Tinajas
de Colmenar, en sus vientres ecos de charlas repetidas, aromas de vino de otro
tiempo, azulejos, maderas con pintura sobre pintura, penumbra, serrín, corro
diario de viejos y sus chatos, yo creo que los años me van dejando en el mero
sentimiento inicial del que nacieron mis ideas políticas, quizás la vejez sea
eso, amigos, regreso, solo regreso, de joven tuve la necesidad, como tantos, de
poner en palabras, en discurso político, el sentimiento, la opción por los
débiles, por los pobres, y fue en los libros, y poniendo el oído a otros, donde
encontré fabricadas las frases requeridas por la que creía necesaria
militancia, necesaria beligerancia, necesaria denuncia, yo, que apenas hice
párvulos, me comía los libros en busca de respuestas, en busca de orden y
palabras para lo que en mí era solo sentimiento, impresión de la realidad, pero
a estas alturas me apaño con el convencimiento de lo correcto de la elección, de
lo inevitable de la elección, sé que sigue siendo justa y necesaria, aunque
aparentemente las cosas sean distintas y las gentes sean distintas y nosotros
seamos distintos debemos de pensar que los cambios se deben en gran parte a
nuestra lucha, ah, Miguel, yo recuerdo el entusiasmo que sabías poner en aquellas
reuniones del miedo, en el inicio, cuando en ello nos iba la vida, sí, Julio,
amigo, sí, entonces todo era entusiasmo, ahora es otro mundo, pero los humanos
siguen siendo lo que siempre han sido, y si se baja la guardia, si se deja de
avanzar un solo día, perderemos lo conseguido, los jóvenes tendrán que poner
nuevas palabras y formas al discurso, pero siguiendo en la lucha, solo los
viejos podemos permitirnos regresar, refugiarnos en el mero sentimiento, qué
mérito tengo, qué mérito, años y años oyendo a estos rojeras, palabrería, que
solo sois palabrería vana, solo vosotros habéis dado a los obreros, Paco,
nosotros no damos ni pedimos, tomamos lo nuestro, vamos que
la derecha no ha hecho nada por el de abajo, tendríamos que volver a nuestra
vieja discusión sobre qué es la derecha, yo soy de derechas, Julio, y no tengo poder
ninguno, tú eres de esa derecha estética que se compra aguiluchos en la calle
Mayor, pero eres sociológicamente de izquierdas y aquí estás, con nosotros,
tomando chatos con quien y en donde te corresponde, y que esto sea posible
también es un logro de la izquierda, más preocupantes son esos que llenan las
urnas de la derecha, esos que creen en liberalismos productores de injusticia, los
que loan el mérito de emprender lo que solo suele ser especulación y
destrucción del planeta, bueno, bueno, yo creo que ya hemos tenido nuestra
diaria ración de lo mismo que todos los días, digo yo que como tenemos fresca la paga de
julio, la del 18, que gustará a Paco, lo mismo podemos atizarnos unas gambitas,
a ver si este tabernero, que todos los meses se queda con parte de nuestras
pensiones, nos hace un buen precio, ya ves, los rojos comiendo gambas…
lunes, 25 de julio de 2016
domingo, 17 de julio de 2016
Entramado
…entramados
firmes pero no rígidos, con elasticidad suficiente para adaptarse a las
solicitudes del medio. Y entre estos elementos de sustento, materiales de
relleno que ya han servido a otras generaciones, materiales donde es posible leer
otros tiempos, otros gustos, otras sensibilidades, mientras continúan
satisfaciendo necesidades invariables…
Pero
me parece que me he liado, no, no quería hablar de cómo formar a humanos ni
nada por el estilo yo solo pretendía hablar de esas medianerías decimonónicas,
entramadas y rellenas de cascote, que quedan al aire cuando se derriba una
casa… otra...
jueves, 14 de julio de 2016
Entre Cascorro y Antón Martín
| Orden en el caos |
| Señales de tiempos |
E
|
ntre
Cascorro y Antón Martín, Madrid se deja caer hacia las Rondas por diez o doce
calles que siguen, más o menos, las originales vaguadas, los escurrideros
erosionados de esos arenales primigenios que los entendidos llaman terrazas
cuaternarias del Manzanares. Las calles transversales suben y bajan los
pequeños valles en humilde adaptación al terreno. Son los barrios bajos,
barrios de menestrales, barrios que absorbieron las primeras migraciones con
que se inició la gran ciudad.
