sábado, 24 de octubre de 2015

Nuestros viejos















Los padres podrán desheredar a los hijos por maltrato psicológico. Esta sentencia del Supremo, del pasado mes de agosto, ha tenido importante repercusión en la gente, y sobre todo entre los profesionales del derecho que, en su trabajo diario, se encuentran con una legislación decimonónica inadaptable a la situación actual. Las personas respondemos ante esta decisión de los jueces porque nos pone ante una tremenda faceta de nuestra realidad social; una faceta más o menos conocida o intuida, pero que mantenemos larvada, oculta por incómoda, hasta que nos estalla cerca y nos salpica toda su sordidez: el maltrato a los viejos.
La lenta desaparición de la familia tradicional ha ido relegando a los ancianos, haciendo difícil o imposible su cuidado, en caso de dependencia, en los núcleos familiares, ahora tan reducidos. (Supongo pasajera la situación actual, en que la crisis económica ha hecho depender a muchos jóvenes de las pensiones de sus padres o abuelos, volviendo a poner en valor sus caducas personas). Creo que la sociedad es consciente de este problema, de esta asignatura pendiente: redefinir el papel de los ancianos, dependientes o no, en nuestra organización social.
Pero al margen de este tan importante asunto por resolver, por lo que indudablemente nos desazona la noticia es porque nos enfrenta a cuestiones no coyunturales, sino connaturales a nuestra más elemental condición, como el egoísmo y la crueldad. Todos asistimos “horrorizados” a la consuetudinaria ración de barbaridad humana que nos suministran los medios de comunicación: guerras, deportaciones, hambrunas, degollamientos, niños ahogados…; mientras permanecemos impasibles a la realidad de tantos de nuestros viejos, almacenados en residencias para poder ser despojados de sus bienes y dignidad  por sus amantes familiares, con demasiada frecuencia dados al golpe de pecho y al padrenuestro. Residencias en las que, tengo para mí, la idiotez suele ser método para la supervivencia a que nos obliga el instinto.
Y es solo, repito, cuando nos toca de cerca, cuando sentimos hasta donde puede llegar la miseria humana.


 


       






martes, 6 de octubre de 2015

Pregón en gris










E
l Ya de hoooy, el Arriba, el Marca de hoooy, el Ya… Los que sabemos poner la música a este viejo pregón ya no somos unos niños. Hemos vivido la película en blanco y negro en que esa cantinela se oía a la salida del metro de la miseria, los vagones rojos, las apreturas y los malos olores. Hace mucho que no se oye ese viejo pregón. Hace ya 36 años que dejó de publicarse el diario en que Jakim Boor escribió sus histerias sobre masones, comunistas y judíos. Y hace veintisiete que la Conferencia Episcopal vendió el periódico de Herrera Oria. Pero ninguna de estas dos publicaciones era ya lo que había sido.
Poco tenemos que añorar de aquel mundo gris los que entonces viajábamos en metro, como no sea la juventud y el afán puesto por muchos en dar otro color a nuestra vida.
Han cambiado las cosas, qué duda cabe. Ha cambiado nuestro medio. A pesar de todos los pesares, que no son pocos, a pesar de los efluvios de la bacinilla que destapó la crisis. Bacinilla que era y es nuestro medio, aunque no viéramos o no quisiéramos ver lo evidente. Han sido unos años en los que las migajas que caían bastaron para tapar bocas. Ya no es la situación. La damnificada juventud, lo mejor de ella como siempre, intenta hacerse oír al margen de los adormecidos partidos políticos, de los obsoletos sindicatos y de las caducas organizaciones sociales al uso. Hablan de un cambio en la meta y en el rumbo. Y esa voz, naturalmente, molesta a los de siempre, se vistan de lo que se vistan. Y entre los molestos grita, como no, la descendencia socio-ideológica de Boor, que ahí está y ha estado de continuo, como fermento, en la bacinilla.
Algo está pasando en Europa, algo preocupante pues tiene toda la apariencia de un regreso a puntos de partida. Millones de europeos ven con asombro el prosperar de organizaciones políticas con ideologías que consideraban superadas tras el horror de la Segunda Guerra. Lo ven con el mismo pasmo que les causa la reacción de algunos gobiernos frente a las masas que acuden a la protección de la vieja Europa, huyendo de la guerra o la miseria.
Hace unos días, en un encuentro de café, me presentan a una persona. Es un sueco residente en España, en la cincuentena, de gran estatura, aspecto atlético y rubio como la cerveza, que decía la copla de los años grises. En pocos minutos de charla sé que es un hombre de formación luterana y de reciente conversión a un catolicismo radical y militante. Le preocupa sobremanera que Europa no ponga los mecanismos necesarios para defenderse de la invasión de estos nuevos bárbaros, que llegan para destruir una civilización y un bienestar que ellos no han sabido crear en sus lugares de origen. Le preocupan esos europeos, debilitados por ideologías corruptas, que no son capaces de hacer frente al peligro que esta invasión supone para nuestra civilización. Servidor balbucea algún intento de razonamiento pero enseguida desiste. No es fácil con este nuevo Recaredo.
Algo está pasando en Europa. Sí. Pero el problema no nos llega de fuera. Está en casa. Deberíamos conocerlo. Lleva mucho tiempo con nosotros.
No Jakim Boor, no. El peligro no eran los exóticos y píos masones, ni los comunistas. Ustedes sí, ustedes continúan siendo un peligro.
No veo camino que no sea poner la esperanza en esa voz de los jóvenes, y en la de los viejos valientes que se unen al coro. Uno no tiene  ya cuerpo para el blanco y negro del pregón, las prietas filas o las disciplinas de los Propagandistas.




