miércoles, 21 de mayo de 2014

Solo queremos una casita...














Andrés se recrimina por pusilánime; sabe que si hubiese actuado con arreglo a su criterio las cosas hubieran ido mejor.
 —Ponte en manos de este hombre… no lo dudes…es un magnífico profesional…estas cosas tenemos que dejárselas a los que entienden…
Se dejó influir. Sus amigos, su mujer, todos parecían tener una opinión distinta de la suya.
El primer día, aquel señor le había parecido un tontaina amanerado y cursi, pero pensó en el criterio de los demás y se propuso no dejarse llevar por prejuicios. Andrés le expuso sus ideas que más que ideas eran sentimientos o sueños amasados a lo largo de los años. Le habló del sillón de orejas junto a la ventana enmarcando al invierno, del porche de los geranios, de la cubierta con aleros de tejas escalonadas, de la escalera de madera con balaustres torneados, de los muebles heredados de padres y abuelos, de fresca oscuridad de verano y fuego de invierno, de sus libros, de sus trastos… Sí, le pareció un cursi embutido en aquella chaqueta que le estaba pequeña, con su enorme nudo de corbata, su colocadita melena gris, sus pantalones ajustados, sus zapatos de ante… En aquella oficina quirófano, sin libros, sin papeles, sin el mínimo desorden que necesita el trabajo.
—Debemos pensar en algo de nuestro tiempo, algo que responda a las necesidades del hombre de hoy y sea reflejo de una posición social, una educación, un estatus…
Lo del estatus puso redondos los ojos de Andrés.
—Mire usted, estatus poco y perras contaditas. Solo queremos una casita…
La segunda entrevista fue sobre el terreno, en la parcela. El elegante paseaba meditabundo, los brazos cruzados y una mano tapándose la boca o accionando al ritmo de sus palabras.
—Veo la horizontalidad de unos limpios petos de hormigón que se alargan paralelos a las aceras ajustadas al terreno. Sobre ellos continúa el paisaje vegetal en jardineras…
—Yo, lo del hormigón no lo veo muy…
—Ay Andrés, por dios, calla; nosotros no entendemos de esto.
—Elena, yo sé lo que quiero, y esto no…
En ese momento un enorme Mercedes frenaba aparatoso frente a la parcela; su conductor se apeaba teléfono en mano hablando a voces entre risotadas, mientras los presentes contemplaban la puesta en escena. Era un individuo con gafas oscuras, de unos cincuenta años, calvo, con el cogote lleno de rizos y un intenso moreno de playa. Vestía pantalones vaqueros, brillantes mocasines, chaqueta azul con pañuelo colgando del bolsillo superior en estudiado descuido, y camisa de rayas abierta para descubrir la cadena de oro y el vello ya cano del pecho.
—Voy a presentaros a Federico. Es el constructor con quien habitualmente trabajamos. Él puede haceros un magnífico trabajo.
Al cerebro de Andrés acudió un —coño, otro— que su mujer pareció adivinar, por lo que se adelantó a ofrecer la mano al constructor, que la besó - en todo el sentido del verbo - en un exagerado ángulo recto. A partir de ese momento todo fue un duelo entre los “yo he” del tal Federico y los “yo he” del elegante.
En el camino de regreso Andrés trató de razonar con Elena:
—Esta gente no tiene nada que ver con nosotros, no entienden lo que queremos, no les importa; y además no me fio de ellos, no me inspiran confianza.
—Andrés, los que no sabemos nada de esto somos nosotros, esta gente sabe lo que se trae entre manos. Tú no has salido de tu despacho de la facultad, y yo poco mundo he visto. Tenemos que ponernos en sus manos. Nos los han recomendado. Quiero hacer un buen uso de la herencia de mis padres y de nuestros ahorros.
Han pasado dos años desde aquellas primeras visitas. Andrés se recrimina su pusilanimidad mientras mira el vacío esqueleto de petos de hormigón. Desaparecieron las perras heredadas y las ahorradas y desapareció el petimetre de los planos y el nudo de corbata gordo. Andrés tiene una deuda en el banco y un pleito con el fantasma del Mercedes; un pleito más para un individuo que no tiene a su nombre ni la familia.
 Andrés no tiene, no tendrá ya nunca, un sillón de orejas junto a una ventana que enmarque al invierno.
      




sábado, 26 de abril de 2014

José Luis Gómez Toré











José Luis Gómez Toré camina leve entre griterío de adolescentes, mientras va prendiendo versos en las ramas que asoman al sendero.


