martes, 15 de enero de 2013

La chacra







Barco Salta









     La imagen de esa anciana está en la confusa niebla en que se mezclan los recuerdos de la infancia con  la oralidad familiar. Es una imagen viva, con olor y color, táctil, que le ha acompañado toda la vida. Una habitación en penumbra; la anciana vestida de negro, sentada junto a una ventana por la que puede verse la explanada que se abre frente a la casa; un pañuelo, anudado bajo su barbilla, deja escapar algo de pelo blanco y enmarca un rostro de cuero; las manos deformadas descansan sobre la falda. Su mirada tiene una  tristeza honda y está lejos del paisaje al que dirige sus ojos a través de la ventana. Su hija, ya también anciana, le atiende. Hay un olor ácido, a ancianidad, quizás a muerte, que se mezcla con el olor de la fruta y el del sudor de los caballos, de las sillas de montar y los arreos, de la alfalfa y del amanecer. Imágenes que se cruzan con el golpe seco, con la sangre en la cabeza de una mujer golpeada por el contrapeso que se escapa de una báscula; con el montón de agonías que aletean en el corral y la risa de la muchacha que mata pollos, en un rápido crujido que les rompe el cuello. Comida para la visita que se anunció en la polvareda del camino y que llega en estruendo de bocinas y risas. La guacha torda sigue al niño como un perrito por el mundo interminable de la chacra, donde los caminos se adentran sin fin, saliendo de las geometrías del agua y los frutales para entrar en paisajes enigmáticos a los que no se adivina término, entre caballos, vacas, bichos y enormes sapos. Un prometedor universo por descubrir donde todo le es nuevo y excitante. Hoy, quien fue aquel niño, desde aquí, sitúa la mirada de la anciana en la nostalgia de la tierra que había dejado  setenta años antes, en la dura Somoza leonesa, la tierra del trajín, la recua y el hambre. Ella fue allí con su juventud y su marido a inventarse un país, a crear una lengua y un paisaje en ese Río Negro por hacer, en el camino del fin del mundo.  Al final de su larga vida, después del brutal esfuerzo que ha creado cuanto le rodea, su alma tiene que guarecerse al rescoldo de la lejana lumbre de la infancia.

     Después, para el niño, son  imágenes en el mar del regreso, cotidianidad en aquel barco del humo lento, donde las gentes bailaban al pasar el ecuador.






El paisaje, como la vida.





  

Juan Blanco, siempre amigo y maestro en tantas cosas, me envía este magnífico texto, ilustrado por su propia fotografía.
Gracias, maestro.

Deustamben
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

En el Talgo Madrid-Barcelona, tras Medinaceli, mientras el alto Jalón va cayendo hacia el Ebro, pasamos unos cerros bellamente erosionados que me provocan esta reflexión.


Con la misma lógica telúrica con que se despliega el paisaje, se despliegan nuestras vidas: en él se comprende con precisión que todo tiene una causa, pero ningún por qué. Vemos disponerse las rocas y arbustos, abrirse grietas y regueros, huellas del paso del agua, del paso del tiempo...

Considerado individualmente, nada está allí por azar. Mas todo el conjunto es azaroso, hermosa y absolutamente caótico. Allí están todas las fertilidades y los sufrimientos, el agua y la sed, las luces y las sombras, las semillas y los cadáveres y las mil historias de cada elemento, y sus agrupaciones por naturalezas y por afinidades... allí, la ineludible necesidad de las cosas por sus contrarios, en oposición a los cuales se constituyen. Aquí y allá, el triunfo de unos sobre otros, los sacrificios y las catástrofes, la ley universal y todas sus minuciosas excepciones... Vemos cómo lo que está arriba puede caer, pero lo que cayó ya no volverá a subir... Vemos cómo les gusta a las cosas reunirse con sus semejantes, empujadas por la gravedad o la geometría, y reconocemos las fronteras imperceptibles y las evidentes, las suaves transiciones y los abismos dramáticos entre cosas distintas, pero también entre cosas iguales...

Y, en realidad, ¿a qué tanto asombro, tanta extrañeza? ¿qué somos las criaturas humanas, sino paisaje? Y ni tan siquiera: apenas parte del paisaje, la ínfima parte del paisaje que piensa y anhela.
 