           

lunes, 17 de agosto de 2015

El camino entre Valdurceda y San Andrés








E
l camino entre Valdurceda y San Andrés— el que permanece en la memoria de la infancia que reverdece la vejez—seguía el curso del Yebro, esa columna que une las vértebras, más o menos dislocadas, de los pueblos que nacieron en su valle. Al menos una vez durante las vacaciones del verano, el niño paseaba con su abuelo estos tres o cuatro kilómetros para visitar a unos parientes en San Andrés; visita que redundaba en un seguro entripado por el chorizo picante de la merienda. Al dejar el caserío de Valdurceda se llegaba enseguida a las eras, espacio mágico para el niño urbano, circo romano de fabulosas carreras de bigas. Después venía la sucesión de charcas que era el arroyo en estiaje. Tras los juncos y las cañas cesaba el croar al acercarse, y en las aguas verdes: insectos remadores, patinadores, mil larvas de feroz aspecto, ranas, sapos, libélulas… Soberbio espectáculo. —Buenas tardes—Buenas nos las dé Dios— El labriego va jinete en la grupa de un borriquillo cano de trote sincopado; al hombro la pala, guía del agua que los cangilones verterán en los surcos. Caña, cuerda y trapo rojo, el ranero va llenando su cesta con esas ancas pálidas, con un cierto aspecto de resto humano que el niño será incapaz de comer. Al llegar a San Andrés, las mismas construcciones de Valdurceda: sólidos troncos de pirámide rematados por aleros de tablas y toscos canes, con las cabezas de las vigas de aire asomando entre ellos. Color de tierra en las tapias y rojo de almagra en las puertas carretales enmarcadas por las potentes enteras. Y el sol de la tarde refulgiendo en la paja del trullado.
Sesenta años después el niño intenta llegarse paseando a San Andrés. Ya no existe el camino. No es necesario. Nadie camina entre los dos pueblos. El Yebro ya no se hace charcas en el verano; tiene un continuo y abundante caudal con las aguas que le aportan los excedentes de regar el Páramo. Las huertas son ahora plantaciones de árboles precoces. Ya no hay eras que despierten fantasías en niños urbanos; quedan pocos niños en estos pueblos, y entre estos pocos— usuarios del smartphone y la tablet— no es fácil despertar fantasías, no parecen tener interés por visitar en directo a los habitantes de las charcas. Para llegar a San Andrés es necesario el coche y la carretera.
El cementerio campesino, cazurro y cicatero, no da mucha información. Los restos anteriores a la segunda mitad del siglo XX han sido destinados a esperar la resurrección en el confuso amasijo del osario común, y sus señales conducidas al montón de chatarra de las cruces de hierro o al de cascotes de las lápidas rotas. Con suerte, el libro de registro parroquial habrá resistido a la humedad y la desidia.  Hay una tumba con flores recientes, sin lápida, fresco el lomo de tierra. – Lo enterramos ayer, noventa y ocho años de trabajo y honradez. En realidad lo mataron en 1936, pero mal, como todo lo que hacían unos bárbaros caídospordiosyporespaña cuyos nombres aún pueden verse entre los ¡presentes!, en esa lápida medio borrada en los muros de la iglesia de su pueblo de usted, en Valdurceda. Lo dejaron tirado a la salida del pueblo, dándole por muerto. La madre lo cargó en brazos hasta la casa y un médico, familiar de usted por cierto, lo curó en secreto hasta que el muchacho pudo escapar del pueblo. Enterraron un ataúd sin cadáver y callaron, como tantos. Los matadores, después, también murieron a hierro en algún lugar de España, en esa guerra que desataron y mantuvieron hasta la muerte del dictador. — Le habla un anciano que, nada más verle, ha sabido decirle el nombre de su familia.
El niño anciano regresa a Valdurceda con las últimas luces. Tiene una cierta sensación de pertenencia a la aventura humana que iniciaron aquellos pobladores mozárabes que se asentaron junto al Yebro. 

  






  


  