El príncipe sostiene sin ceremonia alguna el cerebro del
héroe, que aún gotea formol. Dos hemisferios como un
mundo completo, a pesar del problema del alma y de
los números, a pesar del lenguaje desparramándose
igual que una infección por redes neuronales y esa pasta viscosa que
precede a los símbolos. Aunque nos complace ocultarlo, somos un
pueblo que ama las simetrías y las repeticiones. Y nunca se detiene
la rueda del incesto y la venganza. No importa cuál fue el primero
de los crímenes entre tantos que vinieron después. En el comienzo
siempre los fantasmas. En el nombre del padre. Y voraz la promesa.


José Luis cuelga este contundente Informe y profecía en las páginas del número 51-52 de los Cuadernos del Matemático; ese milagro que desde hace veinticinco años surge periódicamente en Getafe de la mano de Ezequías Blanco, el poeta del minúsculo Paladinos, en esa tierra roja de labriegos, curas y sabios en el valle del Reguero que baja de Pobladura, de San Adrian… de la lejana Luna.

Que la infección siga desparramándose… 





viernes, 25 de abril de 2014

25 de abril






25 de abril





Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
O povo é quem mais ordena
Dentro de ti, ó cidade


viernes, 18 de abril de 2014

Abril











A
bril ha llegado con temperaturas más propias de junio y la primavera avanza, quizás, demasiado rápido. Los durillos terminan su floración y manchan de blanco el suelo, mientras los manojos de conejitos del cercis se abren entre el amarillo del jazmín de invierno. Las lilas sencillas están en su apogeo, adelantándose a las dobles que comienzan a expeler ese perfume que anega el entorno y anula a los demás. En pocos días las celindas y el tilo se han cubierto de un verde que el tiempo matizará. Por debajo, en sus enhiestas varas, se abren los lirios azules con ese desmayo ampuloso de folclórica con peineta y pendientes. Se tensa la vida, vibra, se  escucha su estallido. Es tiempo de disfrutar de tan soberbio espectáculo y tomar una momentánea, egoísta distancia del mundo.
Ante la proximidad de las elecciones europeas me voy a cavar el jardín y la huerta. La derecha nos atosiga con sus bulos connaturales y la desnortada izquierda con su desconcierto. Impasibles, unos y otros, ante el espectáculo diario de sus corruptelas. Impasibles unos ante la cotidiana constatación de la destrucción social, del sufrimiento que su política está produciendo. Incapaces los otros de generar alternativas a la brutalidad de la derecha, incapaces de abanderar y encauzar los movimientos sociales espontáneos, incapaces de unir a las gentes para defenderse de los creadores y beneficiarios de esta crisis.
Y mientras, la foto fija de las alambradas de Melilla y Ceuta estampadas con los cuerpos de jóvenes desesperados que tratan de saltar hacia la Europa que esclavizó y desquició a África.
Y mientras, el desgarro de Cataluña. Chapuza política. Oportunismo para ocultar vergüenzas. Intransigencia. Personalismos. Inadmisibles rabietas infantiles. Dolor y desengaño para muchos y mucho tiempo.
Y mientras, Ucrania como escenario – una vez más – de una posible solución bélica en Europa para la crisis, para las crisis.
Y mientras, los ahora llamados países emergentes se ríen de las condiciones que europeos y yanquis tratan de poner a su desarrollo económico, en el intento de frenar el ya más que evidente deterioro del planeta.
Y mientras,…
Yo voy a plantar ya los tomates. Esperemos que no hiele.
Y mientras escribo estas líneas me llega la noticia – temida -  de la muerte del maestro García Márquez. Otro más que muere en el exilio, lejos de la tierra que él hizo universal. Los periódicos se aprestan a lanzar sus preparadas crónicas y los tertulianos y opinadores de los medios nos sueltan sus preparadas ocurrencias.
Si, voy a plantar ya los tomates; mañana mismo, sino me duele mucho la espalda. Ahora trataré de hablar con los chicos por Skipe. Si, también a ellos les ha puesto lejos la inoperancia de nuestros mandatarios.  
   
