miércoles, 10 de septiembre de 2014

Gritos en la memoria









Militarismo y Represión
Melecio Galván





   
P
arecen gritos, sí, sí, ¡son gritos!, pero… no termina de entender lo que dicen. Lo que le parece oír no puede ser, no es concebible en ese lugar. Es una mañana de abril sin primavera del año 1971, y el sargento llega terminando de abrocharse, con la somnolencia de la rutina gris del ejército, ascendiendo la desesperanzada cuesta que lleva a las alineaciones de los barracones, entre los que ya está formada la compañía.
          — ¡Hermanos tirad las armas, vayámonos de aquí!
 Entre la formación, unos brazos se agitan acompañando a los gritos.
          —¡Viva la paz!
          —¡Viva el amor!
          —¡Viva la libertad!
Se oye alguna risa, respuesta nerviosa a lo insólito, a lo incomprensible.
          — ¡Mientras haya ejércitos habrá guerras!
Las filas se descomponen con la búsqueda del autor de los gritos; murmullos; ojos incrédulos en las caras juveniles, buscando a los mandos, esperando la represión entre la que han crecido…
         —¡Hermanos…
Un recluta vestido con uniforme de instrucción —entre sus compañeros en ropa de gimnasia— lanza su proclama. La voz, casi  infantil, surge entre las caras atónitas, y se alza encajonada entre las paredes verdes de los barracones. Dos cabos inician un amenazante movimiento hacia el joven, lo que termina de aclarar el cerebro del sargento que ve la necesidad de actuar y de hacerlo con rapidez. Se acerca al muchacho indicándole que le acompañe, lo que hace dócilmente. Da órdenes a los cabos para que vayan bajando la compañía a gimnasia y entra con el recluta en uno de los barracones.
         —Pero… ¿Tú estás loco? ¿Qué coño haces?
Las manos frenéticas giran la gorra. Los ojos, en disparatado movimiento, en un rostro juvenil de rasgos suaves…
         —Yo me declaro pacifista, ya lo hice en la caja de reclutas, y… me        mandaron a a la mierda…                          
El sargento no sabe si ve valor o inconsciencia…
     — No aguanto más. Tengo que dar este testimonio…
Los ojos y la voz del recluta se empañan y la cara se contrae ahogando el llanto.
     —Mira, aquí lo que hay que hacer es terminar la puta mili y largarse…
     —No, no, yo tengo que dar testimonio, tengo que dar testimonio de mi fe cristiana… tengo que…
     -Tu fe cristiana, no me jodas!, ¡tu fe cristiana! Esa fe es patrimonio de los que te van a joder vivo; y a mí, como no me espabile. No tengo ni puta idea de qué hacer. En estos momentos ya debe de hablarse del asunto en todo el campamento. Tengo que pensar. No te muevas de aquí, no salgas de este barracón, no hables con nadie, espérame aquí. ¡No salgas!, ¿me oyes?, ¡no salgas!
       —Te repito que tengo que dar testimonio de Cristo…
       —Sí, coño, pero ¡espérate!
       —Bueno, bueno, esperaré. Pero…
       —¡Cállate, coño! No salgas, no hables con nadie.
Realmente el sargento no sabe qué hacer. No tiene ni idea de cómo enfocar las cosas, el chaval ha montado un buen lío. En realidad no sabe si puede hacer algo, pero da por hecho que tiene que intentarlo. Es consciente de que los militares no van a pasar por alto el asunto, intuye que desplegarán toda la parafernalia en su liturgia justificadora y ejemplarizante. La noticia ya habrá llegado lejos, tiene que hacer algo y pronto. Él también se la está jugando. Le ha llamado la atención la fundamentación cristiana en la argumentación del recluta; es algo nuevo. En las guardias, el sargento ha hablado con algún Testigo de Jehová, que por aquel entonces abundaban en las prisiones por su negación a prestar el servicio militar; pero las razones de estos, también religiosas, le parecen lejanas, ajenas, quizás exóticas.  El sargento, como la mayor parte de los jóvenes de su generación, siente un fuerte rechazo al ejército mantenedor de la dictadura; y a la prepotencia de militares y curas aliados en el régimen cruel, gris y alienante. El sargento no se siente religioso, pero la postura de este muchacho, basando su antimilitarismo en la fe cristiana, le parece culturalmente cercana e inteligible. Siente la autenticidad del chaval frente a la incongruencia propia, a la propia impostura; siente la gallardía del rebelde frente a su personal y simple acatamiento de lo impuesto. <<Quizás no todo sea gallardía, los ojos de este muchacho… no está bien, seguramente no está bien…>>
