Tengo
que tratar de acordarme de aquello y escribirlo porque era hermoso y digno de
contar sí era digno de contarse aunque solo sea para sobrellevar lo zafio y lo
vulgar de cada día lo bello puede estar entre lo oscuro entre lo feo pero nunca
mezclado no puede mezclarse la bondad con lo ruin como no pueden mezclarse el
agua y el aceite que se dice hay que tener los ojos abiertos siempre atentos
pues de cualquier sitio puede surgir la belleza lo he consultado con quien
consulto los asuntos de sentido común que es con Luis de Gallur el otro día me
acordé mientras barría pinaza que no es actividad tan fútil como por su
humildad pudiera pensarse Urcisiano Goriz el mozárabe el pensador de las dos culturas que subió de
Sevilla a León lo dijo en el siglo XI antes de que se le cruzasen los cables y
le diese por arrimarse al poder y bajar a su antigua patria nada menos que a matar moros lo
que le valió dineros y un señorío con el título de Conde del Bacillar puede que
por su notoria inclinación al clarete cosa que no aprendió de moros sino de
cristianos digo que dijo antes de estas veleidades bélicas que barrer pinaza
era labor que aliviaba el espíritu y lo propendía a hilvanar las más sutiles tesis
las más etéreas argumentaciones lo mecánico de la actividad liberaba el alma y
las esencias emanadas de las colofonias potenciaban la actividad
cerebral de lo que surgían tan excelentes frutos fructificación que no podía
extenderse al barrido de cualquier otro residuo vegetal al menos no de los que
Urcisiano pudo investigar su curiosidad le llevó a señalar en el mapa los
lugares donde se producía el mejor pensamiento de su tiempo y vio que sus marcas
estaban siempre sobre tierras de pinares tengo que acordarme pues el asunto era
realmente hermoso puede que me acuerde cuando vuelva a barrer pinaza me llevaré
un cuaderno y un lápiz para apuntar que no se me olvide es una pena perder lo
que el alma recuerda o produce cuando se barre pinaza Urcisiano llenó de
pinares el territorio de su señorío lo que produjo hambruna y miseria durante
años pero como la humanidad todo lo aguanta con el tiempo el país fue excedente
de filósofos y piñones los primeros tuvieron reconocimiento en todo el reino y
fueron ellos los que sobre el viejo basamento griego que plantaron los romanos
levantaron la solida estructura del pensamiento patrio los piñones los vendían
en Medina del Campo tostados o frescos donde tenían mucha aceptación actividad
esta que era ejercida por nobles e hijosdalgo toda vez que los pecheros
barredores de pinaza bastante tenían con su enorme producción de libros que eran
exportados a las universidades de toda Europa tengo que acordarme del cuaderno
y el lápiz oigo viento en la ventana y supongo que mañana tendré abundante
pinaza que barrer lo de la escoba es una mera tradición verbal que yo he
recogido en la zona donde dicen que sí que ese magnífico útil de finas pletinas
que se abren en abanico fue ideado por Urcisiano en colaboración con un espadero
toledano para facilitar la labor de los pensantes barredores pecheros que tan buenos
caudales producían al territorio y por ende a las arcas condales no porque la
cantidad en volumen de lo barrido fuese proporcional a la finura de la
producción del intelecto no sino por aliviar el esfuerzo físico de agrupar en
montones las rebeldes hojas aciculares etcétera tengo que acordarme.
domingo, 18 de agosto de 2013
sábado, 10 de agosto de 2013
Casas rurales
El
turismo de casas rurales español en
sus distintas acepciones locales, como el bed
and breakfast británico, el turismo
de habitaçao portugués, o las gites
francesas tenía en sus orígenes una pretensión de autenticidad que en el caso
español se ha perdido casi por completo.
Se pretendía vender al urbanita una inmersión temporal en ambientes reales,
los de unas personas que habilitaban parte de sus viviendas para estos fines y
así ayudaban a sus economías domésticas: sea usted por unos días labrador en la
estepa castellana, señorito cortijero en Andalucía, payés en masía catalana,
señor en pazo gallego, invitado de indiano asturiano o de arriero maragato,
huertano en Valencia, castellano en su torre medieval, pescador vascongado,
vinatero riojano… Hoy en día casi todos estos negocios se han
profesionalizado y sus establecimientos son decoraciones, más o menos logradas,
desarrollando una idea preconcebida sobre lo ofrecido. De todas formas sigue siendo una oferta
distinta del hotel convencional, del que solemos esperar lo contrario: una
despersonalizada asepsia que no nos conturbe lo más mínimo, para pasar la noche
en un sueño reparador y largarnos a la mañana siguiente para continuar la
persecución de nuestros imposibles, sin acordarnos de la cama en que hemos
dormido, lo que suele ser buena señal.
Supongo
que los que seguimos buscando los “ambientes auténticos” en este tipo de
alojamientos, lo hacemos por las mismas razones por las que, por ejemplo, nos
gusta rodearnos de trastos viejos, que al fin y al cabo utilizamos como
símbolos evocadores de mundos desaparecidos. No digo añorados, tampoco hablo de inquietudes científicas, hablo del gusto por la
dignidad que el filtro del tiempo otorga a las cosas, en contraposición a la
aparente banalidad de lo moderno por el mero hecho de serlo.
