domingo, 29 de septiembre de 2019

En Barajas











E
spero, en la agitación de gentes, sonidos y colores del Barajas de nuestros días, un avión que trae de Bogotá a uno de mis hijos. Observo a las gentes que se mueven hoy por el aeropuerto y comparo con imágenes de ayer que me trae la memoria.

Cuando yo era niño, los madrileños de pocos posibles hacíamos excursiones a Barajas para ver los aviones. Nos asomábamos a los ventanales sobre las pistas en aquel edificio que aún perdura, y que substituyó al primero ―con aspecto de club privado para pudientes― que hizo Luis Gutiérrez Soto. Don Luis lo hacía casi todo en aquel tiempo, antes de la sublevación militar. También observábamos a aquellos seres distintos, de película, aquellos seres que viajaban en avión y circulaban por el aeropuerto seguidos por un mozo que transportaba sus maletas; aquellas maletas adornadas con pegatinas de hoteles que atestiguaban el andar por el mundo.

Hoy, Barajas es algo muy distinto. Veo pasar un multicolor río de rostros andinos o caribeños. Gentes que llegan a España, desde la desquiciada América Latina y su hiriente desigualdad, en busca  de una vida mejor. Poco que ver con las imágenes en blanco y negro de aquellos españoles que marcharon a América durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, huyendo del hambre y la miseria, en interminables travesías del Atlántico. Poco que ver también con los autobuses cargados de españoles de boina y maleta de madera, saliendo hacia la esperanza europea en los años sesenta del siglo pasado.

Sí, todo es muy distinto; y no está claro que mejor. El desenfrenado tráfico de aviones que hoy quema gasolina sobre nuestras cabezas apenas transporta ya privilegiados que peguen etiquetas de hoteles en sus maletas. Transporta masas de turistas movidos por los reclamos de la industria, gentes a las que suele importar un rábano lo que van a ver, y les basta con alguna autofoto para enseñar a los amigos y testificar su viaje. Y transporta emigrantes hacia la siempre hostil tierra ajena. Es el caos social de nuestro tiempo, la modalidad de turno, pero siempre el eterno caos social inherente a la condición de los hombres.

















sábado, 21 de septiembre de 2019

El canto del barrendero








n este mundo que se nos ha venido encima, una de las cosas que van desapareciendo son las peluquerías de caballeros, esas de toda la vida, aquellas barberías con su chisme giratorio de franjas rojas y azules. Algo creo recordar haber leído sobre el azul de las venas, el rojo de la sangre y la antigua ocupación adicional de los barberos: la de sangradores.

Pues resulta que el otro día acudí al establecimiento que ─en este pueblo en que moro─ más se aproxima a mi vieja idea de lo que es una peluquería para hombres. Es un lugar en el que te admiten aunque no tengas pinta de hipster al que sacarle los cuartos, y en el que no te preguntan si tienes cita previa, tan solo te informan de los clientes que tienes por delante. Ante la demora prevista, que suele ser poca, el cliente puede optar por leerse el periódico, participar en la charla genérica del local, o ir a tomarse un chato en la tasca de enfrente.

Servidor optó por salir a la acera y pegar la hebra con el barrendero municipal, que allí actuaba en ese momento. Es un señor al que saludo habitualmente, pero con el que nunca había charlado; un hombre que debe de estar al final de la cincuentena, delgado, con una amplia boina cuidadosamente colocada. Lo que más llama la atención en él es que acompaña de continuo su trabajo con el canto o recitado de una especie de salmodia repetitiva, en un idioma que no he logrado identificar; si es que se trata de un idioma.

Tras unos previos escarceos verbales, y cuando ya estaba dispuesto a preguntarle sobre su perenne cántico, el señor decidió tomar las riendas de la charla, y aprovechando un comentario mío sobre aquel dibujo de Mingote del barrendero que mira a lo alto esperando la caída de la última hoja que queda en el árbol, me dice:

Buen dibujante, Mingote; se le echa de menos. Hoy tenemos al gran Roto, el Ops de finales del franquismo en aquellas revistas en que empezamos a ver algo de luz… Buen dibujante El Roto, un dibujo eficaz. Yo es que soy licenciado en bellas artes ―¿sabe usted?― y cuando dejo la escoba cojo los pinceles. La cuestión es que yo soy todos mis heterónimos, que son muchos y con personalidades muy distintas, con conceptos de la pintura muy diferentes. Un día soy alguien con una visión del mundo que se expresa en un posimpresionismo, y ese alguien tiene nombre y firma sus obras. Otro día soy un estructuralista que mezcla materiales heterogéneos sobre una superficie, tratando de definir conceptos. Y de eso puedo pasar a la abstracción más inmaterial… Todos mis alter egos están en mí, pero yo no puedo influir en ellos, tienen su vida propia, solo soy su vehículo, un mero espectador de lo que hacen mis manos guiadas por la personalidad de ese momento.

