jueves, 11 de junio de 2020

Atalo el Polaco








 
Pedro Criado Juárez.
Óleo sobre tabla.




Todos nós criamos o mundo à nossa medida. O mundo longo dos longevos e curto dos que partem prematuramente. O mundo simple dos simples e o complexo dos complicados.
Miguel Torga






─ Son asuntos viejos. No tiene sentido hablar de lo pasado cuando solo conduce al dolor. La única realidad es la que vivimos en cada momento, o la que imaginamos. Solo existe el pasado que se evoca, y es absurdo hacerlo cuando duele. Sí, en parte somos fruto de lo que hemos sido, no lo niego, sería absurdo negarlo, pero hemos sido lo que la casualidad y el azar han querido, y algo, poco, lo que ha querido nuestra voluntad, algo de nuestra voluntad también ha hecho nuestro yo. Y a eso me gusta agarrarme, al poco yo que debo a mí mismo.

El viejo habla con el agua por las rodillas, los pantalones remangados, en la sombra que unos alisos proyectan sobre el quieto meandro del río donde las truchas se cobijan entre las ovas. Habla mientras se mueve despacio, agachado, los brazos en el agua, los dedos índice y pulgar de las dos manos forman un círculo que va cerrando entre las algas. De vez en cuando endereza el cuerpo y alza los brazos con una trucha aleteando en la presa de sus dedos. La lanza a la hierba de la orilla, donde queda saltando, agonizante.

─ Échala al cubo, muchacho. Ya hay bastantes peces, voy a coger unos cangrejos, en este remanso los hay muy buenos.

Unos metros más abajo una mujer, tapada, solo los ojos al aire, la aguijada que manda posada en el yugo, introduce una carreta de vacas en la barca. Los animales rumian con su tranquila lentitud. El barquero, sin prisa, se apoya en la pértiga que impulsa la barca desde el Valle hacia la Polvorosa. El chirrido del cable es contrapunto al rumor del Órbigo, que baja lento hacia su cercano fin en el Esla. Agosto se remansa en las sombras de la rivera. Fuera de la franja verde el sol cae fiero sobre el campo.

El viejo va pasando las manos, bajo el agua, por el corte del terreno de la orilla, entre las raíces de los árboles rivereños. En unos minutos la cesta que cuelga de su cintura se llena de cangrejos que golpean sus colas y levantan sus pinzas amenazantes.

─ Hay que tener cuidado con las ratas, con este método de coger cangrejos te sueles llevar buenos mordiscos. Y mancan, vaya si mancan. Hay que desinfectarse bien, ¿sabes?

La imagen de aquel hombre ha llamado la atención del muchacho desde que lo vio por primera vez.
 
─ Yo soy algún año más joven que tu abuelo, pocos, pero fuimos juntos a la escuela. Después, nuestras vidas han sido muy distintas.

Le ha llamado la atención el enorme corpachón caminando solitario por el campo, recitando en alta voz, accionando con los poderosos brazos. Y detrás, con el morro pegado a su espalda, el borriquillo cano, sin ronzal, con unas ligeras alforjas.

─ Me gustaría saber qué es lo que usted recita.

─ Horacio, hijo, odas de Horacio es lo que me has oído esta mañana. Lo habrás estudiado en el bachillerato. Huye de inquirir lo que será del mañana, aprovecha bien los días que te concede el destino, y no desprecies las danzas y los tiernos amores; pues eres joven, y la tardía vejez aún no se atreve a marchitar tu lozano verdor. Pero mañana será otra cosa, lo que me venga a la memoria, me inspire el día, o me apetezca decir.

El hombre ha salido del agua, recoge sus cosas y las va metiendo en las alforjas. Silba con los dedos en los labios y el borrico, que pace en un prado cercano, acude en un trotecillo.

─ Toma muchacho, lleva a casa estas truchas y estos cangrejos. Y dale recuerdos a tu abuelo.

Carga las alforjas sobre el borriquillo y comienza el camino de regreso al pueblo. El joven, llevando su bicicleta, camina a su lado. Tras ellos, como un perrito, el asno cano.

─ Yo entiendo tu curiosidad sobre mi estrafalaria persona. Sé de las historias que sobre mí habrás oído y sé de las preguntas que se te agolpan. Ya te digo que hay cosas sobre las que no me gusta hablar, pero me parece que contigo voy a hacer excepciones. Te contaré, pero será otro día, ahora hay que ir a robar unas manzanas ácidas al huerto del tío Quico, son magníficas, no las conozco mejores en la zona.

Al llegar al pueblo toman caminos distintos, no sin antes hacer el viejo su anuncio:

─ Mañana, a eso de las nueve, iré a ver como está de maduración un bacillar que tengo en el camino de San Adrián. También pasaré por el palomar, a coger algún pichón.





Isaac Prieto, allá por 1896, salió del pueblo para ir a estudiar el bachillerato a León. Hizo la carrera en Madrid, y recorrió media España con los escalones de la carrera judicial. Hoy pasa sus días de jubilado en el pueblo que nunca olvidó.

─ Papá, me preocupa que Pablito ande con ese hombre, con Atalo el Polaco. La gente me lo cuenta escandalizada.

─ Nada malo le vendrá a mi nieto de ese hombre, a no ser que la desdicha y la mala suerte sean contagiosas. Más me preocuparía que anduviese con esos escandalizados de que me hablas, Teresa.

─ Pero ese viejo es…

Teresa detiene el sustantivo al ver levantarse las cejas de su padre.

Arcilla cruda en las tapias trulladas y cocida en las tejas, madera de negrillo, cal, almagra, añil y negro hollín, es la casa de los padres que Isaac ha mantenido con mínimas, imprescindibles incorporaciones. La familia de la hija ha puesto al día la parte que ellos habitan en los veranos.