Y los
que en estas andamos podemos encontrarnos con la horma de nuestro zapato. Este
verano planeábamos un viaje familiar y pretendíamos una parada en una pequeña y
agradable ciudad de un país vecino en la que hace unos años lo habíamos pasado
bien, disfrutando de un folclore espontáneo que se manifiesta, al margen del escaso
turismo, en las calles y en las tabernas . Brujuleando en Internet di con algo
realmente apetitoso: una página web, bien montada, ofrecía una preciosa casa
del magnífico barroco de nuestros vecinos. En las fotos de los interiores se
veía con claridad que aquello no era decoración ni acumulaciones de
coleccionista; se trataba de una auténtica casa palacio, con los muebles y los
objetos que el paso de generaciones adineradas va acumulando en edificios con
continuidad familiar. Y allí reservamos habitaciones para pasar unos días.
Encontrarnos
con el edificio no nos defraudó, era realmente magnífico y estaba situado en el
centro de la ciudad que pretendíamos disfrutar. Llamamos a la puerta y al cabo
de un rato, que nos pareció largo, se abrió una chirriante rendija por la que
una anciana asomaba su nariz interrogante. Un amplio zaguán daba paso a una
escalera de piedra berroqueña con balaustres barrocos, por la que ascendimos
siguiendo a la señora. En la penumbra de un salón de alto techo de artesa en
color añil, pude intuir, más que ver, buenos muebles y buenos cuadros. La
anciana pronunció unas breves palabras a modo de bienvenida y presentación de
la casa, en la que su familia - dijo – había vivido durante ocho generaciones.
Yo sentía una sensación de incomodidad, quizás desasosiego, y mirando a mi familia veía en sus
caras la misma sensación. A la falta de luz se unía un aire pesado y un olor… olía…
¡olía a alcantarilla! La señora nos condujo a las habitaciones a través de
oscuros salones y pasillos por los que vimos cruzar furtivamente, ocultándose a
nuestro paso, sombras de seres que nos parecieron deformes. La dama, solícita,
nos enseño los cuartos y abrió las camas. Reuniendo ánimo logramos decirle que
solo nos podíamos quedar una noche.
Las
habitaciones eran amplias y los cuartos de baño nuevos y cómodos. En la nuestra
había una cama decimonónica con preciosos dibujos de marquetería y sábanas de
hilo bordadas y almidonadas; sobre una cómoda de cerezo un buen crucifijo del
XVIII con unas siemprevivas, un aguamanil de loza y una bandeja con vasos y
botellas de agua; los objetos reposaban sobre coquetos paños bordados.
Completaban el mobiliario unas mesillas parejas de la cama, dos descalzadoras,
unas sillas y un buen armario de luna en el hall que precedía al dormitorio.
Todo estaba limpio y cuidado, pero en el aire se seguía sintiendo la sensación
de pesadez. Descorrí cortinas y visillos y levanté la ventana de guillotina,
solo allí vi suciedad y bichejos que escapaban, hacía mucho tiempo que no se abría.
El aire y la luz dieron vida a la habitación.
Después
de lavarnos dejamos los cuartos con la intención de visitar la pequeña ciudad.
El edificio nos oprimía y estábamos deseando salir. Fuimos atravesando las oscuras estancias y
nuestra anfitriona nos salió al paso. Le hablamos de la digna vetustez de la
casa y se ofreció a enseñarnos algunas zonas de interés. Recorrimos salones y
dependencias escuchando referencias apasionadas a las distintas opciones monárquicas
por las que, a lo largo de los siglos, habían optado los antepasados retratados
en los cuadros, sin la menor referencia a la ya vieja realidad republicana del país.
Colecciones de objetos orientales traídos por familiares dedicados al
funcionariado o al comercio en tierras lejanas, llenaban vitrinas. Me llamó la
atención una preciosa capilla con un retablo de recargado barroquismo y sabor americano. Me hubiese
gustado preguntar a la señora la razón por la que esa casa permaneciese intacta
después de tantas guerras, saqueos, repartos, herencias y testamentarías como
podían presumirse; pero no me atreví, temiendo largas explicaciones; queríamos
coger la puerta cuanto antes y salir a llenar los pulmones de aire limpio,
libertad y alivio.
A la
mañana siguiente nos esperaba un magnifico desayuno, servido con gusto exquisito
en un comedor con alacenas de nogal repletas de vajillas antiguas. A nuestra
espalda sentíamos revolotear las sombras, como atentas a satisfacer nuestro
menor deseo. Lo que he llamado pesadez del aire, algo complejo que soy incapaz
de definir, no nos dejaba disfrutar del desayuno preparado con evidente interés
y sabiduría. Como no nos dejó disfrutar de esa extraordinaria casa que
permanecerá en nuestra memoria.
En la
siguiente ciudad fuimos derechos a un hotel del que ya no recuerdo detalles y
que dentro de nada no existirá en mi cerebro.
Sé que volveré a las andadas.
viernes, 9 de agosto de 2013
La Maragateria y la Alta Somoza
La
Baja Somoza– La Maragatería - mira al llano en que comerciaban sus trajineros.
