Los viejos, naftalina de
arca en los días grises y membrillo en armario de sábanas el resto de los días,
ven pasar el tiempo desde el carasol del invierno. Ven a su pueblo regresar al
suelo, ir al olvido, desde un mundo que apenas atisban.
martes, 31 de octubre de 2017
martes, 24 de octubre de 2017
A Miguel le sobra tiempo
Los jueves, Benito se
reúne en una taberna de la madrileña calle del Espejo con un grupo de amigos a
los que une su común afición a los libros viejos, raros y antiguos. También les
une su condición de jubilados con una capacidad económica limitada a sus
pensiones. Pasan la mañana en el aire rancio de la tasca contando sus andanzas
de la semana en busca de la rareza, la primera edición desaparecida, el manuscrito
perdido, la encuadernación única o la vulgar que encierra al incunable soñado.
Todos tienen su pequeña aventura, más o menos real, que contar a los colegas:
la maravilla hallada por mero azar en los plúteos de una de esas librerías de viejo que todos ellos visitan una
y mil veces, o la conseguida tras recorrer intrincados caminos inducidos por secretos
contactos.
El aperitivo de los
domingos, en una elegante cervecería frente al Lázaro Galdiano, es cita
obligada para Manuel y su grupo de aficionados a coleccionar y restaurar coches
antiguos. Son hombres mayores, enriquecidos en el negocio inmobiliario y la
especulación financiera. Sus capitales, más o menos importantes, les permiten
una afición que no es precisamente barata. Su charla, más que un intercambio de
informaciones sobre su común afición, es torneo de presunciones sobre las
posibilidades de gasto e influencia de cada uno. La uniformidad de opinión y
opción política es la esperable, por lo que la charla al respecto tiene poco
recorrido. Enseguida se llega a la adjetivación del ausente, el chiste fácil,
la risotada y el manotazo en la espalda.
La calle de Argumosa y
aledañas, calles menestrales de siempre con un toque de marginalidad de ahora, son
el ámbito de las correrías de Emilio y sus compinches los primeros viernes de
mes. Son viejos militantes del PC, de la CNT, de Comisiones, curtidos en la clandestinidad,
en la lucha con la dictadura en la fábrica y en la calle. La dureza de su vida
les ha hecho prudentes en el juicio; por mala que sea la situación ellos tienen
con qué comparar. En lo que parecen estar de acuerdo es en criticar que un
chato les cueste trescientas pesetas. Les parece una desmesura inaceptable. Los
taberneros les han hecho cien veces las cuentas, pero les sigue pareciendo un
exceso. Los viejos suben y bajan las calles de Lavapiés, al ritmo de la garrota
y el resuello, en busca de la próxima taberna. Disfrutan el pequeño bienestar
que tanto les ha costado.
En dependencias de una de
las pocas iglesias madrileñas con restos medievales, se reúnen los miércoles de
cada quince días los cofrades, hijos y nietos de cofrades, de un Cristo al que
procesionan el jueves santo. Reuniones a las que puntualmente, desde su
jubilación hace diez años, acude Isidro. Poco o nada hay que tratar en esas
reuniones, y poco o nada que poner en común tienen los cofrades, por lo que la
asamblea pronto se traslada a una taberna cercana en donde tratar asuntos de
este mundo, con risas, chato y tapa de bacalao.
Nada habría de particular
en estas ventanas abiertas a distintos escenarios del vivir de los hombres,
sino fuese por una circunstancia verdaderamente singular: Benito, Manuel,
Emilio e Isidro, junto con seis o siete nombres más en sus correspondientes
escenarios, son la misma persona.
Cuando Miguel se jubiló no
sabía qué hacer con su tiempo; después de atender a sus aficiones antiguas y a
las nuevas que se inventó, le seguía sobrando. Se dio a patear la ciudad,
visitando zonas que le eran poco o nada conocidas, observando a gentes de todos
los pelajes, estamentos socioeconómicos, niveles culturales, aficiones o
inclinaciones. Esta observación le fue cautivando. Su natural facilidad para
relacionarse le permitió irse introduciendo en ambientes muy distintos al suyo.
Poco a poco, casi sin darse cuenta, fue imitando modos de hablar, detalles de
vestimenta, ademanes y maneras del grupo social que cada día le correspondía
visitar. También necesitó informarse sobre las actividades o aficiones de cada
uno de los grupos; muchas veces eran materias de las que nada sabía, y alcanzar
un nivel de conocimiento que le permitiese mantener el tipo le llevaba mucho
tiempo.
Los alter ego de Miguel se
fueron definiendo y afianzando. Al principio, lo que más esfuerzo le supuso fue
mantenerse como uno más en grupos con ideologías distintas, incluso opuestas a
sus propios convencimientos. Le era tan violento que llegó a temer trastornos
de su propia identidad. Salvó la situación autoconvenciéndose de que su
actividad era meramente científica, una observación de la realidad tan solo
encaminada al conocimiento.
La cuestión es que Miguel
tiene hoy solucionado su problema de tiempo sobrante, es casi un experto en
multitud de materias, algunas de lo más peregrino, y las notas sobre sus
experiencias comienzan a tener un volumen alarmante.
miércoles, 18 de octubre de 2017
Un día por Segovia
Tras los pies en que apoya
su desnudez Adán, la fábrica mudéjar del ábside de la iglesia de Santa María, en Aguilafuente.