Y ese es el momento en que el barbero se asoma a la puerta y anuncia mi turno. Me despido del barrendero, del señor licenciado, pidiéndole una postergación de la charla para otro día.

Un rato después, en la reunión del aperitivo de los jubilados, me toca una salmodia bien distinta. Hay un personaje que reitera machaconamente mantras como su condición de socialista, sus sapiencias en marketing y algún ing más, sus importantes cargos en distintas empresas, su condición de divorciado arruinado por se ex y un juez, su odio a podemitas y similares, etcétera, etcétera. Pero hoy toca, nada más y nada menos, que una encendida defensa de la pena de muerte.

―Y tú eres socialista…
― Socialdemócrata de toda la vida, y militante.
―Ya…

Y servidor se acuerda de la charla con el barrendero municipal. Hay que recuperarla.



















domingo, 8 de septiembre de 2019

El año de las dos primaveras










onde no hay mañana no tiene sentido la memoria, y en estos días el recordar es cosa de viejos lelos, como yo. Quedamos pocos con recuerdos del mundo anterior. Quedamos pocos con esta absurda manía de recordar.  Ya solo quedo yo de aquel grupo que llegamos juntos a refugiarnos en este rincón, donde quedaba gente y parecía posible la vida o algo parecido a la vida anterior.

Donde no hay esperanza no tiene sentido la ley ni acuerdo ninguno de organización social. Donde no se espera nada, justicia es un concepto vacío.

El año de las dos primaveras fue aquel en que se evidenció el tan anunciado caos. A partir de entonces todo se nos vino encima muy deprisa. Aquel fue un año de récords, de lo que entonces se consideraban récords: el invierno más seco y el verano más caluroso desde que había registros; también se quemaron más bosques que nunca antes y hubo más ciclones y más inundaciones.

Y sí, en realidad ese año hubo dos primaveras. A mediados de agosto las plantas caducifolias habían perdido sus hojas o las tenían ya secas. Finalizando el mes bajaron algo las temperaturas y las yemas del año siguiente comenzaron a abrirse. En septiembre estábamos en plena floración primaveral. Los insectos polinizadores no pudieron adaptarse al cambio, pero algunas plagas de chupadores y de hongos se desarrollaron con desusada violencia.

Fue la primera primavera sin algarabía pajaril.

Y el invierno no llegaba.

Después fue esta nada en espera de la muerte.














sábado, 24 de agosto de 2019

La maestra no sabe...











ace unos días estaba un servidor frente a la televisión como acostumbra, es decir, como el que oye llover; vaya, no, no se ajusta a mi hábito el dicho tradicional: el ruido de la lluvia suele prender mí ya frágil atención bastante más que la televisión. Decía que estaba frente al televisor cuando, de pronto, una señora me conecta a sus palabras. Es una mujer de mediana edad, maestra, no sé en qué contexto, pero le escucho decir algo más o menos así:

…nosotros, los maestros, hoy en día, somos incapaces de intuir el mundo que les espera a nuestros alumnos. No sabemos en qué puntos incidir para dotarles adecuadamente de lo que necesitarán...

Tremendo.

¿Pone esta maestra palabras a algo que a muchos aterroriza tanto que no se atreven ni a ponerlo en frases?

¿Ha ocurrido antes?

No sé mucha historia, pero me atrevo a pensar que esto es algo inédito. Supongo que la humanidad siempre ha tenido idea de hacia dónde caminar; siempre ha tenido idea de dónde estaba, más o menos, lo deseable, el progreso y el bienestar. Con todas las diferencias en métodos y beneficiarios que las ideologías han ido marcando.

¿Hemos perdido ese horizonte?

Las agoreras predicciones de los científicos sobre el futuro de nuestro mundo no parecen condicionar a los dirigentes políticos de los países ricos o poderosos. Lo inmediato del caos anunciado parece modificar poco la vida de los privilegiados.

¿O sí?

Europa se desencuaderna. Su hegemonía parece acabarse. Los logros sociales y políticos surgidos del pavor tras la Segunda Guerra Mundial están en entredicho, y resurgen fantasmas e ideologías que se creían muertas y enterradas.