En sus pueblos, las grandes casas de los arrieros son restauradas y mantenidas
con el apego de las gentes al lugar de sus mayores y los dineros del comercio del pescado
y la carne en Madrid. La piedra de sus muros se va rejuntando con morteros de
cal teñida con ocre, y las carpinterías de puertas y ventanas – con huecos
recercados en blanco – se pintan de azul, verde o rojo; velando los cristales con la labor femenina de visillos primorosos. (Sospecho que muchas de las
maneras usadas hoy en día para restaurar estas casas, fueron puestas de moda
con la restauración de Castrillo por la Administración). El paso del Camino de
Santiago ha ayudado a la conservación de estos pueblos, generando una actividad
económica que ha permitido la adaptación de muchas casas para el turismo rural
y los albergues de peregrinos. En las fiestas del verano se siguen sacando de la naftalina del arca los viejos ropajes, para agitarse en zapatetas al ritmo del
tamboril y la chifla.
| En las restauraciones de la Baja Somoza los esmaltes sintéticos incorporan colores sorprendentes. Murias de Rechivaldo. |
| Importantes casas de arrieros han sido habilitadas para la hostelería. Murias de Rechivaldo. |
| Lucillo, Alta Somoza |
| Lucillo |
| Restos de cubierta de cuelmo. Lucillo |
| Cumbrera en cubierta de losas pizarrosas. Lucillo |
| Lucillo |
Tanta
diferencia entre estas dos zonas es reciente. Aparte de las casas de los
trajineros acaudalados, las viviendas del común de la gente debían de ser
bastante similares en las dos Somozas. Concha Espina escribió su Esfinge
Maragata en 1914. Parece ser que estuvo pocos días en el país, y solo visitó
los pueblos del entorno inmediato de Astorga. El escenario de la novela es una
casa importante, venida a menos, en un pueblo de la Baja Somoza; donde, tras el
fin de la arriería, los hombres han mantenido la tradición de salir del pueblo
a buscarse la vida, dejando a las mujeres el brutal trabajo de mantener la
hacienda y sacar cosechas de tierra tan yerma. Se ha querido identificar su
Valdecruces con Castrillo de los
Polvazares, y si es así son significativas las impresiones que causó en la
santanderina el hoy tan retocadito pueblo:
Después,
dando sombra a los ojos con las dos manos, vio surgir débilmente el diseño
borroso del humilde caserío, techado con haces secas de paja amortecida,
confundiéndose con la tierra en un mismo color, agachándose como si el peso de
la macilenta cobertura le hiciese caer de hinojos a pedir gracia o
misericordia. En aquella actitud de sumisión y pesadumbre, las casucas
agobiadas, reverentes, exhalan un humo blanco y fino que parecía el incienso de
sus votos y oraciones.
……………………………………………………………………………….
El “crucero”
es un punto céntrico del lugar, donde convergen cuatro calles anchas y
silenciosas, de edificios ruines con techados de cuelmo, pardos y miserables
como la tierra y el camino: una gran cruz labrada toscamente, ceñida en el
suelo por un amago de empalizada, corrobora el nombre de la triste y muda
plazoleta.
La prosa de doña Concha
deja claro que, hace cien años, el aspecto de Castrillo era muy diferente del
que hoy ofrece el protegido conjunto. En la tristeza de las ruinas de la Somoza
Alta podemos encontrar las imágenes perdidas de estos pueblos de la Baja Somoza,
favorecidos por el albur y otras circunstancias.
| Pobladura de la Sierra, Alta Somoza. |
martes, 16 de julio de 2013
Antonia, la Manolona
En el
blog sobre la obra del claretiano D. Francisco Rodríguez Pascual (1927-2007), se publican
unas fotos sobre indumentarias femeninas de su pueblo - Carbajales de Alba - realizadas hacia 1930.
En
una de ellas podemos ver a una espléndida mujer vestida con los ropajes de su
tierra y adornada con unos versos del también carbajalino D. Ignacio Sardá Martín (1915-1979):
Carne
brava, siempre llena
de
baile, ardores y brillos
que
aprisionan los justillos
y van
en aires y voleos
al
garbo de los manteos
y
luces de picadillo.
Dicen
que se trata de Antonia, la Manolona. Y no me resta más que felicitar a sus descendientes.
Voluptuoso, el mariólogo. D. Ignacio sabe de lo que habla...
Voluptuoso, el mariólogo. D. Ignacio sabe de lo que habla...
martes, 9 de julio de 2013
Mi humilde... endriago mensajero de las tinieblas y el horror
Desde
hace unos días se pasea por el interior de mi casa una pequeña salamanquesa.
Tan pronto anochece comienzan sus correrías cinegéticas por el blanco de la
pared, ocultándose en caso de alarma tras los cuadros y los muebles. Observarla
durante un rato es una alternativa al consuetudinario rollo de la televisión, que nos cuenta
lo poco que se sabe de cuánto y cómo roban nuestros gobernantes. He intentado
cogerla con una caja para llevarla al exterior, pero su habilidad y el poco interés
puesto por mí en la cacería han hecho que esta no tenga resultados.
Este
animalito causa repelús a los humanos. Es indudable. Puede que sea su cuerpo verrugoso
y ceniciento, no lo sé, pero no he visto a nadie cogerlas con la mano. Las
lagartijas siempre han sido presas predilectas de los niños; o lo fueron, no sé
si los niños de la informática siguen cazando lagartijas. Sin embargo, no
recuerdo a ninguno de mis compañeros de infancia cogiendo una salamanquesa. Podríamos
pensar que la tersura de la piel y los colores vivos evitan la repugnancia,
pero no, la brillante, tersa y colorida salamandra – ese anfibio negro y
amarillo - nos produce más rechazo aún,
si cabe. Estos miedos de los humanos no parecen responder a razones evidentes.
El
maestro Ferlosio, en su libro recopilatorio El geco (Destinolibro 2007) - en el primer relato, cuento o reflexión - se refiere a la pobre salamanquesa nada más y
nada menos que como vicaria del nombre de la cosa maligna, como representante
vivo del mal.
Días
pasados, en tertulia de vino y tapa, los amigos charlábamos sobre estos asuntos.
