lunes, 29 de abril de 2019

Otra generación










Traigo a primer plano el comentario de Marcos a mi entrada de ayer. Llega en una tarde electoral en que parece que la inteligencia colectiva ─que no existe, naturalmente─ ha acertado.
Que una generación ─o parte de ella─ sea excluyente con las anteriores, supongo que tiene que ver con el agradecimiento, más o menos consciente, por lo recibido en herencia.
En fin, vivamos hoy la alegría de habernos librado de lo que nos hemos librado. Por ahora.
Gracias







H
ermoso. Yo pertenezco a una generación que está entre medias de los jubilados del chato y los modernos tatuados. Hubo un tiempo en que para mí no había libertad más feliz que estar en los bares de copas escuchando música atronadora, hablando a gritos y observando otros cuerpos fieramente hermosos y maqueados para la ocasión. Ahora no puedo dejar de identificarme con los jubilados que se van calle abajo en busca de un tiempo que está dejando de existir. Quizá es demasiado pronto para ello, pero entre el chato con huevo duro y salero y el cubata con tatuaje, me quedo con lo primero, aunque preferiría que pudiera ser chato con tatuaje, huevo duro y salero, incluso si tiene que ser con sal rosa del Himalaya u otro esnobismo que ponga sobre la mesa la nueva generación en la transacción histórica. Mi generación no fue capaz de hacerlo y se dedicó a sustituir las tascas por tabernas irlandesas de pinta y cacahuetes o cuarto de rodaja de chorizo de pamplona sobre pan de molde si llegabas pronto. Cuando tuvo posibles, sustituyó las tabernas irlandesas por bares de gin tonics con carta de ginebras, de tónicas, de los ingredientes de la ensalada que había que meter dentro del gin tonic y tapa de cacahuetes con gominolas de colores. Me pregunto a qué región agrícola de España o del mundo favoreció el — seguramente espectacular—aumento de consumo de cacahuetes de mi generación. Gane quien gane las elecciones, por primera vez mi generación contará con un presidente del gobierno. Creí que cuando eso sucediera la política —y el mundo en general— se me haría más comprensible, más cercana. Pero como con las tascas, temo que gane quien gane las elecciones, en la transacción histórica la política se nos llene de tabernas irlandesas, de bares de gin tonics, de gominolas y de cacahuetes. Por eso no puedo evitar dejarme ir calle abajo con los jubilados en busca de un chato de Valdepeñas, un huevo duro y un salero, aunque sea de sal rosa del Himalaya y aunque lo que encuentre no sea en realidad mí tiempo.













domingo, 28 de abril de 2019

Otra escena









os comercios que por su singularidad, belleza o antigüedad se hacen merecedores de algún tipo de protección en las ordenaciones urbanísticas, suelen tener vida efímera. Los intereses particulares, unidos a la inoperancia ―genérica o puntual― de las autoridades municipales, suelen imponerse a los intereses públicos. El caso de la vieja taberna con la que da este grupo de jubilados paseantes por los madriles, es un caso de muerte distinta.

El fundador, allá por mediados del siglo XIX, debió de gastar sus buenos cuartos en la decoración cerámica de la taberna. Son azulejerías con grutescos renacentistas unas y con arabescos otras, pero todas de buena factura. Algún paño parece de otra mano, quizás más antiguo, recuperado de dios sabe dónde. Infrecuentes avatares del destino han permitido que la vieja tasca se mantenga intacta a lo largo de tantos años. Con la muerte del último propietario ha estado cerrada durante un tiempo, y al encontrarla abierta y aparentemente intacta, el grupo de viejos acude al reclamo del tiempo pasado. Nada más entrar se dan cuenta de que el escenario se mantiene, sí, pero se representa otra escena. Una musiquilla atronadora rebota en los alicatados y se clava en el cerebro. Por si a los ancianos les quedaba alguna duda del cambio en lo escenificado, una joven, tras el mostrador, los mira con una clara interrogación en los ojos: Y estos… ¿qué coño hacen aquí?

­­­―Ponnos unos chatos, maja.
­―¿Unos qué?
―Chatos, unos chatos…, vasitos…, vasitos de vino…
―¿Rioja o Rivera?
―Valdepeñas, guapa, Valdepeñas.
Deso no hay.

Unas uñas de largo inusitado, decoradas con relieves y colorines, dificultan el trabajo de la muchacha. En los dedos, cabalísticos signos tatuados en cada falange. Por manos y brazos se enredan imágenes que trepan hasta ocultarse en la camiseta, saliendo por el escote y ascendiendo hasta el cuello en una amenaza de ahogo. La mucha piel que la niña deja al aire es una recargada alfombra de amanerados dibujillos en dos o tres colores.

La clientela del local son jovencitos de estudiadas vestimentas, pelos teñidos, aretes perforantes y tatuajes, muchos tatuajes; una inquietante uniformidad. Todos han suspendido sus conversaciones y miran a los viejos como si viesen aparecidos.

