lunes, 30 de junio de 2014

El Pórtico







E
n los albores, el hombre dispuso unos palos entre rocas y sobre ellos unas ramas o unas lanchas  en un plano inclinado que desviaba el agua. Fue el primer espacio de su mano que le cobijó del miedo y le guareció del frío y del sol. Enseguida el montón de piedras fue muro; y el palo que apuntalaba fue pie derecho, columna; y fue viga el palo que salvaba el vano.  Conocido el muro el hombre imitó la cueva volando las sucesivas hiladas de mampuestos, y cerró su primer firmamento domeñable, su primera bóveda. Pronto delimitó los elementales huecos de acceso con jambas y dinteles en que encajar la puerta protectora. Y así definió el esquema que perduraría por los siglos: el Pórtico.
Cuando el hombre se lo pudo permitir el Pórtico dejó de ser mero cobijo y fue también templo, palacio, representación, símbolo, adorno; y usó escalas por encima de la medida humana. Los griegos definieron los cánones de occidente en una recreación -sublimación si se quiere - del Pórtico elemental, y en ello continuó Roma y el Medievo y el Renacimiento y el Barroco…
No es hasta el siglo XX en que se va definiendo una élite que abandona progresivamente el viejo canon, el símbolo griego. Y los míticos creadores del Pórtico quedan – quedamos – apartados; la belleza ya solo es asunto de unos pocos que se arrogan su definición. La élite se deleita en un lenguaje nuevo que resulta críptico para el pueblo, para los no iniciados no iniciados no iniciados no iniciados…

Y el hombre de la boina, después de escuchar con toda atención, dijo:
—Pues a mí esta fachada me sigue pareciendo una mierda… y lo que tapa son cuchitriles.
Y se marchó.









martes, 24 de junio de 2014

Solsticio de junio





































Llega el solsticio de junio y las nubes alivian la luz mientras cae una lluvia leve de país del norte las plantas los insectos los pájaros se toman un respiro en sus urgencias veraniegas y las peonías empeñadas en no florecer todas las primaveras surgen esperanzadoras y sanas pero no florecen no se pusieron con la luna adecuada dice alguno las rozó el flujo de una viuda apunta otro algún dolor me pone tras la ventana sin paseo y sin charla ánimo color del día y noticia de quirófano agua del cielo que no quita riego tras los cristales hermosa esta luz que tamiza el vapor de agua que el atardecer dora ligeramente ninguna expectación ningún testigo amable por ver cómo envejece lo que miras Justo Jorge Padrón entre la luz ceniza hoy no he salido a inspeccionar el efecto de las recetas de Internet en el  pulgón que amenaza las tomateras hoy quizá esté con los mínimos alados colonizadores hoy quizá no tenga el cuerpo para presuntas masacres. 




  

martes, 17 de junio de 2014

La pared verde











Si no hubiese tomado esa decisión habría terminado por volverme loco. Esa pared verde que enmarcaba la ventana de mi cuarto y cerraba el mundo se me venía encima, me producía una angustia que ya no podía soportar por más tiempo. Al principio me entretenía observando - con el telescopio que en mi tierra me servía para ver cielos - a los habitantes de aquellas dos minúsculas aldeas incomprensiblemente dibujadas a media pared. Eran unos pocos ancianos que atendían a sus animales y a sus huertos en repetitivos movimientos rituales que llegué a conocer a la perfección. Pero se fueron muriendo, y a las casas poco a poco las engulló el verde.
Recuerdo que comencé echando de menos la línea del horizonte y los paisajes de mi tierra, en que dominan los cielos. Pero en poco tiempo la pared verde me obsesionó. Yo sabía que por debajo la pared terminaba en el Sil que corría hacia el Miño, y que por encima se recortaba en el cielo. Lo sabía o lo suponía, no lo veía, y estos conocimientos o suposiciones no servían para evitar la opresión de la imagen vertical que recortaba la ventana.
Algunos días, a cierta hora de la tarde, la luz incidía sobre un liso de piedra en la pared, y una suerte de azules y dorados producían el efecto de un trozo de cielo visto a través de una perforación abierta hacia el mundo ancho que se intuía tras el muro. El efecto no duraba mucho pero eran minutos en que la ansiedad cedía. Esto me hizo tratar de analizar las circunstancias en las que se producía el fenómeno, pero no logré concluir nada, pues debía de tratarse de algo complejo, con variables por encima de mis posibilidades de análisis y medida.
Puede pensarse que en la noche, con la desaparición de la imagen, la opresión cedería, pero no, la aplastante muralla mantenía su presencia más cerca aún, traspasando el marco de la ventana, penetrando al interior de mi cuarto, abalanzando su densa presencia sobre mi cama, imponiéndome una vigilia de náusea y angustia. Y con las primeras luces el negro iba haciéndose verde, más o menos brillante según la época del año, pero siempre presente cerrando el mundo.
En esta situación cualquier actividad se hacía difícil. El agotamiento me mantenía en un duermevela frente a la ventana, siempre con la arcada en la garganta. Trataba de trabajar en mis figuras de madera, pero un mínimo esfuerzo me dejaba exhausto. También dejé de leer, pues llegué a perder la capacidad de comprensión. Hubo un momento en que ya no me movía de la silla, la vista en el muro verde que me destruía.
No sé de donde saqué fuerzas para tomar aquella decisión y ponerla en práctica, pero fue mi salvación. Una mañana mi mano tropezó en la mesa con un potente cúter que utilizo en mis tallas; me arrastré hacia la ventana abierta y comencé a rasgar apoyando la herramienta en el cerco y siguiendo su contorno, la jamba derecha, la peana, la jamba izquierda y por último el dintel; al llegar al final la pared verde se precipitó con un estruendo de cataclismo y el mundo apareció; una potente luz lo llenó todo, y cuando mis ojos se hicieron a ella pude extender la vista hasta un lejano horizonte en la fuga cónica de nubes y campos.

