sábado, 13 de julio de 2019

Hoy











Hoy,

la ventana del mesón de Rojo ofrece el siempre extraordinario espectáculo de la tormenta veraniega. Ese redoble que termina en desgarro cósmico rejuvenece las arterias del viejo maestro de Valdurceda, que aspira con ansia los olores que preceden al aguacero y que le llevan al lejano mundo de su infancia.

Antes de los primeros truenos, José charlaba con Claudio Rodríguez, tabernario sabio. Hablaban de Sirio, el perro de Vicente Aleixandre, atado por su amo en el jardín con cadena de aire:


No ladraste a los niños ni a los pobres
sino a los malos poetas, cuyo tufo
olías desde lejos, fino rastreador.


Hablaban de lo útil que hubiese sido ese animal, como asesor de nuestros actuales dirigentes, a la hora de nombrar algún cargo para llevar la lengua española por el mundo.

Pero la tormenta parece disiparse, alejarse al menos, y deja al paisaje sin la esperada redención del agua.

Otro día será.









viernes, 5 de julio de 2019

El aprendiz







Terraza de La Incognita en 1940
Fotofrafía de  Tomás  Prast






La fachada a poniente del Palacio de Oriente fue incomprensible blanco de la artillería de los insurgentes durante buena parte de los tres años de lucha armada subsiguientes a la sublevación militar de 1936. Parece un contrasentido que esos artilleros apuntasen sus armas a tan claro símbolo arquitectónico de lo que defendían aquellos que les mandaban. Vayan ustedes a saber por qué recovecos del subconsciente colectivo se enfilaron aquellos cañones. El caso es que los limpios volúmenes clasicistas que la dinastía francesa impuso para el exterior de sus edificios, quedaron seriamente dañados. Las cornisas, frisos y arquitrabes de caliza colmenareña perdieron sus volúmenes y alineaciones; las gráciles volutas de los capiteles eran muñones; las estrías de los enormes fustes tenían interrumpida su abombada verticalidad; los tímpanos y frontones rotos y las guarniciones melladas, enmarcaban huecos con carpinterías reventadas. Los obuses, al estallar y expandir su metralla, habían dibujado absurdas formas florales en los paramentos de piedra berroqueña del Guadarrama, rompiendo esquinas y almohadillados. En los rictus de los mascarones mutilados parecía leerse el asombro ante tan incomprensible destrucción.

Aquel aprendiz llegó a la oficina de arquitectura del palacio a principio de los años sesenta del siglo pasado. Tenía toda la curiosidad de los dieciséis años, una cierta habilidad para el dibujo, y la necesidad de aportar algo a la economía familiar. Ponerse al día en las labores del dibujo y la delineación le fue sencillo, y poco a poco fue aprendiendo a discernir de quién podía aprender.

En la denominada terraza de La Incógnita, al pie de la dañada fachada a poniente, estaba situado el taller de cantería en que se realizaban las labores de restauración. Allí, en su pequeña casamata, estaba Paco el cantero, un hombre de mono y lápiz en la oreja, heredero y trasmisor de los saberes que los hombres han ido desarrollando a través de los tiempos, desde que techaron su primer refugio fuera de la cueva. Un hombre que gobernaba aquel mundillo con fondo sonoro de maza y cincel que fascinó al joven aprendiz. El muchacho veía al maestro cantero trazar en el suelo, con el cordel impregnado en almagra, las monteas de los distintos elementos arquitectónicos. Y veía después a los oficiales labrar sus piezas utilizando los dibujos del maestro como plantilla. Puede ser que en los archivos del palacio quede alguno de los calcos que el aprendiz hizo de las monteas de Paco.

El joven observaba la facilidad con que aquellos hombres manejaban tan enormes pesos, y su seguridad para definir el lugar donde colocar la cuña que abriría el bloque. Le gustaba recorrer con Paco los andamios, mientras este tomaba datos y medidas y decidía qué elementos podían restaurarse y cuáles era necesario sustituir, bebiéndose las explicaciones que el maestro no le escatimaba.

En aquel santuario de la piedra oficiaba también otro personaje: Alonso, “el escultor.” Su labor consistía en realizar apretones con arcilla de los elementos menos geométricos, vaciarlos en yeso, y reproducirlos en piedra sacándolos por puntos. El aprendiz disfrutaba viendo la herramienta de Alonso hendir la piedra como si fuese cera; dejando la huella del útil como testigo de su trabajo.

Fueron pasando los años y el muchacho dejó de serlo, sin perder nunca la condición de aprendiz y el ojo para saber arrimarse a quien podía enseñarle. Hubo otros Pacos y otros Alonsos que le fueron abriendo los ojos a los distintos oficios intervinientes en el quehacer de cuidar los edificios antiguos.

Hoy, el aprendiz lo sigue siendo. Es un viejo que mantiene la curiosidad y sigue disfrutando del buen hacer de los antiguos. Un viejo que guarda cariñoso recuerdo de cuantos le abrieron los ojos a ese buen hacer y a su disfrute.