―Oye, maja ¿y tapa? ¿no nos pones una tapita?
―Aquí no hay deso; esto es pa jóvenes, pa copas y eso…
―Pues no, eso no queremos. Que nos hemos equivocado, está claro. Pero ya, ya nos marchamos. Mira a ver qué te debemos. Solo te voy a contar una cosa, si me permites: hace medio siglo, ahí, donde tú estás ahora, estaba un tabernero que por entonces tendría tu edad; un tío simpático con una sonrisa para todo el mundo, jóvenes o viejos, que de todo entraba en la taberna. Ah, y te ponía unos chatos de un estupendo Valdepeñas; con un huevo duro y un salero. Sí, con salero.

 Adiós maja, queda con dios.

Y los viejos se van calle abajo, a la búsqueda de un mundo que desaparece.







 


   

jueves, 4 de abril de 2019

El sótano del carbonero











A
quel tizne satinado que tenía en la piel Quintín, el carbonero, se fue extendiendo a cuantos vecinos se refugiaban de los bombardeos en los sótanos de su establecimiento. No era el refugio oficial, pero aquellas bóvedas viejas y profundas daban confianza a los inquilinos de la casa, que allí bajaban, fuese día o noche, tan pronto oían el ulular de las sirenas. Rosendo, el maestro de obras que vivía en el segundo B, decía que la casa se había construido sobre los restos de un antiguo convento, y que esos espacios eran las criptas en que se enterraban los frailes. Cuando las explosiones eran cercanas las bóvedas temblaban como piel de tambor, y las juntas de las dovelas dejaban escapar el polvo de carbón acumulado en sus intersticios, tiznando la piel de los que allí pasaban sus miedos con la dignidad de que eran capaces.

Cuando cayeron las primeras e inesperadas bombas sobre Madrid no hubo sirenas ni avisos, y pillaron a los vecinos de tertulia, frente a la carbonería, mirando curiosos como se recortaban en el cielo las formas geométricas de aquellos aviones aparentemente lentos e inofensivos, portadores del aún desconocido horror que había de hacerse consuetudinario. A las primeras explosiones la gente entró instintivamente en la carbonería y Quintín los condujo al sótano. Aquel primer día una bomba cayó en la inmediata plazuela, y cuando los refugiados se atrevieron a salir llevaban en sus ojos el pavor que les dejó el estruendo del mundo al rasgarse. Ya en la calle fue aquel olor que los acompañaría durante muchos meses; fueron los cristales rotos, el humo, los cierres de las tiendas reventados, las puertas arrancadas, las heridas de la metralla en las fachadas, la sangre de los cadáveres empapando los escombros, el agua fluyendo de las tuberías rotas y llenando los cráteres de las bombas, los chorros de fuego emanados por los conductos rotos del gas… Y el espanto, el espanto en las gentes titubeantes y atónitas que rodeaban el cadáver de una mujer con las faldas levantadas, decapitada por un farol caído, a la vista su intimidad en absurdo escorzo hasta que un anciano, con delicado gesto, se agachó y bajó sus faldas…Y el olor, aquel olor.

Doña Irene, la inquilina del primero B, se quedó viuda a pocos días de empezar la guerra. Don Andrés, su marido, murió en el patio del colegio donde ejercía su oficio de maestro, tiroteado por un “paco” desde un edificio cercano. Irenita, la hija de este matrimonio, cumplió los nueve años pocos días antes del primer bombardeo. Aquel día la niña hacía sus deberes escolares en el mirador de su casa, cercano a la plazuela en que cayó la bomba. Al horrísono crujido siguió algo que ella explicaba como el manotazo de un gigante estrellándola contra la pared que tenía a su espalda y lanzando sobre ella todos los cristales del mirador. Siguió el silencio y un agudo pitido que se hundía en su oído derecho. Un vidrio triangular estaba clavado en su cuaderno, y unas gotas de sangre manchaban su reciente trabajo. Girando los ojos, lo único que se atrevía a mover, veía también cristales hincados en el yeso de la pared, junto a su cabeza. En el antepecho del mirador, incomprensiblemente, un tiesto con un geranio permanecía en su aro, intacto. Cuando fue capaz de moverse, Irenita se acercó al tiesto, lo sacó del soporte y lo abrazó contra su pecho. A partir de aquel día no hubo forma de separar a la niña del geranio. Lo tenía en el regazo mientras leía; lo colocaba en la mesa a su lado mientras trabajaba en los cuadernos, o mientras escogía las lentejas escuchando las instrucciones de la madre: las piedras, Irenita, quita solo las piedras. También llevaba su geranio a las interminables horas en las colas, guardando turno a la espera de algo comestible. Y ya para siempre fue: Irenita, la del geranio.