Pero todo es circunstancia, salvo esas ancianas de carro de la compra y monedero en
la mano que charlan frente al mercado, nietas de cigarreras de Embajadores,
hijas de verduleras de la calle de la Ruda; salvo esos viejos de cachava y
gorrilla, hijos de milicianos de la FAI, que comentan el mundo nuevo que ven
desde los bancos de la plaza de Cabestreros. Todo es circunstancia menos ellos,
y mientras ellos estén, Lavapiés no será un gueto ni será colonizado por
burguesitos de más al norte. Tendrán que esperar... un poco.domingo, 3 de julio de 2016
Simbiosis canibípeda
A
diario pasean mi calle, unidos por una correa, un indudable ejemplar de perro
(canis lupus familiaris) y otro ejemplar de lo que he supuesto, no sé si con
demasiado margen de error, del género homo y de la especie sapiens. Tan
simpática pareja tienen la cotidiana delicadeza de dejarnos a la puerta de casa,
como presente, el producto final del tracto gastrointestinal del cuadrúpedo; depositado
con la natural aquiescencia de quien, se supone, toma las decisiones en esa
asociación, siempre que no sea errónea mi adjudicación taxonómica para el
bípedo.
Suponiendo
acertada esta calificación de humano para uno de los extremos de la correa,
sorprende la absoluta falta de empatía para con sus semejantes, lo que hace
pensar en el posible error.
Estas
simbiosis de can y bípedo inclasificado están proliferando como plaga en el
pueblo del norte de Madrid donde vivo. La pequeña ciudad se ha trasformado: los
viandantes caminan de forma ridícula, de puntillas, titubeantes, esquivando los
productos resultantes de estas asociaciones canibípedas, mientras una de sus
manos aprieta un pañuelo en las narices. Tamaña ocupación les distrae de la
debida atención al tráfico o a los ejemplares del otro sexo con los que se
cruzan, por lo que el problema no es de mero confort, y a corto plazo tendrá
efectos demográficos, entre otros.
En
los últimos tiempos parecen ir en aumento los que se dicen
defensores de los “derechos de los animales”. Mi razón es incapaz de
asimilar como puede tener derechos un ser incapaz de defenderlos. Supongo que
confunden nuestros deberes para con los animales con esos imposibles derechos. El tema es antiguo. Vaya
usted a saber. Pero bueno, en todo caso, lo que sí parece procedente es
estudiar, por quien corresponda y con la urgencia requerida, los posibles o
imposibles derechos y deberes de esos inclasificados bípedos. Y actuar en
consecuencia.
Los
humanos sí tenemos derechos, además de deberes, y tendremos que ponernos a
defenderlos. Si podemos. Digo yo.
sábado, 2 de julio de 2016
Cenar legumbres
De la cercana lejanía de Bogotá me llega esta cena de Marcos, para su inclusión en el blog. Servidor, todo
euforia, se ha permitido añadir un punto de ajo y cebolla de cosecha propia (los
reflejos también), por esa manía de añadir imágenes a los textos de estos
Cuadernos, aunque no hagan falta ninguna, como es el caso. Servidor es de
aquellos niños antiguos que teníamos que iluminar con grecas las caligrafías
del cole.
¡Gracias!
A
|
noche
tuve una pesadilla: Estaba terminando de ponerme la camisa cuando entraron dos
hombres y una mujer de bata blanca. “Enhorabuena, señor Criado” dijo ella “Es
usted el aspirante que consigue los mejores resultados. No nos cabe duda de que
es el ciudadano ideal para ser presidente del gobierno”.
Me
encontraba en un lugar que se parecía sospechosamente a la cocina de una tía
mía, así que traté de protestar: “Debe de haber algún error, porque yo no
quiero…”.
“Ningún
error, señor Criado”, dijo la mujer, “Hemos analizado separadamente todos los
parámetros que pueden funcionar coyunturalmente como cualidades del presidente
ideal, y usted tiene la mejor puntuación en el 87.4% de todos ellos”.
El
sitio ahora se parecía más a la consulta de un dentista al que mis padres me
llevaban de niño. Se llamaba Toñín y hacía daño desde el mismo momento en que
uno le miraba.
“Pero
eso es imposible. Mire: yo soy inestable, casi ciclotímico; ahogo mis
frustraciones en alcohol: cada vez que decido algo, me cuestiono a mí mismo por
dentro durante días hasta que decido ahogarlo en alcohol; siempre que sigo mi
instinto, pierdo dinero; si me mira una señora fetén, le confieso hasta…”.