El país más poderoso de la tierra está en manos de lo peor de su sociedad, que ha colocado al frente del Estado a un títere ridículo que avergüenza a la humanidad.

Y el sistémico caos del resto de América.

Y la incógnita de la China que se enriquece.

Y las gentes del África descabalada por los europeos pretendiendo huir de la miseria y la guerra.

Y la inmensa Rusia en manos de un iluminado que pretende regresar a situaciones anteriores. Un país que apenas produce para dar de comer a su gente.

Y…

Como siempre ha sido, me dirán muchos. Sí, como siempre ha sido; la diferencia es que, ahora, al planeta se le ha puesto fecha de caducidad. Eso es lo que, supongo, impide a la maestra intuir el mundo que les espera a sus alumnos.

El desencuadernado de Europa ha llegado a España, claro está. Lo que unido a nuestros males congénitos tiene a la maestra desconcertada.

Como desconcertada la tendrán esos jovencitos con músculos de gimnasio que proliferan en los medios sociales de la actual burguesía española. Esos muchachos que no saben dónde está Badajoz o quien fue Cervantes, con escasa capacidad de expresión oral y nula capacidad de expresión escrita, que no quisieron o no fueron capaces de estudiar, pero que tienen un currículo repleto de acrónimos, siglas y abreviaturas en inglés. Unos sucedáneos a la formación que sus papás les han podido ir comprando por el mundo.

La maestra no tiene acrónimos en inglés, y no entiende que haya que volver a discutir los derechos de la mujer y la necesidad de leyes que la protejan de abusos y maltratos por parte de los varones. No, la maestra no tiene siglas en inglés, pero sabe que los homosexuales existen, tienen derecho a la vida, no son fruto del vicio, y no fueron inducidos de niños por sus padres. La maestra no luce pulseras rojigualdas, pero tiene clara la necesidad de recoger del mar a los africanos que huyen del horror; y sabe que inmigrante suele ser sinónimo de pobre, de necesitado, pero no de delincuente. La maestra es consciente de la necesidad de que el Estado sea laico, y la religión un asunto privado.

La maestra es consciente de la necesidad de su oficio si al mundo le queda algún futuro. Aunque no sea capaz de intuir ese futuro.

      












sábado, 10 de agosto de 2019

Mi viejo oficio












Geometrías
dulcificadas por el tiempo. Ortogonales que ya no lo son tanto. Maderas que se deslizan a su ensamble o escapan de él, vencidas por los años. Fugas de añil delimitando espacios blancos de cal o de yeso. Y el rojo. El rojo fundamental del hierro. El rojo de la almagra omnipresente. Pasos quedos de monjas por los siglos, entre bisbiseos de letanías, pasos que han ido eliminando el vítreo esmalte del horno, dejando al aire el bizcocho, borracho de esperanzas de trascendencia.
Sea un leve guiño al viejo oficio con el que disfruté, me dio de comer, y con el que algún servicio hice al prójimo, supongo. Importante bendición esta. Supongo.








sábado, 13 de julio de 2019

Hoy











Hoy,

la ventana del mesón de Rojo ofrece el siempre extraordinario espectáculo de la tormenta veraniega. Ese redoble que termina en desgarro cósmico rejuvenece las arterias del viejo maestro de Valdurceda, que aspira con ansia los olores que preceden al aguacero y que le llevan al lejano mundo de su infancia.

Antes de los primeros truenos, José charlaba con Claudio Rodríguez, tabernario sabio. Hablaban de Sirio, el perro de Vicente Aleixandre, atado por su amo en el jardín con cadena de aire:


No ladraste a los niños ni a los pobres
sino a los malos poetas, cuyo tufo
olías desde lejos, fino rastreador.


Hablaban de lo útil que hubiese sido ese animal, como asesor de nuestros actuales dirigentes, a la hora de nombrar algún cargo para llevar la lengua española por el mundo.

Pero la tormenta parece disiparse, alejarse al menos, y deja al paisaje sin la esperada redención del agua.