Durante la noche ha ido amasándose una tormenta que no termina de hacerse agua, quedando solo en truenos y remolinos de viento que levantan polvaredas.

─ Ves, el Albillo está maduro, se ha dorado, podemos coger una cesta para comérnoslas. El resto aguantará aquí, endulzándose, hasta que madure la Tinta Madrid. Las pisaré juntas. Le sienta bien el Albillo al tinto, aunque esté ya pasa.
… experimento un regocijo inmenso cuando caigo
en el gaznate de un hombre consumido por su labor,
y su cálido pecho es una dulce tumba
en la cual me siento mucho mejor que en mis frías bodegas.

─ ¿Horacio?

─ No, Pablo, no, Baudelaire. Un francés de algunos años después. También, aunque seas de ciencias, lo habrás estudiado en literatura del bachillerato. Digo yo.

─ ¿Dónde ha aprendido usted tanto?

─ Poco sé, hijo, poco sé. Más bien poco. Saben, las gentes que han pasado la vida estudiando, como tu abuelo. Ese poco lo aprendí, a salto de mata y de mala manera, donde he pasado muchos años, en la cárcel, como bien sabrás. Allí aprendí bueno y malo. Y esto último te aseguro que abunda más.

Un prolongado trueno desgarra el cielo de nubes que domina el paisaje. Gruesas gotas comienzan a mojar el suelo reseco de la viña.

─ Tengo una lona en las alforjas. Vamos a guarecernos o nos empapamos.

Bajo la lona, el joven y el viejo ven caer el agua que la tierra se bebe con ansia. Aspiran los aromas de la tormenta, mirando revivir los verdes de las huertas linderas al arroyo que discurre en el fondo del pequeño valle, y que a estas alturas del verano solo es rosario de charcas raneras.

─ Mal viene este aguacero a los que andan en la poca trilla que quede aún. Yo no siembro cereal. La tierra de secano que tengo se la dejo a unos vecinos. Me dan algún saco de trigo con el que tengo pan para todo el año, algo de paja para el borrico y cebada para las gallinas. Yo poco necesito. Cuando salí de la cárcel y regresé al pueblo, no tenía nada. Mi mujer ya había muerto hacía años, de pena, de soledad. Mi casa estaba ocupada y mis tierras labradas por otros. Lo recuperé todo, a tortas. No tenía otro medio. O recuperaba lo mío o volvía a la cárcel. Lo recuperé. Algunos me siguen teniendo miedo. Más vale. También encontré gente buena que me ayudó. Mira, parece que escampa, vamos a aprovechar para llegarnos al pueblo.





El cuarto donde pasa sus días Isaac Prieto es un caos de libros y papeles, donde hace años que nadie pone un orden distinto al existente en la cabeza del viejo juez. En realidad, toda la casa da un cierto aspecto de caos. Los muebles aldeanos que siempre han estado allí se ven ahora mezclados con los traídos de la vivienda madrileña, cuando Isaac, viudo y jubilado, quiso regresar al pueblo. La espetera con los platos de su abuela está ahora sobre un decimonónico mueble francés. Los cromos de faisanes muertos, los Sagrados Corazones de colorines y los santos de escayola se reparten espacio con la pintura moderna que el juez ha ido coleccionando durante su vida. Sin embargo, en lo que podría parecer un amontonamiento de almacén, se respira un tranquilo, buscado y ordenado desorden, en el que pueden leerse las distintas vidas de la gente que por allí ha pasado.        

─ Abuelo, Atalo me ha pedido que te trajese estas uvas. Te tiene mucho respeto. Pero yo no termino de enterarme de por qué estuvo en la cárcel.

─ Atalo tiene algún año menos que yo, coincidimos en el colegio hasta que, con nueve años, yo me fui a hacer el bachillerato a León. Le recuerdo como un niño avispado, hábil para todo lo práctico, y fuerte, muy fuerte. Don Servando, el maestro, le tenía aprecio; además era amigo de su padre, republicano y socialista, como él. Después, nos veíamos durante mis vacaciones de verano. Nunca llegamos a ser grandes amigos, pero siempre le respeté por su ganada fama de hombre honrado, al menos entre los más humildes del pueblo. Los años de la guerra subsiguiente a la sublevación militar del año 36 fueron muy duros para esa familia. Esta no es tierra de grandes latifundios ni poderosos señoritos, pero la gente del lado llamado nacional se lo hicieron pasar muy mal a las personas con alguna significación durante la República por ideas o cargos, o simplemente por tener un oficio sospechoso en sí mismo, como el de maestro. Los padres de Atalo murieron en esos años. A él no llegaron a movilizarle, por edad, como a mí. Cuando en el año 39 comenzaron las barbaridades con que los ganadores celebraban la victoria, Atalo temió por su vida. Dejó a la mujer con su familia y se fue al monte con las partidas formadas por resistentes, desertores del bando ganador, y temerosos de la represión, como era su caso.

─ Abuelo, me gustaría saber algo más sobre esta guerrilla, sobre el maquis. ¿Tienes algo que me puedas dejar para leer?

─ Como puedes comprender nada se ha publicado aquí que no sea mera propaganda del Régimen. Hoy día todo son pasquines. Ya te daré alguna información. Pero lo que debes tener en cuenta es lo que siempre te digo, Pablo: cuidado con quién, dónde y de qué hablas. Abre el ojo y esparrama la vista. Ya me entiendes. Te decía que Atalo marchó al monte con la guerrilla. Creo recordar que ya llevaba dos años allí cuando un día decidió llegarse al pueblo para ver a la mujer. Sabía de ella por algunos contactos y por medio de estos le aviso de su llegada. Por la razón que fuese la Guardia civil se enteró de la visita y le estaban esperando. Seguí su proceso, y quizás algo pude ayudar para evitar su fusilamiento. Cualquiera en el lugar de este hombre sería un loco o un resentido. Él no es ninguna de las dos cosas.





