domingo, 18 de agosto de 2013

Tengo que acordarme...

 
 
 
 
 






Tengo que tratar de acordarme de aquello y escribirlo porque era hermoso y digno de contar sí era digno de contarse aunque solo sea para sobrellevar lo zafio y lo vulgar de cada día lo bello puede estar entre lo oscuro entre lo feo pero nunca mezclado no puede mezclarse la bondad con lo ruin como no pueden mezclarse el agua y el aceite que se dice hay que tener los ojos abiertos siempre atentos pues de cualquier sitio puede surgir la belleza lo he consultado con quien consulto los asuntos de sentido común que es con Luis de Gallur el otro día me acordé mientras barría pinaza que no es actividad tan fútil como por su humildad pudiera pensarse Urcisiano Goriz el mozárabe  el pensador de las dos culturas que subió de Sevilla a León lo dijo en el siglo XI antes de que se le cruzasen los cables y le diese por arrimarse al poder y bajar a su antigua patria nada menos que a matar moros lo que le valió dineros y un señorío con el título de Conde del Bacillar puede que por su notoria inclinación al clarete cosa que no aprendió de moros sino de cristianos digo que dijo antes de estas veleidades bélicas que barrer pinaza era labor que aliviaba el espíritu y lo propendía a hilvanar las más sutiles tesis las más etéreas argumentaciones lo mecánico de la actividad liberaba el alma y las esencias emanadas de las colofonias potenciaban la actividad cerebral de lo que surgían tan excelentes frutos fructificación que no podía extenderse al barrido de cualquier otro residuo vegetal al menos no de los que Urcisiano pudo investigar su curiosidad le llevó a señalar en el mapa los lugares donde se producía el mejor  pensamiento de su tiempo y vio que sus marcas estaban siempre sobre tierras de pinares tengo que acordarme pues el asunto era realmente hermoso puede que me acuerde cuando vuelva a barrer pinaza me llevaré un cuaderno y un lápiz para apuntar que no se me olvide es una pena perder lo que el alma recuerda o produce cuando se barre pinaza Urcisiano llenó de pinares el territorio de su señorío lo que produjo hambruna y miseria durante años pero como la humanidad todo lo aguanta con el tiempo el país fue excedente de filósofos y piñones los primeros tuvieron reconocimiento en todo el reino y fueron ellos los que sobre el viejo basamento griego que plantaron los romanos levantaron la solida estructura del pensamiento patrio los piñones los vendían en Medina del Campo tostados o frescos donde tenían mucha aceptación actividad esta que era ejercida por nobles e hijosdalgo toda vez que los pecheros barredores de pinaza bastante tenían con su enorme producción de libros que eran exportados a las universidades de toda Europa tengo que acordarme del cuaderno y el lápiz oigo viento en la ventana y supongo que mañana tendré abundante pinaza que barrer lo de la escoba es una mera tradición verbal que yo he recogido en la zona donde dicen que sí que ese magnífico útil de finas pletinas que se abren en abanico fue ideado por Urcisiano en colaboración con un espadero toledano para facilitar la labor de los pensantes barredores pecheros que tan buenos caudales producían al territorio y por ende a las arcas condales no porque la cantidad en volumen de lo barrido fuese proporcional a la finura de la producción del intelecto no sino por aliviar el esfuerzo físico de agrupar en montones las rebeldes hojas aciculares etcétera tengo que acordarme.   

sábado, 10 de agosto de 2013

Casas rurales

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

El turismo de casas rurales español en sus distintas acepciones locales, como el bed and breakfast británico, el turismo de habitaçao portugués, o las gites francesas tenía en sus orígenes una pretensión de autenticidad que en el caso español se ha perdido casi por completo.  Se pretendía vender al urbanita una inmersión temporal en ambientes reales, los de unas personas que habilitaban parte de sus viviendas para estos fines y así ayudaban a sus economías domésticas: sea usted por unos días labrador en la estepa castellana, señorito cortijero en Andalucía, payés en masía catalana, señor en pazo gallego, invitado de indiano asturiano o de arriero maragato, huertano en Valencia, castellano en su torre medieval, pescador vascongado, vinatero riojano… Hoy en día casi todos estos negocios se han profesionalizado y sus establecimientos son decoraciones, más o menos logradas, desarrollando una idea preconcebida sobre lo ofrecido.  De todas formas sigue siendo una oferta distinta del hotel convencional, del que solemos esperar lo contrario: una despersonalizada asepsia que no nos conturbe lo más mínimo, para pasar la noche en un sueño reparador y largarnos a la mañana siguiente para continuar la persecución de nuestros imposibles, sin acordarnos de la cama en que hemos dormido, lo que suele ser buena señal.

Supongo que los que seguimos buscando los “ambientes auténticos” en este tipo de alojamientos, lo hacemos por las mismas razones por las que, por ejemplo, nos gusta rodearnos de trastos viejos, que al fin y al cabo utilizamos como símbolos evocadores de mundos desaparecidos. No digo añorados,  tampoco hablo de inquietudes científicas, hablo del gusto por la dignidad que el filtro del tiempo otorga a las cosas, en contraposición a la aparente banalidad de lo moderno por el mero hecho de serlo.

Y los que en estas andamos podemos encontrarnos con la horma de nuestro zapato. Este verano planeábamos un viaje familiar y pretendíamos una parada en una pequeña y agradable ciudad de un país vecino en la que hace unos años lo habíamos pasado bien, disfrutando de un folclore espontáneo que se manifiesta, al margen del escaso turismo, en las calles y en las tabernas . Brujuleando en Internet di con algo realmente apetitoso: una página web, bien montada, ofrecía una preciosa casa del magnífico barroco de nuestros vecinos. En las fotos de los interiores se veía con claridad que aquello no era decoración ni acumulaciones de coleccionista; se trataba de una auténtica casa palacio, con los muebles y los objetos que el paso de generaciones adineradas va acumulando en edificios con continuidad familiar. Y allí reservamos habitaciones para pasar unos días.

