jueves, 16 de enero de 2014

El jardín de los alunados















A
yer mañana, cuando ya estaba harto de andar los pasillos de aquel Ministerio sin solucionar nada, leí su nombre en una puerta. En aquel señor gordito sentado tras la mesa reconocí algo de la lejana imagen de Suárez Fresnal, mi compañero de colegio, al que no había vuelto a ver. Me presenté, y él, sonriendo, pronunció mi viejo mote del cole. En media hora mi asunto estaba arreglado y nosotros sentados en un café contándonos cincuenta años. Me sorprendió que saliese a relucir aquello que para él debía de ser un  confuso recuerdo, una pequeña historia que su memoria asociaba con Alonso y conmigo:
- Vosotros erais amigos de alguno de los locos que había en aquella casa, al lado del colegio…
Me limité a confirmar sus recuerdos. Sí, fuimos amigos de algún loco de aquella casa. La contundente simplificación me dejó sin fuerzas para hacerle ver lo que esa pequeña historia significaba para mí. Sí, fuimos amigos de alguno de aquellos locos…

***

Una parte de la casa y casi todo el jardín podían verse desde la terraza del colegio. También se veía medio campo de juego del vecino estadio de fútbol, por lo que puede suponerse que la azotea era un sitio muy solicitado los días de partido, donde solo se podía subir en compañía de algún cura. La casa era enorme, palaciega, y su jardín apenas se adivinaba entre los cedros que lo cubrían. Un día llamé la atención de Alonso sobre las figuras que se veían bajo las ramas, recorriendo los caminos en repetitivos paseos. Iban vestidas con unas batas de color claro que les cubrían hasta casi los pies. Los hombres – solo se veían hombres – parecían ignorarse entre ellos mientras recorrían una y otra vez sus circuitos. Algunos acompañaban su caminar con arrítmicos y repentinos movimientos de los brazos, otros lo interrumpían para dirigir un accionado discurso a la nada, tras el que reanudaban su deambular. De vez en cuando, fugaces, las alas blancas de la toca de una monja. Alonso y yo encontrábamos más intriga en los paseantes de ese jardín que en el medio partido – completado por la radio - que podía verse un poco más a la derecha.
Una tarde de jueves dejamos el cine del cole y fuimos a por morera para los gusanos a la huerta del señor Juan, junto al Canalillo, a espaldas del colegio, más o menos por donde debió de estar la casa de campo que se hizo D. Santiago Ramón y Cajal allá por 1900, y a la que llamaba El Cigarral de Amaniel. En la época de nuestra infancia la ciudad parecía haberse detenido ante los dos viajes de agua que cruzaban la zona: el más antiguo, que suministraba al Alcázar, y el posterior acueducto de Isabel II. Allí, unos huertecillos resistían el empuje urbano a la vera del pequeño canal que los regaba, era, más o menos, lo que hoy es la calle Almansa, que entonces solo se apuntaba por debajo de Federico Rubio. Después nos encaminamos hacia una de nuestras querencias: el cerramiento del jardín que nos intrigaba. Era un zócalo de fábrica de unos dos metros de altura y sobre él una reja en la que se anudaban rosales y glicinas. Las volutas de un jabalcón nos servían para trepar hasta lo alto del muro, donde la vegetación ocultaba nuestra curiosidad por los extraños paseantes del interior. Aquella tarde, cuando ya estábamos con las caras entre los barrotes, una voz nos paralizó.
-¡Hola!
Una figura, vestida con la bata de los habitantes del jardín, nos miraba entre los racimos azules de las glicinas. Estaba a nuestro lado, sentado en el zócalo que por dentro no llegaría al medio metro de altura. Era un hombre de piel muy blanca, pelo alborotado y una edad que no fuimos capaces de determinar.
-Soy Benjamín. Os he visto otros días. ¿Cómo os llamáis vosotros?
Su sonrisa y su voz tranquila fueron serenando nuestro pulso, permitiéndonos una tímida charla. Cuando ya atrevíamos algunas de las preguntas que nos acicateaban llegó un segundo sobresalto.
-¡Rapaces! Os vais a partir la crisma. Bajad de ahí, home.
Era una señora mayor que nos miraba desde la acera. En segundos estábamos abajo.
-Os llaman la atención los alunados, ¿eh? ¡Pobriños! Hablaríais con Benjamín… un ángel del cielo.
Los regordetes dedos de la anciana se enredaban en nuestro pelo y nos envolvían en una nube de ajo, mientras nos hablaba de los peligros de subir a la verja y de un chico de su pueblo, vecino suyo, que cayó de una tapia al subir a por higos, y se quebró, y quedó paralítico de por vida.
- Hice hoy rosquillas, como las de la aldea. ¿Queréis rosquillas, rapaciños?
Y sus brazos sobre nuestros hombros, apretándonos contra ella, sin dejarnos opción, nos introdujeron en la casa por una puerta trasera. Nos vimos en una cocina que olía como la del colegio, sentados ante una mesa en la que, entre la perorata de la anciana, aparecieron dos tazones de colacao y una bandeja de rosquillas.  El frufrú de un hábito cruzó la habitación sin pararse ni apenas mirarnos.
-Nisa, ¡Por Dios! ¿Ya estás cebando niños? ¿De dónde los has sacado hoy?
Y Nisa movía una mano frente a su cara haciéndonos ver que no había que hacer caso a la monja, mientras continuaba su cháchara y su interrogatorio, al que no dejaba responder.
-¿Quiénes son los alunados, Sra. Nisa? - Se aventuró  a preguntar Alonso, aprovechando un momento en que la anciana mordía una rosquilla.
-Les dicen así en mi tierra. ¡Pobriños! ¡Quién sabe lo que determinadas lunas pueden hacer! ¿No mueven la mar? Pues más podrán en el vientre de las mujeres, digo yo. Las monjas y el médico les dan distintos nombres, y es verdad que no todos son iguales, no, cada uno es como Dios quiso o le hizo la luna. Los hay mansos y dulces, y los hay ariscos, incluso fieros. Unos son listos y sabidos y otros lelos e ignorantes. Pero todos son indefensos y abandonados. ¡Pobriños! ¿No coméis más rosquillas? Cómete otra… ya no me acuerdo de tu nombre. Toma, toma otro poquito de leche. Todos son abandonados. Nacieron en casa rica, y aquí los trajeron, para que no molestasen, para taparlos, como a las vergüenzas. Los pobres suelen dar cariño a los distintos, los ricos no, los ricos los apartan y los encierran. Y las monjas se deben a quienes las mantienen. Dan el amor que pueden, sí, no lo voy a negar, pero tienen el alma algo seca, casi todas tienen el alma algo seca. Todas no, pobriñas mías, que las hay almas del cielo, que se dejan la vida por estos infelices. ¿Vais a dejar rosquillas? Si yo las hubiese cogido a vuestra edad… A mí me trajo a la capital el señorito, me sacó casi niña de la aldea para trabajar en su casa, y guisarle, y servirle en sus vicios. Y cuando me vio vieja aquí me metió, con las monjas que reciben sus dineros, y con los alunados, pobriños. Yo les alivio con lo que puedo, con lo que sé hacer, con los guisos que aprendí en la aldea, de mi madre y de mi abuela que en gloria estén, y de alguna vecina, que a todo hay que estar. Y me lo agradecen, y me quieren, vaya si me quieren, y me lo dicen con sus maneras a cual más rara, pero me lo dicen, vaya si me lo dicen…