─ Buenos días, Pablico, ¿Cómo van tus estudios? Era para ingeniero lo que tu estudiabas ¿no?

─ Sí, señora Adelina, estudio ingeniería industrial.

Doña Adelina, vecina de los Prieto, es una enlutada y sonriente anciana de sonrosadas mejillas. Está sentada a la puerta de su casa, en su silla de enea, con su labor de bordado, que guarda en un escriño.

─ Todos los de tu familia han sido buenos para eso del estudio. Te veo que andas al campo con el Polaco. Es un buen hombre. Necesita compañía. Aprenderás cosas…

─ ¿Por qué le llaman el Polaco, doña Adelina?

─ Uy, hijo, eso es largo de contar. Si te sientas te cuento lo que yo sé. Saca una silla de casa o aquí, en el poyo, donde prefieras. Mira, cuando yo era niña aún íbamos al filandón, en invierno, cuando había poca tarea, en las casas que tenían cocinas grandes, hilábamos, oíamos a los viejos, y sobre todo mirábamos de reojo al mocerío, a ver cuál nos miraba o cuál nos gustaba. Pues por entonces aún se hablaba y se contaban historias de tiempos de la francesada. Cuentos de esos que van de generación en generación. Yo poco fui a la escuela, bueno, lo que todos los del pueblo. Para estudiar más había que salir, como hizo tu abuelo Isaac, y para eso hacían falta posibles, campo y yuntas para ararlo. Pero siempre he tenido curiosidad, y he leído lo que ha caído en mis manos. En casa hay libros, mi abuelo fue maestro, y los he leído todos. Ya sabes que ingleses y franceses anduvieron por aquí persiguiéndose, matando gente, violentando mujeres, robando y quemando casas y cosechas. Para las gentes de aquí ninguno fue bueno, y eso que los ingleses eran de los nuestros, dicen. Eso sucedió allá por 1808 y 1809, ahí es nada, siete generaciones, más o menos. Con los franceses vinieron polacos, de caballería creo que eran. Pues se cuenta que uno de esos polacos, herido, se refugió, aquí, en un corral del pueblo. Una mujer lo encontró, lo curo y escondió. Y aquí se quedó, amagado en las faldas de aquella mujer. Seguramente hastiado de guerras y barbaridades, y sin nadie que le esperase en su tierra lejana. Pues esa pareja tuvo hijos y nietos que siempre han sido los Polacos. El último es tu amigo Atalo, un hombre al que ha perseguido la desgracia. No sé de otro, con él se acaban los Polacos.





─ Pues sí, Pablo, sí, he conocido gente buena. En el penal del Dueso conocí a un hombre al que debo lo poco que sé. Mi querido don Prisciliano. Pasé muchos años a su lado. Murió, no sé cómo, unos meses antes de salir yo del penal. Un día no lo encontré en la biblioteca. Pregunté. Se limitaron a decirme que había muerto, sin darme explicaciones. Había sido profesor de filosofía, debió de ser su delito. Abrió mi mente a realidades que me hicieron posible soportar aquello. Y sobre todo me enseñó a saber vivir sin rencor. En casa tengo su retrato, como en un ara. No tengo objetos familiares, esas cosas que nos unen al pasado. Todo desapareció durante mi estancia en la cárcel y tras la muerte de mi mujer. Tengo solo la foto y los libros de don Prisciliano. Miento, tengo también la foto de mi mujer y la de mis padres, las que llevaba en la cartera y no me quitaron en la cárcel. Y tengo este reloj, mira, lo he llevado siempre encima. Me lo dio mi padre, me dijo que era del lejano abuelo polaco que nos puso mote para siempre. Es asombroso, tiene más de siglo y medio y sigue andando, mira. Yo soy el último Polaco que puede llevar el reloj.  Toma, he pensado que nadie mejor que tú para seguir llevándolo. Cuéntales a tus hijos esta historia.











             
         
  

domingo, 24 de mayo de 2020

Juventud, oficios, pandemia, aburrimiento









M
ucho se habla en estos días de la “nueva normalidad,” y ya doctores en el asunto han llamado la atención sobre lo contradictorio del término, por lo que no pararé yo en disquisiciones terminológicas al respecto. No sé si esta pandemia tendrá el poder de cambiar sustancialmente rumbos a los humanos; lo que sí sé, o creo saber, es que los racionales son animales con mucha capacidad de olvidar. Lo que cada uno puede hacer, si le apetece, son elucubraciones sobre posibles cambios, tanto deseados como temidos o vislumbrados en el día a día y según van las cosas.

Ahora que tengo tiempo para todo, no tengo ganas de hacer nada. La anhelante espera de algo imposibilita bastante la acción; y por muchos cambios que deseemos, lo que realmente esperamos con anhelo es la cotidianidad perdida. Pues hace unos días, en esa desgana, no recuerdo si era con la radio o la televisión de fondo, me llamó la atención la reacción de un muchacho (me pareció de la alta burguesía) que se reía de un compañero que había manifestado su deseo de hacerse sastre. Para ese muchacho querer ser sastre era algo incomprensible, un exotismo, una rareza, algo que no podía clasificar en los cajones de su cerebro, supongo que repletos de esos vocablos en inglés que, para la mayoría de la gente, no terminan de definir actividades reconocibles.

Esto me hizo pensar en la posibilidad de que el caos económico subsiguiente a la pandemia trajese como consecuencia la desaparición de tanto seudooficio como entorpece la sociedad de nuestro tiempo. Tanta gente en actividades que nada ofrecen ni producen, salvo falsas y costosas necesidades. Gente apostada en los caminos que sigue el dinero, para que algo ─que suele ser mucho─ les caiga en el bolsillo.

