martes, 17 de marzo de 2020

Largos días













Estos capítulos de una novelita corta, escrita por el heterónimo Nicolás Valdueza hace una década, describen lo que pudo ser hace un siglo una situación en algo parecida a la que ahora vivimos.












X


A
 finales de mayo de 1918, Samuel llegó a la Estación del Norte, en Madrid, procedente de Vigo, donde había desembarcado unos días antes. Le esperaba D. Serafín Otero, encargado de los negocios de su padre en España. Era un señor grueso y afable, de unos cincuenta años, vestido con cierta elegancia. Con prontitud y eficacia, como hombre acostumbrado a mandar, se encargó de trámites como el control sanitario y la desinfección de equipajes, de reciente creación; a continuación, una fila de mozos de cuerda encaminó baúles y maletas hacia el camión que esperaba en el patio. En medio de su actividad iba informando a Samuel de la vivienda que le esperaba, ya totalmente instalada, y de la llegada de la doncella, veinte días antes, para hacerse cargo de la casa. Les esperaba un Packard verde que conducía el mismo D. Serafín, quien propuso a Samuel un rápido paseo por el centro de Madrid, antes de ir a su domicilio, para que se fuera haciendo una idea de la ciudad. Durante el recorrido fue combinando informaciones sobre las zonas por las que pasaban con otras de carácter general, como la situación política y económica de España y la influencia de la guerra. En un determinado momento comentó la inquietud social que estaba provocando la “grippe”. El pasado día veintidós el Ayuntamiento había admitido la existencia de una epidemia, denunciada por el periódico El Sol días antes. Samuel, preocupado por los controles sanitarios que acababa de pasar y alguna información de la prensa, comenzó un nervioso interrogatorio, pidiendo todo tipo de datos estadísticos, profilaxis utilizadas, medicamentos… D. Serafín se sintió agobiado y quedo en recolectar toda la información que pudiese y remitírsela. Samuel pidió suspender el paseo y ser conducido a su domicilio.
La vivienda estaba en la calle del Sacramento, cercana al Palacio de Oriente y a espaldas del Ayuntamiento, en un magnífico edificio del siglo XVIII. Era amplia y en su amueblamiento y decoración no se había escatimado el dinero de Cuba ni el buen gusto de Dña. Angustias, esposa de D. Serafín, dama educada y de criterio. Elvira ya tenía la casa en marcha y había contratado a una cocinera que trasteaba en sus dominios. Samuel despidió en cuanto pudo al amable señor, que se esforzaba en tranquilizarle, enseñándole la casa y dándole explicaciones sobre cada mueble, cuadro u objeto decorativo, todos elegidos personalmente por su mujer, con un “criterio clásico, pero sin renunciar a las comodidades del momento”. 
─ Ruego me ponga a los pies de Dña. Angustias, su señora de usted, y le transmita mi agradecimiento por su interés, así como mis felicitaciones por el magnífico resultado. Quedo agradecido y a disposición de ustedes.
─ Ha sido un placer y un honor tratar de cumplir con la confianza depositada en mi persona por su señor padre, a quien ruego transmita mis respetos. Espero que nuestra humilde colaboración pueda contribuir a su bienestar durante su estancia en Madrid. Disponga de mí, D. Samuel.
Tan pronto como quedó solo el joven trató de ordenar su agitado cerebro. Había tenido noticias sobre la “grippe” y la asociaba a la propagación en los frentes de batalla. Consideró que siempre sería más fácil defenderse de ella en el único país europeo que no estaba en guerra, con un sistema sanitario que suponía más fiable que la escasa infraestructura cubana. Las noticias de D. Serafín sobre la alarma social reflejaban la importancia de la epidemia y una falta de confianza de los ciudadanos en las medidas públicas de control sanitario, lo que le inquietó sobre manera.
─ D. Samuel, la cena puede servirse cuando ordene.
─ Elvira, un momento por favor, tenemos que hablar, siéntese y atienda a esto, es de suma importancia. Parece ser que la epidemia de “grippe” es más grave de lo que yo conocía. Se hace necesario crear una estrategia de defensa, adaptar la casa y tomar las medidas de asepsia imprescindibles. No tenemos tiempo que perder. No soy ningún especialista en la materia, por lo que necesitaré de asesoramiento profesional. No obstante, ya veo cosas que debemos emprender con toda urgencia. Hay que retirar todas las alfombras para poder fregar los suelos con la frecuencia y los desinfectantes adecuados, también quitaremos cortinones y todo aquello que pueda retener polvo e impida la limpieza. Nunca estaremos en la casa con ropa o zapatos de calle, nos cambiaremos en esos dos cuartos roperos que he visto a la entrada, y en los que cuidaremos la asepsia y la desinfección. La cocina tendrá que ser objeto de especial atención, solo comeremos alimentos cocidos y el agua, tanto para cocinar como para beber, tendrá que ser tratada con algún desinfectante clorado que ya determinaré. La limpieza y asepsia general serán escrupulosas. Restringiremos las visitas a lo imprescindible, y nunca pasarán de la salita de la entrada.