Don Querubín, el médico, vivía con su familia en el primero A. ―Desengáñese usted, doña Irene, la niña no volverá a oír por este oído, pero hay que tratar de quitarle el pitido. Vaya usted con esta nota a que la vea este colega que le anoto.― A don Querubín le costó sacar a Irenita de la postración en que cayó cuando el hambre hizo soñar a la niña que se comía el geranio, su amado geranio. Fue más o menos por los días en que detuvieron al médico y se pasó una semana en la checa en un sí me fusilan no me fusilan. Ese día, don Querubín, al llegar a casa, se sentó en el umbral del portal para hacer recuento de los beneficios obtenidos en las visitas a sus pacientes: un puñado de garbanzos, dos patatas… y una estampa de Santa Rita que cayó al suelo en el momento en que pasaban dos milicianos. Lo de la estampa pareció a los remigios razón de peso para detener a tan sospechoso individuo, y lo condujeron a la checa de Fomento. El coraje de la mujer de don Querubín y las relaciones del carbonero Quirce con la FAI, sacaron al médico de prisión.

Doña Pura, santanderina ella, era viuda de un sargento de caballería (viuda de todo el escuadrón, decían lenguas afiladas) y regentaba la pensión Sotileza, en el piso tercero. A doña Pura le gustaba presumir de lo que proliferaba su imagen por los museos de la geografía patria; lo que se debía a su oficio de juventud: modelo de artistas; ―¡solo de los mejores!― solía apostillar. Al comenzar la guerra el único huésped que quedó en la pensión fue un griego, el señor Kafkis, domador de fieras en un circo instalado por aquellos días en un solar en la zona de San Francisco, asomándose a Las Vistillas. Sus compañeros salieron de España escopetados, pero el griego se quedó tratando de salvar a sus animales. Les dio de comer mientras pudo, que no fue mucho tiempo; después, algunos fueron sacrificados por los guardias de asalto y otros trasladados al zoo del Retiro. El señor Kafkis negoció un entente de algún tipo con doña Pura, y se quedó en la pensión acompañado por un pequeño mono ―siempre tiritando de frío y abrazado a la barriga del griego― y una enorme serpiente que aterrorizaba al vecindario.

A principios de 1937 doña Pura admitió en la pensión a una familia de refugiados que estaba viviendo en el Metro. Le habían sido recomendados por un sindicalista al que no convenía contrariar. Eran personas muy humildes, en un estado de necesidad extremo. Con la escueta pero generosa solidaridad vecinal y los tratamientos de don Querubín, en unos meses parecían otros.

En el sótano, los vecinos tenían varios platos con lamparillas de algodón y aceite en sustitución de las lámparas de carburo de Quintín, para las que no se encontraba combustible. Habían dispuesto banquetas y sillas a los dos lados de la bóveda. En el centro, sobre unos cajones, las lamparillas y alguna botella de cazalla que aportaba el bueno del carbonero. Más o menos todos tenían sus sitios fijos, aunque la norma general era ponerse lo más lejos posible del griego por el plus de miedo que aportaba la serpiente que colgaba de su cuello. Aunque no era lo peor que colgase de su cuello, lo peor era que apenas comenzaban las explosiones, las ratas, enloquecidas, corrían por todo el recinto, y la serpiente se descolgaba sigilosa de su percha humana para procurarse el sustento que el heleno ya no le aportaba. Y no era la única cacería que allí tenía lugar. Al igual que las ratas, las cucarachas se desquiciaban con los temblores, salían de sus escondrijos e iniciaban unas absurdas carreras en círculos. Ese era el momento esperado por Ramoncín, el niño de los refugiados, un chaval pelopincho que recorría el recinto cogiendo los insectos con habilidad y guardándolos en una caja de zapatos. Nadie quiso saber nunca sobre el fin de aquellos bichos. Y en medio de toda esta actividad, doña Pura, con los ojos en blanco, rezaba la letanía: Regina pacis; y un leve murmullo le contestaba: Ora pro nobis; mientras el mono, aterrorizado, lanzaba su cri-cri de grillo. Entre el eco de las explosiones y los estremecimientos de la bóveda.

El día en que una bomba derruyó la fachada de la casa contigua, los congregados en el sótano dieron por hecho que de allí no salían. Y para terminar de ambientar la escena sucedió que un panderete que cegaba un viejo arcosolio no resistió las torsiones y se derrumbó, cayendo los escombros y las carcomidas tablas de un ataúd sobre las espaldas de algunos de los refugiados. Las temblantes lamparillas iluminaron los restos de un fraile con un rosario entre sus dedos momificados.

Peor defensa que los bombardeos aéreos tenían los de la artillería que machacó Madrid desde la Casa de Campo, pues no había posibilidad de aviso previo. Sin embargo, los madrileños se acostumbraron a vivir con ese continuo riesgo; aprendieron a sortear las zonas más castigadas y a circular solo por las calles desenfiladas. Pero la realidad era que los cañones mataban más gente que los aviones. Uno de estos proyectiles terminó con la vida de don Rosendo, el maestro de obras, en marzo o abril del 37; estaba el hombre trabajando en un desescombro para sacar a la gente aprisionada en un refugio, cuando estalló un obús que había quedado encajado en una reja.

Doña Irene es muy anciana. La viveza de sus ojos anuncia lo despierto de su inteligencia y su memoria. Unas manos activas, deformadas por la artrosis, marcan el ritmo de su discurso. Me habla en su casa, en un pueblecito cercano a Burdeos, rodeada de libros y papeles.