Si hubiese sido en mi presencia, supongo que no me hubiese contenido de colocar al muchacho un rollo, de seguro mal recibido, que más o menos podría haber sido:



─ Muchacho, me da la impresión de que quieres generalizar a todos los oficios la trivialización que pareces hacer del que hablas. Apenas sé de ese trabajo en particular, pero lo he observado cuando he tenido ocasión, como me he fijado en tantos otros; siempre he admirado la maestría. Yo he visto al jaboncillo, en la mano enseñada, trazar las líneas definitorias de acuerdo con el modelo elegido y las medidas previamente tomadas; líneas que después siguen las tijeras y los hilvanes, componiendo esa primera armazón que, en la prueba, sabios pellizcos detenidos por alfileres terminarán de ajustar. Parece fácil, ¿verdad?, pues no, no lo es, hay que aprender, con tiempo, con interés y con paciencia. Hablamos de jaboncillos, alfileres y agujas, de las que ya digo que poco o nada sé, pero podríamos hablar de gubias, cinceles, lápices, pies de rey, trinchantes, buriles, teodolitos, martillos, telescopios, pinceles, azadones, fonendoscopios, tiralíneas, bisturíes, palas o microscopios. Son herramientas, útiles, símbolos del esfuerzo humano. De algunos algo sé, de la mayoría apenas nada, pero por todos siento reverencia. Todo lo que de interés hace el hombre necesita oficio, y el oficio es esfuerzo, aprendizaje, curiosidad, interés, inteligencia.


Y ya puestos a elucubrar imaginé este poco probable diálogo con el muchacho:



─ Pero mezcla usted actividades intelectuales con las meramente manuales.

─ No hay actividades humanas meramente manuales, muchacho. En el trabajo del hombre siempre interviene, en mayor o menor medida, el intelecto. No es como el trabajo de las bestias o de las máquinas, que solo es posible cuando, detrás, está el cerebro y la voluntad del hombre.

─ Pero estará usted conmigo que hay categorías, dentro del trabajo de los hombres.

─ Si te refieres a categorías en función de trabajos más o menos manuales, más o menos intelectuales, te diré que no creo en esas categorías. Si te refieres a categorías en función de la mayor o menor calidad de lo conseguido con el trabajo, sea este cual sea, te diré que sí, naturalmente, no todos tenemos las mismas capacidades, ni el mismo interés, ni las mismas ganas de trabajar, ni la misma sensibilidad. El fruto de nuestro trabajo está condicionado a eso, a nuestra condición, a nuestras posibilidades y capacidades.
 
─ Me admitirá usted que no todos los trabajos tienen la misma valoración social.

─ No me siento obligado a coincidir con la valoración que la sociedad de nuestro tiempo hace de cada trabajo. De hecho, disiento. Si medimos esa valoración por la contraprestación económica a cada actividad, podemos decir que nuestra sociedad lo que más valora es el fútbol, y lo que más premia la especulación financiera, inmobiliaria o del tipo que sea. Pero no todas las épocas han medido con el mismo rasero; gracias a eso tenemos frutos del trabajo de los hombres que dignifican y ensalzan nuestra condición.


Y si a estas alturas el muchachito me siguiese escuchando, mi idea del amueblamiento de su cerebro estaría ya remodelándose. 






 



sábado, 9 de mayo de 2020

Triunfo de la muerte








acía referencia el otro día al montón de  restos vegetales en el que lombrices y cochinillas se afanan en producir el humus con que fertilizo las plantas. Pues sucedió que, al descorrer el plástico negro con que tapo el montón, una pequeña colonia de ratones de campo, que allí se había instalado a disfrutar de las jugosas melucas, quedó paralizada de terror, alzando los hociquillos interrogantes hacia el incompresible cataclismo, hacia el atroz crujido que en un segundo había rasgado el mundo, destruyendo su pequeño paraíso.

Algo así le ha ocurrido a una parte de la humanidad con esta pandemia. A otra parte le afecta menos, pues está en el cataclismo permanente, y no hay crujido que rasgue lo atroz de su existencia.

Pues sí, para los humanos de este lado, para los disfrutadores del desigual reparto de las lombrices en el mundo, esto ha sido una impensable hecatombe; algo incoherente entre los poseedores del poder, el dinero, la ciencia y la técnica; y levantan los hociquillos interrogantes, asombrados por lo irrespetuoso del virus con su condición. Como en siglos pasados.

Hace solo días las gentes estaban en la lucha eterna por el reparto de la riqueza; o en la nueva lid ─o no tan nueva─ de salvar al mundo de una sobreexplotación suicida. Hoy esas gentes parecen dedicadas a esquivar una muerte inmediata que se asoma sonriente desde la jamba de la puerta, tal como la concibió El Bosco por aquel tiempo en que se terminaba la Edad Media.

Muerte de un Avaro
El Bosco
National Gallery of Art
Washington DC


Las noticias que nos llegan del mundo parecen querer introducirnos por los recovecos y entre los personajes del abigarrado paisaje de horrores que nos pintó el Viejo Brueghel; al que hoy, quizás, vemos con otros ojos.


Triunfo de la Muerte
Brueghel el Viejo
El Prado


El ruido de fondo puede ser el galope del caballo de hueso y pellejo en que monta la muerte, a su paso desolador sobre el jardín del mundo, en el escalofriante fresco del Palazzo Abatellis de Palermo.


Triunfo de la Muerte
Anónimo
Palazzo Abatellis
Palermo





Me llega en estos días el enlace de un video que deja el alma en un puño:


Son las voces de los últimos sobrevivientes entre los nueve mil españoles que, huyendo de Franco, fueron recluidos en los campos de exterminio nazis.

