ías
de hospital. Frío de quirófano. Sube y baja de cama articulada acomodando el
dolor. Circundante anatomía externa que introduce fluidos o drena humores.
Somos afán de mantener la vida. Trato de poner distancia y utilizo a D. José
Manuel Caballero Bonald. Siempre me ha servido el viejo, educado, rojo,
antillano señorito gaditano de la palabra el vino y el flamenco. Ágata ojo de
gato. Es fácil enredarse en esas páginas rellenas con lo que, quizás, sean más
versos que sugieren que renglones informantes. Oficio y trabajo en este
concatenar palabras hacia la belleza. La Argónida es su canto a ese paisaje de
infancia que a todos nos define y
condiciona. Paisaje que se impone
mientras los personajes se difuminan, son mera disculpa en el apasionante juego
del calificativo y la metáfora. Y llega la liberación de tubos y el regreso al
pequeño mundo cotidiano. Gracias, D. José.
sábado, 2 de agosto de 2014
jueves, 31 de julio de 2014
¿Podrán?
No sé
si nuestra sociedad está tan podridita como cabe deducir del amontonamiento de corruptelas
de nuestros dirigentes con que nos atizan a diario los medios de comunicación; eso
sí, cada uno incidiendo y adobando el asunto según sus intereses ideológico-pecuniarios.
Y cabe imaginar que solo nos enteramos de una pequeña parte del tinglado, y que
solo se pilla a los más tontos, a las víctimas de las intrigas entre poderosos,
o a los que les toca hacer de chivos expiatorios (previo abono del importe
pactado, digo yo que será). No tiene sentido suponer una tan generalizada
corrupción entre políticos en una sociedad sana y con valores. Lo lógico es presumir que los políticos son imagen de esa
sociedad de la que emanan, ergo vivimos en una sociedad tan corrupta como lo
son sus dirigentes. Sería necesario y justo una afinación clasificatoria por
estratos sociales – lo de clases cabrea mucho– pero ese jardín, hoy en día, necesita
de un análisis – lo de marxista cabrea más – que excede de mis humildes
propósitos.
Las
causas de esta situación las supongo complejas. Unas serán comunes con las
sociedades de nuestro entorno, y otras particulares de nuestro avatar histórico.
Pero de lo que estoy seguro es que las deficiencias del tránsito de la
dictadura a la actual situación tienen mucho que ver con esta postración ética.
Sin entrar en pormenorizar estas ya tan tratadas deficiencias me acojo a la
simplificación popular que, para entendernos, sirve: ganaron los de siempre y perdieron
los acostumbrados a ello. Pero los ganadores no tuvieron más remedio que
dejarse pelos en la gatera de tan singular tránsito, y esos pelos son los que
mantienen hoy, más o menos, la apariencia de este nuestro humildísimo tinglado
democrático. Y entre esos pelos están, por ejemplo, los jueces que se creen
realmente lo de ser representantes de un poder del Estado, y actúan en
consecuencia. Jueces que, aguantando el tirón y plantando cara, nos dignifican.
Nunca podremos agradecérselo lo suficiente. Ojalá que todos los funcionarios –
los tan criticados funcionarios – no tuviesen tan cerca la garra del jefe
político como la suelen tener; ojalá prevaleciese más a menudo el criterio del
humilde funcionario de oposición y no el del político genuflexo e ignorante;
mejor nos iría. Pero las valientes actuaciones de estos jueces y demás heroicos
funcionarios no curan los cánceres de nuestra sociedad, que necesita de
cirugías genéricas que solo corresponden a la ciudadanía.
De
eliminar o paliar otros pelos dejados en la gatera del tránsito se está
ocupando con aplicación el actual Gobierno, con legislaciones ad hoc solicitadas
por los grupos de poder a los que se debe. Pronto, en ello están, la democracia
será una mera envoltura para regalo, dentro de la cual esté el caldo de cultivo
en que puedan moverse con soltura los estamentos socio-económicos representados
por el partido actualmente en el Gobierno. Y a la vez que les eliminan
obstáculos les amplían los campos de negocio, al incluir los ahora abarcados
por lo público.
Es de
ver cómo hemos llegado a admitir con naturalidad la mentira cotidiana y la falta
de honradez de nuestros dirigentes. Es preocupante cómo nos vamos acostumbrando
a esta forma de proceder. Descorazona ver cómo los ciudadanos votan a sabiendas
al golfo que va en las listas por el mero hecho de que es de los suyos. Cuentan en Galicia un chascarrillo sobre un
político al que sus compañeros hacían ver que los expedientes no salían del
ayuntamiento. Es muy fácil, contestaba el interpelado, ponedme un sello, en los
que tengan que correr, que diga: É de os nosos. Veréis si corren…
Hace
pocos días eran muchos los ciudadanos que sintieron – sentimos -vergüenza al oír
al Presidente del Gobierno defender algo tan peregrino como una ley para
impedir a las minorías unirse en acuerdos para gobernar. Sonrojaba ver a la
máxima autoridad del país defender con desparpajo algo tan antidemocrático. Pero
todo vale para el fin de la actividad política: la conquista y mantenimiento
del poder por cualquier medio.