De muchos de estos oficios no queda ya ni apenas memoria. Hace tiempo que se eliminaron los métodos tradicionales de aprendizaje, y no se han encontrado métodos eficaces para sustituirlos. Estos son tiempos de mucho presupuesto y poca humildad. Malas condiciones para ese quehacer de cuidar los edificios antiguos. Piensa el aprendiz. 




sábado, 22 de junio de 2019

La mercería de la tía Asunta









… pues sí, en mi pueblo también mandaban todos esos que usted cuenta de su pueblo de usted, como en toda España, pero había algo que quizás fuese una singularidad; le cuento y usted me dirá. Teníamos a doña Ascensión, que no era poco. No tomar precauciones con doña Ascensión era una imprudencia que siempre acarreaba malas consecuencias. Temible la señora. Su principal arma era poseer medio término municipal; y claro, también estaba lo del marido y los tres hijos falangistas caídos por Dios y por España, con sus nombres en el cartel encabezado por Primo de Rivera y rotulado en la fachada de la iglesia que da a la plaza. Completaban ese cartel unos cuantos desgraciados del pueblo, movilizados en aquellos años, que dejaron sus jóvenes huesos en algún lugar de la triste España, tiroteados por otros tan desgraciados como ellos. Y estaba el cura, claro, como en su pueblo de usted, como en todos los pueblos, pero me atrevo a asegurar que el de mi pueblo era más bruto. Llevaba la sotana desabrochada, para que se viese bien la camisa azul. Sus sermones, cuando no eran tonantes arengas políticas, solo trataban de un mandamiento, el sexto, no parecía saber de otro. Y estaba su señora madre, la del párroco digo, una señora tremenda, una bruja capaz de cualquier maldad. El alcalde era un fantasmón bastante parecido al que usted ha descrito. En las fiestas aparecía con camisa azul, condecoraciones, correajes, botas altas y fusta. Un cromo. Un miserable de pistola al cinto valiente solo con los indefensos. Un rufián obediente a quien debía el cargo. En el puesto de la Guardia Civil mandaba un sargento gordinflón y tranquilo, sin especial maldad, obsesionado con buscar comunistas, a los que consideraba compendio de todos los males de la patria. La realidad era que solo encontraba los que el cura o el alcalde designaban como tales y le ponían delante de su naranjero; y con esos pobres desgraciados justificaba el del tricornio su servicio a la patria.

La singularidad de que le hablo estaba en otro poder, paralelo, más difuso que los anteriores, pero real y capaz de contrarrestar algunas de las arbitrariedades de tan siniestros personajes. Era un poder oficioso del que nadie hablaba, pero al que todo el mundo se acogía en caso de necesidad. Tan evanescente autoridad tenía su sede en la mercería de la tía Asunta, por donde pasaban todas las mujeres del pueblo en busca de los materiales para sus labores, o para confiar el arreglo de las carreras de sus medias del domingo a las manos de Prudencia, que sabía hacer maravillas con su cilindro y su maquinilla en aquella minúscula mesita del rincón. Allí las mujeres hablaban, como suelen hacer, analizaban la realidad del pueblo, y allí se iba almacenando un corpus de conocimiento basado en privilegiadas informaciones de dormitorio, confesionario o lecho de muerte. Información que, según mi experiencia, fue utilizada en los momentos precisos, con esa prudencia y eficacia que suele acompañar más a las mujeres que a los hombres. El simple hecho de saber o sospechar del conocimiento allí almacenado, y el miedo a su difusión o uso, frenaba muchas arbitrariedades de los poderes oficiales. La eficacia tenía que basarse en la unión de las mujeres, lo que no era difícil de conseguir cuando se trataba de caprichos de doña Ascensión, intrigas del cura y su madre, o venganzas encargadas al alcalde por sus mandos provinciales.

Creo poder afirmar que, en mi pueblo, la crueldad de la posguerra se vio aliviada por el sentido común de las mujeres, de las vecinas, que supieron utilizar las armas de que disponían para hacer frente a la arbitrariedad de los vencedores. No sé si usted lo considerará singularidad.





  
           


sábado, 1 de junio de 2019

Best sellers y paseo diario











E
n España es y ha sido siempre difícil vivir de escribir libros. Es trabajo propio de diletantes que tienen su oficio y sustento en actividad distinta a la escritura. No obstante, en todas las épocas ha habido singularidades que lo han conseguido, incluso algunas han llegado a reunir fortunas de cierta importancia con los réditos proporcionados por sus escritos.

No parece que el hecho de que, en el mundo, se hayan vendido ochocientos cincuenta millones de ejemplares del Libro Rojo de Mao se deba a los valores de lo escrito ―sin entrar a juzgarlo― sino al hecho de que los chinos tuviesen que agitarlo sobre sus cabezas en aquellas inmensas concentraciones glorificadoras del mito. Los quinientos millones de Quijotes que ―dicen― se han vendido, hablan en favor de la humanidad. Pero que un estadounidense haga un libro dando instrucciones para hacerse rico y venda treinta millones de ejemplares, resulta incomprensible; como tantas cosas en esas listas de best sellers históricos.
  
