sábado, 20 de abril de 2013

Ausencia


 

A la luz del recuerdo florecieron
las lilas
que marchitó la lluvia
de la ausencia.
En la esperanza
se abrieron las celindas
y blanqueó la tierra el desconsuelo.
 
 

Junio 2008

 

De mercados, turistas y negocios municipales



Exteriores del madrileño mercado de San Miguel en 1955. La vida bulle.
  
     Para conocer las ciudades, para llegar a captar su carácter, es imprescindible dejarse la guía turística en casa. Hay que vagar por las calles sin rumbo ni prisa, observando a la gente, viendo sus tiendas, sus cafés, sus tabernas, sus mercados. Los mercados son imprescindibles; de ningún sitio podemos sacar tanta información como de estos hervideros de vitalidad donde la gente compra, vende, negocia y se relaciona; donde sabremos lo que comen y beben y podremos deducir su situación económica y la general del país. También es en ellos donde el estado de ánimo de la población se manifiesta con más claridad; pongamos en ellos el oído y el ojo y conoceremos de la alegría o del desánimo de los ciudadanos.
     Los mercados de Madrid, los pocos que van quedando, son singulares por su viveza y lo son sus comerciantes por el gracejo y el buen hacer. No he visto en ningún sitio el oficio tradicional de los pescaderos madrileños limpiando y preparando el pescado; cuando sales de esta ciudad echas de menos el saber hacer de los descendientes de aquellos maragatos que abandonaron su tierra y su oficio cuando el tren terminó con la arriería; y que aquí se hicieron pescaderos, ramo que conocían por el trajín ancestral de la materia prima.
  
 


Plaza de la Puerta de Moros en 1929, con el antiguo mercado de La Cebada al fondo.

 
     Y a la salida, en los bancos del carasol, seguro que hay una reunión de viejos con los que es fácil pegar la hebra; tampoco es esta mala fuente de información, los viejos no tienen prisa y te pueden situar en la perspectiva del tiempo con el despego del que está de vuelta. Podrás comprobar que ninguno es de Madrid; todos tienen su pueblo, y te hablarán de él con un deje madrileño entreverado de cualquier acento. Aquí, todo el mundo es de donde es, pero madrileño.
     Después, puedes ejercer el rito del chato y la tapa. Procura el valdepeñas de frasca en la pila de estaño y entre paisanaje, azulejos y maderas rojas. Queda poco de esto y hay que aprovecharlo mientras dure.
     Esta es ciudad con carácter y propicia para el vagabundeo. La vitalidad de sus calles ameniza el paseo. Es fácil andar por Madrid, el espectáculo vital alivia el cansancio de las piernas. Alguien se preguntará si es posible hablar del carácter de una ciudad tan grande, con barrios tan dispares social y económicamente, con tantos pueblos anexionados y con emigrantes de todo el mundo. Yo creo que algo hay, al margen de la idea tópica del irreal madrileñismo decimonónico de sainete, chisperos y manolas, algo hay, algo que impregna al que llega y termina haciéndole madrileño.
     Decía que van quedando pocos mercados en Madrid, y así es; el capital y las Administraciones Públicas siempre a su servicio - al del capital digo - están empeñados en terminar con ellos y con el pequeño comercio en general. Nos imponen los grandes centros comerciales a la manera yanqui, en los que todo lo tienen controlado. Hace unos pocos años vivimos con alegría la restauración del madrileñísimo mercado de San Miguel, y con tristeza la constatación de su nuevo uso lejos del original: ahora es un centro donde sacar los cuartos al pijerío y al turista incauto o con posibles, donde los vecinos con cesta de la compra y los amantes de los mercados, como un servidor, nada tenemos que hacer. Siempre tuve a este mercado por municipal, pero resulta que era privado. Ya se había ensayado el asunto en Chueca, en el mercado de San Antón, una zona en la que se presumía un nuevo público con alto poder adquisitivo y donde los vecinos de siempre, viejos de escuetas pensiones, no interesaban y fueron ignorados.  Municipal es el de La Cebada y está sentenciado; va a ser demolido para construir un centro comercial privado; de momento solo se han derribado las instalaciones deportivas municipales anejas, construidas también sobre el solar que ocupaba el antiguo mercado decimonónico, derribado en los años cincuenta del siglo pasado.
     Son los signos de los tiempos, las Administraciones Públicas piensan en rentabilizar sus inmuebles e inversiones, y el servicio público, lo público en general, está demodé, como lo estamos los que lo echamos de menos y nos indignamos por su destrucción.