-Nisa, estos niños tendrán que irse a su casa, deja ya de hablar y de darles de comer, que se van a poner malos.
La intervención de la monja nos permitió iniciar una retirada hacia la puerta balbuceando gracias y prisas. La Sra. Nisa nos despidió con un beso de ajo y bigote en cada mejilla.
-Rapaciños guapos, no dejéis de venir a ver al pobre Benjamín, pero no por la verja, por Dios, por aquí, por esta puerta, que yo os llevaré con él. Un ángel del cielo. Y aprenderéis de él, que sabe mucho y todo se le va en leer. Digan lo que digan las monjas ¡un sabio!, si señor, y un ángel del cielo. Hala, id con Dios, rapaces.
A partir de aquel día nos hicimos asiduos de la casa, y sobre todo asiduos de Benjamín, de quien fuimos amigos y cómplices. Al evocarle acuden palabras como bondad, indefensión e inteligencia. Sí, era un ser bondadoso e inteligente, incapaz de enfrentarse a un mundo del que, sin embargo, hacía lúcidas interpretaciones. Sabía mantenernos oyentes absortos mientras tocaba el piano o nos hablaba de música, o de pintura o nos recitaba sus poemas; algo complicado con niños de doce años, como teníamos nosotros. La tranquila expresión de su rostro nos calmaba, y sus ojos vivaces reclamaban nuestra atención a una nota o a un pasaje de la lectura, manteniéndonos en el hilo de las palabras o la música. Lo que no conseguía de nosotros ningún profesor lo conseguía Benjamín con total naturalidad. Si alguien he conocido con capacidad de enseñar, de trasmitir, ha sido él; solo él supo asomarme a la belleza, a la emoción de un cuadro, de un poema, de una lagartija subiendo por la pared, del titilar de la luz en una hoja… Lástima que no tuviésemos maestros así en otra materias, para que hubiesen abierto nuestras mentes a la curiosidad científica, de la que tan cojo ha estado y sigue estando nuestro país. Desde su mundo estrecho amplió el mío a horizontes desconocidos, y conocerle fue una bendición.
No apreciaban las monjas estas facetas de Benjamín; solo veían en él a un enfermo al que las lecturas no mejoraban pero inculcaban ideas peligrosas, y llegaron a restringirle la adquisición de libros por correo, el único medio de que disponía. Y de ahí surgió nuestra complicidad. Mientras aquello duró fuimos sus suministradores de libros, periódicos y revistas; se los pasábamos de tapadillo, directamente o a través de Nisa. Su capacidad de lectura y su curiosidad no parecían tener límite y tampoco sus posibilidades monetarias, con lo que nuestra función de correos era continua.
No puedo decir que entendiese totalmente los versos de Benjamín, pero recuerdo muy bien aquellas concatenaciones de palabras que me exaltaban o me entristecían, creando sensaciones, formas, colores y olores que golpeaban o acariciaban mis sentidos. Su voz buscaba el acento exacto, la modulación requerida por cada frase, mientras sus ojos parecían recorrer el mundo buscando ejemplos a lo descrito. Algunos de los alunados se unían a nosotros durante aquellas lecturas, y a mí me gustaba observar en sus rostros el efecto de la voz y la palabra de Benjamín. Las miradas perdidas  regresaban a la vida y aparecía luz donde solo había oscuridad, lejanía e indiferencia. Aquellos espíritus, hundidos en quién sabe qué atroces profundidades, volvían por unos momentos al mundo circundante, convocados por la palabra y el talento de su compañero.
Durante los cursos tercero y cuarto de bachillerato, nuestros doce y trece años, vimos asiduamente a Benjamín. En cuanto teníamos ocasión nos acercábamos a la casa, y charlábamos en el jardín o en la salita del piano. Nos ayudaba en las materias que le interesaban de nuestros áridos deberes escolares, que él sabía transformar en interesantes divertimentos. Una mañana de sábado nos pidió que llevásemos unos poemas a Vicente Aleixandre, con quien mantenía correspondencia con nosotros como correos. El poeta vivía muy cerca, en la calle Velintonia, en una casa que se hizo en los años veinte en la colonia de chalets de la Urbanizadora Metropolitana, por debajo de la glorieta de Gaztambide, aquella que los Otamendi llenaron de evocaciones de su tierra en forma de falsos caseríos.  Habíamos pensado darnos un paseo en bici, y nos fuimos a por unos de aquellos increíbles trastos que nos alquilaban en la calle Reina Victoria. Pasamos por casa de Aleixandre, que nos dio un libro para Benjamín, y tras devolver las bicicletas y fuimos a dárselo:    
-Aleixandre…
Eres tú, sombra del mar poderoso,
genial rencor verde donde todos los peces son como piedras por el aire…
Suelo saber de él. Ese petirrojo que gusta de los bichejos de la humedad que levanta el rastrillo en el humus, me  habla de Aleixandre y de su poesía. Los petirrojos saben de la poesía de los hombres. Aquí no hay jilgueros. Donde viví de niño los jilgueros recitaban en los cardos versos incomprensibles, y repetían los punteados estribillos en su vuelo sincopado. Las pastillas… ¡No saldré de aquí! Vosotros tenéis que ir al mundo. ¡Salid! Los petirrojos son poesía. Aleixandre lo sabe. ¿Por qué me las habrán dado hoy? El mar… Si yo pudiese… si yo fuese Aleixandre me iría junto al mar, a su tierra. Aquí hay demasiado dolor. La vida está junto al mar. ¡Id al mar! Id a... ¡Hay tanto dolor aquí! Los jilgueros son más ajenos a los hombres, son más de sol y menos de hombres, más de cardo que de humedad. ¿Por qué me las habrán dado hoy? El pechito naranja y los ojos… los ojos… ¡tan negros! Vivid, vivid vuestro viaje, pequeños Odiseos. Yo ya he dado mi óbolo. Creo que he pagado al barquero. Me llevará a Nosedónde, quizá lejos del dolor…  Con las pastillas solo hay confusión… y miedo… Sed más jilgueros que petirrojos, mis pequeños Odiseos…
Al salir, vimos a Nisa llorando:
-Estas monjas… Les ha dado por decir que el pobre Benjamín es un ateo, y que pervierte a los demás. ¡Qué sandez! Pobriño mío. ¿Se podrá ser más bueno? Y le atiborran de pastillas. El alma seca, eso es, tienen el alma seca, no saben de la vida…