Esculpió este Adán Florentino Trapero, natural de este pueblo segoviano, escultor de buen
oficio que fue perseguido con saña por la
dictadura de Franco.
El ábside románico parece
engarzado en las arquitecturas del siglo XV, que lo abrazan. Curioso caso de
aprecio y respeto por lo medieval en aquella época.
En junio de 1472
se celebró en esta iglesia un sínodo convocado por el obispo de Segovia Juan Arias Dávila, hijo que fue del
poderoso Contador de Enrique IV Diego
Arias Dávila. Una familia de “oscuro linaje” que sufrió un proceso
inquisitorial en 1486. Las constituciones de este sínodo fuero impresas en Segovia,
ese mismo año, por Juan Párix
(Johannes Parix), impresor natural de Heidelberg, traído de Roma por el obispo Juan Arias Dávila; lo que dio lugar al primer
libro impreso en España: El Sinodal de
Aguilafuente.
En una tarde de este
octubre de ponte-jersey-quítate-jersey, escuchamos las explicaciones del
profesor don Fermín de los Reyes Gómez,
comisario de la pequeña exposición que, sobre el Sinodal, se ha montado en la iglesia de Santa María.
Por la mañana hemos estado
en Las Edades del Hombre de este
año, en un destartalado Cuéllar. Destacaré el placer de mirar y mirar, con los
ojos a un palmo de la pintura, el Descendimiento de Ambrosius Benson, de la catedral de Segovia. Una delicia, el “maestro de Segovia”.
viernes, 13 de octubre de 2017
Se retrasa el otoño
Se retrasa el otoño.
Vegetales y animales parecen desconcertados, no saben si toca parar o seguir. Las
noches frescas parecen anunciarles el tiempo de reposo, pero el sol vuelve a
inducirlos a la vida. Y no llueve. Desde los chaparrones de finales de agosto
no ha vuelto a caer una gota.
Sin otoño los chinos no
venden paraguas y hacen su agosto vendiendo banderas. Al facherío patrio rojigualda
y señera; a los secesionistas sus distintas versiones esteladas; y al resto de
los ciudadanos ya ni los chinos saben que vendernos. Supongo que no vamos a
sentirnos muy necesitados.
Oigo a Faciolince, con ese apellido que parece avisar felinas astucias, comentar
el despropósito del separatismo catalán. Solo puede nacer, piensa, de la
ignorancia, del desconocimiento del mundo en el que vivimos. También pienso.
Un suave como Enric
Juliana lanza por televisión su dedo índice a los españoles: cuidado con humillar a
la sociedad catalana. ¿Debo incluirme entre los amenazados? Dan miedo los
suaves vanguardistas; han creado gran parte de este desastre. Dan bastante más
miedo que los meros lanzadores de cansinas consignas, como doña Esther Vera y
su ínclito Ara. Quizá tanto miedo como los españolistas de pro, que aparecen
como setas en impensados tiestos.
Y sin llover.
jueves, 12 de octubre de 2017
Sueño
—Es una vergüenza, esto no
se lo merece un pueblo serio y trabajador como el nuestro. ¡Y se llaman
socialistas!— sentencia don Fermín, el boticario, en la taberna de Colás, con
una vehemencia inusitada para su reposado y sentencioso hablar cotidiano.
—¡Cuidao!— Es la voz de aguardiente de Andrés, el carnicero,
trastabillante ya a esas horas de la tarde. —Queso lo ha hecho un so so socialista, no los so so socialistas. ¡Cuidao!—
—Lo mismo me da que me da
lo mismo, Andrés, es el alcalde, es socialista y representa a los socialistas;
y para desgracia nuestra al pueblo entero —apostilla don Fermín con firme
acción de su mano derecha.
—Como caiga me descojono— dice,
más para sí que para la concurrencia, Javierín, el Jipi.
Hace días que en el pueblo
no se habla de otra cosa. Desde que los concejales del PP han filtrado la
noticia los vecinos están soliviantados. El alcalde ha llegado a ser agredido
por la oposición en un tumultuoso pleno y lleva cuatro días encerrado en su
casa, sin atreverse a salir.
—¡Con las necesidades que
tenemos! ¡Un gran pecado, una imperdonable frivolidad!— ha tonado en el púlpito
el curilla que ha sustituido al anciano don Tomás.
—¡Un 1,8 por ciento de
nuestro presupuesto!— afina Vicente, el atildado administrativo de la sucursal
de La Caixa.
—Y yo sin cobrar la
reforma de la plaza— dice Aniceto, el contratista.
—Como caiga, me meo de
risa— piensa Javierín, tras el humo de su porro.
—No, si esto no queda así,
no. Ya lo hemos denunciado. Se va a enterar el rojo este— avisa Paco, el exalcalde
pepero.
Y fue precisamente Genoveva,
la mujer de Paco el pepero, la primera en darse cuenta, escuchando la radio en
la mañana del día veintidós, al oír el número que ya todo el pueblo conocía.
—Son doscientos mil euros
por habitante— calcula Vicente, pálido.
—Son quinientos millones
del pueblo ¡Cuidao!—objeta Andrés.
—No podemos dejar ese
capital en manos iletradas e inexpertas— sentencia el boticario.
—Lo primero es la santa madre
Iglesia, remediadora de necesidades— dice el curilla.
Y Javierín se descojona
mientras se enciende otro porro.
