domingo, 12 de octubre de 2014

Gabriel







Ayer sábado, once de octubre, fue un día lluvioso de otoño madrileño. Comienzan ya a imponerse los amarillos en el paisaje y las verjas se tiñen con el rojo de la parra virgen. Comimos fuera con unos amigos y pasamos la tarde en casa de uno de ellos, charlando de asuntos que hoy es difícil eludir: la asombrosa improvisación de nuestros gobernantes en algo tan serio como la importación del Évola y la repugnante compra de voluntades con las tarjetas opacas de Caja Madrid. Un querido contertulio, hombre sentado, progresista, de izquierdas, entre bromas y veras manifiesta una sorprendente reacción al fenómeno Podemos tras su lectura del libro Conversación con Pablo Iglesias, de Jacobo Rivero. Concreta su reacción en un – inaudito en él - apoyo al PSOE. Puede que sean muchas las personas que reaccionen así en un futuro cercano, al irse dando cuenta de la fuerza real, de las posibilidades reales de estos jóvenes políticos. La edad nos va haciendo temerosos de la novedad y el cambio. Pero la situación es tan alarmante que la catarsis se hace ineludible. Y con lo que ha llovido no es fácil poner esperanzas en el PSOE.
Mi manía de resistirme a la adopción de las nuevas tecnologías hasta no sentir la necesidad de las mismas, hace que siempre me coja el toro. No tengo más remedio que adoptar el dichoso wasap para comunicarme con mis hijos de las Américas, y lo tengo que hacer ya.

Resisto hasta las tres de la mañana esperando noticias, pero me acuesto sin ellas. El domingo amanece húmedo y fresco. En el ordenador tengo noticia, emoción y primera foto. Durante la madrugada -sábado en Bogotá - ha nacido mi nieto Gabriel. Tengo la tranquilizadora certeza de que sus padres sabrán hacer de él un niño feliz y un hombre honrado. Y tengo la esperanza de disfrutar algo de su infancia.





sábado, 20 de septiembre de 2014

Bajo por la Calle de Toledo








Esta podría haber sido una mañana para grandes cosas, pero las dejo para otro día y me limito a coger el tren de las diezytreintayseis, que me deja en Sol. Cruzo California subiendo hacia el Valle Yosemite, acompañando en su retroceso al joven profesor Smith con su pony de Shetland, su caballo y sus dos perros escoceses; caminamos por un mundo que regresa a los orígenes y en el que la humanidad ha sido casi destruida por la Peste Escarlata de Jack London. De fondo, se escucha a Peggy Lee cantando Johnny Guitar. Bajo por los soportales de la Calle de Toledo, desde la Plaza Mayor. Paso frente al  templo del Colegio Imperial, apeado de su rango catedralicio. Sorteo a los jóvenes del Instituto San Isidro, cumplidores de esa extraña moda que los tiene tirados en la mugre del suelo madrileño, y me llego a la tienda de salazones del número 44. Unas anchoas de Santoña y unas huevas de maruca supongo que serán buen maridaje – que dicen ahora – para los Cherrys confitados con cebolla y los pimientos encurtidos de mi huerta, que llevo en la faltriquera. Me voy dejando caer por las Cavas, Puerta Cerrada, Vicaría y Santiago hacia la Plaza de Oriente, donde hemos quedado para despacharnos unas judías con torcaz del maestro Ambrosio, previos los entrantes que servidor porta. Y tras el rito de charla, vino y comida, el regreso a casa en compañía del viejo profesor Smith, que habla a sus nietos de un mundo que fue, en un idioma que los niños ya no entienden; un mundo destruido por aquella peste que surgió en el verano de 2013, cuando él tenía veintisiete años. Ya no oigo a Peggy Lee.