A menudo, en mis paseos de jubilado, paso frente a una enorme casa, un aspaviento en piedra berroqueña, un gigantesco trasto que tengo a tiro de piedra de mi domicilio. Algo así tiene que responder a la mentalidad de quien lo ha hecho, y fue un escritor: Ricardo León (1877−1943), que debió de gastar un dineral en levantar semejante mole. Dineros que, supongo, salieron de los muchos libros que logró vender don Ricardo, y no de su sueldo como funcionario del Banco de España, su oficio. Dio a esta casa el nombre de uno de sus referentes: Santa Teresa, y en ella pasó los últimos veinte años de su vida, con excepción de los correspondientes a la guerra subsiguiente a la sublevación militar del treinta y seis, que los pasó refugiado en la embajada de un país caribeño. Fue don Ricardo un integrista ultramontano, de exacerbado españolismo, afiliado a Falange Española. Fue un recreador, a su manera, del siglo de oro español; y lo hizo con un lenguaje retórico y arcaizante que encontró público en su momento, llegando a vender un millón de ejemplares de una de sus moralizantes novelas: El amor de los amores. Tras su muerte, y a pesar de sus afinidades ideológicas con el poder, su memoria se borró con rapidez.

Un personaje, coetáneo de Ricardo León, diez años mayor, muy distinto en todos los sentidos, y que también supo sacar dinero a sus escritos, fue Vicente Blasco Ibáñez (1867―1928). Republicano y anticlerical, don Vicente fue durante muchos años a la cabeza del blasquismo ― el líder del progresismo en Valencia. Conoció el exilio y la cárcel, y compaginó la política con la escritura de novelas costumbristas que retrataron una Valencia del último tercio del XIX. En 1908 deja la política, y comienza una segunda vida de asombrosa actividad, promociona sus libros y la editorial Prometeo, que había creado en su tierra. Marcha a la Argentina, y allí, vendiendo libros y dando conferencias, gana el dinero suficiente para iniciar su más asombroso proyecto: las colonias agrícolas Nueva Valencia y Cervantes, en la Patagonia. Pretende trasladar, a las inmensas extensiones del sur de América, el buen hacer de los huertanos que retrató en sus primeras novelas. Todo termina en un fracaso que le arruina. Pero el valenciano se reinventa, y en 1914 marcha a Paris, donde le sorprende la Gran Guerra. Hace periodismo y escribe novelas inmersas en la realidad que le circunda. Una de ellas: Los cuatro jinetes del Apocalipsis, tiene un enorme éxito en los Estados Unidos, y allí marcha. Le espera el éxito, el cine, el dinero.

De Blasco Ibáñez queda más memoria que de Ricardo León, pero tampoco mucha. Hoy en día también tenemos unos cuantos best sellers en España. Creo que no he leído ninguno.

 







    

martes, 14 de mayo de 2019

Y el sol vuelve a ponerse tras el Teleno









L
as lecturas y evocaciones de José, su continuo hurgar entre papeles, convocan la diaria visita de las sombras que entretienen los días del anciano maestro de Valdurceda, entre las paredes del mesón de Rojo. Solo la anciana Nina parece compartir con José estas visitas, aunque para ella toda sombra suele ser Marcelino o Hermógenes. Hace unos días que la mirada de marino de Maqroll se extiende por las amplitudes de la paramera, mientras charla con el maestro. Aquí no hay más gavias que esas espadañas de agrias lajas de cuarcita; esas espadañas que itinerantes canteros gallegos fueron plantando por el llano hace doscientos o trescientos años. Aquí no hay más piedra que esa cuarcita; es piedra que se resiste a la labra del hacha o el trinchante; es piedra que solo se presta a la exfoliación en lajas, y con esas lajas hicieron las espadañas de las iglesias o los alizares que separan las tapias de tierra de la humedad del suelo. Toscas gavias son estas espadañas; y navíos de un solo palo son estos pueblos, anclados en un páramo ilimitado que parece ofrecer amplitud suficiente a los ojos del gaviero.

El perfil geométrico del marino se recorta en el contraluz de una ventana abierta a un bosquecillo de varas de malva, en el que bullen zumbones los reflejos metálicos de las abejas carpinteras. Hace un rato que José tiene la sensación de que ese rostro de sal y viento se dulcifica, se ablanda. Al poco, ya no es Maqroll, es Mutis el que le habla de su universalista tío abuelo José Celestino; le habla de los dibujos que su ancestro hizo de la flora colombiana; le habla mientras observa refocilarse en el polen a los enormes, amenazantes, lentos insectos que hacen posible la fiesta de color de las malvas cada primavera. Don Álvaro es nuevo en el mundo de las sombras, y su inexperiencia le hace confundir su presencia con la de sus criaturas.