Otro día será.









viernes, 5 de julio de 2019

El aprendiz







Terraza de La Incognita en 1940
Fotofrafía de  Tomás  Prast






La fachada a poniente del Palacio de Oriente fue incomprensible blanco de la artillería de los insurgentes durante buena parte de los tres años de lucha armada subsiguientes a la sublevación militar de 1936. Parece un contrasentido que esos artilleros apuntasen sus armas a tan claro símbolo arquitectónico de lo que defendían aquellos que les mandaban. Vayan ustedes a saber por qué recovecos del subconsciente colectivo se enfilaron aquellos cañones. El caso es que los limpios volúmenes clasicistas que la dinastía francesa impuso para el exterior de sus edificios, quedaron seriamente dañados. Las cornisas, frisos y arquitrabes de caliza colmenareña perdieron sus volúmenes y alineaciones; las gráciles volutas de los capiteles eran muñones; las estrías de los enormes fustes tenían interrumpida su abombada verticalidad; los tímpanos y frontones rotos y las guarniciones melladas, enmarcaban huecos con carpinterías reventadas. Los obuses, al estallar y expandir su metralla, habían dibujado absurdas formas florales en los paramentos de piedra berroqueña del Guadarrama, rompiendo esquinas y almohadillados. En los rictus de los mascarones mutilados parecía leerse el asombro ante tan incomprensible destrucción.

Aquel aprendiz llegó a la oficina de arquitectura del palacio a principio de los años sesenta del siglo pasado. Tenía toda la curiosidad de los dieciséis años, una cierta habilidad para el dibujo, y la necesidad de aportar algo a la economía familiar. Ponerse al día en las labores del dibujo y la delineación le fue sencillo, y poco a poco fue aprendiendo a discernir de quién podía aprender.

En la denominada terraza de La Incógnita, al pie de la dañada fachada a poniente, estaba situado el taller de cantería en que se realizaban las labores de restauración. Allí, en su pequeña casamata, estaba Paco el cantero, un hombre de mono y lápiz en la oreja, heredero y trasmisor de los saberes que los hombres han ido desarrollando a través de los tiempos, desde que techaron su primer refugio fuera de la cueva. Un hombre que gobernaba aquel mundillo con fondo sonoro de maza y cincel que fascinó al joven aprendiz. El muchacho veía al maestro cantero trazar en el suelo, con el cordel impregnado en almagra, las monteas de los distintos elementos arquitectónicos. Y veía después a los oficiales labrar sus piezas utilizando los dibujos del maestro como plantilla. Puede ser que en los archivos del palacio quede alguno de los calcos que el aprendiz hizo de las monteas de Paco.

El joven observaba la facilidad con que aquellos hombres manejaban tan enormes pesos, y su seguridad para definir el lugar donde colocar la cuña que abriría el bloque. Le gustaba recorrer con Paco los andamios, mientras este tomaba datos y medidas y decidía qué elementos podían restaurarse y cuáles era necesario sustituir, bebiéndose las explicaciones que el maestro no le escatimaba.

En aquel santuario de la piedra oficiaba también otro personaje: Alonso, “el escultor.” Su labor consistía en realizar apretones con arcilla de los elementos menos geométricos, vaciarlos en yeso, y reproducirlos en piedra sacándolos por puntos. El aprendiz disfrutaba viendo la herramienta de Alonso hendir la piedra como si fuese cera; dejando la huella del útil como testigo de su trabajo.

Fueron pasando los años y el muchacho dejó de serlo, sin perder nunca la condición de aprendiz y el ojo para saber arrimarse a quien podía enseñarle. Hubo otros Pacos y otros Alonsos que le fueron abriendo los ojos a los distintos oficios intervinientes en el quehacer de cuidar los edificios antiguos.

Hoy, el aprendiz lo sigue siendo. Es un viejo que mantiene la curiosidad y sigue disfrutando del buen hacer de los antiguos. Un viejo que guarda cariñoso recuerdo de cuantos le abrieron los ojos a ese buen hacer y a su disfrute.

De muchos de estos oficios no queda ya ni apenas memoria. Hace tiempo que se eliminaron los métodos tradicionales de aprendizaje, y no se han encontrado métodos eficaces para sustituirlos. Estos son tiempos de mucho presupuesto y poca humildad. Malas condiciones para ese quehacer de cuidar los edificios antiguos. Piensa el aprendiz. 