... he dedicado mi vida a la enseñanza… como mi padre… he sido profesora de matemáticas durante medio siglo… desde mi jubilación dedico mi tiempo a disciplinas más humanistas… cosas de la vejez… mi madre pasó dos años en la cárcel… la mujer del maestro… estuve en un internado que he tratado de borrar de la memoria… escapamos a Francia…estudié… me casé… he vivido... España es un país duro con sus hijos… vuelvo a menudo… a todos nos tira el lugar de nacimiento… me descorazona… la desigualdad… la injusticia… me asustan esos muchachos de capucha, mirada torva y perro de esas razas que comen niños… tratan de asustar a la sociedad que no les da nada… y los señoritos… regresan esos señoritos patrioteros y fascistoides… y los insolidarios burgueses catalanes… poco libro y mucho dinero… mala combinación… parece que ya tocan a rebato, a terminar con el recreo tras la muerte del tirano… hay que volver a lo de siempre… es un país duro… España… desesperanzador.

Doña Irene tiene un geranio sobre su mesa de trabajo.









domingo, 24 de febrero de 2019

La luna, Flanigan y desasosiegos







H
ace medio siglo —el 21 de julio lo hará—me encontraba yo con unos compañeros bajo una manta que cubría nuestras cabezas y ocultaba un televisor en el que veíamos, con arrobo, la retrasmisión de los humanos pisando la luna. Estábamos en la mili, en una tienda del campamento del Robledo, en la segoviana Granja de San Ildefonso; era hora de silencio y el imaginaria, sentado en el umbral de la tienda, se desesperaba: cabrones, me vais a joder, apagad eso…

Creo recordar que era un lunes, y la víspera, un compañero de posibles había llegado con el televisor para no perderse el acontecimiento. Era el mismo compañero de posibles que tenía una furgoneta Citroën —de una empresa de su familia— que dejaba estratégicamente situada para irnos alguna noche a Cercedilla, tras emocionante escapada por el monte saltando la tapia del campamento. A la gente le gustaba ir a un pijódromo por entonces de moda: Flanigan. Para mí, el verdadero interés del asunto estaba en el hecho de escaparse. La visita a la discoteca no podía compensar la mañana del día siguiente, paseando el mosquetón por el Llano Amarillo sin haber pegado ojo.

Eran tiempos de guerra de Vietnam y de Beatles; de explosiones nucleares en el desierto de Nevada; de esperanzados movimientos estudiantiles y obreros en una España con ley marcial, estado de excepción y universidades cerradas. Y en ese año, el dictador puso el dedo sobre Juan Carlos de Borbón como su sucesor, mientras la político-social tiraba estudiantes por las ventanas.

Hoy, paseando por este pueblo del Guadarrama donde vivo, veo el inmisericorde maltrato del ayuntamiento a una obra de Sáenz de Oiza. Esto me recuerda que, este año, también las Torres Blancas cumplen medio siglo. Sin envejecer.

Si envejecer es perder vitalidad y entusiasmo, España ha envejecido mucho desde el año en que el hombre llegó a la luna. Nos falta juventud ilusionada y nos sobran viejos desencantados y corruptos. Es preocupante ver y oír a insulsos candidatos a la presidencia del Gobierno, realmente preocupante.

Y es triste ver y oír ahora a “los sevillanos” del congreso del PSOE en Suresnes. Salvando lo que hicieron salvable, hoy me parecen viejos ruines, interesados y enrevesados, empeñados en venganzas intestinas.

En aquel año 1969, con motivo del treinta aniversario de la muerte de don Antonio Machado, se reunieron en Colliure un grupo de intelectuales españoles en el exilio. Hoy, escucho que el presidente del Gobierno ha visitado las tumbas de don Antonio y de don Manuel Azaña. Bienvenido sea el acercamiento a esos hombres. Por ahí hay camino.

En fin, dejemos las tristezas y disfrutemos este extraño veranillo que tenemos en febrero. Sirva para ello este cante de trilla de José Carlos de Luna, una sencillez que necesitamos:


Un gazpacho de nieve,
una sandía,
la sombra de la parra,
¡qué güeña vía!


Que dure.








sábado, 2 de febrero de 2019

Papeles viejos











C
on emoción reviso viejos papeles que me introducen en los años de juventud de mi abuelo José. Abro una cajita que debe llevar muchos, muchos años cerrada; en ella mi abuelo guardó algunas de esas insignificancias que nos significan: dibujos de sus nenas, sus primeras letras, un intento de bordado… Hay un cuadernito con anotaciones diarias entre los meses de mayo y agosto de 1918. En esa época mi abuelo ejercía de médico en un pequeño pueblecito cercano a Madrid: Alcobendas. Tenía a su mujer, mi abuela, embarazada, en casa de los padres de él, en Madrid. Mi bisabuelo Nicolás también era médico.