        





   

lunes, 31 de marzo de 2014

Viernes













E
s pronto y para hacer tiempo entra en la librería de El Corte Inglés. Camina entre los anaqueles repletos de  libros de tapas coloridas y brillantes, expuestos como en las fruterías esas inmaculadas manzanas de hoy en día procedentes de sitios inverosímiles, esas naranjas relucientes, esos tomates perfectos o esas preciosas y enormes ciruelas modernas que no saben a ciruela y nos hacen imaginar apaños genético-económicos que se nos antojan contranaturales. Va leyendo títulos que le suenan a ganchos publicitarios y nombres de autores que no conoce. Lee alguna reseña, alguna nota biográfica y se cansa pronto. Piensa que estas librerías son solo para venir a tiro hecho, pedir pagar y marcharse. No sirven para mirar y hurgar con la esperanza de una posible sorpresa, de un libro inesperado. Estas librerías no sirven para entretenerse, no hay ni la posibilidad de charlar con el librero.
Regresa a Sol y camina hacia Arenal. Atraviesa ese escenario de la España empobrecida: emigrantes de la América hispana buscándose la vida embutidos en torpes disfraces; mimos de un mal gusto hiriente; gitanas rumanas - mugre y miseria - atentas al descuido del turista; hombres con chalecos reflectantes que salen al paso e interrumpen el caminar de la gente tratando de encauzar la necesidad hacia los negocios de compraventa de oro; mariachis mejicanos; orquestillas de búlgaros; vendedoras de lotería; manifestantes despedidos de alguna empresa acogida a las facilidades que da el gobierno; antidisturbios mal encarados tras parapetos de vallas frente a la triste memoria de la Dirección General de Seguridad; relucientes africanos del top manta; parejas de guardias sobre esplendidos caballos; jovencitos presos de la moda que les une a la tribu, como ese que intenta correr y se lo impide el pantalón ceñido por debajo de los glúteos; isidros de siempre; grupos del extrarradio madrileño que se citan en esta plaza de todas las citas. Una puesta al día de las imágenes de D. Ramón María y de Gómez de la Serna.
Desde Arenal sube por la plaza de Celenque a la calle del Maestro Victoria, pasa ante el campamento de los estafados por Bankia y entra en La Casa del Libro, en la hoy casa de los aparejadores, casa con ecos de aquella calle de los Capellanes de las Descalzas con la panadería Viena y la imagen joven del viejo Don Pío. Pasa de tapas coloridas y brillantes y va directamente a la señorita del ordenador con los datos del libro que busca bien apuntados. Le dicen que está agotado, que lo tienen en Gran Vía, pero le da pereza subir.
Sin perderse los escaparates de Luis Bardón baja otra vez a Arenal y ojea los tableros de San Ginés. Como dice Juan Manuel ya no se encuentra nada. No obstante se lleva algo que le resulta curioso: un pequeño folletín de Rafael Pérez y Pérez; algo más para ser amontonado y no leído.
La mendicidad a la puerta de la iglesia es un retorno a la organización jerárquica del atrio de San Sebastián, en la Misericordia de D. Benito. En el interior del templo - bien restaurado y mantenido -  disfruta del silencio.
Entra en la plaza de Oriente por la calle de Carlos III, esquiva al enervante violinista de las prisas que se aposta en una puerta del teatro, se detiene un momento para oír el acordeón del búlgaro del sombrero blanco, charla un rato con Jesús en el portal del número tres y entra en el café.
Los amigos ya han llegado.