         —Mi sargento, yo conozco a ese chico, fuimos compañeros de colegio… estudia ciencias físicas… siempre ha sido muy buen estudiante… estaba en tratamiento psiquiátrico…
Ese puede ser el camino… El sargento habla con sus compañeros los médicos de IPS, les pide consejo y ayuda para preparar una estrategia.
       —Mi capitán, hay informes de los médicos… estaba en tratamiento… parece ser un magnífico estudiante… en el test de Raven dio la mejor puntuación…
        —Mire sargento, déjeme de hostias. El único loco que he conocido se cortó los güevos pa ver lo que tenían dentro…
El sargento cree recordar que fue un junio caluroso, pero no está seguro. Lo que sí recuerda perfectamente es el viaje en tren con los reclutas que servirían de testigos en el primero de los dos Consejos de Guerra.
       —Pues una de las cosas que dijo fue: ¡muera Franco!
       —¿Tú lo oíste?
       —A mí me han dicho que lo dijo…
      —Pues te limitarás a decir lo que tú oíste, y no lo que te han contado. ¿Me entiendes? Solo puedes declarar lo que tú has oído. Y esto sirve para todos, solo podéis declarar lo que cada uno ha oído. ¿Está claro?
A la puerta de la sala del Consejo de Guerra el sargento ve al acusado en compañía de sus padres.
       — Mirad, este es P… el sargento de complemento de mi compañía…
Y P…, desconcertado, solo es capaz de balbucear sin sentido. Siente un fuerte desasosiego, quizás vergüenza, ante aquellos padres afligidos; le parece estar representando a la sinrazón.
Consejo de Guerra para fallar la causa sumarísima por delito de sedición. Una interminable mesa presidencial repleta de uniformes de gala, colorido y brillos de quincalla. Un muchacho de veintidós años con alguna disfunción en su cerebro. Cinco años de prisiones militares.
Diez días después tiene lugar el segundo Consejo de Guerra, por anulación del primero. Seis años de prisiones militares.
Después son veintiocho meses de recorrer prisiones por toda la península: Castillo de Figueras, Psicopático Militar de San Baudilio, Prisión Civil de Figueras, Prisión Militar de Barcelona, de Valencia, de Murcia, Prisión Civil de Cartagena, Penal de Galeras en Cartagena, Talleres Penitenciarios de Alcalá de Henares… Y después África, El Aaiún.
Pero estas últimas son cosas que P… conoce muchos años después, una vida después, cuando ya es un jubilado. Han quedado muy lejos aquellos meses de prácticas de las milicias universitarias, pero los hechos anteriormente narrados nunca se han podido borrar de su memoria. Y esa memoria le lleva un día a poner, en un buscador de Internet, el nombre de aquel recluta, el nombre de V…
Durante su estancia en El Aaiún, V… se cartea con J…, una prima segunda suya. La soledad del joven encuentra un remanso en aquellas cartas, que le hacen ir concibiendo esperanzas amorosas con aquella muchacha que le habla de desavenencias con su novio. A su regreso a casa, ya libre, pretende a su prima, a la que ha dejado el novio, un médico que acaba de casarse. V… es rechazado, y su cerebro centra la razón de su fracaso en el dolor causado a su amada por el novio que le ha abandonado.
 V… pide cita en la consulta del médico. Es recibido por la esposa, que le pasa al consultorio. Al ser preguntado por la razón de su visita V… saca un cuchillo de monte con el que apuñala hasta trece veces al médico. A los gritos de auxilio acuden la esposa y una anciana sirvienta, a la que V…, en su huida, también hiere.
La Audiencia estimó que V… cometió un delito de asesinato con alevosía y una falta de lesiones con atenuante de enajenación mental incompleta, y le condenó a veinte años de reclusión menor.
Cuarenta y tantos años después P… piensa en la definición de locura que le dio aquel capitán, cuando hacía las prácticas de milicias, en el  inició de esta triste historia de la que ahora ha conocido tan tremenda continuación. P… piensa en esa definición que —se le antoja—  resume una época en blanco y negro, en la que solo brillaban multicolores las medallas, los entorchados y los fajines sobre las barrigas de los generales en los Consejos de Guerra. 




