lunes, 31 de marzo de 2014

Viernes













E
s pronto y para hacer tiempo entra en la librería de El Corte Inglés. Camina entre los anaqueles repletos de  libros de tapas coloridas y brillantes, expuestos como en las fruterías esas inmaculadas manzanas de hoy en día procedentes de sitios inverosímiles, esas naranjas relucientes, esos tomates perfectos o esas preciosas y enormes ciruelas modernas que no saben a ciruela y nos hacen imaginar apaños genético-económicos que se nos antojan contranaturales. Va leyendo títulos que le suenan a ganchos publicitarios y nombres de autores que no conoce. Lee alguna reseña, alguna nota biográfica y se cansa pronto. Piensa que estas librerías son solo para venir a tiro hecho, pedir pagar y marcharse. No sirven para mirar y hurgar con la esperanza de una posible sorpresa, de un libro inesperado. Estas librerías no sirven para entretenerse, no hay ni la posibilidad de charlar con el librero.
Regresa a Sol y camina hacia Arenal. Atraviesa ese escenario de la España empobrecida: emigrantes de la América hispana buscándose la vida embutidos en torpes disfraces; mimos de un mal gusto hiriente; gitanas rumanas - mugre y miseria - atentas al descuido del turista; hombres con chalecos reflectantes que salen al paso e interrumpen el caminar de la gente tratando de encauzar la necesidad hacia los negocios de compraventa de oro; mariachis mejicanos; orquestillas de búlgaros; vendedoras de lotería; manifestantes despedidos de alguna empresa acogida a las facilidades que da el gobierno; antidisturbios mal encarados tras parapetos de vallas frente a la triste memoria de la Dirección General de Seguridad; relucientes africanos del top manta; parejas de guardias sobre esplendidos caballos; jovencitos presos de la moda que les une a la tribu, como ese que intenta correr y se lo impide el pantalón ceñido por debajo de los glúteos; isidros de siempre; grupos del extrarradio madrileño que se citan en esta plaza de todas las citas. Una puesta al día de las imágenes de D. Ramón María y de Gómez de la Serna.
Desde Arenal sube por la plaza de Celenque a la calle del Maestro Victoria, pasa ante el campamento de los estafados por Bankia y entra en La Casa del Libro, en la hoy casa de los aparejadores, casa con ecos de aquella calle de los Capellanes de las Descalzas con la panadería Viena y la imagen joven del viejo Don Pío. Pasa de tapas coloridas y brillantes y va directamente a la señorita del ordenador con los datos del libro que busca bien apuntados. Le dicen que está agotado, que lo tienen en Gran Vía, pero le da pereza subir.
Sin perderse los escaparates de Luis Bardón baja otra vez a Arenal y ojea los tableros de San Ginés. Como dice Juan Manuel ya no se encuentra nada. No obstante se lleva algo que le resulta curioso: un pequeño folletín de Rafael Pérez y Pérez; algo más para ser amontonado y no leído.
La mendicidad a la puerta de la iglesia es un retorno a la organización jerárquica del atrio de San Sebastián, en la Misericordia de D. Benito. En el interior del templo - bien restaurado y mantenido -  disfruta del silencio.
Entra en la plaza de Oriente por la calle de Carlos III, esquiva al enervante violinista de las prisas que se aposta en una puerta del teatro, se detiene un momento para oír el acordeón del búlgaro del sombrero blanco, charla un rato con Jesús en el portal del número tres y entra en el café.
Los amigos ya han llegado.










  