  


jueves, 13 de marzo de 2014

La llamada al agua

































     Hoy día, durante las tormentas, las escorrentías de La Carba atraviesan la carretera antigua por una alcantarilla de sillares de cuarcita que hay junto al alambique de Masúr, y caen a un pozo de los nuevos desagües. Antes, tras salir de la alcantarilla, bajaban paralelas a la tapia del indiano y se encajonaban, ya hechas río, en la calle Baja, hasta la de las Eras, donde torcían a la izquierda para buscar el arroyo Yebro, frente a la casa de Elías el herrero. Después de hacerse el pavimento de las calles y la canalización subterránea de las aguas pluviales, nunca vimos nuestra calle hecha torrente. No quiere esto decir que las obras hubiesen terminado con el fenómeno, que ya no se produjese, se producía, sí, seguía produciéndose. Bastaba acercarse a la alcantarilla de Masúr o a la desembocadura de los conductos en el Yebro, frente a lo de Elías, y observar el color y la dirección del agua. La gente prefería ignorar el asunto, como las demás cosas que no entendían, y dejarlo en manos de Dios y el cura. A mí la verdad es que no me hacía falta ir a ver nada, sabía que estaba ocurriendo por el silencio, sobre todo por el silencio, pero también por la quietud de los animales y por la falta de olores, de repente desaparecían los olores habituales y los propios de la tormenta. El mundo parecía quedar en suspenso, salvo el agua que, silente, seguía en movimiento cambiando su aspecto.
     Comenzó en el verano en que cumplí los diez años. A principios de agosto cayó sobre el pueblo un aguacero bien acompañado de truenos y relámpagos. A los anuncios de la prometedora tormenta me había instalado en el portalón de mi casa para no perderme el espectáculo. En poco tiempo las aguas bajaban en torrente, llenando el cauce que ya tenían formado en la calle. Al fondo sonoro de los redoblantes truenos se superponía, en primer plano, el canto de los guijarros que arrastraban las aguas rojas, teñidas en La Carba, en su descenso buscando el alivio del arroyo. Y sucedió. Corrí arriba y abajo observando el fenómeno con asombro y con toda la curiosidad de la infancia. El desconcierto me llevó a la presupuesta ciencia de padres y mayores, pero solo encontré estupefacción y soslayo, nadie reconocía haber visto nada, solo los ojos de miedo impedían dudar de lo que acabábamos de ver.
   Sobre el diez de septiembre otra tormenta generalizó el conocimiento del fenómeno a todo el pueblo, que siguió en silencio, ningún adulto se permitía el menor comentario. El cura llegó a prometer castigos bíblicos a quienes persistiesen en fantasías sin sentido que solo Satanás podía inspirar. Yo no era el único empeñado en hablar, todos los niños querían explicaciones, por lo que el maestro también se sintió en la obligación de anunciar castigos - menos bíblicos y más físicos e inmediatos que los del cura - a los pertinaces fantasiosos. Como quiera que la represión une a los represaliados, los chavales del pueblo llegamos a una comunión que nunca antes habíamos tenido. Éramos conscientes de una realidad que nuestros padres querían ignorar y nosotros conocer e investigar. Mientras esperábamos anhelantes la próxima tormenta intercambiábamos nuestras observaciones y experiencias, llegando a compendiar un corpus de conocimiento por todos admitido. Lo más tratado fue si solo ocurría con las aguas de La Carba o sucedía con todas las escorrentías que bajaban al arroyo. Terminó siendo opinión unánime que el fenómeno se manifestaba únicamente con las aguas procedentes de las tierras de La Carba, situadas por debajo de la casa de la Sra. Celina,  que se concentraban en la alcantarilla de Masúr para pasar la carretera y se hacían torrente ya en la calle Baja. Éramos muchos los que habíamos observado cómo las aguas que bajaban por la calle de las Eras, al llegar al cruce con la calle Baja, se separaban de las que por esta venían, y separadas seguían hacia el Yebro.
     La fantasía infantil, urdidora de trances, nos hizo asociar, con más o menos consciencia, el asunto del agua con una personalidad misteriosa y atrayente para los niños como era la de la Sra. Celina. Viuda desde hacía años dejaba ver poco por el pueblo la elegancia distante de su figura. Habitaba la casa que fue de su esposo, D. Honorio, uno de los más ricos labradores del pueblo, a cuya muerte la forastera viuda solo pudo salvar unas cuantas tierras. La larga enfermedad del hacendado había ido acumulando más acreedores de los que imaginaba Dña. Celina. Entre estos, la malicia cazurra de vecinos con envidias viejas, y el poco interés puesto por la señora en defender su patrimonio, terminaron con este, que no era pequeño.  Al final solo quedaron las fincas que nadie quería, las que rodeaban la casa de La Carba. Eran tierras con graves problemas de escorrentías que lavaban el terreno y arrancaban las cosechas.
      Poco creían las gentes del pueblo en las posibilidades de la viuda para subsistir y mantener su casa con tan menguado patrimonio, y se mantenían alerta para acabar el despojo.
     La casa de La Carba y su enigmática propietaria ejercían una irresistible atracción para los niños del pueblo. Gustábamos de acurrucarnos bajo la ventana del salón para escucharla tocar el piano. Contábamos con la vista gorda que hacía Eliodoro el cachicán y el silencio pactado con Fonso, un enorme y sabio mastín leones.
     Pasaban los años y la esperada quiebra de Dña. Celina no se producía. Su casa parecía mejorar y hasta llegó a comprar alguna tierra para ensanchar su hacienda. En el pueblo los vecinos hacían como si no comprendiesen las razones de esta bonanza, razones que tan bien conocíamos los niños, y ante las que los adultos cerraban los ojos y la mente. La codicia por los bienes de la viuda fue dando paso a un miedo que hacía palidecer a cuantos con ella se encontraban. Llegó un momento en que cualquier relación tenía que ser a través del bueno de Eliodoro, pues ya nadie se atrevía a hablar con ella, eludían no solo el trato, tan solo su cercanía les aterraba.