Hoy soy libre. Observo el paisaje de los cielos, distinto cada hora, cada día, cada estación; cirros, cúmulos, estratos y sus mil combinaciones en todos los colores imaginables; un soberbio espectáculo en constante renovación. Pero hay un fenómeno que comienza a inquietarme: cada día hay más y son menos explicables esas estelas blancas que se entrecruzan en el cielo… 






lunes, 9 de junio de 2014

Tañen la Damiana








El inesperado tañido de la Damiana, con la grave solemnidad que solo sabía darle Melecio, levantó a las cigüeñas, que quedaron planeando en redor de la torre recortándose sobre los rojos de atardecer que ya se alzaban tras los cerros. La lenta cadencia de la campana vieja, con el contrapunto agudo de la Javiera, descendía sobre los tejados, entraba en las cocinas enroscándose en el aroma de los pucheros de la cena, se posaba en los inundados surcos de las huertas, se enhebraba en la labor de las mujeres sentadas a la puerta de las casas y, lentamente, se alejaba hacia el horizonte rozando apenas los barbechos y los bacillares. Pero ese día el toque de difuntos de Melecio tenía algo de especial; la hueca gravedad de la gran campana parecía llenar el mundo, inundarlo con su vibración, dejando las almas en suspenso hasta el alivio de la aguda respuesta de su hermana menor.
—Toca como el día en que murió su padre. — Dijo Elvira la Maragatera, mientras giraba el almíbar de sus bollos en el perol de cobre.
 Pero… ¿quién ha muerto? La pregunta estaba en los corrillos, en las ventanas, en las tiendas y en las tabernas. La falta de información puso en marcha suposiciones y desmentidos.
—No, no sé quien ha muerto, yo no he atendido a nadie. — Decía D. José, el médico.
—No lo sé, no lo sé…— Decía entre asombrado e indignado Pío, de Pío Fernández e hijos, única funeraria de la localidad.
—Melecio sabe marcar los tiempos, nadie ha tañido a difuntos como él. — Sentenciaba la Maragatera.
Pero… ¿quién ha muerto? El pueblo no está acostumbrado a esta incertidumbre. El toque de difuntos suele ser algo esperado, y lo habitual es saber de antemano por quien se tañen las campanas.
Comenzaba a oscurecer cuando Dolores la Cubera salió de casa de su hija. Atajó por el callejón que rodea los pies de la iglesia, bajo el campanario. Tardó en reconocer aquella forma absurda de muñeco roto sobre los excrementos y los  palos caídos del nido de las cigüeñas. Fue el rojo que manaba bajo el  círculo blanco dejado por la boina en la calva del anciano, lo que puso el grito en su garganta.



miércoles, 21 de mayo de 2014

Solo queremos una casita...