     

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Gritos en la memoria









Militarismo y Represión
Melecio Galván





   
P
arecen gritos, sí, sí, ¡son gritos!, pero… no termina de entender lo que dicen. Lo que le parece oír no puede ser, no es concebible en ese lugar. Es una mañana de abril sin primavera del año 1971, y el sargento llega terminando de abrocharse, con la somnolencia de la rutina gris del ejército, ascendiendo la desesperanzada cuesta que lleva a las alineaciones de los barracones, entre los que ya está formada la compañía.
          — ¡Hermanos tirad las armas, vayámonos de aquí!
 Entre la formación, unos brazos se agitan acompañando a los gritos.
          —¡Viva la paz!
          —¡Viva el amor!
          —¡Viva la libertad!
Se oye alguna risa, respuesta nerviosa a lo insólito, a lo incomprensible.
          — ¡Mientras haya ejércitos habrá guerras!
Las filas se descomponen con la búsqueda del autor de los gritos; murmullos; ojos incrédulos en las caras juveniles, buscando a los mandos, esperando la represión entre la que han crecido…
         —¡Hermanos…
Un recluta vestido con uniforme de instrucción —entre sus compañeros en ropa de gimnasia— lanza su proclama. La voz, casi  infantil, surge entre las caras atónitas, y se alza encajonada entre las paredes verdes de los barracones. Dos cabos inician un amenazante movimiento hacia el joven, lo que termina de aclarar el cerebro del sargento que ve la necesidad de actuar y de hacerlo con rapidez. Se acerca al muchacho indicándole que le acompañe, lo que hace dócilmente. Da órdenes a los cabos para que vayan bajando la compañía a gimnasia y entra con el recluta en uno de los barracones.
         —Pero… ¿Tú estás loco? ¿Qué coño haces?
Las manos frenéticas giran la gorra. Los ojos, en disparatado movimiento, en un rostro juvenil de rasgos suaves…
         —Yo me declaro pacifista, ya lo hice en la caja de reclutas, y… me        mandaron a a la mierda…                          
El sargento no sabe si ve valor o inconsciencia…
     — No aguanto más. Tengo que dar este testimonio…
Los ojos y la voz del recluta se empañan y la cara se contrae ahogando el llanto.
     —Mira, aquí lo que hay que hacer es terminar la puta mili y largarse…
     —No, no, yo tengo que dar testimonio, tengo que dar testimonio de mi fe cristiana… tengo que…
     -Tu fe cristiana, no me jodas!, ¡tu fe cristiana! Esa fe es patrimonio de los que te van a joder vivo; y a mí, como no me espabile. No tengo ni puta idea de qué hacer. En estos momentos ya debe de hablarse del asunto en todo el campamento. Tengo que pensar. No te muevas de aquí, no salgas de este barracón, no hables con nadie, espérame aquí. ¡No salgas!, ¿me oyes?, ¡no salgas!
       —Te repito que tengo que dar testimonio de Cristo…
       —Sí, coño, pero ¡espérate!
       —Bueno, bueno, esperaré. Pero…
       —¡Cállate, coño! No salgas, no hables con nadie.
Realmente el sargento no sabe qué hacer. No tiene ni idea de cómo enfocar las cosas, el chaval ha montado un buen lío. En realidad no sabe si puede hacer algo, pero da por hecho que tiene que intentarlo. Es consciente de que los militares no van a pasar por alto el asunto, intuye que desplegarán toda la parafernalia en su liturgia justificadora y ejemplarizante. La noticia ya habrá llegado lejos, tiene que hacer algo y pronto. Él también se la está jugando. Le ha llamado la atención la fundamentación cristiana en la argumentación del recluta; es algo nuevo. En las guardias, el sargento ha hablado con algún Testigo de Jehová, que por aquel entonces abundaban en las prisiones por su negación a prestar el servicio militar; pero las razones de estos, también religiosas, le parecen lejanas, ajenas, quizás exóticas.  El sargento, como la mayor parte de los jóvenes de su generación, siente un fuerte rechazo al ejército mantenedor de la dictadura; y a la prepotencia de militares y curas aliados en el régimen cruel, gris y alienante. El sargento no se siente religioso, pero la postura de este muchacho, basando su antimilitarismo en la fe cristiana, le parece culturalmente cercana e inteligible. Siente la autenticidad del chaval frente a la incongruencia propia, a la propia impostura; siente la gallardía del rebelde frente a su personal y simple acatamiento de lo impuesto. <<Quizás no todo sea gallardía, los ojos de este muchacho… no está bien, seguramente no está bien…>>