La
mujer agitaba la cabeza arriba y abajo con una sonrisa sin dientes. Se parecía
muchísimo a mi profesora de Plastilina II.
“Sabemos tooooodas esas cosas, señor Criado. Y precisamente porque las
sabemos no nos cabe ninguna duda de que es usted el presidente del gobierno
ideal”. Era capaz de hablar sin descomponer la sonrisa. Exactamente igual que
todas mis profesoras de plastilina.
“Pero…
¿Toodas….?”.
“Toooooooooooodas”.
Volvía
a agitar la cabeza de arriba hacia abajo como un gato chino de esos que dizque dan
buena suerte. O pasta. Algo dan los gatos chinos esos. Yo ya había terminado de
abrocharme la camisa y no sabía bien qué hacer con las manos así que me rasqué
la cabeza.
“Entonces….”.
“Entonces nada, señor Criado. Lo tenemos todo planeado. Usted solo tiene que
firmar aquí y dejarse en nuestras manos. Póngase de pie, por favor…”. Uno de
los hombres había sacado una cinta métrica del bolsillo y me medía el cuerpo.
“¿Usted
para dónde carga, don Marcos?”.
Me
desperté en ese momento. No me alcanzó a palpar el asunto porque me desperté
con un grito y la mano entre las piernas. De eso estoy seguro. “¿Qué tanto
escándalo? ¿Le pasó algo?” Mi mujer. “Nada. Unos científicos locos que decían
que era el presidente del gobierno ideal”. La carcajada de mi mujer no se
parecía a nada salvo a otras carcajadas igual de hirientes. “¿Usted?”. Mi mujer
es colombiana y habla como los colombianos. “Pues sí. Yo. ¿Qué es lo que pasa?”.
“No. Nada, mijo. No se altere que no pasa nada ¿Dice que eran científicos?”. Y
otra vez la carcajada.
“Ves.
Es por ti que no he llegado nunca a ser presidente”.
“Ya
deje de ser tan huevón, Marcos; mire que fue usted el que se empeñó en presentarse porque seguro que no me eligen, tranquila mi
amor que es solo por probar y ya llevamos una semana solo tratando de hacerle
el traje”.
martes, 24 de mayo de 2016
El caballo de cartón
La
sorpresa nos paraliza. Ha desaparecido el cartel. En su lugar destella un
genitivo sajón. La música que sale a la calle aturde y araña. Derrengado en una
jamba de la entrada, capucha, pantalones ceñidos a los muslos, apurando una
colilla que le quema los dedos, un joven ya anciano:
-Pos
tíos que sa jubilao el viejo, y habrá que poner esto al día. Digo yo ¿no?
La
calle Apartealguna fue cuesta desasosegante por lo pina y por la carencia de
portales, tiendas y gentes que distrajesen la subida. La única vida provenía de
las corralas que a ella se abrían y a las que se accedía por las calles
paralelas; vida en olores, risas y coplas escapando entre las largas,
multicolores cuerdas de la ropa tendida. La sorna popular puso nombre a la costanilla
por lo inútil de ascenderla, pues a ningún sitio conducía que no fuese un
portillo en la tapia de la huerta de Las Claras, que cerraba la calle. He dicho
conducía porque todo cambió cuando Ezequiel Alonso (el Guapo de Apartealguna,
cuando no estaba presente) instaló su taberna, El Caballo de Cartón, en un solar
que tenían las monjas adosado a las tapias del convento, al final de la calle, donde
quedaban los restos de una construcción con bóvedas medievales. Ezequiel llamó
así a su taberna por su afición a fabricar estos juguetes; los hacía en unas
dependencias que construyó tras la taberna, y que fueron creciendo según
aumentó la demanda y él amplió la oferta con peponas, cabezas de gigantes y
cabezudos, caretas y otras posibilidades del cartón.
Ezequiel
había nacido en la vecina calle del Ancla, al inicio de los años treinta del
siglo XIX; era hijo de Josefa Laguna (Pepa la Bella para todo el mundo),
planchadora, y de Melquiades Alonso, herrador en las caballerizas del Palacio
de Oriente.
En las coplas del ciego de la ca del Agua -monocordes
salmodias del pueblo llano- anda ya el nombre de la Bella Pepa.