Juan Blanco
 

 

lunes, 14 de enero de 2013

La azulejería del comercio madrileño


 
 



La azulejería de los comercios es parte fundamental de la imagen de lo madrileño que guardamos los que ya tenemos algunos añitos. Asociamos el recuerdo de hueverías, ultramarinos, vaquerías, tabernas, verdulerías, barberías, boticas, pescaderías y otros establecimientos al uso, con los paneles cerámicos que ornaban sus fachadas y componían sus rótulos. Algunas firmas comerciales también encargaban su publicidad a los maestros azulejeros, para que luciesen en las estaciones del Metro, en algunas fachadas, o en el interior de concurridos locales de negocio. (Tal es el caso de los estupendos anuncios de bodegas que cubrían las paredes de Los Gabrieles. Digo cubrían por no saber qué habrá sido de ellos durante la rehabilitación del edificio y el local en que se encuentran o encontraban).    

De los años veinte del siglo pasado nos quedan algunas muestras de pintura de azulejos de gran calidad. Es el tiempo de los azulejeros Enrique Guijo, Juan Ruiz de Luna, Alfonso Romero Mesa, Marcelino Domingo, Carlos González y muchos otros. Pero cada día quedan menos. Se destruyen o se tapan cuando el local se dedica a actividad distinta de la anunciada por la cerámica, son pintarrajeadas por los jóvenes “escritores,” o se pierden al derribar el edificio. Teóricamente, muchas de estas fachadas están protegidos por la ordenación urbanística, pero esta suele ser protección de poco alcance.
Disfrutemos mientras tanto de lo que queda; y los jóvenes, si quieren y pueden, que hagan algo por conservar lo que es digno de ello, si así lo consideran. Estos son algunos ejemplos de lo que todavía se puede ver en Madrid. 
      


 

      



 



 
  
 
 
 
 
 
 

 


 

 

 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 

sábado, 12 de enero de 2013

Casa Antonio







Mucho hemos disfrutado los tabernarios en Casa Antonio (foto 1), antes de su destrucción (foto2). Los últimos en explotar el local, antes de este desaguisado, fueron Paco y Stefano, y supieron hacerlo con sabiduría tabernaria. Nosotros introdujimos una tapa, el lardo di Colonnata, que Stefano aceptó traer de su tierra y nos preparaba sobre unas rebanadas de pan tostado. ¡Estupendas!
Era un importante ejemplo de taberna madrileña. Estaba en el catálogo de protecciones del Ayto. de Madrid, lo que no impidió este despropósito. Una menos. Qué se le va a hacer.








La librería de San Ginés




Estos anaqueles llevan muchos años apoyados en los muros viejos de San Ginés. Recuerdo haber leído a Azorín citar esta librería; la memoria no me quiere decir ahora en qué libro, pero me suena la fecha de 1906. Tendría que mirarlo. También recuerdo haberlo comentado con el anciano librero –aún sigue al pie de su helador negocio – y que me habló de referencias muy anteriores, pero no me las concretó.

Mucho he hurgado en estas mesas y plúteos. Creo que antes se encontraban más cosas, también puede que mis intereses fuesen menos selectivos. Lo que no puedo es bajar o subir la calle del Arenal sin detenerme en el Pasadizo de San Ginés a echar una ojeada, más o menos profunda, según las prisas. No soy ni maniático ni erudito en primeras ediciones o libros raros, pero lo paso muy bien en las librerías de viejo. Generalmente no voy en buscas concretas, me gusta dejarme sorprender por lo inesperado, y compro para mí o para trasladar la sorpresa al amigo interesado en el asunto.

 

Revuelta


Sitio fundamental para  los tabernarios madrileños, a pesar de la escasa gracia en la decoración del local. Santiago lleva casi medio siglo al frente de Revuelta, y ahí sigue, atento a todo,  que el ojo del amo…
Los jueves que podamos seguiremos con la discusión de si sus callos son mejores que los de... o peores que los de... Mientras nos tomamos media. Tras el bacalao,claro, que no está en discusión.
Revuelta sigue siendo sitio de paisanaje, a pesar de las aglomeraciones puntuales y las de los fines de semana, en que está imposible. Puede morir de éxito. Que tarde.
¡Salud! 

viernes, 11 de enero de 2013

El rojo de las tabernas


No sé a qué se deberá el rojo de las tabernas madrileñas, ya tan escasas y tan mutiladas. Le veo yo un algo de reclamo o engaño - como el otro también rojo -donde el paisano va lidiando la vida, acunado en valdepeñas y mecido por la charla.
Esta deliciosa reliquia ha venido a ser salvada por el rock. Una anciana tabernera lleva toda la vida haciendo unas croquetas que le han servido para que sus clientes empapen el clarete, lo que siempre dio para un ir tirando. El destino lleva a su taberna a un rockero famoso que alaba su producto en Londres. Y llega lo inaudito, su taberna se llena de jóvenes pidiendo las croquetas que gustan a su ídolo. Llegan dineros impensados, una prosperidad desconocida. Es posible remozar el local y alegrar los viejos rojos, y hasta el hijo comienza a ver su futuro tras las puertas rojas.
Por esta vez, la amalgama de azar y tontería nos ha venido bien.
 