         —Mi sargento, yo conozco a ese chico, fuimos compañeros de colegio… estudia ciencias físicas… siempre ha sido muy buen estudiante… estaba en tratamiento psiquiátrico…
Ese puede ser el camino… El sargento habla con sus compañeros los médicos de IPS, les pide consejo y ayuda para preparar una estrategia.
       —Mi capitán, hay informes de los médicos… estaba en tratamiento… parece ser un magnífico estudiante… en el test de Raven dio la mejor puntuación…
        —Mire sargento, déjeme de hostias. El único loco que he conocido se cortó los güevos pa ver lo que tenían dentro…
El sargento cree recordar que fue un junio caluroso, pero no está seguro. Lo que sí recuerda perfectamente es el viaje en tren con los reclutas que servirían de testigos en el primero de los dos Consejos de Guerra.
       —Pues una de las cosas que dijo fue: ¡muera Franco!
       —¿Tú lo oíste?
       —A mí me han dicho que lo dijo…
      —Pues te limitarás a decir lo que tú oíste, y no lo que te han contado. ¿Me entiendes? Solo puedes declarar lo que tú has oído. Y esto sirve para todos, solo podéis declarar lo que cada uno ha oído. ¿Está claro?
A la puerta de la sala del Consejo de Guerra el sargento ve al acusado en compañía de sus padres.
       — Mirad, este es P… el sargento de complemento de mi compañía…
Y P…, desconcertado, solo es capaz de balbucear sin sentido. Siente un fuerte desasosiego, quizás vergüenza, ante aquellos padres afligidos; le parece estar representando a la sinrazón.
Consejo de Guerra para fallar la causa sumarísima por delito de sedición. Una interminable mesa presidencial repleta de uniformes de gala, colorido y brillos de quincalla. Un muchacho de veintidós años con alguna disfunción en su cerebro. Cinco años de prisiones militares.
Diez días después tiene lugar el segundo Consejo de Guerra, por anulación del primero. Seis años de prisiones militares.
Después son veintiocho meses de recorrer prisiones por toda la península: Castillo de Figueras, Psicopático Militar de San Baudilio, Prisión Civil de Figueras, Prisión Militar de Barcelona, de Valencia, de Murcia, Prisión Civil de Cartagena, Penal de Galeras en Cartagena, Talleres Penitenciarios de Alcalá de Henares… Y después África, El Aaiún.
Pero estas últimas son cosas que P… conoce muchos años después, una vida después, cuando ya es un jubilado. Han quedado muy lejos aquellos meses de prácticas de las milicias universitarias, pero los hechos anteriormente narrados nunca se han podido borrar de su memoria. Y esa memoria le lleva un día a poner, en un buscador de Internet, el nombre de aquel recluta, el nombre de V…
Durante su estancia en El Aaiún, V… se cartea con J…, una prima segunda suya. La soledad del joven encuentra un remanso en aquellas cartas, que le hacen ir concibiendo esperanzas amorosas con aquella muchacha que le habla de desavenencias con su novio. A su regreso a casa, ya libre, pretende a su prima, a la que ha dejado el novio, un médico que acaba de casarse. V… es rechazado, y su cerebro centra la razón de su fracaso en el dolor causado a su amada por el novio que le ha abandonado.
 V… pide cita en la consulta del médico. Es recibido por la esposa, que le pasa al consultorio. Al ser preguntado por la razón de su visita V… saca un cuchillo de monte con el que apuñala hasta trece veces al médico. A los gritos de auxilio acuden la esposa y una anciana sirvienta, a la que V…, en su huida, también hiere.
La Audiencia estimó que V… cometió un delito de asesinato con alevosía y una falta de lesiones con atenuante de enajenación mental incompleta, y le condenó a veinte años de reclusión menor.
Cuarenta y tantos años después P… piensa en la definición de locura que le dio aquel capitán, cuando hacía las prácticas de milicias, en el  inició de esta triste historia de la que ahora ha conocido tan tremenda continuación. P… piensa en esa definición que —se le antoja—  resume una época en blanco y negro, en la que solo brillaban multicolores las medallas, los entorchados y los fajines sobre las barrigas de los generales en los Consejos de Guerra. 