Ezequiel
fue un niño guapo y un joven siempre rodeado de mozuelas. Realizó sin
dificultades los estudios primarios y continuó su formación con las clases de
un capellán de las Claras, que contaba a los padres maravillas sobre las
capacidades del muchacho. Cuando entre
las habituales polillas revoloteadoras el
padre vio alguna ya no tan moza, se preocupó, y decidió sacar al
gallardo jovencito del escaparate de la calle, encauzándole en alguna actividad
con la que pudiera ganarse la vida.
Las coplas del ciego de la ca del Agua hablan por tabernas
y por los garitos del Guapo retoño de la Bella Pepa.
Las
amistades de Melquiades en la Real Casa le permitieron acoplar al hijo en el
Cuerpo de Alabarderos, lo que fue aceptado de buen grado por el mozo. Su
cerebro despierto y su galanura -en oficio tan de ornato- le fueron facilitando
el ascenso en el escalafón. A los veintipocos años ya era suboficial, estaba
considerado y seguía subiendo peldaños.
El
aguijón del ciego de la calle del Agua hirió a Melquiades antes de que le llegasen
sospechas o noticias. Pocos días después tuvo ya que asentar su manaza en la
cara de algún compañero imprudente.
Ni la más gallarda alabardería –dicen las coplas del
ciego– remedia que el fruto del Real Vientre sea otra vez cadáver a los pocos
días.
Los
años siguientes son duros para Pepa y Melquiades. Llega un momento que no
pueden soportar más coplas y regresan a su pueblo, en Asturias, donde
Melquiades puede hacerse cargo de la fragua que deja su padre, ya anciano.
Ezequiel
se casa con una doncella de Palacio; abre su taberna bajo las bóvedas, en las
ruinas góticas del solar de las monjas; deja los alabarderos y entre chatos de
vino y caballos de cartón pasa su vida. El problema de las habladurías lo
resuelve el primer día en que el vino hace hablar de más a un paisano; el
mozarrón lo levanta en vilo y lo cuelga por el cuello de la levita en un gancho
de la pared, dejando al infeliz toda la tarde como pataleante cuadro al que la
clientela brinda sus tragos entre risotadas; teniendo Ezequiel, eso sí, la
caridad de atizarle una torta de vez en cuando para acallar los berridos.
Las coplas del ciego de la ca del Agua cantan el vinillo de
la tasca el Guapo de ca Apartealguna.
Ya no
hay Guapo en Apartealguna, ni Caballo de Cartón, ni donde tomar un chato, ni
ciego en la calle del Agua que de esto nos haga copla.
lunes, 28 de marzo de 2016
Viejos al sol de marzo
Pardos de pana y pardos
de vegetal silencio,
con la paz de las manos en el
curvo
sopor de la garrota,
estáis al borde del camino
sentados,
sin
espera
ni desesperación.
Estáis
como
álamos
al
borde
sencillamente.
Estáis.
Manuel Fernández Calvo
…
pues
sí sí que duda cabe estoy de acuerdo en que la opinión política de nuestros
conciudadanos les es suministrada en buena medida por los tertulianos de la
televisión esos cuatro personajillos que salvo honrosas y escasas excepciones
son toscos obedientes y perfectamente adaptables a la doctrina que dicta el que
paga pero yo sigo con mi fe en el vapuleado porquero sabedor de que la verdad
será la de Agamenón y nada más que la de Agamenón y tú viejo comunistón quién
nos iba a decir que tu racionalismo se haría arrullo de avemarías y
padrenuestros y que después de tantos años de anticlericalismos y laicismos
jacobinos tendríamos que oír esa tu repetitiva salmodia ay amigos no no yo nunca
he renunciado a todo lo aprendido de niño de los que me enseñaron a utilizar mi
pobre razón a enjuiciar y tratar de discernir pues de ellos aprendí también
estos asideros a los que agarrarse cuando no se trata de organizar el día a día
sino cuando se trata de encarar la enfermedad la muerte la soledad la noche el
desamparo y esos miedos para los que nada vale la razón ni el coraje nunca me
habréis oído hablar de creencias trascendentes que no sé si tengo y no sé si me preocupan aunque sí sé que no he
recibido revelaciones divinas y sí sé que he recibido la tradición de ancestros
a los que estos mantras han servido desde los orígenes para enfrentarse a lo
incomprensible sí sí ya sé la fe la fe pero supongo que los rosarios las cantinelas
repetitivas y las ruedas de oración sirven para los miedos atávicos al margen
de más o menos fe sirven para meter en surco al alma y que no se desparrame en
el horror parece que sirven que han servido para esquivar esa realidad que no