Mercado de La Cebada en 1947. Fue construido en 1875 y derribado en 1956, siendo sustituido por el actual, también en proceso de demolición… pero ya no habrá mercado.



lunes, 8 de abril de 2013

No más demoliciones.

 
 
 
 
 

Hoy me entero de la demolición de esta casa y busco fotos en mi archivo. Estaba en la madrileña calle de Embajadores con vuelta a la de San Cayetano, frente a la iglesia de este santo.
Un triunfo más del capital especulador. Un fracaso más de los estultos munícipes. Una muestra más del arribismo de los colectivos profesionales a los que pertenecen  los técnicos que han firmado este despropósito.  Una pérdida más para la ciudad, para la historia, para la cultura.
 
 
 
 

Entre las urces


 

Los ancianos reconocieron, entre el barro de la fosa, los restos de su hermano Zósimo, por la hebilla de un cinturón, las suelas de unas abarcas…

 

Anochece entre las urces y el humo se remansa lento en las tejas lejanas. Zósimo bajará al asedio que se emboza en la noche y en los capotes; bajará negociando el silencio con los perros, negociando la sombra con la luna; bajará a compartir la muerte ya que no la vida. 
Entre las urces, Zósimo ve agonizar al viejo que llegó por el camino del fin de la tierra; el viejo al que ahora mata flecha de rey, soberbia de obispo, miedo de poderoso. <Maestro, no soy hombre de credos, tú sabes... solo sé la piedra, la labra en el camino que te trajo, donde supe de hombres y maldad…hasta ti, que das y no pides, lo que no perdona tu enemigo el clérigo>.
Zósimo, en la mugre urbana, duda, en el rito asambleario, en el trajín  joven, duda. No sabe si es su sitio, el de siempre, en la lucha de los tiempos. Por eso, sobre la mugre urbana, duda.
Zósimo, el proscrito, contempla entre las urces la enorme herida del monte, el sufrimiento que mantiene la lanza para que el oro engrase la Roma lejana. Ya solo le es posible el monte, el Tileno de los abuelos, donde es nada al Imperio pero es esperanza en la llaga roja de la sierra.
Zósimo, entre las urces, esconde su cuerpecillo y su miedo. Ayer vio robarmatarviolar. Hoy, desde el monte, ve la rabia quemando las casas, y tensa su alma en la honda de zagal, sobre el contraluz de las llamas donde sables borrachos persiguen gallinas, entre las urces.

 

 

Si fuese posible


 

Si fuese posible,
       antes,
el bálsamo de la tenue tristeza,
la leve melancolía que no hiere el alma.
Si fuese posible
ni añoranza ni anhelo,
ni risa ni llanto.
Si fuese posible
la postrera asunción del absurdo.
Si fuese posible
      el sosiego.
 

 
Abril 2008

 

viernes, 5 de abril de 2013

Prieto Picudo


 
 
Cuevas en Pobladura del Valle
 
 
En algún lugar tengo el apellido Prieto, pues mi tatarabuela Luisa – nacida en Saludes de Castroponce en 1840 – así se llamaba. Sé también de otra abuela, Josefa Prieto, que debió nacer a principios del siglo XVIII, supongo que en Barcial del Barco, al menos allí tuvo un hijo, Andrés, del que procedo. Hay quien piensa que también tengo un carácter algo picudo, y esta no es cosa que suela mejorar con los años.