Se habla en estos días sobre cómo será nuestro mundo tras la pandemia. Miedo da pensar en los réditos que obtengan de esta situación esas ideologías de las que Europa se libró hace setenta y cinco años y España hace cuarenta y cinco. Ideologías con más presencia cada día en nuestras democracias. De ahí la importancia de mantener memoria de lo que fue aquello.







    

  

sábado, 25 de abril de 2020

El tiempo pasa despacio










n el mundo parado va pasando este abril de agua y sol a ratitos. En el jardín, ahora en aroma de lilas, descanso del entretenimiento de hurgar en libros y papeles olvidados, y muevo algo el cuerpo.

Las higueras ya han extendido los dedos de sus horizontales hojas mendicantes. Las lilas sencillas llegan a su fin mientras se abren las dobles. Los durillos manchan de blanco el suelo donde los lirios apuran sus azules. En unos días, el tilo se ha cubierto de un verde brillante que se recorta sobre el verde profundo de los piñoneros y el cielo de plomo. Los rosales anuncian sus flores, y los geranios, sacados de su hibernación, agradecen la poda con vibrantes rojos. Las malvas y los acantos lanzan ya sus prometedoras varas, a las que espera, ansioso, el negroazul acero zumbido de la abeja carpintera.

Hay luz en la ventana del estudio, mi hija da la diaria clase telemática a sus alumnos.

Llama mi hijo, atento a que no dejemos de ver a los nietos, tan lejos, también encerrados, en la lejana Bogotá.

Alegría con algún viejo papel.

Hay que tratar de esquivar tanta noticia que deja poco resquicio a la esperanza, poca posibilidad de respeto hacia algunos semejantes. Supongo que todos tenemos menos fe en el porvenir que hace un mes. Imagino que ya no son muchos los que esperan un titular anunciando algo así como el hallazgo de la vacuna por un laboratorio privado que la pone desinteresadamente al servicio de la humanidad.

Parece que brilla algo de sol, voy a salir a barrer hojas. Subiré, de regalo a las plantas, algo de humus del montón en que se afanan diligentes lombrices y cochinillas.

Sí, brilla el sol. A pesar de todo el aire parece limpio, como de mundo nuevo.

El tiempo pasa despacio.


Y hoy es 25 de abril:

O povo é quem mais ordena...








      

lunes, 20 de abril de 2020

Verde y parado










bril cumple su promesa de agua y el mundo está verde, espléndidamente verde. Y parado. Verde y parado.

 Por esta calle apartada solo caminan las pocas gentes apresuradas que van a hacer sus compras. También caminan aquellos para los que esto no va con ellos; pasean indiferentes a lo que les circunda; no va con ellos; pasean, eso sí, bien pertrechados de todos los adminículos de protección para que los apestados ─el resto de la humanidad─ no les trasmitan sus pestilencias. Bien es verdad que son minoría.

 Menos minoritarios son los libres paseantes canibípedos. No sé a que extremo de la correa se ha otorgado tan incomprensible prerrogativa, pero es difícil de entender en uno u otro caso. Hasta el momento, el más chocante privilegio de estas simbiosis canibípedas era mantener al resto de los ciudadanos inundados de caca (salvo sea lo salvable), pero ahora hemos de añadir este nuevo y, si cabe, más descabellado privilegio: pasear libremente por las calles desiertas de este mundo parado y atónito.

Parece ser que se estudia el modo y manera en que los niños de determinadas edades puedan acceder a los derechos y prerrogativas que ya tienen los canibípedos, y salir a desfogar su vitalidad encerrada desde hace tantos días. Veremos a ver en qué queda el proyecto gubernamental.

Un día de estos alguien escribía que es la primera vez en la historia que se para el mundo; es muy probable que así sea. Y en estas circunstancias es difícil gobernar; más en un país con la tradición cainita que tiene el nuestro. Según lo dispuesto una persona no puede ir a regar su huerto, a doscientos metros de su casa y en un pueblo de cien vecinos. A no ser que tenga perro, claro. Son muchas las incongruencias. Quizás la mayor sea no entender que estas se produzcan.





   











miércoles, 8 de abril de 2020

El Coto quiteño















ndamos los humanos que todavía andamos, en este país especialmente acosado por la inusitada pandemia, sobrellevando el mayor o menor desasosiego pessoano en que nos tiene el encierro. Desasosiego este, al fin y al cabo, de los privilegiados a los que no nos ha tocado de cerca el horror que se nos muestra a diario.

No alivian nuestra tribulación las contradictorias estadísticas, ni las predicciones gratuitas, ni los gráficos ni las curvas con que nos atosigan. Solo está claro lo poco claro que está todo, y lo poco que saben los pocos que podían saber un poco. Solo lo tienen claro, como siempre, esos políticos que se frotan las manos y ven en este momento de espanto su momento; y esos importadores, intermediarios, periodistas, funerarios y demás sabandijas dedicadas a obtener medro del dolor del prójimo. Y al lado de esta miseria, siempre, el contrapunto de la bondad humana, que consuela. Esta dualidad define nuestra especie.

¿Qué mundo encontraremos al salir del encierro? Más pobre, desigual e injusto, seguro. Tampoco es difícil vaticinar que nos encontremos con unos conciudadanos menos ilusionados, menos partidarios de la Europa que nos da la espalda en momento tan difícil. Unos ciudadanos con menos confianza en esta España, en su sistema económico e industrial, que ha sido incapaz de suministrar lo indispensable en la crisis. Y como consecuencia, desgraciadamente, unos ciudadanos más proclives a buscar donde no hay, a adjudicar absurdas culpas, más inclinados a creer las estupideces de tanto salvador de la patria como suele aparecer en estos casos. Y este es un riesgo importante.