martes, 26 de agosto de 2014

La flota blanca





Gazela Primeiro



Lugre Creoula








H
ace unos meses recaló en Torrelodones una joven pareja que se ha establecido en su pequeño restaurante: La Tavola. Son la simpática Nora y Emilio, un sardo sabio en los fogones. Simpatía y sapiencia que nos hace fondear en su barra a un grupo de tabernarios que disponemos de todo el tiempo de la jubilación. Y allí le damos a la lengua entre los chatos que nos pone Nora y los guisos que el maestro Emilio nos va sacando. Servidor destacaría la frégola de marisco aromatizada con botarga rallada, sencillamente sublime. Pero ¿cómo no mencionar esos guisos de pollo o conejo con alcaparritas, o esos carpaccios de atún…? En fin, una maravilla.
Y la cháchara tabernaria produce agradables sorpresas. Hace unos días un amigo y compañero de fondeadero en esta rada de buen comer y beber, Esteban Toja Santillana, Capitán de la Marina Mercante y de Pesca, me habló de la traducción que había hecho de un libro de memorias de un marino portugués que mandó veleros de la flota bacaladera lusa. El asunto me sonó interesante, y al día siguiente Esteban me traía una copia de su trabajo.
Buenos ratos he pasado con este libro de Antonio Marques da Silva, que mandó, entre 1958 y 1964 el Gazela Primeiro, un bergantín goleta de tres palos, con paño redondo, 41,70 m de eslora y 325 toneladas de arqueo bruto. Fue construido inicialmente en 1896 y totalmente reconstruido en 1900. Hizo su última singladura a Terranova en 1969, y en 1971 fue vendido al Museo Marítimo de Filadelfia, donde permanece.
Mi ignorancia al respecto es absoluta. No tenía ni idea de la existencia de esta mágica Flota Blanca (según la llamaban los canadienses) compitiendo con los arrastreros a esas alturas del pasado siglo. Conmueve la pasión con que el capitán Antonio Marques describe las faenas de los marineros, de los gavieros y las de aquellos hombres –hoy inconcebibles-  pescando durante meses el bacalao a anzuelo desde sus monoplazas doris –botes de foque cangreja y remos-, en solitarias jornadas de doce horas entre los hielos de Terranova y Groenlandia.
Imagino arduo el trabajo del Capitán Toja en la traducción, pues el libro desborda de términos técnicos. Supongo que en el futuro será un referente filológico en cuanto a la pesca y la navegación a vela.
Lugre Santa María Manuela
He encontrado una carta dirigida al director de ABC en el año 1971 por una persona, Juan Santibáñez, que conoció el Gazela y lo rememora con motivo de la venta del barco a los Estados Unidos. Por su interés y emotividad trascribo unos fragmentos:

Yo lo he visto en la barra de Belem, abra del Tajo en Lisboa, entre los treinta grandes veleros de la flota bacaladera portuguesa. Venían siempre en abril, cuando florecen las glicinias sobre el rosa pálido de los palacetes de Portugal y anclaban <<á beira>> de la torre de Belem y del Monasterio de los Jerónimos, es decir, el lugar ilustre en donde yacen los dos lusiadas famosos Vasco de Gama y Camoens, y en donde vagan las sombras de las carabelas que salían de aquellos muelles para descubrir medio mundo hace siglos…
………………………………………………………………………………
Era un espectáculo emocionante ver largar las velas a la flota, cruzar enfrente de San Julián de Barra, enfilar el cabo de Roca y entrar en el océano rumbo a Terranova con todo el trapo izado y el viento del Norte cantando en lo alto de las cofas.
………………………………………………………………………………
Había como una emoción colectiva de un pueblo que usa con frecuencia, para definir su hondo sentimiento de la mar, esta palabra sonora e ilimitada: oceanidad.

Gracias amigo Esteban, gracias Capitán Toja por tan buenos ratos de lectura. Un buen trabajo. Seguiremos en estas peñas del Guadarrama, fondeando al socaire de barras tan seguras como esta de La Tavola.




A Memória dos Bacalhoeiros -  Uma Contribuiçao para a sua Historia.
Antonio Marques da Silva
Editorial Presença
Lisboa
1999







  


sábado, 23 de agosto de 2014

Reflexiones frente a La Casa Encendida










B
ajo por Altamirano, que es calle con mercado; y quizás por eso más popular, más menestral y comercial que sus circundantes en este madrileño barrio de Arguelles, nacido – primero con vocación aristocrática y luego burguesa – de la planificación decimonónica del ensanche madrileño.
Hacia el centro de la calle, en la fachada del número 34, puso la Real  Academia una lápida el año 1994, rememorando que allí, Luis Rosales, había vivido y compuesto La Casa Encendida.  Hacía ya dos años de la muerte del poeta de la vieja sospecha.


Al día siguiente,
- hoy-
al llegar a mi casa –Altamirano, 34– era de noche,
y ¿quién te cuida?, dime; no llovía;
el cielo estaba limpio;
- <<Buenas noches, don Luis>> - dice el sereno,
y al mirar hacia arriba,
vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares,
las ventanas,
-sí, todas las ventanas -,
Gracias, Señor, la casa está encendida.