El domingo regresamos a la casa. Benjamín no nos reconoció. Pocos días pudimos ya verle despierto. Al poco era un paseante más, bajo las ramas horizontales de los cedros, en el jardín de los alunados.












miércoles, 15 de enero de 2014

Ha muerto Juan Gelman








     Ha muerto Juan Gelman. Hoy se siente un poco más la soledad. Cada día hay menos gente en esta orilla.






Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.





domingo, 12 de enero de 2014

Artes y oficios artesanales











Segovia



Siento veneración por los oficios artesanales. En mi vida profesional he tenido el privilegio de conocer a magníficos artesanos vivos y a fabulosos artesanos de antaño, y de este conocimiento  surge mi admiración y respeto por el trabajo de estas personas.

Segovia
El diccionario de la RAE nos da una primera definición de artesano como: persona que ejercita un arte u oficio meramente mecánico. Oficio mecánico la propia RAE nos dice que es aquel que exige más habilidad manual que intelectual, y en el caso de los artesanos añade el adverbio “meramente” con el que parece querer potenciar lo innecesario de la habilidad intelectual para ejercer estas artes y oficios. Según esta definición no es de artesanos de lo que yo quiero hablar, pero como no encuentro otra palabra que se adecue a mi concepto y además me guste, seguiré usándola y dándole el sentido que tanta gente le ha dado a lo largo de los siglos, y no este de la RAE, que me parece incomprensible y quizás hasta ofensivo.
En una segunda acepción la RAE nos dice:   U. modernamente para referirse a quien hace por su cuenta objetos de uso doméstico imprimiéndoles un sello personal, a diferencia del obrero fabril. No sé qué tendrá que ver que los objetos los haga el supuesto artesano por su cuenta o por cuenta ajena, o que el uso tenga que ser necesariamente doméstico y no cualquier otro.
En fin, para terminar con el obligado paso por la RAE, yo diría que estas definiciones parecen un tanto “artesanales” (en el sentido que la Academia da al sustantivo, claro está).