¡Salud!

 

jueves, 10 de enero de 2013

Quod natura non dat...



Leo en El País: “los arquitectos españoles están en pie de guerra.” Y la noticia me sabe rancia, por tan repetida a lo largo del tiempo. A diferencia de Aureliano Buendía, que promovió treinta y dos guerras y las perdió todas, los arquitectos españoles han ganado todas las suyas, promovidas por quien hayan sido promovidas. Y las han ganado al margen de razones o sinrazones; las han ganado porque su potente corporativismo funciona, al estar – al menos hasta ahora –bien engrasado de cuartos y por ende de poder. Creo conocer algo el paño y me atrevo a presagiar que esta también la ganarán, no permitirán que se reparta su pastel. Más estando quien está en el poder.

Tengo la impresión de que los redactores del proyecto de Ley de Servicios Profesionales - al menos en el asunto que trato – han oído campanas, pero no han terminado de localizarlas. Es evidente y vieja la necesidad de ordenar la realidad de los intervinientes en el proceso constructivo. Las últimas esperanzas se pusieron en la redacción de la Ley de Ordenación de la Edificación, vigente desde 1999, y que resultó frustrante, como lo será esta que ahora se proyecta. En el proceso de redacción de un  proyecto de edificación residencial – por ejemplo - y de la posterior realización de la obra, intervienen de hecho profesionales formados en muchas ramas de las enseñanzas técnicas. Sin embargo, solo un arquitecto puede firmar el proyecto y la dirección de obra. Las estructuras y las instalaciones, generalmente, son proyectadas y dimensionadas por otros técnicos, que no pueden firmar su autoría. Este es el asunto: repartir la firma, las responsabilidades, y por tanto los dineros, entre los técnicos realmente sabedores e intervinientes en las distintas facetas del proceso. Lo que propone el proyecto de ley es ampliar la posibilidad de que otros facultativos puedan actuar con exclusividad de firma, lo que evidentemente no da soluciones al problema.

Las razones de oposición a la ley, esgrimidas por los representantes de las organizaciones corporativas de los arquitectos, son las de siempre, aburridas y repetitivas. Ellos son los únicos capacitados para responder a las necesidades de las personas, ellos son los únicos capaces de sintetizar variables funcionales, culturales, sociológicas y – claro está – ESTÉTICAS. Aquí tienen que llegar siempre, y aquí, yo, me permito el latinajo: quod natura non dat, Salmantica non prestat. ¿En qué son superiores sus diseños, desde la estética esgrimida, a los de un automóvil o un puente, por ejemplo? Seguramente, solo, en la palabrería vana que los acompaña.

  

El Flaco de Oro







El Flaco de Oro lleva cuarenta años, en tan asombrosa postura, en el Lavapiés de su chotis. La dictadura le usó para tender cables al Méjico de los republicanos y la acogida; encargó la estatua a un escultor de aquel país, y esto es lo que se recibió. Vaya usted a saber. El flaco feo de la cara cortada hizo hermosas canciones, y con una de ellas, quizás la más sencilla, supo conquistar a la mujer más bella del mundo, a la diosa que se mantuvo en el ara hasta la muerte.

Hoy, la imagen del Flaco está en una plaza que lleva su nombre, dando la espalda al esqueleto de las pías escuelas que quemo el odio. Su gesto, acorde al entorno de marginación y contracultura, parece presidir la contestación. Las ruinas han sido esperanzador campo de experimentación arquitectónica, y, como es habitual, ha vencido el ego del autor.

Que poco tiene que ver, Flaco, este duro mundo de mil razas que hoy presides, con la sofisticación de tu María bonita. Tan poco que ver como tu tenue vals con los reptiles que abrazaban el cuerpo de la diosa de ojos imposibles.