─ ¿Cree usted que es tan grave, D. Samuel?
─ Así lo parece, Elvira, le ruego advierta a la cocinera y comience mañana mismo a tomar estas medidas. Mientras, tendré que entrar en contacto con algún especialista…
─Aquí cerca, en la calle Mayor, hay un boticario que hace unos días también me advertía sobre diversas precauciones…
─ Si es un profesional concienciado puede que nos sirva, le ruego que mañana mismo le pida, en mi nombre, que se acerque por aquí para planear una actuación sobre el terreno, espere… le escribiré una nota…
A partir de ese día la casa hirvió de militancia antimiasmas: fregados, desinfecciones, sahumerios, fumigaciones olorosas, gargarismos, colutorios, pediluvios, todas las técnicas que podían ocurrírsele a D. Gumersindo, el boticario de la calle Mayor, ateo él, de toda la vida, a quien había venido Dios a ver, y la “grippe” a poner en casa.  Al fuerte olor de los desinfectantes químicos se unieron las emanaciones del orégano, malva, romero, salvia, espliego, tomillo, hisopo, laurel, mayorana, ortigas y demás plantas que componían las recetas del viejo farmacéutico en sus cataplasmas, fomentos, vapores, sinapismos, jabones medicinales y demás prevenciones que surgían de su estrujada mollera ante la ocasión con que el destino le obsequiaba. La desquiciada campaña antigrippe se extendió a parte de los vecinos y se encalaron patios, escaleras y zonas comunes. Se eliminaron pozos negros y se aliviaron las aguas que no tenían salida a los colectores municipales. Obras que nunca encontraron tope económico, por la permanente disponibilidad del nuevo inquilino en su financiación. Otro grupo de habitantes del inmueble se estableció como contestación al martirio de sus narices por las manías del rico cubano, pero esta facción perdió todo su predicamento con la muerte de María, la esposa de Baldomero, el portero de la finca, víctima de la influenza. Los servicios solicitados a D. Gumersindo por todos los vecinos tuvieron tal incremento, que se vio obligado a la contratación de dos mancebos más para la preparación de sus emplastos y la aplicación de sus desinfecciones.
La epidemia seguía avanzando. El veintiocho de mayo se estimaban cien mil contagiados, y el primero de junio ya eran doscientos cincuenta mil, en una ciudad de poco más de seiscientos mil habitantes. Los periódicos hablaban de impresionantes cifras de muertos. Las Administraciones se vieron desbordadas. Los cuerpos facultativos de la Inspección Médica y la Beneficencia Municipal eran totalmente insuficientes, por lo que se movilizó a estudiantes de los últimos años de la carrera. Pero tampoco había bastantes enterradores, ni ataúdes, ni sitio en los cementerios, ni curas que rezasen responsos…
Pronto llegó la insuficiencia de pan, carne, pescado y carbón. Faltó el gas y consiguientemente el alumbrado público. En las calles aumentaron los mendigos y los desesperados que se entregaban a la delincuencia. Los locales públicos fueron cerrando, se suprimieron los espectáculos, las ceremonias religiosas y las clases en los centros de enseñanza.
Samuel busca las horas de menos afluencia de gente para salir de casa. Pasea la desierta calle de Bailén frente a la sombra blanca que se alza absurda presidiendo el sufrimiento de la ciudad. Monigotes rojiazules guardan la indiferencia de siglos. Los rieles avanzan ondulantes entre los adoquines, conduciendo el estruendo de los escasos tranvías, frente a las caballerizas de la sombra blanca, frente a los verdes que remata la greca azul del Guadarrama, perdiéndose hacia esa plaza del homenaje a la potencia de la lengua. Samuel sube hacia el Cuartel de la Montaña eludiendo los pocos grupos de personas que encuentra, sigue por el paseo de Rosales, pero lo apartado del lugar le hace volver sobre sus pasos. Un coche fúnebre, barroquismo de muerte hispana, se dirige hacia las sacramentales. Distinta capa en los caballos del tronco, tres ataúdes de pino amontonados de cualquier manera. Nadie lo sigue. La abundancia de muerte elimina el boato de la última pompa. El cielo ha cubierto a un sol demasiado veraniego para una ciudad estupefacta, y la luz se hace más acorde a la tristeza de las calles. La población acosada trivializa la muerte.
 Unos niños bailan sus peones frente a la primera casa de la calle Ferraz, entre escalas titubeantes que caen sobre la acera desde una ventana con rubios tirabuzones y lazos azules.