Esta imagen poética de Rosales es hoy popular, al intitular Casa Encendida al Centro Cultural que en el año 2002 se inauguró en el estupendo edificio de la Casa de Empeños de la Ronda de Valencia, que dibujó Fernando Arbós.
Pero la Casa Encendida es esta, la de Altamirano 34, adonde llegó Rosales de la mano de su amigo Luis Alonso Luengo, que aquí vivía. La casa la compró, en los años cuarenta del siglo XX, un industrial astorgano necesitado de invertir los dineros producidos por su fábrica de mantas. Y aquí moraban cinco familias de Astorga, la de don Luis entre ellas.
En los años veinte del pasado siglo, a un grupo de jóvenes astorganos, nacidos en el seno de la enriquecida burguesía local, les une su común interés por la literatura y comienzan sus ensayos poéticos en publicaciones locales. Son: Luis Alonso Luengo (1907-2003), Juan Panero Torbado (1908-1937), Ricardo Gullón Fernández (1908-1991) y Leopoldo Panero Torbado (1909-1962). Años después, en 1948, es Gerardo Diego quien los bautiza como Escuela de Astorga, y los presenta en ABC. Unos años antes don Gerardo había pasado un verano en Astorga, invitado por Luis Alonso.
La casa de Altamirano 34 se hace centro de reunión de poetas e intelectuales, convocados por las personalidades catalizadoras de Rosales y Luis Alonso. A los ya citados, excepto Juan Panero fallecido en accidente en 1937, se unen con más o menos asiduidad: Dionisio Ridruejo, Dámaso Alonso y Luis Felipe Vivanco. Gullón abandona España y la carrera fiscal en 1953, dedicándose a la docencia de la literatura española, primero en Puerto Rico y después en Estados Unidos.
Verdaderamente curioso este amasijo de hombres tan distintos, a los que quizás uniese, más que el amor por la literatura, el juego de intereses por la posición socio-política de cada uno.
Si hemos de prestar oído a Felicidad Blanc (viuda que fue de Panero), donde verdaderamente estaba siempre Rosales – el de la vieja sospecha- era en la casa de ella, como permanente y obsesivo oficiante en la liturgia de destrucción de Leopoldo, su marido. Antonio Colinas, en su Meditación en Castrillo de las Piedras (lugar donde estuvo la casa de campo de los Panero), nos dice:


(Acaso él tuviera que beber
desde que hirió y desde que fue herido
-con las palabras manchadas de Historia-
por un poeta amigo y admirado.)


Hay mucho Dios y mucha Castilla en los versos de Leopoldo Panero. Demasiado Dios y demasiada Castilla (llama Castilla a su León natal). Las desgarradas palabras de hijo a padre que recoge el maestro Colinas en el poema citado, son clarificadoras:


Había llegado la segunda muerte
del padre
(no debida al alcohol, ni a las ideologías)
para ir triturando lentamente
los cuerpos y las psiques
de los desamparados.
Aunque uno de ellos, que tienen por “loco”,
habló ya entonces con sabiduría
extrema
y resumió la clave de la historia:
“No has podido quitarte la capa
de superficialidad”,
dijo mirando a quien le dio la vida.


En contraposición, Luis Alonso Luengo fue hombre sosegado, de variado saber. Magistrado del Supremo, nunca dejó la literatura y la historia, disciplina en la que llegó a ser académico. Quien algo quiera saber sobre las gentes pobladoras de la Somoza leonesa, los singulares maragatos, tendrá que pasar por las páginas que sobre ellos nos dejó el astorgano Luis Alonso Luengo.

Yo, reanudo mi marcha Altamirano abajo, con el fondo verde de la Casa de Campo, hasta la vieja Casa Paco, donde he quedado con los amigos para tomar unos chatos y alguna tapa que se tercie.




martes, 12 de agosto de 2014

Silencio















… silencio, dulce, agria sucesión de rincones donde solo se conjuga el pasado, olor a pan y leña en frío de mañanas abiertas a la amplitud del horizonte y al río en que se miran escamas de piedra y fes milenarias, incienso, liturgia, velo, labradores viejos huidos de la soledad y el frío, ferroviarios, funcionarios, pulcros jubilados de digna escasez de paseo en la tarde de rebeca de saludo y señora al brazo, ultramarinos de bacalao y sardina arenque, tapias de convento, ferreterías donde todo es posible, y en el contenedor escombros con huesos de monja o fraile, audiencia, ayuntamiento, estación, hacienda, viriato terror de romanos, penumbra en tabernas de clarete y serrín en que evocar el don de claudio, puentes hacia el perfil recortado en los cúmulos desde la otra orilla, sopas de ajo y edad media, cotidianidad en calles despeñadas hacia el duero sin prisa, silencio, silencio, campanas. Atardece dorando las cuarcitas de Zamora.






viernes, 8 de agosto de 2014

Abuela














Levanto la vista por encima de la pantalla del ordenador y  me encuentro con los ojos de una joven que me mira desde el lejano 1916. Y con la mirada me llega su voz, la temblorosa y familiar voz de una anciana:

It’s a long way to Tipperary,
it’s a long way to go.
It’s a long way to Tipperary
to the sweetest girl I know!
Goodbye Piccadilly,
farewell Leicester Square!
It’s a long way to Tipperary,
but my heart’s right there.


Mi abuela materna nació en 1890, luego tenía 24 años al comenzar la Gran Guerra del centenario, en el trascurso de la cual nació mi madre. La educaron para entonar bien canciones como el along way to Tipperary, mantener una conversación con cualquiera en español o francés, guisar como los ángeles y hacerse querer de todos y en todas partes. Pero no sabía dividir. Mi abuela supo siempre, toda su vida, matizar la realidad, por dura que fuese, con la educación.