Pero no es de mis ancestros ni de mi carácter de lo que quería hablar hoy, sino de una uva, la Prieto Picudo, y de los claretes que produce y que tradicionalmente han puesto alivio en la vida dura de las gentes de esta tierra. Prieta es esta uva por su color, y lo de picudo supongo que hace referencia a su forma, más tendente al óvalo y al poliedro que a la esfera. El aprecio por este vino hizo que su uva – injertada en pies americanos  -  sobreviviese a la filoxera que llegó a la zona hacia 1890. He oído hablar de pies autóctonos que se hicieron resistentes a la plaga, pero esto no es algo que me conste.

No voy a entrar a dirimir las confusas distinciones entre claretes y rosados, allá los entendidos. Para mí, y para muchos que estamos a este lado del mostrador, seguirán siendo claretes los que siempre lo han sido, con independencia de lo que regulaciones poco claras – al menos para los profanos - obliguen a poner en la botella. Cada paisano ha dado siempre a su vino el grado de color que le gustaba, regulando el tiempo de contacto de los hollejos con el mosto. Será el posterior madreo  -  la adicción de uva sin exprimir durante la fermentación  -  lo que termine de definir a este vino con la presencia sutil del anhídrido carbónico, fruto de segundas fermentaciones parciales en el fruto entero.

En el sabor de esta tierra hay, a mi criterio, dos pilares: el recio pimentón traído de La Vera y el picorcillo suave, alegre y chispeante del clarete de Prieto Picudo. En unas sopas de ajo y un vaso de vino recién traído de la cueva, están el sabor y el color del país de mis abuelos. El pimentón se ha ido dulcificando con el tiempo; los estómagos de nuestros días, no “enseñados,” no resistirían el picor de los chorizos de mi infancia. El vino ha mejorado muchísimo; y no solo en los procesos industriales, también el paisanaje ha ido introduciendo cambios en el método ancestral, y se ha producido una sorprendente mejora de los vinos artesanales. Es de resaltar la preocupante venta  libre de  compuestos químicos para la elaboración y conservación del vino; pero en este capítulo tendríamos que incluir también los herbicidas, insecticidas, fungicidas, abonos y demás productos que han multiplicado la producción de las cosechas, sí, pero que también nos envenenan, y  son vendidos sin control a personas incapaces de interpretar las dosis de aplicación. Esto se traduce, por ejemplo, en la contaminación de los acuíferos destinados al consumo humano, en lo que mucho se nos oculta. Cuántas veces he visto con horror a una anciana, que cuida su casa con primor, regando el patio con un herbicida que le han recomendado, “bien cargado,” para que no salgan las hierbas primaverales, que solo podrían eliminarse con jornales de azadón que su pensión no puede pagar, ni hay quien lo quiera hacer.

Los mostos producidos en los lagares por pisado y posterior prensado con la viga de negrillo, fermentados en lo profundo de las cuevas en barricas de madera apenas higienizadas con la quema del azufre, daban lugar a vinos inestables, ricos y vivaces para consumir en la bodega o inmediatamente en las casas, pero que era imposible transportar y por tanto comercializar.

Hoy en día el Prieto Picudo ha perdido presencia en la comarca que ahora llaman Benavente y los Valles. Me entristecí el primer día en que al pedir un vino en una taberna de Benavente  me preguntaron, con la misma cantinela tonta que se ha hecho común en Madrid: ¿Rioja o Ribera? Me salieron los picos del carácter y contesté que no, que no quería ninguno de los dos. Valdevimbre y Los Oteros se han hecho con la propiedad del Prieto Picudo. Lo han hecho bien y los demás se han callado, por lo que no tengo yo nada que decir. Y allí voy a comprar el que considero más parecido al tradicional, el Tres Palomares, de la bodega Nicolás Rey e Hijos, en el mismo Valdevimbre.

Desde hace unos años los bodegueros están empeñados en la tarea de promocionar el tinto de Prieto Picudo. Quizás sea porque en los grandes mercados sea más fácil la venta de tintos que de claretes. Los resultados cada día son mejores, pero no puedo por menos de pensar que este es un camino hacia algo que ya tenemos: el Tempranillo, Tinto Fino o Tinta Madrid, como también se le llama por estas tierras, ignoro por qué razón. A lo largo del tiempo el hombre ha dado con lo mejor que se podía hacer con el Prieto Picudo: los estupendos claretes de madreo.