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XII


D
urante el verano de mil novecientos diecinueve los casos de “grippe” fueron decayendo con rapidez. En diciembre y enero del año siguiente hubo un repunte importante en las defunciones. Pero algo había cambiado, las muertes se producían, sobre todo, entre niños y ancianos. Hasta entonces la mayoría de las víctimas habían sido jóvenes. Muchos fueron los que vaticinaron una nueva epidemia, pero en primavera la ciudad comenzó a cambiar. Los ciudadanos empezaron a salir a la calle, a levantar sus rostros al sol, a llenar sus pulmones de un aire que ya sentían limpio. Dos años han estado encerrados. Tan larga Cuaresma precisaba un D. Carnal y en las calles, en el tiempo del anual renacer de la vida, resurgió la alegría, el color y el sonido.
Samuel fue bajando la guardia. Comenzó a visitar una ciudad que no conocía y en la que vivía, prácticamente encerrado, desde hacía casi dos años, los correspondientes a los diecinueve y veinte de su edad. Paseó sus barrios y observó a sus gentes. Poco a poco se fue atreviendo a entrar en los teatros, en los cafés concierto y hasta en los restaurantes, eso sí, con sus rituales de lavado y esterilización de manos, y desinfección y limpieza de cubiertos y copas, que eran observados con asombro por el resto de comensales y con claro disgusto por el personal del local. Eran de ver las caras cuando comenzaba la operación, sacando un paño y un frasquito de una bolsa que llevaba en una cartera, y comenzaba el concienzudo proceso que duraba unos cinco minutos. También inició los viajes en tren que con tanto detenimiento había planeado durante el encierro, hasta el punto de saberse de memoria los horarios de las distintas compañías que por entonces funcionaban en la Península. Había llegado a tal virtuosismo que podía planificar mentalmente cualquier trayecto, con sus distintos trasbordos, sin necesidad de consultar guías. No necesitaba preguntar a qué hora pasaba por Venta de Baños el mixto de Galicia, ni los enlaces en este o en cualquier otro de los nudos ferroviarios.
Samuel había sido matriculado, en la facultad de derecho, por D. Serafín Otero, cumpliendo instrucciones del padre. A pesar de lo avanzado del curso comenzó a asistir a algunas clases en el caserón de San Bernardo, donde fue conociendo el ambiente estudiantil. Pronto fue asiduo de tabernas y cafés, donde solía ser bien recibido por su generosidad a la hora de subvencionar actividades extraacadémicas. Los primeros contactos con el activismo político, y fundamentalmente con anarquistas y socialistas, supusieron el descubrimiento de un mundo desconocido e impensado. En un principio los escuchó con curiosidad, y después con un interés casi cercano a la pasión, tan ajena a su carácter. En un intento de profundizar en las ideas descubiertas y con asesoramientos de café, intentó leer a Hegel y Kant, para seguir con Bakunin, Marx y Engels. No fue mucho lo que sacó en limpio de estas lecturas, pero sirvieron para ampliar algo la estrecha visión de la sociedad que le habían inculcado su educación y su entorno. En su deambular pasó por algunas de las muchas tertulias literarias que por aquellos años tenían lugar en los cafés madrileños. También asistía con frecuencia a La Cacharrería del Ateneo, donde se sentía especialmente cómodo en el anonimato que le permitía la gran concurrencia. En el Café Colonial conoció a los poetas que lideraban el movimiento Ultraísta, y subvencionó alguna de las publicaciones con las que intentaban darse a conocer. No es que se sintiese identificado con la obra o las propuestas de estos artistas, le atraía la fuerte personalidad de sus líderes y la pasión y el convencimiento que ponían en su trabajo.
 Pero lo que más entretenía a Samuel era el ambiente de los cafés cantantes y de las tabernas flamencas y taurinas, donde graves oradores analizaban, entre chato y chato de valdepeñas, un natural de D. Juan Belmonte o una frase de D. Miguel de Unamuno, todo tratado desde la altura y distancia que da el saber, el saber estar en la taberna, claro.  Frecuentaba los garitos llenos de buscavidas, vagos, busconas y un sinfín de personajes que mezclados con intelectuales y artistas - más o menos auténticos - componían la noche madrileña. Se hizo asiduo del Apolo, y sobre todo de la “salida” del Apolo. También le gustaban las cenas en el mesón de San Pedro, en la Cava Baja. Quizás el sitio donde mejor se podía ver a intelectuales de verdad, bebiendo de la autenticidad del pueblo llano.
El espectador Samuel recorría la vida con la asepsia del diletante, con la distancia que su carácter necesitaba. Siempre a la busca de la pasión, de la gracia, de la inteligencia, de la fuerza creadora de los hombres como espectáculo en sí misma. Y cuando encontraba algo de esto lo admiraba, sin la menor envidia, sin el menor deseo de emulación. Nunca anheló para sí las facultades ajenas que apreciaba. Llegó a conocerse bien y aceptaba gustosamente su condición, consciente de que solo el dinero le permitía su postura ante el mundo.



















martes, 10 de marzo de 2020

8M












8M


E
ste ocho de marzo, una vez más, he subido a la plaza de este pueblo en el que vivo a la concentración conmemorativa del día de la mujer. Sé que este no es el sitio adecuado, lo sé, pero hay que insistir. Tres, éramos tres, y un aburrido conjunto de cuatro mozas cantoras contratado por el ayuntamiento, supongo. En vista de lo cual, cumplido el trámite de asistir al que me obligo, me he dirigido a una tasca adjunta a la plaza, donde me he tomado un chato de jumilla. En algo vamos a más, ya está bueno hasta el jumilla.

Mi concepto de mujer lo conformó en primer lugar mi madre, que ha sido la inteligencia, la profesionalidad, el trabajo, la entrega, la renuncia, la honradez, el referente, la madre…; después mi abuela materna que ha sido la dulzura, la abuela…; y siempre mi esposa, a la que elegí y es, además, madre de mis hijos y abuela de mis nietos.

Y con carácter general veo en la mujer el ser en que poner esperanza, pues ha hecho y hace posible la continuidad y progreso de la especie, por ser capaz de compensar, con inteligencia, dolor y sacrificio, la tan común estupidez, continuada en el tiempo, del arrogante y violento varón.

Pero parece ser que esta concepción de lo humano ya es una antigualla simplificadora. Si algo ha distinguido este 8M ha sido la expulsión de IU de todo un referente de la izquierda, del feminismo y de la lucha contra la dictadura: doña Lidia Falcón, una anciana luchadora digna de todos los respetos. Supongo yo. Y con ella se expulsa al partido feminista.

El feminismo, la lucha de la mujer por alcanzar un plano de igualdad de derechos y oportunidades con el varón, ¿ha dejado de tener sentido para la juventud de izquierdas? Quiero creer que no.

El feminismo es lo que es y ha sido durante siglos. Los movimientos reivindicativos de otras realidades de la sexualidad humana que necesiten su cauce legal y social no tienen por qué ser a costa de destruir o desnaturalizar la vieja lucha feminista. 