Encontrarnos con el edificio no nos defraudó, era realmente magnífico y estaba situado en el centro de la ciudad que pretendíamos disfrutar. Llamamos a la puerta y al cabo de un rato, que nos pareció largo, se abrió una chirriante rendija por la que una anciana asomaba su nariz interrogante. Un amplio zaguán daba paso a una escalera de piedra berroqueña con balaustres barrocos, por la que ascendimos siguiendo a la señora. En la penumbra de un salón de alto techo de artesa en color añil, pude intuir, más que ver, buenos muebles y buenos cuadros. La anciana pronunció unas breves palabras a modo de bienvenida y presentación de la casa, en la que su familia - dijo – había vivido durante ocho generaciones. Yo sentía una sensación de incomodidad, quizás desasosiego, y mirando a mi familia veía en sus caras la misma sensación. A la falta de luz se unía un aire pesado y un olor… olía… ¡olía a alcantarilla! La señora nos condujo a las habitaciones a través de oscuros salones y pasillos por los que vimos cruzar furtivamente, ocultándose a nuestro paso, sombras de seres que nos parecieron deformes. La dama, solícita, nos enseño los cuartos y abrió las camas. Reuniendo ánimo logramos decirle que solo nos podíamos quedar una noche.

Las habitaciones eran amplias y los cuartos de baño nuevos y cómodos. En la nuestra había una cama decimonónica con preciosos dibujos de marquetería y sábanas de hilo bordadas y almidonadas; sobre una cómoda de cerezo un buen crucifijo del XVIII con unas siemprevivas, un aguamanil de loza y una bandeja con vasos y botellas de agua; los objetos reposaban sobre coquetos paños bordados. Completaban el mobiliario unas mesillas parejas de la cama, dos descalzadoras, unas sillas y un buen armario de luna en el hall que precedía al dormitorio. Todo estaba limpio y cuidado, pero en el aire se seguía sintiendo la sensación de pesadez. Descorrí cortinas y visillos y levanté la ventana de guillotina, solo allí vi suciedad y bichejos que escapaban, hacía mucho tiempo que no se abría. El aire y la luz dieron vida a la habitación.

Después de lavarnos dejamos los cuartos con la intención de visitar la pequeña ciudad. El edificio nos oprimía y estábamos deseando salir.  Fuimos atravesando las oscuras estancias y nuestra anfitriona nos salió al paso. Le hablamos de la digna vetustez de la casa y se ofreció a enseñarnos algunas zonas de interés. Recorrimos salones y dependencias escuchando referencias apasionadas a las distintas opciones monárquicas por las que, a lo largo de los siglos, habían optado los antepasados retratados en los cuadros, sin la menor referencia a la ya vieja realidad republicana del país. Colecciones de objetos orientales traídos por familiares dedicados al funcionariado o al comercio en tierras lejanas, llenaban vitrinas. Me llamó la atención una preciosa capilla con un retablo de recargado  barroquismo y sabor americano. Me hubiese gustado preguntar a la señora la razón por la que esa casa permaneciese intacta después de tantas guerras, saqueos, repartos, herencias y testamentarías como podían presumirse; pero no me atreví, temiendo largas explicaciones; queríamos coger la puerta cuanto antes y salir a llenar los pulmones de aire limpio, libertad y alivio.

A la mañana siguiente nos esperaba un magnifico desayuno, servido con gusto exquisito en un comedor con alacenas de nogal repletas de vajillas antiguas. A nuestra espalda sentíamos revolotear las sombras, como atentas a satisfacer nuestro menor deseo. Lo que he llamado pesadez del aire, algo complejo que soy incapaz de definir, no nos dejaba disfrutar del desayuno preparado con evidente interés y sabiduría. Como no nos dejó disfrutar de esa extraordinaria casa que permanecerá en nuestra memoria.

En la siguiente ciudad fuimos derechos a un hotel del que ya no recuerdo detalles y que dentro de nada no existirá en mi cerebro.

 Sé que volveré a las andadas.

viernes, 9 de agosto de 2013

La Maragateria y la Alta Somoza


 
 
 
La Baja Somoza– La Maragatería - mira al llano en que comerciaban sus trajineros. En sus pueblos, las grandes casas de los arrieros son restauradas y mantenidas con el apego de las gentes al lugar de sus  mayores y los dineros del comercio del pescado y la carne en Madrid. La piedra de sus muros se va rejuntando con morteros de cal teñida con ocre, y las carpinterías de puertas y ventanas – con huecos recercados en blanco – se pintan de azul, verde o rojo; velando los cristales con la labor femenina de visillos primorosos. (Sospecho que muchas de las maneras usadas hoy en día para restaurar estas casas, fueron puestas de moda con la restauración de Castrillo por la Administración). El paso del Camino de Santiago ha ayudado a la conservación de estos pueblos, generando una actividad económica que ha permitido la adaptación de muchas casas para el turismo rural y los albergues de peregrinos. En las fiestas del verano se siguen sacando de la naftalina del arca los viejos ropajes, para agitarse en zapatetas al ritmo del tamboril y la chifla.  



En las restauraciones de la Baja Somoza los esmaltes sintéticos incorporan colores sorprendentes.
Murias de Rechivaldo.


 

Importantes casas de arrieros han sido habilitadas para la hostelería.
Murias de Rechivaldo.

Lucillo, Alta Somoza
La Alta Somoza – no sé si Maragatería – se va derrumbando en las faldas del Teleno. En sus pueblos quedan aún empeños de vida: viejos que esperan la visita de los hijos mientras su entorno se arruina, entre los fríos y calores del monte del dios astur que tan poco les ha dado. Las lajas de cuarcita de los muros de sus edificios conservan sus aristas vivas, sin rejuntados que las suavicen. Los tejados de cuelmo son ya solo restos para la curiosidad etnográfica; resisten algo más los de losas de pizarra con entrelazadas cresterías, pero pronto todo se incorporará al suelo y a un paisaje donde el paso de los hombres será solo recuerdo. No hay alegría para colores ni visillos en puertas y ventanas, ni dineros sobrantes que puedan dedicarse a mantener la casa de los abuelos. Sin embargo, no le faltan a esta tierra hijos que estudien su pasado lejano, sea en – por el momento mudos - petroglifos o en los restos de las explotaciones mineras del Imperio Romano. Llama la atención este interés por lo remoto ante la ruina del presente.