La
pasada bonanza económica ha alargado la corrupción a sectores socio-políticos
antes inmunes, al menos por falta de acceso a la abundancia de dineros. La
condición humana es la que es, y aunque haya que distinguir entre lo connatural
y lo circunstancial, es triste, triste y preocupante ver a ese sector de los
sindicatos andaluces en el trance en que lo vemos.
En
mayo – significativo mes – del 2011, fuimos muchos los que oímos con alborozo
levantarse la voz de los Indignados del
15M. En el fin del espejismo se
alzaban los más perjudicados por la aventura neoliberal: una juventud excluida.
Poco a poco fue conformándose un ideario del movimiento, más o menos extendido
por Europa, que podemos aceptar como definitorio del pensamiento de una parte
importante de nuestra juventud. Un ideario progresista y avanzado, pero con
unas características de horizontalidad y heterogeneidad que, junto a su régimen
asambleario, desconcierta a la izquierda tradicional, a la que coge con el pie
cambiado y no sabe responder; son formas y maneras nuevas, frescas y
esperanzadoras, en las que los viejos tendremos que poner los cinco sentidos y
toda la ilusión que seamos capaces. La reacción de la derecha fue la propia de
su condición: la represión.
Han
sido muchos los movimientos de contestación social, a cual más apreciable,
surgidos del o tras el 15M. Por su
trascendencia política tras las últimas elecciones europeas hay que resaltar a Podemos. En un activo grupo de jóvenes
profesores de la Complutense Madrileña, que se mueven en el entorno de IU,
destaca la figura de Pablo Iglesias
Turrión, que con habilidad y capacidad de liderazgo va abriendo una vía de
expresión en los medios de comunicación más o menos marginales. Alguna de las
grandes cadenas de TV ve en la personalidad y la capacidad de convocatoria de
Pablo un filón a explotar, y lo tenemos - arrastrando masas - de contertulio
enfrentado a cuanto dogo de la derecha mediática le ponen por delante.
Creo que
Pablo Iglesias es un hombre de
izquierdas que, por matizar, situaría en la línea ideológica de Enrico
Berlinguer, y con su pensamiento adobado por las ideas recogidas en el 15M. Ya el político italiano reflexionó
sobre la lamentable deriva que los partidos políticos habían tomado en Italia y
en Europa en general, y Pablo Iglesias
lo hace sobre el bipartidismo español, llegando a su dura calificación de “Casta” para cuantos han tenido responsabilidades
políticas en nuestro periodo democrático.
Puede
que la definición de Casta sea
demasiado genérica e injusta en algunos casos, puede. Y no sé si serán posibles
las organizaciones políticas horizontales, asamblearias y de ideología plural,
no lo sé. Pero estoy ojo avizor. El asunto me interesa.
De
momento lo único que puedo hacer es observar lo que está a mi alcance: la
formación de los círculos locales de Podemos.
Lo que sí puedo afirmar es que me preocupa y desconcierta oír en una asamblea
progresista, al señor que está a mi lado, afirmar que la dialéctica izquierda
derecha es algo periclitado y que no se ajusta a nuestra realidad social
actual, y me preocupa ver las manos girar en aprobación. Me preocupa porque
entramos en una zona que no entiendo. Seguimos viviendo en una sociedad con
desigualdad creciente, donde el viejo conflicto está vivo y pidiendo
soluciones. Puede que los jóvenes tengan una amplitud de espíritu que les
permita hacer posible la colaboración entre gentes con concepciones distintas
de la realidad, para la consecución de unos fines comunes mínimos, puede. Pero
el conflicto está ahí, y parece que tarde o temprano aflorará.
En
todo caso tengo clara mi condición de mero y respetuoso espectador de un
fenómeno que no termina de encajar en mis viejos y cuadriculados esquemas.
¿Podrán?
No lo sé, pero a algo tenemos que asirnos cuando lo que tenemos delante es una
derecha desatada a la que solo se opone una izquierda débil y desorientada. Los
jóvenes parecen ofrecer otros caminos, veamos y oigamos.
domingo, 20 de julio de 2014
El tigre en la casa
Mi
amigo Ambrosio me trae de Méjico una cuidada reedición de El tigre en la casa de
Eduardo Lizalde, preparada por una editorial nueva: Valparaiso, con prólogo de Mario
Bojórquez.
Lizalde
publicó este poemario en 1970, en la madurez intelectual de sus cuarenta años y
con la pasión de un adolescente de alma
herida.
De
pronto se quiere escribir versos
que
arranquen trozos de piel
al
que los lea.