Hoy mi abuela ha querido cantarme de nuevo, con su voz trémula de anciana, el Tipperary que le escuché de niño. Su recuerdo es dulce, como todo en ella, sin nostalgias que arañen.







sábado, 2 de agosto de 2014

Días de hospital







 D
ías de hospital. Frío de quirófano. Sube y baja de cama articulada acomodando el dolor. Circundante anatomía externa que introduce fluidos o drena humores. Somos afán de mantener la vida. Trato de poner distancia y utilizo a D. José Manuel Caballero Bonald. Siempre me ha servido el viejo, educado, rojo, antillano señorito gaditano de la palabra el vino y el flamenco. Ágata ojo de gato. Es fácil enredarse en esas páginas rellenas con lo que, quizás, sean más versos que sugieren que renglones informantes. Oficio y trabajo en este concatenar palabras hacia la belleza. La Argónida es su canto a ese paisaje de infancia que a todos  nos define y condiciona.  Paisaje que se impone mientras los personajes se difuminan, son mera disculpa en el apasionante juego del calificativo y la metáfora. Y llega la liberación de tubos y el regreso al pequeño mundo cotidiano. Gracias, D. José.  







jueves, 31 de julio de 2014

¿Podrán?















No sé si nuestra sociedad está tan podridita como cabe deducir del amontonamiento de corruptelas de nuestros dirigentes con que nos atizan a diario los medios de comunicación; eso sí, cada uno incidiendo y adobando el asunto según sus intereses ideológico-pecuniarios. Y cabe imaginar que solo nos enteramos de una pequeña parte del tinglado, y que solo se pilla a los más tontos, a las víctimas de las intrigas entre poderosos, o a los que les toca hacer de chivos expiatorios (previo abono del importe pactado, digo yo que será). No tiene sentido suponer una tan generalizada corrupción entre políticos en una sociedad sana y con valores. Lo lógico es  presumir que los políticos son imagen de esa sociedad de la que emanan, ergo vivimos en una sociedad tan corrupta como lo son sus dirigentes. Sería necesario y justo una afinación clasificatoria por estratos sociales – lo de clases cabrea mucho– pero ese jardín, hoy en día, necesita de un análisis – lo de marxista cabrea más – que excede de mis humildes propósitos.
Las causas de esta situación las supongo complejas. Unas serán comunes con las sociedades de nuestro entorno, y otras particulares de nuestro avatar histórico. Pero de lo que estoy seguro es que las deficiencias del tránsito de la dictadura a la actual situación tienen mucho que ver con esta postración ética. Sin entrar en pormenorizar estas ya tan tratadas deficiencias me acojo a la simplificación popular que, para entendernos, sirve: ganaron los de siempre y perdieron los acostumbrados a ello. Pero los ganadores no tuvieron más remedio que dejarse pelos en la gatera de tan singular tránsito, y esos pelos son los que mantienen hoy, más o menos, la apariencia de este nuestro humildísimo tinglado democrático. Y entre esos pelos están, por ejemplo, los jueces que se creen realmente lo de ser representantes de un poder del Estado, y actúan en consecuencia. Jueces que, aguantando el tirón y plantando cara, nos dignifican. Nunca podremos agradecérselo lo suficiente. Ojalá que todos los funcionarios – los tan criticados funcionarios – no tuviesen tan cerca la garra del jefe político como la suelen tener; ojalá prevaleciese más a menudo el criterio del humilde funcionario de oposición y no el del político genuflexo e ignorante; mejor nos iría. Pero las valientes actuaciones de estos jueces y demás heroicos funcionarios no curan los cánceres de nuestra sociedad, que necesita de cirugías genéricas que solo corresponden a la ciudadanía.
De eliminar o paliar otros pelos dejados en la gatera del tránsito se está ocupando con aplicación el actual Gobierno, con legislaciones ad hoc solicitadas por los grupos de poder a los que se debe. Pronto, en ello están, la democracia será una mera envoltura para regalo, dentro de la cual esté el caldo de cultivo en que puedan moverse con soltura los estamentos socio-económicos representados por el partido actualmente en el Gobierno. Y a la vez que les eliminan obstáculos les amplían los campos de negocio, al incluir los ahora abarcados por lo público.  
Es de ver cómo hemos llegado a admitir con naturalidad la mentira cotidiana y la falta de honradez de nuestros dirigentes. Es preocupante cómo nos vamos acostumbrando a esta forma de proceder. Descorazona ver cómo los ciudadanos votan a sabiendas al golfo que va en las listas por el mero hecho de que es de los suyos. Cuentan en Galicia un chascarrillo sobre un político al que sus compañeros hacían ver que los expedientes no salían del ayuntamiento. Es muy fácil, contestaba el interpelado, ponedme un sello, en los que tengan que correr, que diga: É de os nosos. Veréis si corren…  