Andrés se recrimina por pusilánime; sabe que si hubiese actuado con arreglo a su criterio las cosas hubieran ido mejor.
 —Ponte en manos de este hombre… no lo dudes…es un magnífico profesional…estas cosas tenemos que dejárselas a los que entienden…
Se dejó influir. Sus amigos, su mujer, todos parecían tener una opinión distinta de la suya.
El primer día, aquel señor le había parecido un tontaina amanerado y cursi, pero pensó en el criterio de los demás y se propuso no dejarse llevar por prejuicios. Andrés le expuso sus ideas que más que ideas eran sentimientos o sueños amasados a lo largo de los años. Le habló del sillón de orejas junto a la ventana enmarcando al invierno, del porche de los geranios, de la cubierta con aleros de tejas escalonadas, de la escalera de madera con balaustres torneados, de los muebles heredados de padres y abuelos, de fresca oscuridad de verano y fuego de invierno, de sus libros, de sus trastos… Sí, le pareció un cursi embutido en aquella chaqueta que le estaba pequeña, con su enorme nudo de corbata, su colocadita melena gris, sus pantalones ajustados, sus zapatos de ante… En aquella oficina quirófano, sin libros, sin papeles, sin el mínimo desorden que necesita el trabajo.
—Debemos pensar en algo de nuestro tiempo, algo que responda a las necesidades del hombre de hoy y sea reflejo de una posición social, una educación, un estatus…
Lo del estatus puso redondos los ojos de Andrés.
—Mire usted, estatus poco y perras contaditas. Solo queremos una casita…
La segunda entrevista fue sobre el terreno, en la parcela. El elegante paseaba meditabundo, los brazos cruzados y una mano tapándose la boca o accionando al ritmo de sus palabras.
—Veo la horizontalidad de unos limpios petos de hormigón que se alargan paralelos a las aceras ajustadas al terreno. Sobre ellos continúa el paisaje vegetal en jardineras…
—Yo, lo del hormigón no lo veo muy…
—Ay Andrés, por dios, calla; nosotros no entendemos de esto.
—Elena, yo sé lo que quiero, y esto no…
En ese momento un enorme Mercedes frenaba aparatoso frente a la parcela; su conductor se apeaba teléfono en mano hablando a voces entre risotadas, mientras los presentes contemplaban la puesta en escena. Era un individuo con gafas oscuras, de unos cincuenta años, calvo, con el cogote lleno de rizos y un intenso moreno de playa. Vestía pantalones vaqueros, brillantes mocasines, chaqueta azul con pañuelo colgando del bolsillo superior en estudiado descuido, y camisa de rayas abierta para descubrir la cadena de oro y el vello ya cano del pecho.
—Voy a presentaros a Federico. Es el constructor con quien habitualmente trabajamos. Él puede haceros un magnífico trabajo.
Al cerebro de Andrés acudió un —coño, otro— que su mujer pareció adivinar, por lo que se adelantó a ofrecer la mano al constructor, que la besó - en todo el sentido del verbo - en un exagerado ángulo recto. A partir de ese momento todo fue un duelo entre los “yo he” del tal Federico y los “yo he” del elegante.
En el camino de regreso Andrés trató de razonar con Elena:
—Esta gente no tiene nada que ver con nosotros, no entienden lo que queremos, no les importa; y además no me fio de ellos, no me inspiran confianza.
—Andrés, los que no sabemos nada de esto somos nosotros, esta gente sabe lo que se trae entre manos. Tú no has salido de tu despacho de la facultad, y yo poco mundo he visto. Tenemos que ponernos en sus manos. Nos los han recomendado. Quiero hacer un buen uso de la herencia de mis padres y de nuestros ahorros.
Han pasado dos años desde aquellas primeras visitas. Andrés se recrimina su pusilanimidad mientras mira el vacío esqueleto de petos de hormigón. Desaparecieron las perras heredadas y las ahorradas y desapareció el petimetre de los planos y el nudo de corbata gordo. Andrés tiene una deuda en el banco y un pleito con el fantasma del Mercedes; un pleito más para un individuo que no tiene a su nombre ni la familia.
 Andrés no tiene, no tendrá ya nunca, un sillón de orejas junto a una ventana que enmarque al invierno.
      




sábado, 26 de abril de 2014

José Luis Gómez Toré











José Luis Gómez Toré camina leve entre griterío de adolescentes, mientras va prendiendo versos en las ramas que asoman al sendero.