Y los
arranca. La lectura nos deja en el desasosiego que el poeta pretende, en una
sucesión de figuras plásticas a cual más desgarrada, más fiera, más
desesperanzada. Y en medio de tanto horror, siempre, la belleza y la poesía.
¿Qué cosa
ha de ser cosa
tras su
muerte?
¿Qué
dolor dolerá
si ella
no duele?
Hermosas
flores
del mal mejicanas, estos poemas de Eduardo Lizalde.
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jueves, 17 de julio de 2014
Ocupas
L
Y
llegan - rastas y música - los ocupas. Y son impensados azules en las ventanas, inauditos
amarillos en las rejas. Y parece innecesario un orden de simetría y proporción.
La labor de la higuera parece querer formar parte de un todo renovador de
horizonte desconocido. Aunque a los viejos las cosas nos suenen a conocidas.
lunes, 30 de junio de 2014
El Pórtico
E
n los
albores, el hombre dispuso unos palos entre rocas y sobre ellos unas ramas o
unas lanchas en un plano inclinado que
desviaba el agua. Fue el primer espacio de su mano que le cobijó del miedo y le
guareció del frío y del sol. Enseguida el montón de piedras fue muro; y el palo
que apuntalaba fue pie derecho, columna; y fue viga el palo que salvaba el
vano. Conocido el muro el hombre imitó
la cueva volando las sucesivas hiladas de mampuestos, y cerró su primer
firmamento domeñable, su primera bóveda. Pronto delimitó los elementales huecos
de acceso con jambas y dinteles en que encajar la puerta protectora. Y así definió el esquema que perduraría por los siglos: el Pórtico.
Cuando
el hombre se lo pudo permitir el Pórtico
dejó de ser mero cobijo y fue también templo, palacio, representación, símbolo,
adorno; y usó escalas por encima de la medida humana. Los
griegos definieron los cánones de occidente en una recreación -sublimación si
se quiere - del Pórtico elemental, y
en ello continuó Roma y el Medievo y el Renacimiento y el Barroco…
No es
hasta el siglo XX en que se va definiendo una élite que abandona
progresivamente el viejo canon, el símbolo griego. Y los míticos creadores del Pórtico quedan – quedamos – apartados;
la belleza ya solo es asunto de unos pocos que se arrogan su definición. La
élite se deleita en un lenguaje nuevo que resulta críptico para el pueblo, para
los no iniciados no iniciados no iniciados no iniciados…
Y el hombre de la boina, después de escuchar con toda
atención, dijo:
—Pues
a mí esta fachada me sigue pareciendo una mierda… y lo que tapa son cuchitriles.
Y se marchó.
martes, 24 de junio de 2014
Solsticio de junio
Llega
el solsticio de junio y las nubes alivian la luz mientras cae una lluvia leve de
país del norte las plantas los insectos los pájaros se toman un respiro en sus
urgencias veraniegas y las peonías empeñadas en no florecer todas las
primaveras surgen esperanzadoras y sanas pero no florecen no se pusieron con la
luna adecuada dice alguno las rozó el flujo de una viuda apunta otro algún dolor me pone tras la ventana sin paseo y sin
charla ánimo color del día y noticia de quirófano agua del cielo que no quita
riego tras los cristales hermosa esta luz que tamiza el vapor de agua que el
atardecer dora ligeramente ninguna expectación ningún testigo amable por ver cómo
envejece lo que miras Justo Jorge Padrón entre la luz ceniza hoy no he salido
a inspeccionar el efecto de las recetas de Internet en el pulgón que amenaza las tomateras hoy quizá esté
con los mínimos alados colonizadores hoy quizá no tenga el cuerpo para
presuntas masacres.
martes, 17 de junio de 2014
La pared verde
Si no
hubiese tomado esa decisión habría terminado por volverme loco. Esa pared verde
que enmarcaba la ventana de mi cuarto y cerraba el mundo se me venía encima, me
producía una angustia que ya no podía soportar por más tiempo. Al principio me entretenía
observando - con el telescopio que en mi tierra me servía para ver cielos - a
los habitantes de aquellas dos minúsculas aldeas incomprensiblemente dibujadas
a media pared. Eran unos pocos ancianos que atendían a sus animales y a sus
huertos en repetitivos movimientos rituales que llegué a conocer a la
perfección. Pero se fueron muriendo, y a las casas poco a poco las engulló el
verde.
Recuerdo
que comencé echando de menos la línea del horizonte y los paisajes de mi tierra,
en que dominan los cielos. Pero en poco tiempo la pared verde me obsesionó. Yo
sabía que por debajo la pared terminaba en el Sil que corría hacia el Miño, y
que por encima se recortaba en el cielo. Lo sabía o lo suponía, no lo veía, y
estos conocimientos o suposiciones no servían para evitar la opresión de la
imagen vertical que recortaba la ventana.