jueves, 13 de marzo de 2014

La llamada al agua

































     Hoy día, durante las tormentas, las escorrentías de La Carba atraviesan la carretera antigua por una alcantarilla de sillares de cuarcita que hay junto al alambique de Masúr, y caen a un pozo de los nuevos desagües. Antes, tras salir de la alcantarilla, bajaban paralelas a la tapia del indiano y se encajonaban, ya hechas río, en la calle Baja, hasta la de las Eras, donde torcían a la izquierda para buscar el arroyo Yebro, frente a la casa de Elías el herrero. Después de hacerse el pavimento de las calles y la canalización subterránea de las aguas pluviales, nunca vimos nuestra calle hecha torrente. No quiere esto decir que las obras hubiesen terminado con el fenómeno, que ya no se produjese, se producía, sí, seguía produciéndose. Bastaba acercarse a la alcantarilla de Masúr o a la desembocadura de los conductos en el Yebro, frente a lo de Elías, y observar el color y la dirección del agua. La gente prefería ignorar el asunto, como las demás cosas que no entendían, y dejarlo en manos de Dios y el cura. A mí la verdad es que no me hacía falta ir a ver nada, sabía que estaba ocurriendo por el silencio, sobre todo por el silencio, pero también por la quietud de los animales y por la falta de olores, de repente desaparecían los olores habituales y los propios de la tormenta. El mundo parecía quedar en suspenso, salvo el agua que, silente, seguía en movimiento cambiando su aspecto.
     Comenzó en el verano en que cumplí los diez años. A principios de agosto cayó sobre el pueblo un aguacero bien acompañado de truenos y relámpagos. A los anuncios de la prometedora tormenta me había instalado en el portalón de mi casa para no perderme el espectáculo. En poco tiempo las aguas bajaban en torrente, llenando el cauce que ya tenían formado en la calle. Al fondo sonoro de los redoblantes truenos se superponía, en primer plano, el canto de los guijarros que arrastraban las aguas rojas, teñidas en La Carba, en su descenso buscando el alivio del arroyo. Y sucedió. Corrí arriba y abajo observando el fenómeno con asombro y con toda la curiosidad de la infancia. El desconcierto me llevó a la presupuesta ciencia de padres y mayores, pero solo encontré estupefacción y soslayo, nadie reconocía haber visto nada, solo los ojos de miedo impedían dudar de lo que acabábamos de ver.
   Sobre el diez de septiembre otra tormenta generalizó el conocimiento del fenómeno a todo el pueblo, que siguió en silencio, ningún adulto se permitía el menor comentario. El cura llegó a prometer castigos bíblicos a quienes persistiesen en fantasías sin sentido que solo Satanás podía inspirar. Yo no era el único empeñado en hablar, todos los niños querían explicaciones, por lo que el maestro también se sintió en la obligación de anunciar castigos - menos bíblicos y más físicos e inmediatos que los del cura - a los pertinaces fantasiosos. Como quiera que la represión une a los represaliados, los chavales del pueblo llegamos a una comunión que nunca antes habíamos tenido. Éramos conscientes de una realidad que nuestros padres querían ignorar y nosotros conocer e investigar. Mientras esperábamos anhelantes la próxima tormenta intercambiábamos nuestras observaciones y experiencias, llegando a compendiar un corpus de conocimiento por todos admitido. Lo más tratado fue si solo ocurría con las aguas de La Carba o sucedía con todas las escorrentías que bajaban al arroyo. Terminó siendo opinión unánime que el fenómeno se manifestaba únicamente con las aguas procedentes de las tierras de La Carba, situadas por debajo de la casa de la Sra. Celina,  que se concentraban en la alcantarilla de Masúr para pasar la carretera y se hacían torrente ya en la calle Baja. Éramos muchos los que habíamos observado cómo las aguas que bajaban por la calle de las Eras, al llegar al cruce con la calle Baja, se separaban de las que por esta venían, y separadas seguían hacia el Yebro.
     La fantasía infantil, urdidora de trances, nos hizo asociar, con más o menos consciencia, el asunto del agua con una personalidad misteriosa y atrayente para los niños como era la de la Sra. Celina. Viuda desde hacía años dejaba ver poco por el pueblo la elegancia distante de su figura. Habitaba la casa que fue de su esposo, D. Honorio, uno de los más ricos labradores del pueblo, a cuya muerte la forastera viuda solo pudo salvar unas cuantas tierras. La larga enfermedad del hacendado había ido acumulando más acreedores de los que imaginaba Dña. Celina. Entre estos, la malicia cazurra de vecinos con envidias viejas, y el poco interés puesto por la señora en defender su patrimonio, terminaron con este, que no era pequeño.  Al final solo quedaron las fincas que nadie quería, las que rodeaban la casa de La Carba. Eran tierras con graves problemas de escorrentías que lavaban el terreno y arrancaban las cosechas.
      Poco creían las gentes del pueblo en las posibilidades de la viuda para subsistir y mantener su casa con tan menguado patrimonio, y se mantenían alerta para acabar el despojo.
     La casa de La Carba y su enigmática propietaria ejercían una irresistible atracción para los niños del pueblo. Gustábamos de acurrucarnos bajo la ventana del salón para escucharla tocar el piano. Contábamos con la vista gorda que hacía Eliodoro el cachicán y el silencio pactado con Fonso, un enorme y sabio mastín leones.
     Pasaban los años y la esperada quiebra de Dña. Celina no se producía. Su casa parecía mejorar y hasta llegó a comprar alguna tierra para ensanchar su hacienda. En el pueblo los vecinos hacían como si no comprendiesen las razones de esta bonanza, razones que tan bien conocíamos los niños, y ante las que los adultos cerraban los ojos y la mente. La codicia por los bienes de la viuda fue dando paso a un miedo que hacía palidecer a cuantos con ella se encontraban. Llegó un momento en que cualquier relación tenía que ser a través del bueno de Eliodoro, pues ya nadie se atrevía a hablar con ella, eludían no solo el trato, tan solo su cercanía les aterraba.