Hoy se nos habla de relativismos que se hacen difíciles de entender. Pero hay dos cuestiones que me parecen especialmente incompatibles con mi concepto de la dignidad humana: aceptar la gestación por encargo de terceros y la legalización de la prostitución.

La gente de mi edad, los que nos consideramos de izquierdas, tuvimos que construir el más o menos sólido armazón de nuestro pensamiento casi a pelo, sin libro de instrucciones, o más bien en contra del libro de instrucciones que se nos entregó. Seguro que tenemos asignaturas pendientes. Seguro.

Tambien estoy seguro de la necesidad de redefinir la izquierda… y los partidos políticos.















miércoles, 4 de marzo de 2020

Ya hay primavera














Ya hay primavera en la explosión verde de las hojas nuevas, en las yemas apretadas de los lilos, en el amarillo de los narcisos o el pálido rosa de los ciruelos… Ya hay primavera en toda la encapsulada promesa vegetal que se abre y en la algarabía pajaril que lo celebra.













lunes, 2 de marzo de 2020

El virus que llegó de China









a continuidad de pestes, pandemias, virus y bacterias, a pesar de los logros de las ciencias y técnicas de los humanos en su combate, parece hacernos regresar a la consciencia de lo precario de nuestra condición; más cuando esta continuidad se hace patente con una nueva plaga. Al peligro real se une el atávico miedo a lo desconocido.


En estos días de coronavirus, y hasta el momento, la gente parece tener sus ojos puestos en los profesionales de la cosa; y, que yo sepa, aún no se ha sacado al sanador San Roque en procesión rogativa. No es poco. Mala señal será que las gentes comiencen a buscar soluciones o consuelo por los caminos del cielo.

Todo el revuelo profiláctico que vivimos está haciendo que me acuerde de mi abuelo Pepe, un médico de antes de esa frontera fundamental que fue la penicilina. Niño, lávate las manos. Niño, no toques el dinero. Niño, no es necesario que te cojas del pasamanos. Niño, si te tienes que coger de la barra del metro con dos dedos es suficiente, y pon el billete entre tus dedos y la barra. Niño, lávate las manos, quítate la ropa de la calle, lávate las manos, lávate las manos, lávate las manos…

Hace unos días, los amigos nos tomábamos unos chatos de godello en la plaza de San Cayetano, en la Guindalera madrileña, al aire libre, con la primavera en los ciruelos y las palomas bañándose en la fuente, aparentemente indiferentes al arrullo y cortejo circular del inflado palomo. Comentando este asunto de mi abuelo, Luis recordaba que, cuando nos conocimos hace más de medio siglo, se preguntaba: y este tío, ¿por qué se lavará tanto las manos?

Podemos suponer que este embrollo terminará como siempre, con más o menos bajas y más o menos daños pecuniarios, pero con una victoria parcial y temporal de los humanos sobre el medio. Como siempre, vencerá el afán de pervivencia de nuestra especie.

Entre los que nacimos hacia la mitad del pasado siglo es frecuente tener memoria de algún abuelo muerto por la gripe del año dieciocho, época por la que nacieron nuestros padres. La bacteria que produjo las tremendas pestes medievales sigue entre nosotros, pero al estar controlada con la higiene y los antibióticos mata tan poco que ya no es noticia útil a los medios de comunicación. La gente de mi edad guarda imágenes en la memoria de la tremenda poliomielitis, causada por un virus ya casi erradicado. Pero quizá las peores pestes hallan sido las imaginadas por los hombres; como aquella Peste Escarlata de Jack London, que en el año 2013 terminó con las culturas humanas. Quizá todas las postrimerías y todos los apocalipsis sean esperables de nuestras propias acciones, como el holocausto nuclear descrito por Nevil Shute en su novela On the beach, con la que Stanley Kramer hizo La hora final, en 1959. Quizá nuestro final esté en el abuso que hacemos de nuestro planeta, quizá. Pero, entre tanto, los científicos seguirán estudiando el mundo y aportando medios para un ir tirando; y los artistas interpretándolo, y esto nos entretendrá.

Y como la vida sigue, servidor ha tenido un nuevo nieto, lo que me obliga al optimismo y a la esperanza.      








domingo, 19 de enero de 2020

El modelo pavo real









on Efe sabe levantar la nariz por encima de lo humano y lo divino. Su pretensión de elegancia da en un atildamiento amanerado como los dibujos de una tragaperras de bar. Es un pavo real más en una profesión en la que suele darse esta especie. Una profesión ―por otra parte─ con un reconocimiento social grande y merecido, tanto por la delicada materia con la que tratan como por el silencioso y abnegado trabajo de la mayoría de sus miembros; pavos reales aparte.

 Es imposible ignorar la presencia o cercanía de Don Efe. Lo anuncian, como trompetería, su diario baño en colonia y el murmullo de la corte de pelotas que siempre lo rodea riéndole los chistes y agudezas. Digo que hay bastantes de estos pavos reales en este oficio, pero en realidad no sé cuántos hay, lo indudable es que se los ve, se hacen ver, procuran estar donde se los vea. Tampoco sé si todos los pavos reales de esta profesión unen a su fatuidad la ignorancia profesional y el atrevimiento ─por ser suave─ de Don Efe. Quiero creer que no. Don Efe, de joven, aprendió dos o tres técnicas ―hoy ya anticuadas― y enseguida pasó a dedicarse por entero a la creación de Don Efe y a conseguir los cargos y jefaturas que le diesen poder. Y se acabaron los libros y el estudio.