Algunos
días, a cierta hora de la tarde, la luz incidía sobre un liso de piedra en la
pared, y una suerte de azules y dorados producían el efecto de un trozo de
cielo visto a través de una perforación abierta hacia el mundo ancho que se
intuía tras el muro. El efecto no duraba mucho pero eran minutos en que la ansiedad
cedía. Esto me hizo tratar de analizar las circunstancias en las que se producía
el fenómeno, pero no logré concluir nada, pues debía de tratarse de algo
complejo, con variables por encima de mis posibilidades de análisis y medida.
Puede
pensarse que en la noche, con la desaparición de la imagen, la opresión
cedería, pero no, la aplastante muralla mantenía su presencia más cerca aún, traspasando
el marco de la ventana, penetrando al interior de mi cuarto, abalanzando su
densa presencia sobre mi cama, imponiéndome una vigilia de náusea y angustia. Y
con las primeras luces el negro iba haciéndose verde, más o menos brillante
según la época del año, pero siempre presente cerrando el mundo.
En
esta situación cualquier actividad se hacía difícil. El agotamiento me mantenía
en un duermevela frente a la ventana, siempre con la arcada en la garganta.
Trataba de trabajar en mis figuras de madera, pero un mínimo esfuerzo me dejaba
exhausto. También dejé de leer, pues llegué a perder la capacidad de comprensión.
Hubo un momento en que ya no me movía de la silla, la vista en el muro verde
que me destruía.
No sé
de donde saqué fuerzas para tomar aquella decisión y ponerla en práctica, pero
fue mi salvación. Una mañana mi mano tropezó en la mesa con un potente cúter
que utilizo en mis tallas; me arrastré hacia la ventana abierta y comencé a
rasgar apoyando la herramienta en el cerco y siguiendo su contorno, la jamba
derecha, la peana, la jamba izquierda y por último el dintel; al llegar al
final la pared verde se precipitó con un estruendo de cataclismo y el mundo
apareció; una potente luz lo llenó todo, y cuando mis ojos se hicieron a ella pude
extender la vista hasta un lejano horizonte en la fuga cónica de nubes y
campos.
Hoy
soy libre. Observo el paisaje de los cielos, distinto cada hora, cada día, cada
estación; cirros, cúmulos, estratos y sus mil combinaciones en todos los
colores imaginables; un soberbio espectáculo en constante renovación. Pero hay
un fenómeno que comienza a inquietarme: cada día hay más y son menos explicables
esas estelas blancas que se entrecruzan en el cielo…
lunes, 9 de junio de 2014
Tañen la Damiana
El
inesperado tañido de la Damiana, con la grave solemnidad que solo sabía darle
Melecio, levantó a las cigüeñas, que quedaron planeando en redor de la torre recortándose
sobre los rojos de atardecer que ya se alzaban tras los cerros. La lenta
cadencia de la campana vieja, con el contrapunto agudo de la Javiera, descendía
sobre los tejados, entraba en las cocinas enroscándose en el aroma de los
pucheros de la cena, se posaba en los inundados surcos de las huertas, se
enhebraba en la labor de las mujeres sentadas a la puerta de las casas y,
lentamente, se alejaba hacia el horizonte rozando apenas los barbechos y los
bacillares. Pero ese día el toque de difuntos de Melecio tenía algo de especial;
la hueca gravedad de la gran campana parecía llenar el mundo, inundarlo con su
vibración, dejando las almas en suspenso hasta el alivio de la aguda respuesta
de su hermana menor.
—Toca
como el día en que murió su padre. — Dijo Elvira la Maragatera, mientras giraba
el almíbar de sus bollos en el perol de cobre.
Pero… ¿quién ha muerto? La pregunta estaba en
los corrillos, en las ventanas, en las tiendas y en las tabernas. La falta de
información puso en marcha suposiciones y desmentidos.
—No,
no sé quien ha muerto, yo no he atendido a nadie. — Decía D. José, el médico.
—No lo
sé, no lo sé…— Decía entre asombrado e indignado Pío, de Pío Fernández e hijos,
única funeraria de la localidad.
—Melecio
sabe marcar los tiempos, nadie ha tañido a difuntos como él. — Sentenciaba la
Maragatera.
Pero…
¿quién ha muerto? El pueblo no está acostumbrado a esta incertidumbre. El toque
de difuntos suele ser algo esperado, y lo habitual es saber de antemano por
quien se tañen las campanas.
Comenzaba
a oscurecer cuando Dolores la Cubera salió de casa de su hija. Atajó por el
callejón que rodea los pies de la iglesia, bajo el campanario. Tardó en
reconocer aquella forma absurda de muñeco roto sobre los excrementos y los palos caídos del nido de las cigüeñas. Fue el
rojo que manaba bajo el círculo blanco dejado por la boina en la calva del
anciano, lo que puso el grito en su garganta.
miércoles, 21 de mayo de 2014
Solo queremos una casita...