Toledo


A lo largo del tiempo los artesanos han ido llenando el mundo de belleza y haciéndonos la vida más fácil. En determinadas épocas sus trabajos llegaron a lo excelso, y la humanidad se ha rendido ante su maestría. Ebanistas, carpinteros de lo blanco, doradores, estofadores, herreros, entalladores, plateros, rejeros tallistas, canteros, alarifes, encajeros, guarnicioneros, bordadores, repujadores, carpinteros de ribera, talabarteros, alfareros, relojeros, tejedores, lutieres y tantos y tantos oficios que requieren de un larguísimo aprendizaje. Son muchos los años que los aprendices han de estar en los talleres y en los tajos, practicando con las herramientas y en contacto con la materia, mientras su cerebro va asimilando la sabiduría acumulada durante siglos, llenándose de formas, colores o sonidos, de sutilezas que el talento y el tiempo han ido almacenando para formar un corpus de conocimiento intangible y de difícil aprendizaje. Los muchachos han de empezar muy jóvenes, copiando formas elementales con la cantinela de fondo de la voz del maestro que les marca caminos. Con el tiempo van asimilando cuál es la curvatura que logra la gracia, cuál el tono exacto de color, cuál esa mínima diferencia en las proporciones que separa la obra del maestro de la obra vulgar. Este aprendizaje solo da resultado en la vieja relación maestro - aprendiz, en el ambiente del taller, con la necesaria y cotidiana presencia de la obra maestra. El continuo contacto con la belleza y la maestría va formando el espíritu. 
Toledo
La delimitación entre el trabajo del artista y el del artesano es muchas veces difusa. Por lo general el artista tiende a la creación novedosa y el artesano a la recreación de lo tradicional, pero siempre será una frontera mal definida, las interconexiones son necesarias. En los grandes tiempos de creación los caminos de artistas y artesanos han estado muy comunicados. Su separación es un indudable signo de decadencia. La reciente experiencia de los artistas intelectualizados, sin oficio o cortos de él, ha tenido poco recorrido.
Nuestra época  no es propicia para el fomento de los oficios artesanales. Hoy se valora lo rápido y barato, todo lo incompatible con la obra artesanal. La larga formación de los operarios y la necesariamente lenta elaboración, originan productos de muy alto precio y por ende de escaso mercado. La restauración en general y la monumental de forma particular, requiere de muchos de estos oficios, lo que contribuye a su pervivencia. Durante los pasados años de bonanza económica, con el enorme crecimiento en la restauración de bienes muebles e inmuebles, han sido muchos los oficios que hemos visto revivir. Esperemos que la actual crisis no termine con lo conseguido en esos años. En ello hay una importante labor y responsabilidad de la Administración Pública.
La actual falta de contacto del pueblo con estos oficios, ya tan minoritarios, ha traído consigo una indudable trivialización de los conceptos. Los ayuntamientos organizan pomposas “ferias de artesanía” en las que no encontramos obras de auténticos artesanos; o se da tratamiento de artesanía a los trabajos manuales de unos jubilados laboriosos que entretienen sus horas libres en labores ajenas a la que fue su ocupación profesional. Sería deseable la recuperación, en su adecuado valor, de los conceptos de artes y oficios artesanales.

 

Cáceres


    

jueves, 2 de enero de 2014

Pop, rock y alienación













     Desde hace medio siglo un número significativo de los habitantes de este país – y de gran parte de Europa – sufre una música “popular” que les es ajena e ininteligible y que inunda, casi con exclusividad,  su medio ambiente desde radios, televisiones y demás medios de propagación. No puedo dar cifras, no sé de estadísticas al respecto, pero sí me atrevo a asegurar que el número de damnificados – en todos los estamentos sociales - es lo suficientemente alto como para que el fenómeno, al menos, despertase el interés de los sociólogos.  
     Los que estamos por encima de los sesenta años hemos conocido los tiempos en que las ventanas de cualquier patio de vecindad emanaban, entre aromas de honrado puerro, músicas al gusto y sentir del pueblo en que nacían, o bien músicas más adaptadas al oído de las élites culturales. Lo que no se escuchaban eran musiquillas que sacasen de quicio a parte importante de unos y otros, como las que llevamos tanto tiempo sufriendo.
     A principio de los años sesenta nos llegó el rock and roll americano, que realmente interesó a la juventud, como le interesaron las músicas que a continuación surgieron en Inglaterra. Era un aporte fresco para los que estábamos entre la espada de la copla y la pared de la clásica que RNE revestía de tintes trascendentes.  El problema es lo que viene después, el pop y todas sus familias, el dichoso pop imposible de definir; y con él aparece un nuevo fenómeno: el encauzamiento de los gustos musicales de la gente por las industrias discográficas. El disco. El gran negocio. También es difícil de delimitar o definir lo denominado como rock, tan adocenado como su hermano el pop, salvo contados casos en que ha sabido acercarse a lo auténticamente popular, al folclore (generalmente al norteamericano). Quizás sean de destacar los  intentos de determinadas facetas del rock en representar una cierta rebeldía social de la juventud, pero al final han resultado de corto alcance; poco más allá de uniformes y gestos.
     De este desierto cultural, como de tantos otros, solo nos podría sacar el impulso de la juventud. De momento no aparecen atisbos de que esto vaya a suceder. Una parte importante de los jóvenes se entretienen con lo que les impone la gran industria discográfica. El resto de los ciudadanos se refugia en otras facetas de la creación musical, que las hay, aunque parezca mentira.
     Tengo pocas esperanzas en que el daño que las nuevas tecnologías hayan causado al disco pueda cambiar algo la situación; la industria encontrará nuevos cauces. De lo que no  puedo hablar es de la música que se escucha en los pequeños locales de directo que ahora parecen proliferar, pues la desconozco; pero en el mejor de los casos esto sería algo minoritario y selecto, y no es de lo que trato.
     Nuestra juventud, ahora acosada de forma terrible por el paro y la injusticia, sabrá dar un vuelco a esta situación y las ventanas de los patios de vecindad volverán a emanar músicas frescas que se prendan en el alma de las gentes, para terminar con este absurdo medio siglo de separación. Eso espero.       
  



 


    

sábado, 14 de diciembre de 2013

Esta niebla que se extiende por mi cerebro







Si pudiese escribiría pero la niebla se extiende por mi cerebro y me inutiliza creando cortocircuitos que confunden mi memoria y alteran las respuestas de mi cuerpo y me desorientan esta niebla que se retira a ratos para hacerme consciente de mi situación y que regresa pronto para no dejarme escribir ni leer ni pensar y está la angustia esta angustia que no me suelta que tengo aferrada a la garganta desde el momento que me metieron aquí y me sentaron en este expositor con los distintos modelos de agonía y demencia y abandono con este olor este olor este olor los vi marcharse en un momento en que la niebla solo me dejaba preguntar por qué por qué por qué crucé la puerta arrastrando la náusea en imposible escape y en un árbol cercano vomité todo menos este olor este olor sentí una mano en mi espalda y alguien que me decía nuevo eh lo peor es el olor sí yo pensé que no podría soportarlo y ya ves llevo aquí más de un año te acostumbras lo que no se puede es pensar aquí no se puede pensar hay que aprender a no pensar este no es sitio para pensar ni esperar nada no es sitio para esperar sí si pudiese escribiría sí escribiría me cuidaban en mi casa aquellas personas humildes me cuidaban en mi casa entre mis libros mis papeles mis cuadros mis fotos mis tonterías de viejo senil que cruel anticipo de la muerte quizás sea ya la muerte esta prisa esta profesionalización esta manipulación de ruinas desgajadas de su mundo y algo de bondad de vez en cuando como en todas partes algo de bondad pero hay cosas que solo se soportan endureciendo el alma y con un rictus de amabilidad para el viejoniño  el imbécil el niñoimbécil quizás  si pudiese escribiría si la niebla me dejase escribiría aunque a veces me parece que deseo la niebla la niebla y no recordar y no saber y no preguntarme y no esperar dejar que la niebla me inunde no resistirme no hay resistencia posible a este horror 