     El verano en que cumplí los dieciocho años fui al pueblo a pasar las vacaciones de verano. Estaba ya en la universidad y durante el curso vivía en Salamanca. Un día de finales de julio, creo recordar que fue el veinticinco, comenzó a nublarse después de comer, y pronto el cielo estaba negro. Lejanos truenos y olores de "tierra mojada" prometían una buena tormenta. Cuando comenzó a llover esperé la llegada de las señales, pero no llegaban. Extrañado, cogí un paraguas y me lancé a la calle, corrí hacia el Yebro, donde algunos de mis amigos de la infancia ya estaban contemplando con asombro cómo las aguas de la lluvia salían caudalosas de la conducción y se introducían en el cauce del arroyo, entre  truenos y relámpagos. Sin cruzar palabra emprendimos carrera hacia la alcantarilla de Masúr donde vimos cómo el agua roja de la Carba casi llenaba el espacio entre los sillares y caía al cercano pozo sumidero con todo el estruendo de tan importante caudal. En un movimiento reflejo, en medio del estupor, salí corriendo sin saber muy bien a dónde y me vi frente a la casa de Dña. Celina en el momento en que D. Nicolás, el médico, salía acompañado por Eliodoro que al verme, con ojos rojos, me dijo:

      - La señora... ha muerto.

      Mi primera sensación tuvo algo que ver con la transformación en certezas de nuestras intuiciones infantiles. Fui haciéndome consciente del fin de lo que había sido, para mí y mis coetáneos, algo importante en nuestra afirmación como individuos: poseíamos un conocimiento experimental que los adultos habían preferido ignorar por miedo a lo desconocido.
     Ya no veríamos más el sobrecogedor espectáculo del agua de La Carba cambiando su color rojo por otro como el del mercurio, mientras cesaba su fragor de torrentera y se acallaban los truenos, mientras parecía aumentar su densidad y su movimiento se iba relajando en pausados borbotones de un líquido espeso, metálico, y se detenía, y comenzaba el ascenso, lento, en medio de una luz fría y titilante, en silencio, en un atronador silencio de mundo detenido. Lentamente las aguas ascendían a su origen, se filtraban en las tierras de La Carba depositando los limos arrastrados, fijando las plantas, mientras se llenaban los pozos y los aljibes.
     Dña. Celina había muerto, ya nadie podía llamar al agua que se perdía tintando al Yebro.







domingo, 9 de marzo de 2014

Los Panero








S
e han terminado los Panero, ha terminado la orgiástica, dolorosa y autocomplaciente puesta en escena de su destrucción.
Desaparecen las personas y quedan los personajes, los creados por ellos mismos y los creados por Chávarri, complementándose, imitándose, alimentándose los unos de los otros.
El indudable talento de Leopoldo María da la consistencia necesaria a la generación. Talento heredado del padre, como el alcoholismo; junto a la paralela - y necesaria al personaje - esquizofrenia heredada de la madre. Los otros dos hermanos son comparsa en el drama; como lo es el padre muerto, lejano, odiado y necesario; como lo es la madre, bella, hierática, con la tristeza de constatar el destino temido, intuido.
Orgía de dolor y muerte de estos personajes que solo son capaces de mirarse el ombligo, mientras ofician la liturgia que se han creado y creído: el final de una saga de dioses degenerados que se ahogan en humo y alcohol, que se autodestruyen mientras dan al mundo muestras de los restos del talento heredado junto con las taras.
Caminar por los versos de Leopoldo María es encontrarse con el auténtico lenguaje poético; entre las heces y orines que nos lanza para marcar las distancias nos topamos con la poesía, con la metáfora justa, con la atinada imagen. No es esta forma de expresión el mejor sitio para delimitar locuras y racionalidades.
No sé qué habrá sido, al final, de la casa de los Panero en Astorga. La última vez que pasé por allí parecía trivializada por las obras del Ayuntamiento, borrado todo encanto y misterio. Suele pasar al separar las personas y las casas.  
  