Pues estaba yo, por poner distancia con la realidad circundante, disfrutando de las tallas, encarnaduras, estofados y delicadezas de los belenes barrocos quiteños. Con el renacimiento y el mudéjar que llevan a América los españoles se inicia algo que tiene su más gloriosa floración en el posterior barroco que allí surge. El mestizaje de lo europeo y lo criollo con lo indígena da entonces sus mejores frutos. Digo que andaba yo entre ángeles, pastores, reyes magos, indios, mestizos y criollos, cuando doy con un personaje: El Coto, que me parece, no sé bien por qué, concordar con esta realidad desquiciante que ahora nos circunda.

Ignoro el significado de esta figura que hoy somos incapaces de leer. Imagino raíces en la hondura del cataclismo que debió ser la llegada de los europeos; supongo que aglutina tradiciones indígenas, resistencias a la religión impuesta, incomprensión, reivindicación soterrada, burla oculta…, quién sabe qué.
Se trata de un viejo andrajoso, claramente europeo, tocado de teja clerical, tuerto, afectado de bocio (coto, cotudo), con una guitarra en su mano izquierda, una especie de ¿látigo? en la derecha y montando un macho cabrío sobre el que se amontona una carga de objetos de todo tipo. La figura induce a pensar en la locura y a relacionar esta con la enfermedad endocrina que evidencia. Enfermedad no aportada por los europeos, como sí lo es la absurda montura del orate.

No somos capaces de leer el significado de El Coto, pero pueden bastarnos las fantasías que nos inspire su figura. Sobre el virus necesitamos certezas científicas, armas para defendernos y poder continuar nuestra aventura. Quizás es lo mismo que buscaba el artesano quiteño que talló la imagen del viejo loco.










  


  

martes, 31 de marzo de 2020

En el número ocho













U
n tiempo invernal ha venido a interrumpir mi diaria y puntillosa observación de la primavera. Es afición de todos los años, pero en este, con el encierro por la pandemia, la dedicación estaba siendo mucho más amplia y detallada. La situación hace patente el enorme privilegio de disponer de un trozo de tierra en que observar el consuetudinario renacer del mundo; más en estos momentos, en que el fenómeno contrasta con la estupefacción ante la tragedia. No se puede por menos de pensar que ambas cosas, primavera y pandemia, son parte de la misma realidad, la nuestra, nuestra condición, nuestro medio, que solemos olvidar.

No hay día en que no piense en esas familias encerradas en pequeños pisos, con niños que reclaman de continuo su derecho a salir al mundo. Si hacemos extensivo ese pensar a la situación de la mayoría de los humanos, podemos caer en la desesperanza.

Esta mañana, al levantarme y mirar por la ventana, he visto cubiertos de nieve los esquejes de geranio plantados el otro día. Hay una luz gris. Nadie pasa por la calle. En el número ocho seguimos encerrados.





  

martes, 17 de marzo de 2020

Largos días













Estos capítulos de una novelita corta, escrita por el heterónimo Nicolás Valdueza hace una década, describen lo que pudo ser hace un siglo una situación en algo parecida a la que ahora vivimos.