sábado, 22 de junio de 2019

La mercería de la tía Asunta









… pues sí, en mi pueblo también mandaban todos esos que usted cuenta de su pueblo de usted, como en toda España, pero había algo que quizás fuese una singularidad; le cuento y usted me dirá. Teníamos a doña Ascensión, que no era poco. No tomar precauciones con doña Ascensión era una imprudencia que siempre acarreaba malas consecuencias. Temible la señora. Su principal arma era poseer medio término municipal; y claro, también estaba lo del marido y los tres hijos falangistas caídos por Dios y por España, con sus nombres en el cartel encabezado por Primo de Rivera y rotulado en la fachada de la iglesia que da a la plaza. Completaban ese cartel unos cuantos desgraciados del pueblo, movilizados en aquellos años, que dejaron sus jóvenes huesos en algún lugar de la triste España, tiroteados por otros tan desgraciados como ellos. Y estaba el cura, claro, como en su pueblo de usted, como en todos los pueblos, pero me atrevo a asegurar que el de mi pueblo era más bruto. Llevaba la sotana desabrochada, para que se viese bien la camisa azul. Sus sermones, cuando no eran tonantes arengas políticas, solo trataban de un mandamiento, el sexto, no parecía saber de otro. Y estaba su señora madre, la del párroco digo, una señora tremenda, una bruja capaz de cualquier maldad. El alcalde era un fantasmón bastante parecido al que usted ha descrito. En las fiestas aparecía con camisa azul, condecoraciones, correajes, botas altas y fusta. Un cromo. Un miserable de pistola al cinto valiente solo con los indefensos. Un rufián obediente a quien debía el cargo. En el puesto de la Guardia Civil mandaba un sargento gordinflón y tranquilo, sin especial maldad, obsesionado con buscar comunistas, a los que consideraba compendio de todos los males de la patria. La realidad era que solo encontraba los que el cura o el alcalde designaban como tales y le ponían delante de su naranjero; y con esos pobres desgraciados justificaba el del tricornio su servicio a la patria.

La singularidad de que le hablo estaba en otro poder, paralelo, más difuso que los anteriores, pero real y capaz de contrarrestar algunas de las arbitrariedades de tan siniestros personajes. Era un poder oficioso del que nadie hablaba, pero al que todo el mundo se acogía en caso de necesidad. Tan evanescente autoridad tenía su sede en la mercería de la tía Asunta, por donde pasaban todas las mujeres del pueblo en busca de los materiales para sus labores, o para confiar el arreglo de las carreras de sus medias del domingo a las manos de Prudencia, que sabía hacer maravillas con su cilindro y su maquinilla en aquella minúscula mesita del rincón. Allí las mujeres hablaban, como suelen hacer, analizaban la realidad del pueblo, y allí se iba almacenando un corpus de conocimiento basado en privilegiadas informaciones de dormitorio, confesionario o lecho de muerte. Información que, según mi experiencia, fue utilizada en los momentos precisos, con esa prudencia y eficacia que suele acompañar más a las mujeres que a los hombres. El simple hecho de saber o sospechar del conocimiento allí almacenado, y el miedo a su difusión o uso, frenaba muchas arbitrariedades de los poderes oficiales. La eficacia tenía que basarse en la unión de las mujeres, lo que no era difícil de conseguir cuando se trataba de caprichos de doña Ascensión, intrigas del cura y su madre, o venganzas encargadas al alcalde por sus mandos provinciales.

Creo poder afirmar que, en mi pueblo, la crueldad de la posguerra se vio aliviada por el sentido común de las mujeres, de las vecinas, que supieron utilizar las armas de que disponían para hacer frente a la arbitrariedad de los vencedores. No sé si usted lo considerará singularidad.





  
           


sábado, 1 de junio de 2019

Best sellers y paseo diario











E
n España es y ha sido siempre difícil vivir de escribir libros. Es trabajo propio de diletantes que tienen su oficio y sustento en actividad distinta a la escritura. No obstante, en todas las épocas ha habido singularidades que lo han conseguido, incluso algunas han llegado a reunir fortunas de cierta importancia con los réditos proporcionados por sus escritos.

No parece que el hecho de que, en el mundo, se hayan vendido ochocientos cincuenta millones de ejemplares del Libro Rojo de Mao se deba a los valores de lo escrito ―sin entrar a juzgarlo― sino al hecho de que los chinos tuviesen que agitarlo sobre sus cabezas en aquellas inmensas concentraciones glorificadoras del mito. Los quinientos millones de Quijotes que ―dicen― se han vendido, hablan en favor de la humanidad. Pero que un estadounidense haga un libro dando instrucciones para hacerse rico y venda treinta millones de ejemplares, resulta incomprensible; como tantas cosas en esas listas de best sellers históricos.
  