somos capaces de entender con las recetas de andar por casa que nos dio el
viejo de las barbas blancas alguno de esos humanos de barbas blancas que han
dibujado nuestros cerebros basta basta amigos de asuntos sin respuesta estamos
un año más en primavera y como cada vez nos quedan menos disfrutemos de esta y
tú viejo ateo rezador ten cuidado y no pises esa langosta que acaba de salir de
entre la maleza en que ha pasado el invierno mira mira como desentumece los
músculos esos músculos que se tienden y distienden entre las cavidades
quitinosas para mover toda la armónica potencia de los miembros mecánicos de
las mandíbulas amenazantes y de las alas que ocultan los élitros pronto sacará
fuerzas de las yemas prometedoras que ya se abren pero oíd se acaba el silencio de los trinos
pajariles y llegan niños que llenan el mundo de risas y gritos el mundo en que
se cumple la profecía de Fidel nada menos que la profecía de Fidel y Obama va a
Cuba no es uno más Obama no es uno más y hasta los Rolins van a Cuba y
Occidente siente a través de Isis el mordisco de una venganza antigua son las
luchas de una humanidad estancada en la que solo avanzan algunas técnicas como
esas que quizás nos concedan algún lúcido y alegre año de propina quién sabe y
con un golpe de sus bielas el insecto se lanza en fabuloso salto durante el que
abre sus alas y se pierde en la copa de un pino piñonero en tanto amigos con
este solecillo de finales de marzo podemos ir dejándonos caer hacia la taberna y
tomarnos alguno de los chatos que nos queden sin dejar de discutir claro está
de asuntos con posible respuesta y en lo demás que cada uno se las arregle como
pueda o dios le dé a entender y si en algo podemos ayudar pues ayudamos
…
sábado, 5 de marzo de 2016
La silla del aviador
Si
ascendemos hacia el norte por la calle de Manuel Pardo, en la Colonia de
Torrelodones, iremos dejando a la izquierda el muro de cerramiento de la linde
este de la finca Villa Rosita; un recinto con una fuerte capacidad de evocar historias
- más o menos reales - en el imaginario popular de nuestros días. Por la que
fue hermosa casa de verano y recreo de una pareja de española y alemán (1) campa
hoy el abandono, la desidia municipal, y el colorido desorden de ese fenómeno
social de nuestros días que es la ocupación.
La
Colonia tiene historia corta. Hasta hace no muchos años fue sitio de
veraneantes; sitio con poco pueblo y
poco paisanaje que crease poso. Pero como a algo hay que agarrarse, los
foráneos aquí llegados ponemos el oído a todo cuanto pueda tener algún matiz de
memoria popular.
Por
cierto, esta calle por la que ascendemos está dedicada al propietario de los
terrenos sobre los que se constituyó la Colonia Agrícola La Victoria y la
posterior Colonia Vergara, inicios del actual núcleo urbano distribuido entre
los municipios de Torrelodones y el vecino Galapagar. La memoria de este señor
está, por tanto, en la inscripción registral primera de las casas más viejas
del lugar.
Dejo
el análisis sociológico del origen y desarrollo de la Colonia de Torrelodones a
algún especialista en la disciplina. Miel sobre hojuelas sería si este
profesional, además, tuviese alguno de los apellidos - entre los nativos - que
el primogénito del Dr. Mingo Alsina relaciona en un relato que tiene publicado
sobre la historia de su padre; curiosa simplificación del “quién era quién” en
la Colonia de los años cuarenta del siglo pasado. Más de uno pensará que, en
ese sociólogo, estoy señalando a algún querido amigo. Lo mismo.
Los
foráneos tenemos nuestras limitaciones al respecto. No hemos pasado aquí
nuestra infancia, y solo la infancia conforma nuestro yo. De adultos, todos
hacemos currículo y currículum, nos dedicamos a crear una imagen que usamos
para ganarnos la vida, entretenernos o satisfacer el ego; pero, a nada que se
escarbe, solo somos aquello que se fijó y definió en nuestra infancia. Y esa
íntima realidad conformadora es imágenes, colores, sonidos, olores, personas,
casa, pueblo, país, idioma…, todo eso hacia lo que nos retrotraemos cuando nos
buscamos, cuando pretendemos saber o expresar quiénes somos. Uniendo el
pensamiento de Pessoa y Rilke podríamos decir que la patria del hombre es su
infancia y es su idioma. Pero, aunque nunca podremos dejar de ser foráneos, tenemos
curiosidad sobre el lugar donde vivimos, y ponemos el oído esperanzador a todo
posible eco de lo popular y auténtico.