El príncipe sostiene sin ceremonia alguna el cerebro del
héroe, que aún gotea formol. Dos hemisferios como un
mundo completo, a pesar del problema del alma y de
los números, a pesar del lenguaje desparramándose
igual que una infección por redes neuronales y esa pasta viscosa que
precede a los símbolos. Aunque nos complace ocultarlo, somos un
pueblo que ama las simetrías y las repeticiones. Y nunca se detiene
la rueda del incesto y la venganza. No importa cuál fue el primero
de los crímenes entre tantos que vinieron después. En el comienzo
siempre los fantasmas. En el nombre del padre. Y voraz la promesa.


José Luis cuelga este contundente Informe y profecía en las páginas del número 51-52 de los Cuadernos del Matemático; ese milagro que desde hace veinticinco años surge periódicamente en Getafe de la mano de Ezequías Blanco, el poeta del minúsculo Paladinos, en esa tierra roja de labriegos, curas y sabios en el valle del Reguero que baja de Pobladura, de San Adrian… de la lejana Luna.

Que la infección siga desparramándose… 





viernes, 25 de abril de 2014

25 de abril






25 de abril





Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
O povo é quem mais ordena
Dentro de ti, ó cidade


viernes, 18 de abril de 2014

Abril











A
bril ha llegado con temperaturas más propias de junio y la primavera avanza, quizás, demasiado rápido. Los durillos terminan su floración y manchan de blanco el suelo, mientras los manojos de conejitos del cercis se abren entre el amarillo del jazmín de invierno. Las lilas sencillas están en su apogeo, adelantándose a las dobles que comienzan a expeler ese perfume que anega el entorno y anula a los demás. En pocos días las celindas y el tilo se han cubierto de un verde que el tiempo matizará. Por debajo, en sus enhiestas varas, se abren los lirios azules con ese desmayo ampuloso de folclórica con peineta y pendientes. Se tensa la vida, vibra, se  escucha su estallido. Es tiempo de disfrutar de tan soberbio espectáculo y tomar una momentánea, egoísta distancia del mundo.
Ante la proximidad de las elecciones europeas me voy a cavar el jardín y la huerta. La derecha nos atosiga con sus bulos connaturales y la desnortada izquierda con su desconcierto. Impasibles, unos y otros, ante el espectáculo diario de sus corruptelas. Impasibles unos ante la cotidiana constatación de la destrucción social, del sufrimiento que su política está produciendo. Incapaces los otros de generar alternativas a la brutalidad de la derecha, incapaces de abanderar y encauzar los movimientos sociales espontáneos, incapaces de unir a las gentes para defenderse de los creadores y beneficiarios de esta crisis.
Y mientras, la foto fija de las alambradas de Melilla y Ceuta estampadas con los cuerpos de jóvenes desesperados que tratan de saltar hacia la Europa que esclavizó y desquició a África.
Y mientras, el desgarro de Cataluña. Chapuza política. Oportunismo para ocultar vergüenzas. Intransigencia. Personalismos. Inadmisibles rabietas infantiles. Dolor y desengaño para muchos y mucho tiempo.
Y mientras, Ucrania como escenario – una vez más – de una posible solución bélica en Europa para la crisis, para las crisis.
Y mientras, los ahora llamados países emergentes se ríen de las condiciones que europeos y yanquis tratan de poner a su desarrollo económico, en el intento de frenar el ya más que evidente deterioro del planeta.
Y mientras,…
Yo voy a plantar ya los tomates. Esperemos que no hiele.
Y mientras escribo estas líneas me llega la noticia – temida -  de la muerte del maestro García Márquez. Otro más que muere en el exilio, lejos de la tierra que él hizo universal. Los periódicos se aprestan a lanzar sus preparadas crónicas y los tertulianos y opinadores de los medios nos sueltan sus preparadas ocurrencias.
Si, voy a plantar ya los tomates; mañana mismo, sino me duele mucho la espalda. Ahora trataré de hablar con los chicos por Skipe. Si, también a ellos les ha puesto lejos la inoperancia de nuestros mandatarios.  
   