Lucillo
Restos de cubierta de cuelmo.
Lucillo











 

Cumbrera en cubierta de losas pizarrosas.
Lucillo

Lucillo

Tanta diferencia entre estas dos zonas es reciente. Aparte de las casas de los trajineros acaudalados, las viviendas del común de la gente debían de ser bastante similares en las dos Somozas. Concha Espina escribió su Esfinge Maragata en 1914. Parece ser que estuvo pocos días en el país, y solo visitó los pueblos del entorno inmediato de Astorga. El escenario de la novela es una casa importante, venida a menos, en un pueblo de la Baja Somoza; donde, tras el fin de la arriería, los hombres han mantenido la tradición de salir del pueblo a buscarse la vida, dejando a las mujeres el brutal trabajo de mantener la hacienda y sacar cosechas de tierra tan yerma. Se ha querido identificar su Valdecruces  con Castrillo de los Polvazares, y si es así son significativas las impresiones que causó en la santanderina el hoy tan retocadito pueblo:

Después, dando sombra a los ojos con las dos manos, vio surgir débilmente el diseño borroso del humilde caserío, techado con haces secas de paja amortecida, confundiéndose con la tierra en un mismo color, agachándose como si el peso de la macilenta cobertura le hiciese caer de hinojos a pedir gracia o misericordia. En aquella actitud de sumisión y pesadumbre, las casucas agobiadas, reverentes, exhalan un humo blanco y fino que parecía el incienso de sus votos y oraciones. 

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El “crucero” es un punto céntrico del lugar, donde convergen cuatro calles anchas y silenciosas, de edificios ruines con techados de cuelmo, pardos y miserables como la tierra y el camino: una gran cruz labrada toscamente, ceñida en el suelo por un amago de empalizada, corrobora el nombre de la triste y muda plazoleta.

 
La prosa de doña Concha deja claro que, hace cien años, el aspecto de Castrillo era muy diferente del que hoy ofrece el protegido conjunto. En la tristeza de las ruinas de la Somoza Alta podemos encontrar las imágenes perdidas de estos pueblos de la Baja Somoza, favorecidos por el albur y otras circunstancias.
 
 
 
 
 
Pobladura de la Sierra, Alta Somoza.

martes, 16 de julio de 2013

Antonia, la Manolona

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

En el blog sobre la obra del claretiano D. Francisco Rodríguez Pascual (1927-2007), se publican unas fotos sobre indumentarias femeninas de su pueblo -  Carbajales de Alba -  realizadas hacia 1930.

En una de ellas podemos ver a una espléndida mujer vestida con los ropajes de su tierra y adornada con unos versos del también carbajalino D. Ignacio Sardá Martín (1915-1979):

 

Carne brava, siempre llena

de baile, ardores y brillos

que aprisionan los justillos

y van en aires y voleos

al garbo de los manteos

y luces de picadillo.

 

 

Dicen que se trata de Antonia, la Manolona. Y no me resta más que felicitar a sus descendientes.

Voluptuoso, el mariólogo. D. Ignacio sabe de lo que habla...

 
 

martes, 9 de julio de 2013

Mi humilde... endriago mensajero de las tinieblas y el horror




 






 

 

Desde hace unos días se pasea por el interior de mi casa una pequeña salamanquesa. Tan pronto anochece comienzan sus correrías cinegéticas por el blanco de la pared, ocultándose en caso de alarma tras los cuadros y los muebles. Observarla durante un rato es una alternativa al consuetudinario rollo de la televisión, que nos cuenta lo poco que se sabe de cuánto y cómo roban nuestros gobernantes. He intentado cogerla con una caja para llevarla al exterior, pero su habilidad y el poco interés puesto por mí en la cacería han hecho que esta no tenga resultados.

Este animalito causa repelús a los humanos. Es indudable. Puede que sea su cuerpo verrugoso y ceniciento, no lo sé, pero no he visto a nadie cogerlas con la mano. Las lagartijas siempre han sido presas predilectas de los niños; o lo fueron, no sé si los niños de la informática siguen cazando lagartijas. Sin embargo, no recuerdo a ninguno de mis compañeros de infancia cogiendo una salamanquesa. Podríamos pensar que la tersura de la piel y los colores vivos evitan la repugnancia, pero no, la brillante, tersa y colorida salamandra – ese anfibio negro y amarillo -  nos produce más rechazo aún, si cabe. Estos miedos de los humanos no parecen responder a razones evidentes.


El maestro Ferlosio, en su libro recopilatorio El geco (Destinolibro 2007) -  en el primer relato, cuento o reflexión -  se refiere a la pobre salamanquesa nada más y nada menos que como vicaria del nombre de la cosa maligna, como representante vivo del mal.

Días pasados, en tertulia de vino y tapa, los amigos charlábamos sobre estos asuntos. La conversación se fue centrando en el fuerte rechazo y en el miedo atávico que a los hombres producen algunas deformidades de sus congéneres. Todos tenían su particular Quasimodo, pero nadie explicación plausible para tan irracional y cruel rechazo. Destacó, como siempre, la historia que nos contó Pablo: un pobre hombre oculta su deformidad en un chiscón de Lavapiés, donde ejerce su oficio de zapatero. Su magnífico trabajo artesanal y unos precios muy baratos, son las únicas razones para que su escasa clientela venza la resistencia al contacto con tan horrible deformidad. Circunstancias puntuales llevan al hombre, en el paroxismo de su sufrimiento, a tomar la decisión de acabar con su vida. La vieja obsesión por no molestar al prójimo le hace elegir, como sede de su último sueño en los fármacos, la escalinata que baja hacia la entrada sin retorno del Instituto Anatómico Forense.  Viniendo de quien viene la historia tengo la fundada esperanza de oírla más veces y en mas versiones, seguramente enriquecidas. Así sea.