Y el alcalde, con el secretario y el cabo de
la guardia civil, entre aplausos de vecinos, periodistas y fotógrafos, se va a la capital a ingresar en la cuenta del
Ayuntamiento los ciento sesenta billetes del primer premio de la lotería de
navidad, ese número con el que había soñado su señora.
miércoles, 4 de octubre de 2017
Demasiadas banderas
Mientras
escribo,
una voz
charnega
Mi
pena es más grande, vidalita, porque va por dentro
con sabor
de lejos y aroma flamenco…
y
en ella te canto, vidalita, el dolor que siento.
En estos días surgen odios
guardados de antiguo en almas viejas. Y odios nuevos, desconocidos, impensados,
afloran como de la nada en almas
jóvenes. Las calles están llenas de banderas. Demasiadas banderas. Y tras las
banderas, el odio que las levanta. Las banderas siempre se alzan contra algo o
contra alguien.
Demasiadas banderas,
vidalita.
viernes, 29 de septiembre de 2017
Relevo
D
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on Prudencio Cascaleja
está convencido de que el tal Peter, el del principio de incompetencia, era
demasiado biempensante para ser competente. Don Prudencio cree a pies juntillas
en lo que podríamos llamar principio de Cascaleja. Y no es que don Prudencio haya
pretendido formular principio alguno, no,
y menos en poner su nombre a algo tan universal. Pero para entendernos
podemos llamar así a ese modus operandi
que tan bien le ha funcionado a lo largo de la vida y que, con sus propias
palabras, podríamos enunciar así: si
asciendes a los listillos las cagao. Vamos que el competente, en su viaje
hacia la incompetencia, te puede hacer una avería; por lo que hay que estar
seguro de no elevar a nadie capaz de hurgarte la tierra bajo los zapatos.
En el acto de su relevo, a
Cascaleja se le hacen presentes los muchos años de camino desde su puesto de
botones en aquel banco hasta su acomodada situación actual y su cargo de
Gobernador Civil, (en la intimidad ha seguido usando el antiguo título). No ha
sido un paseo fácil. Han sido muchos gorrazos, muchos siseñor, muchas reverencias, mucho aguantar a imbéciles poderosos...
El artero don Prudencio pasea su mirada cicatera por esas caras arrobadas que
escuchan las palabras del petimetre que el Partido ha nombrado para
sustituirle. —Todos estos cantamañanas de la boca abierta me deben sus
carguillos y muchos favores—. Qué olvidadizos son los humanos.
Don Prudencio siempre ha
hecho honor a su nombre. Jamás se ha ido de la lengua. Su mano izquierda ha
ignorado, sistemáticamente, los trabajos de la derecha. Siempre ha seguido al evangelista
Mateo en lo de imitar la ofídica prudencia. Sí, puede ser que se haya pasado un
poco en el asunto ese, sí; pero en realidad nada fuera de lo habitual. Lo que
ocurre es que en el Partido hay ahora mucho cobardón hipócrita. ¡Si don
Prudencio olvidase su prudencia!
Su única equivocación ha
sido el petimetre. Lo reconoce. Se equivocó. Le engañó esa cara de tonto. Y eso
que nunca se ha fiado de marisabidillas como este. Pero sí, le engañó. Tampoco
vigiló sus intrigas en el Partido, y eso que una voz agradecida le había
avisado, pero no hizo caso, no le dio importancia. —Me hago viejo— piensa don
Prudencio.
En cuanto a los asuntos
judiciales Cascaleja está tranquilo. Todo quedará en nada. Ahora a descansar a
la finca y a pergeñar algún negociete que ya da vueltas en su cabeza. Seguro
que todavía podrá ajustar las cuentas a alguno. Sobre todo al mequetrefe de las
manos juntas y el andar escorado que le ha sustituido en su puesto. Ese
petimetre marisabidilla que ha escapado a su olfato. Todo se andará. Siempre
que llueve escampa. Todos los veranos se ha trillado.
jueves, 28 de septiembre de 2017
¿Cambio climático?
N
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o sé si esto es cambio climático, consecuencias del Procés, o qué
será. La cuestión es que hoy es 28 de septiembre y están floreciendo los lilos.
Servidor no lo había visto nunca.
Lo consultaré con el primo del Sr. Presidente.
domingo, 17 de septiembre de 2017
Piensa Elías
E
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l
jueves, como en cualquier otro día, a Elías le saca de la cama el dolor de
huesos, que no le deja estar tumbado. Abre un frailero y un día mortecino se
esparce lento en la habitación. Abluciones mínimas que le despiertan algo, para
qué más. Ropa más o menos limpia; hay que ahorrar los lavados que tanto le
molestan. Café del día anterior y galletas con sabor a periódico. Pastillas. En
la radio el rancio y cansino asunto catalán: cantinelas de ricos que no quieren
pagar, pero que pueden y saben ilusionar a una juventud ansiosa de creer en
algo, como toda la juventud; y junto a esto, esa incomprensible izquierda defendiendo
los intereses de la burguesía más rancia y su nacionalismo palurdo y
trasnochado; y enfrente, como siempre, la derechona españolista frotándose las
manos y clamando por el rayo purificador; y en medio, como siempre, los demás,
aguantando. Las grandes palabras suelen ser mentiras. Piensa Elías. En la ventana, el cotidiano rito de regar sus geranios,
quitar las flores y hojas secas, mover la tierra, acariciarlos con, quizás, la
única sonrisa del día. En el ordenador que le regalaron y enseñaron a usar los
chicos, Elías mira el correo, ojea un par de periódicos y hurga algo en
internet. Sigue asombrándole esta fabulosa posibilidad que la vida le ha dado
en su vejez. No son las diez y ya no le
queda sino salir a la calle.