X


A
 finales de mayo de 1918, Samuel llegó a la Estación del Norte, en Madrid, procedente de Vigo, donde había desembarcado unos días antes. Le esperaba D. Serafín Otero, encargado de los negocios de su padre en España. Era un señor grueso y afable, de unos cincuenta años, vestido con cierta elegancia. Con prontitud y eficacia, como hombre acostumbrado a mandar, se encargó de trámites como el control sanitario y la desinfección de equipajes, de reciente creación; a continuación, una fila de mozos de cuerda encaminó baúles y maletas hacia el camión que esperaba en el patio. En medio de su actividad iba informando a Samuel de la vivienda que le esperaba, ya totalmente instalada, y de la llegada de la doncella, veinte días antes, para hacerse cargo de la casa. Les esperaba un Packard verde que conducía el mismo D. Serafín, quien propuso a Samuel un rápido paseo por el centro de Madrid, antes de ir a su domicilio, para que se fuera haciendo una idea de la ciudad. Durante el recorrido fue combinando informaciones sobre las zonas por las que pasaban con otras de carácter general, como la situación política y económica de España y la influencia de la guerra. En un determinado momento comentó la inquietud social que estaba provocando la “grippe”. El pasado día veintidós el Ayuntamiento había admitido la existencia de una epidemia, denunciada por el periódico El Sol días antes. Samuel, preocupado por los controles sanitarios que acababa de pasar y alguna información de la prensa, comenzó un nervioso interrogatorio, pidiendo todo tipo de datos estadísticos, profilaxis utilizadas, medicamentos… D. Serafín se sintió agobiado y quedo en recolectar toda la información que pudiese y remitírsela. Samuel pidió suspender el paseo y ser conducido a su domicilio.
La vivienda estaba en la calle del Sacramento, cercana al Palacio de Oriente y a espaldas del Ayuntamiento, en un magnífico edificio del siglo XVIII. Era amplia y en su amueblamiento y decoración no se había escatimado el dinero de Cuba ni el buen gusto de Dña. Angustias, esposa de D. Serafín, dama educada y de criterio. Elvira ya tenía la casa en marcha y había contratado a una cocinera que trasteaba en sus dominios. Samuel despidió en cuanto pudo al amable señor, que se esforzaba en tranquilizarle, enseñándole la casa y dándole explicaciones sobre cada mueble, cuadro u objeto decorativo, todos elegidos personalmente por su mujer, con un “criterio clásico, pero sin renunciar a las comodidades del momento”. 
─ Ruego me ponga a los pies de Dña. Angustias, su señora de usted, y le transmita mi agradecimiento por su interés, así como mis felicitaciones por el magnífico resultado. Quedo agradecido y a disposición de ustedes.
─ Ha sido un placer y un honor tratar de cumplir con la confianza depositada en mi persona por su señor padre, a quien ruego transmita mis respetos. Espero que nuestra humilde colaboración pueda contribuir a su bienestar durante su estancia en Madrid. Disponga de mí, D. Samuel.
Tan pronto como quedó solo el joven trató de ordenar su agitado cerebro. Había tenido noticias sobre la “grippe” y la asociaba a la propagación en los frentes de batalla. Consideró que siempre sería más fácil defenderse de ella en el único país europeo que no estaba en guerra, con un sistema sanitario que suponía más fiable que la escasa infraestructura cubana. Las noticias de D. Serafín sobre la alarma social reflejaban la importancia de la epidemia y una falta de confianza de los ciudadanos en las medidas públicas de control sanitario, lo que le inquietó sobre manera.
─ D. Samuel, la cena puede servirse cuando ordene.
─ Elvira, un momento por favor, tenemos que hablar, siéntese y atienda a esto, es de suma importancia. Parece ser que la epidemia de “grippe” es más grave de lo que yo conocía. Se hace necesario crear una estrategia de defensa, adaptar la casa y tomar las medidas de asepsia imprescindibles. No tenemos tiempo que perder. No soy ningún especialista en la materia, por lo que necesitaré de asesoramiento profesional. No obstante, ya veo cosas que debemos emprender con toda urgencia. Hay que retirar todas las alfombras para poder fregar los suelos con la frecuencia y los desinfectantes adecuados, también quitaremos cortinones y todo aquello que pueda retener polvo e impida la limpieza. Nunca estaremos en la casa con ropa o zapatos de calle, nos cambiaremos en esos dos cuartos roperos que he visto a la entrada, y en los que cuidaremos la asepsia y la desinfección. La cocina tendrá que ser objeto de especial atención, solo comeremos alimentos cocidos y el agua, tanto para cocinar como para beber, tendrá que ser tratada con algún desinfectante clorado que ya determinaré. La limpieza y asepsia general serán escrupulosas. Restringiremos las visitas a lo imprescindible, y nunca pasarán de la salita de la entrada.
─ ¿Cree usted que es tan grave, D. Samuel?
─ Así lo parece, Elvira, le ruego advierta a la cocinera y comience mañana mismo a tomar estas medidas. Mientras, tendré que entrar en contacto con algún especialista…
─Aquí cerca, en la calle Mayor, hay un boticario que hace unos días también me advertía sobre diversas precauciones…
─ Si es un profesional concienciado puede que nos sirva, le ruego que mañana mismo le pida, en mi nombre, que se acerque por aquí para planear una actuación sobre el terreno, espere… le escribiré una nota…
A partir de ese día la casa hirvió de militancia antimiasmas: fregados, desinfecciones, sahumerios, fumigaciones olorosas, gargarismos, colutorios, pediluvios, todas las técnicas que podían ocurrírsele a D. Gumersindo, el boticario de la calle Mayor, ateo él, de toda la vida, a quien había venido Dios a ver, y la “grippe” a poner en casa.  Al fuerte olor de los desinfectantes químicos se unieron las emanaciones del orégano, malva, romero, salvia, espliego, tomillo, hisopo, laurel, mayorana, ortigas y demás plantas que componían las recetas del viejo farmacéutico en sus cataplasmas, fomentos, vapores, sinapismos, jabones medicinales y demás prevenciones que surgían de su estrujada mollera ante la ocasión con que el destino le obsequiaba. La desquiciada campaña antigrippe se extendió a parte de los vecinos y se encalaron patios, escaleras y zonas comunes. Se eliminaron pozos negros y se aliviaron las aguas que no tenían salida a los colectores municipales. Obras que nunca encontraron tope económico, por la permanente disponibilidad del nuevo inquilino en su financiación. Otro grupo de habitantes del inmueble se estableció como contestación al martirio de sus narices por las manías del rico cubano, pero esta facción perdió todo su predicamento con la muerte de María, la esposa de Baldomero, el portero de la finca, víctima de la influenza. Los servicios solicitados a D. Gumersindo por todos los vecinos tuvieron tal incremento, que se vio obligado a la contratación de dos mancebos más para la preparación de sus emplastos y la aplicación de sus desinfecciones.
La epidemia seguía avanzando. El veintiocho de mayo se estimaban cien mil contagiados, y el primero de junio ya eran doscientos cincuenta mil, en una ciudad de poco más de seiscientos mil habitantes. Los periódicos hablaban de impresionantes cifras de muertos. Las Administraciones se vieron desbordadas. Los cuerpos facultativos de la Inspección Médica y la Beneficencia Municipal eran totalmente insuficientes, por lo que se movilizó a estudiantes de los últimos años de la carrera. Pero tampoco había bastantes enterradores, ni ataúdes, ni sitio en los cementerios, ni curas que rezasen responsos…
Pronto llegó la insuficiencia de pan, carne, pescado y carbón. Faltó el gas y consiguientemente el alumbrado público. En las calles aumentaron los mendigos y los desesperados que se entregaban a la delincuencia. Los locales públicos fueron cerrando, se suprimieron los espectáculos, las ceremonias religiosas y las clases en los centros de enseñanza.
Samuel busca las horas de menos afluencia de gente para salir de casa. Pasea la desierta calle de Bailén frente a la sombra blanca que se alza absurda presidiendo el sufrimiento de la ciudad. Monigotes rojiazules guardan la indiferencia de siglos. Los rieles avanzan ondulantes entre los adoquines, conduciendo el estruendo de los escasos tranvías, frente a las caballerizas de la sombra blanca, frente a los verdes que remata la greca azul del Guadarrama, perdiéndose hacia esa plaza del homenaje a la potencia de la lengua. Samuel sube hacia el Cuartel de la Montaña eludiendo los pocos grupos de personas que encuentra, sigue por el paseo de Rosales, pero lo apartado del lugar le hace volver sobre sus pasos. Un coche fúnebre, barroquismo de muerte hispana, se dirige hacia las sacramentales. Distinta capa en los caballos del tronco, tres ataúdes de pino amontonados de cualquier manera. Nadie lo sigue. La abundancia de muerte elimina el boato de la última pompa. El cielo ha cubierto a un sol demasiado veraniego para una ciudad estupefacta, y la luz se hace más acorde a la tristeza de las calles. La población acosada trivializa la muerte.
 Unos niños bailan sus peones frente a la primera casa de la calle Ferraz, entre escalas titubeantes que caen sobre la acera desde una ventana con rubios tirabuzones y lazos azules.