Espero que por muchos años, en octubre, sigamos en estos pueblos escuchando la inquieta pregunta de los paisanos: ¿te hierve ya el vino? Y que el olor de los hollejos, al sacarlos de las cuevas, siga impregnando el aire en el entorno de las bodegas.

 

¡Salud!

sábado, 23 de marzo de 2013

Boleros






 

 

 Entre el humo y la luz agria se abre camino la voz de Mina. Tal vez sería mejor que no volvieras. Era de un mejicano, no recuerda el nombre, no sabía de otra canción... le salió bien. Ponme otra, majo, por favor. Es empezar a atormentarnos, a querernos para odiarnos. Mina, mejor que Gatica, sí señor, mejor. Ya no sé cuántas llevo, es igual. Mi suerte necesita de tu suerte ¿Qué querrá decir eso? En el ventanal, la noche, la alineación de luces titilando en el agua, las fosforescencias que rompen en la orilla. Esta mierda de garito en qué sitio está... Nos hemos hecho tanto, tanto daño. Eso sí es verdad, mira. Papel gastado en las paredes, muebles gastados, rostros gastados que dejan irse al tiempo entre las notas del bolero. Oye majo ¿tú estás seguro de que toda esta gente está viva? para mí que esa pareja del rincón se os ha muerto hace años. Es preferible olvidar que sufrir. Mina, esa voz. Esta es la ruta que estaba marcada. ¿Lo estaba? Que se perdió en la nada. Quizás lo estaba, puede ser, qué toña tengo. Caminemos. Sí, daré un paseo por la playa, si puedo, que me dé el aire, no voy a ir en toda la noche, me voy a pedir otra. En la ventana, el rumor de la resaca, noche de verano. Me voy a pedir otra, y no, no voy. Échame a mí la culpa. ¡Coño! el Gatica, qué antiguo suena. Y allá en el otro mundo. Déjame de otro mundo que bastante hay con este. Tráeme otra, majo. Hay que joderse, lo ridículos que les suenan los boleros a mis hijos, se ríen, los jodíos se ríen. Bueno, la verdad es que todos estos tipos que me rodean son ridículos, con el debido respeto a los difuntos, claro está, mira, míralos, no tienen nada que decirse, escuchan penas de boleros en silencio, impasibles, mientras se joden el hígado, que para qué coño lo quieren, claro. Fracasados, unos fracasados tristes, como yo. Somos en nuestra quimera doliente y querida. ¡Qué tontería! Lucho, ¡qué tontería! Cóbrame, majo, que voy a ver si soy capaz de salir. Trastabilla por el paseo paralelo al mar, mientras  su mano acciona al ritmo del bolero que queda en su cerebro. ¡Me gusta el mundo! a pesar de todo. No voy a ir. A ver si se me pasa un poco. Nada más que eso somos.

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 18 de marzo de 2013

Raigames. Celso Emilio Ferreiro

 
 
 
 
 
 



Empúxanme as raigames.





Os lonxanos abós das carballeiras,
as misteriosas nais que cavilaban
á luz do sol nas albas precursoras.
 

Cando a miña voz era ainda un silencio
de tarde solermiña, latexaban
seus nomes xa correndo polo aire.
 
  

Podedes non crelo, pero eu lembro
como nasceu a estirpe do meu sangue
no bosque dunha noite remotísima
arrombada de pombas e de ríos.
 
 

Eu son tamén raigame, pai de cousas
que dormen sobre o tempo
e agardan frolecer calquera día
baixo o mapa impasible diste ceo.
 