 

 

 

martes, 8 de enero de 2013

Santa María del Azogue


 


 
 
 
Se perdió la verja que circundaba el sucesivo abrazo de tus ábsides, y hoy la ciudad llega a tus zócalos. Sin embargo, estás más lejos, tu incardinación ya no es la que vemos en esta vieja imagen: los aleros que hacia ti se proyectan, los balcones y los pórticos en torno a tus formas medievales componen una sinfonía de belleza cotidiana y doméstica, un todo armónico que se ha perdido. Hoy eres una belleza sofisticada, mantenida por azar, una isla en un mar indiferente a tu condición.

 

Hacia la sombra...


 

“No es el tiempo
el que pasa. Eres tú
que te alejas
apresuradamente
hacia la sombra,
y vas dejando caer,
como el que se despoja
de sus bienes,
todo aquello que amaste.”
 

Meira Delmar

 



Me gusta mirar por las ventanas muertas, y buscar los vestigios de este pequeño mundo. Por donde termina el Órbigo. Este pequeño mundo que se acaba; puede que ya se haya acabado hace tiempo y solo exista en la añoranza. Son símbolos de lo que fue y no puede volver a ser. No es añoranza de algo mejor, es simple nostalgia –mal de viejos - del tiempo que se fue.

 

 


 

 

 

 

 Son tapias de tierra que regresan a la tierra, lentamente, lluvia a lluvia, otoño a otoño. Son lajas cansadas de su labor de siglos componiendo la verticalidad del muro, y que tienden a su origen. Es madera que se empeña, desesperadamente, en la función que le dieron, acodalando la ruina inevitable, y que termina cediendo a los empujes y al desinterés de los hombres, retornando al suelo, hecha  suelo ya, abono de nuevos paisajes.

















Son símbolos para los que lo vivieron; y de estos, unos verán su ruina con desasosiego, otros con indiferencia, y otros con el dolor viejo del frío y la pobreza. Músicas, acentos, usos y maneras, también se fueron con las gentes de este mundo pequeño. Reposarán con ellas en la tierra ajena, donde buscaron lo que esta les negaba o las propagandas ofrecían. Hoy, en verano, la agresión de un ruido foráneo invade a estos pueblos, sin las músicas, ni los acentos, ni los usos, ni las maneras que les eran propias.  
Permitámonos  la nostalgia de la vida que fue tras esos girones de visillos, tras esos postigos con restos aún de la almagra o el añil antiguo, en la oscura claridad de la ruina. Asomémonos al tiempo y sintamos de nuevo esa vida: el calor de las brasas de las vides donde hierven las sopas de la cena; los bisbiseos de rezos prendidos en labores de abuelas; el silencio de las agonías; los gemidos de amor resbalando por el encalado de la casa nueva; los quejidos de la ilusión del parto; la risa infantil sobre el canto del Catón; las envidias antiguas; el sueño de parvas llenando la era, de paja entrando por el boquero del pajar, de mosto rebosando el lagar… antes de levantarse a uncir, y marchar, noche y hielo, en el lento silencio de los bueyes, a la rutina diaria de la tierra. Permitámonos, por unos momentos, rememorar estos espacios de infancia y juventud; imágenes en las que el tiempo ha dulcificado realidades.
Sí, amanece lento, y parece que por todas las chimeneas ha comenzado a salir un humo quedo que se remansa en las tejas, lamiendo la escarcha. Los gallos pregonan su chulesca presencia y el pueblo despierta. Las puertas carretales se van abriendo y la aguijada guía la salida del carro. Los primeros rayos de sol brillan en la paja del trullado que envuelve a las tapias suavizando sus aristas. La niebla se resiste, agarrándose a las paredes como tela de araña desgajada.  El ganado va saliendo de las casas, incorporándose al rebaño comunal que el pastor lleva a los pastos. La luz va dando a todo volumen y color. Huele a lumbre de sarmiento y a vida. Sí, el pueblo vive.   
 
Estas casas sustituyeron a otras más sencillas, de solo una planta, pegadas al suelo, con tejados de paja entre la que escapaba el humo que arropaba a hombres y animales. Aquellas desaparecieron y estas desaparecerán, sin dejar rastro, humildemente incorporadas a la tierra, como humildemente estuvieron incorporadas al paisaje. Quizás no pueda decirse lo mismo de la – se me antoja – incongruente realidad que ahora las reemplaza. A la armonía de rojos y ocres le van saliendo escaras de colores industriales, texturas ajenas y volúmenes inconexos.