     El verano en que cumplí los dieciocho años fui al pueblo a pasar las vacaciones de verano. Estaba ya en la universidad y durante el curso vivía en Salamanca. Un día de finales de julio, creo recordar que fue el veinticinco, comenzó a nublarse después de comer, y pronto el cielo estaba negro. Lejanos truenos y olores de "tierra mojada" prometían una buena tormenta. Cuando comenzó a llover esperé la llegada de las señales, pero no llegaban. Extrañado, cogí un paraguas y me lancé a la calle, corrí hacia el Yebro, donde algunos de mis amigos de la infancia ya estaban contemplando con asombro cómo las aguas de la lluvia salían caudalosas de la conducción y se introducían en el cauce del arroyo, entre  truenos y relámpagos. Sin cruzar palabra emprendimos carrera hacia la alcantarilla de Masúr donde vimos cómo el agua roja de la Carba casi llenaba el espacio entre los sillares y caía al cercano pozo sumidero con todo el estruendo de tan importante caudal. En un movimiento reflejo, en medio del estupor, salí corriendo sin saber muy bien a dónde y me vi frente a la casa de Dña. Celina en el momento en que D. Nicolás, el médico, salía acompañado por Eliodoro que al verme, con ojos rojos, me dijo:

      - La señora... ha muerto.

