del útil como testigo de su trabajo.

Fueron pasando los años y el muchacho dejó de serlo, sin perder nunca la condición de aprendiz y el ojo para saber arrimarse a quien podía enseñarle. Hubo otros Pacos y otros Alonsos que le fueron abriendo los ojos a los distintos oficios intervinientes en el quehacer de cuidar los edificios antiguos.

Hoy, el aprendiz lo sigue siendo. Es un viejo que mantiene la curiosidad y sigue disfrutando del buen hacer de los antiguos. Un viejo que guarda cariñoso recuerdo de cuantos le abrieron los ojos a ese buen hacer y a su disfrute.

De muchos de estos oficios no queda ya ni apenas memoria. Hace tiempo que se eliminaron los métodos tradicionales de aprendizaje, y no se han encontrado métodos eficaces para sustituirlos. Estos son tiempos de mucho presupuesto y poca humildad. Malas condiciones para ese quehacer de cuidar los edificios antiguos. Piensa el aprendiz.