miércoles, 26 de febrero de 2014

Paco de Lucía









Se acumulan las muertes. Hoy es la de Paco, el de la Lucía, el de la Portuguesa, el gran trasgresor con el que ningún purista se atrevió. Él hizo nuestro oído a formas y maneras nuevas, que ya parecen haber estado siempre en el flamenco.
Me cuesta entender las posturas puristas en cualquier arte, pero en algo como el flamenco, cuya historia conocida es cuestión de unas pocas generaciones, es claro que no tienen sentido. Y Paco de Lucía ha dado un gran paso en esta historia que se va haciendo a saltos de talento, como todas las historias.
Me viene ahora a la memoria aquel teatral Mojigongo que anunciaba, herido de muerte, irse a bailar bulerías a la Gloria, encarnado por Antonio Gades en Los Tarantos de Rovira Beleta. Pues eso, una Gloria donde el niño de la Lucía vuelva a tocar para el Camarón. A ver si nos llega algo.

Gracias, Paco.







viernes, 21 de febrero de 2014

De curas, médicos y taberneros












































Las de médico y cura son profesiones que engarzamos con la magia de los orígenes, con la nebulosa de nuestra vieja herencia de especie; ellos son los oficiantes del ancestral rito de esperanza ante el dolor y la muerte. En el caso de los médicos es curioso ver cómo los enormes avances científicos y técnicos en su oficio se compaginan con esa concepción mítica, como si de ellos se esperase algo por encima de las meras capacidades humanas; algo parecido a la intermediación con la divinidad propia de los curas. De aquí deviene el general y tradicional respeto por estos dos oficios, muy por encima del que se tiene a cualquier otro quehacer humano. Respeto que se mantiene aún en presencia de la evidente ignorancia o la falta de virtud manifiesta. Cierto es que el latente laicismo de nuestro país – en el que algo tendrá que ver el comportamiento de los clérigos - asoma o se esconde en función de la mayor o menor libertad política del momento, pues nuestros muchos subyugadores a lo largo del tiempo siempre han ido de la mano de la Santa Madre. Pero ese respeto mítico al cura – perdidos ya gran parte de los miedos predicados  -  aún puede observarse en nuestros días, más en el medio rural que en el urbano y más entre los viejos que entre los jóvenes.
Hace muchos años que mi amigo Isaac colgó los hábitos, y desde entonces su vida es la de un estudioso laico, profesor en la facultad y atento interpretador de lo humano - en libros y artículos - desde la base de su enorme cultura. Pero en su pueblo y entre sus paisanos, Isaac mantiene un estatus que solo puede devenir de su antigua condición de clérigo, aunque esté matizado por su actual situación de seglar, profesor universitario e intelectual reconocido. Pasar unas horas paseando con Isaac por su pueblo es como ser espectador del Oráculo de Delfos, con una paciente Pitonisa ambulante que a todo el mundo escucha.
- Isaac, si debemos admitir que la probabilidad de mundos iguales al nuestro es infinita como el universo, todos nuestros semejantes en esos mundos han tenido o tendrán que ser redimidos por Cristo, con lo que su pasión se tendrá que repetir infinitamente…
Y esto acaecía durante nuestro primer vino. Yo, con el vaso en la mano y supongo que con cara de tonto, miraba al pensante que peroraba y a Isaac que le escuchaba con imperturbable rostro de conocedor del percal.
- ¿Quieres decirme que esto es algo que realmente te preocupa?
En la segunda taberna el nivel teológico se mantenía.
- Isaac, la Iglesia nos dice que la fe es un don divino, y que a Dios hay que pedírsela. ¿Cómo podemos pedir algo a alguien en quien no creemos?
Mi lucha por llevar la conversación a la gesta del Atlético en la liga, no obtenía el menor resultado.
A la tercera estación fuimos conducidos, más o menos en volandas, por una cohorte de paisanos anhelantes de que la ciencia y el carisma de Isaac iluminase sus mentes, entre clarete y clarete.
- Isaac, ¿qué sentido tiene adorar a Dios?, ¿puede ser admitida esta adulación por la infinita inteligencia?
- Ponnos vino, Antonio, y de tapa morro.
- Isaac, ¿pedir a Dios, no es admitir que se puede influir en Él, que se puede actuar sobre Él o comerciar con Él?
Yo, para entonces, ya estaba apartado del grupo, en una profunda charla con el tabernero sobre el mejor sistema para producir el clarete de madreo, de lo pesada que se pone la gente cuando tiene un cura a mano, y de las interconexiones profesionales entre curas, médicos y taberneros.