A
esas horas, el subibaja de las calles de su barrio ya está lleno de turistas obedientes
tras la banderita del guía. Se ha puesto de moda criticar el turismo; Elías no
entra ni sale, pero de lo que está seguro es que estas masas de visitantes de
hoy en día destruyen, precisamente, aquello que buscan y las agencias les
venden, algo ya escaso y que el turista no encuentra nunca. Elías pasa frente a
la tasca de Julián el Chato, que ya es solo un callado ancianito colocado en un
rincón. ¡Cuántas pepitorias se han comido aquí Elías y sus amigos! En la acera,
estorbando el paso y la civilización, los amenazantes diedros en que se anuncia
eso que los hijos del Chato venden a los turistas: un repulsivo producto
industrial al que llaman “paella.” Lo asombroso es que los turistas se lo
comen, Elías lo ve a diario, ¡se lo comen! La realidad, piensa Elías, es que
nosotros nos quedamos sin la tasca del Chato y los turistas se quedan sin saber
lo que es una tasca y sin la más remota idea sobre lo que pueda ser una paella.
Julián el Chato viajaba en tranvía y era un hombre prudente, un estupendo
cocinero y un tabernero gracioso como él solo; sus hijos viajan en Audi, saben
hasta de marketing, engañan a los turistas y maldita la gracia que tienen.
Piensa Elías.
El
patio es un amplio rectángulo al que, en tiempos, se abrían talleres de
ebanistería, talla, pintura y dorado, dos imagineros, un broncista y un
marmolista. Un grupo de extraordinarios artesanos que hoy día sería imposible
reunir, piensa Elías. Todos los talleres están cerrados. Lo único vivo son dos
tiendas de antigüedades en las que venden ilusiones de otro tiempo en forma de
trastos viejos, junto a despojos más o menos auténticos de retablos barrocos e
incongruentes objetos de derribo traídos de oriente. Elías entra en el taller
donde ha pasado la vida. Lo fundó su abuelo, en 1912. Comenzó siendo
carpintería y evolucionó hacia una ebanistería de extraordinaria calidad. Su
padre introdujo la talla —para la que tuvo gran habilidad— y los complementos del
dorado y el estofado. Se preocupó de que Elías fuese aprendiendo todos los
oficios del taller, completando su formación con el dibujo, el modelado y la
historia del arte en las Escuelas de Artes y Oficios. Consiguió que su hijo
fuese un gran artesano, que intervino en las más importantes restauraciones
monumentales de su tiempo.
Elías
acude tres o cuatro días por semana al encuentro con sus fantasmas en el templo
de nostalgias del taller, donde queda lo que no ha ido desapareciendo con los
robos de los últimos años. Quedan aún herramientas, plantillas, trepas,
máquinas, bancos y mesas de trabajo, restos de maderas hoy imposibles de
encontrar, estanterías con carpetas repletas de láminas, dibujos, modelos… Un
escenario de polvo y telarañas donde los viejos ecos rebotan estridentes en los
objetos y las paredes. Elías se entretiene en tallar una greca, en el largo
proceso de dorarla y jugar después con los mates y los bruñidos que el ágata y
su vieja maestría dejan en el oro. Lo poco que ya le permiten sus manos
doloridas por la artrosis. Regalos para los hijos, que Dios sabe si aprecian.
Desde
hace años, desde que quedó viudo, Elías come cerca del taller, en una vieja
casa de comidas en la que procuran respetar su manía, un menú que repite a diario,
cree que es lo que mejor le sienta: sopas de ajo, sardinas, una manzana y dos
vasos de vino. Después, toma café con unos amigos y marcha a su casa, donde
pasa la tarde leyendo y viendo algo de televisión.
A
Elías le parece que su oficio, todo lo que él aprendió de joven y fue perfeccionando
a lo largo de la vida, ya no interesa a nadie, se está olvidando. Hoy todo
tiene que ser rápido y barato. Su trabajo siempre fue lento y caro. No
interesa. Este es otro mundo, y le gusta menos. Serán manías de viejo, pero le
gusta menos.
martes, 29 de agosto de 2017
Llueve, al fin
E
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s media mañana y parece de
noche. Un cielo tonante arroja el agua que nos ha negado durante meses. Pero aún
es agosto, queda verano. Paso la mañana disfrutando el repiqueteo del agua tras
la ventana con el fondo orquestal de unos truenos que parecen caer rodando hasta
ese límite en el que estallan poderosos, sublimes. En un alarde de originalidad
me pongo a escuchar Stormy Weather, en una versión de Etta James, de 1960. La
vieja música yanqui me sirve para el momento.
Busco un chubasquero y
salgo a pasear el pueblo bajo la lluvia.
A Trini, la tendera, parece
escapársele el alma en cada estallido, y con los ojos en blanco hace frenéticos
ademanes de santiguarse una y otra vez mientras invoca, tartamudeante, la
mediación adecuada: Santa Bárbara bendita
que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita… Con los truenos
Trini se olvida hasta de cobrar, que ya es olvidar en ella. Isidro, el marido
de Trini, espera anhelante una tregua del cielo para escapar de su tienda y de
su señora y salir a repartir los pedidos por los bares, tomarse sus cañitas y echar
unas monedas en las máquinas esas de los ruidos gastroeléctricos y las
lucecitas, esos trastos en los que a tantos divierte dejarse los cuartos.