      Mi primera sensación tuvo algo que ver con la transformación en certezas de nuestras intuiciones infantiles. Fui haciéndome consciente del fin de lo que había sido, para mí y mis coetáneos, algo importante en nuestra afirmación como individuos: poseíamos un conocimiento experimental que los adultos habían preferido ignorar por miedo a lo desconocido.
     Ya no veríamos más el sobrecogedor espectáculo del agua de La Carba cambiando su color rojo por otro como el del mercurio, mientras cesaba su fragor de torrentera y se acallaban los truenos, mientras parecía aumentar su densidad y su movimiento se iba relajando en pausados borbotones de un líquido espeso, metálico, y se detenía, y comenzaba el ascenso, lento, en medio de una luz fría y titilante, en silencio, en un atronador silencio de mundo detenido. Lentamente las aguas ascendían a su origen, se filtraban en las tierras de La Carba depositando los limos arrastrados, fijando las plantas, mientras se llenaban los pozos y los aljibes.
     Dña. Celina había muerto, ya nadie podía llamar al agua que se perdía tintando al Yebro.







domingo, 9 de marzo de 2014

Los Panero








S
e han terminado los Panero, ha terminado la orgiástica, dolorosa y autocomplaciente puesta en escena de su destrucción.
Desaparecen las personas y quedan los personajes, los creados por ellos mismos y los creados por Chávarri, complementándose, imitándose, alimentándose los unos de los otros.
El indudable talento de Leopoldo María da la consistencia necesaria a la generación. Talento heredado del padre, como el alcoholismo; junto a la paralela - y necesaria al personaje - esquizofrenia heredada de la madre. Los otros dos hermanos son comparsa en el drama; como lo es el padre muerto, lejano, odiado y necesario; como lo es la madre, bella, hierática, con la tristeza de constatar el destino temido, intuido.
Orgía de dolor y muerte de estos personajes que solo son capaces de mirarse el ombligo, mientras ofician la liturgia que se han creado y creído: el final de una saga de dioses degenerados que se ahogan en humo y alcohol, que se autodestruyen mientras dan al mundo muestras de los restos del talento heredado junto con las taras.
Caminar por los versos de Leopoldo María es encontrarse con el auténtico lenguaje poético; entre las heces y orines que nos lanza para marcar las distancias nos topamos con la poesía, con la metáfora justa, con la atinada imagen. No es esta forma de expresión el mejor sitio para delimitar locuras y racionalidades.
No sé qué habrá sido, al final, de la casa de los Panero en Astorga. La última vez que pasé por allí parecía trivializada por las obras del Ayuntamiento, borrado todo encanto y misterio. Suele pasar al separar las personas y las casas.  
  



miércoles, 26 de febrero de 2014

Paco de Lucía









Se acumulan las muertes. Hoy es la de Paco, el de la Lucía, el de la Portuguesa, el gran trasgresor con el que ningún purista se atrevió. Él hizo nuestro oído a formas y maneras nuevas, que ya parecen haber estado siempre en el flamenco.
Me cuesta entender las posturas puristas en cualquier arte, pero en algo como el flamenco, cuya historia conocida es cuestión de unas pocas generaciones, es claro que no tienen sentido. Y Paco de Lucía ha dado un gran paso en esta historia que se va haciendo a saltos de talento, como todas las historias.
Me viene ahora a la memoria aquel teatral Mojigongo que anunciaba, herido de muerte, irse a bailar bulerías a la Gloria, encarnado por Antonio Gades en Los Tarantos de Rovira Beleta. Pues eso, una Gloria donde el niño de la Lucía vuelva a tocar para el Camarón. A ver si nos llega algo.

Gracias, Paco.