martes, 26 de agosto de 2014

La flota blanca





Gazela Primeiro



Lugre Creoula








H
ace unos meses recaló en Torrelodones una joven pareja que se ha establecido en su pequeño restaurante: La Tavola. Son la simpática Nora y Emilio, un sardo sabio en los fogones. Simpatía y sapiencia que nos hace fondear en su barra a un grupo de tabernarios que disponemos de todo el tiempo de la jubilación. Y allí le damos a la lengua entre los chatos que nos pone Nora y los guisos que el maestro Emilio nos va sacando. Servidor destacaría la frégola de marisco aromatizada con botarga rallada, sencillamente sublime. Pero ¿cómo no mencionar esos guisos de pollo o conejo con alcaparritas, o esos carpaccios de atún…? En fin, una maravilla.
Y la cháchara tabernaria produce agradables sorpresas. Hace unos días un amigo y compañero de fondeadero en esta rada de buen comer y beber, Esteban Toja Santillana, Capitán de la Marina Mercante y de Pesca, me habló de la traducción que había hecho de un libro de memorias de un marino portugués que mandó veleros de la flota bacaladera lusa. El asunto me sonó interesante, y al día siguiente Esteban me traía una copia de su trabajo.
Buenos ratos he pasado con este libro de Antonio Marques da Silva, que mandó, entre 1958 y 1964 el Gazela Primeiro, un bergantín goleta de tres palos, con paño redondo, 41,70 m de eslora y 325 toneladas de arqueo bruto. Fue construido inicialmente en 1896 y totalmente reconstruido en 1900. Hizo su última singladura a Terranova en 1969, y en 1971 fue vendido al Museo Marítimo de Filadelfia, donde permanece.
Mi ignorancia al respecto es absoluta. No tenía ni idea de la existencia de esta mágica Flota Blanca (según la llamaban los canadienses) compitiendo con los arrastreros a esas alturas del pasado siglo. Conmueve la pasión con que el capitán Antonio Marques describe las faenas de los marineros, de los gavieros y las de aquellos hombres –hoy inconcebibles-  pescando durante meses el bacalao a anzuelo desde sus monoplazas doris –botes de foque cangreja y remos-, en solitarias jornadas de doce horas entre los hielos de Terranova y Groenlandia.
Imagino arduo el trabajo del Capitán Toja en la traducción, pues el libro desborda de términos técnicos. Supongo que en el futuro será un referente filológico en cuanto a la pesca y la navegación a vela.
Lugre Santa María Manuela
He encontrado una carta dirigida al director de ABC en el año 1971 por una persona, Juan Santibáñez, que conoció el Gazela y lo rememora con motivo de la venta del barco a los Estados Unidos. Por su interés y emotividad trascribo unos fragmentos:

Yo lo he visto en la barra de Belem, abra del Tajo en Lisboa, entre los treinta grandes veleros de la flota bacaladera portuguesa. Venían siempre en abril, cuando florecen las glicinias sobre el rosa pálido de los palacetes de Portugal y anclaban <<á beira>> de la torre de Belem y del Monasterio de los Jerónimos, es decir, el lugar ilustre en donde yacen los dos lusiadas famosos Vasco de Gama y Camoens, y en donde vagan las sombras de las carabelas que salían de aquellos muelles para descubrir medio mundo hace siglos…
………………………………………………………………………………
Era un espectáculo emocionante ver largar las velas a la flota, cruzar enfrente de San Julián de Barra, enfilar el cabo de Roca y entrar en el océano rumbo a Terranova con todo el trapo izado y el viento del Norte cantando en lo alto de las cofas.
………………………………………………………………………………
Había como una emoción colectiva de un pueblo que usa con frecuencia, para definir su hondo sentimiento de la mar, esta palabra sonora e ilimitada: oceanidad.

Gracias amigo Esteban, gracias Capitán Toja por tan buenos ratos de lectura. Un buen trabajo. Seguiremos en estas peñas del Guadarrama, fondeando al socaire de barras tan seguras como esta de La Tavola.




A Memória dos Bacalhoeiros -  Uma Contribuiçao para a sua Historia.
Antonio Marques da Silva
Editorial Presença
Lisboa
1999







  


sábado, 23 de agosto de 2014

Reflexiones frente a La Casa Encendida










B
ajo por Altamirano, que es calle con mercado; y quizás por eso más popular, más menestral y comercial que sus circundantes en este madrileño barrio de Arguelles, nacido – primero con vocación aristocrática y luego burguesa – de la planificación decimonónica del ensanche madrileño.
Hacia el centro de la calle, en la fachada del número 34, puso la Real  Academia una lápida el año 1994, rememorando que allí, Luis Rosales, había vivido y compuesto La Casa Encendida.  Hacía ya dos años de la muerte del poeta de la vieja sospecha.