Oigamos la voz potente del maestro Ferlosio, en el último párrafo del texto referenciado.

Del tímido, vacilante, verrugoso y ceniciento geco aún está por saber que jamás hiciera mal a hombre alguno en este mundo, y vedlo ahí, sin embargo, cómo una vez más, acierta – pequeño pavor rampante – a dibujar o tal vez a escribir sobre el blanco del lucido la más expresiva, convincente e irresistible finta de endriago mensajero de las tinieblas y el horror.

Tendré que decidir qué hago con mi pequeño mensajero doméstico… si me atrevo.

  

 

 

 

 

sábado, 6 de julio de 2013

Lucio Muñoz










La pintura de Lucio necesita del ojo cercano y atento a las texturas, a las sombras que proyectan los gruesos de la materia adosada al plano. Hay que embarcarse en la aventura de la forma sugerida o intuida, y luego ver la dilución de esa idea sobre los fondos de cielos que se hacen tierra, y tierras que se licuan en trasparencias de cielo o de agua. El color rotundo del primer plano contribuye a la definición de los volúmenes que pronto dejan de ser lo intuido para ser solo eso: forma, volumen concreto.

Es el viejo juego de la pintura, pero ni el pintor ni el espectador están ya necesitados de iconografías representativas, y el juego se sublima, regodeándose con total libertad en la materia, el color, la luz y la forma. Y entre tanta libertad, la textura cálida y familiar de la madera y la huella de la mano sobre ella, nos mantienen en el diálogo entre espíritu y materia del viejo juego.

Siempre que tengo que ir a recoger a alguien en las llegadas de la T4 de Barajas disfruto del mural de la imagen. No hay nada que lo proteja. Hace poco vi a un individuo apoyar en la obra de Lucio su espalda, sus manos, uno de sus pies y toda su ignorancia.






miércoles, 3 de julio de 2013

Malvas




 
 
 
Está siendo un buen año de malvas reales. Me gusta también el nombre de malvavisco. El de malvaloca tiene resonancias del sur; por los Quintero y por aquel estupendo fandango del Niño Gloria que después bordó Caracol y le siguieron Camarón, el Torta, Poveda...

 

Malvaloca.

¿Quién te puso a ti ese nombre,

quién te puso Malvaloca?

malva porque eres muy buena

loca por querer a un hombre...

y ese hombre quiere a otra.

 

En un rincón de mi jardín crecen espléndidas las varas de su enhiesta altanería –andarán, este año, cerca de los tres metros - en las que se van abriendo las corolas que se ofrecen al insecto que se reboza orgiástico en su polen. Traje su simiente de las que siempre he visto nacer espontáneas en el patio de la casa leonesa de mis abuelos. Me ha costado convencerlas para que crezcan en la sierra madrileña; puede que sea planta demasiado cimarrona, áspera y rural para crecer en jardines de ámbitos más urbanos; pero al final he conseguido tenerlas. Y entre ellas zumba ya el azulacero de los abejorros que garantizan su continuidad y me recuerdan los veranos de la infancia.
 
 
 
 

Entre sus muchos colores tengo un claro favorito: ese magnífico rojo de sangre vieja que llena el espacio en redor de donde nace. No es el que más se prodiga, parece hacerse valer. Para mí es un símbolo; siempre lo imagino creciendo sobre un fondo de tapias de tierra roja, trullados de oro y viejos calicostrados leoneses.
 
 
 

 

 
 
 
 
 
Ojalá que mis pobres fotos puedan acercaros algo al placer que a mí me proporciona tener cerca estas flores humildes y campesinas.

 



 




 
 


 

domingo, 16 de junio de 2013

La casa de los Colinas











L

a carretera de acceso a Valdemocil desde la general cruza una esquina del límite sur del Páramo, y desciende al pueblo asentado en el valle que forma el arroyo Yebro. Desde el altozano puede verse el conjunto del caserío de tierra roja extendido a los pies de su iglesia y vigilado por la espadaña de lajas. Hacia el este, algo separado, otro grupo de construcciones destaca por su diferente  tamaño y color. Aurelio Colinas detiene el coche antes de iniciar el descenso, y se apea en busca del paisaje de la infancia: los revocos de cal de la casa de los Colinas entre los rojos y los ocres del pueblo, entre el dorado de las tierras trigales, y sobre el fondo de los cerros delineados por las alineaciones de los bacillares. Su mente evoca olores de parvas trilladas y de orujos secándose al sol, gemidos de norias vertiendo canjilones en surcos de pasado, campanas de viejas al rosario en las tardes lentas, esquilas de vacadas en el retorno de la tarde, lento rumiar de la yunta en la solanera de julio, en la algarabía de vendimia y en los eneros de las sábanas heladas. … Pero ya solo queda esa casa del frío, que le espera. Quisiera que fuese solo memoria, ruina, recuerdo tranquilo, pero la casa aún impone su desafiante presencia en los restos del paisaje. Aurelio va poniendo un nombre a las distintas zonas de la  edificación: las primeras construcciones de Gaspar Colinas en 1895; la ampliación que su abuelo César hizo treinta y cinco años después, junto con la fábrica de aguardientes y la segunda bodega; el ala de su padre Adriano en 1945; y, adentrándose ondulantes en el Páramo, como huyendo, los restos de la línea del ferrocarril que tendió su abuelo para llevar los vinos hasta la estación de Valdurceda. Los años ensucian el blanco de las paredes con churretes del rojo de la tierra, como si el tiempo fuese difuminando la soberbia de los Colinas.  