sábado, 23 de mayo de 2015

El último viaje










Hospital de la Piedad. Benavente








La ventana de su cuarto de trabajo se asoma a una calle con dos hileras de árboles de troncos enormes y raíces superficiales que ondulan el pavimento. En verano se forma una bóveda verde y umbría y en invierno las ramas se dibujan serpenteantes y nudosas sobre el cielo gris. A ambos lados se suceden los edificios de las residencias de profesores y alumnos y al final la calle se abre al espacio verde que precede a las Facultades. Hace veinte años que Elías escribe junto a esa ventana; veinte años urdiendo en prosas y versos la nostalgia de exilado de su mundo, aunque no sepa ya cual es su mundo; veinte años quejándose de la poca vida que se ve vibrar al otro lado de los cristales, tan poca como en las cinco universidades en que trabajó durante los otros veinte años anteriores a estos. Pero entonces tenía la alegría de su mujer, que le movía a cambiar de sitio, aceptar mejores contratos, publicar y participar en la vida académica. Cuarenta años dedicados por Elías a tratar de comunicar a pasmados  jovencitos yanquis su pasión por gente tan exótica como el Arcipreste de Hita, Jorge Manrique o San Juan de la Cruz. Cuarenta años vividos en provisionalidad, en una perenne víspera de mudanza a no se sabe dónde. Y así le ha sobrevenido el anuncio de su jubilación.
Ha sido una mañana de discursos, loas floridas, medallas, pergaminos y gaudeamus que Elías no ha sentido como fin ni como inicio de nada, tan solo como parte de su temporalidad. Durante una semana ha estado metiendo libros y papeles en cajas en las que ha puesto, de forma casi automática, una dirección apenas meditada, la misma que ha puesto en la maleta que lleva veinte años en el hall. Tiempo en el que no ha podido apartar de su cabeza el recuerdo de aquel día, en aquel viaje que cambió su vida.
 Elías cree que ya solo queda coger ese barco, camino del principio.

*****

En mayo de 1887 Tirso Criado, arriero de Tabladillo, afincado en Santa Colomba de Somoza, inicia el que ha decidido que sea su último viaje con la recua. Su habilidad y sus muchos años de trajín entre Vigo y Madrid le han hecho relativamente rico. Supo darse cuenta a tiempo del significado del ferrocarril y hoy ya tiene en marcha una organización para el trasporte en tren de pescado fresco y su almacenaje y distribución en Madrid. Su hijo mayor, Lorenzo, dirige el tinglado en la capital. El segundo, León, lo hace en Galicia. Desde la muerte de la esposa su hija Irene se ocupa de la casa de Santa Colomba y de la ya precaria hacienda del pueblo, que fundamentalmente ha consistido en la cría de los mejores machos de la región, unos soberbios animales obtenidos de yeguas francesas y asnos zamoranos, capaces de hacer cuarenta kilómetros diarios con ciento ochenta kilos sobre las albardas durante ocho o nueve meses al año. Tirso tuvo el capricho de que su hijo pequeño, Elías, estudiase. Le llevó a Astorga y le puso al cuidado y pupilaje de un canónigo al que ha tenido bien pagado y regalado. El padre ha decidido que le acompañe en este su último viaje con la recua hasta Benavente, y que después prosiga viaje a Madrid con otros arrieros. Su idea es que se vaya preparando para hacerse cargo de la parte administrativa y contable del negocio.





Hace tiempo que Tirso no tiene necesidad de hacer este trabajo, pero los muchos años de caminar le hacen difícil el permanecer todo el año en la casa cuidado por la hija, y echa de menos los avatares de la ruta y los trapicheos del trajín. Tirso ya no se llega a Madrid; sube a Galicia, carga congrio cecial, bacalao, sardina salada de los catalanes, escabeche de besugo y algún barril de ostras, y baja hasta La Bañeza, sigue por la orilla derecha del Órbigo, lo cruza en la barca de Pobladura y termina su viaje en Benavente; vendiendo su producto a antiguos clientes en esta zona aún no servida por el ferrocarril. Al regreso, carga a sus machos con aceite y pimentón de La Vera que le lleva a Benavente un paisano que sube de Extremadura. Productos que Tirso transportará para los socios gallegos que elaboran los escabeches.

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La venta de la Vizana está situada junto al viejo trazado de la cañada que bajaba de Babia y junto al puente por el que el ganado cruzaba el Órbigo, y que fue volado en 1808 por las tropas inglesas perseguidas por Napoleón. Las barbaridades de estos dos ejércitos en los pueblos de la zona aún se cuentan en los filandones locales.
La larga línea de la recua de Tirso se estira tras la esquila del delantero, y llega a la venta por el camino de Alija mediada la tarde. Son doce machos y los de silla, cargados con los fardos de cecial, de bacalao, los toneles de los escabeches y los barriles de sardinas. Ya ha dejado mucha mercancía en La Bañeza y los pueblos de la vega del Órbigo, por lo que los animales van más descargados. Entra la hilera en el patio y comienza la labor de descargar, estibar la mercancía en los cobertizos, observar y curar rozaduras en las bestias, inspeccionar herraduras, disponer agua y pienso… Tres muleros, dos somozanos y un gallego, sirven a Tirso en su recua. Trabajan con eficacia bajo las órdenes y la atenta mirada del maragato, que, parco en palabras, manda más con gestos. El padre mantiene a Elías al margen de estos trabajos; su formación es para otros menesteres.
Los hombres comen tocino; lo sujetan con el pulgar sobre la rebanada de pan y van cortando trozos con la navaja. Esperan las sopas que cuecen en la trébede, al rescoldo del sarmiento. La cocina tiene impregnados los olores del hollín y del sebo; los hombres aportan el propio del sudor rancio unido al que se les pega de las bestias, del pescado seco, del vinagre de los escabeches, de la grasa y el cuero de los arreos. La náusea impide a Elías comer. El muchacho recuerda cómo su madre y su hermana sabían crear una frontera entre los olores de las cuadras y los almacenes con la casa, en la que se respiraba la limpieza del membrillo y el espliego de los armarios,  la cera de los muebles, la tierra regada antes de barrer, o  los estimulantes vapores del cocido del mediodía.
—Tronchaenteras anda amagado por Carpurias. Ha asaltado a varios viajeros de buena bolsa en los últimos días. Vayan ustedes con ojo. — Avisa el ventero. Un afilador orensano corrobora la información. Tirso cruza una mirada con otros dos maragatos presentes y los tres salen al patio.
Con los primeros atisbos del alba los machos están cargados y la recua sale en dirección a Coomonte. Tirso tiene la intención de pasar por varios pueblos en que tiene clientes, y no quiere llegar tarde a Benavente.
La experiencia de los arrieros ha previsto el sitio donde salta el grito: — ¡Alto! — Como la recua sigue caminando el bandolero dispara al bulto falso sobre el primer macho de silla. Los animales, espantados, inician un alborotado galope. Un silbido, a espaldas de Tronchaenteras, para en seco al macho de punta, que detiene a la recua. El bandolero, al girarse, se encuentra con los cañones de la escopeta de Tirso; el amago con el arma provoca el disparo que le destroza la cabeza. En la caída del cadáver el arma golpea en el suelo y se dispara, alcanzando al maragato en el vientre. El resto de los asaltantes son abatidos por los muleros y los otros arrieros, que esperaban emboscados.
Tres días después Tirso muere en el Hospital de la Piedad, en Benavente. Los médicos no han podido controlar la septicemia.