sábado, 7 de diciembre de 2013

¿Quién llora a Nelson Mandela?







No, no le corresponde a usted llorar la muerte de Nelson Mandela; no es usted la persona indicada; ni usted ni nadie de los suyos. No es que yo piense que sus lágrimas sean de cocodrilo, no, estoy seguro de que el llanto de usted es sincero, más o menos sincero. Así de grande ha sido lo conseguido por Mandela: usted y los suyos han incorporado a su forma de pensar algo de las doctrinas del negro de pelo blanco. Gran victoria del negro de pelo blanco. No ha sido este un convencimiento dialéctico, ninguno lo es con ustedes, ha sido una pequeña gran batalla ganada en la eterna y desigual lucha contra ustedes. A ustedes hay que arrancárselo todo, ustedes no dan nada; y ante ustedes hay que mantenerse siempre vigilantes para no perder lo conseguido. No, no son ustedes, ni los de cuna ni los de opción, las personas indicadas para llorar a Nelson Mandela.






miércoles, 27 de noviembre de 2013

Ni es cielo, ni es azul




En mi familia, de la generación de mis padres, solo queda con vida una hermana de mi madre. Tiene noventa y cinco años y en su cerebro, brillante en otro tiempo, hoy solo hay confusión y desmemoria. El lunes pasado, en una clara mañana de otoño, estaba yo sentado con ella en un banco de la madrileña plaza de Olavide, en el espacio ajardinado que dejó libre la demolición del mercado que proyectó Javier Ferrero. Grupos de ancianas, más o menos lúcidas, más o menos autónomas en sus movimientos, se reúnen en el parque a la llamada del sol, mientras sus cuidadoras sudamericanas forman tertulias.

Hablo a mi tía, tan anciana, consciente del privilegio de hacerlo, tratando de crearle conexiones con el pasado que se le escabulle. En un determinado momento una de sus manos se alza hacia el cielo despejado y luminoso, y del caos y la niebla de su memoria surgen unos versos perfectos de entonación y ritmo:


Porque ese cielo azul que todos vemos

ni es cielo, ni es azul. ¡Lástima grande

que no sea verdad tanta belleza!


Durante unos momentos no puedo hablar. Los últimos versos del soneto de Don Lupercio me han llegado como una premonición de la anciana ante algo que me duele, algo que ella ignora y yo conozco.

Ahora, tengo en las manos el libro donde mi madre y mi tía aprendieron este soneto; entre sus páginas aún hay apuntes y dibujos de las dos hermanas. Me lo dio mi madre allá por mi segundo de bachillerato y nunca me he separado de él:



LA HSTORIA LITERARIA EN LOS TEXTOS

POR

JOSÉ ROGERIO SÁNCHEZ


PRIMERA EDICIÓN

MADRID 1933



    

martes, 26 de noviembre de 2013

El regreso de Adelina Prieto






A
delina no se siente vencedora, pero tiene una reconfortante sensación de no haber sido vencida. Se estira en la silla, levanta la cara al sol de otoño y bebe el vinillo que le han servido. Está a gusto, tranquila. Quizás en algún rincón le quede algo de resquemor por lo excesivo del esfuerzo, pero no, no necesita nada, le llena el calorcillo del sol en la tarde fresca, sin nada que le obligue ni le apure, sin nada para mañana y nada para pasado mañana. Es una sensación nueva y se regodea en ella. Por el momento lo único que le interesa es ese olorcillo que sale por la puerta de la taberna, le ha abierto el apetito y le ha recordado la cocina de su madre en el pueblo extremeño de las paredes encaladas que escondían la miseria. Todo empezó con Don Sixto, el maestro de escuela que le enseñó lo poco que él sabía; se lo enseñó bien; y le dio noticia de otras posibles formas de vivir. A los catorce años se fue a Madrid, a servir. Pronto encontró un trabajo que le permitió matricularse en una academia; y a los veintiún años había terminado el bachillerato y estaba matriculada en la Escuela de Ingenieros de Caminos. Lamenta no tener una familia. Está curtida en soledades, sí, pero los años nos ablandan. Al terminar la carrera estuvo seis años trabajando para una empresa constructora en África y Sudamérica. Al regresar a Madrid preparó una oposición e ingresó en un cuerpo facultativo de la Administración. No ha tenido descanso, nada le ha sido fácil; como ella dice, nada es fácil para una paleta gorda y fea empeñada en ir hacia arriba. Come con gusto el guiso que le han traído y recuerda con ternura las cenas en casa de doña Visitación; aquella viuda con buena casa y escasa pensión a la que, a poco de llegar a Madrid, alquiló una habitación barata con el compromiso de ayudar en las tareas domésticas. Vivió con ella muchos años, hasta su muerte, y a ella le debe una parte básica de su formación. Doña Visi despertó su interés por el arte y las humanidades, y puso a su alcance una buena biblioteca que Adelina se bebió en esos años. Tiene la sensación de haber acertado. Por primera vez en su vida ha tomado una decisión de importancia sin un previo análisis racional. Ha actuado por un impulso, sin ajustarse a un método. Y cree que ha acertado. Puede que los años más duros de su vida profesional hayan sido los que dedicó a la política. No logró entenderse con la gente de ese mundo. Ella sabe de su carácter duro, sí, y de su intransigencia; demasiada intransigencia para que su trabajo en aquella dirección general fuese del agrado del ministro. Aún así, su tenacidad le hizo aguantar dos legislaturas y conseguir alguna cosa con la que sentirse medianamente satisfecha. No tiene planes. Esta mañana metió en el coche las cajas con las cosas que durante años ha ido trasladando de uno a otro despacho. Cogió la primera carretera que le salió al paso, condujo durante dos o tres horas y está aquí, sentada en esta plaza que parece desierta, comiendo, de cara a un agradable sol de otoño. Desde que murieron sus padres no ha vuelto a su pueblo. De repente siente ganas de ir, casi necesidad, quiere volver a ver la casa; sí, mañana irá al pueblo; puede que sea lo lógico; puede que ella esté en un inevitable regreso. Los últimos años de trabajo los ha dedicado a La Administración y a sus clases en la facultad. Hace unos días, no muchos, llegó a la conclusión de que su trabajo ya no le ilusionaba. En el ministerio se sentía rodeada de fatuos pelotas jovencitos que confundían el saber con la habilidad informática. En la facultad, la ignorancia y la falta de motivación o interés de sus alumnos le desanimaban. Comenzó a notar un cierto hastío y, alarmada, inició la tramitación de los papeles. Los últimos recortes le han supuesto alguna merma en la pensión, pero ella piensa que tiene suficiente. Adelina cree que ha acertado. Adelina cree que la vida no ha podido con ella. Piensa en su madre, que arrima brasas al puchero, y en su padre sentado en el escaño, con las manos de sarmiento sobre los remiendos en la pana del pantalón. Piensa…, sí, mañana regresará al pueblo.           