La conversación se fue centrando en el fuerte rechazo y en el miedo atávico que
a los hombres producen algunas deformidades de sus congéneres. Todos tenían su
particular Quasimodo, pero nadie explicación plausible para tan irracional y
cruel rechazo. Destacó, como siempre, la historia que nos contó Pablo: un pobre
hombre oculta su deformidad en un chiscón de Lavapiés, donde ejerce su oficio
de zapatero. Su magnífico trabajo artesanal y unos precios muy baratos, son las
únicas razones para que su escasa clientela venza la resistencia al contacto
con tan horrible deformidad. Circunstancias puntuales llevan al hombre, en el
paroxismo de su sufrimiento, a tomar la decisión de acabar con su vida. La vieja
obsesión por no molestar al prójimo le hace elegir, como sede de su último
sueño en los fármacos, la escalinata que baja hacia la entrada sin retorno del
Instituto Anatómico Forense. Viniendo de
quien viene la historia tengo la fundada esperanza de oírla más veces y en mas
versiones, seguramente enriquecidas. Así sea.
Oigamos
la voz potente del maestro Ferlosio, en el último párrafo del texto
referenciado.
Del tímido, vacilante, verrugoso y ceniciento geco aún
está por saber que jamás hiciera mal a hombre alguno en este mundo, y vedlo
ahí, sin embargo, cómo una vez más, acierta – pequeño pavor rampante – a dibujar
o tal vez a escribir sobre el blanco del lucido la más expresiva, convincente e
irresistible finta de endriago mensajero de las tinieblas y el horror.
Tendré
que decidir qué hago con mi pequeño mensajero doméstico… si me atrevo.
sábado, 6 de julio de 2013
Lucio Muñoz
La
pintura de Lucio necesita del ojo cercano y atento a las texturas, a las
sombras que proyectan los gruesos de la materia adosada al plano. Hay que
embarcarse en la aventura de la forma sugerida o intuida, y luego ver la
dilución de esa idea sobre los fondos de cielos que se hacen tierra, y tierras
que se licuan en trasparencias de cielo o de agua. El color rotundo del primer
plano contribuye a la definición de los volúmenes que pronto dejan de ser lo
intuido para ser solo eso: forma, volumen concreto.
Es
el viejo juego de la pintura, pero ni el pintor ni el espectador están ya
necesitados de iconografías representativas, y el juego se sublima,
regodeándose con total libertad en la materia, el color, la luz y la forma. Y
entre tanta libertad, la textura cálida y familiar de la madera y la huella de
la mano sobre ella, nos mantienen en el diálogo entre espíritu y materia del
viejo juego.
Siempre
que tengo que ir a recoger a alguien en las llegadas de la T4 de Barajas
disfruto del mural de la imagen. No hay nada que lo proteja. Hace poco vi a un
individuo apoyar en la obra de Lucio su espalda, sus manos, uno de sus pies y
toda su ignorancia.
miércoles, 3 de julio de 2013
Malvas
Está
siendo un buen año de malvas reales. Me gusta también el nombre de malvavisco.
El de malvaloca tiene resonancias del sur; por los Quintero y por aquel
estupendo fandango del Niño Gloria que después bordó Caracol y le siguieron
Camarón, el Torta, Poveda...
Malvaloca.
¿Quién te puso a ti ese nombre,
quién te puso Malvaloca?
malva porque eres muy buena
loca por querer a un hombre...
y ese hombre quiere a otra.
En
un rincón de mi jardín crecen espléndidas las varas de su enhiesta altanería
–andarán, este año, cerca de los tres metros - en las que se van abriendo las
corolas que se ofrecen al insecto que se reboza orgiástico en su polen. Traje
su simiente de las que siempre he visto nacer espontáneas en el patio de la
casa leonesa de mis abuelos. Me ha costado convencerlas para que crezcan en la
sierra madrileña; puede que sea planta demasiado cimarrona, áspera y rural para
crecer en jardines de ámbitos más urbanos; pero al final he conseguido
tenerlas. Y entre ellas zumba ya el azulacero de los abejorros que garantizan
su continuidad y me recuerdan los veranos de la infancia.
Ojalá
que mis pobres fotos puedan acercaros algo al placer que a mí me proporciona
tener cerca estas flores humildes y campesinas.
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domingo, 16 de junio de 2013
La casa de los Colinas
L
|
a carretera de acceso a Valdemocil desde la
general cruza una esquina del límite sur del Páramo, y desciende al pueblo asentado
en el valle que forma el arroyo Yebro. Desde el altozano puede verse el
conjunto del caserío de tierra roja extendido a los pies de su iglesia y
vigilado por la espadaña de lajas. Hacia el este, algo separado, otro grupo de
construcciones destaca por su diferente tamaño y color. Aurelio Colinas detiene el
coche antes de iniciar el descenso, y se apea en busca del paisaje de la
infancia: los revocos de cal de la casa de los Colinas entre los rojos y los
ocres del pueblo, entre el dorado de las tierras trigales, y sobre el fondo de
los cerros delineados por las alineaciones de los bacillares. Su mente evoca olores
de parvas trilladas y de orujos secándose al sol, gemidos de norias
vertiendo canjilones en surcos de pasado, campanas de viejas al rosario en
las tardes lentas, esquilas de vacadas en el retorno de la tarde, lento rumiar de la yunta en la solanera de julio, en la algarabía de vendimia y
en los eneros de las sábanas heladas. … Pero ya solo queda esa casa del frío, que
le espera. Quisiera que fuese solo memoria, ruina, recuerdo tranquilo, pero la
casa aún impone su desafiante presencia en los restos del paisaje. Aurelio va
poniendo un nombre a las distintas zonas de la edificación: las primeras construcciones de
Gaspar Colinas en 1895; la ampliación que su abuelo César hizo treinta y cinco
años después, junto con la fábrica de aguardientes y la segunda bodega; el ala de
su padre Adriano en 1945; y, adentrándose ondulantes en el Páramo, como
huyendo, los restos de la línea del ferrocarril que tendió su abuelo para
llevar los vinos hasta la estación de Valdurceda. Los años ensucian el blanco
de las paredes con churretes del rojo de la tierra, como si el tiempo fuese
difuminando la soberbia de los Colinas.