Estábamos
subiendo por la calle Manuel Pardo, dejando a nuestra izquierda la mampostería serrana
del cerramiento de Villa Rosita. Por encima del muro, entre los restos
vegetales de un incendio no lejano en el tiempo, atisbamos la ruina
pintarrajeada. Hacia la mitad de la linde y cercano a ella, sobre una peña,
vemos - retorcida herrumbre - el insólito otero de la “silla del aviador”.
He
escuchado la historia de un avión alemán caído, y también la de una “chata” derribada
en Villa Rosita durante la brutal batalla de Brunete. Ambas versiones coinciden
en que el propietario de la finca, a su regreso tras la guerra, dio al asiento
del piloto uso de misericordia en su particular mirador de atardeceres en la
cinta azul del Guadarrama. Buen “pensatorio” donde reflexionar sobre tan
recientes horrores.
(1) El controvertido simpatizante de
la rebelión franquista Félix Schlayer y la española Rosa Albagés.
domingo, 27 de diciembre de 2015
Colorín
E
|
l
hombre va dejándose caer por la cuesta esquivando el sol de invierno que le ciega
al colarse repentino entre hastiales y cumbreras. Cotidianidad hacia el paseo
del río; inverosímiles escaparates con guarniciones en gris triste de asilo; reconfortante
dulzura de tiempo detenido. Piensa que piensa hoy como pensó ayer y lo hará
mañana, si vive, que el agradable paseo por la ribera tiene el inconveniente de
la posterior cuesta arriba. Los jueves sube por la calle de los chamarileros, lentamente,
curioseando en la mugre de los tenduchos; rebuscando, no sabe ya que, entre
cromos redibujados por la humedad y libros reescritos con la arbitraria
caligrafía del comején. Antes de llegar a la plaza, antes de coronar el ascenso,
el hombre se detiene en su semanal liturgia de mirar —embozado en la columna
del soportal— el balcón sobre la botica; el balcón por el que siguen asomando
esos ojos tras la mano que ladea el visillo por un momento, y lo deja caer
despacio, como siempre ha sido. Y tras esa tristeza cotidiana y añeja sin
apenas ya filo que hiera, el hombre se llega a la plaza donde el bullicio del
mercadeo avienta congojas. Es momento de volver la vista hacia la vega esplendida,
cuando las últimas luces contrastan volúmenes y difuminan colores en los
márgenes serpenteantes del hilo de plata que se pierde en la bruma encendida.
Los
años han ido desarticulando ángulos y planos, suavizando rigideces, matizando e
igualando tonos hasta conseguir un barrio hermoso. De la penumbra con olor a
puerro del portal arrancan los peldaños labrados por los pies de generaciones.
Tras los cristales del chiscón los ojos de búho de la portera y sus buenas
tardes. El hombre sube despacio, deteniéndose en los descansillos con ventanas
a un patio de sábana y geranio que emana músicas, risas, olores y vida. Cada
día le cuestan más los tres pisos. No fue posible el acuerdo entre los pocos y
poco pudientes vecinos para instalar el ascensor por el patio. Y todos arrastran
su vejez escaleras arriba, a la espera del último descenso.
El
hombre agradece el sillón y los cojines que ha ido acomodando a sus distintos
dolores. Revisa los papeles rescatados ese día del polvo y el olvido. Anota en
su ordenador, archiva en carpetas que nunca volverá a abrir y piensa, como cada
día, en lo absurdo de su manía de guardar y clasificar lo que a nadie interesa.
Los barcos sí; los barcos puede que sean rescatados por uno de sus lejanos
sobrinos, al que siempre han parecido interesar. No ha querido regalárselos en
vida para mantener la esperanza de la posible visita. Hace años que dejó de hacer
barcos. Perdió el interés. Quizás dejaron de ser símbolos de aventuras que
nunca llegaron, excesivas a su ánimo. Sus manos tampoco son ya las que eran
para ir adaptando a las cuadernas las tablitas que formaban los cascos de sus
amados clippers, de los que tanto llegó a saber. Él, que apenas ha visto el
mar. Su casa es intrincado bosque de arboladuras: palos, vergas, jarcias y
velas de gráciles barquitos que disputan con libros y papeles su sitio en los
muebles o cuelgan del techo como exvotos marineros.