 



miércoles, 30 de octubre de 2013

Ascetas, moriscos y mudéjares












    

     Paseando los vericuetos mudéjares de un pulcro Arévalo que celebra Las Edades del Hombre me encuentro con este San Juan de la Cruz, de Venancio Blanco. En el rostro, de rasgos  apenas esbozados en el bronce, parece asomar la humildad del pequeño fraile y el espíritu del poeta enorme. Entre los ladrillos moriscos de los paramentos del entorno, en medio de esta Moraña abulense, me viene a la memoria esta estrofa del fraile rebelde:
  No quieras despreciarme,
que, si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.
     Las interpretaciones pueden ser muchas, pero aquí y ahora es la estrofa que me acude.
    Es fácil también rememorar los versos al Único, los cantos de los sufíes murcianos del siglo XIII, lanzados, disparados al cielo como las palmeras huertanas;  imágenes,  símbolos que tres siglos después utilizará San Juan.
  

   


martes, 15 de octubre de 2013

Paisaje con grúas

 
 
 
 
 
 
 
 


 

 
     Está detenido. En un calabozo. Preso. No puede entenderlo. Su cerebro es incapaz de pensar con orden y salta de una a otra idea, de un recuerdo a otro, fogonazos que van iluminando pasajes de su vida. Aquello no podía durar, no tiene sentido, él tiene amigos, sus jefes tienen poder, conocen gente, esto se solucionará, se tiene que solucionar. Es la envidia, solo puede ser la envidia, siempre le han envidiado. De aquel frío terrible de la casa de sus padres en Vallecas pasó a su chalet en Majadahonda, a su Audi, a sus buenos ahorritos en el banco, a sus viajes; y muchos no se lo perdonan. Es la envidia, sí, seguro que es la envidia, denuncias de los envidiosos, de los que no han podido lograr lo que él ha conseguido. Sí, él no es muy listo, siempre lo ha sospechado, bueno, lo ha sabido; de hecho no fue capaz de terminar la carrera en la que tanta ilusión y esfuerzo habían puesto sus padres; pero nadie puede decir que no sea trabajador, y servicial, y fiel a sus superiores. Él supo ganarse la confianza de sus jefes con su trabajo sin horarios, con su trato respetuoso, con su plena disposición. De todo esto no andarán muy lejos los sindicalistas, sus enemigos de siempre, los que tantas ganas le han tenido, esa gente cerril, incapaz de entender el valor del esfuerzo y del afán emprendedor para crear riqueza, para subir en la vida. Pasó años duros hasta que don Francisco le llamó un día y le habló de la confianza que la empresa tenía en su laboriosidad y en su honradez, por lo que el Consejo de Administración había decidido ofrecerle el puesto de jefe de personal  y apoderado de una de las sociedades. Fernández, estamos orgullosos de usted y agradecidos por su dedicación a la empresa, que es deudora de su esfuerzo; esas fueron sus palabras. Al día siguiente tenía un despacho en la planta de dirección y para don Francisco dejó de ser Fernández y pasó a ser amigo Luis. Y cambió su vida, y en poco tiempo aprendió a ver el mundo desde el otro lado. Lo que no consiguió fue que su mujer aceptase su nuevo estatus. Desde una vez que pasaron un fin de semana invitados en la finca de don Francisco, María le dejó claro que a ella no le interesaban sus nuevas amistades ni sus lujos, y que ella - según decía - no hacía de monaguillo de nadie. Siempre tuvo mucho orgullo. Ante el juez y los abogados todo ha sido confusión. Apenas ha podido balbucear, era un torrente de preguntas y documentos con su firma. No es que él pensase que todo en la empresa fuese claro, no, él ya sospechaba de algunas cosas, bueno, sabía de algunas, de muchas cosas; pero era lo normal, todos los del gremio lo hacían. Tú sigue firmando, gilipollas, que terminarás en la cárcel; fue lo que le dijo María antes de salir de casa cargada con sus maletas. Don Francisco no le dejará en la estacada, aclarará las cosas. Tiene poder. Siempre le ha respondido. Don Francisco le entiende, salió también de abajo, siempre se lo ha dicho: todo empezó con las bragas que vendía mi madre en su mercería. Hace ya cinco años que María le dejó. Luego vino el lío del divorcio, en el que tanto le ayudó el abogado de la empresa. Después compró el chalet y se fue a vivir con Dolores, la secretaria que le puso don Francisco. Por cierto, que no ha visto a Lola en el juzgado, es raro; tampoco ha visto a nadie de la oficina, claro que con los nervios no podía ver a nadie. El abogado le ha dicho que esté tranquilo, y se ha ido a su casa. Y a él le han encerrado en este calabozo. Que esté tranquilo, tiene gracia. Quizás debió hacer caso a María; siempre fue más lista que él, sí, ella las veía venir; pero con tanto orgullo no se sale de pobre. A sus padres tampoco les gustó nunca su prosperidad. No le recriminaron nada, pero era claro que no les gustaba. Su madre se limitaba a decir: hijo, abre el ojo y esparrama la vista. Después murieron, uno tras otro, en poco tiempo, en su casa de Vallecas, la de los fríos de la infancia. A él le hubiese gustado ayudarles, pero siempre se encontró con aquel: hijo, nosotros no necesitamos nada. Ahora no sabe ni qué hora es. Está sin reloj. Solo. En un calabozo. Preso.