María Hierro, en la ventana, ve llegar el
coche del hijo y su familia. Es una mujer alta, delgada, fibrosa, de pelo blanco
y tirante hacia un pequeño moño, de barbilla erguida y unos ojos grises de
difícil lectura. Viste un luto antiguo de ropa y alma. Es ágil y lúcida a sus
noventa años y tiene la energía con que ha mantenido la casa y el decadente
negocio familiar durante el último cuarto de siglo, el tiempo en que el mal de
los Colinas, el mal de Isabel Llamazar, ha tenido a su marido encerrado en el
cuarto donde ahora reposa, ya cadáver.
-Me
lo anunció. Tu padre me lo anunció, pero no quise hacerle mucho caso. Fue un buen
médico, y desde hace muchos años él mismo era su único paciente. El lunes me
dijo que había llegado el final y su cuerpo se rendía, que sería cosa de pocos
días. Intenté quitarle la idea de la cabeza, le dije que no era tiempo, le
hablé de esperar la primavera ya anunciada, y el alivio del verano para los
huesos, y el otoño de mostos y trajín… Me pidió silencio haciendo ademán de que
me sentara junto a él, en su escritorio. Habló de papeles y de todos nosotros…
Y ayer tarde, callados, sentados junto a la ventana de su cuarto, mientras me
miraba a los ojos, dejó de apretarme la mano.
El cementerio de Valdemocil es un cercado de tapias semiderruidas donde crecen
los cardos y el olvido. En el centro se alza el panteón de los Colinas, un
incongruente armatoste de piedra caliza rodeado de cruces de hierro con placas
de esmalte que repiten apellidos y nombres. Aurelio observa la introducción del
ataúd de su padre en el nicho. Mira a su madre, sola, en primera línea, dando
instrucciones a los enterradores y al cura que reza su cantinela. Lee las
lápidas de las paredes, buscando en el recuerdo significado a los nombres:
Gaspar Colinas Blanco 1851-1941
Isabel Llamazar Coto 1847-1919
César Colinas Llamazar 1886-1970
Luisa Tamaral Urzal 1885-1977
Isabel Colinas Tamaral 1914-1934
Luisa Colinas Tamaral 1916-1988
Y, en el suelo, apoyada en la pared, esperando:
Adriano Colinas Tamaral 1916-2006
Aurelio ve a su mujer, Elvira, acercarse a
la suegra y cogerla del brazo. Le sorprende un parecido entre ellas que nunca
antes había advertido. La barbilla alta, la mirada desafiante… Ve en las dos
mujeres la fortaleza de la que él carece, y también el orgullo y la soberbia
que nunca ha podido soportar. Observa la indisimulada distancia de sus hijos, y
piensa que es mejor, que es preferible que sigan alejados de este mínimo y
absurdo mundo y de estos ancestros incapacitados para la alegría. Un viento
helado cruza el cementerio y se arremolina en las sepulturas, estrellando
flores de plástico en las tapias. Los congregados se arrebujan como pueden,
golpean el suelo con los pies y se agitan incómodos. María, del brazo de su
nuera, alza la voz para dar las gracias a todos y finalizar el acto. En ese
momento surgen unos gritos desde el fondo, junto a la puerta del cementerio;
entre revuelo y murmullos un grupo de gente saca del recinto a una mujer.
Aurelio ha escuchado ese grito que sigue resonando en su cerebro: << ¡Raza de fieras, os encamáis en la
lobera y solo os sacan muertos!>>
-¡Hace
tanto tiempo…! No queda nadie vivo…, pero los odios se heredan como las taras y
los dineros. Fue en verano, el año en que Adriano y yo habíamos hecho el
primero de medicina en Salamanca y estábamos de vacaciones en el pueblo. Nadie
nos contó nada, lo fuimos sabiendo o
deduciendo de lo oído en nuestras casas o en el pueblo. Isabel, la hermana
mayor de Adriano, que estaría en los veinte años, quedó embarazada de un mozo ya maduro,
Ulpiano Huerga, empleado en la alcoholera. La muchacha no dijo a nadie el
nombre, pero Ulpiano presumió en la taberna de sus machadas. El cadáver del
mozo apareció en el camino de Valdurceda. Tenía un tiro en el pecho y los
testículos destrozados con señales de lo que, se dijo, era una rueda de
espuela. En aquellos años solo había un hombre en el pueblo que usase espuelas
y ese hombre tenía motivos para matar a Ulpiano. Pero César Colinas era también
dueño del medio de vida de la gente. La bodega y la alcoholera daban trabajo,
al menos una parte del año, a muchos hombres del contorno, a los que también compraba
la uva que producían. Casi todos le debían favores personales, y su consultorio
médico en Benavente siempre estuvo abierto a los menesterosos. Nadie tenía
interés en enfrentarse a César Colinas, y tras un ritual de interrogatorios el
asunto fue enterrado. Isabel se encerró en su habitación, olvidada de su padre,
y murió durante un parto complicado atendida solo por la madre. La mujer que hoy
ha gritado en el cementerio es hija de una hermana de Ulpiano, y el rencor
heredado es su capital.