Lo difícil de entender es que personajes de este pelo, de los que Don Efe puede ser paradigma, tengan la influencia que suelen tener sobre determinados estamentos sociales. Lo cierto es que esta olorosa y quincallera apariencia, unida a un lenguaje con la pompa y la adjetivación de un crítico de vinos, produce efectos hipnóticos en determinadas personas. Tras semejante despliegue de cola pavera son muchos los que le suponen ciencia y no la evidente estupidez. Esto los mantiene.


Dejo a cada cual la colocación del prototipo Don Efe en una determinada profesión. Pero me atrevo a presumir de los muchos que coincidirán en situarle en el respetable oficio en que servidor piensa. Opinen. 









sábado, 11 de enero de 2020

Toñín








l taller estaba en un suburbio madrileño, un barrio de menestrales, en una de esas vivaces callejuelas que se dejan caer hacia las rondas. El niño pegaba la nariz al cristal y contemplaba con arrobo el trabajo de aquellos hombres. Sobre la losa de mármol, ligeramente inclinada, extendían una pasta roja a la que se adaptaba la lámina de metal en la que iban apareciendo líneas y volúmenes con la acción del útil golpeado por el pequeño martillo; útil adecuado a cada función y elegido entre la ordenada diversidad que llenaba las mesas de los artesanos.

Por aquel tiempo el niño estaba entre los diez y los once años, y trabajaba de recadero en la tienda de ultramarinos de un conocido de su padre. Su día era arrastrar por calles, patios de vecindad y escaleras, una cesta con la que apenas podía, repartiendo la escasez de los años cincuenta del siglo pasado a cambio de los céntimos que venían a caer en su manita y que, cuidadosamente guardados en el hatillo del pañuelo, a diario llevaba a su madre. Siempre que encontraba un rato se acercaba a poner la nariz en la cristalera del orfebre, embelesado con las maravillas que veía salir de las manos de los oficiales. Aquellas fulgurantes obras eran el contrapunto que el niño encontraba a la sordidez del entorno.

―Chaval, parece que te gusta esto. Mejor estarías aquí que arrastrando esa cesta. Dile a tu padre que venga a hablar conmigo. Podrías aprender el oficio…

Aquellas palabras cambiaron su vida. En unos días estaba en el taller, todo ojos y oídos a los encargos del maestro. Enseguida aprendió a realizar las mezclas de pez rubia y almagra para las camas del cincelado y el repujado, dándoles la consistencia que cada tipo de trabajo requería. Limpiaba los útiles de los oficiales sin esperar a que se lo pidiesen. Manejaba las laminadoras. Barría y ordenaba. Pronto comenzó a calcar los dibujos y a pasarlos a las láminas metálicas, y en unos meses ya estaba golpeando los cinceles sobre las planchas de plata, bruñendo con las ágatas y ensayando con los buriles la imposible facilidad de las curvas que hendía el maestro.

Senén de Gaspar aprendió el oficio de su padre, trabajando desde niño en el taller de platería que su abuelo había fundado en una placeta del Albaicín granadino, allá por 1875. La memoria del artesano no dejó nunca de recorrer los tiznados recovecos de aquel taller, un mundo de hornos, crisoles, dibujos, plantillas, herramientas y maderas pulidas por los años, donde pasó la infancia y la juventud aprendiendo el oficio al que dedicó su vida. Senén llegó a Madrid en 1929, con su mujer Ascensión y su hija Teresita, de trece años. Unos contratos para la restauración de piezas de la Real Casa y Patrimonio le animaron a montar el taller madrileño, que siempre consideró provisional, pensando en el regreso a su por entonces decaída tierra natal. En Madrid le pilló la sublevación militar de 1936, y allí perdió a su mujer y a su hija, destrozadas por un obús mientras trataban de buscar algo comestible en las colas del estraperlo. Finalizada la guerra regresó a Granada, donde solo encontró el montón de escombros que había sido el taller familiar.

Senén supo ver que, en Toñín, el niño de la nariz en el cristal al que contrató como aprendiz, no había solo disposición e interés, había talento, esa escasa gracia que algunos poseen para superar la obra meramente artesanal y hacer algo nuevo y distinto. De forma más o menos consciente fue volcando en el niño las esperanzas que en él había frustrado la muerte de la hija.

―Toñín, voy a subirte el jornal, pero te propongo un trato: te lo pago en clases de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios y otras clases con Don Fidel, el profesor que vive en el piso de arriba. ¿Qué te parece?

El muchacho tenía habilidades más que suficientes para ser un buen artesano, pero el viejo maestro supo ver algo más en él. Las manoseadas trazas renacentistas y barrocas que servían de base para la producción del taller iban poco a poco cambiando al pasar por las manos de Toñín. El niño, sin formación aún para interpretar esos dibujos, iba instintivamente adaptándolos a un lenguaje distinto. Y el maestro observaba aquello con asombro, quizás con algo de regocijante satisfacción personal.

Con el paso de los años Toñín se fue haciendo un muchacho culto, con una buena formación artística. Bajo su influencia el taller dejó de ser un mero reproductor de modelos tradicionales, creando nuevas formas que encontraron mercado y abrieron nuevos caminos que siguieron los demás talleres del ramo. Pero poco a poco se fue inclinando hacia la pintura, y con el tiempo terminó haciéndola su oficio.