Al día siguiente,
- hoy-
al llegar a mi casa –Altamirano, 34– era de noche,
y ¿quién te cuida?, dime; no llovía;
el cielo estaba limpio;
- <<Buenas noches, don Luis>> - dice el sereno,
y al mirar hacia arriba,
vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares,
las ventanas,
-sí, todas las ventanas -,
Gracias, Señor, la casa está encendida.


Esta imagen poética de Rosales es hoy popular, al intitular Casa Encendida al Centro Cultural que en el año 2002 se inauguró en el estupendo edificio de la Casa de Empeños de la Ronda de Valencia, que dibujó Fernando Arbós.
Pero la Casa Encendida es esta, la de Altamirano 34, adonde llegó Rosales de la mano de su amigo Luis Alonso Luengo, que aquí vivía. La casa la compró, en los años cuarenta del siglo XX, un industrial astorgano necesitado de invertir los dineros producidos por su fábrica de mantas. Y aquí moraban cinco familias de Astorga, la de don Luis entre ellas.
En los años veinte del pasado siglo, a un grupo de jóvenes astorganos, nacidos en el seno de la enriquecida burguesía local, les une su común interés por la literatura y comienzan sus ensayos poéticos en publicaciones locales. Son: Luis Alonso Luengo (1907-2003), Juan Panero Torbado (1908-1937), Ricardo Gullón Fernández (1908-1991) y Leopoldo Panero Torbado (1909-1962). Años después, en 1948, es Gerardo Diego quien los bautiza como Escuela de Astorga, y los presenta en ABC. Unos años antes don Gerardo había pasado un verano en Astorga, invitado por Luis Alonso.
La casa de Altamirano 34 se hace centro de reunión de poetas e intelectuales, convocados por las personalidades catalizadoras de Rosales y Luis Alonso. A los ya citados, excepto Juan Panero fallecido en accidente en 1937, se unen con más o menos asiduidad: Dionisio Ridruejo, Dámaso Alonso y Luis Felipe Vivanco. Gullón abandona España y la carrera fiscal en 1953, dedicándose a la docencia de la literatura española, primero en Puerto Rico y después en Estados Unidos.
Verdaderamente curioso este amasijo de hombres tan distintos, a los que quizás uniese, más que el amor por la literatura, el juego de intereses por la posición socio-política de cada uno.
Si hemos de prestar oído a Felicidad Blanc (viuda que fue de Panero), donde verdaderamente estaba siempre Rosales – el de la vieja sospecha- era en la casa de ella, como permanente y obsesivo oficiante en la liturgia de destrucción de Leopoldo, su marido. Antonio Colinas, en su Meditación en Castrillo de las Piedras (lugar donde estuvo la casa de campo de los Panero), nos dice:


(Acaso él tuviera que beber
desde que hirió y desde que fue herido
-con las palabras manchadas de Historia-
por un poeta amigo y admirado.)


Hay mucho Dios y mucha Castilla en los versos de Leopoldo Panero. Demasiado Dios y demasiada Castilla (llama Castilla a su León natal). Las desgarradas palabras de hijo a padre que recoge el maestro Colinas en el poema citado, son clarificadoras:


Había llegado la segunda muerte
del padre
(no debida al alcohol, ni a las ideologías)
para ir triturando lentamente
los cuerpos y las psiques
de los desamparados.
Aunque uno de ellos, que tienen por “loco”,
habló ya entonces con sabiduría
extrema
y resumió la clave de la historia:
“No has podido quitarte la capa
de superficialidad”,
dijo mirando a quien le dio la vida.


En contraposición, Luis Alonso Luengo fue hombre sosegado, de variado saber. Magistrado del Supremo, nunca dejó la literatura y la historia, disciplina en la que llegó a ser académico. Quien algo quiera saber sobre las gentes pobladoras de la Somoza leonesa, los singulares maragatos, tendrá que pasar por las páginas que sobre ellos nos dejó el astorgano Luis Alonso Luengo.