 
 Fotos en la Casa Grande de Rosende (Rosende, Sober -Lugo-) 
 

sábado, 16 de marzo de 2013

Verde

 
 
 
 

 

 


La densidad de este verde
medirá el tiempo que nos quede,
y en la lentitud de los días
será remanso al frio que enreda
 el alma de los viejos.
En algún momento, entre las hojas,
estallará la dulzura
y un blanco néctar que, quizás,
alivie las heridas antiguas.
Aspiraremos vapores
del húmedo centro en que fermenta la vida.
Y algún niño, jugando,
espantará el negro de hielo
de los mirlos atentos.
 

 julio 2011

 

 

La vieja foto

Casiano Alguacil, hacia 1875. Patio de Toledo, fragmento.

 

Miramos las fotos antiguas con cierto pasmo y algo de temor ante la realidad inexistente. Nos mueve la curiosidad de infiltrarnos  en lo imposible, en el pasado, y sentimos un respeto reverencial al tiempo detenido, a esa irrealidad que se nos muestra creíble, cierta, inmediata, sin los filtros interpretativos del arte. Un halo desvaído de tintas sepias contribuye al misterio, y en esa caligrafía que nos da noticia de lo que vemos  podemos sentir la vida en la plumilla que discurre por el papel, abriendo sus patitas en la curva y cerrándolas al ascender al encuentro con la vertical que baja rotunda. Sabemos del pasado descrito y pintado y del que, además, fue detenido en la fotografía. Y esta paralización del tiempo  desata nuestra fantasía hacia la especulación, con más fuerza que en lo escrito o dibujado, donde la interpretación ya está hecha. 

 

miércoles, 13 de marzo de 2013

Esquiva te haces


 


 




Cuán esquiva te haces,
fruto en la rama tendida
como ofrenda,
al alcance, tan cerca, ahí mismo.
Tan lejos.
Asomas clara y escapas
dejando retazos de tu esencia.
Quizá seas
los jirones que dejas en tu huida.
Puede que seas anhelo de ti.
Pero es tan clara tu presencia a veces,
tan clara, tan vibrante tu presencia a veces,
que todo es anhelarte,
buscar señales que anuncien
tu llegada a ese mundo
con toda la claridad, la luz del alba
y el don de Claudio, tan joven,
charlando con Hierro que se autorretrata
sintiendo en sus manos temblar la alegría.
¡Tanta juventud reclamas!
la de los jóvenes y los viejos sabios.
Pan que quema,
vino que hierve,
crisol del mundo,
cada día.
 

 

Junio, 2008

 

Ainielle, de nuevo








 

 

Releo la hermosa lluvia amarilla de Julio Llamazares. Las sombras de Sabina y Andrés, en la desolación de Ainielle, parecen acomodarse a este día de mediados de marzo que ha amanecido blanco, con una heladora ventisca que amontona nieve en los rincones. Ayer ya era primavera en la algarabía de los pájaros y en el verde de las yemas, y hoy el invierno vuelve a meterme en casa, tras la ventana, viendo el trabajo del jardín cubrirse de nieve, con todo el frio de Ainielle.    

El talento del leonés ha hecho de las ruinas del pueblecito oscense lo que ahora llaman un lugar de culto. Desde hace años las gentes peregrinan al escenario del relato que les ha conmovido, participando en la creación de lo que ya es mito o referente del abandono del medio rural y la desaparición de las culturas campesinas.

Paralelamente tengo a mano Ainielle. La memoria amarilla, de Enrique Satué. El autor es descendiente de Ainielle. El cariño al pueblo de su madre, los recuerdos de la infancia y las consecuencias de la publicación de La lluvia amarilla, le han llevado a escribir este libro, amalgama de sus amores y sus saberes etnográficos. Satué es un educador amante de su tierra. Es miembro del Patronato del Museo de Artes de Serrablo, en Sabiñanigo, del que fue director. Pertenece a la asociación Amigos de Serrablo (www.serrablo.org). Ha publicado varios libros sobre artesanía, etnografía y arquitectura de Serrablo.