        





   

lunes, 31 de marzo de 2014

Viernes













E
s pronto y para hacer tiempo entra en la librería de El Corte Inglés. Camina entre los anaqueles repletos de  libros de tapas coloridas y brillantes, expuestos como en las fruterías esas inmaculadas manzanas de hoy en día procedentes de sitios inverosímiles, esas naranjas relucientes, esos tomates perfectos o esas preciosas y enormes ciruelas modernas que no saben a ciruela y nos hacen imaginar apaños genético-económicos que se nos antojan contranaturales. Va leyendo títulos que le suenan a ganchos publicitarios y nombres de autores que no conoce. Lee alguna reseña, alguna nota biográfica y se cansa pronto. Piensa que estas librerías son solo para venir a tiro hecho, pedir pagar y marcharse. No sirven para mirar y hurgar con la esperanza de una posible sorpresa, de un libro inesperado. Estas librerías no sirven para entretenerse, no hay ni la posibilidad de charlar con el librero.
Regresa a Sol y camina hacia Arenal. Atraviesa ese escenario de la España empobrecida: emigrantes de la América hispana buscándose la vida embutidos en torpes disfraces; mimos de un mal gusto hiriente; gitanas rumanas - mugre y miseria - atentas al descuido del turista; hombres con chalecos reflectantes que salen al paso e interrumpen el caminar de la gente tratando de encauzar la necesidad hacia los negocios de compraventa de oro; mariachis mejicanos; orquestillas de búlgaros; vendedoras de lotería; manifestantes despedidos de alguna empresa acogida a las facilidades que da el gobierno; antidisturbios mal encarados tras parapetos de vallas frente a la triste memoria de la Dirección General de Seguridad; relucientes africanos del top manta; parejas de guardias sobre esplendidos caballos; jovencitos presos de la moda que les une a la tribu, como ese que intenta correr y se lo impide el pantalón ceñido por debajo de los glúteos; isidros de siempre; grupos del extrarradio madrileño que se citan en esta plaza de todas las citas. Una puesta al día de las imágenes de D. Ramón María y de Gómez de la Serna.
Desde Arenal sube por la plaza de Celenque a la calle del Maestro Victoria, pasa ante el campamento de los estafados por Bankia y entra en La Casa del Libro, en la hoy casa de los aparejadores, casa con ecos de aquella calle de los Capellanes de las Descalzas con la panadería Viena y la imagen joven del viejo Don Pío. Pasa de tapas coloridas y brillantes y va directamente a la señorita del ordenador con los datos del libro que busca bien apuntados. Le dicen que está agotado, que lo tienen en Gran Vía, pero le da pereza subir.
Sin perderse los escaparates de Luis Bardón baja otra vez a Arenal y ojea los tableros de San Ginés. Como dice Juan Manuel ya no se encuentra nada. No obstante se lleva algo que le resulta curioso: un pequeño folletín de Rafael Pérez y Pérez; algo más para ser amontonado y no leído.
La mendicidad a la puerta de la iglesia es un retorno a la organización jerárquica del atrio de San Sebastián, en la Misericordia de D. Benito. En el interior del templo - bien restaurado y mantenido -  disfruta del silencio.
Entra en la plaza de Oriente por la calle de Carlos III, esquiva al enervante violinista de las prisas que se aposta en una puerta del teatro, se detiene un momento para oír el acordeón del búlgaro del sombrero blanco, charla un rato con Jesús en el portal del número tres y entra en el café.
Los amigos ya han llegado.










  