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XII


D
urante el verano de mil novecientos diecinueve los casos de “grippe” fueron decayendo con rapidez. En diciembre y enero del año siguiente hubo un repunte importante en las defunciones. Pero algo había cambiado, las muertes se producían, sobre todo, entre niños y ancianos. Hasta entonces la mayoría de las víctimas habían sido jóvenes. Muchos fueron los que vaticinaron una nueva epidemia, pero en primavera la ciudad comenzó a cambiar. Los ciudadanos empezaron a salir a la calle, a levantar sus rostros al sol, a llenar sus pulmones de un aire que ya sentían limpio. Dos años han estado encerrados. Tan larga Cuaresma precisaba un D. Carnal y en las calles, en el tiempo del anual renacer de la vida, resurgió la alegría, el color y el sonido.
Samuel fue bajando la guardia. Comenzó a visitar una ciudad que no conocía y en la que vivía, prácticamente encerrado, desde hacía casi dos años, los correspondientes a los diecinueve y veinte de su edad. Paseó sus barrios y observó a sus gentes. Poco a poco se fue atreviendo a entrar en los teatros, en los cafés concierto y hasta en los restaurantes, eso sí, con sus rituales de lavado y esterilización de manos, y desinfección y limpieza de cubiertos y copas, que eran observados con asombro por el resto de comensales y con claro disgusto por el personal del local. Eran de ver las caras cuando comenzaba la operación, sacando un paño y un frasquito de una bolsa que llevaba en una cartera, y comenzaba el concienzudo proceso que duraba unos cinco minutos. También inició los viajes en tren que con tanto detenimiento había planeado durante el encierro, hasta el punto de saberse de memoria los horarios de las distintas compañías que por entonces funcionaban en la Península. Había llegado a tal virtuosismo que podía planificar mentalmente cualquier trayecto, con sus distintos trasbordos, sin necesidad de consultar guías. No necesitaba preguntar a qué hora pasaba por Venta de Baños el mixto de Galicia, ni los enlaces en este o en cualquier otro de los nudos ferroviarios.
Samuel había sido matriculado, en la facultad de derecho, por D. Serafín Otero, cumpliendo instrucciones del padre. A pesar de lo avanzado del curso comenzó a asistir a algunas clases en el caserón de San Bernardo, donde fue conociendo el ambiente estudiantil. Pronto fue asiduo de tabernas y cafés, donde solía ser bien recibido por su generosidad a la hora de subvencionar actividades extraacadémicas. Los primeros contactos con el activismo político, y fundamentalmente con anarquistas y socialistas, supusieron el descubrimiento de un mundo desconocido e impensado. En un principio los escuchó con curiosidad, y después con un interés casi cercano a la pasión, tan ajena a su carácter. En un intento de profundizar en las ideas descubiertas y con asesoramientos de café, intentó leer a Hegel y Kant, para seguir con Bakunin, Marx y Engels. No fue mucho lo que sacó en limpio de estas lecturas, pero sirvieron para ampliar algo la estrecha visión de la sociedad que le habían inculcado su educación y su entorno. En su deambular pasó por algunas de las muchas tertulias literarias que por aquellos años tenían lugar en los cafés madrileños. También asistía con frecuencia a La Cacharrería del Ateneo, donde se sentía especialmente cómodo en el anonimato que le permitía la gran concurrencia. En el Café Colonial conoció a los poetas que lideraban el movimiento Ultraísta, y subvencionó alguna de las publicaciones con las que intentaban darse a conocer. No es que se sintiese identificado con la obra o las propuestas de estos artistas, le atraía la fuerte personalidad de sus líderes y la pasión y el convencimiento que ponían en su trabajo.
 Pero lo que más entretenía a Samuel era el ambiente de los cafés cantantes y de las tabernas flamencas y taurinas, donde graves oradores analizaban, entre chato y chato de valdepeñas, un natural de D. Juan Belmonte o una frase de D. Miguel de Unamuno, todo tratado desde la altura y distancia que da el saber, el saber estar en la taberna, claro.  Frecuentaba los garitos llenos de buscavidas, vagos, busconas y un sinfín de personajes que mezclados con intelectuales y artistas - más o menos auténticos - componían la noche madrileña. Se hizo asiduo del Apolo, y sobre todo de la “salida” del Apolo. También le gustaban las cenas en el mesón de San Pedro, en la Cava Baja. Quizás el sitio donde mejor se podía ver a intelectuales de verdad, bebiendo de la autenticidad del pueblo llano.
El espectador Samuel recorría la vida con la asepsia del diletante, con la distancia que su carácter necesitaba. Siempre a la busca de la pasión, de la gracia, de la inteligencia, de la fuerza creadora de los hombres como espectáculo en sí misma. Y cuando encontraba algo de esto lo admiraba, sin la menor envidia, sin el menor deseo de emulación. Nunca anheló para sí las facultades ajenas que apreciaba. Llegó a conocerse bien y aceptaba gustosamente su condición, consciente de que solo el dinero le permitía su postura ante el mundo.