Mientras esquivo como puedo las
bicicletas de dos zánganos veinteañeros que circulan por la acera con la
potencia de su edad y la prepotencia de los tiempos, veo a Manuel sentado en
el bar donde le ha pillado la tormenta. A Manuel no le impresionan los truenos;
en realidad, a sus ochenta y tantos, ya no le impresiona nada, si es que algo
le impresionó alguna vez. Manuel solo desea que escampe y continuar con su
diario y exhaustivo recorrido de los bares del pueblo. A Manuel ya no le
preocupa ni la muerte ni la vida; le da todo lo mismo. Como mínima
autoafirmación, y por seguir siendo algo, aunque sin poner mucho empeño, Manuel
continúa presumiendo de conquistador y campeón sexual, de leal a la gallina de
su llavero y a la bandera de su pulsera, de fe en el eco lejano del Dios lejano
de su lejana infancia, y de amor a una mujer fallecida hace años a la que,
seguramente, no respetó mucho en vida y a la que ahora necesita idealizar. A
Manuel le pesa una soledad ganada a pulso. Cada día se acorta su corto mundo.
Pero, como él dice, que le quiten lo bailao. A Manuel, a pesar de todo, se le
nota un poso de educación y colegio. También de abandono. A ver si escampa.
Estas aguas, después de
tantos meses de sequía, se han amalgamado con dios sabe qué suciedades depositadas
en el suelo y han formado una espuma blanca, un manto poluto y sospechoso que
cubre las calles. Aún así, hoy el mundo es más limpio y diáfano, qué duda cabe,
un mundo que se ve, se huele y se respira.
En la tienda de los
periódicos Matías compra su diaria dosis de Razón, y a los buenos días me contesta
—golpeando su periódico— con una perorata sobre las medidas a tomar con los
marroquíes del atropello en Las Ramblas, con los terroristas de la yihad y con
todos los mahometanos que han llegado o lleguen a España: un pandemonio
policial de venganzas, detenciones y deportaciones. No cuesta mucho hacerle
cambiar de tema y llevarle a uno de sus favoritos: el origen africano de su
fortuna familiar y los depurados sistemas que usaban para hacer trabajar a los aborígenes.
Le gusta el asunto. El hombre se retrata con generosidad y se adorna con
continuas alusiones a su condición de demócrata y católico practicante y
militante. Sentado tal retrato, al que no se me ocurre apostillar, considero
que las cosas quedan en su sitio y puedo irme.
Aprovecho que pasa por
allí una amiga de mis hijos, guapa y risueña, entre la algarabía de su prole, a
la que me uno.
Se va haciendo la hora de comer y voy hacia
casa.
Regreso al repiqueteo de
la lluvia en mi ventana, con el fondo orquestal de los dioses precursores.
Asoma algo de sol por un
resquicio de las nubes.
Huele bien. Las aguas han lavado todo lo
que pueden lavar.
domingo, 13 de agosto de 2017
Aquel Restaurante Español de la rue du Helder, lugar de encuentro de los españoles en París
1889
fue el año de aquel arrebato de grandeur de la Francia que quedó simbolizado
para siempre por la enormidad de la Torre Eiffel. La última Exposición
Universal francesa del siglo XIX fue un descomunal esfuerzo de escaparate ante
el mundo y especialmente ante la potencia que emergía al otro lado del
Atlántico. Pero también se conmemoraba el centenario de aquel 14 de julio de
1789 en el que los revolucionarios franceses terminan con el Antiguo Régimen al
tomar la Bastilla. Se proclama la Declaración de los Derechos del Hombre.
Termina el feudalismo. Comienza la Edad Contemporánea.
Y en tan singular año, un valenciano decide abrir en París un restaurante, un restaurante español, y así lo llama: Restaurante Español. Encuentra un local bien situado, en el 14 de la rue du Helder, junto al Boulevard, a dos pasos de la plaza de La Ópera, una calle cortita que en esos tiempos tiene seis hoteles siempre llenos. El buen hacer del levantino y las habilidades de su señora en la cocina, bilbaína ella, van consolidando el negocio.
En estos últimos años del XIX, en los primeros del XX, y en el periodo de entreguerras, París es la capital del lujo y el refinamiento. Y a su goce viajan los poderosos del mundo. Pero la ciudad es también caldo de cultivo donde germina toda novedad artística. Y a ella acuden intelectuales y artistas, y en ella intercambian ideas, compiten, se esfuerzan, trabajan libres en un medio culto dispuesto a ver, oír, leer, analizar y juzgar cuanto sus talentos puedan ofrecer.
El restaurante de la rue du Helder va haciéndose centro de encuentro de los artistas españoles, entre los que abunda una bohemia con los estómagos tan vacíos como los bolsillos. Las paredes del comedor se van llenando de cuadros con los que se agradecen o pagan las calorías aportadas por los guisos de la señora del valenciano. Es el caso del pintor Domingo Muñoz Cuesta (1850-1935), del que cuelgan en la sala una Paella valenciana en la huerta, un Carmen de Granada, un Soldado español en traje de campaña, una Escena de los barrios bajos madrileños, etc. Esta acumulación de pintura de calidad termina por llamar la atención de la culta sociedad parisina, lo que unido a los guisos de la bilbaína termina de acreditar al establecimiento.