―Mira, Toñín, toda esta parte del taller ya no la necesitamos; lo que aquí hacíamos ahora lo compramos hecho. Se puede ampliar esta ventana, que da al sur, y tienes un buen taller para pintar, con buena luz…

Y el maestro Senén fue envejeciendo en paz, viendo pintar al que fue su discípulo, disfrutando de las tertulias de artistas e intelectuales amigos del cada día más afianzado pintor Don Antonio Mahide.











                

martes, 17 de diciembre de 2019

Fiebre

   



E
ste año no parece que a José le haya hecho mucho efecto la vacuna de la gripe. Lleva unos días baldado y febril, sin fuerzas, arrastrándose entre la cama y el sillón. Son días grises y fríos de noviembre, con una luz triste que apenas penetra las ventanas y colabora en su abatimiento. Hacía tiempo que no se encontraba tan mal. Los años se van llevando las fuerzas. La cuestión es que la fiebre le ha retrotraído, de alguna forma, a los lejanos años de su adolescencia; ha vuelto a experimentar aquellos despertares del espanto, bañado en sudor, aterrorizado por el horroroso final de la alucinación febril; desde el día aquel en que llevó a su padre la comida a la obra. Recuerda que, con anterioridad, en la niñez, el final de los sueños febriles era otro: fuese cual fuese el sueño el despertar se producía al caer al vacío; el final era siempre la absoluta angustia de la caída, hasta despertar y encontrar el alivio del contacto materno.

José cree que fue un día durante las vacaciones de Semana Santa. No puede determinar el año exacto, pero debió de ser en torno al año 1958, sí, debió de ser ese año; estaría en primero de bachillerato, sí, el primer año en que cada asignatura la daba un profesor distinto, recuerda. De lo que no tiene dudas es de que ese día nevaba. Por entonces en Madrid todos los inviernos nevaba varias veces, y todas las nevadas eran una fiesta infantil. Recuerda que ese día nevaba porque no le hizo ninguna gracia el encargo de su madre: tienes que llevar a tu padre la comida a la obra, se la ha dejado en la cocina. Su madre le hizo una puntillosa descripción del recorrido hasta el lugar en el que, en ese momento, trabajaba el padre, y se la repitió al menos ocho veces: … coges el tranvía… en… tres paradas… te bajas en… Pero al llegar a la parada José decidió que para tres paradas se iba andando, y así pisaba algo la nieve.

Por aquel entonces poco o nada sabía José del trabajo de su padre. Sabía que trabajaba en las obras, en una empresa de pocería, pero desconocía por completo en qué consistía su trabajo. Alguna vez le oyó decir que estaba en esa empresa desde que vinieron del pueblo, poco después de nacer él, y que se había cogido a lo que pudo, en la construcción que es lo que había, y dentro de esta en lo que nadie quería, pues su oficio siempre había sido el del campo.

―Soy el hijo de…, vengo a traerle la comida.

―Pero hombre, tu padre ya comió, a la una, a la hora que comemos en este oficio. Comió de lo de todos. Ven, te llevaré con él.

Era un sótano sin apenas iluminación; en el muro que debía corresponder a la calle, José vio un agujero a media altura del que salía una luz tenue; entre el nivel inferior del agujero y el piso había una escalerilla de cuatro o cinco peldaños desde la que un hombre, en la boca del boquete, tiraba de una cuerda y extraía una espuerta con tierra, la vaciaba en una carretilla y volvía a introducirla en el agujero; tras una interjección del operario la espuerta desaparecía traccionada por otra cuerda hacia el interior.

―Asómate y saluda a tu padre, está ahí dentro.

José subió los peldaños y se asomó al interior del boquete, le llegó un cálido y húmedo olor a tierra. Tras el grueso del muro comenzaba una excavación abovedada en el terreno. A unos cuatro o cinco metros la luz de una bombilla recortaba la figura de un hombre de rodillas que ocupaba toda la sección excavada; con una pequeña herramienta iba picando el terreno y rellenando la espuerta con la tierra extraída. Una angustia desconocida atenazó a José, que incapaz de decir palabra bajó los peldaños de la escalerilla.

― ¡Pepe! que está aquí tu chico…

Y vio a su padre salir, retrocediendo de rodillas, de aquella especie de tumba donde se ganaba la vida.

Desde aquel día sus sueños febriles terminan en el justo momento en que las tierras de la mina comienzan a desprenderse, abrazando su cuerpo arrodillado.










  

martes, 22 de octubre de 2019

No parece haber lluvia que nos lave









Al amanecer el olor era tan puro que daba lástima respirar.

Gabriel García Márquez

El mar del tiempo perdido
(1961)







l agua ha lavado lo que el agua puede lavar, y el mundo parece nuevo, casi reciente. Cuando escampa y se abre algo el cielo, José se decide a salir y encaminar sus pasos por la cuesta que a diario le lleva al mesón de Rojo. Ha llovido mucho, pero la tierra sedienta apenas deja regueras ni charcos; el páramo no tiene agua que no se beba él, ni que le sobre para mandar al Yebro seco.