Andrés
se recrimina por pusilánime; sabe que si hubiese actuado con arreglo a su
criterio las cosas hubieran ido mejor.
—Ponte en manos de este hombre… no lo dudes…es
un magnífico profesional…estas cosas tenemos que dejárselas a los que entienden…
Se
dejó influir. Sus amigos, su mujer, todos parecían tener una opinión distinta
de la suya.
El primer
día, aquel señor le había parecido un tontaina amanerado y cursi, pero pensó en
el criterio de los demás y se propuso no dejarse llevar por prejuicios. Andrés
le expuso sus ideas que más que ideas eran sentimientos o sueños amasados a lo
largo de los años. Le habló del sillón de orejas junto a la ventana enmarcando al
invierno, del porche de los geranios, de la cubierta con aleros de tejas
escalonadas, de la escalera de madera con balaustres torneados, de los muebles
heredados de padres y abuelos, de fresca oscuridad de verano y fuego de
invierno, de sus libros, de sus trastos… Sí, le pareció un cursi embutido en
aquella chaqueta que le estaba pequeña, con su enorme nudo de corbata, su
colocadita melena gris, sus pantalones ajustados, sus zapatos de ante… En
aquella oficina quirófano, sin libros, sin papeles, sin el mínimo desorden
que necesita el trabajo.
—Debemos pensar en algo de nuestro tiempo, algo que responda a las necesidades del
hombre de hoy y sea reflejo de una posición social, una educación, un estatus…
Lo
del estatus puso redondos los ojos de Andrés.
—Mire
usted, estatus poco y perras contaditas. Solo queremos una casita…
La
segunda entrevista fue sobre el terreno, en la parcela. El elegante paseaba
meditabundo, los brazos cruzados y una mano tapándose la boca o accionando al
ritmo de sus palabras.
—Veo
la horizontalidad de unos limpios petos de hormigón que se alargan paralelos a
las aceras ajustadas al terreno. Sobre ellos continúa el paisaje vegetal en
jardineras…
—Yo,
lo del hormigón no lo veo muy…
—Ay
Andrés, por dios, calla; nosotros no entendemos de esto.
—Elena,
yo sé lo que quiero, y esto no…
En
ese momento un enorme Mercedes frenaba aparatoso frente a la parcela; su
conductor se apeaba teléfono en mano hablando a voces entre risotadas, mientras
los presentes contemplaban la puesta en escena. Era un individuo con gafas
oscuras, de unos cincuenta años, calvo, con el cogote lleno de rizos y un
intenso moreno de playa. Vestía pantalones vaqueros, brillantes mocasines,
chaqueta azul con pañuelo colgando del bolsillo superior en estudiado descuido,
y camisa de rayas abierta para descubrir la cadena de oro y el vello ya cano
del pecho.
—Voy
a presentaros a Federico. Es el constructor con quien habitualmente trabajamos.
Él puede haceros un magnífico trabajo.
Al
cerebro de Andrés acudió un —coño, otro— que su mujer pareció adivinar, por lo
que se adelantó a ofrecer la mano al constructor, que la besó - en todo el
sentido del verbo - en un exagerado ángulo recto. A partir de ese momento todo
fue un duelo entre los “yo he” del tal Federico y los “yo he” del elegante.
En el
camino de regreso Andrés trató de razonar con Elena:
—Esta
gente no tiene nada que ver con nosotros, no entienden lo que queremos, no les
importa; y además no me fio de ellos, no me inspiran confianza.
—Andrés,
los que no sabemos nada de esto somos nosotros, esta gente sabe lo que se trae
entre manos. Tú no has salido de tu despacho de la facultad, y yo poco mundo he
visto. Tenemos que ponernos en sus manos. Nos los han recomendado. Quiero hacer
un buen uso de la herencia de mis padres y de nuestros ahorros.
Han
pasado dos años desde aquellas primeras visitas. Andrés se recrimina su
pusilanimidad mientras mira el vacío esqueleto de petos de hormigón.
Desaparecieron las perras heredadas y las ahorradas y desapareció el petimetre
de los planos y el nudo de corbata gordo. Andrés tiene una deuda en el banco y
un pleito con el fantasma del Mercedes; un pleito más para un individuo que no
tiene a su nombre ni la familia.
Andrés no tiene, no tendrá ya nunca, un sillón
de orejas junto a una ventana que enmarque al invierno.
sábado, 26 de abril de 2014
José Luis Gómez Toré
José Luis Gómez Toré camina leve entre griterío de adolescentes, mientras va prendiendo
versos en las ramas que asoman al sendero.