A menudo, en mis paseos de jubilado, paso frente a una enorme casa, un aspaviento en piedra berroqueña, un gigantesco trasto que tengo a tiro de piedra de mi domicilio. Algo así tiene que responder a la mentalidad de quien lo ha hecho, y fue un escritor: Ricardo León (1877−1943), que debió de gastar un dineral en levantar semejante mole. Dineros que, supongo, salieron de los muchos libros que logró vender don Ricardo, y no de su sueldo como funcionario del Banco de España, su oficio. Dio a esta casa el nombre de uno de sus referentes: Santa Teresa, y en ella pasó los últimos veinte años de su vida, con excepción de los correspondientes a la guerra subsiguiente a la sublevación militar del treinta y seis, que los pasó refugiado en la embajada de un país caribeño. Fue don Ricardo un integrista ultramontano, de exacerbado españolismo, afiliado a Falange Española. Fue un recreador, a su manera, del siglo de oro español; y lo hizo con un lenguaje retórico y arcaizante que encontró público en su momento, llegando a vender un millón de ejemplares de una de sus moralizantes novelas: El amor de los amores. Tras su muerte, y a pesar de sus afinidades ideológicas con el poder, su memoria se borró con rapidez.

Un personaje, coetáneo de Ricardo León, diez años mayor, muy distinto en todos los sentidos, y que también supo sacar dinero a sus escritos, fue Vicente Blasco Ibáñez (1867―1928). Republicano y anticlerical, don Vicente fue durante muchos años ― a la cabeza del blasquismo ― el líder del progresismo en Valencia. Conoció el exilio y la cárcel, y compaginó la política con la escritura de novelas costumbristas que retrataron una Valencia del último tercio del XIX. En 1908 deja la política, y comienza una segunda vida de asombrosa actividad, promociona sus libros y la editorial Prometeo, que había creado en su tierra. Marcha a la Argentina, y allí, vendiendo libros y dando conferencias, gana el dinero suficiente para iniciar su más asombroso proyecto: las colonias agrícolas Nueva Valencia y Cervantes, en la Patagonia. Pretende trasladar, a las inmensas extensiones del sur de América, el buen hacer de los huertanos que retrató en sus primeras novelas. Todo termina en un fracaso que le arruina. Pero el valenciano se reinventa, y en 1914 marcha a Paris, donde le sorprende la Gran Guerra. Hace periodismo y escribe novelas inmersas en la realidad que le circunda. Una de ellas: Los cuatro jinetes del Apocalipsis, tiene un enorme éxito en los Estados Unidos, y allí marcha. Le espera el éxito, el cine, el dinero.

De Blasco Ibáñez queda más memoria que de Ricardo León, pero tampoco mucha. Hoy en día también tenemos unos cuantos best sellers en España. Creo que no he leído ninguno.

 







    

martes, 14 de mayo de 2019

Y el sol vuelve a ponerse tras el Teleno









L
as lecturas y evocaciones de José, su continuo hurgar entre papeles, convocan la diaria visita de las sombras que entretienen los días del anciano maestro de Valdurceda, entre las paredes del mesón de Rojo. Solo la anciana Nina parece compartir con José estas visitas, aunque para ella toda sombra suele ser Marcelino o Hermógenes. Hace unos días que la mirada de marino de Maqroll se extiende por las amplitudes de la paramera, mientras charla con el maestro. Aquí no hay más gavias que esas espadañas de agrias lajas de cuarcita; esas espadañas que itinerantes canteros gallegos fueron plantando por el llano hace doscientos o trescientos años. Aquí no hay más piedra que esa cuarcita; es piedra que se resiste a la labra del hacha o el trinchante; es piedra que solo se presta a la exfoliación en lajas, y con esas lajas hicieron las espadañas de las iglesias o los alizares que separan las tapias de tierra de la humedad del suelo. Toscas gavias son estas espadañas; y navíos de un solo palo son estos pueblos, anclados en un páramo ilimitado que parece ofrecer amplitud suficiente a los ojos del gaviero.

El perfil geométrico del marino se recorta en el contraluz de una ventana abierta a un bosquecillo de varas de malva, en el que bullen zumbones los reflejos metálicos de las abejas carpinteras. Hace un rato que José tiene la sensación de que ese rostro de sal y viento se dulcifica, se ablanda. Al poco, ya no es Maqroll, es Mutis el que le habla de su universalista tío abuelo José Celestino; le habla de los dibujos que su ancestro hizo de la flora colombiana; le habla mientras observa refocilarse en el polen a los enormes, amenazantes, lentos insectos que hacen posible la fiesta de color de las malvas cada primavera. Don Álvaro es nuevo en el mundo de las sombras, y su inexperiencia le hace confundir su presencia con la de sus criaturas.