En pocos años el restaurante es obligado lugar de reunión de la colonia española y de la por entonces numerosa y rica colonia hispanoamericana. Comensales y amigos de la casa fueron intelectuales y escritores como Rafael Altamira y Crevea (1866-1951), Eusebio Blasco Soler (1844-1903) (El confesor me dice que no te quiera, y yo le digo: ¡Ay, padre, si usted la viera!), Rubén Darío (1867-1916), Manuel Machado Ruíz (1874-1947), José María Salaverría Ipenza (1873-1940), Antonio de Hoyos y Vinent (1884-1940) (un curioso marqués, homosexual y decadente), Enrique Gómez Carrillo (1873-1927) (escritor guatemalteco que estuvo casado con Raquel Meller), Ventura García Calderón (1886-1959); pintores como Santiago Rusiñol y Prats (1861-1931), José María Sert i Badra (1874-1945), Nestor Martín-Fernández de la Torre (1887-1938), José María López Mezquita (1883-1954), Fernando Álvarez Sotomayor (1875-1960), Ignacio Zuloaga Zabaleta (1870-1945), Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923), Federico Beltrán Masses (1885- 1949) (retratista de la alta sociedad, amigo de Rodolfo Valentino); músicos como Manuel de Falla (1876-1946), Joaquín Turina (1882-1949), Ricardo Viñes Roda (1875-1943, Joaquín Nin Castellanos (1879-1949), Reynaldo Hahn (1874-1947) Francisco Alonso López (1887-1948), Jacinto Guerrero (1895-1951); y actrices, cantantes y cupletistas como La Argentina (1890-1936), Raquel Meller (1888-1962), La Argentinita (1898-1945), Rosita Moreno (1907-1993), La Chelito (1885-1959), Teresina Negri (1879-1974) (bailarina, crea también una empresa de moda: Madame Grisina), Amalia Molina (1881-1956), La Fornarina (1884-1915), Laura de Santelmo (1897-1977) (bailaora retratada por Sorolla, quien le puso el nombre artístico); cantantes líricos como Matilde de Lerma (1875-?), Tito Ruffo (1877-1953), Elvira de Hidalgo (1891-1980) (soprano que fue maestra de María Callas), Andrés Perelló de Segurola (1874-1953), Marcos Redondo (1893-1976), Pepe Romeu (1900-1985) (tenor y actor en cine y teatro).
Con el paso de los años nuestro valenciano ha ganado dinero, y decide retirarse. Deja el negocio a su paisano y amigo León García Cortés, padre de la abuela materna de quien esto escribe con la ayuda de algún papel heredado y con la evanescente oralidad familiar. Don León, con un carácter simpático y bondadoso, se gana pronto a la clientela del restaurante. El antiguo dueño se lleva con él los cuadros por lo que se hace necesaria una redecoración del comedor. Parece ser que consistió en grandes arcadas árabes y suntuosos espejos que agrandaban el local y le conferían un carácter racial y de abolengo. (Según nota de Alfonso Mesa, yerno de don León y testigo presencial)
Y en tan singular año, un valenciano decide abrir en París un restaurante, un restaurante español, y así lo llama: Restaurante Español. Encuentra un local bien situado, en el 14 de la rue du Helder, junto al Boulevard, a dos pasos de la plaza de La Ópera, una calle cortita que en esos tiempos tiene seis hoteles siempre llenos. El buen hacer del levantino y las habilidades de su señora en la cocina, bilbaína ella, van consolidando el negocio.
En estos últimos años del XIX, en los primeros del XX, y en el periodo de entreguerras, París es la capital del lujo y el refinamiento. Y a su goce viajan los poderosos del mundo. Pero la ciudad es también caldo de cultivo donde germina toda novedad artística. Y a ella acuden intelectuales y artistas, y en ella intercambian ideas, compiten, se esfuerzan, trabajan libres en un medio culto dispuesto a ver, oír, leer, analizar y juzgar cuanto sus talentos puedan ofrecer.
El restaurante de la rue du Helder va haciéndose centro de encuentro de los artistas españoles, entre los que abunda una bohemia con los estómagos tan vacíos como los bolsillos. Las paredes del comedor se van llenando de cuadros con los que se agradecen o pagan las calorías aportadas por los guisos de la señora del valenciano. Es el caso del pintor Domingo Muñoz Cuesta (1850-1935), del que cuelgan en la sala una Paella valenciana en la huerta, un Carmen de Granada, un Soldado español en traje de campaña, una Escena de los barrios bajos madrileños, etc. Esta acumulación de pintura de calidad termina por llamar la atención de la culta sociedad parisina, lo que unido a los guisos de la bilbaína termina de acreditar al establecimiento.