Es
la primera vez, en mis sesenta años, que aquí no hay nadie encerrado. Aurelio
puede sentir aún sus miedos infantiles en la casa oscura del abuelo oculto,
donde las mirillas de techos y paredes insinúan presencias que le rozan en las
esquinas, que presiente tras las puertas o a la espalda, y que se hacen corpóreas
en el silencio aterrador del sótano de los castigos… Las actividades de
banquero o prestamista de Gaspar Colinas le llevaron a diseñar su casa de forma
adecuada. Dispuso troneras al exterior y mirillas interiores para vigilar los
compartimentos sucesivos que regulaban el acceso. Estos compartimentos estaban
dotados de sistemas de cierre de las puertas que eran accionadas con cadenas
desde el interior. Completaba la instalación una caja fuerte construida en un
sótano profundo de complicado acceso. El hijo y el nieto de Gaspar hicieron sus
ampliaciones pretendiendo algo más vividero, pero el fortín de los dineros del
abuelo siguió siendo el centro de la vida en común y la imagen de la familia al
exterior.
Aurelio va dejando pasar los días, demorando
hablar con la madre y entrar en la habitación del padre. Deambula por la casa,
la bodega y la alcoholera, como un visitante curioso y ajeno. María y Elvira le
presionan.
-Llevo
cincuenta y cinco años en esta oscuridad y desesperanza. Me casé con tu padre
en 1945. Era un hombre alegre, guapo y gallardo.
Trabajaba en un hospital en Madrid y era un médico considerado. En esos años
fuimos felices, y en esa felicidad naciste tú. En 1951 tu abuelo César se
encerró. Su mujer, Luisa Tamaral, intentó vender el negocio, pero no fue
posible. Tu padre optó por venir, poner un consultorio médico en La Bañeza y
atender la bodega. César Colinas había hecho crecer la industria fundada por su
padre, pero cometió el error de hacer negocios con su hermano pequeño, Octavio,
que siempre fue un hombre conflictivo. Había pasado unos años en Francia, y
terminó pidiendo dinero a su padre para establecerse en Burdeos. César comenzó
a exportar vinos y aguardientes a Francia en importantes cantidades, siendo su
hermano el intermediario en las operaciones. La situación no duró mucho. En
unos meses Octavio había desaparecido y las demandas judiciales llegaban a
diario. Tu abuelo logró superar la situación pero el negocio ya nunca fue lo
que había sido. Luego, cuando Adriano se hizo cargo, hubo unos años de bonanza
con las ventas en La Rioja. Tu padre se encerró en 1978, hasta el otro día, que
lo sacamos muerto. Desde entonces he hecho lo que he podido. He mantenido viva
esta casa, si se pude llamar vida a lo que han guardado estos muros, el
negocio, mal que bien, está en marcha, y en el banco hay un modesto capital.
Hijo, tendrás que decidir qué se hace de tu herencia. Yo tengo 90 años de
trabajo y sufrimiento. Quiero morir en paz y a la luz. Yo no tengo sangre de
Isabel Llamazar.
-Pero
esto no se puede abandonar, -dice Elvira- es una labor más que centenaria… hay que
continuar…
- No
Elvira no, no seré yo quien pida a mi hijo que vuelva a esta casa. Siempre vi con buenos ojos su alejamiento. -Dice María- Para su padre fue un disgusto que no estudiase Medicina, pero yo me
alegré, y me alegré el día que se fue, y el día que terminó con los nombres
romanos y llamó a vuestro primer hijo Gaspar, como el bisabuelo de sangre
limpia. Vi la esperanza del fin del mal. En estos años mi única luz ha sido seguir
su carrera, leer sus publicaciones… No
seré yo quien te reclame a destinos de horror, hijo. Tú tendrás que decidir. Mi
labor terminó enterrando a tu padre. He querido seguir lo que él empezó, y
hacer su trabajo. Ahora está en tus manos la continuación de esta historia, de
la que te apartaste de joven.
Gaspar Colinas fue segundón de una familia
de labradores pudientes para lo que era la zona y el momento. Para alejarle de
la herencia el padre le dio estudios, y se hizo maestro. Obtuvo plaza en Benavente
y compatibilizó su trabajo en la escuela con las clases a los hijos de una
familia de terratenientes con título nobiliario. Con el tiempo llegó a ser el
administrador de esa familia, administración que le produjo algún dinero. Lo
empleó en comprar a su hermano mayor las tierras heredadas y muchas más que
este había adquirido durante unos años de bonanza en que vendió mucho vino a
Francia, entonces asolada por la filoxera. Cuando la plaga llegó al pueblo,
hacia 1890, el hermano no pudo hacer frente a la situación y vendió las
tierras. Gaspar, listo y bien asesorado, comenzó a plantar vides con pies
americanos y en unos años estuvo en disposición de iniciar la construcción de
la bodega con la que llegó a ser el mayor receptor de la uva producida en una
amplia zona. Isabel Llamazar fue una mujer hermosa a la que Gaspar conoció en
los carnavales de La Bañeza. Durante treinta y cinco años participó en la
aventura del marido, alegró su casa y le dio dos hijos. Después comenzaron las
invencibles tristezas, y en 1911 se encerró hasta su muerte, en 1919.
Aurelio mira la foto de su bisabuela. Esa
mujer de ojos claros y rasgos dulces es la autora de los versos que ha leído en
la habitación de su padre, en cuadernos con letra inglesa y flores disecadas.