Al entrar en el mesón el viejo maestro siente que la nitidez del mundo nuevo se queda a la puerta, dentro está el tufo rancio de la vieja España. José se sienta a su mesa de todos los días y observa, recortada en el contraluz de la ventana, una sombra de greñas coloradas que perora entre aspavientos; no tarda en reconocer al Rojo de Valderas. Agustín Alonso Rubio tenía pelo bermejo y era natural de ese pueblo, en la comarca por donde León se adentra en la Tierra de Campos; de ahí su sobrenombre. Durante el Trienio Liberal, entre 1820 y 1823, Agustín levantó una facción de cincuenta hombres que cabalgaron por León y Castilla al viejo grito de diospatriarey, defendiendo el absolutismo que amparaba la Iglesia. Para unos fue un ladrón faccioso, y para otros un héroe de ardiente amor a la religión y al rey. Los constitucionalistas lograron capturarle, y el doce de febrero de 1823 le dieron garrote en Valladolid, en el Alto de San Isidro, y allí mismo le sepultaron. Unos meses después, el trece de julio, la Iglesia rescató el cuerpo de su defensor, y en solemnísima ceremonia lo trasladó a la iglesia de San Andrés, donde fue nuevamente sepultado bajo pomposa lápida loadora de sus gestas. Lapida que fue destruida posteriormente, sin que en la actualidad se tenga noticia del paradero de los restos del bermejo faccioso.

Sentada a la mesa, junto a la ventana, otra sombra escucha la aspaventera perorata del pelirrojo, en silencio, con la sonrisa del que está de vuelta. El viejo maestro sabe de quien se trata, ha charlado con él en otras ocasiones. Victoriano López Rubio, del Partido Comunista, ganó las elecciones de 1933 y fue elegido alcalde de Valderas. Los intentos de poner en practica sus ideales sociales bajo el amparo de la legislación de la República, llevaron a que el pueblo fuese conocido en la región como Valderas la Roja. El veinticuatro de julio de 1936 una fuerza compuesta por trescientos individuos, entre los que había militares, falangistas, requetés y guardia civil, entra en Valderas. Tras los saqueos, registros y persecuciones se llevan a doscientas personas detenidas. Cien son fusiladas. Victoriano López muere apedreado tras atroces torturas, en las que no faltó grabarle a fuego un INRI en la frente.

José sale del mesón en busca de aire. Extiende la mirada por la amplitud del paisaje de nubes y páramo. Hincha sus pulmones en un intento de limpiarse el alma de los posos que hoy le han dejado las sombras visitantes. Seguimos igual ―piensa―, no parece haber lluvia que nos lave.

















jueves, 10 de octubre de 2019

La meditación del barrendero










uatro mil años llevan sonando en el mundo los cánticos del barrendero de este pueblo. Mantras védicos. Sánscrito, sánscrito védico. El idioma de los dioses. Y uno no es capaz de reconocerlo; no sabe nada al respecto.

la repetición de estrofas, de sonidos, el ritmo, ayudan a la mente en la liberación de lo material, facilitan la meditación. Es como ese cabeceo de los judíos al rezar, las letanías o la aparentemente absurda repetición de avemarías de los católicos. La meditación me ayuda mucho. Hago mi trabajo mientras entono las ancestrales salmodias que ponen mi espíritu lejos de la basura que recojo. Hasta que llega la hora de cambiar la escoba por los pinceles y mi otro yo del día se enfrenta al lienzo…

No he vivido nada que pueda acercarme a las experiencias del barrendero. Mientras me habla recuerdo aquellos rosarios del fin del día en el colegio; teníamos perfectamente cronometrado lo que duraban con cada fraile. Ninguno se acercó nunca a las marcas del pequeño de aquellos dos hermanos. Recuerdo que también se le daba bien el frontón. He oído que después de la frontera del 75 dejó los hábitos y se casó con la hija de un fabricante de pegamentos vecino del colegio.

Nunca sentí los efectos de la repetición de avemarías.

El barrendero sigue adelante con su escoba, su pala, su carrito, su cántico y su meditación. Y yo me quedo con mis limitaciones, con la falta de esas experiencias.

Gracias, amigo barrendero, por tus ratitos de charla, por condimentar algo el gris de cada día.

















      

domingo, 29 de septiembre de 2019

En Barajas











E
spero, en la agitación de gentes, sonidos y colores del Barajas de nuestros días, un avión que trae de Bogotá a uno de mis hijos. Observo a las gentes que se mueven hoy por el aeropuerto y comparo con imágenes de ayer que me trae la memoria.

Cuando yo era niño, los madrileños de pocos posibles hacíamos excursiones a Barajas para ver los aviones. Nos asomábamos a los ventanales sobre las pistas en aquel edificio que aún perdura, y que substituyó al primero ―con aspecto de club privado para pudientes― que hizo Luis Gutiérrez Soto. Don Luis lo hacía casi todo en aquel tiempo, antes de la sublevación militar. También observábamos a aquellos seres distintos, de película, aquellos seres que viajaban en avión y circulaban por el aeropuerto seguidos por un mozo que transportaba sus maletas; aquellas maletas adornadas con pegatinas de hoteles que atestiguaban el andar por el mundo.

Hoy, Barajas es algo muy distinto. Veo pasar un multicolor río de rostros andinos o caribeños. Gentes que llegan a España, desde la desquiciada América Latina y su hiriente desigualdad, en busca  de una vida mejor. Poco que ver con las imágenes en blanco y negro de aquellos españoles que marcharon a América durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, huyendo del hambre y la miseria, en interminables travesías del Atlántico. Poco que ver también con los autobuses cargados de españoles de boina y maleta de madera, saliendo hacia la esperanza europea en los años sesenta del siglo pasado.