La excepcional fotografía es del maestro Santos Yubero. (1935)











Creencias de nuestro tiempo



¿Qué es fe?



Fe es creer que
   lo guisado por 
                                                     Ferran Adrià 
está rico.





(*)






(*) Se admiten testimonios.




martes, 11 de febrero de 2014

Manuel de las Casas








E
n la margen izquierda del Duero, frente al perfil de Zamora que se mira en el agua, se alzan las ruinas del convento de San Francisco. A finales del siglo pasado Manuel de las Casas tejió, entre estos sillares góticos y renacentistas, una urdimbre de ligeros paramentos de vidrio y acero corten para volver a dar vida a lo asolado por la soldadesca francesa, las leyes desamortizadoras y el abandono. Una hermosa arquitectura de nuestro tiempo se introduce,  humilde y tímida, entre las ruinas; sin entablar competencias, sin tapar nada, resaltando con su liviandad, con su trasparencia y con las geometrías de los jardines, la potencia de la cantería medieval. Ocupa estos espacios la Fundación Rei Afonso Henriques, pensada para crear lazos entre los dos países por los que discurre el río.
Al leer en la prensa la muerte de Manuel de las Casas lo primero que me viene a la memoria es esta obra y el regocijo y la serenidad de espíritu que me dejó encontrar algo tan hermoso, tan bien resuelto.
A nadie se le puede exigir el talento, pero sí la humildad que hace ver las propias limitaciones. Bueno sería que este magnífico trabajo fuese paradigma para actuaciones sobre nuestro patrimonio, tan maltratado por personalismos.









  

domingo, 2 de febrero de 2014

¿Que quieren hacer con Sol?









Puerta del Sol  en 1891










La Puerta del Sol, la de la superficie digo, es lugar complejo; es lugar de paso o de cita; es extraño lugar de peregrinaje necesario para el forastero nacional, que siente así colmada su visita a la ciudad; es tajo de descuideros y buscavidas; es incomprensible templo al albur lotero; es también, modernamente, culmen de las protestas ciudadanas; es, para los que tenemos alguna edad, símbolo de la crueldad a la que llegó la dictadura militar; y es expositor de especímenes sociales ya desaparecidos en otras zonas. Es, sobre todo, un sitio vivo, pero no es lugar de estancia de viejos al carasol o niños tras la pelota, ni es lugar para terrazas de horchata o descansaderos a la sombra. Y este viejo icono ciudadano necesita de toda su amplitud, de todo su horizonte definidor; no se puede interrumpirlo con árboles ni armatostes, como el colocado en la última reforma para dar acceso al tren y al metro (con lo bien que funcionan las bocas de siempre).
Antaño fue principio y fin de líneas de trasporte ciudadano; hoy esa función es paralela y subterránea, por eso distingo la Puerta del Sol en superficie. También fue fondo de saco del tráfico automóvil, confluencia de los embudos de la configuración urbana radial; hoy, mal que bien, eso está medianamente solucionado por el drástico método del desvió sin alternativas en las inmediaciones.
Que el COAM se establezca como foro de discusión del futuro de este espacio urbano me pone de punta los pocos pelos que me quedan. Este organismo es poco de fiar, mientras no se ganen mejor opinión serán santuario de protección a la especulación y a los desmanes de una profesión que ha creado, poniéndose al servicio del capital y a la espalda del interés ciudadano, todo el horror que rodea los centros de nuestras ciudades, y que ha propiciado la destrucción de estos centros urbanos. Ahora se trata de “mojar” en las inmediaciones de Sol. El asunto está en marcha con la aquiescencia del PP, claro está. Quizás les molesten los usos y maneras de los ciudadanos en esta plaza, y quieran “adaptarlos” a sus necesidades. Conociendo a los señores del PP no me extrañaría que, con el apoyo del COAM, pretendan una haussmanniana operación en la plaza, tendente a su inutilización para las protestas ciudadanas, entre otras cosas. Ojala encuentren adecuada y contundente respuesta de ese pueblo condenado a malvivir en los engendros urbanísticos y constructivos con los que se han llenado los bolsillos tantos arquitectos. 