La mujer que pretendió una descendencia de césares y dejó el reguero de
sufrimiento que él siente correr por sus venas.
Aurelio necesita saber cómo puede vivir un
hombre durante tantos años entre esas paredes, tragado por la casa, sin
alternativa, día tras día, hora tras hora; saliendo tan solo en las noches a girar
en ese círculo sin hierba que puede verse en el jardín trasero. Enseguida se da
cuenta de que su padre no ha estado ocioso ni ha abandonado su oficio. Ha permanecido
suscrito a un considerable número de revistas médicas, con las que ha mantenido
correspondencia y colaboración. En los primeros años parecía estar interesado
en temas siquiátricos, quizás buscando explicaciones a sus propios males. En los
escritos de esa época hace un exhaustivo análisis de su sintomatología y una
perfecta descripción de su estado. Este material, junto con las opiniones de
sus colegas al respecto, está recogido en varios archivadores con un título
genérico: “Ego”. Posteriormente parece
perder ese interés y su atención se abre hacia otras facetas del oficio. Aurelio
no puede comprender la diversidad de intereses y la curiosidad de este hombre
sin contacto directo con el mundo. Ya era un anciano cuando accedió, sin ayuda,
a la tecnología informática. Y llegó a tener bastante dominio. Internet fue
para él, sin duda, una inesperada liberación. El primer ordenador tiene la
memoria prácticamente agotada, y el segundo tiene archivos sorprendentes,
curiosos, como una amplia colección de fichas de insectos con fotografías,
clasificación taxonómica y firmes dibujos a pluma. Se supone que estos
animalitos entrarían por sus ventanas o los capturaría en los limitados paseos
nocturnos. Parece que algunos de los especímenes eran de reciente llegada a la
zona, por lo que se escribía con un entomólogo de Madrid interesado en nuevas
plagas. Muchos de estos archivos necesitaban para su creación el uso de
técnicas cuyo conocimiento asombra en una persona tan anciana. Otra sorpresa
para Aurelio ha sido descubrir una amplia producción literaria de su abuelo César,
de la que no tenía noticia, y que ha encontrado clasificada y ordenada por su
padre. Ha ojeado cuatro novelas, varios tomos con cuentos y relatos, y otros de
artículos y ensayos sobre viticultura y temas agrarios. También se ocupó de asuntos
médicos, y en concreto ha visto artículos sobre el paludismo, endemia de la
zona que él proponía combatir con la introducción de una especie americana de
peces comedores de larvas de mosquito. Hay ejemplares de un librito de relatos
publicado en León en 1930, y algunas revistas especializadas con artículos de
su abuelo. El resto de la obra parece estar inédita.
Aurelio se siente viejo. La jubilación ha
sido una liberación para él, que desde hace algún tiempo se sentía desilusionado
de su trabajo y de la condición humana en general. En realidad siempre se ha creído
un diletante, incapaz de profesionalizarse, de poner excesiva pasión en algo. La
laboriosidad de su padre y de su abuelo, dos enfermos recluidos entre paredes,
le tiene desconcertado. ¿De dónde sacaban el mínimo de ilusión necesaria para trabajar
a diario? ¿Qué pudo haberles movido?
-Aurelio
¿bajas a comer?
-Ahora
no puedo, madre. Di que me suban algo, por favor.
En ese momento Aurelio se detiene y
lentamente alza la vista hacia la anciana, que le mira desde la entrada con una
pena vieja y resignada, mientras en sus ojos apuntan dos lágrimas. Aurelio
siente el espanto de lo intuido. Se acerca vacilante a la ventana y mira al
mundo que renace. Tras unos momentos, calmado, camina hacia la puerta y la
cierra despacio.
lunes, 3 de junio de 2013
De benaventanos y homeopatía
La
imagen de Isaac se corresponde con la que guardo de los labradores de la tierra
leonesa en el tiempo de mi infancia. Es de cuerpo enteco, fibroso, como
dispuesto al esfuerzo sobrehumano y a la austeridad que pedía aquel campo. Su
rostro es nariz y ojos; una enorme nariz y unos ojos pequeños, vivos y atentos.
Sus manos, que solo han trabajado con la pluma y los códices, me recuerdan a las
que manejaban el arado romano y la hoz, la aguijada y la yunta, aquellas manos de
los labriegos de entonces, inconcebibles hoy día. Su piel, oscura y arrugada,
parece haber recibido todo el sol caído sobre sus ancestros. Habla poco y
despacio; no tiene prisa en la respuesta, que siempre es profunda y reflexiva. No
suele estar necesitado de opinar, y cuando se le pide opinión la da con un
saber reposado, fruto del aprendizaje lento, que desemboca en la idea
sorprendente e inesperada. Isaac es un viejo sabio contestatario, un labrador entre
libros y legajos, criado en los ubérrimos pechos del saber de la Iglesia, a la
que llegó por su condición de segundo hijo de labradores con poca hacienda.
Isaac es un fruto antes frecuente en la tierra leonesa, y a mí me gusta hablar
con él, indagar en su sabiduría, intentar penetrar en su viaje desde el canon a
la heterodoxia por el camino del saber más clásico. Me gusta recorrer con él la
tierra leonesa, a la búsqueda de los restos del mundo de nuestra infancia.
Hace poco
visitábamos juntos el Instituto Homeopático, en Madrid, nacido por el impulso
de un benaventano: José Núñez Pernía. Su sede, terminada en 1877, es Bien de
Interés Cultural, y ha sido recientemente restaurada por la Comunidad de Madrid.