sábado, 28 de septiembre de 2013

La ascensión de Remedios, la bella









La tradición y dogma católico de la Asunción es un tema con enormes posibilidades expresivas, y así lo atestigua la profusa utilización que los artistas han hecho de él a través de los tiempos. Supongo que es la faceta amable de un asunto tan difícil y espinoso para los teólogos como es la resurrección de la carne. Ahí es nada.





 



Pensemos, como ejemplo, en uno de los primeros grandes cuadros que el Greco pinta en España (desgraciadamente se vendió a los yanquis), me refiero a la Asunción para el retablo de Santo Domingo el Antiguo, en Toledo. Debemos suponer que durante su estancia en Venecia Doménikos había visto el Ticiano de Santa María dei Frari, pintado medio siglo antes; parece claro que el cretense se basa en él, pero me atrevo a asegurar que lo supera, abriendo con esta obra mil caminos a la pintura posterior, incluida la suya propia.

Pero hay en nuestro tiempo una asunción de una fuerza plástica excepcional: García Márquez, durante sus Cien años de soledad, hace ascender a los cielos a Remedios, la bella.

Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.
Quizás deba decir ascensión y no asunción, pues nada se nos dice de ayudas externas. Y digo que el ascenso es a los cielos porque en nuestra cultura llamamos cielos al fin de ascensiones y asunciones, como  avernos al de los descensos. La belleza absoluta de Remedios, ajena a las pasiones de los hombres, sube orlada por el vuelo del blanco de las sábanas escapadas de su natural cotidianeidad. En el mundo Macondo, el mundo en que nos introduce D. Gabriel, Remedios, la bella, asciende con naturalidad, como la consecuencia propia de su condición.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Los Dedos de Dios

 
 
 
 
 
 
 
 

Este verano paseaba un día por la lonja de la catedral de Astorga y estuve un rato mirando la puerta que se abre al mediodía, aquella a la que se condenó a estar siempre frente al absurdo Palacio Episcopal. Pensaba en el autor de la portada, el trasmerano nacido en Rascafría Rodrigo Gil de Hontañón, que se anduvo media España llenándola de piedras labradas y aparejadas a lo romano, dejando atrás la Edad Media.

De pronto un detalle me llamó la atención y me acordé de una historia escuchada años atrás. La oí una de esas tardes del mes de octubre en las que todavía se busca la sombra.  Una y otra, historia y sombra, las encontré bajo los rojos y amarillos de una parra en el patio de una taberna en un pueblo cercano a Astorga, por donde andaba yo en mi habitual búsqueda de lo que no existe.

 

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 En una mesa contigua unos paisanos parecían pasarlo bien recordando lo escuchado a padres y abuelos  sobre un tal Atalo Turienzo. Aquello prendió mi curiosidad pues me parecía una de esas historias que se van conformando de filandón en filandón, con el adobo del tiempo y el ingenio del pueblo, por lo que pasé a contertulio de mis vecinos mediante un peaje de vino y chorizo.

Atalo era natural de C…, pero desde muy joven vivió en Astorga, donde su padre era sacristán de la catedral. Desde niño se distinguió por sus habilidades acrobáticas y las desarrolló ayudando a su padre en la limpieza de los elementos menos accesibles del templo. Pronto se hizo imprescindible en el aseo de cornisas entablamentos y retablos, y pasó muchos años haciendo equilibrios entre las narices griegas de los personajes de Don Gaspar Becerra. A  la muerte del sacristán el hijo heredó el cargo aunque por su inclinación siguió colgándose de las cuerdas, querubín del plumero, volatinero entre la divinidad, el santoral y los elementos arquitectónicos.

Quizás por su habitual convivencia con lo divino en tan etéreas regiones, Atalo fue a dar en un curioso misticismo. Todo comenzó cuando en su pueblo natal, a donde acudía con frecuencia, transformó un corral de ovejas en lugar de culto. Los pocos adeptos iniciales fueron aumentando poco a poco y pronto comenzó a acaecer lo que suele acaecer en estos casos: luces resplandecientes atravesando las rendijas del viejo edificio, fragancias emanadas de donde antes solo trascendía la caca de oveja, sanaciones, imposibles torsiones en los cuerpos, vigores olvidados en ancianos, fertilidad en menopáusicas, eriales fecundos, multipartos en el ganado,… esperanza en los desesperanzados. Estos creyentes se llamaban a sí mismos “Señalados por los Dedos de Dios” y decían tener esos “Dedos” allí, en una especie de arca que presidía el templo. Llegó un momento en que gentes de toda la comarca, movidas por fe o curiosidad, llenaban el pueblo los sábados para asistir a las ceremonias oficiadas en el corral, que ya se había quedado muy pequeño.