­­―Déjeme usted de sendas verdes, ecológicas o como quiera usted llamarlas. Aquí lo que nos hace falta es el tren, ¿sabe usted?, el tren que daba vida a estos pueblecicos. Bienvenidos serán todos esos paseantes de mochila o bicicleta que nos dice usted que llegarán, pero para ellos ya hay caminos suficientes, se lo aseguro, no es necesario hacerles uno sobre las vías. Las vías son para el tren, que falta nos hace. Aquí ya no estamos para monsergas, y usted sabrá perdonarme; somos ya viejos, habitantes y país, ambos somos ya viejos. Fue duro oír que nos quitaban el tren porque ya no era rentable. Ni idea teníamos por aquí de que el tren tuviese que ser un negocio, al menos desde que lo expropió el Estado, y mucho hace ya de eso; ignorancia campesina, usted me disculpará. Y me duele decir que fueron los socialistas, allá por 1985, los que terminaron con el tren de la Vía de la Plata; sí, fue Felipe González, ese señor que ahora no se sabe si va o si viene, pero que por entonces muchos creíamos que iba.  Una vía sin plata que unía norte y sur de España por el oeste, según me enseñó mi maestro don José, aquí presente, al que ruego corrija mis errores.

La prudente Inés se ha ido indignando con la perorata del cliente sobre las maravillas de la conversión de la vieja vía, y al final ha estallado. Don José lo que realmente lamenta es que estos clientes parlanchines ahuyentan a las sombras que le entretienen. No le interesa en absoluto la absurda perorata del joven sobre la ruta verde en las vías, pero se siente en la obligación de apoyar las razones de Inés, y así se lo hace ver al joven, que escapa del mesón lamentando haberse metido en camisa de once varas.

―Este joven es un primo segundo de mi Marcelino; fueron quintos; un poco tonto este muchacho, siempre fue algo tonto.― Dice Nina.

―Madre, ese muchacho tendrá setenta años menos de los que ahora tendría mi padre.― Le contesta Inés.

Y el viejo maestro queda a la espera de las sombras del día siguiente, parece que se ha hecho ya tarde para Maqroll y para Mutis. Y José rememora en alta voz la estación de Valdurceda en los días de su infancia:

―Gentes de los pueblos de la zona llenaban el recinto a la llegada de cada uno de los trenes diarios. Las caballerías, atadas en ese trozo de rail que aún perdura. Los carros y las tartanas. Las vacas y los bueyes, uncidos en las carretas, rumiando lentos. Subir y bajar de mercancías. Cestas de merienda. Baúles y maletas. Holas y adioses. Y la espectacular imagen de fuerza de aquellas locomotoras que se lanzaban hacia el horizonte del páramo entre estruendos, resoplidos, vapor y humo. Vida, todo lo contrario de la que hoy se ve. Hasta el viejo rótulo de azulejos de la estación ha caído, lo han roto para abrir una ventana, ya ve usted, qué falta de sensibilidad. Aún veo a Julio, el jefe de estación de aquellos años, saliendo de su oficina, cogiendo el gorro y la bandera para dar salida al tren. ¿Le recuerda usted, Nina? Y manos que se agitan en adioses, y alguna lágrima, y algún beso volandero al estudiante que marcha, al emigrante de futuro incierto…

―¿Unas sopas, don José?

―Sí, hija, unas sopas.

―¿Con huevo?

―Con huevo.

―¿Con jamón?

―Con jamón.

―¿Picantes?

―Un poco, hija, solo un poquito.

Y el sol, un día más, comienza a ponerse tras el Teleno.








     
 


lunes, 29 de abril de 2019

Otra generación










Traigo a primer plano el comentario de Marcos a mi entrada de ayer. Llega en una tarde electoral en que parece que la inteligencia colectiva ─que no existe, naturalmente─ ha acertado.
Que una generación ─o parte de ella─ sea excluyente con las anteriores, supongo que tiene que ver con el agradecimiento, más o menos consciente, por lo recibido en herencia.
En fin, vivamos hoy la alegría de habernos librado de lo que nos hemos librado. Por ahora.
Gracias







H
ermoso. Yo pertenezco a una generación que está entre medias de los jubilados del chato y los modernos tatuados. Hubo un tiempo en que para mí no había libertad más feliz que estar en los bares de copas escuchando música atronadora, hablando a gritos y observando otros cuerpos fieramente hermosos y maqueados para la ocasión. Ahora no puedo dejar de identificarme con los jubilados que se van calle abajo en busca de un tiempo que está dejando de existir. Quizá es demasiado pronto para ello, pero entre el chato con huevo duro y salero y el cubata con tatuaje, me quedo con lo primero, aunque preferiría que pudiera ser chato con tatuaje, huevo duro y salero, incluso si tiene que ser con sal rosa del Himalaya u otro esnobismo que ponga sobre la mesa la nueva generación en la transacción histórica. Mi generación no fue capaz de hacerlo y se dedicó a sustituir las tascas por tabernas irlandesas de pinta y cacahuetes o cuarto de rodaja de chorizo de pamplona sobre pan de molde si llegabas pronto. Cuando tuvo posibles, sustituyó las tabernas irlandesas por bares de gin tonics con carta de ginebras, de tónicas, de los ingredientes de la ensalada que había que meter dentro del gin tonic y tapa de cacahuetes con gominolas de colores. Me pregunto a qué región agrícola de España o del mundo favoreció el — seguramente espectacular—aumento de consumo de cacahuetes de mi generación. Gane quien gane las elecciones, por primera vez mi generación contará con un presidente del gobierno. Creí que cuando eso sucediera la política —y el mundo en general— se me haría más comprensible, más cercana. Pero como con las tascas, temo que gane quien gane las elecciones, en la transacción histórica la política se nos llene de tabernas irlandesas, de bares de gin tonics, de gominolas y de cacahuetes. Por eso no puedo evitar dejarme ir calle abajo con los jubilados en busca de un chato de Valdepeñas, un huevo duro y un salero, aunque sea de sal rosa del Himalaya y aunque lo que encuentre no sea en realidad mí tiempo.