­­―Déjeme usted de sendas verdes, ecológicas o como quiera usted llamarlas. Aquí lo que nos hace falta es el tren, ¿sabe usted?, el tren que daba vida a estos pueblecicos. Bienvenidos serán todos esos paseantes de mochila o bicicleta que nos dice usted que llegarán, pero para ellos ya hay caminos suficientes, se lo aseguro, no es necesario hacerles uno sobre las vías. Las vías son para el tren, que falta nos hace. Aquí ya no estamos para monsergas, y usted sabrá perdonarme; somos ya viejos, habitantes y país, ambos somos ya viejos. Fue duro oír que nos quitaban el tren porque ya no era rentable. Ni idea teníamos por aquí de que el tren tuviese que ser un negocio, al menos desde que lo expropió el Estado, y mucho hace ya de eso; ignorancia campesina, usted me disculpará. Y me duele decir que fueron los socialistas, allá por 1985, los que terminaron con el tren de la Vía de la Plata; sí, fue Felipe González, ese señor que ahora no se sabe si va o si viene, pero que por entonces muchos creíamos que iba.  Una vía sin plata que unía norte y sur de España por el oeste, según me enseñó mi maestro don José, aquí presente, al que ruego corrija mis errores.

La prudente Inés se ha ido indignando con la perorata del cliente sobre las maravillas de la conversión de la vieja vía, y al final ha estallado. Don José lo que realmente lamenta es que estos clientes parlanchines ahuyentan a las sombras que le entretienen. No le interesa en absoluto la absurda perorata del joven sobre la ruta verde en las vías, pero se siente en la obligación de apoyar las razones de Inés, y así se lo hace ver al joven, que escapa del mesón lamentando haberse metido en camisa de once varas.

―Este joven es un primo segundo de mi Marcelino; fueron quintos; un poco tonto este muchacho, siempre fue algo tonto.― Dice Nina.

―Madre, ese muchacho tendrá setenta años menos de los que ahora tendría mi padre.― Le contesta Inés.

Y el viejo maestro queda a la espera de las sombras del día siguiente, parece que se ha hecho ya tarde para Maqroll y para Mutis. Y José rememora en alta voz la estación de Valdurceda en los días de su infancia:

―Gentes de los pueblos de la zona llenaban el recinto a la llegada de cada uno de los trenes diarios. Las caballerías, atadas en ese trozo de rail que aún perdura. Los carros y las tartanas. Las vacas y los bueyes, uncidos en las carretas, rumiando lentos. Subir y bajar de mercancías. Cestas de merienda. Baúles y maletas. Holas y adioses. Y la espectacular imagen de fuerza de aquellas locomotoras que se lanzaban hacia el horizonte del páramo entre estruendos, resoplidos, vapor y humo. Vida, todo lo contrario de la que hoy se ve. Hasta el viejo rótulo de azulejos de la estación ha caído, lo han roto para abrir una ventana, ya ve usted, qué falta de sensibilidad. Aún veo a Julio, el jefe de estación de aquellos años, saliendo de su oficina, cogiendo el gorro y la bandera para dar salida al tren. ¿Le recuerda usted, Nina? Y manos que se agitan en adioses, y alguna lágrima, y algún beso volandero al estudiante que marcha, al emigrante de futuro incierto…

―¿Unas sopas, don José?

―Sí, hija, unas sopas.

―¿Con huevo?

―Con huevo.

―¿Con jamón?

―Con jamón.

―¿Picantes?

―Un poco, hija, solo un poquito.

Y el sol, un día más, comienza a ponerse tras el Teleno.








     
 


lunes, 29 de abril de 2019

Otra generación










Traigo a primer plano el comentario de Marcos a mi entrada de ayer. Llega en una tarde electoral en que parece que la inteligencia colectiva ─que no existe, naturalmente─ ha acertado.
Que una generación ─o parte de ella─ sea excluyente con las anteriores, supongo que tiene que ver con el agradecimiento, más o menos consciente, por lo recibido en herencia.
En fin, vivamos hoy la alegría de habernos librado de lo que nos hemos librado. Por ahora.
Gracias