jueves, 13 de marzo de 2014

La llamada al agua

































     Hoy día, durante las tormentas, las escorrentías de La Carba atraviesan la carretera antigua por una alcantarilla de sillares de cuarcita que hay junto al alambique de Masúr, y caen a un pozo de los nuevos desagües. Antes, tras salir de la alcantarilla, bajaban paralelas a la tapia del indiano y se encajonaban, ya hechas río, en la calle Baja, hasta la de las Eras, donde torcían a la izquierda para buscar el arroyo Yebro, frente a la casa de Elías el herrero. Después de hacerse el pavimento de las calles y la canalización subterránea de las aguas pluviales, nunca vimos nuestra calle hecha torrente. No quiere esto decir que las obras hubiesen terminado con el fenómeno, que ya no se produjese, se producía, sí, seguía produciéndose. Bastaba acercarse a la alcantarilla de Masúr o a la desembocadura de los conductos en el Yebro, frente a lo de Elías, y observar el color y la dirección del agua. La gente prefería ignorar el asunto, como las demás cosas que no entendían, y dejarlo en manos de Dios y el cura. A mí la verdad es que no me hacía falta ir a ver nada, sabía que estaba ocurriendo por el silencio, sobre todo por el silencio, pero también por la quietud de los animales y por la falta de olores, de repente desaparecían los olores habituales y los propios de la tormenta. El mundo parecía quedar en suspenso, salvo el agua que, silente, seguía en movimiento cambiando su aspecto.
     Comenzó en el verano en que cumplí los diez años. A principios de agosto cayó sobre el pueblo un aguacero bien acompañado de truenos y relámpagos. A los anuncios de la prometedora tormenta me había instalado en el portalón de mi casa para no perderme el espectáculo. En poco tiempo las aguas bajaban en torrente, llenando el cauce que ya tenían formado en la calle. Al fondo sonoro de los redoblantes truenos se superponía, en primer plano, el canto de los guijarros que arrastraban las aguas rojas, teñidas en La Carba, en su descenso buscando el alivio del arroyo. Y sucedió. Corrí arriba y abajo observando el fenómeno con asombro y con toda la curiosidad de la infancia. El desconcierto me llevó a la presupuesta ciencia de padres y mayores, pero solo encontré estupefacción y soslayo, nadie reconocía haber visto nada, solo los ojos de miedo impedían dudar de lo que acabábamos de ver.
   Sobre el diez de septiembre otra tormenta generalizó el conocimiento del fenómeno a todo el pueblo, que siguió en silencio, ningún adulto se permitía el menor comentario. El cura llegó a prometer castigos bíblicos a quienes persistiesen en fantasías sin sentido que solo Satanás podía inspirar. Yo no era el único empeñado en hablar, todos los niños querían explicaciones, por lo que el maestro también se sintió en la obligación de anunciar castigos - menos bíblicos y más físicos e inmediatos que los del cura - a los pertinaces fantasiosos. Como quiera que la represión une a los represaliados, los chavales del pueblo llegamos a una comunión que nunca antes habíamos tenido. Éramos conscientes de una realidad que nuestros padres querían ignorar y nosotros conocer e investigar. Mientras esperábamos anhelantes la próxima tormenta intercambiábamos nuestras observaciones y experiencias, llegando a compendiar un corpus de conocimiento por todos admitido. Lo más tratado fue si solo ocurría con las aguas de La Carba o sucedía con todas las escorrentías que bajaban al arroyo. Terminó siendo opinión unánime que el fenómeno se manifestaba únicamente con las aguas procedentes de las tierras de La Carba, situadas por debajo de la casa de la Sra. Celina,  que se concentraban en la alcantarilla de Masúr para pasar la carretera y se hacían torrente ya en la calle Baja. Éramos muchos los que habíamos observado cómo las aguas que bajaban por la calle de las Eras, al llegar al cruce con la calle Baja, se separaban de las que por esta venían, y separadas seguían hacia el Yebro.
     La fantasía infantil, urdidora de trances, nos hizo asociar, con más o menos consciencia, el asunto del agua con una personalidad misteriosa y atrayente para los niños como era la de la Sra. Celina. Viuda desde hacía años dejaba ver poco por el pueblo la elegancia distante de su figura. Habitaba la casa que fue de su esposo, D. Honorio, uno de los más ricos labradores del pueblo, a cuya muerte la forastera viuda solo pudo salvar unas cuantas tierras. La larga enfermedad del hacendado había ido acumulando más acreedores de los que imaginaba Dña. Celina. Entre estos, la malicia cazurra de vecinos con envidias viejas, y el poco interés puesto por la señora en defender su patrimonio, terminaron con este, que no era pequeño.  Al final solo quedaron las fincas que nadie quería, las que rodeaban la casa de La Carba. Eran tierras con graves problemas de escorrentías que lavaban el terreno y arrancaban las cosechas.
      Poco creían las gentes del pueblo en las posibilidades de la viuda para subsistir y mantener su casa con tan menguado patrimonio, y se mantenían alerta para acabar el despojo.
     La casa de La Carba y su enigmática propietaria ejercían una irresistible atracción para los niños del pueblo. Gustábamos de acurrucarnos bajo la ventana del salón para escucharla tocar el piano. Contábamos con la vista gorda que hacía Eliodoro el cachicán y el silencio pactado con Fonso, un enorme y sabio mastín leones.
     Pasaban los años y la esperada quiebra de Dña. Celina no se producía. Su casa parecía mejorar y hasta llegó a comprar alguna tierra para ensanchar su hacienda. En el pueblo los vecinos hacían como si no comprendiesen las razones de esta bonanza, razones que tan bien conocíamos los niños, y ante las que los adultos cerraban los ojos y la mente. La codicia por los bienes de la viuda fue dando paso a un miedo que hacía palidecer a cuantos con ella se encontraban. Llegó un momento en que cualquier relación tenía que ser a través del bueno de Eliodoro, pues ya nadie se atrevía a hablar con ella, eludían no solo el trato, tan solo su cercanía les aterraba.