María Hierro, en la ventana, ve llegar el coche del hijo y su familia. Es una mujer alta, delgada, fibrosa, de pelo blanco y tirante hacia un pequeño moño, de barbilla erguida y unos ojos grises de difícil lectura. Viste un luto antiguo de ropa y alma. Es ágil y lúcida a sus noventa años y tiene la energía con que ha mantenido la casa y el decadente negocio familiar durante el último cuarto de siglo, el tiempo en que el mal de los Colinas, el mal de Isabel Llamazar, ha tenido a su marido encerrado en el cuarto donde ahora reposa, ya cadáver.

-Me lo anunció. Tu padre me lo anunció, pero no quise hacerle mucho caso. Fue un buen médico, y desde hace muchos años él mismo era su único paciente. El lunes me dijo que había llegado el final y su cuerpo se rendía, que sería cosa de pocos días. Intenté quitarle la idea de la cabeza, le dije que no era tiempo, le hablé de esperar la primavera ya anunciada, y el alivio del verano para los huesos, y el otoño de mostos y trajín… Me pidió silencio haciendo ademán de que me sentara junto a él, en su escritorio. Habló de papeles y de todos nosotros… Y ayer tarde, callados, sentados junto a la ventana de su cuarto, mientras me miraba a los ojos, dejó de apretarme la mano.

 El cementerio de Valdemocil es un cercado de tapias semiderruidas donde crecen los cardos y el olvido. En el centro se alza el panteón de los Colinas, un incongruente armatoste de piedra caliza rodeado de cruces de hierro con placas de esmalte que repiten apellidos y nombres. Aurelio observa la introducción del ataúd de su padre en el nicho. Mira a su madre, sola, en primera línea, dando instrucciones a los enterradores y al cura que reza su cantinela. Lee las lápidas de las paredes, buscando en el recuerdo significado a los nombres:

Gaspar Colinas Blanco 1851-1941

Isabel Llamazar Coto 1847-1919

César Colinas Llamazar 1886-1970

Luisa Tamaral Urzal 1885-1977

Isabel Colinas Tamaral 1914-1934

Luisa Colinas Tamaral 1916-1988

Y, en el suelo, apoyada en la pared, esperando:

Adriano Colinas Tamaral 1916-2006

Aurelio ve a su mujer, Elvira, acercarse a la suegra y cogerla del brazo. Le sorprende un parecido entre ellas que nunca antes había advertido. La barbilla alta, la mirada desafiante… Ve en las dos mujeres la fortaleza de la que él carece, y también el orgullo y la soberbia que nunca ha podido soportar. Observa la indisimulada distancia de sus hijos, y piensa que es mejor, que es preferible que sigan alejados de este mínimo y absurdo mundo y de estos ancestros incapacitados para la alegría. Un viento helado cruza el cementerio y se arremolina en las sepulturas, estrellando flores de plástico en las tapias. Los congregados se arrebujan como pueden, golpean el suelo con los pies y se agitan incómodos. María, del brazo de su nuera, alza la voz para dar las gracias a todos y finalizar el acto. En ese momento surgen unos gritos desde el fondo, junto a la puerta del cementerio; entre revuelo y murmullos un grupo de gente saca del recinto a una mujer. Aurelio ha escuchado ese grito que sigue resonando en su cerebro: << ¡Raza de fieras, os encamáis en la lobera y solo os sacan muertos!>>

 En la casa de Gaspar Colinas, al calor de la chimenea, la familia escucha los recuerdos de D. José, un anciano médico amigo de Adriano:

-¡Hace tanto tiempo…! No queda nadie vivo…, pero los odios se heredan como las taras y los dineros. Fue en verano, el año en que Adriano y yo habíamos hecho el primero de medicina en Salamanca y estábamos de vacaciones en el pueblo. Nadie nos contó nada, lo fuimos sabiendo o deduciendo de lo oído en nuestras casas o en el pueblo. Isabel, la hermana mayor de Adriano, que estaría en los veinte años,  quedó embarazada de un mozo ya maduro, Ulpiano Huerga, empleado en la alcoholera. La muchacha no dijo a nadie el nombre, pero Ulpiano presumió en la taberna de sus machadas. El cadáver del mozo apareció en el camino de Valdurceda. Tenía un tiro en el pecho y los testículos destrozados con señales de lo que, se dijo, era una rueda de espuela. En aquellos años solo había un hombre en el pueblo que usase espuelas y ese hombre tenía motivos para matar a Ulpiano. Pero César Colinas era también dueño del medio de vida de la gente. La bodega y la alcoholera daban trabajo, al menos una parte del año, a muchos hombres del contorno, a los que también compraba la uva que producían. Casi todos le debían favores personales, y su consultorio médico en Benavente siempre estuvo abierto a los menesterosos. Nadie tenía interés en enfrentarse a César Colinas, y tras un ritual de interrogatorios el asunto fue enterrado. Isabel se encerró en su habitación, olvidada de su padre, y murió durante un parto complicado atendida solo por la madre. La mujer que hoy ha gritado en el cementerio es hija de una hermana de Ulpiano, y el rencor heredado es su capital.

Es la primera vez, en mis sesenta años, que aquí no hay nadie encerrado.  Aurelio puede sentir aún sus miedos infantiles en la casa oscura del abuelo oculto, donde las mirillas de techos y paredes insinúan presencias que le rozan en las esquinas, que presiente tras las puertas o a la espalda, y que se hacen corpóreas en el silencio aterrador del sótano de los castigos… Las actividades de banquero o prestamista de Gaspar Colinas le llevaron a diseñar su casa de forma adecuada. Dispuso troneras al exterior y mirillas interiores para vigilar los compartimentos sucesivos que regulaban el acceso. Estos compartimentos estaban dotados de sistemas de cierre de las puertas que eran accionadas con cadenas desde el interior. Completaba la instalación una caja fuerte construida en un sótano profundo de complicado acceso. El hijo y el nieto de Gaspar hicieron sus ampliaciones pretendiendo algo más vividero, pero el fortín de los dineros del abuelo siguió siendo el centro de la vida en común y la imagen de la familia al exterior.