H
ermoso. Yo pertenezco a una generación que está entre medias de los jubilados del chato y los modernos tatuados. Hubo un tiempo en que para mí no había libertad más feliz que estar en los bares de copas escuchando música atronadora, hablando a gritos y observando otros cuerpos fieramente hermosos y maqueados para la ocasión. Ahora no puedo dejar de identificarme con los jubilados que se van calle abajo en busca de un tiempo que está dejando de existir. Quizá es demasiado pronto para ello, pero entre el chato con huevo duro y salero y el cubata con tatuaje, me quedo con lo primero, aunque preferiría que pudiera ser chato con tatuaje, huevo duro y salero, incluso si tiene que ser con sal rosa del Himalaya u otro esnobismo que ponga sobre la mesa la nueva generación en la transacción histórica. Mi generación no fue capaz de hacerlo y se dedicó a sustituir las tascas por tabernas irlandesas de pinta y cacahuetes o cuarto de rodaja de chorizo de pamplona sobre pan de molde si llegabas pronto. Cuando tuvo posibles, sustituyó las tabernas irlandesas por bares de gin tonics con carta de ginebras, de tónicas, de los ingredientes de la ensalada que había que meter dentro del gin tonic y tapa de cacahuetes con gominolas de colores. Me pregunto a qué región agrícola de España o del mundo favoreció el — seguramente espectacular—aumento de consumo de cacahuetes de mi generación. Gane quien gane las elecciones, por primera vez mi generación contará con un presidente del gobierno. Creí que cuando eso sucediera la política —y el mundo en general— se me haría más comprensible, más cercana. Pero como con las tascas, temo que gane quien gane las elecciones, en la transacción histórica la política se nos llene de tabernas irlandesas, de bares de gin tonics, de gominolas y de cacahuetes. Por eso no puedo evitar dejarme ir calle abajo con los jubilados en busca de un chato de Valdepeñas, un huevo duro y un salero, aunque sea de sal rosa del Himalaya y aunque lo que encuentre no sea en realidad mí tiempo.













domingo, 28 de abril de 2019

Otra escena









os comercios que por su singularidad, belleza o antigüedad se hacen merecedores de algún tipo de protección en las ordenaciones urbanísticas, suelen tener vida efímera. Los intereses particulares, unidos a la inoperancia ―genérica o puntual― de las autoridades municipales, suelen imponerse a los intereses públicos. El caso de la vieja taberna con la que da este grupo de jubilados paseantes por los madriles, es un caso de muerte distinta.

El fundador, allá por mediados del siglo XIX, debió de gastar sus buenos cuartos en la decoración cerámica de la taberna. Son azulejerías con grutescos renacentistas unas y con arabescos otras, pero todas de buena factura. Algún paño parece de otra mano, quizás más antiguo, recuperado de dios sabe dónde. Infrecuentes avatares del destino han permitido que la vieja tasca se mantenga intacta a lo largo de tantos años. Con la muerte del último propietario ha estado cerrada durante un tiempo, y al encontrarla abierta y aparentemente intacta, el grupo de viejos acude al reclamo del tiempo pasado. Nada más entrar se dan cuenta de que el escenario se mantiene, sí, pero se representa otra escena. Una musiquilla atronadora rebota en los alicatados y se clava en el cerebro. Por si a los ancianos les quedaba alguna duda del cambio en lo escenificado, una joven, tras el mostrador, los mira con una clara interrogación en los ojos: Y estos… ¿qué coño hacen aquí?

­­­―Ponnos unos chatos, maja.
­―¿Unos qué?
―Chatos, unos chatos…, vasitos…, vasitos de vino…
―¿Rioja o Rivera?
―Valdepeñas, guapa, Valdepeñas.
―Deso no hay.

Unas uñas de largo inusitado, decoradas con relieves y colorines, dificultan el trabajo de la muchacha. En los dedos, cabalísticos signos tatuados en cada falange. Por manos y brazos se enredan imágenes que trepan hasta ocultarse en la camiseta, saliendo por el escote y ascendiendo hasta el cuello en una amenaza de ahogo. La mucha piel que la niña deja al aire es una recargada alfombra de amanerados dibujillos en dos o tres colores.

La clientela del local son jovencitos de estudiadas vestimentas, pelos teñidos, aretes perforantes y tatuajes, muchos tatuajes; una inquietante uniformidad. Todos han suspendido sus conversaciones y miran a los viejos como si viesen aparecidos.

―Oye, maja ¿y tapa? ¿no nos pones una tapita?
―Aquí no hay deso; esto es pa jóvenes, pa copas y eso…
―Pues no, eso no queremos. Que nos hemos equivocado, está claro. Pero ya, ya nos marchamos. Mira a ver qué te debemos. Solo te voy a contar una cosa, si me permites: hace medio siglo, ahí, donde tú estás ahora, estaba un tabernero que por entonces tendría tu edad; un tío simpático con una sonrisa para todo el mundo, jóvenes o viejos, que de todo entraba en la taberna. Ah, y te ponía unos chatos de un estupendo Valdepeñas; con un huevo duro y un salero. Sí, con salero.

 Adiós maja, queda con dios.

Y los viejos se van calle abajo, a la búsqueda de un mundo que desaparece.