domingo, 28 de abril de 2019

Otra escena









os comercios que por su singularidad, belleza o antigüedad se hacen merecedores de algún tipo de protección en las ordenaciones urbanísticas, suelen tener vida efímera. Los intereses particulares, unidos a la inoperancia ―genérica o puntual― de las autoridades municipales, suelen imponerse a los intereses públicos. El caso de la vieja taberna con la que da este grupo de jubilados paseantes por los madriles, es un caso de muerte distinta.

El fundador, allá por mediados del siglo XIX, debió de gastar sus buenos cuartos en la decoración cerámica de la taberna. Son azulejerías con grutescos renacentistas unas y con arabescos otras, pero todas de buena factura. Algún paño parece de otra mano, quizás más antiguo, recuperado de dios sabe dónde. Infrecuentes avatares del destino han permitido que la vieja tasca se mantenga intacta a lo largo de tantos años. Con la muerte del último propietario ha estado cerrada durante un tiempo, y al encontrarla abierta y aparentemente intacta, el grupo de viejos acude al reclamo del tiempo pasado. Nada más entrar se dan cuenta de que el escenario se mantiene, sí, pero se representa otra escena. Una musiquilla atronadora rebota en los alicatados y se clava en el cerebro. Por si a los ancianos les quedaba alguna duda del cambio en lo escenificado, una joven, tras el mostrador, los mira con una clara interrogación en los ojos: Y estos… ¿qué coño hacen aquí?

­­­―Ponnos unos chatos, maja.
­―¿Unos qué?
―Chatos, unos chatos…, vasitos…, vasitos de vino…
―¿Rioja o Rivera?
―Valdepeñas, guapa, Valdepeñas.
Deso no hay.

Unas uñas de largo inusitado, decoradas con relieves y colorines, dificultan el trabajo de la muchacha. En los dedos, cabalísticos signos tatuados en cada falange. Por manos y brazos se enredan imágenes que trepan hasta ocultarse en la camiseta, saliendo por el escote y ascendiendo hasta el cuello en una amenaza de ahogo. La mucha piel que la niña deja al aire es una recargada alfombra de amanerados dibujillos en dos o tres colores.

La clientela del local son jovencitos de estudiadas vestimentas, pelos teñidos, aretes perforantes y tatuajes, muchos tatuajes; una inquietante uniformidad. Todos han suspendido sus conversaciones y miran a los viejos como si viesen aparecidos.

―Oye, maja ¿y tapa? ¿no nos pones una tapita?
―Aquí no hay deso; esto es pa jóvenes, pa copas y eso…
―Pues no, eso no queremos. Que nos hemos equivocado, está claro. Pero ya, ya nos marchamos. Mira a ver qué te debemos. Solo te voy a contar una cosa, si me permites: hace medio siglo, ahí, donde tú estás ahora, estaba un tabernero que por entonces tendría tu edad; un tío simpático con una sonrisa para todo el mundo, jóvenes o viejos, que de todo entraba en la taberna. Ah, y te ponía unos chatos de un estupendo Valdepeñas; con un huevo duro y un salero. Sí, con salero.

 Adiós maja, queda con dios.

Y los viejos se van calle abajo, a la búsqueda de un mundo que desaparece.







 


   

jueves, 4 de abril de 2019

El sótano del carbonero











A
quel tizne satinado que tenía en la piel Quintín, el carbonero, se fue extendiendo a cuantos vecinos se refugiaban de los bombardeos en los sótanos de su establecimiento. No era el refugio oficial, pero aquellas bóvedas viejas y profundas daban confianza a los inquilinos de la casa, que allí bajaban, fuese día o noche, tan pronto oían el ulular de las sirenas. Rosendo, el maestro de obras que vivía en el segundo B, decía que la casa se había construido sobre los restos de un antiguo convento, y que esos espacios eran las criptas en que se enterraban los frailes. Cuando las explosiones eran cercanas las bóvedas temblaban como piel de tambor, y las juntas de las dovelas dejaban escapar el polvo de carbón acumulado en sus intersticios, tiznando la piel de los que allí pasaban sus miedos con la dignidad de que eran capaces.