Aurelio va dejando pasar los días, demorando hablar con la madre y entrar en la habitación del padre. Deambula por la casa, la bodega y la alcoholera, como un visitante curioso y ajeno. María y Elvira le presionan.

-Llevo cincuenta y cinco años en esta oscuridad y desesperanza. Me casé con tu padre en 1945. Era un hombre alegre, guapo y gallardo. Trabajaba en un hospital en Madrid y era un médico considerado. En esos años fuimos felices, y en esa felicidad naciste tú. En 1951 tu abuelo César se encerró. Su mujer, Luisa Tamaral, intentó vender el negocio, pero no fue posible. Tu padre optó por venir, poner un consultorio médico en La Bañeza y atender la bodega. César Colinas había hecho crecer la industria fundada por su padre, pero cometió el error de hacer negocios con su hermano pequeño, Octavio, que siempre fue un hombre conflictivo. Había pasado unos años en Francia, y terminó pidiendo dinero a su padre para establecerse en Burdeos. César comenzó a exportar vinos y aguardientes a Francia en importantes cantidades, siendo su hermano el intermediario en las operaciones. La situación no duró mucho. En unos meses Octavio había desaparecido y las demandas judiciales llegaban a diario. Tu abuelo logró superar la situación pero el negocio ya nunca fue lo que había sido. Luego, cuando Adriano se hizo cargo, hubo unos años de bonanza con las ventas en La Rioja. Tu padre se encerró en 1978, hasta el otro día, que lo sacamos muerto. Desde entonces he hecho lo que he podido. He mantenido viva esta casa, si se pude llamar vida a lo que han guardado estos muros, el negocio, mal que bien, está en marcha, y en el banco hay un modesto capital. Hijo, tendrás que decidir qué se hace de tu herencia. Yo tengo 90 años de trabajo y sufrimiento. Quiero morir en paz y a la luz. Yo no tengo sangre de Isabel Llamazar.

-Pero esto no se puede abandonar, -dice Elvira-  es una labor más que centenaria… hay que continuar…

- No Elvira no, no seré yo quien pida a mi hijo que vuelva a esta casa.  Siempre vi con buenos ojos su alejamiento. -Dice María- Para su padre fue un disgusto que no estudiase Medicina, pero yo me alegré, y me alegré el día que se fue, y el día que terminó con los nombres romanos y llamó a vuestro primer hijo Gaspar, como el bisabuelo de sangre limpia. Vi la esperanza del fin del mal. En estos años mi única luz ha sido seguir su carrera, leer sus publicaciones…  No seré yo quien te reclame a destinos de horror, hijo. Tú tendrás que decidir. Mi labor terminó enterrando a tu padre. He querido seguir lo que él empezó, y hacer su trabajo. Ahora está en tus manos la continuación de esta historia, de la que te apartaste de joven.

 El salón está oscuro y se siente el aire pesado de las habitaciones cerradas. Aurelio abre las contraventanas y una luz de invierno se imparte en la estancia dando volumen a los muebles. Sobre una boiserie de nogal se recortan sillones isabelinos y vitrinas con abanicos y porcelana. En las paredes cuelgan espejos venecianos, paisajes con marcos rococó… y en la frontera a la puerta, presidiendo el salón y quizás la casa, un retrato de cuerpo entero de Gaspar Colinas, de un pintor zamorano pensionado en Roma allá por 1900. Gaspar está en el inicio de la cincuentena, es un hombre ligeramente grueso que mira con ojos firmes y risueños, tiene bigote sin guías, perilla recortada y su pelo es gris, casi cano. Viste chaqueta y pantalón de pana, polainas de cuero, chaleco negro y corbata de raso sobre la camisa blanca. Con la mano derecha introduce el reloj en el bolsillo, y apoya la izquierda en una consola sobre la que se ve una fotografía de su esposa, Isabel Llamazar. Es la misma consola y el mismo retrato que aún hoy están en la habitación. Aurelio coge la foto de su bisabuela y se sienta frente al cuadro…

Gaspar Colinas fue segundón de una familia de labradores pudientes para lo que era la zona y el momento. Para alejarle de la herencia el padre le dio estudios, y se hizo maestro. Obtuvo plaza en Benavente y compatibilizó su trabajo en la escuela con las clases a los hijos de una familia de terratenientes con título nobiliario. Con el tiempo llegó a ser el administrador de esa familia, administración que le produjo algún dinero. Lo empleó en comprar a su hermano mayor las tierras heredadas y muchas más que este había adquirido durante unos años de bonanza en que vendió mucho vino a Francia, entonces asolada por la filoxera. Cuando la plaga llegó al pueblo, hacia 1890, el hermano no pudo hacer frente a la situación y vendió las tierras. Gaspar, listo y bien asesorado, comenzó a plantar vides con pies americanos y en unos años estuvo en disposición de iniciar la construcción de la bodega con la que llegó a ser el mayor receptor de la uva producida en una amplia zona. Isabel Llamazar fue una mujer hermosa a la que Gaspar conoció en los carnavales de La Bañeza. Durante treinta y cinco años participó en la aventura del marido, alegró su casa y le dio dos hijos. Después comenzaron las invencibles tristezas, y en 1911 se encerró hasta su muerte, en 1919.

Aurelio mira la foto de su bisabuela. Esa mujer de ojos claros y rasgos dulces es la autora de los versos que ha leído en la habitación de su padre, en cuadernos con letra inglesa y flores disecadas. La mujer que pretendió una descendencia de césares y dejó el reguero de sufrimiento que él siente correr por sus venas.