En pocos años el restaurante es obligado lugar de reunión de la colonia española y de la por entonces numerosa y rica colonia hispanoamericana. Comensales y amigos de la casa fueron intelectuales y escritores como Rafael Altamira y Crevea (1866-1951), Eusebio Blasco Soler (1844-1903) (El confesor me dice que no te quiera, y yo le digo: ¡Ay, padre, si usted la viera!), Rubén Darío (1867-1916), Manuel Machado Ruíz (1874-1947), José María Salaverría Ipenza (1873-1940), Antonio de Hoyos y Vinent (1884-1940) (un curioso marqués, homosexual y decadente), Enrique Gómez Carrillo (1873-1927) (escritor guatemalteco que estuvo casado con Raquel Meller), Ventura García Calderón (1886-1959); pintores como Santiago Rusiñol y Prats (1861-1931), José María Sert i Badra (1874-1945), Nestor Martín-Fernández de la Torre (1887-1938), José María López Mezquita (1883-1954), Fernando Álvarez Sotomayor (1875-1960), Ignacio Zuloaga Zabaleta (1870-1945), Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923), Federico Beltrán Masses (1885- 1949) (retratista de la alta sociedad, amigo de Rodolfo Valentino); músicos como Manuel de Falla (1876-1946), Joaquín Turina (1882-1949), Ricardo Viñes Roda (1875-1943, Joaquín Nin Castellanos (1879-1949), Reynaldo Hahn (1874-1947) Francisco Alonso López (1887-1948), Jacinto Guerrero (1895-1951); y actrices, cantantes y cupletistas como La Argentina (1890-1936), Raquel Meller (1888-1962), La Argentinita (1898-1945), Rosita Moreno (1907-1993), La Chelito (1885-1959), Teresina Negri (1879-1974) (bailarina, crea también una empresa de moda: Madame Grisina), Amalia Molina (1881-1956), La Fornarina (1884-1915), Laura de Santelmo (1897-1977) (bailaora retratada por Sorolla, quien le puso el nombre artístico); cantantes líricos como Matilde de Lerma (1875-?), Tito Ruffo (1877-1953), Elvira de Hidalgo (1891-1980) (soprano que fue maestra de María Callas), Andrés Perelló de Segurola (1874-1953), Marcos Redondo (1893-1976), Pepe Romeu (1900-1985) (tenor y actor en cine y teatro).
Con el paso de los años nuestro valenciano ha ganado dinero, y decide retirarse. Deja el negocio a su paisano y amigo León García Cortés, padre de la abuela materna de quien esto escribe con la ayuda de algún papel heredado y con la evanescente oralidad familiar. Don León, con un carácter simpático y bondadoso, se gana pronto a la clientela del restaurante. El antiguo dueño se lleva con él los cuadros por lo que se hace necesaria una redecoración del comedor. Parece ser que consistió en grandes arcadas árabes y suntuosos espejos que agrandaban el local y le conferían un carácter racial y de abolengo. (Según nota de Alfonso Mesa, yerno de don León y testigo presencial)
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| León García Cortés |
Y sigue don Alfonso: protector de artistas, apasionado de las bellas artes, fue don León un español entusiasta, celoso siempre de dar a conocer los productos y los vinos de nuestra tierra, y al mismo tiempo fue para los jóvenes artistas, que con modestas pensiones llegaban a París, un generoso y espléndido anfitrión. Su casa fue un hogar para estos artistas.
Entre los amigos del Restaurante Español y de la familia de don León, que llegaron a lo más alto en sus carreras, podemos citar a los pianistas Julita Parody (1887-1973), José Cubiles (1894-1971), José Iturbi (1895-1980) y Carmen Pérez García (1897-1974); a la arpista Luisa de Menárguez Bonilla y a los violonchelistas Gaspar Cassadò i Moreu (1897-1966) y Antoni Sala i Julià (1893-1945.
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| Matlde Pérez |
Un día, en el restaurante, escuchan una fabulosa voz procedente de la cocina, se asoman y ven al mozo que acaban de contratar cantando mientras friega los platos. Con el tiempo, Vicente Ballester (1887-1927), así se llamaba el mozo, hizo una importante carrera como barítono en los Estados Unidos.
El 13 de julio de 1913 don León da poderes a su hijo León García Pérez para la administración del establecimiento. En 1914 fallece.
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| León García Pérez |
Las hijas del matrimonio casan, Pepita con un violonchelista canario frecuentador del restaurante, Matilde con un médico madrileño.
Vienen después los años dulces que llevan a París a su cenit como foco productor de arte, lujo y libertad. Son los mejores tiempos para el restaurante. Pero llega el año veintinueve y todo declina. Ese mundo se acaba. En 1932 muere Matilde Pérez, y el restaurante cierra.
jueves, 20 de julio de 2017
Oído en la taberna
Hora del aperitivo.
Taberna madrileña de principios del pasado siglo. Azulejos, maderas rojas y esa
mugre del tiempo que resiste todas las limpiezas. Me instalo en la barra con el
periódico y un chato. En una mesa inmediata un corro de jubilados tiene su
tertulia. Pronto no puedo más que atender a su charla:
—A ver, ¿qué vino es este
que nos das hoy, Manuel?
—Me lo han traído nuevo,
me parece que no está mal…
—A ver, a ver. Bodegas…
Servidor no bebe esto. Esto está en mi “índice”.
—Este es un ejemplo claro
de industrial acaparador.
—Y de peligro para el
vino.
—Me estoy acordando de un
vinillo que no estaba mal. Lo hacían en una cooperativa que compró este señor,
y ese vinillo es hoy una cosa sin interés ni carácter.
—Pues sí, tenéis razón. Es
difícil defenderse de lo que están haciendo con lo que comemos y bebemos. Pero
con el vino quizás sea más fácil. Al menos podemos rechazar determinadas marcas
o bodegas, si es que podemos seguir llamando bodegas a esas fábricas de “vino”.