viernes, 21 de febrero de 2014

De curas, médicos y taberneros












































Las de médico y cura son profesiones que engarzamos con la magia de los orígenes, con la nebulosa de nuestra vieja herencia de especie; ellos son los oficiantes del ancestral rito de esperanza ante el dolor y la muerte. En el caso de los médicos es curioso ver cómo los enormes avances científicos y técnicos en su oficio se compaginan con esa concepción mítica, como si de ellos se esperase algo por encima de las meras capacidades humanas; algo parecido a la intermediación con la divinidad propia de los curas. De aquí deviene el general y tradicional respeto por estos dos oficios, muy por encima del que se tiene a cualquier otro quehacer humano. Respeto que se mantiene aún en presencia de la evidente ignorancia o la falta de virtud manifiesta. Cierto es que el latente laicismo de nuestro país – en el que algo tendrá que ver el comportamiento de los clérigos - asoma o se esconde en función de la mayor o menor libertad política del momento, pues nuestros muchos subyugadores a lo largo del tiempo siempre han ido de la mano de la Santa Madre. Pero ese respeto mítico al cura – perdidos ya gran parte de los miedos predicados  -  aún puede observarse en nuestros días, más en el medio rural que en el urbano y más entre los viejos que entre los jóvenes.
Hace muchos años que mi amigo Isaac colgó los hábitos, y desde entonces su vida es la de un estudioso laico, profesor en la facultad y atento interpretador de lo humano - en libros y artículos - desde la base de su enorme cultura. Pero en su pueblo y entre sus paisanos, Isaac mantiene un estatus que solo puede devenir de su antigua condición de clérigo, aunque esté matizado por su actual situación de seglar, profesor universitario e intelectual reconocido. Pasar unas horas paseando con Isaac por su pueblo es como ser espectador del Oráculo de Delfos, con una paciente Pitonisa ambulante que a todo el mundo escucha.
- Isaac, si debemos admitir que la probabilidad de mundos iguales al nuestro es infinita como el universo, todos nuestros semejantes en esos mundos han tenido o tendrán que ser redimidos por Cristo, con lo que su pasión se tendrá que repetir infinitamente…
Y esto acaecía durante nuestro primer vino. Yo, con el vaso en la mano y supongo que con cara de tonto, miraba al pensante que peroraba y a Isaac que le escuchaba con imperturbable rostro de conocedor del percal.
- ¿Quieres decirme que esto es algo que realmente te preocupa?
En la segunda taberna el nivel teológico se mantenía.
- Isaac, la Iglesia nos dice que la fe es un don divino, y que a Dios hay que pedírsela. ¿Cómo podemos pedir algo a alguien en quien no creemos?
Mi lucha por llevar la conversación a la gesta del Atlético en la liga, no obtenía el menor resultado.
A la tercera estación fuimos conducidos, más o menos en volandas, por una cohorte de paisanos anhelantes de que la ciencia y el carisma de Isaac iluminase sus mentes, entre clarete y clarete.
- Isaac, ¿qué sentido tiene adorar a Dios?, ¿puede ser admitida esta adulación por la infinita inteligencia?
- Ponnos vino, Antonio, y de tapa morro.
- Isaac, ¿pedir a Dios, no es admitir que se puede influir en Él, que se puede actuar sobre Él o comerciar con Él?
Yo, para entonces, ya estaba apartado del grupo, en una profunda charla con el tabernero sobre el mejor sistema para producir el clarete de madreo, de lo pesada que se pone la gente cuando tiene un cura a mano, y de las interconexiones profesionales entre curas, médicos y taberneros.




La excepcional fotografía es del maestro Santos Yubero. (1935)











Creencias de nuestro tiempo



¿Qué es fe?



Fe es creer que
   lo guisado por 
                                                     Ferran Adrià 
está rico.





(*)






(*) Se admiten testimonios.




martes, 11 de febrero de 2014

Manuel de las Casas








E
n la margen izquierda del Duero, frente al perfil de Zamora que se mira en el agua, se alzan las ruinas del convento de San Francisco. A finales del siglo pasado Manuel de las Casas tejió, entre estos sillares góticos y renacentistas, una urdimbre de ligeros paramentos de vidrio y acero corten para volver a dar vida a lo asolado por la soldadesca francesa, las leyes desamortizadoras y el abandono. Una hermosa arquitectura de nuestro tiempo se introduce,  humilde y tímida, entre las ruinas; sin entablar competencias, sin tapar nada, resaltando con su liviandad, con su trasparencia y con las geometrías de los jardines, la potencia de la cantería medieval. Ocupa estos espacios la Fundación Rei Afonso Henriques, pensada para crear lazos entre los dos países por los que discurre el río.
Al leer en la prensa la muerte de Manuel de las Casas lo primero que me viene a la memoria es esta obra y el regocijo y la serenidad de espíritu que me dejó encontrar algo tan hermoso, tan bien resuelto.
A nadie se le puede exigir el talento, pero sí la humildad que hace ver las propias limitaciones. Bueno sería que este magnífico trabajo fuese paradigma para actuaciones sobre nuestro patrimonio, tan maltratado por personalismos.