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El carácter, y quizás la formación, han hecho a Elías incompatible con sus hermanos. Le es difícil admitir lo que ellos llaman  "el sentido práctico que exige el negocio"; y que al muchacho le parece una  laxitud ética que en su padre podía justificar por la enorme dureza de su vida, pero no en sus hermanos. Elías trabaja para Lorenzo como un simple empleado, sin involucrarse en responsabilidades que no es capaz de asumir. Estudia en la facultad de letras y en el mundo académico centra su vida. En 1893 termina la carrera, pero continúa en la facultad como profesor, desvinculándose laboralmente de los hermanos, a los que cede el negocio a cambio de la propiedad de la casa de Santa Colomba.
En 1894 conoce a la que será su mujer, una joven estadounidense que trabaja en la embajada de su país en Madrid; ese mismo año marcha con ella a los Estados Unidos.

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Elías está sentado en la solana de su casa de Santa Colomba, donde al andar por los pasillos siente el roce y el frufrú de las sayas de su madre. La casa sigue alzándose orgullosa entre las inmediatas cubiertas de cuelmo de las chozas de los labradores somozanos. La arriería ya no existe, pero las casas maragatas han seguido recibiendo el dinero de los comerciantes de Madrid o Galicia. Es el mes de mayo de 1934, la situación social de España es límite, pero Elías se siente sosegado entre las flores con que su hermana llena la solana. Por primera vez en su vida ha guardado la maleta.








jueves, 2 de abril de 2015

Jesús, amigo, tabernero sabio











  





Llevaba un tiempo luchando con esa enfermedad que le asaltó como suelen hacerlo todas: a deshora y a desmano. Y hace unos días, tomando un chato en el Alabardero, Valle me lo dijo: <<se ha muerto Jesús>>. Silencio. Después, la reunión fue creciendo; llegaron Juan Manuel y Lorenzo; y Felipe y Pepe y Juanma; y llegó Daniel, mi querido Daniel, le di un abrazo, se jubila, no podía ir el lunes a su copa; y llegó Roberto y hasta apareció Luis Barros con su mujer, viejecito de bastón, pero casi recién casado. Corrió el vino y las tapas y la risa, como siempre; y hasta entreveramos alguna de las coplas gallegas del barítono Luis:


Ó pasar por Camariñas, por Camariñas, cantando.

As nenas de Camariñas quedan no río, lavando.


Libraba ese día Fernando, el intelectual habanero; y, tras la barra, un muchachote ferrolano choraba su máis ben feitiña terra, y nos ponía vino. Y nosotros quedamos entre las risas y la ausencia.

Creo que el Oriente se me ha quedado un poco a trasmano. Sin la sabia liturgia tabernaria de Jesús parece que al café le crecen los cortinones, las escayolas y los dorados. Servidor, y a los que servidor se arrima, somos de poco oropel, más bien somos de taberna coplera y mandil a rayas verdinegras. En una de estas conocí a Jesús, en la desaparecida Casa Ricardo, en Ópera, junto a la escalinata. Hace un buen cesto de años. Allí me comí unos cuantos platos de alubias con mi maestro Miguel Sanclemente, él me enseñó alguno de los primeros rudimentos del oficio, con su buen hacer y su lenguaje de viejo albañil madrileño: habrá pisao uste jabón… Con dieciséis añitos comencé a trabajar a su lado; a esa edad se aprende mucho.