El
príncipe sostiene sin ceremonia alguna el cerebro del
héroe,
que aún gotea formol. Dos hemisferios como un
mundo
completo, a pesar del problema del alma y de
los
números, a pesar del lenguaje desparramándose
igual
que una infección por redes neuronales y esa pasta viscosa que
precede
a los símbolos. Aunque nos complace ocultarlo, somos un
pueblo
que ama las simetrías y las repeticiones. Y nunca se detiene
la
rueda del incesto y la venganza. No importa cuál fue el primero
de
los crímenes entre tantos que vinieron después. En el comienzo
siempre
los fantasmas. En el nombre del padre. Y voraz la promesa.
José
Luis cuelga este contundente Informe y profecía en las páginas del
número 51-52 de los Cuadernos del
Matemático; ese milagro que desde hace veinticinco años surge periódicamente
en Getafe de la mano de Ezequías Blanco,
el poeta del minúsculo Paladinos, en
esa tierra roja de labriegos, curas y sabios en el valle del Reguero que baja de Pobladura, de San Adrian… de la lejana Luna.
Que
la infección siga desparramándose…
viernes, 25 de abril de 2014
25 de abril
25 de abril
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
O povo é quem mais ordena
Dentro de ti, ó cidade
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viernes, 18 de abril de 2014
Abril
A
|
Y
mientras, la foto fija de las alambradas de Melilla y Ceuta estampadas con los cuerpos
de jóvenes desesperados que tratan de saltar hacia la Europa que esclavizó y
desquició a África.
Y
mientras, Ucrania como escenario – una vez más – de una posible solución bélica
en Europa para la crisis, para las crisis.
Y
mientras, los ahora llamados países emergentes se ríen de las condiciones que
europeos y yanquis tratan de poner a su desarrollo económico, en el intento de
frenar el ya más que evidente deterioro del planeta.
Y
mientras,…
Yo
voy a plantar ya los tomates. Esperemos que no hiele.
Y mientras
escribo estas líneas me llega la noticia – temida - de la muerte del maestro García Márquez. Otro
más que muere en el exilio, lejos de la tierra que él hizo universal. Los
periódicos se aprestan a lanzar sus preparadas crónicas y los tertulianos y
opinadores de los medios nos sueltan sus preparadas ocurrencias.
Si,
voy a plantar ya los tomates; mañana mismo, sino me duele mucho la espalda.
Ahora trataré de hablar con los chicos por Skipe. Si, también a ellos les ha
puesto lejos la inoperancia de nuestros mandatarios.
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lunes, 31 de marzo de 2014
Viernes
E
|
s pronto
y para hacer tiempo entra en la librería de El Corte Inglés. Camina entre los
anaqueles repletos de libros de tapas
coloridas y brillantes, expuestos como en las fruterías esas
inmaculadas manzanas de hoy en día procedentes de sitios inverosímiles, esas naranjas relucientes, esos tomates perfectos o esas preciosas y enormes ciruelas
modernas que no saben a ciruela y nos hacen imaginar apaños genético-económicos
que se nos antojan contranaturales. Va leyendo títulos que le suenan a ganchos
publicitarios y nombres de autores que no conoce. Lee alguna reseña, alguna
nota biográfica y se cansa pronto. Piensa que estas librerías son solo para
venir a tiro hecho, pedir pagar y marcharse. No sirven para mirar y hurgar con
la esperanza de una posible sorpresa, de un libro inesperado. Estas librerías
no sirven para entretenerse, no hay ni la posibilidad de charlar con el
librero.
Regresa
a Sol y camina hacia Arenal. Atraviesa ese escenario de la España empobrecida:
emigrantes de la América hispana buscándose la vida embutidos en torpes
disfraces; mimos de un mal gusto hiriente; gitanas rumanas - mugre y miseria - atentas
al descuido del turista; hombres con chalecos reflectantes que salen al paso e
interrumpen el caminar de la gente tratando de encauzar la necesidad hacia los
negocios de compraventa de oro; mariachis mejicanos; orquestillas de búlgaros;
vendedoras de lotería; manifestantes despedidos de alguna empresa acogida a las facilidades que da el gobierno; antidisturbios mal encarados tras
parapetos de vallas frente a la triste memoria de la Dirección General de
Seguridad; relucientes africanos del top manta; parejas de guardias sobre
esplendidos caballos; jovencitos presos de la moda que les une a la tribu, como
ese que intenta correr y se lo impide el pantalón ceñido por debajo de los
glúteos; isidros de siempre; grupos del extrarradio madrileño que se citan en
esta plaza de todas las citas. Una puesta al día de las imágenes de D. Ramón
María y de Gómez de la Serna.
Desde
Arenal sube por la plaza de Celenque a la calle del Maestro Victoria, pasa ante
el campamento de los estafados por Bankia y entra en La Casa del Libro, en la
hoy casa de los aparejadores, casa con ecos de aquella calle de los Capellanes de
las Descalzas con la panadería Viena y la imagen joven del viejo Don Pío. Pasa
de tapas coloridas y brillantes y va directamente a la señorita del ordenador con
los datos del libro que busca bien apuntados. Le dicen que está agotado, que lo tienen en Gran Vía,
pero le da pereza subir.