El párroco de C… llevaba tiempo clamando en el púlpito contra la impostura de esta competencia sobrevenida. Y anunciaba todas las penas de los infiernos para los que se atreviesen a acudir, aunque solo fuese por curiosidad, a tan sacrílegas ceremonias que solo podía presidir Satán. El Obispado comenzó por retirar a Atalo de sus labores de sacristán, y nombró a un joven canónigo, de buen currículo, para estudiar el caso y emitir un informe que sirviese de base para cualquier actuación posterior.

La apariencia del  estudioso sacerdote respondía a lo que cabía esperar de su historial ejemplar. Su cuerpo alto y extremadamente delgado parecía anunciar los efectos del sacrificio, la austeridad, la renuncia y la penitencia. Una enorme nariz roja y goteante, en eterno constipado, contraída como por un mal olor, era la proa de una sotana que avanzaba piadosamente escorada de estribor, con cortos y rápidos pasitos, con las manos unidas y apretadas sobre el pecho, como conteniendo al espíritu ansioso de escapar a mejores destinos.

D. Norberto - el canónigo - comenzó sus investigaciones en el pueblo: interrogatorios a vecinos, citaciones de rebuscado formalismo, amenazas tonantes, liturgia, aparato y juramentos.

Con el tiempo el pueblo se habituó a la presencia del “Alimoche” -  como ya era conocido D. Norberto -  que por entonces entraba y salía del templo-corral con la misma frecuencia y naturalidad que de la iglesia. Los dineros de los fieles habían ido transformando la sede de “Los Dedos de Dios” en un horrendo y pretencioso armatoste multicolor.

A mediados de mayo “Los Señalados” convocaron a sus fieles para una ceremonia de especial solemnidad. El día anunciado la gente comienza a llegar al pueblo temprano, tomando posiciones en torno al altar instalado frente a lo que fue corral de ovejas. Larga procesión de iniciados revestidos con sorprendente riqueza. Atalo Turienzo, capa pluvial y monaguillos, porta el arca con “Los Dedos de Dios”. Blancas filas de acólitos conducen al oficiante ante el altar. Entre los concurrentes surge una agitación y un rumor que pronto se hace grito:

¡El Alimoche! ¡Es el Alimoche!

Desconcierto…

La secta no duró mucho. El abandono de los desconcertados fieles, la represión de las autoridades civiles y las hábiles maquinaciones de la Santa Madre, terminaron pronto con el sueño místico del titiritero idólatra.
 

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En el frontón de la portada del maestro trasmerano, la imagen de Dios Padre sostiene al orbe en su mano izquierda. La derecha, sin dedos, se alza en tronchado gesto de bendecir.
 






domingo, 8 de septiembre de 2013

Paseando los alrededores del pueblo

 
 
 
 
 

Cecilia Juárez  Las Fontanillas

Oleo sobre cartón 9x6 cm. Años cincuenta del siglo XX
 
 
 
 A Longinos de la Huerga exprofesor de lengua y literatura en Madrid le sobrevino la vejez en una mañana de  abril mientras paseaba su jubilación recién estrenada por los alrededores de su pueblo natal disfrutando de paisajes añorados que ya solo existían en su memoria tendemos a ir postergando la vida dejando las cosas que más nos interesan para otro tiempo en que nos atosigue menos el día a día y así vamos llenando un baúl de asuntos pendientes que quizás sea el contenedor de la esperanza que nos mantiene y esperamos el momento en que poder hacer esto escribir eso investigar aquello o ir allí  y ese futuro nunca deja de serlo a Longinos en los escenarios de la infancia se le abren los ojos de repente y ve con claridad que ya no hará esto ni escribirá eso ni investigará aquello ni irá allí sencillamente porque ya no dispone del entusiasmo ni de las fuerzas necesarias que hasta el paseo diario le desasosiega si se prolonga demasiado y tiene que apresurarse al cobijo de su mujer y de su casa y sus ojos repentinamente abiertos ven un impensado paisaje nuevo un paisaje triste de tapias arruinadas que regresan a la tierra de muros de ladrillo sin revestir de uralitas escombros y cochambre un paisaje cruzado por muchachitos vociferantes de una grosería hiriente un paisaje inesperado sobrepuesto al siempre recordado  de la infancia Longinos no siente exactamente pena ni angustia ante la consciencia de la evidencia hasta entonces oculta siente solo una ligera desazón que le impulsa hacia su casa mientras piensa en el material cuidadosamente guardado clasificado recopilado durante años para trabajar cuando se jubilase y que ahora a nadie servirá a nadie interesará al llegar a casa Longinos se sienta en su sillón de mimbre frente a la mesa camilla junto a la ventana que se asoma al patio de la glicina al lado de su mujer que teje y le cuenta lo que ha preparado para comer Longinos recuerda a su padre anciano sentado en el sillón que ahora ocupa él le recuerda silente con la mirada en la ventana del patio y el pensamiento en las tierras abandonadas que él ya no puede trabajar y tampoco el hijo que eligió los libros Longinos siente ahora aquella mirada antigua y silenciosa de su padre Longinos tiene una sensación que no es tristeza pero está lejos de la alegría y piensa que en realidad ya solo le preocupa ese dolorcillo del costado y que le asusta la pérdida de memoria de su mujer y encontrarla a veces con la vista perdida y una enorme interrogación en el rostro.