Estoy entrando en unos años en los que la nostalgia es un peligro acechante. Se acumulan pasados y se acortan porvenires. Jesús, tabernero viejo y avisado, te prometo no mentar dolores en los próximos cien años, y poner tu recuerdo en cada chato que me eche al coleto. Amén, amigo.












sábado, 14 de marzo de 2015

Mañana de lumbago











N
o suelo tener, creo, excesivas pretensiones de objetividad, y menos las tendré en una mañana como la de hoy en la que veo el mundo en el color filtrado por el lumbago que me atenaza – aquí sí vale lo de atenaza – y que me hace temer hasta del movimiento de darle a la tecla. Es decir, que mis impresiones sobre la realidad a la que hoy me asome estarán sin duda condicionadas por la compresión de mis terminaciones nerviosas, ahí, por esa zona donde la espalda comienza a dejarse el nombre. Vamos, que quizás no tenga un día de opiniones ecuánimes, ni me incline hacia interpretaciones ligeras o festivas. Aviso.
 El caso es que he comenzado la mañana leyendo una reflexión de Jorge Riechmann, hombre de inusual formación multidisciplinar:


  Dar por perdida la biosfera y el ser humano, y proponer la salvación a través de la tecnociencia, a través de un rediseño completo del medio ambiente y el organismo humano: tal es el arco gnóstico de la delirante hybris que va de la geoingeniería como supuesta “solución” al cambio climático, a las propuestas de human enhancement que formulan ingenieros genéticos y biólogos sintéticos. - See more at: http://tratarde.org/el-hundimiento/#sthash.EuB8nGOe.dpuf



El efecto de tamaño párrafo de inicio, sobre mi espalda y ánimo, anulan el pequeño consuelo que parecía llegar del Ibuprofeno, por lo que  me dispongo a hurgar en otro sitio.

 Cojo el último Cuadernos del Matemático, que no he terminado de leer; pero no es el día adecuado; las metáforas que suelo disfrutar son hoy juegos vacíos de estetas tristes que se miran el ombligo. Qué le vamos a hacer.

 Opto por la Red y quiere el albur - ¡vaya por dios! - que dé en Isis; y no la diosa egipcia que adoptaron los griegos, no, sino ese centro de retrasmisión de degollamientos de infieles y rituales de destrucción de vestigios de antiguas culturas. No se relajan mis vértebras, no. Es la Edad Medía en vivo y en directo gracias a las nuevas tecnologías (ya me estoy arrepintiendo de mezclar en esto al medievo).  ¡Qué barbaridad!  Hoy, a nadie que no sean esos bárbaros se le ocurre eliminar enemigos con un método tan cruel, artesanal y lento como es la degollación. Tenemos otras formas. Matar a distancia no tiene ese componente de crueldad palpable que tanto hiere nuestra cultivada sensibilidad. Y en nuestro mundo civilizado la destrucción de un bien cultural suele requerir de una compleja tramitación y componenda político–administrativa, encarecida con el abono de las correspondientes comisiones (de cuyas enormes tarifas nos estamos enterando ahora los españoles). Es el tinglado al que hemos dado en llamar Estado de Derecho, por lo que parece sin razón que lo justifique.

 La destrucción de los Querubines asirios, dos veces milenarios, por esos bárbaros barbados degolladores, me lleva a pensar (salvas sean las distancias temporales, los degüellos y todas las demás distancias) en algún caso español del momento. Hace unos días pasé frente a la lamentable Operación Canalejas, en Madrid, bendecida y amparada por profesionales devotos y agradecidos al capital y por la esperpéntica Presidencia Municipal con la que se castigó a esta ciudad. Pero mis terminaciones nerviosas protestan y me aparto del asunto.

Cinco piedras
Y en un nuevo salto – es un decir - me planto en La Valdueza leonesa. Por cierto, que este era el segundo apellido de mi tatarabuelo José Cipriano: Valdueza. A nadie le importa, claro, pero así se llamaba. Vaya usted a saber en qué momento bajaron al llano mis ancestros provenientes del valle del Oza; supongo que, como muy pronto, lo pudieron hacer durante las repoblaciones realizadas al norte del Duero en torno al siglo X. Época de la que pueden ser unas piedras volanderas que la humanidad lleva venerando estos mil años y de las que pretendo noticias que no consigo. Los últimos trescientos los han pasado empotradas en una fábrica de lajas, en la fachada de la Ermita de la Santa Cruz, en Montes de Valdueza. Es un elemental edificio del siglo XVIII,  de planta rectangular, cubierto a dos aguas con lanchas pizarrosas, cuyos muros se alzan a media ladera sobre el telón de fondo de los montes Aquilanos. Son cinco piedras provenientes de la anterior o anteriores ermitas, y fueron empotradas en el humilde edificio actual con deliciosa ingenuidad compositiva, pretendiendo tan solo su presencia ante el pueblo como símbolo de permanencia de una tradición ya milenaria, perpetuando la fundación, advocación y dedicatorias. En el interior, abandono, suciedad y un encantador retablito de popular y colorido barroco. En la penumbra se atisba la necesaria leyenda: la Sierpe Rupiana comedora de paisanos y monjes, vencida por San Fructuoso.
 