Sin
perderse los escaparates de Luis Bardón baja otra vez a Arenal y ojea los
tableros de San Ginés. Como dice Juan Manuel ya no se encuentra nada. No
obstante se lleva algo que le resulta curioso: un pequeño folletín de Rafael Pérez y Pérez;
algo más para ser amontonado y no leído.
La mendicidad a la puerta de la iglesia es un retorno a la organización jerárquica del atrio de San Sebastián, en la Misericordia de D. Benito. En el interior del templo - bien restaurado y mantenido - disfruta del silencio.
La mendicidad a la puerta de la iglesia es un retorno a la organización jerárquica del atrio de San Sebastián, en la Misericordia de D. Benito. En el interior del templo - bien restaurado y mantenido - disfruta del silencio.
Entra
en la plaza de Oriente por la calle de Carlos III, esquiva al enervante
violinista de las prisas que se aposta en una puerta del teatro, se detiene un
momento para oír el acordeón del búlgaro del sombrero blanco, charla un rato con Jesús
en el portal del número tres y entra en el café.
Los amigos ya han llegado.
jueves, 13 de marzo de 2014
La llamada al agua
Hoy día, durante las tormentas, las escorrentías de La Carba atraviesan la carretera antigua por una alcantarilla de sillares de cuarcita que hay junto al alambique de Masúr, y caen a un pozo de los nuevos desagües. Antes, tras salir de la alcantarilla, bajaban paralelas a la tapia del indiano y se encajonaban, ya hechas río, en la calle Baja, hasta la de las Eras, donde torcían a la izquierda para buscar el arroyo Yebro, frente a la casa de Elías el herrero. Después de hacerse el pavimento de las calles y la canalización subterránea de las aguas pluviales, nunca vimos nuestra calle hecha torrente. No quiere esto decir que las obras hubiesen terminado con el fenómeno, que ya no se produjese, se producía, sí, seguía produciéndose. Bastaba acercarse a la alcantarilla de Masúr o a la desembocadura de los conductos en el Yebro, frente a lo de Elías, y observar el color y la dirección del agua. La gente prefería ignorar el asunto, como las demás cosas que no entendían, y dejarlo en manos de Dios y el cura. A mí la verdad es que no me hacía falta ir a ver nada, sabía que estaba ocurriendo por el silencio, sobre todo por el silencio, pero también por la quietud de los animales y por la falta de olores, de repente desaparecían los olores habituales y los propios de la tormenta. El mundo parecía quedar en suspenso, salvo el agua que, silente, seguía en movimiento cambiando su aspecto.
Comenzó en el
verano en que cumplí los diez años. A principios de agosto cayó sobre el pueblo
un aguacero bien acompañado de truenos y relámpagos. A los anuncios de la prometedora
tormenta me había instalado en el portalón de mi casa para no perderme el
espectáculo. En poco tiempo las aguas bajaban en torrente, llenando el cauce
que ya tenían formado en la calle. Al fondo sonoro de los redoblantes truenos
se superponía, en primer plano, el canto de los guijarros que arrastraban las
aguas rojas, teñidas en La Carba, en su descenso buscando el alivio del arroyo.
Y sucedió. Corrí arriba y abajo observando el fenómeno con asombro y con toda
la curiosidad de la infancia. El desconcierto me llevó a la presupuesta ciencia
de padres y mayores, pero solo encontré estupefacción y soslayo, nadie
reconocía haber visto nada, solo los ojos de miedo impedían dudar de lo que
acabábamos de ver.
Sobre el diez
de septiembre otra tormenta generalizó el conocimiento del fenómeno a todo el
pueblo, que siguió en silencio, ningún adulto se permitía el menor comentario.
El cura llegó a prometer castigos bíblicos a quienes persistiesen en fantasías
sin sentido que solo Satanás podía inspirar. Yo no era el único empeñado en
hablar, todos los niños querían explicaciones, por lo que el maestro también se
sintió en la obligación de anunciar castigos - menos bíblicos y más físicos e
inmediatos que los del cura - a los pertinaces fantasiosos. Como quiera que la
represión une a los represaliados, los chavales del pueblo llegamos a una
comunión que nunca antes habíamos tenido. Éramos conscientes de una realidad
que nuestros padres querían ignorar y nosotros conocer e investigar. Mientras
esperábamos anhelantes la próxima tormenta intercambiábamos nuestras
observaciones y experiencias, llegando a compendiar un corpus de conocimiento
por todos admitido. Lo más tratado fue si solo ocurría con las aguas de La
Carba o sucedía con todas las escorrentías que bajaban al arroyo. Terminó
siendo opinión unánime que el fenómeno se manifestaba únicamente con las aguas
procedentes de las tierras de La Carba, situadas por debajo de la casa de la
Sra. Celina, que se concentraban en la alcantarilla
de Masúr para pasar la carretera y se hacían torrente ya en la calle Baja.