José va anotando el trajín diario de su vida en aquellos días entre Alcobendas y Madrid: el difícil transporte, las caminatas hasta el tranvía de Fuencarral, la consulta, las visitas en el pueblo y las que con frecuencia tenía que realizar ­-­­a caballo- a la Moraleja, donde vivía la familia de la marquesa de Aldama. José anota y cuantifica las horas diarias que logra sacar para estudiar los temas de la oposición que prepara al Ayto. de Madrid, y que aprobó al año siguiente.

José escribe con ese lenguaje que usamos para nosotros mismos, sin pensar en posibles lectores. Yo lo leo con unción, como en un rito de trascendencia a nuestra condición.

Trascribo la anotación del día 25 de mayo:

de madrugada me despierta Matilde, pues tiene algún dolor que resistimos hasta las 6, que se acentúan y avisamos a Soler. A las 9 da a luz una nena que tengo que asistir yo, pues Soler, cuando llega, ya estoy lavando a Matilde; me ayuda papá, que se encarga de arreglar a la nena. Pasan el día bien.

Aquel sábado, 25 de mayo de 1918, llegó al mundo mi tía Cecilia, hermana menor de mi madre, le esperaban las manos de su padre, y después las de su abuelo.

Mi tía Cecilia fue una mujer inteligente, magníficamente formada, con extraordinarias dotes para el dibujo. Fue una buena pintora y una buena restauradora; por sus manos pasaron muchos de los mejores cuadros de las colecciones reales. En la cajita de mi abuelo hay algún dibujo de su infancia.

Seguiré viendo y clasificando papeles. Quien sabe si dentro de cien años alguien se entretendrá de nuevo con ellos; aunque ya no quepa la emoción de lo cercano. Por mí, que no quede. 



    



sábado, 5 de enero de 2019

¿Por qué en Andalucía?















Desde que el mundo es mundo
hemos andado con el ombligo pegado al espinazo
y agarrándonos del viento con las uñas.

Juan Rulfo




P
ues sí, asusta el regreso de la terrible sordidez, del blanco y negro que conocimos los que somos viejos. Todo suena tan rancio, tan oído, tan olvidado. A la sinrazón opusimos la razón y la esperanza… y una juventud que ya no tenemos. Quisimos creer que habíamos vencido, pero todos sabíamos que ahí estaba, lo veíamos, escuchábamos a diario su prepotente altanería. Y ahí estaba. Ahí está el monstruo.

Hay una juventud para seguir la lucha.









Tiempo























En el camino,
entre Pobladura y San Román,
me asalta el tiempo.

No queda polvareda de era ni gemir de noria,
solo queda tremolar de jilgueros
en los cardos,
y algarabía de pardales
en las tejas.

Quizás,
pueda sentir mías
esas tapias que regresan al suelo,
con los alizares desesperadamente asidos
a la tierra.

Me son ajenas formas y colores,
pero queda la nitidez de abril
y los cielos que aplastan…
y el abandono.

Respiro el tiempo
y puede que no exista el tiempo que respiro,
que sea solo idea,
o memoria.
¡Cuán ajeno el ruido y propia la nostalgia!

En el camino,
entre San Román y Pobladura,
me siento al calor de los viejos atónitos,
a respirar el tiempo, en esta extraña tierra
mía.


Nicolás Valdueza







domingo, 30 de diciembre de 2018

Jóvenes y viejos










¿Pero quién me ha mandado a mí querer comprender?
¿Quién me ha dicho que había que comprender?
Alberto Caeiro







A
ntes de que comenzasen a oírse los golpes de la pierna protésica de Ahab, el repiqueteo de aquellos pasos óseos sobre la tarima pulida y blanqueada por años de lejía y asperón, aquel olor había llenado la casa. Hace días que llegó ese olor que Ahab trae del fondo del mar. Es el olor de las dársenas pesqueras, de las lapas recién arrancadas de la roca, de los erizos rotos. Pero el ajado levitón del capitán emana también un tufo rancio, que a mí se me antoja a grasa de cachalote para alimentar bujías. Ni el ajo, el pimentón y el orégano de los costillares adobados que Inés ahúma en la chimenea, pueden contrarrestar el olor del viejo marino que pasea rumiando su obsesión en el reducido ámbito del mesón de Rojo, en la paramera leonesa.

Los arrieros maragatos, con ojos hechos a ver de todo, ignoran al orate. Esos hombres adustos, con sus anchas bragas y sus sombreros de amplias alas, comen las sopas en silencio y mascan la cecina con parsimonia.

El cura de Valdurceda, gordo y colorado, solo tiene ojos y manos para las ancas que ha guisado Inés y que trajo esta mañana Anuncia, la ranera. La salsa picante parece llevar al párroco a un sudoroso éxtasis que le desconecta del entorno.

En la familia de Anuncia siempre ha habido raneros, y frailes, frailes músicos, pues tiene por las américas dos hermanos maestros de capilla. Pero el oficio de ranero está desaparecido. Se persigue mucho, por eso de la protección. La realidad es que apenas quedan charcas, y las pocas que quedan están envenenadas con tanta porquería como se echa hoy al campo. Ya no se oye el croar, en esta tierra.  Anuncia sigue saliendo a pescar algún día; por afición, solo por afición, que compensar no compensa. Casi todo lo que coge se lo come el cura, y más que hubiese. El cura no quiere saber nada de esas ancas chinas, o de donde sean, que ahora venden en La Bañeza. Inés le guisa las de Anuncia, en salsa o rebozadas, que también le gustan. Sixto, el secretario del ayuntamiento, asegura que el pimentón picante hace levitarse al señor párroco, un poquito, lo suficiente para poder pasar un periódico bajo sus posaderas. Eso dice Sixto.