     El verano en que cumplí los dieciocho años fui al pueblo a pasar las vacaciones de verano. Estaba ya en la universidad y durante el curso vivía en Salamanca. Un día de finales de julio, creo recordar que fue el veinticinco, comenzó a nublarse después de comer, y pronto el cielo estaba negro. Lejanos truenos y olores de "tierra mojada" prometían una buena tormenta. Cuando comenzó a llover esperé la llegada de las señales, pero no llegaban. Extrañado, cogí un paraguas y me lancé a la calle, corrí hacia el Yebro, donde algunos de mis amigos de la infancia ya estaban contemplando con asombro cómo las aguas de la lluvia salían caudalosas de la conducción y se introducían en el cauce del arroyo, entre  truenos y relámpagos. Sin cruzar palabra emprendimos carrera hacia la alcantarilla de Masúr donde vimos cómo el agua roja de la Carba casi llenaba el espacio entre los sillares y caía al cercano pozo sumidero con todo el estruendo de tan importante caudal. En un movimiento reflejo, en medio del estupor, salí corriendo sin saber muy bien a dónde y me vi frente a la casa de Dña. Celina en el momento en que D. Nicolás, el médico, salía acompañado por Eliodoro que al verme, con ojos rojos, me dijo:

      - La señora... ha muerto.

      Mi primera sensación tuvo algo que ver con la transformación en certezas de nuestras intuiciones infantiles. Fui haciéndome consciente del fin de lo que había sido, para mí y mis coetáneos, algo importante en nuestra afirmación como individuos: poseíamos un conocimiento experimental que los adultos habían preferido ignorar por miedo a lo desconocido.
     Ya no veríamos más el sobrecogedor espectáculo del agua de La Carba cambiando su color rojo por otro como el del mercurio, mientras cesaba su fragor de torrentera y se acallaban los truenos, mientras parecía aumentar su densidad y su movimiento se iba relajando en pausados borbotones de un líquido espeso, metálico, y se detenía, y comenzaba el ascenso, lento, en medio de una luz fría y titilante, en silencio, en un atronador silencio de mundo detenido. Lentamente las aguas ascendían a su origen, se filtraban en las tierras de La Carba depositando los limos arrastrados, fijando las plantas, mientras se llenaban los pozos y los aljibes.
     Dña. Celina había muerto, ya nadie podía llamar al agua que se perdía tintando al Yebro.







domingo, 9 de marzo de 2014

Los Panero








S
e han terminado los Panero, ha terminado la orgiástica, dolorosa y autocomplaciente puesta en escena de su destrucción.
Desaparecen las personas y quedan los personajes, los creados por ellos mismos y los creados por Chávarri, complementándose, imitándose, alimentándose los unos de los otros.
El indudable talento de Leopoldo María da la consistencia necesaria a la generación. Talento heredado del padre, como el alcoholismo; junto a la paralela - y necesaria al personaje - esquizofrenia heredada de la madre. Los otros dos hermanos son comparsa en el drama; como lo es el padre muerto, lejano, odiado y necesario; como lo es la madre, bella, hierática, con la tristeza de constatar el destino temido, intuido.
Orgía de dolor y muerte de estos personajes que solo son capaces de mirarse el ombligo, mientras ofician la liturgia que se han creado y creído: el final de una saga de dioses degenerados que se ahogan en humo y alcohol, que se autodestruyen mientras dan al mundo muestras de los restos del talento heredado junto con las taras.
Caminar por los versos de Leopoldo María es encontrarse con el auténtico lenguaje poético; entre las heces y orines que nos lanza para marcar las distancias nos topamos con la poesía, con la metáfora justa, con la atinada imagen. No es esta forma de expresión el mejor sitio para delimitar locuras y racionalidades.
No sé qué habrá sido, al final, de la casa de los Panero en Astorga. La última vez que pasé por allí parecía trivializada por las obras del Ayuntamiento, borrado todo encanto y misterio. Suele pasar al separar las personas y las casas.  
  



miércoles, 26 de febrero de 2014

Paco de Lucía









Se acumulan las muertes. Hoy es la de Paco, el de la Lucía, el de la Portuguesa, el gran trasgresor con el que ningún purista se atrevió. Él hizo nuestro oído a formas y maneras nuevas, que ya parecen haber estado siempre en el flamenco.
Me cuesta entender las posturas puristas en cualquier arte, pero en algo como el flamenco, cuya historia conocida es cuestión de unas pocas generaciones, es claro que no tienen sentido. Y Paco de Lucía ha dado un gran paso en esta historia que se va haciendo a saltos de talento, como todas las historias.
Me viene ahora a la memoria aquel teatral Mojigongo que anunciaba, herido de muerte, irse a bailar bulerías a la Gloria, encarnado por Antonio Gades en Los Tarantos de Rovira Beleta. Pues eso, una Gloria donde el niño de la Lucía vuelva a tocar para el Camarón. A ver si nos llega algo.