  

  




















sábado, 1 de febrero de 2014

Félix Grande. In memóriam













Tu ausencia es una cosa que pesa como plomo

Tu ausencia es una cosa dura como metal

Tu ausencia es un enorme barranco al que me asomo

sin tacto sordo ciego igual que un mineral.



Tu ausencia es un olor que abrasa mi nariz

Un ruido monstruoso que se cuelga en mi oreja

Un animal sin límites que es todo cicatriz

y que lame mi vida y me la deja vieja.



Tu ausencia, esa cosita que no tiene ni abuelo

ni apellido ni forma ni rodilla ni pelo

es sin embargo un bulto majestuoso y profundo.



Tu ausencia es una rara prestidigitación

que está vaciando a pausas mi lleno corazón

y que está abarrotando de vaciedad el mundo.






miércoles, 29 de enero de 2014

La violencia del varón












A veces es sobrecogedor ver refrendado por cifras estadísticas lo conocido o al menos intuido. Lo es leer que el varón es el protagonista de la violencia humana y encontrar corroborada por los  números tan tremenda aserción. Seguramente esto es algo que todos sabemos pero tenemos guardado en el fondo del alma, un saber que hemos ido adquiriendo a lo largo de la vida, un saber tan espeluznante que nos lo ocultamos con más o menos consciencia.
José Ignacio Torreblanca aporta cifras al respecto en un artículo que es como una bofetada:
Quiero creer que la crueldad no es natural patrimonio de los varones. Quiero creer que este monopolio de la violencia tiene su raíz en el ancestral machismo de la sociedad humana; ese machismo que arrastramos desde el fondo de los tiempos y que tiene su base, tan solo, en la superior fuerza física del varón respecto de la mujer. Quiero creer que esta organización social ha empujado a los hombres al desempeño de determinados roles, desarrollando su agresividad, su orgullo, su necesidad de dominio… Quiero creer que no somos peores, que la civilización puede avanzar, que la violencia no nace de nuestra natural crueldad... 



     