El que sí ha logrado entablar conversación con los maragatos es ese jovencito en el que, oyéndole, he creído reconocer a Juan de Mairena. Su rostro también se ajusta al rasguño que de él hizo José Machado, allá por el año 36 del siglo pasado. El caso es que ese joven ha logrado hacer hablar a los ásperos arrieros de algo más allá de lo práctico de su trajín. ¡Qué guapo y qué joven está mi Marcelino!, dice Nina desde su sillón.

De pronto, un ruido rasga la quietud de este sitio olvidado. Un grupo de chavales veraneantes se acerca al mesón cabalgando sus motos. Entran entre risotadas y aspavientos, espantando toda sombra; tan solo permanece el extasiado cura, con sus ranas. Los muchachos traen los diversos acentos de los lugares a los que sus padres o abuelos emigraron. Los ruidosos jóvenes encajan mal en el decorado y en el paisaje en el que creemos vivir los viejos, y que seguramente ya solo existe en nuestra memoria.

Un cielo de potentes nubes se adueña del horizonte. El retumbar de algún trueno aún lejano y la algarabía juvenil me levantan de la silla y me hacen salir a oler y respirar la tormenta. Me encamino a casa con la luz espectral que precede a las gruesas y sonoras primeras gotas. Un coche para a mi lado; el cura saca su carota colorada por la ventanilla y se ofrece a llevarme a casa; un aliento a vinazo y pimentón me hacen improvisar una torpe escusa. El cura acude a su siesta, quizás en el confesionario, arrullado por la cantinela de alguna vieja contando maldades de su vecina.

Cuando llego a casa, ya llueve. La dulce Angustias ha encendido el fuego. Puedo sentarme junto a la ventana a ver caer la lluvia.





      
        


martes, 11 de diciembre de 2018

El mesón de Rojo








N
ina, la anciana viuda de Marcelino Rojo, insiste en que la figura que suele estar sentada en una mesa al fondo del mesón es su suegro Hermógenes, al que los falangistas fusilaron en el paredón del trinquete el año 39. Yo siempre supe que ese personaje que se recorta en el contraluz de la ventana que da al patio trasero, no es Hermógenes, es Eugenio de Aviraneta. Lo reconocí por las descripciones que de él hizo su pariente Don Pío, en los muchos libros que dedicó a contar las aventuras del conspirador. El primer día que me crucé con su tremenda mirada ya no tuve dudas, aquel menudo señor de levita era Aviraneta.

El mesón de Rojo es una reliquia de tiempos pasados. Hoy día está en medio de la nada, en el camino que sube de Valdurceda hacia el páramo, cruza las vías del tren y baja después hacia la vega del Órbigo. Es el único edificio que queda en pie del pequeño núcleo de construcciones que rodeaban la estación de aquel ferrocarril que dejó de funcionar hace ya más de treinta años. Todas las demás edificaciones ya son ruinas que regresan a la tierra con la que fueron levantadas.

Además del tráfico ferroviario, al mesón le daba vida el ir y venir de las gentes de Valdurceda que acudían a regar sus quiñones, esa ancestral forma leonesa de repartir las tierras comunales de las vegas. Tras pasar el día abriendo y cerrando surcos, repartiendo el agua que vertían los cangilones de la noria, los paisanos hacían un alto donde Rojo, para echarse una parrafada y unos vasos de vino al coleto.

Nada de eso queda. En el mesón viven Nina y su hija Inés, a la que se le fue el marido a poco de casarse. Inés ya es también anciana, pero sus brazos guardan fuerzas para mantener la casa y la poca hacienda que necesita el parco vivir de ella y su madre. Las puertas de la vieja venta siguen abriéndose a diario; se abren a las sombras de ayer y al raro paseante llamado por el cartel de hierro oxidado que el viento hace oscilar en su eje con agrio lamento.

El viejísimo gitano Melquiades, que no pudo resistir la soledad de la muerte, se sienta en una mesa cercana al fuego. Suele acompañarle José Arcadio Buendía, y los dos hablan despacio, casi en susurro, en la penumbra, apenas iluminados por las brasas. Nina ve en ellos a Marcelino y a Hermógenes, y desde el sillón de mimbre en que su ancianidad la tiene postrada, les cuenta lo mal que están los tiempos, y les pide noticias del más allá, sin esperar respuestas.

Cuando me jubilé no supe quedarme en casa, y seguí saliendo a la misma hora de siempre, con mis libros y mis papeles. En vez de ir al colegio cogía el camino de la estación y me llegaba al mesón de Rojo. Hace quince años que lo hago a diario y supongo que seguiré haciéndolo mientras sea capaz de subir la cuesta.