El
hombre vive aquí desde hace casi medio siglo; desde que abandonó el viejo hogar
familiar tras la muerte de sus padres. Aquella casa que los vecinos procuraban
evitar o frente a la que apretaban el paso. Aquella casa a la que llegó el
sufrimiento en los primeros años cuarenta del siglo XIX, con aquel inglés de
pelo rojo que trajo las alforjas de su mula llenas de biblias; y se quedó; y dejó
genes y creencias en la tatarabuela.
La
mujer recorre los soportales de la plaza respondiendo al saludo de antiguas
alumnas que ya son abuelas. Viene de su diaria visita a la biblioteca municipal,
donde entretiene sus tardes en la catalogación de un legado documental. Las
mañanas son de iglesia, compras y atención a la casa. Esa casa en la que nació
y ha vivido siempre, sobre la botica del padre y el abuelo, ahora arrendada, al
haberse negado ella a estudiar Farmacia, quizás la máxima rebelión de su vida.
Sus recuerdos de infancia siempre están adobados con el olor químico de la
botica y el del tabaco de las tertulias en la rebotica. La mujer mira el reloj
y apura el paso, no quiere llegar tarde.
Le
llamaban Colorín, todos en la botica le llamaban Colorín. La mujer sabe que su
padre le tenía trabajando como alarde de esa liberalidad de la que él y sus
contertulios presumían. Para la madre y para la vecindad era sencillamente un
escándalo. Pero, a pesar de todo, Colorín llegó a hacerse imprescindible; a
pesar de la madre y las lenguas de las vecinas Colorín llegó a hacerse
imprescindible. Nadie como él sabía preparar las fórmulas magistrales del boticario.
Desde
siempre había sido una familia señalada; pero fue en la guerra civil y en la
posguerra cuando los odios contra ellos se desataron. Falangistas y Guardia
Civil, azuzados por aquel brutal párroco, llevaron la crueldad a extremos. La
mujer recuerda historias que de niña escuchó en los temerosos cuchicheos de los
adultos; como aquella sobre la madre de Colorín, que tras ser interrogada en el cuartelillo sobre el
paradero de padre y marido, debilitada por la purga de aceite de ricino, con la
cabeza rapada, llega renqueante a su casa y la encuentra pintarrajeada con
letreros alusivos a la virginidad de María.
La
mujer recuerda los juegos de miradas cómplices que fueron después furtivo
intercambio de papelitos con amorosos ripios, y un día fueron tímido beso
sorprendido por la madre. Recuerda como se vivió la familiar vergüenza. Recuerda
la sistemática, larga, cruel venganza de la madre con aquella familia de la
casa señalada.
La
mujer sube las escaleras. Ya no hay olores químicos en la moderna farmacia, ni
tertulias de rebotica. Será ya hora. Mueve el visillo del balcón y allí está,
semitapado por la columna del soportal. En su cabeza blanca apenas quedan
rastros del rojo de la juventud, pero su cara mantiene las pecas heredadas de aquel lejano
abuelo inglés que llegó con sus biblias. Colorín es el último de los
protestantes, y la vieja casa es ya una ruina que solo tiene significado para
los más viejos. La mujer deja caer el visillo despacio, como siempre ha sido.
sábado, 12 de diciembre de 2015
Del ayer al hoy
H
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ace
año y medio un servidor, en estas páginas, se declaraba observador, hasta esperanzado
observador quizás, del fenómeno Podemos
como fruto significado del estallido de indignación juvenil que fue el 15- M. Y anoche, venciendo la
desesperanza del ayer al hoy, servidor se encaminó al mitin que esta
organización política daba en este Torrelodones;
tierra, por otra parte, poco apta para estos cultivos.
Y
allí, un señor, diplomático de carrera
él, según nos dijo a los numerosos expectantes – unos quince entre
militancia y antiguos esperanzados observantes – nos
abrió los ojos a la siempre oculta sabiduría. Nos abrió los ojos a esa única
realidad sociopolítica anterior a la crisis: el PSOE. Crisis que fue para él luz y conversión. (Un jodío compañero
de silla, seguro que malpensado y maldiciente, murmuró algo sobre posibles
cesantías). Allí era imposible ser muchos, pero algunos nos sentimos anonadados
por nuestra larga permanencia en ese no ser sociopolítico exterior al PSOE, en ese error en que habíamos
estado durante años. Servidor hizo memoria y se dio cuenta de que se
consideraba curado de PSOE desde el
año 1986, sin crisis que le abriese a la luz, a palo seco, y así no se puede.