Cuando cayeron las primeras e inesperadas bombas sobre Madrid no hubo sirenas ni avisos, y pillaron a los vecinos de tertulia, frente a la carbonería, mirando curiosos como se recortaban en el cielo las formas geométricas de aquellos aviones aparentemente lentos e inofensivos, portadores del aún desconocido horror que había de hacerse consuetudinario. A las primeras explosiones la gente entró instintivamente en la carbonería y Quintín los condujo al sótano. Aquel primer día una bomba cayó en la inmediata plazuela, y cuando los refugiados se atrevieron a salir llevaban en sus ojos el pavor que les dejó el estruendo del mundo al rasgarse. Ya en la calle fue aquel olor que los acompañaría durante muchos meses; fueron los cristales rotos, el humo, los cierres de las tiendas reventados, las puertas arrancadas, las heridas de la metralla en las fachadas, la sangre de los cadáveres empapando los escombros, el agua fluyendo de las tuberías rotas y llenando los cráteres de las bombas, los chorros de fuego emanados por los conductos rotos del gas… Y el espanto, el espanto en las gentes titubeantes y atónitas que rodeaban el cadáver de una mujer con las faldas levantadas, decapitada por un farol caído, a la vista su intimidad en absurdo escorzo hasta que un anciano, con delicado gesto, se agachó y bajó sus faldas…Y el olor, aquel olor.

Doña Irene, la inquilina del primero B, se quedó viuda a pocos días de empezar la guerra. Don Andrés, su marido, murió en el patio del colegio donde ejercía su oficio de maestro, tiroteado por un “paco” desde un edificio cercano. Irenita, la hija de este matrimonio, cumplió los nueve años pocos días antes del primer bombardeo. Aquel día la niña hacía sus deberes escolares en el mirador de su casa, cercano a la plazuela en que cayó la bomba. Al horrísono crujido siguió algo que ella explicaba como el manotazo de un gigante estrellándola contra la pared que tenía a su espalda y lanzando sobre ella todos los cristales del mirador. Siguió el silencio y un agudo pitido que se hundía en su oído derecho. Un vidrio triangular estaba clavado en su cuaderno, y unas gotas de sangre manchaban su reciente trabajo. Girando los ojos, lo único que se atrevía a mover, veía también cristales hincados en el yeso de la pared, junto a su cabeza. En el antepecho del mirador, incomprensiblemente, un tiesto con un geranio permanecía en su aro, intacto. Cuando fue capaz de moverse, Irenita se acercó al tiesto, lo sacó del soporte y lo abrazó contra su pecho. A partir de aquel día no hubo forma de separar a la niña del geranio. Lo tenía en el regazo mientras leía; lo colocaba en la mesa a su lado mientras trabajaba en los cuadernos, o mientras escogía las lentejas escuchando las instrucciones de la madre: las piedras, Irenita, quita solo las piedras. También llevaba su geranio a las interminables horas en las colas, guardando turno a la espera de algo comestible. Y ya para siempre fue: Irenita, la del geranio.

Don Querubín, el médico, vivía con su familia en el primero A. ―Desengáñese usted, doña Irene, la niña no volverá a oír por este oído, pero hay que tratar de quitarle el pitido. Vaya usted con esta nota a que la vea este colega que le anoto.― A don Querubín le costó sacar a Irenita de la postración en que cayó cuando el hambre hizo soñar a la niña que se comía el geranio, su amado geranio. Fue más o menos por los días en que detuvieron al médico y se pasó una semana en la checa en un sí me fusilan no me fusilan. Ese día, don Querubín, al llegar a casa, se sentó en el umbral del portal para hacer recuento de los beneficios obtenidos en las visitas a sus pacientes: un puñado de garbanzos, dos patatas… y una estampa de Santa Rita que cayó al suelo en el momento en que pasaban dos milicianos. Lo de la estampa pareció a los remigios razón de peso para detener a tan sospechoso individuo, y lo condujeron a la checa de Fomento. El coraje de la mujer de don Querubín y las relaciones del carbonero Quirce con la FAI, sacaron al médico de prisión.

Doña Pura, santanderina ella, era viuda de un sargento de caballería (viuda de todo el escuadrón, decían lenguas afiladas) y regentaba la pensión Sotileza, en el piso tercero. A doña Pura le gustaba presumir de lo que proliferaba su imagen por los museos de la geografía patria; lo que se debía a su oficio de juventud: modelo de artistas; ―¡solo de los mejores!― solía apostillar. Al comenzar la guerra el único huésped que quedó en la pensión fue un griego, el señor Kafkis, domador de fieras en un circo instalado por aquellos días en un solar en la zona de San Francisco, asomándose a Las Vistillas. Sus compañeros salieron de España escopetados, pero el griego se quedó tratando de salvar a sus animales. Les dio de comer mientras pudo, que no fue mucho tiempo; después, algunos fueron sacrificados por los guardias de asalto y otros trasladados al zoo del Retiro. El señor Kafkis negoció un entente de algún tipo con doña Pura, y se quedó en la pensión acompañado por un pequeño mono ―siempre tiritando de frío y abrazado a la barriga del griego― y una enorme serpiente que aterrorizaba al vecindario.