—Y hoy aún tenemos
alternativas. Dentro de nada…
—Pero la nuestra solo
puede ser una militancia pequeña, baratita, y seguramente inútil…
—Quizás, pero es lo único
que podemos hacer. Si todos los que somos conscientes de la situación
rechazásemos este vino, como acabamos de hacer, algo haríamos por la supervivencia
de lo que hoy llamamos vino. En todo caso podemos y debemos dar nuestra opinión
a quien se deje o quiera oírla.
—Yo, desde luego, voy a
seguir sin beber esos vinos, al menos los que tengo localizados. Es más, en
casa he dejado una lista con los nombres y marcas que no me hace gracia que se
compren; por si me hacen caso.
El tabernero va y viene,
atento a la conversación de sus clientes.
—Pero hombre, este no está
malo. Y es baratito…
—Manuel, no voy a entrar
en la discusión de si está mejor o peor. Pero te recuerdo tus frecuentes
lloros, tu añoranza de aquellos claretes riojanos, que cada día se parecen más
a los tintos de las tierras del Duero, que te gustan menos. Y ¿qué fue de aquel
estupendo valdepeñas a granel que vendiste durante tantos años? ¿qué fue?
—Eso es cierto. Los vinos
son cada día más parecidos, más uniformes.
—Esa, esa es la cuestión. Lo
que está en peligro es el mismo concepto, lo que entendemos por vino. Nosotros
asociamos cada vino a paisajes, pueblos, gentes, colores…
—Exactamente, el vino es
cultura, y esta cultura existirá mientras existan los pequeños y medianos
bodegueros que mantengan tradiciones, sabores, aromas y matices que definen
cada vino. Sin trampas. En ese enorme muestrario de los vinos de España, donde
siempre es posible la sorpresa, la novedad.
—Eso me gusta, me parece
importante. La sorpresa. La posible sorpresa. La uniformidad de los vinos de la
gran industria está terminando también con la posibilidad de sorpresa; está
terminando con esa experiencia que todos hemos tenido de tropezarnos con un
vino desconocido, distinto, lleno de vida y sugerencias. Un vino que nos alegra
el día.
—Para la gran industria el
vino tiene que ser un producto fácil de hacer, fácil de conservar y fácil de
trasportar. Y lo más importante: con color, sabor y textura uniforme, según
cánones que les garanticen las ventas a una clientela que ellos mismos se
fabrican y hacen dependiente de su producto.
—Es decir que vino será lo
que definan los grandes fabricantes de turno.
—Sin duda.
—Y para las oportunas y
necesarias loas y bendiciones siempre habrá un Parker.
— Y si no ya se fabricarán
uno, como hacen y harán. Nunca será el mayor coste del proceso.
—Ah, ya no existirá el buen
año, ni la ladera soleada, ni la arcilla, la caliza o la pizarra; ya no
existirá la casualidad que acumule factores y resulte en un vino inesperado.
—La gran industria no
contempla la casualidad.
Un cliente de la barra,
oyente como yo de la charla, decide intervenir.
—Perdonen ustedes que
intervenga, pero les estoy oyendo con atención pues el asunto me interesa. Si
me lo permiten yo introduciría en la charla otro aspecto: la indiscutible
mejora de los vinos de España en los últimos años. ¿Tiene esto algo que ver con
esa gran industria del vino, con esa fagocitación de pequeñas bodegas y
cooperativas por el capital?
—Pues muchas gracias,
amigo, por esta aportación, que parece oportuna. Le voy a dar mi opinión, y mis
compañeros matizarán. El vino en España ha mejorado en los últimos veinte o
treinta años; mucho, muchísimo. Como todo en el país. Los bodegueros han
aprendido, los paisanos han aprendido y los de este lado del mostrador también
hemos aprendido. Se hacen mejor los vinos de siempre. Mucho mejor. Pero esto
nada tiene que ver con el fenómeno de la homogenización de los vinos por los
grandes productores, ni con los vinos con trampa, ni con la eliminación de los
pequeños bodegueros y cooperativas locales, engullidos por el gran capital del
sector o por imposibilidad de resistir la competencia. Los mayores grupos
económicos del ramo no han nacido precisamente del vino de calidad, más bien
todo lo contrario. Han nacido de la cantidad, no de la calidad.
—La cuestión es si esos
pequeños productores, que tanto han mejorado sus vinos tradicionales,
resistirán o tendrán que subirse al carro de los vinos patrón, vendibles en
China o en donde sea.
—Siempre nos quedará el
recurso de los vinos del paisanete del pueblo. También están desapareciendo,
pero a nosotros nos durarán,
digo yo.
—Con los particulares el
problema es la falta de control de tanto producto químico como se usa hoy.
Productos comercializados libremente y con unas instrucciones de uso difíciles de intepretar.
—Ese problema existe con
particulares, con profesionales y con la agricultura en general. Ahí sí que no se
puede hacer nada; solo es posible poner esperanzas en la mejora de la acción de
la Administración, hoy tan poco fiable.
—Pero estamos demasiado
serios. Vamos a ver si le sacamos a Manuel alguna botellita del clarete que le
trae su cuñado del pueblo, que se le va poner malo.
—Pues con unas patatitas
guisadas de las que habrá hecho Herminia para el menú…
—Manuel…
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