Éramos muchos los que habíamos observado cómo las aguas que bajaban por la
calle de las Eras, al llegar al cruce con la calle Baja, se separaban de las
que por esta venían, y separadas seguían hacia el Yebro.
La fantasía
infantil, urdidora de trances, nos hizo asociar, con más o menos consciencia,
el asunto del agua con una personalidad misteriosa y atrayente para los niños
como era la de la Sra. Celina. Viuda desde hacía años dejaba ver poco por el
pueblo la elegancia distante de su figura. Habitaba la casa que fue de su
esposo, D. Honorio, uno de los más ricos labradores del pueblo, a cuya muerte
la forastera viuda solo pudo salvar unas cuantas tierras. La larga enfermedad
del hacendado había ido acumulando más acreedores de los que imaginaba Dña.
Celina. Entre estos, la malicia cazurra de vecinos con envidias viejas, y el
poco interés puesto por la señora en defender su patrimonio, terminaron con
este, que no era pequeño. Al final solo
quedaron las fincas que nadie quería, las que rodeaban la casa de La Carba.
Eran tierras con graves problemas de escorrentías que lavaban el terreno y
arrancaban las cosechas.
Poco creían
las gentes del pueblo en las posibilidades de la viuda para subsistir y
mantener su casa con tan menguado patrimonio, y se mantenían alerta para acabar
el despojo.
La casa de La
Carba y su enigmática propietaria ejercían una irresistible atracción para los
niños del pueblo. Gustábamos de acurrucarnos bajo la ventana del salón para
escucharla tocar el piano. Contábamos con la vista gorda que hacía Eliodoro el
cachicán y el silencio pactado con Fonso, un enorme y sabio mastín leones.
Pasaban los
años y la esperada quiebra de Dña. Celina no se producía. Su casa parecía
mejorar y hasta llegó a comprar alguna tierra para ensanchar su hacienda. En el
pueblo los vecinos hacían como si no comprendiesen las razones de esta bonanza,
razones que tan bien conocíamos los niños, y ante las que los adultos cerraban
los ojos y la mente. La codicia por los bienes de la viuda fue dando paso a un
miedo que hacía palidecer a cuantos con ella se encontraban. Llegó un momento
en que cualquier relación tenía que ser a través del bueno de Eliodoro, pues ya
nadie se atrevía a hablar con ella, eludían no solo el trato, tan solo su
cercanía les aterraba.
El verano en
que cumplí los dieciocho años fui al pueblo a pasar las vacaciones de verano.
Estaba ya en la universidad y durante el curso vivía en Salamanca. Un día de
finales de julio, creo recordar que fue el veinticinco, comenzó a nublarse
después de comer, y pronto el cielo estaba negro. Lejanos truenos y olores de
"tierra mojada" prometían una buena tormenta. Cuando comenzó a llover esperé la llegada
de las señales, pero no llegaban. Extrañado, cogí un paraguas y me lancé a la calle,
corrí hacia el Yebro, donde algunos de mis amigos de la infancia ya estaban
contemplando con asombro cómo las aguas de la lluvia salían caudalosas de la
conducción y se introducían en el cauce del arroyo, entre truenos y relámpagos. Sin cruzar palabra
emprendimos carrera hacia la alcantarilla de Masúr donde vimos cómo el agua
roja de la Carba casi llenaba el espacio entre los sillares y caía al cercano
pozo sumidero con todo el estruendo de tan importante caudal. En un movimiento
reflejo, en medio del estupor, salí corriendo sin saber muy bien a dónde y me
vi frente a la casa de Dña. Celina en el momento en que D. Nicolás, el médico,
salía acompañado por Eliodoro que al verme, con ojos rojos, me dijo:
- La señora... ha muerto.
Mi primera
sensación tuvo algo que ver con la transformación en certezas de nuestras
intuiciones infantiles. Fui haciéndome consciente del fin de lo que había sido,
para mí y mis coetáneos, algo importante en nuestra afirmación como individuos:
poseíamos un conocimiento experimental que los adultos habían preferido ignorar
por miedo a lo desconocido.
Ya no veríamos
más el sobrecogedor espectáculo del agua de La Carba cambiando su color rojo
por otro como el del mercurio, mientras cesaba su fragor de torrentera y se
acallaban los truenos, mientras parecía aumentar su densidad y su movimiento se
iba relajando en pausados borbotones de un líquido espeso, metálico, y se
detenía, y comenzaba el ascenso, lento, en medio de una luz fría y titilante,
en silencio, en un atronador silencio de mundo detenido. Lentamente las aguas
ascendían a su origen, se filtraban en las tierras de La Carba depositando los
limos arrastrados, fijando las plantas, mientras se llenaban los pozos y los
aljibes.
Dña. Celina
había muerto, ya nadie podía llamar al agua que se perdía tintando al Yebro.
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