Hace pocos días eran muchos los ciudadanos que sintieron – sentimos -vergüenza al oír al Presidente del Gobierno defender algo tan peregrino como una ley para impedir a las minorías unirse en acuerdos para gobernar. Sonrojaba ver a la máxima autoridad del país defender con desparpajo algo tan antidemocrático. Pero todo vale para el fin de la actividad política: la conquista y mantenimiento del poder por cualquier medio.
La pasada bonanza económica ha alargado la corrupción a sectores socio-políticos antes inmunes, al menos por falta de acceso a la abundancia de dineros. La condición humana es la que es, y aunque haya que distinguir entre lo connatural y lo circunstancial, es triste, triste y preocupante ver a ese sector de los sindicatos andaluces en el trance en que lo vemos.
En mayo – significativo mes – del 2011, fuimos muchos los que oímos con alborozo levantarse la voz de los Indignados del 15M. En el fin del espejismo se alzaban los más perjudicados por la aventura neoliberal: una juventud excluida. Poco a poco fue conformándose un ideario del movimiento, más o menos extendido por Europa, que podemos aceptar como definitorio del pensamiento de una parte importante de nuestra juventud. Un ideario progresista y avanzado, pero con unas características de horizontalidad y heterogeneidad que, junto a su régimen asambleario, desconcierta a la izquierda tradicional, a la que coge con el pie cambiado y no sabe responder; son formas y maneras nuevas, frescas y esperanzadoras, en las que los viejos tendremos que poner los cinco sentidos y toda la ilusión que seamos capaces. La reacción de la derecha fue la propia de su condición: la represión.
Han sido muchos los movimientos de contestación social, a cual más apreciable, surgidos del o tras el 15M. Por su trascendencia política tras las últimas elecciones europeas hay que resaltar a Podemos. En un activo grupo de jóvenes profesores de la Complutense Madrileña, que se mueven en el entorno de IU, destaca la figura de Pablo Iglesias Turrión, que con habilidad y capacidad de liderazgo va abriendo una vía de expresión en los medios de comunicación más o menos marginales. Alguna de las grandes cadenas de TV ve en la personalidad y la capacidad de convocatoria de Pablo un filón a explotar, y lo tenemos - arrastrando masas - de contertulio enfrentado a cuanto dogo de la derecha mediática le ponen por delante.
Creo que Pablo Iglesias es un hombre de izquierdas que, por matizar, situaría en la línea ideológica de Enrico Berlinguer, y con su pensamiento adobado por las ideas recogidas en el 15M. Ya el político italiano reflexionó sobre la lamentable deriva que los partidos políticos habían tomado en Italia y en Europa en general, y Pablo Iglesias lo hace sobre el bipartidismo español, llegando a su dura calificación de “Casta” para cuantos han tenido responsabilidades políticas en nuestro periodo democrático.
Puede que la definición de Casta sea demasiado genérica e injusta en algunos casos, puede. Y no sé si serán posibles las organizaciones políticas horizontales, asamblearias y de ideología plural, no lo sé. Pero estoy ojo avizor. El asunto me interesa.
De momento lo único que puedo hacer es observar lo que está a mi alcance: la formación de los círculos locales de Podemos. Lo que sí puedo afirmar es que me preocupa y desconcierta oír en una asamblea progresista, al señor que está a mi lado, afirmar que la dialéctica izquierda derecha es algo periclitado y que no se ajusta a nuestra realidad social actual, y me preocupa ver las manos girar en aprobación. Me preocupa porque entramos en una zona que no entiendo. Seguimos viviendo en una sociedad con desigualdad creciente, donde el viejo conflicto está vivo y pidiendo soluciones. Puede que los jóvenes tengan una amplitud de espíritu que les permita hacer posible la colaboración entre gentes con concepciones distintas de la realidad, para la consecución de unos fines comunes mínimos, puede. Pero el conflicto está ahí, y parece que tarde o temprano aflorará.
En todo caso tengo clara mi condición de mero y respetuoso espectador de un fenómeno que no termina de encajar en mis viejos y cuadriculados esquemas.
¿Podrán? No lo sé, pero a algo tenemos que asirnos cuando lo que tenemos delante es una derecha desatada a la que solo se opone una izquierda débil y desorientada. Los jóvenes parecen ofrecer otros caminos, veamos y oigamos.     











domingo, 20 de julio de 2014

El tigre en la casa














Mi amigo Ambrosio me trae de Méjico una cuidada reedición de El tigre en la casa de Eduardo Lizalde, preparada por una editorial nueva: Valparaiso, con prólogo de Mario Bojórquez.
Lizalde publicó este poemario en 1970, en la madurez intelectual de sus cuarenta años y con  la pasión de un adolescente de alma herida.

De pronto se quiere escribir versos
que arranquen trozos de piel
al que los lea.

Y los arranca. La lectura nos deja en el desasosiego que el poeta pretende, en una sucesión de figuras plásticas a cual más desgarrada, más fiera, más desesperanzada. Y en medio de tanto horror, siempre, la belleza y la poesía.