 Yo me arrimo a este inusitado abuelo que marcha hacia el Órbigo, a regar su quiñón, al paso sin prisa de su borrico. Me cobijo en su palabra, en su acento que me sabe a otro tiempo. Él y yo caminamos hacia la sombra, apresuradamente, al paso quedo del borrico, entre los campos de verdes nacientes, a la espera del sol que los haga pan.

 

 

El balcón de San Lorenzo

 

Enmarcan el balcón carcomidos cercos y entramados de pino de las laderas norte del Guadarrama. Desde él puede verse el nítido dibujo de los ábsides de miel de San Lorenzo, y alzándose tras ellos el mudéjar de la torre, cuadrada y sólida, recortando en el azul su geometría dulcificada por el tiempo que desploma rigideces. El claustro es remanso para la charla, en el lento fluir de la salida de la misa dominical. La puerta de los pies del templo tiene toda la misteriosa fragancia del mudéjar, de lo bizantino, de la desconocida mezcla de saberes antiguos de que gozan los pueblos viejos y mestizos. A la izquierda, el dintel de otra puerta señala la alhóndiga del pan de los pobres. Las arcadas recortan las fachadas de las casas que abrazan el templo en todo su redor. Son casas humildes, que han guardado sus formas desde tiempos medievales. Revocos y ladrillos encuadrados en los palos de los entramados. Las plantas altas vuelan sobre dobles canes, sobresaliendo del plano de los accesos, formados por arcos de piedra o ladrillo o por potentes dinteles berroqueños con su luz aliviada por las ménsulas que rematan las jambas. Y en ellos, grabado, algún signo de identidad de sus dueños pecheros, allí donde los hidalgos ponen sus escudos. Y el patrón del barrio, ahí, en un capitel de los ábsides, consumido ya, en la parrilla del martirio.
Desde el balcón se ha visto pasar el tiempo por San Lorenzo. Los modos y las modas. Tiempos mejores y peores. Ahora han dado en restaurar la iglesia, tapando, quizás en demasía, los mellados de los siglos. Han lavado la cara a las casas, solo la cara. Los turistas son muy sensibles, necesitan que todo esté muy arregladito. Todo lo que se ve.
Sobre los tejados de San Lorenzo se perfila la corona de las torres de Segovia…

D. Ramón María pasea Madrid











 
Con el viento llego,
y paso con él.
Soy rojo lóstrego
del ángel Luzbel.






Nuevo rezado

 
 
 
 
 
El zapatero de Trancoso y la RAH
 
El zapatero de Trancoso, Gonzalo Anes, conocido como Bandarra, popularizó unas redondillas, allá por el siglo XVI, que posteriormente fueron interpretadas como profecías del renacer de las glorias de la monarquía lusa, por entonces en manos de “los Felipes.” Fue el “sebastianismo” que luego se hizo poesía con el gran Pessoa. Un homónimo de este vate remendón es presidente de esa institución, inquilina del Escorial, que se creara allá por los tiempos de Felipe V y que ocupa el bello caserón que dibujó Villanueva y se hizo posible con los dineros de la Real Regalía que Felipe II otorgó a los jerónimos de su renacentista y tridentina fundación: los privilegios del monopolio litúrgico del Nuevo Rezado.
No sé si el Anes de hoy ha pretendido emular como profeta al mitificado Bandarra y recrear una especie de “sebastianismo” español, nostálgico de situaciones que los españoles consideramos felizmente superadas. Su conocida inclinación hacia las personas  que representan las posiciones más radicales del partido mayoritario de la derecha política, puede hacernos pensar que los despropósitos del Diccionario Biográfico Español, redactado bajo su dirección, están lejos de ser gazapos.

 

lunes, 7 de enero de 2013

La vieja caja Kern




H

oy, hurgando en cajones, me he encontrado con mi vieja caja de dibujo kern. Hacía tiempo que no nos veíamos, y hemos estado charlando un buen rato. He ido sacando de sus cuencas los tiralíneas, compases y bigoteras; acariciando sus piezas, apretando y aflojando las suaves y precisas roscas. Hemos pasado juntos más de cincuenta años, ellos - hoy inútiles herramientas de museo – están en plena juventud; a mí, en cambio, el medio siglo me ha afectado algo más. No tengo hijos a quienes, por su oficio, puedan interesar estos estupendos útiles. Para nadie podrán tener ya el significado que para mí, pero alguien reparará algún día en su belleza y perfección, parándose a pensar en la gente que se valió de ellos; tal y como yo hago con esa lupa que heredé de mi bisabuelo y siempre he tenido sobre mi mesa.  