Las gentes de la montaña, Ainielle, fueron tragadas por el llano, por los pueblos industrializados o por los de la colonización franquista, como Ontinar de Salz. Hoy, los jóvenes sienten una añoranza indefinida que necesitan concretar en símbolos.

viernes, 8 de marzo de 2013

Leyendo el paso del tiempo


 

 

A lo largo del tiempo los edificios van sufriendo los cambios que el hombre introduce para adaptarlos a sus necesidades o a los gustos del momento. Leer esta historia de las edificaciones es una aventura apasionante que a veces es fácil, pues las intervenciones se muestran evidentes, pero generalmente están ocultas y su lectura precisa de sistema y oficio.

Los profesionales de la restauración van adquiriendo con los años un cierto olfato para leer lo oculto con más o menos inmediatez, olfato que al fin y al cabo no es más que el procesamiento automático de lo observado. Pero siempre es necesario un análisis pormenorizado de determinadas señales como puede ser la disposición de los huecos, la leve fisura que delate un movimiento entre materiales distintos o una carencia de traba, el cambio de color y naturaleza de los morteros, el tipo de ladrillo, la calidad de la piedra o los rastros de la herramienta utilizada en su labra, etc. La aventura está en deducir de lo observado, sin destruir, o como mucho practicando pequeñas calas prospectivas.

Es fácil imaginar la emoción de quien, tras la insulsa envoltura de una decoración contemporánea, va descubriendo pasito a pasito una casa nazarí, por poner un ejemplo. Pero las cosas no suelen ser tan claras, y  la decisión de cuál de las “épocas” encontradas debe de prevalecer en la restauración es tarea compleja, y hay que sopesar muchos condicionantes.

 
 
Arévalo


Madrigal de las Altas Torres


Segovia
Segovia



Turégano

Toledo


Segovia
Segovia


Segovia

Segovia
 

viernes, 1 de marzo de 2013

La estación tiene el encanto que el tiempo da a las cosas














La estación tiene el encanto que el tiempo da a las cosas. Fue construida en la primera década del siglo XX, con ese afán de permanencia que hoy no se pone en los edificios ni en las cosas. No le han llegado las restauraciones banales de nuestros días y ha ido adaptándose a los cambios tecnológicos sin excesivos traumatismos, al margen de intereses ajenos a la función para la que fue creada. Las imágenes de las distintas épocas coexisten, se solapan sin anularse.

José se detiene en el centro del hall. Frente a la entrada, sobre las puertas que se abren a los andenes, un panel de historiados bronces habla de posibles destinos. Los horarios son ahora cuencas vacías que ceden la información a la electrónica. Por las cristaleras, entre la opacidad de esmeril de los dibujos, se entrevén los andenes en los que su padre le enseñaba, entre humos y resoplidos, la Mikado que conducía, condensación de las potencias del universo. Conrado el fogonero, negro de carbón, humo y grasa, apostillaba con afirmaciones las explicaciones apasionadas:

-1-4-1 Cuatro ejes motrices. Eje delantero de guía. Eje trasero de apoyo. Tender separado. 2000 CV. Construida en Barcelona en 1954, por la Maquinista Terrestre y Marítima…

Datos hilvanados como piropos, mientras la mano acaricia los miembros del enorme insecto mecánico. Datos mágicos fijados para siempre en la mente infantil, suspensa entre el horror al monstruo que resopla y la admiración al padre que lo domina.

Faltan treinta minutos para la salida de su tren. Sentado en el hall observa a la gente, los repetitivos gestos de los que entran o salen arrastrando el ligero equipaje con ruedas de nuestros días. José rememora la estación de su infancia: los corros de mozos de cuerda - blusón, gorrilla, alpargatas, colilla – a la espera del próximo tren. Baúles, maletas de madera, cestas de merienda, canastos cerrados por arpilleras que dejan escapar el asombro de gallinas y pollos. Despedidas ruidosas, bienvenidas alegres, soldados, gente endomingada, curas de manteo, sudor, polvo, carbonilla, humo, estraperlo, pobreza, pana, luto. Y a la puerta, los redondos coches de línea con las bacas atestadas de equipajes y trastos, arrancando agónicos y ruidosos hacia los pueblos. Carros, caballerías y automóviles terminan de llenar la explanada, donde los vendedores pregonan sus mercancías junto a los descuideros y los que ofrecen modernos e higiénicos hospedajes… Bajo la horizontalidad de los plátanos de sombra.