 La habitación donde Adriano Colinas ha pasado los últimos veintiocho años de su vida está situada en la parte de edificación que él mismo realizo en 1945. Es una estancia grande que se distribuye en tres alas en torno a un pequeño patio porticado. Una de las alas menores está amueblada como dormitorio y se separa del resto con un biombo. El cuerpo central es la zona de trabajo y tiene sus paredes cubiertas por librerías repletas de libros y archivadores. Junto a una de las ventanas hay un escritorio donde se ven dos ordenadores rodeados de carpetas, cuadernos, papeles y objetos antiguos de escribanía. En otras mesas pueden verse una impresora, un microscopio, una ampliadora fotográfica y varios juegos de lupas, entre otros cachivaches. Junto a la otra ventana hay dos sillones de orejas y un equipo de sonido; las estanterías adjuntas contienen vinilos y compactos de jazz y blues. El ala opuesta al dormitorio es una sala de estar con sofás, chimenea y televisión.

Aurelio necesita saber cómo puede vivir un hombre durante tantos años entre esas paredes, tragado por la casa, sin alternativa, día tras día, hora tras hora; saliendo tan solo en las noches a girar en ese círculo sin hierba que puede verse en el jardín trasero. Enseguida se da cuenta de que su padre no ha estado ocioso ni ha abandonado su oficio. Ha permanecido suscrito a un considerable número de revistas médicas, con las que ha mantenido correspondencia y colaboración. En los primeros años parecía estar interesado en temas siquiátricos, quizás buscando explicaciones a sus propios males. En los escritos de esa época hace un exhaustivo análisis de su sintomatología y una perfecta descripción de su estado. Este material, junto con las opiniones de sus colegas al respecto, está recogido en varios archivadores con un título genérico: “Ego”.  Posteriormente parece perder ese interés y su atención se abre hacia otras facetas del oficio. Aurelio no puede comprender la diversidad de intereses y la curiosidad de este hombre sin contacto directo con el mundo. Ya era un anciano cuando accedió, sin ayuda, a la tecnología informática. Y llegó a tener bastante dominio. Internet fue para él, sin duda, una inesperada liberación. El primer ordenador tiene la memoria prácticamente agotada, y el segundo tiene archivos sorprendentes, curiosos, como una amplia colección de fichas de insectos con fotografías, clasificación taxonómica y firmes dibujos a pluma. Se supone que estos animalitos entrarían por sus ventanas o los capturaría en los limitados paseos nocturnos. Parece que algunos de los especímenes eran de reciente llegada a la zona, por lo que se escribía con un entomólogo de Madrid interesado en nuevas plagas. Muchos de estos archivos necesitaban para su creación el uso de técnicas cuyo conocimiento asombra en una persona tan anciana. Otra sorpresa para Aurelio ha sido descubrir una amplia producción literaria de su abuelo César, de la que no tenía noticia, y que ha encontrado clasificada y ordenada por su padre. Ha ojeado cuatro novelas, varios tomos con cuentos y relatos, y otros de artículos y ensayos sobre viticultura y temas agrarios. También se ocupó de asuntos médicos, y en concreto ha visto artículos sobre el paludismo, endemia de la zona que él proponía combatir con la introducción de una especie americana de peces comedores de larvas de mosquito. Hay ejemplares de un librito de relatos publicado en León en 1930, y algunas revistas especializadas con artículos de su abuelo. El resto de la obra parece estar inédita.

Aurelio se siente viejo. La jubilación ha sido una liberación para él, que desde hace algún tiempo se sentía desilusionado de su trabajo y de la condición humana en general. En realidad siempre se ha creído un diletante, incapaz de profesionalizarse, de poner excesiva pasión en algo. La laboriosidad de su padre y de su abuelo, dos enfermos recluidos entre paredes, le tiene desconcertado. ¿De dónde sacaban el mínimo de ilusión necesaria para trabajar a diario? ¿Qué pudo haberles movido?

-Aurelio ¿bajas a comer?

-Ahora no puedo, madre. Di que me suban algo, por favor.

En ese momento Aurelio se detiene y lentamente alza la vista hacia la anciana, que le mira desde la entrada con una pena vieja y resignada, mientras en sus ojos apuntan dos lágrimas. Aurelio siente el espanto de lo intuido. Se acerca vacilante a la ventana y mira al mundo que renace. Tras unos momentos, calmado, camina hacia la puerta y la cierra despacio.





lunes, 3 de junio de 2013

De benaventanos y homeopatía


 La imagen de Isaac se corresponde con la que guardo de los labradores de la tierra leonesa en el tiempo de mi infancia. Es de cuerpo enteco, fibroso, como dispuesto al esfuerzo sobrehumano y a la austeridad que pedía aquel campo. Su rostro es nariz y ojos; una enorme nariz y unos ojos pequeños, vivos y atentos. Sus manos, que solo han trabajado con la pluma y los códices, me recuerdan a las que manejaban el arado romano y la hoz, la aguijada y la yunta, aquellas manos de los labriegos de entonces, inconcebibles hoy día. Su piel, oscura y arrugada, parece haber recibido todo el sol caído sobre sus ancestros. Habla poco y despacio; no tiene prisa en la respuesta, que siempre es profunda y reflexiva. No suele estar necesitado de opinar, y cuando se le pide opinión la da con un saber reposado, fruto del aprendizaje lento, que desemboca en la idea sorprendente e inesperada. Isaac es un viejo sabio contestatario, un labrador entre libros y legajos, criado en los ubérrimos pechos del saber de la Iglesia, a la que llegó por su condición de segundo hijo de labradores con poca hacienda. Isaac es un fruto antes frecuente en la tierra leonesa, y a mí me gusta hablar con él, indagar en su sabiduría, intentar penetrar en su viaje desde el canon a la heterodoxia por el camino del saber más clásico. Me gusta recorrer con él la tierra leonesa, a la búsqueda de los restos del mundo de nuestra infancia.

Hace poco visitábamos juntos el Instituto Homeopático, en Madrid, nacido por el impulso de un benaventano: José Núñez Pernía. Su sede, terminada en 1877, es Bien de Interés Cultural, y ha sido recientemente restaurada por la Comunidad de Madrid. Allí, nos encontramos también con la memoria de otro comarcano, de San Adrián del Valle, el médico Nicolás Juárez Prieto, que trabajó en el Instituto, al igual que su hijo, el también médico Nicolás Juárez Cejudo. Esta Institución representa el mayor esfuerzo realizado por tratar de implantar en España la homeopatía. Disciplina que nunca ha llegado a tener arraigo en nuestro país, donde tradicionalmente ha pesado más la opinión de los alópatas y se la ha considerado como acientífica.