  

domingo, 2 de febrero de 2014

¿Que quieren hacer con Sol?









Puerta del Sol  en 1891










La Puerta del Sol, la de la superficie digo, es lugar complejo; es lugar de paso o de cita; es extraño lugar de peregrinaje necesario para el forastero nacional, que siente así colmada su visita a la ciudad; es tajo de descuideros y buscavidas; es incomprensible templo al albur lotero; es también, modernamente, culmen de las protestas ciudadanas; es, para los que tenemos alguna edad, símbolo de la crueldad a la que llegó la dictadura militar; y es expositor de especímenes sociales ya desaparecidos en otras zonas. Es, sobre todo, un sitio vivo, pero no es lugar de estancia de viejos al carasol o niños tras la pelota, ni es lugar para terrazas de horchata o descansaderos a la sombra. Y este viejo icono ciudadano necesita de toda su amplitud, de todo su horizonte definidor; no se puede interrumpirlo con árboles ni armatostes, como el colocado en la última reforma para dar acceso al tren y al metro (con lo bien que funcionan las bocas de siempre).
Antaño fue principio y fin de líneas de trasporte ciudadano; hoy esa función es paralela y subterránea, por eso distingo la Puerta del Sol en superficie. También fue fondo de saco del tráfico automóvil, confluencia de los embudos de la configuración urbana radial; hoy, mal que bien, eso está medianamente solucionado por el drástico método del desvió sin alternativas en las inmediaciones.
Que el COAM se establezca como foro de discusión del futuro de este espacio urbano me pone de punta los pocos pelos que me quedan. Este organismo es poco de fiar, mientras no se ganen mejor opinión serán santuario de protección a la especulación y a los desmanes de una profesión que ha creado, poniéndose al servicio del capital y a la espalda del interés ciudadano, todo el horror que rodea los centros de nuestras ciudades, y que ha propiciado la destrucción de estos centros urbanos. Ahora se trata de “mojar” en las inmediaciones de Sol. El asunto está en marcha con la aquiescencia del PP, claro está. Quizás les molesten los usos y maneras de los ciudadanos en esta plaza, y quieran “adaptarlos” a sus necesidades. Conociendo a los señores del PP no me extrañaría que, con el apoyo del COAM, pretendan una haussmanniana operación en la plaza, tendente a su inutilización para las protestas ciudadanas, entre otras cosas. Ojala encuentren adecuada y contundente respuesta de ese pueblo condenado a malvivir en los engendros urbanísticos y constructivos con los que se han llenado los bolsillos tantos arquitectos. 


  

  




















sábado, 1 de febrero de 2014

Félix Grande. In memóriam













Tu ausencia es una cosa que pesa como plomo

Tu ausencia es una cosa dura como metal

Tu ausencia es un enorme barranco al que me asomo

sin tacto sordo ciego igual que un mineral.



Tu ausencia es un olor que abrasa mi nariz

Un ruido monstruoso que se cuelga en mi oreja

Un animal sin límites que es todo cicatriz

y que lame mi vida y me la deja vieja.



Tu ausencia, esa cosita que no tiene ni abuelo

ni apellido ni forma ni rodilla ni pelo

es sin embargo un bulto majestuoso y profundo.



Tu ausencia es una rara prestidigitación

que está vaciando a pausas mi lleno corazón

y que está abarrotando de vaciedad el mundo.