Lápida fundacional
Muñón de la torpeza y la ignorancia
En marzo de 2007 los vecinos de Montes de Valdueza están indignados. Alguna de las piedras de su ermita ha sido seleccionada para exponerla en Las Edades del Hombre, en Ponferrada. Nadie ha contado con ellos. Nadie ha considerado necesario conocer su opinión. Llueve sobre mojado; los vecinos ya se habían opuesto al desmontaje de las piedras para su exposición en Burgos, en la edición de 1990; en aquel año el párroco apoyó su opinión y las piedras quedaron en su sitio. No es la situación actual. El caldo de cultivo está creado. En la tarde del día cuatro  la piedra de la izquierda, la lápida fundacional, ha desaparecido. Confusión. Aparece el párroco que, ayudado por el alcalde (tradicional alianza), desmonta el resto de las piedras y se las lleva. Ahí queda el muñón de la torpeza y la ignorancia. Sigo sin saber de las piedras volanderas.

Retablo

Me parece que esta mañana ya no estoy para más saltos. Me toca el Ibuprofeno…







lunes, 16 de febrero de 2015

El diario rito de seguir vivos








A
diario paso frente a esta casa a la que la tristeza parece treparle como la hiedra que sube desde el verdín cadavérico de la tierra hasta el alero, para luego dejarse caer en girones verticales como lágrimas. Nadie la recorta, y la enredadera va cegando ventanas de las que no se espera luz. Y la casa se ha hecho cueva verde, antro propicio a esa humedad pegajosa que pudre el alma y que solemos llamar tristeza.
Recuerdo años de risas y alboroto de infancia en este jardín; y años de esperanza en los que la juvenil algarabía de la belleza y la inteligencia llenaba la casa. Y llegó el estupor ante lo inesperado, llegó el miedo, la sospecha vergonzosa, la certeza inaceptable, la atrocidad del deseo insaciable, el grito, la amenaza, la angustia, la destrucción de todo lo bello y de todo lo inteligente; llegó la sordidez desconocida. Y después fue el espanto de la muerte buscada y encontrada entre las vías del tren; y no mucho después el insoportable dolor de ver irse la vida en los ojos que imploran la ayuda imposible.
El viento mece, con chillido agrio de óxido, el columpio de las risas infantiles. La pareja de ancianos, sombras mínimas, salen de la casa y recorren vacilantes la  vereda que sus pasos cotidianos han dibujado en el abandono del jardín. Buenos días. Buenos días nos dé Dios. Y se alejan del brazo por la acera, doblados, al ritmo quedo de sus bastones, con el capacho de la compra obligada en el diario rito de seguir vivos. 


   










domingo, 1 de febrero de 2015

Yo sí recuerdo








Yo sí recuerdo, madre,
tu oficio de ser tierna
y fina como el aire.





(Meira Delmar)







 

lunes, 26 de enero de 2015

Ya no necesito










M

ira, amigo, yo no quiero ser ni haber sido, ya no necesito pasados ni presentes, me basta formar parte de este paisaje nuevo en el que aún no siento la trivialidad de lo cotidiano, tu charla sin historia ni necesidad de futuro, el sol que nos alivia los huesos, el vino que nos acorta la noche y nos encoge la memoria, ser sombra apenas perceptible mirando un mundo, si no nuevo, distinto, con la curiosidad cortita y más cortos los anhelos, no necesito ya demostrar ser quien no soy, no necesito ya ni ser yo, si es que aún pudiese serlo, ni deseo finales ni me apasionan futuros, solo pediría un pasar sosegado, ahí es nada, estar aquí esperando la diaria postal del sol metiéndose en el mar, y dejarnos luego caer hacia la taberna, y alargar la tarde retrasando la noche de los fantasmas a la espera de esa primera luz en la rendija del frailero, a la espera del sol para bajar de nuevo a oír el mar y no escuchar al cuerpo sus dolores ni al cerebro sus murmullos viejos, oír el mar y oírte a ti que mañana se nubla o que pasado llueve, que el barco que atraca hace bien la maniobra o la hace mal, en este lugar tan bueno como cualquier otro para recalar en la última huida, y dejarse ir esperando la piedad de cierta desmemoria sin la prisión ni la vejación de la demencia, sintiendo olores y sabores de ese mundo que actúa ante nosotros, sus espectadores sin pasiones, tan sin pasiones que aceptamos el dejar de ser y punto, tan sin orgullos que no necesitamos trascendencias, con la sorpresa de volver a verse vivo cada día, con el agradecimiento al sol en este nuestro banco cotidiano… 