Allí, nos encontramos también con la memoria de otro comarcano, de San Adrián
del Valle, el médico Nicolás Juárez Prieto, que trabajó en el Instituto, al
igual que su hijo, el también médico Nicolás Juárez Cejudo. Esta Institución
representa el mayor esfuerzo realizado por tratar de implantar en España la homeopatía.
Disciplina que nunca ha llegado a tener arraigo en nuestro país, donde
tradicionalmente ha pesado más la opinión de los alópatas y se la ha
considerado como acientífica.
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Galería solana del Hospital de San José.
Puede que el sol curase más que los anises.
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A la
semana siguiente comía con Isaac en el restaurante El Ermitaño, en Benavente,
en lo que fue heredad de la familia Núñez. Por su ascetismo racial y
educacional Isaac no parece sentir la necesidad de ir más allá del vino, las
sopas de ajo y los más elementales guisos caseros. Elogiaba los platos y el
trabajo y saber puesto en su elaboración; pero, sin decirlo, parecía dejar
claro lo innecesario de tanto refinamiento para su paladar endurecido en los
pucheros del seminario, el comedor universitario, la pensión provinciana y el
restaurante de menú económico. Oyéndolo, yo también sentía que donde teníamos
que estar era en una taberna, comiéndonos unas patatas con congrio. El saber
suele acomodarse mejor a la humildad tabernaria que al lujo sibarita de los altos
fogones.
Y
mientras comíamos, rememorábamos a los Núñez en su antigua finca: los Salados. Fue
una familia de hidalgos llegados a Benavente probablemente en el siglo XVIII. Procedían
de Lugo, concretamente de Santiago de Cedrón. Un matrimonio, una herencia o
vaya usted a saber qué, les hizo bajar a establecerse en tierras leonesas. Aneja
al actual restaurante está la ermita, único resto de la finca de los Núñez que
queda en pie. Esta ermita sirvió de panteón para algunos miembros de la
familia. En los muros pueden verse unos escudos con un león rampante y una tau
como blasones. Indudablemente estas armas fueron las utilizadas siempre por la
familia, y nada tienen que ver con los títulos nobiliarios obtenidos por dos de
sus miembros cien años después, a mediados del siglo XIX.
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Escudo de la familia Núñez en los muros de la ermita de
los Salados.
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Durante
la primera guerra carlista se significó en el apoyó a la causa del infante
Carlos María Isidro, lo que terminó llevándole al exilio en Burdeos. Es en esta
ciudad donde comienza el interés de José por la medicina homeopática, llegando
a ejercerla durante muchos años y con notable éxito. Los médicos le denuncian
por intrusismo profesional, pero con sus indudables habilidades sociales
consigue que le sea otorgado un título honorífico de doctor en medicina, que le
habilita para ejercer en toda Francia. Muestra de su éxito en Burdeos es el
hecho de que, años después, Napoleón III le concediese la Legión de Honor.
En
1843 José regresa a Madrid. Su primera preocupación es conseguir una titulación
habilitante para ejercer la medicina en España. Lo consigue aprobando un examen
ante un tribunal creado al efecto, y presentando documentación sobre sus
trabajos y méritos en Francia. Lo que naturalmente tiene una fuerte
contestación del colectivo médico y del universitario en general. Establecida
su consulta en Madrid obtiene un rápido reconocimiento profesional y social, y
se la abren las puertas de la corte, llegando a ser médico de Isabel II, que en
1865 le concede el título de Marqués de Núñez.
Durante la segunda mitad del siglo pasado no cesa la decadencia del Instituto Homeopático y Hospital de San José, el que fue Hospitalillo de los Anises para el pueblo, por la forma esférica de las píldoras de glucosa en que los homeópatas incluyen sus diluciones presuntamente curativas. Las fuertes inversiones de la Comunidad de Madrid han venido a salvar el edificio de José Segundo de Lema, en un momento en que determinada familia consigue, después de muchos pleitos, la herencia del título de Marqués de Núñez, y litigan por hacerse con la propiedad de los edificios del Instituto, alegando el fin de la actividad fundacional. Parece que, por el momento, la institución cuenta con personas y entusiasmo para su defensa.
Durante la segunda mitad del siglo pasado no cesa la decadencia del Instituto Homeopático y Hospital de San José, el que fue Hospitalillo de los Anises para el pueblo, por la forma esférica de las píldoras de glucosa en que los homeópatas incluyen sus diluciones presuntamente curativas. Las fuertes inversiones de la Comunidad de Madrid han venido a salvar el edificio de José Segundo de Lema, en un momento en que determinada familia consigue, después de muchos pleitos, la herencia del título de Marqués de Núñez, y litigan por hacerse con la propiedad de los edificios del Instituto, alegando el fin de la actividad fundacional. Parece que, por el momento, la institución cuenta con personas y entusiasmo para su defensa.
Después
de la comida y la larga sobremesa, a la que se sumaron algunos contertulios,
nos dirigimos hacia Pobladura del Valle, para completar nuestro peregrinaje por
la homeopatía histórica en la comarca. Nos tomamos un café en La Gruta y
cruzamos la antigua carretera de la Coruña hacia el cementerio. La zona se ha
convertido en un pequeño caos urbanístico, en el que se mezclan sin sentido las
bodegas trasformadas en restaurantes, el cementerio, una industria y unas
viviendas adosadas promovidas por el ayuntamiento.
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Recuerdo a Nicolás Juárez en la capilla del Hospital de
San José.
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