En invierno me siento en una mesa junto a la ventana que se abre a poniente, a la franja verde del Órbigo, a la línea gris y blanca del Teleno y al amplio y cambiante cielo. Allí leo, escribo y me entretengo con las habituales o inesperadas visitas que llegan al mesón. En verano suelo sentarme fuera, bajo la parra del patio, también con el horizonte del mítico Tilenus.

El día está frío y parece que se mete en agua. Creo que esta noche no voy a casa. Me distraigo observando cómo el cachazudo Pereira sostiene ante Inés la fórmula de su tortilla. Puedo ponerle ajo y perejil, y si quiere usted un poco de pimentón, que lo tengo muy bueno; le dice Inés. El lisboeta, horrorizado, claudica, y se come un par de huevos fritos de las gallinas que escarban en el corral. ¡Cuánto has engordado, Marcelino! dice Nina.

Suelo quedarme hasta ver el sol metiéndose tras el Teleno, y bajo al pueblo con las últimas luces. Cuando el tiempo se pone mal, Inés me hace unas sopas de ajo con un huevo escalfado, enciende la estufa del cuarto grande de la planta alta, y me sube a la cama una bolsa con ladrillos de los que siempre tiene junto a las brasas. Agradezco sentirme cuidado. Las tardes de mal tiempo se van haciendo frecuentes.

Hoy no he dormido bien. Quizás por el vinillo con que acompañé las sopas o por la acalorada discusión que en el cuarto se traían Chimista y Shanti Andía. Terminó de desvelarme la irrupción del prepotente Martín Zalacaín, imponiendo su presencia física de pelotari.

 Cuando bajo, Inés ya me espera con un tazón de leche y pan migado. Junto a mí se desayuna el señor David, el cartero, al que durante toda mi infancia y juventud vi subir a la estación con su cartera, a recoger las noticias que traía el tren correo y que luego repartía por Valdurceda. Un poco más allá está Rosendo, el barquero, que ejerció su industria en el río hasta la construcción del puente en los años sesenta del siglo pasado.

Ya apenas echo de menos el colegio. Me encuentro con hombres, apoyados en sus cachavas, a los que enseñé a leer. Me saludan con deferencia y respeto, y yo lo agradezco. Veo pasar los días y las estaciones desde esta ventana del mesón de Rojo. Me he habituado a esta quietud, sin esperar más que la posible novedad en las visitas de cada día al mesón, sin hirientes nostalgias, en este paisaje que amo y en el que siempre he vivido. 





   


  


       


lunes, 12 de noviembre de 2018

Não sou nada









Não sou nada.
Nunca serei nada.
Não posso querer ser nada.
À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo.












Parece que algunos de vosotros habéis gustado mi tímido asomo del otro día al inabarcable mundo Pessoa. Por eso me atrevo a proponeros hoy una otoñal lectura en común de Álvaro de Campos; el mundano técnico que puso en versos algo de la angustia, la duda, el vacío, la añoranza de lo que pudo ser, la introspección del alma Pessoa. El arte y la belleza suelen tener un esqueleto de dolor.