miércoles, 21 de enero de 2015

Excavan en el cerro


















N
o era previsible ese tiempo. Estábamos a finales de junio y el cielo parecía querer darnos el agua que nos había negado en invierno y primavera. Al principio, mientras trabajaron las máquinas, brilló el sol; la lluvia comenzó al aparecer las primeras señales entre la tierra roja y los cantos rodados, e iniciarse la excavación a mano en las cuadrículas que los arqueólogos delimitaron con sus cuerdas. La hoya no tardó en anegarse y el agua buscó su alivio ladera abajo, hacia La Pedregosa, esa tierra labrada por los hombres de mi familia desde que me alcanza la memoria propia y la recibida.
Para entonces, la niebla ya se había extendido por el pueblo. No era la temida niebla del invierno, la que penetra en las casas hasta el último recoveco sorteando esquinas y puertas cerradas, la niebla que moja las camas, pudre la matanza, anega los pulmones de los viejos. No. Era una niebla distinta, un hálito denso, un vaho invisible con olor a miedo añejo que emanaba de las heridas del cerro y que se iba posando sobre las gentes, haciéndolas huidizas, esquivas, prestas a trancar sus puertas.
Cesaron las coplas de Elvira durante el barrido cotidiano de su puerta;  la televisión de la señora Lina dejó de atronar la calle con programas mañaneros; no se oían ya los golpes de las fichas del dominó en la taberna del tío Juan, ni los cagoendiós de Manolo con  la cabeza dentro del motor que se resiste a funcionar, ni los buenosdías, ni las buenastardes, ni los condiós, ni los taluegos. Solamente en el molino de Saturio - en el que sus nietos hicieron la casa rural - se escuchaban las risas, los cánticos y la guitarra de los estudiantes que trabajaban con el arqueólogo en la herida del cerro, a la espera de que escampase, ajenos, inmunes, a los efectos de la niebla que descendía de su obra.
Al aminorar la lluvia las puertas se fueron abriendo a sombras furtivas que salían de las casas y subían al cerro. Bajo los paraguas, un corro de atónitos rodea la escara abierta ladera abajo del camino de los bacillares, en la pequeña explanada del almendral de Exiquio. El agua ha lavado el terreno descubriendo el escorzo tragicómico de la muerte. Silencio hondo del campo cruzado por el chillido del alcaraván. Un gemido leve, de dolor viejo y guardado: María, La Quilina, mínima en su ancianidad, toma del barro una abarca de neumático y la alza dirigiendo su brazo hacia la figura de la gabardina y el sombrero oscuro. El corro de atónitos se va separando despacio. Quedan la anciana y el hombre al que dirige su brazo, el hombre que va siendo arropado por el sargento y el alcalde, en ese ballet repetido a través de los siglos. 
    

  


   










jueves, 15 de enero de 2015

Otra cama











Ganas me dan de ir a veros, pero me empereza pensar en otra cama y en otro retrete. Uno está hecho a lo suyo y no hay manera  más dulce de irse yendo que sobre el carro de la rutina.
...

Francisco García Pavón
Las Hermanas Coloradas


Óleo de P.C. Juárez










sábado, 10 de enero de 2015

Pequeña divagación sobre lo bello, lo viejo, lo simbólico















E
l gusto por lo bello parece connatural a la especie humana, siempre con los amplios matices que la educación y la cultura han dado al concepto de belleza. Por muy zafio que pudiera ser un individuo quiero creer que siempre ha habido algo que le rascase el alma, algo que le pareciese hermoso o le emocionase. Sin embargo, el interés, la curiosidad por saber de sus ancestros, por la historia, no me parece tan común ni tan innato, y sí, más bien, producto cultural o educativo. Lo que no sé si calificar de fruto de la educación, cojera cultural o cortocircuito mental, es ese extraño gusto que, en mayor o menor grado, tienen, tenemos algunos por las cosas viejas. Y no me refiero ahora a objetos hermosos o de especial significado, sino a trastos apreciados por el mero hecho de ser viejos.
Supongo que coleccionar badilas, llaves de a medio kilo, candiles de hojalata, planchas, orinales, palmatorias, peponas, plumillas, palilleros, chisqueros, braseros, escriños, escaños o escudillas, tiene un significado paralelo a la obsesión por las reliquias religiosas. Como la que llevó a Felipe II a crear una demanda para El Escorial que se tradujo en una enorme oferta que llenó el monasterio de huesos, vaya usted a saber de quién. La diferencia entre estas dos manías por acumular símbolos está en que los coleccionistas de trastos no pretenden ningún acercamiento a lo Trascendente, sino dar alguna pequeña, asequible trascendencia a lo humano; una trascendencia liviana, cotidiana, al andar de nuestro corto paseo por el mundo. Es como si pretendiésemos que el tic-tac del reloj del bisabuelo, la presencia del pasado en nuestro día a día, nos diese una continuidad en el tiempo.
También podemos entender lo contrario, y es que la presencia en nuestra cotidianidad de las obras de nuestros ancestros es continua constatación de nuestra efímera condición. Ante la casa centenaria de Las Hermanas Coloradas - donde Plinio investiga -  el maestro García Pavón reflexiona:
Cada generación debía estrenar una ciudad, sin el polvo del fue, sin los bidés usados, sin el recuerdo de la muerte tan bien hecho y repetido, sin esa cuerda costosa de seda roja que sirve para librar los balcones de las cortinas. Que cada generación tuviese su ciudad sin cementerios, con todas las cosas flamantes, como chorros de oro; sin fotografías de bigotudos sonrientes, sin esos guardapelos de rubios cuya calavera es tiesto de raíces.
Por supuesto que no comparto esta entelequia que nos apunta D. Francisco en su juego intelectual, en unas páginas bellísimas que a todo el mundo recomiendo vivamente. Del talento de los hombres debemos esperar la conjugación adecuada entre las obras del pasado y del presente, para acomodar a cada momento nuestros espacios de vida. Y en ello están desde hace tiempo los que saben o deberían saber, con éxitos y también con fracasos debidos, evidentemente, a la estupidez, la ignorancia y sobre todo a la avaricia pecuniaria.
El interés por lo bello, lo representativo o lo antiguo, ha dado lugar a esas inmensas acumulaciones que son los grandes museos. Primero los europeos, llenos en buena parte con el botín de atroces saqueos; y después los estadunidenses, repletos de lo mucho que ha podido conseguir el dólar. Pero el concepto tradicional de museo parece hoy en entredicho y las mentes pensantes reflexionan sobre lo que deberá ser el Museo del Tercer Milenio. Aparecen conceptos como “museos educativos”, “museos lúdicos” o “museos didácticos”, que, en general, son menos universalistas que el gran museo tradicional.
Hace años que Umberto Eco reflexiona sobre este asunto. El concepto Museo del Tercer Milenio lo he tomado del título de la ponencia que en junio de 2001 presentó en Bilbao, defendiendo el museo de una sola obra, en el que las restantes salas se dediquen a su explicación.
Se me ocurren muchas obras que merezcan este trato, demasiadas. Supongo que la cuestión es qué hacer con el resto. Los museos podrán ser centros formativos, meros expositores o alguna solución mixta. Y podrán ser más o menos monográficos. Lo absurdo es que los tengamos atestados por multitudes que están allí solo porque les lleva la agencia o porque lo recomienda su guía. Incomprensible. Hoy en día los grandes museos son, fundamentalmente, captadores de divisas. Será difícil cambiarlo. En algunos casos, como la escultura, la réplica exacta puede aportar soluciones; una vez eliminado el mito del original. Pero mucho me temo que no se propicie el ir hacia soluciones de este tipo.
En el mundo en que vivimos los que más peligro corren son los pequeños museos provinciales o locales, como por ejemplo los dedicados a recrear una figura en el ambiente en que vivió o trabajó. Podrán tener o no tener obras de importancia, pero reconozco mi debilidad por muchos de estos refugios del pasado, donde se oficia la liturgia del recuerdo; en los que acurrucarse al socaire del tiempo detenido. 