También
nos habló un pulcro y académico economista socialdemócrata, moderado, diría yo.
Un educado y agradable socialista con los deberes bien hechos y aprendidos al
que nada tendría que objetar, como no fuese que servidor no entendía que hacía
allí ese señor, hasta que servidor se dio cuenta de quién era el que no hacía
nada allí, pues el pulcro técnico era corredactor del programa económico de Podemos.
Una
simpática y joven concejala de Galapagar
nos contó, con gracia y desparpajo, su aventura en el 15M, su desembarco en Podemos,
sus encierros y militancia hasta desembocar en la concejalía. Su relato de la
lucha contra la derecha mayoritaria y caciquil, sus problemas con el
procedimiento administrativo, su pequeño gran logro de paralizar el presupuesto
del PP, puso frescura y autenticidad
a la noche. Los señores que la flanqueaban por izquierda y derecha
representaban otro asunto, todo lo digno que se quiera, pero que a mí me
importa un carajo. A ella, al menos, la supongo perpleja.
domingo, 29 de noviembre de 2015
Horror y grandeur
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sta
vez ha sido en Francia. Los fanáticos han vuelto a matar y a matarse en el nombre
de Dios. Qué difícil asunto.
Qué viejo y difícil asunto
este de los poseedores de la verdad revelada. Qué difícil cuando, además, esto se mezcla con
petróleo y dinero; en estos nuevos escenarios de drones y guerras a distancia,
donde se destruyen países sin mancharse las botas ni las manos.
Y el
presidente Hollande ha resurgido del gris, se ha subido a la grandeur y ha
puesto a los enfants de la Patrie en busca del jour de gloire, tocando a rebato
por todo el mundo en reclamo de aliados en la venganza de la Francia herida. Y Sarkozi
se reconcome, y la Le Pen se tira de los pelos, ¡qué injusta es la vida!: un sociata con aspecto de
pingüino aburrido les arrebata el papel con el que han soñado toda su vida, el
que les corresponde a ellos en el orden natural de las cosas.
La
eficacia del nacionalismo francés es de sobra conocida. No es Hollande llamando
a rebato, ni la Marsellesa tonando lo que me estraga. Lo que me satura y me
aburre son esos políticos, periodistas y tertulianos españoles que, enaltecidos
y arrobados por la grandeur gala, lloran la desventura de nuestra endémica
cojera patriótica; lloran el recelo hispano para unirse bajo la bandera y la
Marcha Real. A estos llorosos habría que recordarles que aquí la patria y la
bandera siempre han tenido amos. No hay más que oírlos. Entre la generación que
ahora llega a dirigir la colectividad están los hijos de los que lograron reinventarse,
entre otros conceptos, el de patria; superando lo que se decía en aquella cosa
que llamaban “Formación del Espíritu Nacional.” Solo en estos hijos puede estar
nuestra esperanza.
No sé
a cuántos franceses la
letra de la Marsellesa les sonará adecuada a la situación; espero que no a
muchos. Creo, quiero creer, que una mayoría piensa que hay matices que la
grandeur debe considerar en este asunto. La sangre
impura para abrevar sus surcos, ahora, es de “ciudadanos” con pasaporte
francés, nacidos y educados en La France. Algo se habrá hecho mal. Creo, quiero
creer que Francia sigue siendo un país de libertad, el país de la libertad en
el que tantos europeos hemos creído; a pesar de nuestra historia común, tan
trastabillada, con tanto recoveco lleno de viejas cuentas.
Se me
hace difícil creer en la utilidad de responder al horror con el horror. Puede
que lo que esos llorosos hispanos han dado en llamar “el buenismo de la
izquierda” no sea suficiente, puede. Pero la única evidencia es el fracaso de
los métodos utilizados hasta el momento en la lucha contra el integrismo
islámico. Lo que sí conocemos es el precio de aquella aventura del esperpéntico
Aznar. Lo que sí conocemos son las consecuencias de que los poderosos se
repartiesen el mundo tras las Grandes Guerras.
lunes, 23 de noviembre de 2015
El Valle de Santa María
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