Galería solana del Hospital de San José.

Puede que el sol curase más que los anises.

A la semana siguiente comía con Isaac en el restaurante El Ermitaño, en Benavente, en lo que fue heredad de la familia Núñez. Por su ascetismo racial y educacional Isaac no parece sentir la necesidad de ir más allá del vino, las sopas de ajo y los más elementales guisos caseros. Elogiaba los platos y el trabajo y saber puesto en su elaboración; pero, sin decirlo, parecía dejar claro lo innecesario de tanto refinamiento para su paladar endurecido en los pucheros del seminario, el comedor universitario, la pensión provinciana y el restaurante de menú económico. Oyéndolo, yo también sentía que donde teníamos que estar era en una taberna, comiéndonos unas patatas con congrio. El saber suele acomodarse mejor a la humildad tabernaria que al lujo sibarita de los altos fogones.
Y mientras comíamos, rememorábamos a los Núñez en su antigua finca: los Salados. Fue una familia de hidalgos llegados a Benavente probablemente en el siglo XVIII. Procedían de Lugo, concretamente de Santiago de Cedrón. Un matrimonio, una herencia o vaya usted a saber qué, les hizo bajar a establecerse en tierras leonesas. Aneja al actual restaurante está la ermita, único resto de la finca de los Núñez que queda en pie. Esta ermita sirvió de panteón para algunos miembros de la familia. En los muros pueden verse unos escudos con un león rampante y una tau como blasones. Indudablemente estas armas fueron las utilizadas siempre por la familia, y nada tienen que ver con los títulos nobiliarios obtenidos por dos de sus miembros cien años después, a mediados del siglo XIX.

Escudo de la familia Núñez en los muros de la ermita de los Salados.
Isaac esbozó las historias de tres de los miembros más conocidos de la saga: los hermanos Pedro, Joaquín María y José Núñez Pernía. La familia Pernía, también hidalga, procedía de Otero de Escarpizo, en la Cepeda leonesa. Pedro, nacido en Benavente en 1810, fue religioso, llegando a obispo de Coria, en cuya catedral está enterrado. Joaquín María, diputado a cortes, fue el primer Marqués de los Salados, título que le fue concedido en 1848 por Isabel II. José Núñez Pernía, el mayor de los hermanos, es un personaje conspicuo, con una biografía contradictoria, con luces, sombras e interrogantes. Nació en Benavente en 1805, donde su padre, Juan Cayetano Núñez Ramos, era un hidalgo rico e influyente. José hizo estudios eclesiásticos en el seminario de Sahagún, y posteriormente pasó a formar parte del Cabildo Catedralicio de Astorga, obteniendo la dignidad de Arcediano de Rivas de Sil. Paralelamente, en Valladolid, obtuvo el grado de bachiller en leyes.
Durante la primera guerra carlista se significó en el apoyó a la causa del infante Carlos María Isidro, lo que terminó llevándole al exilio en Burdeos. Es en esta ciudad donde comienza el interés de José por la medicina homeopática, llegando a ejercerla durante muchos años y con notable éxito. Los médicos le denuncian por intrusismo profesional, pero con sus indudables habilidades sociales consigue que le sea otorgado un título honorífico de doctor en medicina, que le habilita para ejercer en toda Francia. Muestra de su éxito en Burdeos es el hecho de que, años después, Napoleón III le concediese la Legión de Honor.
En 1843 José regresa a Madrid. Su primera preocupación es conseguir una titulación habilitante para ejercer la medicina en España. Lo consigue aprobando un examen ante un tribunal creado al efecto, y presentando documentación sobre sus trabajos y méritos en Francia. Lo que naturalmente tiene una fuerte contestación del colectivo médico y del universitario en general. Establecida su consulta en Madrid obtiene un rápido reconocimiento profesional y social, y se la abren las puertas de la corte, llegando a ser médico de Isabel II, que en 1865 le concede el título de Marqués de Núñez.

Durante la segunda mitad del siglo pasado no cesa la decadencia del Instituto Homeopático y Hospital de San José, el que fue Hospitalillo de los Anises para el pueblo, por la forma esférica de las píldoras de glucosa en que los homeópatas incluyen sus diluciones presuntamente curativas. Las fuertes inversiones de la Comunidad de Madrid han venido a salvar el edificio de José Segundo de Lema, en un momento en que determinada familia consigue, después de muchos pleitos, la herencia del título de Marqués de Núñez, y litigan por hacerse con la propiedad de los edificios del Instituto, alegando el fin de la actividad fundacional. Parece que, por el momento, la institución cuenta con personas y entusiasmo para su defensa.
Después de la comida y la larga sobremesa, a la que se sumaron algunos contertulios, nos dirigimos hacia Pobladura del Valle, para completar nuestro peregrinaje por la homeopatía histórica en la comarca. Nos tomamos un café en La Gruta y cruzamos la antigua carretera de la Coruña hacia el cementerio. La zona se ha convertido en un pequeño caos urbanístico, en el que se mezclan sin sentido las bodegas trasformadas en restaurantes, el cementerio, una industria y unas viviendas adosadas promovidas por el ayuntamiento.

Recuerdo a Nicolás Juárez en la capilla del Hospital de San José.

 La sepultura de Nicolás Juárez Prieto es una lápida de piedra caliza recercada por una verja de hierro. Fue traída, junto con sus restos, del antiguo cementerio del camino de la estación. Murió en 1943 en su querida Pobladura, donde se había retirado después de la guerra civil. Salimos del cementerio y al bajar paseando hacia el pueblo pasamos por delante de su casa, en la calle de las Cuevas.