A principios de 1937 doña Pura admitió en la pensión a una familia de refugiados que estaba viviendo en el Metro. Le habían sido recomendados por un sindicalista al que no convenía contrariar. Eran personas muy humildes, en un estado de necesidad extremo. Con la escueta pero generosa solidaridad vecinal y los tratamientos de don Querubín, en unos meses parecían otros.

En el sótano, los vecinos tenían varios platos con lamparillas de algodón y aceite en sustitución de las lámparas de carburo de Quintín, para las que no se encontraba combustible. Habían dispuesto banquetas y sillas a los dos lados de la bóveda. En el centro, sobre unos cajones, las lamparillas y alguna botella de cazalla que aportaba el bueno del carbonero. Más o menos todos tenían sus sitios fijos, aunque la norma general era ponerse lo más lejos posible del griego por el plus de miedo que aportaba la serpiente que colgaba de su cuello. Aunque no era lo peor que colgase de su cuello, lo peor era que apenas comenzaban las explosiones, las ratas, enloquecidas, corrían por todo el recinto, y la serpiente se descolgaba sigilosa de su percha humana para procurarse el sustento que el heleno ya no le aportaba. Y no era la única cacería que allí tenía lugar. Al igual que las ratas, las cucarachas se desquiciaban con los temblores, salían de sus escondrijos e iniciaban unas absurdas carreras en círculos. Ese era el momento esperado por Ramoncín, el niño de los refugiados, un chaval pelopincho que recorría el recinto cogiendo los insectos con habilidad y guardándolos en una caja de zapatos. Nadie quiso saber nunca sobre el fin de aquellos bichos. Y en medio de toda esta actividad, doña Pura, con los ojos en blanco, rezaba la letanía: Regina pacis; y un leve murmullo le contestaba: Ora pro nobis; mientras el mono, aterrorizado, lanzaba su cri-cri de grillo. Entre el eco de las explosiones y los estremecimientos de la bóveda.

El día en que una bomba derruyó la fachada de la casa contigua, los congregados en el sótano dieron por hecho que de allí no salían. Y para terminar de ambientar la escena sucedió que un panderete que cegaba un viejo arcosolio no resistió las torsiones y se derrumbó, cayendo los escombros y las carcomidas tablas de un ataúd sobre las espaldas de algunos de los refugiados. Las temblantes lamparillas iluminaron los restos de un fraile con un rosario entre sus dedos momificados.

Peor defensa que los bombardeos aéreos tenían los de la artillería que machacó Madrid desde la Casa de Campo, pues no había posibilidad de aviso previo. Sin embargo, los madrileños se acostumbraron a vivir con ese continuo riesgo; aprendieron a sortear las zonas más castigadas y a circular solo por las calles desenfiladas. Pero la realidad era que los cañones mataban más gente que los aviones. Uno de estos proyectiles terminó con la vida de don Rosendo, el maestro de obras, en marzo o abril del 37; estaba el hombre trabajando en un desescombro para sacar a la gente aprisionada en un refugio, cuando estalló un obús que había quedado encajado en una reja.

Doña Irene es muy anciana. La viveza de sus ojos anuncia lo despierto de su inteligencia y su memoria. Unas manos activas, deformadas por la artrosis, marcan el ritmo de su discurso. Me habla en su casa, en un pueblecito cercano a Burdeos, rodeada de libros y papeles.

... he dedicado mi vida a la enseñanza… como mi padre… he sido profesora de matemáticas durante medio siglo… desde mi jubilación dedico mi tiempo a disciplinas más humanistas… cosas de la vejez… mi madre pasó dos años en la cárcel… la mujer del maestro… estuve en un internado que he tratado de borrar de la memoria… escapamos a Francia…estudié… me casé… he vivido... España es un país duro con sus hijos… vuelvo a menudo… a todos nos tira el lugar de nacimiento… me descorazona… la desigualdad… la injusticia… me asustan esos muchachos de capucha, mirada torva y perro de esas razas que comen niños… tratan de asustar a la sociedad que no les da nada… y los señoritos… regresan esos señoritos patrioteros y fascistoides… y los insolidarios burgueses catalanes… poco libro y mucho dinero… mala combinación… parece que ya tocan a rebato, a terminar con el recreo tras la muerte del tirano… hay que volver a lo de siempre… es un país duro… España… desesperanzador.