Primero fue el aprendizaje de los rudimentos. Fue la torpeza de las manos sobre las plantillas, en la horizontalidad doméstica del papel guarro, el del borrón ineludible. Fue el juego de las paralelas, las horizontales y las verticales tratando de surgir de las distintas posiciones de aquellos dos triángulos complementarios que se empeñaban en resbalar, resistiéndose a nuestro control. Era el tembloroso posarse del tiralíneas al final de la curva, en el intento de prolongar la tangente con el mismo grueso que había dejado el  compás; pero la tinta detectaba la impericia y gustaba de extenderse, buscando escapes por debajo de la escuadra, emborronando la lámina.  Las componendas eran difíciles, aquel papel apenas resistía a la cuchilla y la economía familiar tampoco daba para tirar muchas hojas.

Fueron después los amplios espacios en el plano inclinado del papel vegetal, por el que corría libre y cómodo el paralés, en el que se apoyaban, seguras, las aristas verticales y oblicuas de las plantillas. El tiralíneas fue dejando paso a la graphos, de trazo firme y anchos fijos. La rotulación seguía exigiendo el oficio de lo manual, aunque al final del periodo ya se comenzaron a utilizar los cangrejos de plumillas  que, a modo de pantógrafos rígidos, copiaban la letra de una plantilla acanalada apoyada en el paralés. Por estos entonces fijábamos el papel al tablero mediante unas chinchetas planas de tres pinchos, que no impedían correr al paralés. Aún teníamos a mano los pisapapeles de plomo forrado en cuero que utilizaban nuestros antecesores.

Y tras estos años, quizás los últimos de un dibujo lineal de cierta calidad, se fue imponiendo el rapidograph. Este instrumento tenía una inmediatez superior a la de los útiles anteriores, pero con una menor limpieza de trazo. Con él se impuso la rotulación mediante plantillas directas y cangrejos a los que se adaptaba el rapidograph, para no tener que usar las engorrosas plumillas; también disponíamos de un útil para acoplarlo a compases y bigoteras.  Los tableros se fueron forrando de un material lavable, en el que la fijación del papel se hacía mediante una cinta rugosa, amarilla, que luego fue dejando paso al celo.

Utilizábamos un magnífico papel de croquis en el que era delicioso dibujar con los lápices de distintas durezas, afilados en las  rasquetas. Siempre me ha gustado desmenuzar exhaustivamente los edificios con detallados cortes definitorios del proceso constructivo. Y este gusto mío se me ha agradecido en las obras.  

Los tableros fueron evolucionando, así como las banquetas, en las que se impuso la caridad del respaldo. (En mis dolores de espalda de hoy me acuerdo de las horas pasadas en aquellos incómodos asientos). También evolucionaron las máquinas reproductoras de planos, dejando atrás aquellos trastos que nos envenenaban con el amoniaco. Estas habían dejado atrás al ferroprusiato, que yo no llegué a utilizar, pero sí manejé mucho los planos reproducidos por ese procedimiento.

Y tras esto vino la nada. La desaparición en poco tiempo de un oficio milenario. Los ordenadores y los programas informáticos de dibujo terminaron con estas labores artesanales inherentes al proceso de creación arquitectónica. Fue triste ver morir algo que significaba tanto esfuerzo, pero bien está en la historia lo superado. De todas formas, sí me gustaría ver que el dibujo manual continúa siendo medio de expresión entre las gentes que se dedican al viejo oficio de construir. Aunque solo se use como lujo cultural, como preciado saber de iniciados, tanto más apreciado cuanto menos necesario.

Me entendí bien con los encargados de obra de antes  -  de tradicional agudeza -  dibujando sobre el yeso de las paredes. Llegué a conocer a maestros canteros trazando extraordinarias monteas en el suelo, con el cordel y la almagra. Posiblemente tuve el privilegio de aprender de los últimos maestros de obras, poseedores de saberes tradicionales y con esa intuición que proporciona el conocimiento adquirido junto con el heredado. Llegué al final de aquellas  estupendas  albañilerías, tanto las de tradición catalana como las heredadas del neomudéjar del XIX. Sí, creo que tuve buenos maestros. Hoy no queda ni la terminología que aprendí de ellos, y parece que tampoco curiosidad por conocerla.

Hago girar la bigotera loca antes de introducirla en su cuenca y cerrar la caja. Quien sabe por cuánto tiempo.