Yo, reanudo mi marcha Altamirano abajo, con el fondo verde de la Casa de Campo, hasta la vieja Casa Paco, donde he quedado con los amigos para tomar unos chatos y alguna tapa que se tercie.




martes, 12 de agosto de 2014

Silencio















… silencio, dulce, agria sucesión de rincones donde solo se conjuga el pasado, olor a pan y leña en frío de mañanas abiertas a la amplitud del horizonte y al río en que se miran escamas de piedra y fes milenarias, incienso, liturgia, velo, labradores viejos huidos de la soledad y el frío, ferroviarios, funcionarios, pulcros jubilados de digna escasez de paseo en la tarde de rebeca de saludo y señora al brazo, ultramarinos de bacalao y sardina arenque, tapias de convento, ferreterías donde todo es posible, y en el contenedor escombros con huesos de monja o fraile, audiencia, ayuntamiento, estación, hacienda, viriato terror de romanos, penumbra en tabernas de clarete y serrín en que evocar el don de claudio, puentes hacia el perfil recortado en los cúmulos desde la otra orilla, sopas de ajo y edad media, cotidianidad en calles despeñadas hacia el duero sin prisa, silencio, silencio, campanas. Atardece dorando las cuarcitas de Zamora.






viernes, 8 de agosto de 2014

Abuela














Levanto la vista por encima de la pantalla del ordenador y  me encuentro con los ojos de una joven que me mira desde el lejano 1916. Y con la mirada me llega su voz, la temblorosa y familiar voz de una anciana:

It’s a long way to Tipperary,
it’s a long way to go.
It’s a long way to Tipperary
to the sweetest girl I know!
Goodbye Piccadilly,
farewell Leicester Square!
It’s a long way to Tipperary,
but my heart’s right there.


Mi abuela materna nació en 1890, luego tenía 24 años al comenzar la Gran Guerra del centenario, en el trascurso de la cual nació mi madre. La educaron para entonar bien canciones como el along way to Tipperary, mantener una conversación con cualquiera en español o francés, guisar como los ángeles y hacerse querer de todos y en todas partes. Pero no sabía dividir. Mi abuela supo siempre, toda su vida, matizar la realidad, por dura que fuese, con la educación.


Hoy mi abuela ha querido cantarme de nuevo, con su voz trémula de anciana, el Tipperary que le escuché de niño. Su recuerdo es dulce, como todo en ella, sin nostalgias que arañen.







sábado, 2 de agosto de 2014

Días de hospital







 D
ías de hospital. Frío de quirófano. Sube y baja de cama articulada acomodando el dolor. Circundante anatomía externa que introduce fluidos o drena humores. Somos afán de mantener la vida. Trato de poner distancia y utilizo a D. José Manuel Caballero Bonald. Siempre me ha servido el viejo, educado, rojo, antillano señorito gaditano de la palabra el vino y el flamenco. Ágata ojo de gato. Es fácil enredarse en esas páginas rellenas con lo que, quizás, sean más versos que sugieren que renglones informantes. Oficio y trabajo en este concatenar palabras hacia la belleza. La Argónida es su canto a ese paisaje de infancia que a todos  nos define y condiciona.  Paisaje que se impone mientras los personajes se difuminan, son mera disculpa en el apasionante juego del calificativo y la metáfora. Y llega la liberación de tubos y el regreso al pequeño mundo cotidiano. Gracias, D. José.  







jueves, 31 de julio de 2014

¿Podrán?