TABAQUERÍA


No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.
Ventanas de mi cuarto,
cuarto de uno de los millones en el mundo que nadie sabe quién son
(y si lo supiesen, ¿qué sabrían?)
Ventanas que dan al misterio de una calle cruzada constantemente por la gente,
calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,
con el de la muerte que traza manchas húmedas en las paredes,
con el del destino que conduce al carro de todo por la calle de nada.
Hoy estoy convencido como si supiese la verdad,
lúcido como si estuviese por morir
y no tuviese más hermandad con las cosas que la de una despedida,
y la hilera de trenes de un convoy desfila frente a mí
y hay un largo silbido
dentro de mi cráneo
y hay una sacudida en mis nervios y crujen mis huesos en la arrancada.
Hoy estoy perplejo, como quien pensó y encontró y olvidó,
hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.
Fallé en todo.
Como no tuve propósito alguno tal vez todo fue nada.
Lo que me enseñaron
lo eché por la ventana del traspatio.
Ayer fui al campo con grandes propósitos.
encontré sólo hierbas y árboles
y la gente que había era igual a la otra.
Dejo la ventana y me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?
¿Qué puedo saber de lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser esas mismas cosas que no podemos ser tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se creen en sueños genios como yo
y la historia no recordará, ¿quién sabe?, ni uno,
y sólo habrá un muladar para tantas futuras conquistas.
No, no creo en mí.
¡En tantos manicomios hay tantos locos con tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna ¿puedo estar en lo cierto?
No, en mí no creo.
¿En cuántas buhardillas y no-buhardillas del mundo
genios-para-sí-mismos a esta hora están soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, de veras altas y nobles y lúcidas-
quizá realizables,
no verán nunca la luz del sol real ni llegarán a oídos de la gente?
El mundo es para los que nacieron para conquistarlo
no para los que sueñan que pueden conquistarlo, aunque tengan razón.
He soñado más que todas las hazañas de Napoleón.
He abrazado en mi pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he pensado en secreto más filosofías que las escritas por ningún Kant.
Pero soy y seré siempre el de la buhardilla,
aunque no viva en ella.
Seré siempre el que no nació para eso.
Seré siempre sólo el que tenía algunas cualidades,
seré siempre el que aguardó que le abrieran la puerta frente a un muro que no tenía puerta,
el que cantó el cántico del Infinito en un gallinero,
el que oyó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? Ni en mí ni en nada.
Derrame la naturaleza su sol y su lluvia
sobre mi ardiente cabeza y que su viento me despeine
y después que venga lo que viniere o tiene que venir o no ha de venir.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
conquistamos al mundo antes de levantarnos de la cama;
nos despertamos y se vuelve opaco;
salimos a la calle y se vuelve ajeno,
es la tierra y el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.
(Come chocolates, muchacha,
¡Come chocolates!
Mira que no hay metafísica en el mundo como los chocolates,
mira que todas las religiones enseñan menos que la confitería.
¡Come, sucia muchacha, come!
¡Si yo pudiese comer chocolates con la misma verdad con que tú los comes!
Pero yo pienso y al arrancar el papel de plata, que es de estaño,
echo por tierra todo, mi vida misma.)
Queda al menos la amargura de lo que nunca seré,
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico que mira hacia lo imposible.
Al menos me otorgo a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
noble al menos por el gesto amplio con que arrojo,
sin prenda, la ropa sucia que soy al tumulto del mundo
y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas y no existes, y por eso consuelas,
Diosa griega, estatua engendrada viva,
patricia romana, imposible y nefasta,
princesa de los trovadores, escotada marquesa del dieciocho,
cocotte célebre del tiempo de nuestros abuelos,
o no sé cuál moderna -no acierto bien la cual-
sea lo que seas y la que seas, ¡si puedes inspirar, inspírame!
Mi corazón es un balde vacío.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus me invoco,
me invoco a mí mismo y nada aparece.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, la acera, veo los coches que pasan,
veo los entes vivos vestidos que pasan,
veo los perros que también existen,
y todo esto me parece una condena a la degradación
y todo esto, como todo, me es ajeno.)
Viví, estudié, amé y hasta tuve fe.
Hoy no hay mendigo al que no envidie sólo por ser él y no yo.
En cada uno veo el andrajo, la llaga y la mentira.
y pienso: tal vez nunca viviste, ni estudiaste, ni amaste, ni creíste
(Porque es posible dar realidad a todo esto sin hacer nada de todo esto.)
Tal vez has existido apenas como la lagartija a la que cortan el rabo
Y el rabo salta, separado del cuerpo.
Hice conmigo lo que no sabía hacer.
Y no hice lo que podía.
El disfraz que me puse no era el mío.
Creyeron que yo era el que no era, no los desmentí y me perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
la tenía pegada a la cara.
Cuando la arranqué y me vi en el espejo,
estaba desfigurado.
Estaba borracho, no podía entrar en mi disfraz.
Lo acosté y me quedé afuera,
Dormí en el guardarropa
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo.
Voy a escribir este cuento para probar que soy sublime.
Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte como cosa que yo hice
y no encontrarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente:
Pisan los pies la conciencia de estar existiendo
como un tapete en el que tropieza un borracho
o la esterilla que se roban los gitanos y que no vale nada.
El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta y se instala contra la puerta.
Con la incomodidad del que tiene el cuello torcido,
con la incomodidad de un alma torcida, lo veo.
El morirá y yo moriré.
El dejará su rótulo y yo dejaré mis versos.
En un momento dado morirá el rótulo y morirán mis versos.
Después, en otro momento, morirán la calle donde estaba pintado el rótulo
y el idioma en que fueron escritos los versos.
Después morirá el planeta gigante donde pasó todo esto.
En otros planetas de otros sistemas algo parecido a la gente
continuará haciendo cosas parecidas a versos,
parecidas a vivir bajo un rótulo de tienda,
siempre una cosa frente a otra cosa,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan cierto como el misterio de la superficie,
siempre ésta o aquella cosa o ni una cosa ni la otra.
Un hombre entra a la Tabaquería (¿para comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me enderezo a medias, enérgico, convencido, humano,
y se me ocurren estos versos en que diré lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarro la libertad de todos los pensamientos.
Fumo y sigo al humo con mi estela,
y gozo, en un momento sensible y alerta,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es el resultado de una indisposición.
y después de esto me reclino en mi silla
y continúo fumando.
Seguiré fumando hasta que el destino lo quiera.
(Si me casase con la hija de la lavandera
quizá sería feliz).
Visto esto, me levanto. Me acerco a la ventana.
El hombre sale de la Tabaquería (¿guarda el cambio en la bolsa del pantalón?),
ah, lo conozco, es Estevez, que ignora la metafísica.
(El Dueño de la Tabaquería aparece en la puerta).
Movido por un instinto adivinatorio, Estevez se vuelve y me reconoce;
me saluda con la mano y yo le grito ¡Adiós, Estevez! y el universo
se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza
y el Dueño de la tabaquería sonríe.