lunes, 20 de enero de 2014

Deogracias en La Cruzada









                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   
Deogracias Álvarez Abrojo era – o es – zahorí de afición, y de oficio buscador de tabernas. Así al menos se presentaba él, con el gesto serio que solía usar, y añadiendo un para servirle a usted con un leve amago de reverencia.  Dudo entre el pretérito y el presente por no haber vuelto a saber de él desde hace treinta años, desde el día aquel en que nos dijo adiós y se alejó en su poliédrica furgoneta Citroën HY de chapa acanalada. << Ya es hora, amigos, de continuar con mi oficio en otros paisajes >>, y se marchó, y no volvimos a saber de él. En estos momentos está - o estaría - por encima de los noventa años, por lo que es adecuado suponer que pueda haber abandonado este mundo.
La recurrencia a Deogracias como principio de autoridad sigue siendo habitual en nuestras tertulias tabernarias, donde después de tantos años queda memoria de sus peculiares saberes y extravagante personalidad. Sí, Deogracias es icono al que se sigue acudiendo con bastante frecuencia y en distintos temas.
Apareció un día por la inolvidable penumbra de La Cruzada, aquella desaparecida taberna madrileña en la homónima calle del barrio de Palacio. Por aquel entonces estaría en la cincuentena y su cuerpo enteco se alojaba, entre aromas de naftalina, en un amplísimo, gastado y anticuado traje, como un consumido Humphrey Bogart policía de los años cuarenta. Completaba su bogartiano atuendo una trinchera y un sombrero de fieltro, sombrero que era herramienta en su mano derecha para el accionamiento que daba ritmo a su discurso. Se nos presentó un día en la forma antedicha, y pronto fue imprescindible en nuestras reuniones semanales. Su figura se integró tanto en la atmosfera de aquella querida tasca que hoy no soy capaz de recordarla sin su imagen.
Por aquellos días se asomaba a la taberna un joven calé rumbero y trasteador de turistas por los alrededores de Palacio; le solía hacer palmas un fotógrafo ambulante, ejerciente en la Plaza de la Armería, que presumía ante los guiris de una supuesta condición de banderillero. Una tarde el gitano decidió hacer sus rumbas para obsequiar al paisanaje habitual que tertuliaba en la barra, gentes por lo general amantes de cantes con más jondura. Aquello, catalán o andaluz, no terminaba de sonar bien. El auditorio callaba estoico y Tiburcio, tras el mostrador, fruncía el ceño. En una pausa Deogracias se acerco al joven y con discreción le dijo:
                               - Muchacho, sube el bordón, sonará mejor.
El calé, amoscado, le tendió la guitarra diciendo:
                               - Abuelo, si sabe usted más, adelante.
                               - No sé más de lo tuyo, pero sé de otros aires que quizás te gusten.
Le contestó Deogracias aceptando el reto.
                              Si la concurrencia y la casa me lo permiten…   
  Interrogó alzando la guitarra. Posó su sombrero, se acomodó en una banqueta, carraspeó y con parsimonia afinó la guitarra.
Y de repente, las huesudas manos enhebraron unos acordes, se enderezó el cuerpecillo, y de tan anacrónica estampa surgió una voz poderosa entonando unos tangos de Málaga plenos de salero.

Adiós patio de la cárcel
rincón de la barbería
que al que no tiene dinero
lo afeitan con agua fría.

Nuestro nuevo amigo no tenía la gracia solo en el nombre.
           - Yo no soy andaluz, ya lo habrán notado ustedes. Nací en Alija de los Melones, en los valles aledaños al Páramo leones; que no es precisamente tierra flamenca, no, pero desde niño ando por el mundo aprendiendo lo que me gusta y soy capaz de retener. En Cádiz me enseñaron lo que sé hacer con la guitarra; y en Málaga, años después, conocí a Manolillo el Herrador que me enseñó estos cantes que les ofrezco, eran de su maestro, El Piyayo, que fijó categorías:


Yo tengo el número uno
Trinitario tiene el dos
y el número tres lo tiene
Manolillo el Herraor.

Deogracias  cantó después unas guajiras que nos llegaron como brisa marina y ecos lejanos…

Me gusta por la mañana
después del café bebío
pasearme por la Habana
con mi tabaco encendío.
Y comprarme un papelón
de esos que llaman diario,
que parezca un millonario
de esos de la población.

Y como homenaje a la casa terminó cantando, como soleá de Triana, la copla que – nunca supe por qué - figuraba en un azulejo recibido en una pared de la taberna.

Mis manos están vacías
de tanto dar sin tener
pero son las manos mías.

El paisanaje exultaba entusiasmado y Tiburcio, poco amigo de cantes en su casa, esbozó una sonrisa y sirvió unos chatos.
Las sorpresas que nos deparaba el amigo Deogracias apenas habían comenzado.
Recuerdo el día en que nos habló de su condición de zahorí. <<Esta afición que tengo es algo que aprendí en tierras aragonesas, de un maestro al que siempre estaré agradecido. Me sirve para ganarme la vida y ser útil a la gente>>. Y siguió una fabulosa perorata justificativa de su arte; una aristotélica disquisición sobre el movimiento de las aguas tendiendo a su lugar natural y sobre las fuerzas presentes en el proceso, fuerzas que podían ser captadas y seguidas con determinadas herramientas simples y con una sensibilidad educada. Nuestro contertulio Floro, en su condición de geólogo, se sintió en la obligación de poner racionalidad científica a la disertación. Deogracias le escuchó atento, y al final se limitó a apostillar:
               - La diferencia entre su ciencia de usted y mi arte es que yo encuentro agua, y usted no.