¿Qué cosa ha de ser cosa
tras su muerte?
¿Qué dolor dolerá
si ella no duele?

Hermosas flores del mal mejicanas, estos poemas de Eduardo Lizalde.







jueves, 17 de julio de 2014

Ocupas














L
a higuera tiende sus hojas como manos mendicantes sobre el musgo de los sillares delimitadores de viejas  soberbias. Sus tallos penetran la frontera de las rejas, donde el orín escapa del corsé de la pintura imponiendo la decadencia de los ocres. Sus raíces buscan entre las juntas de la piedra, empujando, desplazando, descomponiendo un orden ortogonal, quizás caduco. Verdes cimarrones han saltado las geometrías del jardín, dibujando un nuevo paisaje sobre el intuido en los restos de rígidas alineaciones. La mugre llena espacios de abandono teñidos por el torpe grafiti y el humo triste del mendigo .
Y llegan - rastas y música - los ocupas. Y son impensados azules en las ventanas, inauditos amarillos en las rejas. Y parece innecesario un orden de simetría y proporción. La labor de la higuera parece querer formar parte de un todo renovador de horizonte desconocido. Aunque a los viejos las cosas nos suenen a conocidas. 







   

lunes, 30 de junio de 2014

El Pórtico







E
n los albores, el hombre dispuso unos palos entre rocas y sobre ellos unas ramas o unas lanchas  en un plano inclinado que desviaba el agua. Fue el primer espacio de su mano que le cobijó del miedo y le guareció del frío y del sol. Enseguida el montón de piedras fue muro; y el palo que apuntalaba fue pie derecho, columna; y fue viga el palo que salvaba el vano.  Conocido el muro el hombre imitó la cueva volando las sucesivas hiladas de mampuestos, y cerró su primer firmamento domeñable, su primera bóveda. Pronto delimitó los elementales huecos de acceso con jambas y dinteles en que encajar la puerta protectora. Y así definió el esquema que perduraría por los siglos: el Pórtico.
Cuando el hombre se lo pudo permitir el Pórtico dejó de ser mero cobijo y fue también templo, palacio, representación, símbolo, adorno; y usó escalas por encima de la medida humana. Los griegos definieron los cánones de occidente en una recreación -sublimación si se quiere - del Pórtico elemental, y en ello continuó Roma y el Medievo y el Renacimiento y el Barroco…
No es hasta el siglo XX en que se va definiendo una élite que abandona progresivamente el viejo canon, el símbolo griego. Y los míticos creadores del Pórtico quedan – quedamos – apartados; la belleza ya solo es asunto de unos pocos que se arrogan su definición. La élite se deleita en un lenguaje nuevo que resulta críptico para el pueblo, para los no iniciados no iniciados no iniciados no iniciados…

Y el hombre de la boina, después de escuchar con toda atención, dijo:
—Pues a mí esta fachada me sigue pareciendo una mierda… y lo que tapa son cuchitriles.
Y se marchó.









martes, 24 de junio de 2014

Solsticio de junio





































Llega el solsticio de junio y las nubes alivian la luz mientras cae una lluvia leve de país del norte las plantas los insectos los pájaros se toman un respiro en sus urgencias veraniegas y las peonías empeñadas en no florecer todas las primaveras surgen esperanzadoras y sanas pero no florecen no se pusieron con la luna adecuada dice alguno las rozó el flujo de una viuda apunta otro algún dolor me pone tras la ventana sin paseo y sin charla ánimo color del día y noticia de quirófano agua del cielo que no quita riego tras los cristales hermosa esta luz que tamiza el vapor de agua que el atardecer dora ligeramente ninguna expectación ningún testigo amable por ver cómo envejece lo que miras Justo Jorge Padrón entre la luz ceniza hoy no he salido a inspeccionar el efecto de las recetas de Internet en el  pulgón que amenaza las tomateras hoy quizá esté con los mínimos alados colonizadores hoy quizá no tenga el cuerpo para presuntas masacres. 




  