Sí, todo es muy distinto; y no está claro que mejor. El desenfrenado tráfico de aviones que hoy quema gasolina sobre nuestras cabezas apenas transporta ya privilegiados que peguen etiquetas de hoteles en sus maletas. Transporta masas de turistas movidos por los reclamos de la industria, gentes a las que suele importar un rábano lo que van a ver, y les basta con alguna autofoto para enseñar a los amigos y testificar su viaje. Y transporta emigrantes hacia la siempre hostil tierra ajena. Es el caos social de nuestro tiempo, la modalidad de turno, pero siempre el eterno caos social inherente a la condición de los hombres.

















sábado, 21 de septiembre de 2019

El canto del barrendero








n este mundo que se nos ha venido encima, una de las cosas que van desapareciendo son las peluquerías de caballeros, esas de toda la vida, aquellas barberías con su chisme giratorio de franjas rojas y azules. Algo creo recordar haber leído sobre el azul de las venas, el rojo de la sangre y la antigua ocupación adicional de los barberos: la de sangradores.

Pues resulta que el otro día acudí al establecimiento que ─en este pueblo en que moro─ más se aproxima a mi vieja idea de lo que es una peluquería para hombres. Es un lugar en el que te admiten aunque no tengas pinta de hipster al que sacarle los cuartos, y en el que no te preguntan si tienes cita previa, tan solo te informan de los clientes que tienes por delante. Ante la demora prevista, que suele ser poca, el cliente puede optar por leerse el periódico, participar en la charla genérica del local, o ir a tomarse un chato en la tasca de enfrente.

Servidor optó por salir a la acera y pegar la hebra con el barrendero municipal, que allí actuaba en ese momento. Es un señor al que saludo habitualmente, pero con el que nunca había charlado; un hombre que debe de estar al final de la cincuentena, delgado, con una amplia boina cuidadosamente colocada. Lo que más llama la atención en él es que acompaña de continuo su trabajo con el canto o recitado de una especie de salmodia repetitiva, en un idioma que no he logrado identificar; si es que se trata de un idioma.

Tras unos previos escarceos verbales, y cuando ya estaba dispuesto a preguntarle sobre su perenne cántico, el señor decidió tomar las riendas de la charla, y aprovechando un comentario mío sobre aquel dibujo de Mingote del barrendero que mira a lo alto esperando la caída de la última hoja que queda en el árbol, me dice:

Buen dibujante, Mingote; se le echa de menos. Hoy tenemos al gran Roto, el Ops de finales del franquismo en aquellas revistas en que empezamos a ver algo de luz… Buen dibujante El Roto, un dibujo eficaz. Yo es que soy licenciado en bellas artes ―¿sabe usted?― y cuando dejo la escoba cojo los pinceles. La cuestión es que yo soy todos mis heterónimos, que son muchos y con personalidades muy distintas, con conceptos de la pintura muy diferentes. Un día soy alguien con una visión del mundo que se expresa en un posimpresionismo, y ese alguien tiene nombre y firma sus obras. Otro día soy un estructuralista que mezcla materiales heterogéneos sobre una superficie, tratando de definir conceptos. Y de eso puedo pasar a la abstracción más inmaterial… Todos mis alter egos están en mí, pero yo no puedo influir en ellos, tienen su vida propia, solo soy su vehículo, un mero espectador de lo que hacen mis manos guiadas por la personalidad de ese momento.

Y ese es el momento en que el barbero se asoma a la puerta y anuncia mi turno. Me despido del barrendero, del señor licenciado, pidiéndole una postergación de la charla para otro día.

Un rato después, en la reunión del aperitivo de los jubilados, me toca una salmodia bien distinta. Hay un personaje que reitera machaconamente mantras como su condición de socialista, sus sapiencias en marketing y algún ing más, sus importantes cargos en distintas empresas, su condición de divorciado arruinado por se ex y un juez, su odio a podemitas y similares, etcétera, etcétera. Pero hoy toca, nada más y nada menos, que una encendida defensa de la pena de muerte.

―Y tú eres socialista…
― Socialdemócrata de toda la vida, y militante.
―Ya…

Y servidor se acuerda de la charla con el barrendero municipal. Hay que recuperarla.



















domingo, 8 de septiembre de 2019

El año de las dos primaveras










onde no hay mañana no tiene sentido la memoria, y en estos días el recordar es cosa de viejos lelos, como yo. Quedamos pocos con recuerdos del mundo anterior. Quedamos pocos con esta absurda manía de recordar.  Ya solo quedo yo de aquel grupo que llegamos juntos a refugiarnos en este rincón, donde quedaba gente y parecía posible la vida o algo parecido a la vida anterior.

Donde no hay esperanza no tiene sentido la ley ni acuerdo ninguno de organización social. Donde no se espera nada, justicia es un concepto vacío.

El año de las dos primaveras fue aquel en que se evidenció el tan anunciado caos. A partir de entonces todo se nos vino encima muy deprisa. Aquel fue un año de récords, de lo que entonces se consideraban récords: el invierno más seco y el verano más caluroso desde que había registros; también se quemaron más bosques que nunca antes y hubo más ciclones y más inundaciones.

Y sí, en realidad ese año hubo dos primaveras. A mediados de agosto las plantas caducifolias habían perdido sus hojas o las tenían ya secas. Finalizando el mes bajaron algo las temperaturas y las yemas del año siguiente comenzaron a abrirse. En septiembre estábamos en plena floración primaveral. Los insectos polinizadores no pudieron adaptarse al cambio, pero algunas plagas de chupadores y de hongos se desarrollaron con desusada violencia.

Fue la primera primavera sin algarabía pajaril.

Y el invierno no llegaba.

Después fue esta nada en espera de la muerte.