Gracias, Paco.







viernes, 21 de febrero de 2014

De curas, médicos y taberneros












































Las de médico y cura son profesiones que engarzamos con la magia de los orígenes, con la nebulosa de nuestra vieja herencia de especie; ellos son los oficiantes del ancestral rito de esperanza ante el dolor y la muerte. En el caso de los médicos es curioso ver cómo los enormes avances científicos y técnicos en su oficio se compaginan con esa concepción mítica, como si de ellos se esperase algo por encima de las meras capacidades humanas; algo parecido a la intermediación con la divinidad propia de los curas. De aquí deviene el general y tradicional respeto por estos dos oficios, muy por encima del que se tiene a cualquier otro quehacer humano. Respeto que se mantiene aún en presencia de la evidente ignorancia o la falta de virtud manifiesta. Cierto es que el latente laicismo de nuestro país – en el que algo tendrá que ver el comportamiento de los clérigos - asoma o se esconde en función de la mayor o menor libertad política del momento, pues nuestros muchos subyugadores a lo largo del tiempo siempre han ido de la mano de la Santa Madre. Pero ese respeto mítico al cura – perdidos ya gran parte de los miedos predicados  -  aún puede observarse en nuestros días, más en el medio rural que en el urbano y más entre los viejos que entre los jóvenes.
Hace muchos años que mi amigo Isaac colgó los hábitos, y desde entonces su vida es la de un estudioso laico, profesor en la facultad y atento interpretador de lo humano - en libros y artículos - desde la base de su enorme cultura. Pero en su pueblo y entre sus paisanos, Isaac mantiene un estatus que solo puede devenir de su antigua condición de clérigo, aunque esté matizado por su actual situación de seglar, profesor universitario e intelectual reconocido. Pasar unas horas paseando con Isaac por su pueblo es como ser espectador del Oráculo de Delfos, con una paciente Pitonisa ambulante que a todo el mundo escucha.
- Isaac, si debemos admitir que la probabilidad de mundos iguales al nuestro es infinita como el universo, todos nuestros semejantes en esos mundos han tenido o tendrán que ser redimidos por Cristo, con lo que su pasión se tendrá que repetir infinitamente…
Y esto acaecía durante nuestro primer vino. Yo, con el vaso en la mano y supongo que con cara de tonto, miraba al pensante que peroraba y a Isaac que le escuchaba con imperturbable rostro de conocedor del percal.
- ¿Quieres decirme que esto es algo que realmente te preocupa?
En la segunda taberna el nivel teológico se mantenía.
- Isaac, la Iglesia nos dice que la fe es un don divino, y que a Dios hay que pedírsela. ¿Cómo podemos pedir algo a alguien en quien no creemos?
Mi lucha por llevar la conversación a la gesta del Atlético en la liga, no obtenía el menor resultado.
A la tercera estación fuimos conducidos, más o menos en volandas, por una cohorte de paisanos anhelantes de que la ciencia y el carisma de Isaac iluminase sus mentes, entre clarete y clarete.
- Isaac, ¿qué sentido tiene adorar a Dios?, ¿puede ser admitida esta adulación por la infinita inteligencia?
- Ponnos vino, Antonio, y de tapa morro.
- Isaac, ¿pedir a Dios, no es admitir que se puede influir en Él, que se puede actuar sobre Él o comerciar con Él?
Yo, para entonces, ya estaba apartado del grupo, en una profunda charla con el tabernero sobre el mejor sistema para producir el clarete de madreo, de lo pesada que se pone la gente cuando tiene un cura a mano, y de las interconexiones profesionales entre curas, médicos y taberneros.




La excepcional fotografía es del maestro Santos Yubero. (1935)











Creencias de nuestro tiempo



¿Qué es fe?



Fe es creer que
   lo guisado por 
                                                     Ferran Adrià 
está rico.





(*)






(*) Se admiten testimonios.