Doña Irene tiene un geranio sobre su mesa de trabajo.









domingo, 24 de febrero de 2019

La luna, Flanigan y desasosiegos







H
ace medio siglo —el 21 de julio lo hará—me encontraba yo con unos compañeros bajo una manta que cubría nuestras cabezas y ocultaba un televisor en el que veíamos, con arrobo, la retrasmisión de los humanos pisando la luna. Estábamos en la mili, en una tienda del campamento del Robledo, en la segoviana Granja de San Ildefonso; era hora de silencio y el imaginaria, sentado en el umbral de la tienda, se desesperaba: cabrones, me vais a joder, apagad eso…

Creo recordar que era un lunes, y la víspera, un compañero de posibles había llegado con el televisor para no perderse el acontecimiento. Era el mismo compañero de posibles que tenía una furgoneta Citroën —de una empresa de su familia— que dejaba estratégicamente situada para irnos alguna noche a Cercedilla, tras emocionante escapada por el monte saltando la tapia del campamento. A la gente le gustaba ir a un pijódromo por entonces de moda: Flanigan. Para mí, el verdadero interés del asunto estaba en el hecho de escaparse. La visita a la discoteca no podía compensar la mañana del día siguiente, paseando el mosquetón por el Llano Amarillo sin haber pegado ojo.

Eran tiempos de guerra de Vietnam y de Beatles; de explosiones nucleares en el desierto de Nevada; de esperanzados movimientos estudiantiles y obreros en una España con ley marcial, estado de excepción y universidades cerradas. Y en ese año, el dictador puso el dedo sobre Juan Carlos de Borbón como su sucesor, mientras la político-social tiraba estudiantes por las ventanas.

Hoy, paseando por este pueblo del Guadarrama donde vivo, veo el inmisericorde maltrato del ayuntamiento a una obra de Sáenz de Oiza. Esto me recuerda que, este año, también las Torres Blancas cumplen medio siglo. Sin envejecer.

Si envejecer es perder vitalidad y entusiasmo, España ha envejecido mucho desde el año en que el hombre llegó a la luna. Nos falta juventud ilusionada y nos sobran viejos desencantados y corruptos. Es preocupante ver y oír a insulsos candidatos a la presidencia del Gobierno, realmente preocupante.

Y es triste ver y oír ahora a “los sevillanos” del congreso del PSOE en Suresnes. Salvando lo que hicieron salvable, hoy me parecen viejos ruines, interesados y enrevesados, empeñados en venganzas intestinas.

En aquel año 1969, con motivo del treinta aniversario de la muerte de don Antonio Machado, se reunieron en Colliure un grupo de intelectuales españoles en el exilio. Hoy, escucho que el presidente del Gobierno ha visitado las tumbas de don Antonio y de don Manuel Azaña. Bienvenido sea el acercamiento a esos hombres. Por ahí hay camino.

En fin, dejemos las tristezas y disfrutemos este extraño veranillo que tenemos en febrero. Sirva para ello este cante de trilla de José Carlos de Luna, una sencillez que necesitamos:


Un gazpacho de nieve,
una sandía,
la sombra de la parra,
¡qué güeña vía!


Que dure.








sábado, 2 de febrero de 2019

Papeles viejos











C
on emoción reviso viejos papeles que me introducen en los años de juventud de mi abuelo José. Abro una cajita que debe llevar muchos, muchos años cerrada; en ella mi abuelo guardó algunas de esas insignificancias que nos significan: dibujos de sus nenas, sus primeras letras, un intento de bordado… Hay un cuadernito con anotaciones diarias entre los meses de mayo y agosto de 1918. En esa época mi abuelo ejercía de médico en un pequeño pueblecito cercano a Madrid: Alcobendas. Tenía a su mujer, mi abuela, embarazada, en casa de los padres de él, en Madrid. Mi bisabuelo Nicolás también era médico.

José va anotando el trajín diario de su vida en aquellos días entre Alcobendas y Madrid: el difícil transporte, las caminatas hasta el tranvía de Fuencarral, la consulta, las visitas en el pueblo y las que con frecuencia tenía que realizar ­-­­a caballo- a la Moraleja, donde vivía la familia de la marquesa de Aldama. José anota y cuantifica las horas diarias que logra sacar para estudiar los temas de la oposición que prepara al Ayto. de Madrid, y que aprobó al año siguiente.

José escribe con ese lenguaje que usamos para nosotros mismos, sin pensar en posibles lectores. Yo lo leo con unción, como en un rito de trascendencia a nuestra condición.

Trascribo la anotación del día 25 de mayo:

de madrugada me despierta Matilde, pues tiene algún dolor que resistimos hasta las 6, que se acentúan y avisamos a Soler. A las 9 da a luz una nena que tengo que asistir yo, pues Soler, cuando llega, ya estoy lavando a Matilde; me ayuda papá, que se encarga de arreglar a la nena. Pasan el día bien.

Aquel sábado, 25 de mayo de 1918, llegó al mundo mi tía Cecilia, hermana menor de mi madre, le esperaban las manos de su padre, y después las de su abuelo.

Mi tía Cecilia fue una mujer inteligente, magníficamente formada, con extraordinarias dotes para el dibujo. Fue una buena pintora y una buena restauradora; por sus manos pasaron muchos de los mejores cuadros de las colecciones reales. En la cajita de mi abuelo hay algún dibujo de su infancia.

Seguiré viendo y clasificando papeles. Quien sabe si dentro de cien años alguien se entretendrá de nuevo con ellos; aunque ya no quepa la emoción de lo cercano. Por mí, que no quede.