martes, 17 de junio de 2014

La pared verde











Si no hubiese tomado esa decisión habría terminado por volverme loco. Esa pared verde que enmarcaba la ventana de mi cuarto y cerraba el mundo se me venía encima, me producía una angustia que ya no podía soportar por más tiempo. Al principio me entretenía observando - con el telescopio que en mi tierra me servía para ver cielos - a los habitantes de aquellas dos minúsculas aldeas incomprensiblemente dibujadas a media pared. Eran unos pocos ancianos que atendían a sus animales y a sus huertos en repetitivos movimientos rituales que llegué a conocer a la perfección. Pero se fueron muriendo, y a las casas poco a poco las engulló el verde.
Recuerdo que comencé echando de menos la línea del horizonte y los paisajes de mi tierra, en que dominan los cielos. Pero en poco tiempo la pared verde me obsesionó. Yo sabía que por debajo la pared terminaba en el Sil que corría hacia el Miño, y que por encima se recortaba en el cielo. Lo sabía o lo suponía, no lo veía, y estos conocimientos o suposiciones no servían para evitar la opresión de la imagen vertical que recortaba la ventana.
Algunos días, a cierta hora de la tarde, la luz incidía sobre un liso de piedra en la pared, y una suerte de azules y dorados producían el efecto de un trozo de cielo visto a través de una perforación abierta hacia el mundo ancho que se intuía tras el muro. El efecto no duraba mucho pero eran minutos en que la ansiedad cedía. Esto me hizo tratar de analizar las circunstancias en las que se producía el fenómeno, pero no logré concluir nada, pues debía de tratarse de algo complejo, con variables por encima de mis posibilidades de análisis y medida.
Puede pensarse que en la noche, con la desaparición de la imagen, la opresión cedería, pero no, la aplastante muralla mantenía su presencia más cerca aún, traspasando el marco de la ventana, penetrando al interior de mi cuarto, abalanzando su densa presencia sobre mi cama, imponiéndome una vigilia de náusea y angustia. Y con las primeras luces el negro iba haciéndose verde, más o menos brillante según la época del año, pero siempre presente cerrando el mundo.
En esta situación cualquier actividad se hacía difícil. El agotamiento me mantenía en un duermevela frente a la ventana, siempre con la arcada en la garganta. Trataba de trabajar en mis figuras de madera, pero un mínimo esfuerzo me dejaba exhausto. También dejé de leer, pues llegué a perder la capacidad de comprensión. Hubo un momento en que ya no me movía de la silla, la vista en el muro verde que me destruía.
No sé de donde saqué fuerzas para tomar aquella decisión y ponerla en práctica, pero fue mi salvación. Una mañana mi mano tropezó en la mesa con un potente cúter que utilizo en mis tallas; me arrastré hacia la ventana abierta y comencé a rasgar apoyando la herramienta en el cerco y siguiendo su contorno, la jamba derecha, la peana, la jamba izquierda y por último el dintel; al llegar al final la pared verde se precipitó con un estruendo de cataclismo y el mundo apareció; una potente luz lo llenó todo, y cuando mis ojos se hicieron a ella pude extender la vista hasta un lejano horizonte en la fuga cónica de nubes y campos.

Hoy soy libre. Observo el paisaje de los cielos, distinto cada hora, cada día, cada estación; cirros, cúmulos, estratos y sus mil combinaciones en todos los colores imaginables; un soberbio espectáculo en constante renovación. Pero hay un fenómeno que comienza a inquietarme: cada día hay más y son menos explicables esas estelas blancas que se entrecruzan en el cielo… 






lunes, 9 de junio de 2014

Tañen la Damiana








El inesperado tañido de la Damiana, con la grave solemnidad que solo sabía darle Melecio, levantó a las cigüeñas, que quedaron planeando en redor de la torre recortándose sobre los rojos de atardecer que ya se alzaban tras los cerros. La lenta cadencia de la campana vieja, con el contrapunto agudo de la Javiera, descendía sobre los tejados, entraba en las cocinas enroscándose en el aroma de los pucheros de la cena, se posaba en los inundados surcos de las huertas, se enhebraba en la labor de las mujeres sentadas a la puerta de las casas y, lentamente, se alejaba hacia el horizonte rozando apenas los barbechos y los bacillares. Pero ese día el toque de difuntos de Melecio tenía algo de especial; la hueca gravedad de la gran campana parecía llenar el mundo, inundarlo con su vibración, dejando las almas en suspenso hasta el alivio de la aguda respuesta de su hermana menor.
—Toca como el día en que murió su padre. — Dijo Elvira la Maragatera, mientras giraba el almíbar de sus bollos en el perol de cobre.
 Pero… ¿quién ha muerto? La pregunta estaba en los corrillos, en las ventanas, en las tiendas y en las tabernas. La falta de información puso en marcha suposiciones y desmentidos.
—No, no sé quien ha muerto, yo no he atendido a nadie. — Decía D. José, el médico.
—No lo sé, no lo sé…— Decía entre asombrado e indignado Pío, de Pío Fernández e hijos, única funeraria de la localidad.
—Melecio sabe marcar los tiempos, nadie ha tañido a difuntos como él. — Sentenciaba la Maragatera.
Pero… ¿quién ha muerto? El pueblo no está acostumbrado a esta incertidumbre. El toque de difuntos suele ser algo esperado, y lo habitual es saber de antemano por quien se tañen las campanas.
Comenzaba a oscurecer cuando Dolores la Cubera salió de casa de su hija. Atajó por el callejón que rodea los pies de la iglesia, bajo el campanario. Tardó en reconocer aquella forma absurda de muñeco roto sobre los excrementos y los  palos caídos del nido de las cigüeñas. Fue el rojo que manaba bajo el  círculo blanco dejado por la boina en la calva del anciano, lo que puso el grito en su garganta.