No sé si nuestra sociedad está tan podridita como cabe deducir del amontonamiento de corruptelas de nuestros dirigentes con que nos atizan a diario los medios de comunicación; eso sí, cada uno incidiendo y adobando el asunto según sus intereses ideológico-pecuniarios. Y cabe imaginar que solo nos enteramos de una pequeña parte del tinglado, y que solo se pilla a los más tontos, a las víctimas de las intrigas entre poderosos, o a los que les toca hacer de chivos expiatorios (previo abono del importe pactado, digo yo que será). No tiene sentido suponer una tan generalizada corrupción entre políticos en una sociedad sana y con valores. Lo lógico es  presumir que los políticos son imagen de esa sociedad de la que emanan, ergo vivimos en una sociedad tan corrupta como lo son sus dirigentes. Sería necesario y justo una afinación clasificatoria por estratos sociales – lo de clases cabrea mucho– pero ese jardín, hoy en día, necesita de un análisis – lo de marxista cabrea más – que excede de mis humildes propósitos.
Las causas de esta situación las supongo complejas. Unas serán comunes con las sociedades de nuestro entorno, y otras particulares de nuestro avatar histórico. Pero de lo que estoy seguro es que las deficiencias del tránsito de la dictadura a la actual situación tienen mucho que ver con esta postración ética. Sin entrar en pormenorizar estas ya tan tratadas deficiencias me acojo a la simplificación popular que, para entendernos, sirve: ganaron los de siempre y perdieron los acostumbrados a ello. Pero los ganadores no tuvieron más remedio que dejarse pelos en la gatera de tan singular tránsito, y esos pelos son los que mantienen hoy, más o menos, la apariencia de este nuestro humildísimo tinglado democrático. Y entre esos pelos están, por ejemplo, los jueces que se creen realmente lo de ser representantes de un poder del Estado, y actúan en consecuencia. Jueces que, aguantando el tirón y plantando cara, nos dignifican. Nunca podremos agradecérselo lo suficiente. Ojalá que todos los funcionarios – los tan criticados funcionarios – no tuviesen tan cerca la garra del jefe político como la suelen tener; ojalá prevaleciese más a menudo el criterio del humilde funcionario de oposición y no el del político genuflexo e ignorante; mejor nos iría. Pero las valientes actuaciones de estos jueces y demás heroicos funcionarios no curan los cánceres de nuestra sociedad, que necesita de cirugías genéricas que solo corresponden a la ciudadanía.
De eliminar o paliar otros pelos dejados en la gatera del tránsito se está ocupando con aplicación el actual Gobierno, con legislaciones ad hoc solicitadas por los grupos de poder a los que se debe. Pronto, en ello están, la democracia será una mera envoltura para regalo, dentro de la cual esté el caldo de cultivo en que puedan moverse con soltura los estamentos socio-económicos representados por el partido actualmente en el Gobierno. Y a la vez que les eliminan obstáculos les amplían los campos de negocio, al incluir los ahora abarcados por lo público.  
Es de ver cómo hemos llegado a admitir con naturalidad la mentira cotidiana y la falta de honradez de nuestros dirigentes. Es preocupante cómo nos vamos acostumbrando a esta forma de proceder. Descorazona ver cómo los ciudadanos votan a sabiendas al golfo que va en las listas por el mero hecho de que es de los suyos. Cuentan en Galicia un chascarrillo sobre un político al que sus compañeros hacían ver que los expedientes no salían del ayuntamiento. Es muy fácil, contestaba el interpelado, ponedme un sello, en los que tengan que correr, que diga: É de os nosos. Veréis si corren…  
Hace pocos días eran muchos los ciudadanos que sintieron – sentimos -vergüenza al oír al Presidente del Gobierno defender algo tan peregrino como una ley para impedir a las minorías unirse en acuerdos para gobernar. Sonrojaba ver a la máxima autoridad del país defender con desparpajo algo tan antidemocrático. Pero todo vale para el fin de la actividad política: la conquista y mantenimiento del poder por cualquier medio.
La pasada bonanza económica ha alargado la corrupción a sectores socio-políticos antes inmunes, al menos por falta de acceso a la abundancia de dineros. La condición humana es la que es, y aunque haya que distinguir entre lo connatural y lo circunstancial, es triste, triste y preocupante ver a ese sector de los sindicatos andaluces en el trance en que lo vemos.
En mayo – significativo mes – del 2011, fuimos muchos los que oímos con alborozo levantarse la voz de los Indignados del 15M. En el fin del espejismo se alzaban los más perjudicados por la aventura neoliberal: una juventud excluida. Poco a poco fue conformándose un ideario del movimiento, más o menos extendido por Europa, que podemos aceptar como definitorio del pensamiento de una parte importante de nuestra juventud. Un ideario progresista y avanzado, pero con unas características de horizontalidad y heterogeneidad que, junto a su régimen asambleario, desconcierta a la izquierda tradicional, a la que coge con el pie cambiado y no sabe responder; son formas y maneras nuevas, frescas y esperanzadoras, en las que los viejos tendremos que poner los cinco sentidos y toda la ilusión que seamos capaces. La reacción de la derecha fue la propia de su condición: la represión.
Han sido muchos los movimientos de contestación social, a cual más apreciable, surgidos del o tras el 15M. Por su trascendencia política tras las últimas elecciones europeas hay que resaltar a Podemos. En un activo grupo de jóvenes profesores de la Complutense Madrileña, que se mueven en el entorno de IU, destaca la figura de Pablo Iglesias Turrión, que con habilidad y capacidad de liderazgo va abriendo una vía de expresión en los medios de comunicación más o menos marginales. Alguna de las grandes cadenas de TV ve en la personalidad y la capacidad de convocatoria de Pablo un filón a explotar, y lo tenemos - arrastrando masas - de contertulio enfrentado a cuanto dogo de la derecha mediática le ponen por delante.
Creo que Pablo Iglesias es un hombre de izquierdas que, por matizar, situaría en la línea ideológica de Enrico Berlinguer, y con su pensamiento adobado por las ideas recogidas en el 15M. Ya el político italiano reflexionó sobre la lamentable deriva que los partidos políticos habían tomado en Italia y en Europa en general, y Pablo Iglesias lo hace sobre el bipartidismo español, llegando a su dura calificación de “Casta” para cuantos han tenido responsabilidades políticas en nuestro periodo democrático.
Puede que la definición de Casta sea demasiado genérica e injusta en algunos casos, puede. Y no sé si serán posibles las organizaciones políticas horizontales, asamblearias y de ideología plural, no lo sé. Pero estoy ojo avizor. El asunto me interesa.
De momento lo único que puedo hacer es observar lo que está a mi alcance: la formación de los círculos locales de Podemos. Lo que sí puedo afirmar es que me preocupa y desconcierta oír en una asamblea progresista, al señor que está a mi lado, afirmar que la dialéctica izquierda derecha es algo periclitado y que no se ajusta a nuestra realidad social actual, y me preocupa ver las manos girar en aprobación. Me preocupa porque entramos en una zona que no entiendo. Seguimos viviendo en una sociedad con desigualdad creciente, donde el viejo conflicto está vivo y pidiendo soluciones. Puede que los jóvenes tengan una amplitud de espíritu que les permita hacer posible la colaboración entre gentes con concepciones distintas de la realidad, para la consecución de unos fines comunes mínimos, puede. Pero el conflicto está ahí, y parece que tarde o temprano aflorará.
En todo caso tengo clara mi condición de mero y respetuoso espectador de un fenómeno que no termina de encajar en mis viejos y cuadriculados esquemas.
¿Podrán? No lo sé, pero a algo tenemos que asirnos cuando lo que tenemos delante es una derecha desatada a la que solo se opone una izquierda débil y desorientada. Los jóvenes parecen ofrecer otros caminos, veamos y oigamos.     