En el compartimento hay tres hombres que interrumpen su charla con la entrada de José, que saluda y ocupa su asiento junto a la ventanilla. La ciudad se recorta en las últimas luces de la tarde. Va poniendo nombre a edificios y lugares que quedan atrás, como tantas cosas. Se pregunta si algo le une ya a esta ciudad en la que acaba de enterrar a su padre. Ha hecho grabar el nombre bajo el de su madre, en la lápida que los años han cubierto de líquenes. No sabe si huye o regresa. Salió de su casa con diecisiete años para estudiar la carrera, y ya solo volvió en vacaciones. Después, su mujer nunca soporto la humildad de los suegros, y los hijos tuvieron poco contacto con los abuelos paternos. Hoy, su mujer es una extraña y los hijos viven su vida dispersos por el mundo. Él ya no tiene claro cuál es su mundo. En la ventanilla no queda ciudad. El paso al campo es drástico, sin los espacios suburbanos de las grandes urbes. El paisaje mesetario se va achatando por la falta de luz. La conversación de sus compañeros de viaje es un fondo sonoro incomprensible. En un momento siente que le hablan a él, y disculpándose, hace un esfuerzo por entender. No es capaz de seguir la conversación mucho tiempo y vuelve a su ensimismamiento. Al apagarse la luz y hacerse el silencio siente alivio. Va poniendo forma al paisaje conocido, intuido en la casi completa oscuridad. Intenta dormir. Piensa en el cambio de ruido, de ritmo, que ha supuesto la supresión del golpeteo en las juntas de dilatación de los rieles. Recuerda que el traqueteo le acunaba, le facilitaba el sueño. Dormía bien en el tren. Hoy no suele dormir bien. La artrosis heredada de la madre le llena de dolores.

La entrada en un túnel le despierta. En el horizonte comienza a clarear. Ha dormido varias horas. Mira el reloj y ve que está a punto de llegar. Sus compañeros continúan dormidos. Se desentumece, baja su maleta, y sale al pasillo.

Con las primeras luces desciende del vagón y camina por el andén. Mira extrañado los familiares fustes de las marquesinas. Le parece escuchar viejos y familiares resoplidos. Entra por las puertas de vidrieras esmeriladas. El hall está vacío. A su derecha la cantina, a su izquierda las taquillas y la sala de espera, a su espalda el inoperante panel de bronce de las cuencas vacías. Cruza la estancia y sale al exterior. En el centro de la solitaria explanada, bajo las ramas de los plátanos, entre la bruma matinal, ve al minúsculo señor que vendía las manzanas bañadas de rojo caramelo a la salida del colegio. Lleva su soporte azul al hombro, con los agujereados círculos repletos de brillantes manzanitas. Alza una mano de saludo a José y prosigue su camino. A la derecha, desde el rincón en que siempre estuvo, le sonríe la anciana de los sacis y los cigarros de anís.

 Los primeros rayos de sol comienzan a colorear el mundo.

 

  

 

jueves, 28 de febrero de 2013

Arte callejero

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 






En las cristaleras de un bar en la calle Antonio Grilo,  esquina a la plaza de los Mostenses de Madrid, me he encontrado con estos dibujos llenos de buen hacer. Supongo que están realizados con una aplicación previa de una pintura al agua sobre el cristal – temple seguramente – y posterior dibujo mediante rascado y esponja, una vez seca la pintura. He indagado sobre la autoría y se trata de Gonzalo Borondo, un joven artista segoviano, nacido en 1989.

El joven Borondo ya debe de recibir sus encargos, tiene obra en varias ciudades de Europa y es amplia su presencia en Internet. Sin embargo parece mantener su carácter de artista callejero y marginal, en estas tendencias artísticas evolucionadas desde los viejos graffiteros americanos de los años setenta. Recomiendo un paseo por la Red para conocer algo de la obra de este prometedor muchacho.