martes, 23 de diciembre de 2014

jueves, 11 de diciembre de 2014

La hoguera del solsticio














El
sol, de caída, se quiebra carmesí en el vidrio. El anciano habla despacio, abstraído, lejano; sus manos alzan o posan el vaso al ritmo lento de las palabras; y luego, con parsimonia, sus dedos extienden en dibujos el vino derramado sobre la mesa
-… lleva toda la vida… las propias limitaciones…

La luz horizontal realza las formas familiares, colorea la gris cotidianidad y  proyecta en la cal movimiento de hojas.
-… no es descubrimiento de un día, no… lleva su tiempo…. toda la vida… ir intuyendo poco a poco…  hemos dado en llamar arte… vamos encontrando en el genio ajeno…

Es un viejo de greñas blancas, barba descuidada y aspecto asilvestrado que habla a una concurrencia respetuosa y expectante.
-… dudas sobre la validez de la mera especulación artística… quizás solo pueda surgir en el ejercicio de un oficio…

Zarrapastro, gemido de arrastre de chanclas, luto y mandil sucio, una mujer gruesa sirve vino, parte chorizo, atiza la lumbre y sonríe.
-… quizás… de lo que he hecho, solo tenga algún valor… encargo… oficio… ganarme la vida…

Poco a poco la luz decae en los últimos arreboles y el fuego va cambiando de lugar las sombras. La zarrapastro enciende velas, muchas velas, por la estancia de la reunión y las adyacentes.
-… según vamos vislumbrando… realmente puede ser arte… según conceptualización… más o menos… aceptamos… vamos despreciando… nos parece que no lo es… pretende serlo…

Ya es noche cerrada. Ha corrido mucho el vino y la comida. La respetuosa y expectante concurrencia es ya alegre francachela que apostilla la interminable perorata del viejo. Luz de velas, cal, piedra y madera son marco al gaudeamus.
-… una obra puede ser útil o artística, o las dos cosas… ninguna de estas dos cualidades… absurdas obras humanas… propio de dementes… imposición al prójimo…

El vino ya es risas en las caras rojas, brindis y canciones que no acallan al anciano.
-… últimos años… me recluí entre estas paredes… mi obra… mera especulación… lo he pasado bien… única utilidad… sé de su escaso, de su nulo valor artístico…
-… maestro… aprendido de ti…
-… aprendisteis un oficio… no enseñé a hacer arte… no se puede… el que sea artista… no por mis enseñanzas…

Las palabras tensan un poco la reunión por lo que el anciano se pone en pie y alza su vaso.
-… os convoqué a una fiesta... brindo por este oficio… me ha hecho llevadera la vida… brindo… libertad… posibilidad… no imponer mi obra… librar al mundo… mediocridad…

Todos en pie alzan sus vasos hacia el maestro.
-… ya es medianoche…amigos… hora para mi pequeña liturgia… salgamos… luz de fuego al solsticio… nuevo año… quizás el último… libre de toda carga… como llegué al mundo…

……………………...

Al día siguiente, en el pueblo, solo se habla de la gran hoguera del pintor excéntrico que vino a vivir a la casa de sus abuelos. La gran pira de cuadros y esculturas elevó las llamas al cielo entre el olor de los barnices y las pinturas; mientras sus invitados danzaban la borrachera en redor del fuego.