domingo, 20 de julio de 2014

El tigre en la casa














Mi amigo Ambrosio me trae de Méjico una cuidada reedición de El tigre en la casa de Eduardo Lizalde, preparada por una editorial nueva: Valparaiso, con prólogo de Mario Bojórquez.
Lizalde publicó este poemario en 1970, en la madurez intelectual de sus cuarenta años y con  la pasión de un adolescente de alma herida.

De pronto se quiere escribir versos
que arranquen trozos de piel
al que los lea.

Y los arranca. La lectura nos deja en el desasosiego que el poeta pretende, en una sucesión de figuras plásticas a cual más desgarrada, más fiera, más desesperanzada. Y en medio de tanto horror, siempre, la belleza y la poesía.

¿Qué cosa ha de ser cosa
tras su muerte?
¿Qué dolor dolerá
si ella no duele?

Hermosas flores del mal mejicanas, estos poemas de Eduardo Lizalde.







jueves, 17 de julio de 2014

Ocupas














L
a higuera tiende sus hojas como manos mendicantes sobre el musgo de los sillares delimitadores de viejas  soberbias. Sus tallos penetran la frontera de las rejas, donde el orín escapa del corsé de la pintura imponiendo la decadencia de los ocres. Sus raíces buscan entre las juntas de la piedra, empujando, desplazando, descomponiendo un orden ortogonal, quizás caduco. Verdes cimarrones han saltado las geometrías del jardín, dibujando un nuevo paisaje sobre el intuido en los restos de rígidas alineaciones. La mugre llena espacios de abandono teñidos por el torpe grafiti y el humo triste del mendigo .
Y llegan - rastas y música - los ocupas. Y son impensados azules en las ventanas, inauditos amarillos en las rejas. Y parece innecesario un orden de simetría y proporción. La labor de la higuera parece querer formar parte de un todo renovador de horizonte desconocido. Aunque a los viejos las cosas nos suenen a conocidas.